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EL BANDOLERISMO EN CUBA

  Introducción
  Los primeros bandidos
  Delincuentes fundadores

  Secuestro y rescate de un obispo
  Bandidos y rebeldes
  Riqueza y bandolerismo
  El bandolero social
  Martí y el bandolerismo
  El Rey de los Campos de Cuba

 
Muerte y transfigración de Manuel García
  Interpretación marxista de un bandido
  Dos bandoleros anexionistas: García y Giuliano
  El bandolero y el brigadier
  La falsificación de la historia
  La Guerra y la Intervención
  La República y la violencia
  El "bandolero sentimental
"
  Del bandolerismo al bonchismo
  El "gatillo alegre"
  Epílogo

 

“Casino de La Habana”  
Víctor Patricio Landaluce (1828-1889)  
“Rey de los campos de Cuba”
 
Carlos Enríquez (1900-1957)  
“Paisaje cubano”
 
Marcelo Pogolotti (1902-1988)  

  “El que milita ardientemente en un bando político, o en un bando filosófico, escribirá su libro de historia con la tinta del bando. Mas la verdad, como el sol, ilumina la tierra a través de las nubes. Y con las mismas manos que escribe el error, va escribiendo la verdad. La pluma, arrebatada por un poder que no conoce, va rompiendo las nubes que alza. Y a despecho de sí mismo y de sus pasiones, la verdad quedará dicha, porque reposa en el fondo de los actos humanos como la felicidad en el fondo de la muerte”.

José Martí

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Introducción

A TRAVÉS DE SU HISTORIA, CUBA HA SIDO CAMPO FÉRTIL PARA EL BANDOLERISMO, y es en el estudio de esa lacra social donde se pueden explicar buena parte de los infortunios del país, incluyendo los actuales. Bandolero, en la definición clásica, es el que realiza un acto que castiga la ley con pena grave; el nombre, propiamente le viene de que por lo general actúa en bandas o grupos. Bandido es el delincuente que en la antigüedad se le requería públicamente por un edicto o bando. Los términos con los que ambos se asocian son, entre otros: criminal, ladrón, malhechor, rufián, cuatrero, salteador, facineroso y forajido, éste último, del latín foras y exitus, fuera y salir, porque, tanto el bandolero como el bandido, de los que no se hace distinción en este libro, optan por esconderse para que no los alcance la justicia. Al encontrarse fuera de la ley, su modo natural de actuar, en lo que les es propio, prefiere la violencia, toda vez que el ímpetu y la fuerza les son más favorables para el logro de sus objetivos. Al igual que en los Estados Unidos y en otros países, en Cuba, como se verá, el bandolerismo derivó, en la segunda mitad del siglo XX, hacia el gangsterismo.

Nunca ha habido actividad humana, como ésta de violencia, que tanto haya interesado a un más amplio y heterogéneo grupo de personas, desde el inculto al erudito, desde el amante de la ley hasta el que de alguna manera se encuentra al margen de ella o no la respeta; así las letras, la pintura y el cine han hallado en el bandido, en sus distintas manifestaciones, y en sus hazañas, fuente abundante de inspiración. Quizás se deba esa preferencia universal a una especie de identificación con el personaje, por el poso de rebeldía y agresividad que se lleva dentro, y por la conciencia represora que lo somete y controla.

EL PRIMERO QUE ESTUDIÓ EN CUBA EL BANDIDAJE FUE ENRIQUE JOSÉ VARONA. En 1888 publicó en la Revista Cubana, que él dirigía, un artículo titulado “El bandolerismo en Cuba”. Apareció poco después de publicarse en España la obra clásica en el siglo pasado sobre la materia, los diez tomos de El bandolerismo: estudio social y memorias históricas (1876-1880), de Julián de Zugasti. A este político lo habían nombrado gobernador de la provincia de Córdoba a fin de que acabase con la delincuencia en el sur de España. Zugasti planteaba que el problema requería “estudiarse por la ciencia y resolverse por la ley”, y dividió en dos el origen del mal entre los españoles: uno tenía que ver con la escala de valores de la sociedad; en este grupo destacaba “la raza, la historia... el desprecio del trabajo... el ciego culto de la fortuna... y el espíritu de violencia”, y, como coadyuvantes, añadía el clima, “que irresistiblemente convida a los goces”, y la “imaginación despierta heredada de los árabes”. La otra causante era el aporte individual: el deseo de venganza y de riqueza, “el prurito de ir armado, perdonar vidas, convidar a todo el mundo, montar buenos caballos, y el afán de singularizarse y de sobresalir ante la imagen de las damas”.

Varona, buen conocedor de la idiosincrasia del cubano y de las costumbres del país, razonaba así:

Lo presente es hijo de lo pasado. Parece ésta una verdad trivial. Pero no la hay más importante en todo el dominio de las ciencias sociales. Es la ley inflexible de la continuidad histórica, formulada en una frase vulgar. Puede heredarse o no la tierra, la fortaleza física, la cultura; la historia se hereda siempre... La psicología del pueblo cubano tiene que explicarse acudiendo a la historia del pueblo español. Desde el punto de vista de lo que nos interesa aquí, lo característico en esta historia es el largo predominio de la violencia. Entre las naciones que constituyen verdaderamente la civilización europea, no hay ninguna donde haya durado más...

El ansia desordenada de la riqueza, del lucro, por lo menos, que parece ser característica de los pueblos nuevos en nuestros tiempos, ha reinado entre nosotros sin contraste, y ha subvertido los principios fundamentales de la probidad social. Enriquecerse a toda costa ha sido aquí el objeto principal de la vida. Y la fortuna ha podido cubrirlo, cohonestarlo, dorarlo todo. De mozo de cordel a negrero, de negrero a título de Castilla. Ésta ha sido la escala. Y una vez en lo alto, nadie ha mirado hacia abajo. Las manos podían estar sucias de carbón o de sangre, pero con ponerlas a la espalda, la banda de la gran cruz brillaba sobre el pecho en su esplendor inmaculado...

El juego, una de las grandes plagas de la sociedad española, se ha cebado en Cuba sobre todo en el presente siglo. Se ha jugado en el rancho del peón de ganados y en la lujosa vivienda del cafetal; en la bodega de extramuros y en el palacio del conde y del marqués y del capitán general...

De dos maneras influyen los antecedentes históricos en la existencia ya periódica del bandolerismo en Cuba. Por la trasmisión hereditaria de la raza y las costumbres, y por la inmigración... No ha sido el sudor, sino la sangre de los hombres lo que ha fecundado nuestros campos. El poder de maltratar a otro sin el temor de ninguna suerte de resistencia engendra la peor especie de ferocidad, la ferocidad a sangre fría. Tres largos siglos han durado los horrores de la piratería en el mar, para traernos negros; de las batidas con perros de presa en los bosques, para perseguir a los cimarrones; del cepo, la cadena y el látigo en la finca y en el hogar doméstico, para asegurar la sumisión del esclavo... La sociedad ha estado fundada en la explotación sin misericordia del hombre por el hombre. Es decir, se ha quedado en el primer peldaño de la civilización ... La miseria, la ignorancia, el temperamento moral heredado, y la sumisión a la voluntad ajena, he aquí lo que constituye a nuestra población campesina en semillero de bandidos...

Para contradecir estos juicios, tres oficiales del ejército español radicados en Cuba, publicaron en 1890, sin dar sus nombres (que eran Elizondo, Suárez Núñez y José Schmid, según la bibliografía de Carlos M. Trelles), un pequeño libro, con el mismo título del trabajo de Varona, donde repetían algunas de sus ideas y las de Julián de Zugasti, aunque sin mencionarlos, y le salían al paso a la responsabilidad de España en el mal. Se quejaban “de que algunos de nuestros más hábiles publicistas y muchos del extranjero... toman a gala en sus obras el poner siempre a España como cuna del mal, imperio del desbarajuste, jardín del vicio, muladar del relajamiento, afianzando sus opiniones con hechos vulgares, que no destacan, sino que son enteramente análogos a los hechos de índole malvada que en el exterior se registran”. Y sobre los orígenes del problema en la isla, añadían:

Vense en los primeros tiempos del bandolerismo en Cuba cuadrillas en que los jefes [de la Guerra de los Diez Años] y algunos de sus secuaces hacían ostentación de nombramientos políticos para un estado de guerra, y en realidad no resultaban empujados sus actos por el fin político, según nosotros noblemente creemos, sino que iban encaminados al beneficio propio, al pillaje... Muchos perseguidos por cuestiones personales, por hurto, por robo de reses, por delitos en fin de menor cuantía, se alzaron y encontraron acogida entre la gente ya curtida por el crimen, convirtiéndose en feroces bandidos...

Y los antecedentes generales del bandolerismo los describían de esta manera:

El afán de conquista, los sentimientos religiosos, la confusión y entremezclamiento de las razas, los derechos y encumbramiento de las familias, el amor propio y la soberbia personal, la tendencia a la ostentación y muy particularmente la intrusión de la codicia de los haraganes quiso siempre hacer sobre el capital de los trabajadores o sobre el erario público, para atraer en su propio beneficio y regalo con objeto de disiparlo o de vivir alegremente, aquellos ahorros a tanta costa reunidos, aquellas gabelas destinadas al bien común, obtenidas después de ruda lucha contra el rigor de la naturaleza unas veces y otras contra la aversión a los impuestos y todas contra los reveses caprichosos de la suerte, son causas originarias de multitud de males muy añejos, de cuya posesión no tiene que motejar a los demás ningún país del mundo, porque en todos ellos han prosperado con tenacidad igual aunque con distintos intervalos...

Es cierto que en muchos lugares y tiempos ha existido alguna forma de bandolerismo. Ya aparecen los bandidos en la mitología griega, los crueles salteadores Sinis y Procusto: uno que, luego de robarlas, mataba a sus víctimas amarradas a dos pinos doblados cuando estos volvían a su posición natural; y el otro estirando o cortando la parte del cuerpo de ellas que no daba la medida de un lecho de hierro; ambos fueron castigados por Teseo, el legendario rey de Atenas.

Aun la ambición sola, mezclada con la pereza, puede llevar al bandolerismo, y al culto de la violencia. Y también nobles pasiones contra el abuso y la injusticia han dirigido numerosas protestas por los caminos que recorre el bandolero: las revueltas del esclavo contra el amo; las del que no cree en un dogma contra quien se lo impone; las del agricultor contra el dueño de la tierra que lo fuerza al hambre. En todos los países de Europa hubo delincuentes que por diversas razones actuaban en grupo para realizar sus fechorías. Se crearon sectas con reglas particulares, y aun creencias, y repartían lo robado en China, Turquía, Grecia, Rusia, Alemania, Francia, Italia y España. A partir del siglo XVI se hizo famosa la Camorra, en Nápoles; la Mafia, en Sicilia; la Garduña en España; y los Chauffeurs, a quienes perseguían los hugonotes, en Francia. En la Primera Crónica General (siglo XIII) hay constancia de que en España había bandidos en 1101. Se cuenta allí que durante el reinado de Alfonso VI, llamado “el Bravo”, se eliminó el asalto y el robo: “En sus días”, dice el cronista, “tanto imperó la justicia en su tierra, que si una mujer sola llevaba en la mano oro y plata por todos sus reinos, o cualquier otra cosa, no sólo en el campo sino también en las ciudades, no encontraba quien la robase, ni siquiera quien de mala manera le preguntara lo que llevaba, ni la mortificara de otra manera. Era el rey tan severo con los malos que ninguno se atrevía a presentarse ante él”.  

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Los primeros bandidos

 “LA HERENCIA ÉTNICA”, LA RAZA; Y “LA HERENCIA PSÍQUICA”, LA HISTORIA, DE LAS QUE también habló Varona en su artículo, obligan a buscar en España el origen del bandolerismo en Cuba. En su discurso de ingreso en la Academia de la Historia, en 1930, también con el título de los anteriores trabajos escritos en Cuba, el coronel del Ejército Libertador Francisco López Leiva, afirmaba:

Los primeros bandidos profesionales que arribaron a tierra americana desembarcaron en Cuba y en La Española. Vinieron con Colón en el primer viaje de éste, y continuaron llegando en los subsecuentes y en cuantas expediciones siguieron la ruta trazada por el ilustre genovés... Tan sólo la gente maleante, los galeotes, rufianes y pícaros de toda calaña, unos de propia voluntad y otros sacados exprofeso de las cárceles y galeras, era la que se decidía a emprender viaje y formaron los núcleos de principales inmigrantes... Convertidos en verdaderas bandas de aves de paso y de presa cayeron sobre las dos grandes Antillas atraídos por las deslumbradoras y un tanto fantásticas informaciones que el marino genovés y sus compañeros publicaban a los cuatro vientos cada vez que regresaban a España... Los bandoleros y secuestradores de Cuba son los descendientes y herederos legítimos de aquella chusma de criminales, hampones y pícaros que, indultados exprofeso por los Reyes Católicos y sus sucesores, para que pudieran embarcar libremente, vinieron a poblar las primeras tierras descubiertas por Colón...

Es cierto que las Antillas se poblaron de malhechores a raíz del descubrimiento y en los inicios de la conquista. Había el antecedente de que la reina Isabel, de acuerdo con sus planes expansionistas, autorizó en 1481 la contratación de delincuentes gallegos para asegurar su dominio sobre las Islas Canarias. Años más tarde, en su primer viaje, hizo Colón escala en dichas islas y de ellas se llevó algunos hombres que no serían del todo ajenos a los malhechores gallegos que aseguraron la sumisión de las islas a la corona de Castilla. Con igual razón una Real Cédula de 1492, que estuvo vigente hasta 1501, permitió reclutar delincuentes para la conquista y colonización de América. El 30 de abril de 1492 los Reyes Católicos firmaron una “Provisión”, recogida en la Colección de documentos inéditos, relativos al descubrimiento... sacados de los archivos del reino... (1865-1884), por la que se indultaba a los delincuentes que acompañaron a Colón en su primer viaje, pues no querían ir sin el perdón de sus culpas; en ella se mandaba a sus súbditos que no se les hiciera “mal ni daño ni desaguisado alguno en sus personas ni bienes por razón de ningún delito que hayan hecho ni cometido... [que no se les conociera] ninguna causa criminal, tocante a las personas que fueren con el dicho Cristóbal Colón en las dichas tres carabelas...” Así fue que llegó más tarde a Cuba, por otra “Provisión Real”, ésta de 1501, el hidalgo gallego Sebastián de Ocampo, quien hizo el bojeo de la isla, pues había sido condenado a muerte por homicidio y se le conmutó la pena por destierro en La Española.

Años más tarde, ante el acoso de los piratas, un tal Gonzalo Guerra de la Vega le recomendó a la corona, en carta del 3 de febrero de 1586, que se indultara a los bandoleros ya alzados en Cuba para que pudieran ayudar en la vigilancia y defensa de las costas —era éste un remoto antecedente del servicio que podía realizar en favor de la ley quien estaba fuera de ella, y de la débil frontera que separaba a la autoridad del malhechor—; se lee en este curioso documento, de crudo estilo y pobre ortografía, que aquí se respeta, tal como lo reproduce el libro La fidelísima Habana (1986), de G. Euguren:

Avia [hay] muchas personas por pendenzias e por deudas de mercales [monedas] e [las cuales] andavan ausentes al monte e en este tienpo an de estar a pique [han de estar disgustados con] todo el mundo: mande por auto [resolución judicial] que todas las personas questuvieren ausentes por la dhas [dichas] pendençias e deudas bengan luego a la ora [en el momento] de ponerse en la lista e alarde [recluta] que por el poder que tengo de Vuestra magestad Respeto [respecto] a la grande neçesidad les aseguro que no seran Presos e que libremente pudan acudir al servizio de Vuestra magestad...

Otro juicio sobre los conquistadores y su influencia en la formación del carácter nacional conviene recordar aquí, es el de Fernando Ortiz en su libro sobre el Hampa Afrocubana (1916):

Los primeros colonizadores vinieron a las Indias como aventureros. Ellos trajeron con los prolegómenos de la civilización la impulsividad propia de su pueblo y profesión guerrera, impulsividad filtrada a través de ocho siglos de guerras incesantes. Expulsados los árabes y después los judíos, en Iberia sobraron una turba de nobles y soldados hambrientos imposibilitados de continuar su vida azarosa y de adquirir tierras enemigas a botes de lanza, y un clero belicoso y de intransigencia exacerbada por continua lucha con los infieles. El clero hizo presa en un pueblo harapiento que se divertía con los autos de fe, y los aventureros de la guerra se alistaron en los tercios que corrieron por Europa o cayeron sobre las Indias.

Y ¿por qué tenían los españoles tan pobre disposición para la empresa de América que les había encomendado el destino? Ena Mouriño Hernández ensaya una respuesta en su libro sobre El juego en Cuba (1947):

De Andalucía, Castilla y Extremadura habían partido los primeros conquistadores y pobladores. Imposible esperar que se despojaran del fanatismo y la rapacidad que en su carácter habían filtrado los elementos semíticos y bereberes al cruzarse con los visigodos. Imposible que los hábitos de violencia y de pillaje contraídos en las seculares luchas de vándalos y suevos, de romanos y visigodos, de árabes y francos, unidos a la herencia racial de tan disímiles grupos étnicos, no imprimieran sello indeleble al carácter de los emigrantes españoles y a su aventura fabulosa...

Y sobre la pasión del juego, de la que había también hablado Varona, tan unida a la delincuencia, agrega esta autora:

Hombres avezados a todos los peligros, a la hora del descanso no podían encontrar interés más que en los placeres excitantes y riesgosos. El juego era el único pasatiempo que reunía tales condiciones. Y desde el capitán general hasta el último soldado o el más humilde funcionario, todos jugaban... Y al instaurarse la República, el pueblo cubano era ya violentamente, apasionada y frenéticamente jugador.  

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Delincuentes fundadores

 “EL PRIMER EUROPEO QUE PROPUSO ESCLAVIZAR INDIOS, Y EL PRIMERO que los esclavizó, fue Cristóbal Colón”, dice José Antonio Saco en su Historia de la esclavitud de los indios en el Nuevo Mundo (1883), y continúa diciendo: “Ya desde su primer viaje introdujo Colón en España algunos indios que cogió el 14 de octubre de 1492 en la isla Guanahaní, primera tierra que descubrió...” Años más tarde, para controlar la rebeldía india en La Española, Colón los atacó y, vencidos los indígenas, logró de ellos 500 esclavos, añade Saco, “de ambos sexos, desde la edad de 12 años hasta la de 35, poco más o menos, y fueron enviados a Sevilla en 4 naves que... partieron en 24 de febrero de 1495 para que fuesen vendidos en aquella ciudad...” Un mes más tarde, como seguían sublevados los indios, “las armas castellanas, en número de doscientos de a pie, veinte de a caballo y otros tantos perros carniceros, vieron en la Vega Real sobre cien mil indios reunidos, según dicen los historiadores españoles. Horrible fue la matanza, y la muchedumbre que se tomó a vida fue condenada a la esclavitud...”

El más antiguo chantaje y el primer crimen que recuerda la historia de Cuba, sin embargo, le pertenecen a Diego Velázquez. Ya venía este personaje con el crédito de haberse enriquecido más que ningún otro conquistador en La Española a costa del trabajo de los indios: en su Historia de las Indias dice el padre Las Casas que Velázquez, quien había acompañado al Gran Capitán en las guerras de Italia, antes de llegar a Cuba “tenía mucha experiencia en derramar sangre de estas gentes malaventuradas [los indígenas]”.

La palabra chantaje, viene de una similar francesa, chantage, y ésta del latín cantāre, que significa cantar, lo cual en lenguaje corriente también expresa la revelación de un secreto (así en inglés canary, además del pájaro que canta, es el sujeto que dice, el soplón): se supone que la víctima tiene que confesar algo, “cantar”, o hacer, lo que quiere el chantajista.

La víctima de Velázquez fue Hatuey. Oriundo de La Española, este cacique con muchos de los suyos huyó hacia Cuba para librarse del mal trato de los conquistadores. Llegaron a Maisí en 1511, poco antes que Diego Velázquez, y al saber de la cercanía de sus enemigos se dispusieron a hacer resistencia con la ayuda de algunos siboneyes cubanos que se les habían unido. Antes del enfrentamiento, creyendo que los españoles tenían como dios el oro, al ver los extremos a que llegaban para conseguirlo, hizo Hatuey arrojar en el río Yara una cesta conteniendo todas las prendas y adornos de ese metal que poseían; creyó que con ese acto no podría el dios ayudar a sus enemigos. Se dio entonces Hatuey a la creación de los primeros grupos armados en defensa de intereses particulares, especie de guerrillas, y durante varias semanas logró burlar la persecución de los españoles. Ya preso le preguntó Velázquez por el oro, amenazándolo con la muerte si no revelaba el secreto, pero Hatuey resistió el chantaje, y, juzgado de manera sumaria, lo condenaron a morir en la hoguera. Cuenta el padre las Casas en su Brevísima relación de la destrucción de las Indias (1552), que a Hatuey,

...atado al palo, decíale un religioso de San Francisco, santo varón que allí estaba, algunas cosas de Dios y de nuestra fe, el cual nunca las había jamás oído, lo que podía bastar aquel poquillo de tiempo que los verdugos le daban, y que si quería creer aquello que le decía que iría al cielo, donde había gloria y eterno descanso y si no, que había de ir al infierno a padecer perpetuos tormentos y penas. Él, pensando un poco, preguntó al religioso si iban cristianos al cielo; el religioso respondió que sí, pero que iban los que eran buenos. Dijo luego el cacique sin más pensar que no quería él ir allá, sino al infierno, por no estar donde estuviesen, y por no ver tan cruel gente.

“La ejecución de Hatuey”, escribió Leví Marrero en el primer tomo de su Cuba: economía y sociedad (1972), “podríamos calificarla, en la sombría semántica de nuestra época, como un caso de terror selectivo”; es que con la muerte del jefe rebelde se logró amedrentar a los aborígenes aterrorizados por la crueldad de los conquistadores.  


"Suplicio de Hatuey" y "Matanza de indios en Conao". Dibujos de Juan E. Hernández Giró en su Historia Gráfica de Cuba (1938).

MUCHOS BASTARDOS Y SEGUNDONES DE LA NOBLEZA ESPAÑOLA nutrieron las filas de los conquistadores. Las disposiciones que daban todos los privilegios a los primogénitos de los hidalgos hicieron que aquéllos se vieran en tan precaria situación económica que tenían que enrolarse en la aventura de América. En su estudio sobre “Diego Velázquez”, que publicó la Revista de Cuba en 1880, cuenta el historiador José Antonio Echeverría cómo se organizó la expedición que habría de llevar a cabo la conquista de Cuba: “Pregonada la expedición por la Española”, dice, “acudieron muchos a alistarse; la mayor parte gente perdida, adeudada y aún recién salida de las cárceles”. Así dispuso el destino que el primer torturador, asesino, expoliador, guapetón, proxeneta y latifundista de Cuba fuera Vasco Porcallo de Figueroa, bastardo nacido en Cáceres, de la familia de los duques de Feria.

Muy joven lo llevó a Cuba la encomienda de Velázquez. Ayudó a fundar Bayamo y Santiago de Cuba, y luego fundó las villas de Puerto Príncipe, Sancti Spíritus y San Juan de los Remedios. Se enriqueció muy pronto, y tenía un harem de sesenta jóvenes indias. Pero si por eso mereció el calificativo de “poblador”, como llamaban a los españoles que emigraron a América, por los suicidios de los indios víctimas de sus abusos y crueldades, también mereció el de despoblador. En un juicio que se le siguió por sus abusos confesó que, para “que se apartasen de aquel daño” los indígenas, que consistía en comer tierra hasta envenenarse, después de “muchas misas y procesiones” dispuso, para escarmiento, que les cortaran sus partes (“la verga e compañones”, dice el sumario publicado en 1885 por la Real Academia de la Historia en una Colección de documentos inéditos relativos al descubrimiento...) los cuales se los hacía comer también “mojados en tierra”. A otros dijo haberlos castigado de la siguiente manera: “[A] algunos indios de los que v[e]ia que no estaban para morir se los ha hecho pringar [echarle manteca hirviendo en el cuerpo] e quemar las bocas...” Con sus propias palabras declaró que viendo la práctica de los indios en comer tierra para suicidarse, tan dañoso que en las provincias de “Camagüey y Guamoya” [Trinidad] “se habían muerto a consecuencia de ello más de las dos terceras partes de los indios, y seguían matándose de intento, había hecho dichos castigos con lo que atajó en gran parte el mal”. Pero como no hubo quien se atreviera a acusar a Porcallo por sus crímenes, lo absolvieron en el juicio.

Cuenta Jacobo de la Pezuela en su Diccionario de la Isla de Cuba (1863), sobre este personaje, que se dio “buena mano en adquirir encomiendas de indios con las que explotó las arenas de oro del [río] Jobabo y fomentó mucha ganadería... poseía en Cuba sin deudas ni fatigas lo que los expedicionarios iban a buscar con riesgos y penalidades infinitas...” Por un altercado que tuvo en Sancti Spíritus mandó llamar al alcalde, y como en un momento le pareció que echaba mano a la espada, lo madrugó clavándole su puñal sin darle tiempo a ninguna explicación. Enseguida hizo arrestar a los otros funcionarios de la villa, y como uno se refugió en la iglesia, allá lo persiguió ocupándole sus bienes y enviando a todos los presos a Santiago de Cuba. Este temible personaje murió cerca de Camagüey en 1550, y dejó tan grande descendencia, afirma Pezuela, “que las familias más antiguas de Puerto Príncipe descienden de Vasco Porcallo”.

Fundadas las primeras villas, dispuso Velázquez que se explorara el resto de la isla para eliminar toda posible resistencia indígena. Para ello envió a Pánfilo Narváez hacia la región occidental. Fueron 100 hombres a pie y alguno montado. Llegaron a un pueblo donde vivían unos 2 mil indios que miraban con sorpresa los caballos. Como había un arroyo cuyas aguas provenían de las estribaciones de la sierra del Escambray, con piedras que servían para amolar las espadas, se pusieron a hacerlo y entraron en el poblado, pero no se sabe por qué a uno de ellos se le ocurrió sacar con violencia la espada, y el resto de los españoles lo imitaron y empezaron, según cuenta Las Casas, en su Historia de las Indias (la cual pidió que no se publicara hasta cuarenta años después de su muerte, y que tuvo que esperar para imprimirse hasta 1875) “a desbarrigar y acuchillar y matar aquellas ovejas y corderos, hombres y mujeres, niños y viejos que estaban descuidados, y dentro de dos credos no quedaba hombre vivo de cuantos allí estaban”. Narváez no quiso estorbar la matanza a pesar de los ruegos del padre, ni se abstuvo de ella. Años más tarde, con el título de “Adelantado de la Florida”, la que se propuso conquistar en 1527, salió Narváez de Cuba, pero un ciclón lo hizo naufragar cerca de la bahía de Tampa, y allí murió. Y Las Casas, recordando la matanza de Caonao y otros hechos de sangre en que intervino este conquistador, el primer asesino en masa en la isla de Cuba, escribió: “el diablo llevóle el ánima”.  

4

Secuestro y rescate de un obispo

EL MÁS ANTIGUO ACTO DE PIRATERÍA EN CUBA LO REALIZÓ HERNÁN CORTÉS, al apoderarse en 1518 del navío de Juan Sedeño. Cuenta Las Casas, también en su Historia de las Indias, que el propio conquistador de México, en una conversación que tuvieron en España, le confesó aquel atraco, y le dijo: “Anduve por allí como un gentil corsario”. Según Bernal Díaz del Castillo en la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España (1632), este Juan Sedeño, “vecino de La Habana” fue “el más rico soldado que hubo en toda la armada” y se le unió a Cortés “con su navío, un negro y una yegua” y algunos alimentos, parece que forzado por el capitán de la empresa.

Pero el primer secuestro de fama no lo realizó un español sino un francés: el pirata Gilberto Girón. En la Historia de la Nación Cubana (1952) dice Emeterio Santovenia que, a raíz de la conquista, “Cuba se hallaba minada por los rescates y todo lo que con los mismos se relacionaba... Los navíos enemigos que a diario tocaban en las costas de la Isla traficaban en estas partes como si fueran propias. Era imposible castigarlos y alejarlos...” Por el monopolio que en 1493 le había dado el papa Alejandro VI a España y Portugal, sobre las tierras de América, lo mismo Francia que Inglaterra, queriendo disfrutar de las riquezas que tanto poder les daba a aquellas naciones, iniciaron la práctica de la piratería en el Atlántico.

En relación con Cuba y el Caribe, entre otros, fue famoso por el asedio a La Habana el pirata francés Jacques de Sores (Jaque de Soria lo llamaban los españoles); por el bombardeo de Matanzas y el cerco a la capital el pirata inglés Francis Drake; y por su ataque a Santiago de Cuba Henry Morgan, también procedente de Inglaterra. Algunos pensaron que los ataques a Cuba y a las otras Antillas, por los filibusteros y piratas, era el castigo de Dios que pronosticó Las Casas por los abusos de los conquistadores con los indígenas.

Fray Juan de las Cabezas Altamirano, Dominico

A principios del siglo XVII el pirata Girón desembarcó con un grupo de sus hombres en Manzanillo y pudo secuestrar en una hacienda cerca de Bayamo al obispo Juan de las Cabezas Altamirano. Se lo llevó hasta su nave desnudo y descalzo y pidió de rescate 200 ducados y mil cueros. Este acontecimiento inspiró el más antiguo poema escrito en Cuba: el Espejo de Paciencia (1608), de Silvestre de Balboa ; fue pagado el rescate, advierte el poeta, “que esto de dar allana inconvenientes / y ablanda todo género de gentes”. Pasado algún tiempo en su prisión, un grupo de vecinos sorprendió a los piratas matándolos a todos; un negro esclavo llamado Salvador sometió a Girón y le cortó la cabeza, la cual pudo llevar en triunfo hasta la ciudad. Se lee en el poema:

... Don Gilberto que vio al etiope,
se puso luego al punto de batalla:
y se encontraron, mas quedó del golpe
desnudo el negro y el francés con malla...
Andaba don Gilberto ya cansado,
y ofendido de un negro con vergüenza;
que más las veces vemos que un pecado
al hombre trae a lo que nunca piensa...
Y viéndole el buen negro desmayado
sin que perdiese punto en su defensa,
hízose afuera y le apuntó derecho
metiéndole la lanza por el pecho...

Pero lo más curioso de este incidente es que el gobernador Pedro Valdés, después del secuestro del obispo, y para controlar el contrabando que había en la zona, envió un oficial y 50 soldados a fin de vigilar las costas, pero siendo los vecinos de Bayamo en su mayor parte contrabandistas, cuando metieron en la cárcel a algunos culpables, se alzó la población en protesta por lo que consideraron abuso de la autoridad: los bayameses le vendían a los franceses y portugueses, y luego a los holandeses e ingleses, cueros curtidos y azúcar, y les compraban telas y harina. En realidad fue aquél de los bayameses el primer alzamiento popular en la isla. Como la metrópoli tenía el monopolio del comercio, el contrabando era la fuente más rica de ingresos en la región: otro motivo para la inicial prosperidad de la delincuencia en Cuba. A tal extremo llegó el contrabando, que por Decreto del Consejo, en 1607, el rey Felipe III tuvo que conceder un indulto general a favor de los implicados en él, que eran casi todos los habitantes de la isla.  


En un grabado holandés del siglo XVII aparece la flota española atrapada en 1628 por el pirata Piet Heyn en la bahía de Matanzas, tal como la imaginó el dibujante, rodeada de montañas.

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Bandidos y rebeldes

TAMBIÉN EN EL SIGLO XVII APARECIÓ EL MÁS ANTIGUO CRIOLLO FUERA DE LA LEY que ganó fama. Fue Diego Pérez, alias El Grillo. Era mestizo y había nacido en La Habana. Lo llamaban el capitán Dieguillo y, por su astucia y valor, además de por su crueldad, llegó a ser más temido que los corsarios extranjeros. Por él se llama “Diego Pérez” un grupo de cayos al sur de la península de Zapata, donde merodeaba, y también el canal que la separa de Batabanó. “Próximo al lugar donde aquel forajido tenía su apostadero”, dijo el coronel López Leiva en el discurso antes citado, “la Bahía de Cochinos debe su extraño nombre a que sirvió de factoría a otro elemento disolvente... La piratería necesitaba para sus correrías por el Mar Caribe tener asegurado en algún punto de la costa meridional de Cuba víveres y viandas para avituallarse, y fomentaron en aquel lugar la cría de ganado vacuno, aunque más principalmente la de cerdos, y de ahí el nombre de Cochinos”. De Diego Pérez, el bucanero criollo, se cuenta, que logró amasar una gran fortuna producto del robo y del contrabando, y que en uno de sus cayos dejó enterrado el tesoro que pensaba llevarse a España, pero que durante una de sus depredaciones en la isla fue muerto por otro pirata quien le robó cuanto había acumulado. Aquella zona del sur de la isla también recogió el nombre de otro pirata que por allí estuvo, el secuestrador del obispo del que antes se habló, Gilberto Girón, por lo que se llama “playa Girón” un tramo de la costa donde está la Bahía de Cochinos.

Otra figura de la época, con la que a veces se confunde el anterior (“es probable sea el mismo que llamaban Capitán Dieguillo y que sirvió con Pie de Palo”, dice Calcagno en su Diccionario Biográfico Cubano [1878]), fue “El Mulato” Diego Martín, también habanero, quien llegó a ser el segundo del famoso pirata holandés “Pie de Palo” Jol. Se cuenta de él que tuvo rasgos hidalgos, como cuando puso en libertad a la esposa de uno de sus enemigos e hizo que le devolvieran todas las prendas que le habían robado. Diego Martín quiso ponerse al servicio de las autoridades españolas —otro criminal tentado por el bando contrario que podía ofrecer su experiencia al gobernante, no siempre ajeno a su saber y a sus procedimientos — y estuvo cerca de que lo nombraran almirante, pero “El Mulato” decidió continuar hasta el fin de su vida como bucanero.

Al hablar de las costumbres de “los bucaneros en América”, en su libro Aventures et exploits des bandits de tous le pays du monde (1843), Charles Macfarlane cuenta cómo aquellos piratas aprendieron a curar la carne poniéndola a fuego lento sobre unas maderas que los indígenas llamaban “barbecú”, y cuando ya estaba cocida la llamaban “boucan”, de donde les vino el nombre de boucaniers.

SOBRE EL TEMA QUE INTERESA EN ESTE LIBRO ADVIERTE LEVÍ MARRERO, en su Cuba: economía y sociedad, al hablar de “La vida cotidiana” en Cuba durante el siglo XVII:

Un rasgo vital dominante fue la violencia. En gran medida venía impuesta por los enemigos que asediaban sin tregua la isla y obligaban a cada vecino a andar arma al hombro, pero con el encono de los ánimos era una constante adicional en las relaciones entre los funcionarios que se disputaban ventajas y preeminencias, aun entre la gente de la Iglesia, y cada día entre numerosos vecinos que no evadían ocasión de pleitear...

En la vida cubana de Seiscientos afloran numerosos elementos de violencia. A las tensiones promovidas por la piratería se sumaban los renovados conflictos entre los integrantes de la burocracia real, las deserciones frecuentes de los soldados, las animosidades entre españoles y criollos y, aunque menos visible, el temor de todos ante el número creciente de esclavos cuya actitud rebelde obligaba a adoptar precauciones costosas. La inseguridad general y la mentalidad dominante llevaban a enfrentar el quebrantamiento de la ley con medidas que hoy nos parecen excesivas y crueles. La justicia, a tono con los tiempos, era ruda y expeditiva. Los gobernadores y obispos, quienes por su jerarquía estaban llamados a pautar los modos de convivencia, no esquivaban las colisiones...

En el siguiente siglo se hicieron famosos varios bandoleros. Eran hijos de esa población violenta y asustada. Rafaelillo, nacido cerca de Cárdenas, fue uno de los más famosos delincuentes de Cuba empleados por la justicia para actuar como policía. En España llamaban a esa clase de personajes “escopeteros”, y hubo uno famoso llamado José María, alias Tempranillo: lo contrató el gobierno, pero fue muerto por otros bandoleros cuando quiso impedir un robo. Como por su ocupación es una figura poco ajena al bandolerismo en Cuba, conviene dar alguna información sobre este curioso personaje. En el libro de Santiago Valenti Camp, Las sectas y las sociedades secretas a través de la Historia (1904), se informa que Tempranillo fue

huérfano de padre y madre, y en su adolescencia, entró a servir en una de las grandes labranzas de aquella rica provincia [de Córdoba] dedicándole su amo a guarda montado de la misma... Trabó amistad con el contrabandista Frasquito, el de la Torre, acabando por imitarle en su profesión de contrabandista, que degeneró pronto en la de bandolero, como sucedía en muchos... En vano se puso precio a su cabeza y desconfiando prenderle, el gobierno decidió cambiar de política y tratar con el bandido como con una potencia extranjera; en efecto, se le hizo saber que el rey le perdonaba todos los delitos y, con un sueldo anual bastante crecido, se le dio el mando de una caballería formada por sus mismos compañeros, con el encargo y misión de limpiar de bandidos la región de Andalucía... La muerte de José María fue una verdadera pérdida para España en su época; pues, de haber vivido más tiempo, quizás hubiera limpiado toda Andalucía de los bandidos que la infestaban...

El plan de Tempranillo, a quien así llamaron por lo precoz que había sido, era, básicamente, prender a los bandoleros y a “todos los individuos sospechosos que hubiese en los pueblos”, hacerlos soldados en países lejanos y, además, “fusilar en el acto a todo el que llevase armas y no pudiese justificar su derecho a llevarlas”. Y concluye este autor con el siguiente comentario: “Tales medidas no hubieran sido extraordinariamente violentas en un país como el nuestro, en que se estimaba en tan poco la vida humana, y en el que tan fácilmente se derramaba la sangre en nombre de la religión y en aras del despotismo...”

Al cubano Rafaelillo le dio el gobierno una patente, que llamaban “comisión”, con el fin de que vigilara el tráfico negrero en la costa norte de la isla, desde Cárdenas hasta Nuevitas, pero al amparo de ese encargo también le cobraba su “protección” a los contrabandistas, a quienes guiaba hasta las zonas de más seguro y fácil acceso. Se excedió en sus actividades Rafaelillo y, en un acto de piratería, asaltó una goleta inglesa, por lo que las autoridades españolas, ante la protesta británica, lo arrestaron y le dieron muerte.

Hasta que llegó el gobierno del general Tacón pudo existir una especie de contubernio y alianza entre el bandido y el gobernante, tal como se vio en la petición de 1586 pidiéndole desde La Habana a la corona el empleo de delincuentes alzados para defender las costas. El ejemplo mejor de ese proceder en el siglo XIX fue el del coronel habanero Domingo Armona, quien se dedicaba a perseguir malhechores y a proteger a los comerciantes y propietarios a base de igualas, tal como hacían a principios de este siglo los gángsters en Chicago. La “partida de Armona”, su banda de “escopeteros”, llegó a contar con varias docenas de hombres que lo mismo contrataban el traslado de una caja de caudales que la muerte de un enemigo.

A PESAR DE LA REDUCCIÓN DE HATUEY Y DE LOS CASTIGOS de Porcallo de Figueroa, algunos indios se mantuvieron durante mucho tiempo alzados en los bosques, al igual que los negros cimarrones. En su Historia de la esclavitud de los indios en el Nuevo Mundo, Saco cuenta que en 1504 se hizo pública en Sevilla una Real Cédula “mandando que a los que hiciesen la guerra a los indios rebelados, se les diese como esclavos las cuatro partes de cuantos cogiesen reservándose los restantes para el gobierno”. En su estudio sobre La delincuencia de los indios en Cuba (1943), Miguel A. D’Estéfano reproduce el “Informe” de un Juez de Residencia, fechado el 27 de abril de 1526, en el que se asegura que “en cada una de las provincias de las dichas villas andan e están muchos indios alzados e rebelados haciendo muchos males e muertes de españoles e indios e haciendo otros robos e insultos, así en caminos como fuera dellos...” Y una Real Cédula del 15 de febrero de 1528, de la Colección de documentos inéditos, que antes se citó, felicita así la corona al gobernador de Cuba por la sumisión de los indios alzados:

Mucho he holgado de lo que decís [de] como los indios que estaban alzados se reducen a nuestro servicio et vienen a las estancias donde solían estar, lo cual, como sabéis, procede del buen tratamiento que se les hace, y así vos mando y encargo que tengáis mucho cuidado de mirar que sean muy bien tratados, como libres, y con amor y buenas obras, porque con éstas ellos estarán pacíficos y servirán de buena gana et con más voluntad vernán en conocimiento de nuestra santa fee católica...

Después de la resistencia de Hatuey, aún en vida de Diego Velázquez, hubo otra importante rebelión de indígenas que no se sometían a los conquistadores. Y en 1523, una Real Cédula de Carlos V confirma el fenómeno; en ella se lee:

Somos informados que muchos indios naturales de esa isla, contra la fidelidad, servicio y obediencia que nos deben e son obligados como nuestros súbditos e vasallos, se han alzado e ausentado de los lugares y estancias donde estaban e se han ido e están en los montes y estando en dicha rebelión e alzamiento salen a los caminos donde están los cristianos e los matan e roban...

Y se conservan testimonios, recogidos en la colección de Documentos para la Historia de Cuba (1971), compilados por Hortensia Pichardo, que hablan de un indio llamado Guamá, en Baracoa, en 1534 que andaba alzado; dice uno de esos testimonios: “En la ysla [de Cuba] siempre ay yndios alçados que han hecho é hazen mucho daño a los cristianos é yndios mansos... En la provincia de Baracoa anda uno que se llama Guama que trae consigo mas de cinquenta yndios mucho tiempo ha...”

Por otra parte hay constancia de que algunos descendientes de la “raza primitiva”, aun tres siglos más tarde, se mantenían rebeldes y practicaban el bandolerismo. Relata Calcagno en su Diccionario que en Puerto Príncipe empezó a hacer todo tipo de fechorías un sujeto de “la raza primitiva” a quien llamaban el “Indio Bravo”. Se defendía con flechas. Secuestró a un niño, al que decían se lo iba a comer, y los vecinos crearon una partida para perseguirlo, la cual logró su captura. Su cadáver, dice Jorge Juárez Cano en sus Apuntes de Camagüey (1929) “fue conducido a lomo de una bestia al filo de la media noche y tirado en la plaza de armas a la expectativa pública. A esa hora se echaron las campanas al vuelo... El 2 de julio [de 1803] el Cabildo entregó el premio de 500 pesos ofrecidos a los matadores del salvaje. Otro indio, también con flechas, atacaba a los vecinos en las regiones cercanas a Santiago de Cuba, según Emilio Bacardí en sus Crónicas de Santiago de Cuba (1908-1914): lo llamaban “el Indio Martín”.

CON LA REBELDÍA INDIA SE DESARROLLÓ LA DE LOS ESCLAVOS NEGROS, quienes también se alzaron huyendo de los abusos del “poblador” blanco. En El negro en la sociedad colonial (1988), de Rafael Duharte, se lee: “La primera noticia sobre la rebeldía del esclavo en Cuba data de 1533, apenas veinte y tres años después del arribo de Velázquez a la Isla”. En su Historia de la esclavitud cuenta Saco cómo en ese año “el gobernador Manuel de Rojas pasó de Santiago de Cuba a Bayamo y de allí envió dos cuadrillas a las minas de Jobabo en la provincia de Cueyba [poblado indígena cerca de Holguín] para someter cuatro negros que se habían alzado, los que pelearon hasta morir, y llevados sus cadáveres a la villa de Bayamo fueron descuartizados y puestas sus cabezas en sendos palos”.

Consta que en el verano de 1724 se rebelaron los esclavos que trabajaban en las minas del Cobre, y se refugiaron armados en los bosques cercanos: en un escrito del canónigo Pedro Morell de Santa Cruz, de Santiago de Cuba (luego obispo de La Habana), quien redujo a los rebeldes, y que reprodujo la Historia de la Isla de Cuba (1868) de Jacobo de la Pezuela, se lee de la terminación de ese alzamiento:

...El servicio que he hecho a V.M. en la reduxion de dicho pueblo, ha sido tan apreciable que, sin discurrir melancólicamente, podía perderse toda la isla manteniéndose en su obstinación dichos esclavos; pues siendo crecido el número de los que hay en cada lugar y tan comun la aversión que tienen á sus amos, á muy poca diligencia se sublevaran todos y se harian señores de las poblaciones. Para confimación de esto, despues que los del Cobre se redujeron á la obediencia oí decir que cincuenta negros fugitivos habian pasado á su real á ofrecerles con sus lanzas, prometiéndoles que dentro de dos horas pondrian á su disposicion hasta trescientos, y que procurarian atraer à todos los de esta ciudad para hostilizar a sus vecinos. A esto se allega que los atropellamientos y malos modos del gobernador con estos moradores, sin excepción de personas, los tiene á todos tan displicentes que, á no ser tanta su lealtad á su señor, habria mucho que temer si ofrecida esta coyuntura procuraran vengarse del que reputan por enemigo comun.

La esclavitud alimentó entre blancos y negros el culto de la violencia. Las rebeliones de esclavos, particularmente en el siglo XIX, y los castigos y la represión que usaron las autoridades para sembrar el terror, fueron factores determinantes que dejaron su huella en el carácter cubano. El índice de la crueldad, por otra parte, lo da el número de suicidios entre los negros llevados de África y los que en el siglo XIX esclavizaron en China; sobre este particular, y con base a los documentos que se conservan en Sevilla, en El Archivo General de Indias, concluye Leví Marrero en el tomo IX (1983) de su Cuba: economía y sociedad:

Una prueba evidente del endurecimiento del trato a que eran sometidos en Cuba, cuando mediaba el siglo XIX, los esclavos rurales y los colonos chinos, es la elevada tasa de suicidios oficialmente registrados por ambas castas. La esclavitud doméstica ha sido descrita, hasta los primeros años del Ochocientos, como paternalista y suave, pero el auge azucarero agravó la vida siempre dura del siervo rural. Ante la demanda excesiva de trabajo, 16 a 20 horas por jornada, durante la zafra desde diciembre a junio, a muchos esclavos y asiáticos, incapaces de resistir el esfuerzo físico y los castigos frecuentes, optarían por el suicidio...

Un análisis del problema del suicidio en Cuba, realizado en 1866, asignaba a la Isla la más alta tasa a nivel mundial. Mientras que en España el número anual de suicidios era de 15 por cada millón de habitantes, de 70 en Inglaterra y de 100 en Francia, en Cuba alcanzaba a 340...

Para mejorar la suerte de los esclavos, a fines del siglo XVIII el rey Carlos IV dictó una Real Cédula “sobre la educación, trato y ocupaciones” que debían darle sus amos en todos los dominios españoles. En el tomo X (1984) de su obra, Leví Marrero copia un documento, que nunca antes se había publicado, de los hacendados de Cuba censurando las recomendaciones del monarca por la maldad ingénita de los negros. Esta “reverente representación”, como la llaman, deja ver el egoísmo y el miedo que sentían los propietarios ante la posibilidad de una sublevación negra, temor que engendraba como único remedio mayor crueldad y violencia; se lee en ese escrito firmado en La Habana el 19 de enero de 1790:

Los hacendados, dueños de ingenios de fabricar azúcar de esta ciudad, impuestos de la Real Cédula expedida en Aranjuez el 31-V último para dar reglas a la educación, trato y ocupaciones de los esclavos en estos Dominios, elevamos a V.M. esta reverente representación... Deducimos melancólicas consecuencias contra nuestros intereses: vemos ya arruinadas nuestras haciendas, miserables nuestras familias, abandonados nuestros campos, asolada la agricultura; llena de calamidades la Isla; y nuestros esclavos sublevados, sin que se nos esconda el funesto espectáculo de sangre que será preciso derramar para contenerlos...

Y para demostrar la inutilidad del buen trato a los esclavos, de la siguiente manera se los describen al rey:

Para que V.M. conozca la fuerza de esta verdad es preciso definir primero quiénes son los negros bozales y hacer alguna pausa en explicar su carácter, naturaleza y condiciones. Son bárbaros, osados, ingratos a los beneficios. Nunca dejan los resabios de la gentilidad. El buen trato los insolenta. Su genio, [es] duro y áspero... por eso temen poco ser homicidas de sí mismos. Son propensos a la desesperación, al tumulto, al robo, a la embriaguez; alevosos, incendiarios e inclinados a toda especie de vicios...

Y le cuentan al monarca varios episodios que justifican la violencia y la crueldad que ejercían contra ellos: en una oportunidad, dicen “le sacaron el corazón al que los gobernaba, y asándolo lo hicieron deleitoso plato de su ira”. Otros, sabiendo del castigo que les esperaba por su rebeldía, “después de que han logrado su venganza, suelen por sí mismo ahorcarse, arrojarse al agua o inferirse de otro modo la muerte...” Y agregan, por último, como prueba de la maldad de los negros, que en un Jueves Santo al primer Conde de Casa Bayona se le ocurrió, como ejercicio de humildad, lavarle los pies a doce esclavos, los cuales, sorprendidos por la ceremonia, se negaron luego a trabajar y llamaron a rebelión a otros hasta que fue necesario acudir a las autoridades para “que los aplacase con armas, a costa de mucha sangre y algunas vidas...” En un acto de humildad cristiana el conde les había lavado los pies a los negros, y en otro de soberbia les cortó la cabeza... Y firman este curioso documento la condesa de Jaruco, el marqués de Justiz de Santa Ana, el marqués del Real Socorro, el conde de Buenavista, el marqués del Prado Ameno, el propio conde de Casa Bayona, el marqués de la Casa Calvo, y otros títulos y apellidos que durante muchos años merecieron consideración y respeto en la sociedad cubana, y que se esgrimían como prueba de moral, buenas costumbres y familias.

El daño que hizo la esclavitud en el carácter del cubano fue grande, y en el futuro del país, como observó el historiador P. Chemin Dupontès en su libro Les Petites Antilles, étude sur leur évolution économique (1909):

La esclavitud, tan llena de miserias para los negros, fue también una desgracia para los blancos, toda vez que creó en las sucesivas generaciones del siglo XIX, aún después de la terminación del régimen esclavista, un deformado sentido de la moralidad, una incapacidad para distinguir lo que era bueno y lo que era malo para los que trabajaban, y el desprecio de los inferiores y de los humildes [“un mépris de faibles et des inférieurs”], que se ha perpetuado hasta hoy, cincuenta años después de terminar la esclavitud.

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