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Riqueza y bandolerismo

EL BANDOLERISMO EN CUBA CRECIÓ DE MANERA CONSIDERABLE EN EL SIGLO XIX. Al enriquecimiento de las familias por el azúcar y el café, y la corrupción en todos los niveles de la sociedad, se sumó el contrabando de esclavos. Entre los más notables bandidos en la primera mitad del siglo pasado cabe recordar a Juan Fernández, alias El Rubio, el cual, por su fama y sus hazañas dio origen a la novela de José Ramón Betancourt Una feria de la Caridad en 183..., escrita en Camagüey en 1841, e impresa en La Habana en 1858, donde logró varias ediciones. Siguiendo el gusto de la época, el novelista presenta al facineroso víctima de un hogar infortunado: huérfano de madre, con un padre alcohólico. El Rubio se entregó al juego y, después, a negocios turbios y a la delincuencia, todo lo que lo llevó al crimen. En la novela se arrepiente de sus fechorías y le escribe a la madre de su última víctima: “El juego me había dado riquezas, me las arrebató en una noche aciaga, graves compromisos con mis compañeros pusieron el puñal en mi mano y Carlos, el infeliz Carlos Alvear, fue la última víctima. ¡Perdón, señora, Piedad!” Ejecutado en La Habana, en garrote, para escarmiento público exhibieron su cabeza en el Puente de Chávez, en la Calzada de Jesús del Monte.  


Juan Fernández, alias El Rubio, cuando estaba en capilla, poco antes de ser ejecutado. Dibujo en el "cuento camagüeyano" titulado "Una feria de la Caridad en 183…", "escrito en 1841"  por José Ramón Betancourt.

Otro bandido de esa época que entró en la literatura fue Caniquí, Filomeno Vicunia, un mulato de Trinidad, antiguo esclavo. Su vida le sirvió a José Antonio Ramos para escribir la novela Caniquí (1936). Perteneció a la marina española, pero desertó en 1830. Fue el terror de los hacendados de esa región, y sobre él se creó la leyenda de que tenía poderes sobrenaturales. Dice Calcagno: “La credulidad del vulgo ignorante le atribuía el poder de milagros; decíase que volaba, que se metía por la paredes, y a la vez aparecía en dos puntos distantes con otros absurdos a ese tenor”. Muchos negros lo consideraron el vengador de los africanos, pero se ofreció un rescate por su captura y un negro lo denunció, y lo mataron mientras trataba de huir a nado por la costa.

El bandolerismo disminuyó cuando Miguel de Tacón, en 1834, fue designado Capitán General de la Isla. En algún momento parecía que todo el resentimiento y la violencia que andaba diluida en los delincuentes se había concentrado en el gobernante. El resumen de su actuación lo dio él mismo en la Memoria que publicó en 1838, al cesar en el mando; allí se lee:

Mucho se habló en los papeles [periódicos] nacionales y extranjeros del estado de desmoralización en que se hallaba la Isla antes del primero de junio de 1834, y no era a la verdad exagerado el cuadro que ofrecían los papeles. Un número crecido de asesinos, ladrones y rateros circulaba por las calles de la capital, matando, hiriendo y robando, no sólo durante la noche sino en medio del día en las calles más centrales y frecuentadas... Parecía que tanto número de criminales partían de un centro común, alguna asociación ramificada y temible, que se había propuesto sobreponerse a las leyes, atacar impunemente al ciudadano pacífico y destruir todos los vínculos sociales. Tal era el terror que había excitado la cohorte de forajidos, que los dependientes de las casas de comercio no podían salir a hacer cobros sin ir escoltados por gente armada.

Existían igualmente compañías de malvados, habidos y reputados como tales, que se hallaban dispuestos a quitar la vida bajo precio convencional a cualquiera persona que se les designase. Muchas veces desde la cárcel misma señalaba el criminal la víctima, y contaba en la calle con los colaboradores necesarios para perpetrar un nuevo atentado.

No bajaban quizás de doce mil las personas que sin bienes ni ocupación honesta se mantenían en la capital de las casas públicas de juego, así de blancos como de individuos de color, libres y esclavos. Los vagos eran innumerables, y no pocos los que encontraban medios de subsistencia en las estafas de todas especies, y hasta en el mismo foro, ejerciendo unas veces las funciones de testigos falsos y otras las de alterar la paz de las familias, atacando a ciudadanos pacíficos que por no verse envueltos en los males inseparables de un pleito destructor, compraban de los agresores la tranquilidad a un gran precio.

Todos estos elementos tenían entre sí una necesaria conexión, porque el juego y la vagancia formaban los criminales de mayor categoría y todos estaban conjurados contra el orden público...

Álvaro de la Iglesia, en la primera serie de sus Cosas de antaño (1911), deja ver cómo ese bandolerismo no se limitaba sólo a las clases pobres, sino que también era frecuente entre los ricos. Ya en la tradición alemana del siglo XIV aparecen personajes de la aristocracia que se dedicaban al robo (los raubritters) asociados con salteadores comunes. En una de sus anécdotas, que Álvaro de la Iglesia tituló “Bandoleros de levita”, cuenta lo siguiente del general Tacón, “un lince en esto de perseguir el delito”: “... Al referirle uno de los respetables hacendados habaneros [que varias veces había sido asaltado] aquel raro género de bandolerismo que actuaba a las puertas de la capital, que jamás daba un golpe en vano y que era después de darlo invisible, como si los malhechores fueran trasgos o espectros, Tacón se sonrió como quien se ha dado cuenta inmediata del fenómeno”. Le preguntó al hacendado si daba tertulias en su casa, y si en ellas se jugaba. Dijo que sí, y el general le pidió que marcara algunas de las monedas de las que llevaba a fines de mes para pagar a los empleados de su finca. Así lo hizo, y la próxima vez que salió de la ciudad con ese motivo, de nuevo lo asaltaron. Y continúa así la historia: “A las pocas noches nuestro hacendado creyó caerse muerto al ver sobre una sota de bastos uno de los doblones marcados por él. No se le despistaba... A la mañana siguiente fue detenido el bandolero de levita, acompañado en los momentos de la detención por otro joven disipado como él y que era precisamente el director de la gavilla”. Los ladrones eran dos de los invitados a las tertulias de la casa, los cuales, desde luego, sabían los movimientos del hacendado: eran “bandoleros de levita”.

Pero la injusticia social y la pobreza hicieron el mayor aporte al bandolerismo a mano armada en el siglo XIX. Es de ejemplo obligado aquí la poesía de José Jacinto Milanés (1814-1863) titulada “El bandolero”, porque ella refleja el proceso por el que muchos quedaron fuera de la ley. El personaje de esta composición, muy del gusto romántico, era un hombre pobre y honrado cuya esposa fue seducida por un rico e influyente individuo. El adulterio hace que la madre no se ocupe del hijo pequeño que dejaba en el hogar:

...La hermosa mujer del pobre
duerme en los brazos del rico:
con las frases de oro de éste
se olvida de su marido,
ni ve que la casta luna
la acecha por un resquicio,
ni oye en la cuna cercana
llorar hambriento a su hijo...

El marido burlado piensa en matar a la adúltera, pero se detiene, “La culpa es del rico”. Lo vigila y, en un momento oportuno, lo mata.

...Ya entonces ve el asesino
todo negro su horizonte:
hállase en medio del monte
y un pensamiento le vino;
Pensamiento repugnante,
triste y de mala ralea:
pero la angustia lo crea
en toda frente ignorante.
Cuando en la pública grey
No vierte el saber sus lumbres,
Cuando marchan las costumbres
Encontradas con la ley.
Ya su amor roto y perdido
Como una flor de verano,
¿Qué le quedaba en la mano
Sino el puñal del bandido?
Y si su infelicidad
A la sociedad debía,
¿Por qué razón no podía
Pagar a la sociedad?
Tal piensa, y sin que más siembre
Quejas que al aire sonaron,
Así que por él pasaron
Un enero y un diciembre,
Corrió su daga y su nombre
Por corazones y oídos,
Cual dos azotes unidos
Que descargan sobre un hombre...  

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El bandolero social

 “Y SI SU INFELICIDAD / A LA SOCIEDAD DEBÍA, / ¿POR QUÉ RAZÓN NO PODÍA / pagar a la sociedad?” Es el más notable ejemplo del llamado “bandolerismo social” que pasa a la poesía cubana. A este desgraciado “el crimen mismo le mete espuela”, dijo Milanés en feliz metáfora, pero no sólo por su crimen, sino por el de una sociedad que ampara al seductor de “alto nombre”. Cada encuentro con la ley le dará ocasión para vengar el agravio. Milanés no nos lleva más allá de la transformación del hombre en bandido, ni de su fuga. Si en alguna ocasión llegó a robar para favorecer al pobre, tendríamos en él al llamado “bandido social”, como el legendario Robin Hood, “el príncipe de los ladrones” de las baladas inglesas, que robaba a los poderosos para ayudar a los desvalidos; o como el “rey de los cangancieros”, Antônio Silvino, a quien durante más de veinte años llamaron “el Robin Hood del Brasil” por la misma práctica; o los que dieron contenido al libro de F. Gauthier, Les bandits justicieres des Alpes-Maritimes (1870).

El “bandolero social”, el bandido justiciero, es el que se hace delincuente por un mal paso de la fortuna, y con sus actos, aunque de modo inconsciente, trata de alguna manera de corregir los desajustes de la sociedad. El ejemplo clásico del “Sturm und Drang” del romanticismo es el drama de Schiller, El Bandido (Die Räuber), estrenado en 1782, donde el salteador, que no había padecido pobreza, se entrega a las autoridades que lo persiguen para que la cantidad ofrecida por su captura vaya a un jornalero necesitado.

La prodigalidad, sin embargo, tiene siempre en los bandidos su parte egoísta, pues con ella se aseguran la protección de los que pueden delatarlo. Sea o no en toda su extensión el bandolero un reivindicador, la imaginación popular puede darle esa categoría para satisfacer, o proyectar su inconformidad o su resentimiento: así es el caso de Bonnie y Clyde, los delincuentes de los años treinta que se convirtieron en héroes de la rebelde generación de los Estados Unidos en los años sesenta. Detrás de esas idealizaciones, de la identificación del ciudadano común con el delincuente, diría Sigmund Freud, hay el deseo subconsciente de anular o reducir la fuerza del poderoso, especie de castración del padre, para transferirla a quien no amenaza, la madre; luego se substituye de manera colectiva el Yo individual por el sujeto que se admira, y surge la leyenda de una especie de padre universal, protector y guía, que también explica la enfermiza sumisión al tirano.

LA GUERRA GRANDE EN CUBA REDUJO EL BANDOLERISMO. ALGUNOS de los que encontraban en la violencia un medio de vengar agravios personales se incorporaron a los mambises; otros vieron en la insurrección el camino mejor para procurar el ajuste social que de alguna manera el bandolero perseguía; y, por último, hubo los que en la guerra procuraron un empleo más seguro o noble de la violencia a la que se sentían inclinados. Un buen ejemplo de este “bandolero - insurrecto”, o “proto - revolucionario”, como se le llama en los dos tomos de El bandolerismo en Cuba (1800-1933). Presencia canaria y protesta rural, de Manuel de Paz Sánchez, José Fernández y Nelson López Novegil (1993 y 1994), fue el caso del bandolero guajiro Carlos García y Sosa, nacido en Bauta. “Cambió la apacible vida de campesino”, había dicho el coronel López Leiva, “por la accidentada y peligrosa de salteador de caminos... Su juventud, la gentileza de su persona y su innegable coraje, le valieron mucha simpatía y le hicieron objeto de diversas leyendas... Su crimen de mayor resonancia fue el de haber sacado de un ómnibus, en la carretera, a cierto compadre suyo, depositario de sus robos, que le había traicionado, y darle muerte a presencia de los viajeros horrorizados. Llamósele ‘el bandido caballero’ porque a imitación del famoso andaluz José María, ‘a los ricos robaba y a los pobres socorría’“.

En el libro Carlos García, comandante general de Vuelta Abajo (1990), César García Pino lo califica de “figura señera entre aquellos combatientes [de la Guerra de los Diez Años]... hábil guerrillero que paseó, durante un septenio, la bandera de la estrella solitaria por las comarcas que las autoridades aseguraban se hallaban en paz”. A raíz del 10 de Octubre, según esta fuente, Carlos García se hizo insurrecto. Francisco Vicente Aguilera lo nombró “Comandante General en Vuelta Abajo”, y de Cayo Hueso fue a la costa norte de Pinar del Río con unos veinte hombres armados. Durante siete años actuó como mambí hasta Matanzas, pero fue sorprendido y muerto por los españoles junto a varios de los suyos. El periódico La Revolución, de Nueva York, dio así la noticia de su caída: “¡Ha muerto Carlos García! Treinta y cinco balas atravesaron su cuerpo envuelto en la bandera cubana...”

Por su parte, el oficial de la policía José Trujillo y Monagas en su libro sobre Los criminales de Cuba... Narración de los servicios prestados [por Trujillo] en el Cuerpo de Policía de La Habana... Historia de los criminales presos por él en las diferentes épocas de los distintos empleos que ha desempeñado hasta el 31 de diciembre de 1881, dice de Carlos García y Sosa:

...En tiempos no muy remotos existió en la Isla de Cuba una partida de bandoleros capitaneada por los hermanos Fuentes Prieto, que tenían asediado todo el territorio, y en ella por fuerza de instinto ingresó cuando muy joven Carlos García, que era primo de aquéllos, y a la retirada que hicieron al extranjero se quedó Carlos formando una cuadrilla convertida después en partida que mantuvo en continua alarma durante diez y ocho años a los habitantes de las jurisdicciones de Güines, Bejucal, Guanajay, Bahía Honda, San Cristóbal y San Antonio de los Baños... Del año de 1868 en adelante asoció la política al bandolerismo que siempre ejerció... Éste y su partida fueron condenados a muerte pero buscó refugio en el extranjero, aunque no por mucho tiempo, pues bien pronto alentado allí por los simpatizadores volvió a la isla dirigiendo sus miradas hacia las cercanías de la capital, y en ellas empezó sus fechorías...

Cuenta este libro que Carlos García fue herido en Jesús del Monte, que en varias oportunidades lo indultaron, que siempre volvía a alzarse, que lo ayudaba la “Junta de Nueva York” y que él impuso tributos a los terratenientes de la zona, pero que el 21 de noviembre de 1875, fue sorprendido “en el bosque el bandido Carlos García, al frente de su fuerza, con una mujer a la izquierda y otro de la partida a la derecha; murió en el encuentro, y le ocuparon “una bandera insurrecta que como faja llevaba puesta, y un nombramiento de Comandante General de Vuelta Abajo, firmado por el cabecilla insurrecto Aguilera...”

Pero la terminación de la Guerra de los Diez Años trajo un aumento del bandolerismo; dice Antonio Pirala en el tomo tercero de sus Anales de la Guerra de Cuba (1898):

Al terminar el año 1878 preocupaba al general Martínez Campos [quien había logrado el cese de las hostilidades con el Pacto del Zanjón] el bandolerismo que empezó a reaparecer en Cuba, pues no podía calificarse de otra manera el objetivo de aquellos partidarios de una causa [la independencia] cuyos jefes todos habían capitulado [el general Maceo no capituló jamás] o marchádose al extranjero, y cuyas huestes habían renunciado voluntariamente a la lucha. Lejos de haberse exterminado el bandolerismo en algunas jurisdicciones, le aumentaba el aliciente y la impunidad, porque las escasas fuerzas de la guardia civil que tenían las comandancias no podían impedir el mal. Así se dijo: ha llegado a decaer a tal punto el espíritu público, en vista de la audacia de los malhechores, que se cuentan a centenares los dueños de fincas que han visto un día y otro día, desaparecer bueyes, caballos, etc., y sin embargo, se han abstenido de dar parte a los capitanes de partido, desesperanzados como están, de que las gestiones de esas autoridades den un feliz resultado...

El país no ayudaba: siempre tuvo allí el bandolerismo protectores entre los propietarios y labradores, y a la sazón perjudicaba a la causa del orden el que se escudara aquella gente con bandera política.

LA IDEA DEL “BANDOLERO SOCIAL” DISTINTO DEL “BANDOLERO ANTISOCIAL” se puso de moda a partir de las investigaciones de Eric J. Hobsbawm y la publicación de su libro, en 1959, Social Bandits and Primitive Rebels. Studies in Archaic Forms of Social Movement in the 19th and 20th Centuries. Según este historiador inglés, el “bandolero social es el campesino fuera de la ley, a quien el Estado lo considera un delincuente, pero que se mantiene en su medio habitual y donde se le considera un héroe, se le admira y ayuda por ser un vengador en busca de justicia, y hasta quizás posible líder de una insurrección... En cierto sentido ese tipo de bandolerismo es una forma primitiva de protesta social; quizás la más primitiva que conocemos...”

Resulta exagerada esa interpretación al considerar casos diversos en la extensísima nómina del bandolerismo. Un ejemplo, aunque de ficción, pero nacido de una realidad conocida, resume los motivos por los que el bandido trata de justificar o explicar su oficio; es el caso de Roque Guinart, el personaje que presenta Cervantes en la segunda parte del Quijote (1615). Cerca de Barcelona sorprendieron al caballero y a Sancho “más de cuarenta bandoleros... de lengua catalana”. Eran de la banda de Roque Guinart, bandido que más tenía de Quijote que de bandido, por su generosidad y sus delirios. Según Luis M. Soler Terol, en Perot Roca Guinarda. Historia d’aquest bandoler (1909), este personaje nació en 1582 y fue el más representativo de los bandoleros de Cataluña; de gran valor, y, al decir de un cronista, “el más cortés de cuantos ha habido de muchos años acá; no deshonraba, ni metía mano en los templos y Dios le ayudó”, pues fue uno de los pocos de su clase en terminar su vida lejos de la horca. Pero lo que más interesa aquí, en el libro de Cervantes, es la descripción que le hace a sus víctimas —que no lo fueron pues les devolvió lo que les habían sus hombres robado— de su vida; les dice:

Nueva manera de vida le debe de parecer al señor Don Quijote la nuestra, nuevas aventuras, nuevos sucesos y todos peligrosos; y no me maravillo que así le parezca, porque realmente le confieso que no hay modo de vivir más inquieto ni más sobresaltado que el nuestro. A mí me han puesto en él no sé qué deseos de venganza, que tienen fuerza de turbar los más sosegados corazones; yo, de mi natural, soy compasivo y bien intencionado; pero como tengo dicho, el querer vengarme de un agravio que se me hizo, así da con todas mis buenas intenciones en tierra, que persevero en este estado, a despecho y pesar de lo que entiendo; y como un abismo llama a otros y un pecado a otro pecado, hanse eslabonado las venganzas de manera que no sólo las mías, pero las ajenas tomo a mi cargo; pero Dios es servido de que, aunque me veo en la mitad del laberinto de mis confusiones, no pierdo la esperanza de salir de él a puerto seguro.

¿Fue Roque Guinart un “bandolero social”? “En un dietario de los hechos ocurridos en Barcelona desde 1571 a 1655”, anota Enrique José Varona en su estudio sobre ‘El bandolerismo en Cuba’, a este bandolero idealizado por Cervantes, “se le pone por las nubes, y se dice textualmente que ‘Deu lo ayudá’. Efectivamente fue indultado y pasó tranquilamente a Nápoles, donde el virrey lo hizo capitán”.

En la amplia gama de esa clase de “bandidos sociales”, entre los que Hobsbawm incluye al andaluz Diego Corrientes, el húngaro Sandor Rozsa y el italiano Giuseppe Mussolino, aparece el Rey de los Campos de Cuba, Manuel García. Por su parte Rosalie Schwartz, en su artículo “Bandits and Rebels in Cuban Independence: Predators, Patriots, and Pariahs”, publicado en 1982 en la revista Bilbitheca Americana, concluye con cierto escepticismo: “¿Eran revolucionarios los bandidos? Y si la respuesta es afirmativa, ¿en qué sentido lo eran? Los cubanos que siguieron en el campo de batalla a Céspedes y a Martí lo hicieron por diversas razones, pero básicamente porque esperaban beneficiarse de alguna manera”. Y en el libro de esta misma autora, Lawless Liberators. Political Banditry and Cuban Independence (1989), amplía su juicio y se vuelve a preguntar:

¿Querían los bandidos-patriotas hacia 1880, cuando se unieron a la insurrección, el robo o el cambio social, enriquecerse o el bien público? La mayoría habían tenido encuentros con agentes de la ley y sentían semejante animadversión hacia las autoridades que metían en la cárcel lo mismo a los bandidos que a los rebeldes del exilio. Perseguidos por la policía y la guardia civil muchos jóvenes cubanos se escondieron en la manigua, o en las ciénagas o montañas donde encontraban cuevas dentro de las cuales llevaban su vida clandestina... Por lo tanto, el académico que revisa los documentos históricos —archivos del gobierno, periódicos, cartas— con el fin de unir el bandolero a la insurrección, de determinar el cambio del bandolero hacia el rebelde político corre un peligro mayor de realizar un análisis erróneo y de confundir la identidad de los personajes.

Considerar al delincuente como un revolucionario no era nuevo. Miguel Bakunin (1814-1876), el ruso fundador del anarquismo internacional, dijo de manera concreta: “El bandido es siempre el héroe, el defensor, el vengador del pueblo, el enemigo irreconciliable de todo Estado, el luchador a vida y muerte contra la civilización del Estado, contra la aristocracia, la burocracia y el clero”. Y su compañero de lucha, el también ruso Sergio Nechaev (1847-1882), autor de El catecismo del revolucionario (1870), escribió al finalizar su obra: “... Para acercarnos al pueblo, debemos unirnos a ese segmento de la población que ha sufrido de la aristocracia, la burocracia y el clero; contra los comerciantes, los latifundistas y los campesinos ricos y explotadores. Debemos unirnos al atrevido mundo de los delincuentes, los únicos auténticos revolucionarios en Rusia”.

EL MARQUÉS DE POLAVIEJA, QUIEN GOBERNÓ A CUBA EN 1890, EN LA Relación documentada de mi política en Cuba. Lo que vi, lo que hice, lo que anuncié (1898), que escribió al terminar su mando para desacreditar la causa cubana, como nunca nadie antes de él destacó lo político que había en el bandolerismo de la isla; dijo:

Como el rey de la leyenda convertía en oro cuanto tocaba, en Cuba se hace político todo... A la implacable guerra que nos hacen únense las tendencias y los actos de aquellos que por su historia y antecedentes, o por su manera especial de ser, rechazan los medios pacíficos y proclaman, como único temperamento apropiado y eficaz para conseguir la independencia, la apelación a la guerra... El alcance del bandolerismo en Cuba, el carácter político de los bandidos que se denominaban vanguardia de la rebeldía separatista, la protección que los campesinos les otorgaban explicados están ya...

Los campesinos [en octubre de 1891] vienen protegiendo a Manuel García, por ver en él no al bandido, sino al partidario alzado en armas contra España, y porque aquel hombre ladino no los ha atropellado nunca a fin de poderlos tener propicios... Abrigo el convencimiento profundo de que si no hubiesen favorecido a los bandidos, como les ayudaron por modo decisivo en mi tiempo y les ayudarán siempre, las circunstancias verdaderamente importantes de las simpatías que inspiran a la masa de los campesinos por el carácter político conque se presentan... la campaña contra el bandolerismo que inicié y desenvolví hubiera dado en pocos meses el resultado de exterminar hasta el último de los bandidos...

Años después, también al terminar su gobierno, otro capitán general, Valeriano Weyler, avergonzado porque no pudo terminar la insurrección volvió al viejo expediente de denigrar a los revolucionarios por haber entre ellos elementos que habían estado fuera de la ley; en el prólogo que le hizo al libro de Fernando Gómez La insurrección por dentro. Apuntes para la Historia (1897), escribió:

Los sectarios del anarquismo fundan el cuerpo de sus doctrinas en el derecho a la vida, y con ese lema matan sin piedad a seres humanos que jamás hicieron daño a sus semejantes, de la misma suerte que los insurrectos de Cuba, a nombre de la libertad, tienen por hecho heroico destruir por el incendio la propiedad ajena. Esto aquí ha sucedido con los que a título de regeneradores y libertadores de Cuba han cometido los más grandes crímenes, no es cosa extraña ni de difícil explicación si se tiene en cuenta que la masa de esos elementos rebeldes hase formado juntándose al descubierto gente de todas clases y de las peores procedencias; los ociosos que habían perdido su hacienda malgastándola en alimentar sus vicios; los ladrones, secuestradores y demás delincuentes perseguidos por la justicia; los mantenidos por la más abyecta prostitución; los que la maldad y la pobreza traían desasosegados han sido y continúan siendo parte muy principal de esta insurrección en la que han figurado y figuran aun de manera notoria, como sostenedores de la dignidad de un pueblo, salteadores de caminos como [Faustino] García, [Nicasio] Mirabal, [Pedro] Delgado, [Regino] Alfonso, Matagás [José Álvarez Arteaga], [Desiderio] Matos, [Roberto] Bermúdez, [José] Roque y otros apóstoles y sostenedores del honor y honra al uso de cárceles y presidios. Los buenos que han ido a la insurrección, con el ejemplo y compañía de los malos, que son los más, pronto se tornan como ellos, o cuando menos sienten endurecérseles el corazón y tomar cuerpo y crecimiento los malos instintos.  

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Martí y el bandolerismo

FRACASADA LA GUERRA CHIQUITA AÚN SE MANTENÍA EN ARMAS EMILIO NÚÑEZ, y le escribió a Martí, quien actuaba en Nueva York como presidente del Comité Revolucionario, preguntándole si debía o no continuar alzado. Como no era posible enviarle ayuda, Martí le recomendó que se rindiera, razonando así en carta del 13 de octubre de 1880: “Un puñado de hombres, empujado por un pueblo, logra lo que logró Bolívar; lo que con España, y el azar mediante, lograremos nosotros. Pero, abandonados por un pueblo, un puñado de héroes puede llegar a parecer, a los ojos de los indiferentes y de los infames, un puñado de bandidos”.

Dos años más tarde, cuando mataron a Jesse James, Martí escribió, para La Opinión Nacional, de Caracas, un artículo sobre el famoso bandolero; dice:

... En estos días que para Nueva York fueron de fiesta, han sido de agitación grande en Missouri donde había un bandido de frente alta, hermoso rostro y mano hecha a matar... Era héroe de la selva. Su bravura era tan grande, que las gentes de su tierra se la estimaban por sobre sus crímenes... Empezó a vivir cuando había guerra, y arrancó la vida a mucho hombre barbado cuando él aún no tenía barba... En esos tiempos, fue soldado y luego fue bandido... Fue de los guerrilleros del Sur, para quienes era la bandera de la guerra escudo de rapiña... Y acabó la guerra y empezó un formidable duelo. De un lado eran los jóvenes bandidos... y de otro lado eran los jueces inhábiles, en aquellas comarcas de ciudades pequeñas y bosques grandes... y pueblos inquietos que, ciegos a veces por ese resplandor que tras de sí deja la bravura, veían en el ladrón osado un caballero del robo, y dejaban latir los corazones conmovidos, cual se conmueven siempre, cuando la buena doctrina del alma no los purifica, ante todo acto extraordinario, aunque sea vil...

Luego, cuando se acercaba su guerra, Martí vio en el bandolerismo de Cuba la pobreza y la inquietud social. Publicó en Patria, en 1894, un artículo que tituló “La revolución”, en el que decía: “Del bandidaje que sube, y es en Cuba, más que el robo y la muerte, expresión de la penuria y desafío del país”. Cuenta, sin embargo, Horacio Rubens, amigo de Martí y abogado del Partido Revolucionario Cubano, en su libro Liberty. The Story of Cuba (1932), que en una ocasión “Manuel García, conocido como ‘rey de los bandidos’, el cual actuaba en la parte occidental de Cuba, ocupado con el pasatiempo de secuestrar a los ricos para pedir por ellos un rescate, quiso contribuir con $10,000 a la causa. Martí se negó a recibirlos diciendo que aunque el impulso era noble, el origen del dinero era inaceptable”. Para Martí el fin no justificaba los medios, como se hace en todo dogmatismo; dijo en una oportunidad condicionando la bondad del fin a los medios por los que se lograría, en elogio a Enrique Trujillo, en 1885: “A usted amigo mío, que no se exaspera con las injusticias... ni cree que con medios pequeños se pueda ir a cosas grande... son debidas desde ahora las gracias de la patria...”

Otros bandidos menciona Martí. Dos semanas antes de su muerte, el 4 de mayo, ya en Cuba, escribe en su Diario:

... Poco después, el consejo de guerra de Masabó. Violó y robó. Rafael preside, y Mariano acusa. Masabó sombrío, niega: rostro brutal. Su defensor invoca nuestra llegada, y pide merced. A muerte. Cuando leían la sentencia, al fondo del gentío, un hombre pela una caña. Gómez arenga: “Este hombre no es nuestro compañero: es un vil gusano”. Masabó, que no se ha sentado, alza con odio los ojos hacia él. Las fuerzas, en gran silencio, oyen y aplauden: “¡Que viva!” Y mientras ordenan la marcha, en pie queda Masabó, sin que se le caigan los ojos, ni en la caja del cuerpo se vea miedo: los pantalones, anchos y ligeros, le vuelan sin cesar, como a un viento rápido. Al fin van, la caballería, el reo, la fuerza entera, a un bajo cercano; al sol. Grave momento, el de la fuerza callada, apiñada. Suenan los tiros, y otro más, y otro de remate. Masabó ha muerto valiente. “¿Cómo me pongo, Coronel? ¿De frente o de espalda?” “De frente”. En la pelea era bravo...

Y cuatro días más tarde de la muerte de este insurrecto que volvió a bandido, en la misma prosa hirsuta y nerviosa de su Diario, Martí describe el juicio de otros tres bandoleros:

... En la mesa, sin rumbo, funge el consejo de guerra de Isidro Tejera, y Onofre y José de la O. Rodríguez: los pacíficos dijeron parte del terror en que pusieron al vecindario: el Capitán Juan Peña y Jiménez, Juan el Cojo, que sirvió “en las tres guerras”, de una pierna sólo tiene el muñón, y monta a caballo de un salto, —oyó el susto [las quejas] a los vecinos, y vio las casas abandonadas, y define [asegura] que los tres les negaron las armas, y profirieron amenazas de muerte. —El consejo, enderezado [salido] de la confusión, los sentencia a muerte...

Habla [Máximo] Gómez de la necesidad de la honra en las banderas: “Ese criminal ha manchado nuestra bandera”. Isidro [Tejera], que venía llorando, pide licencia de hablar: habla gimiendo, y sin idea, que muere sin culpa, que no le dejarán morir, que es imposible que tantos hermanos no le pidan [concedan] el perdón. Tocan marcha. Nadie habla. Él gime, se retuerce en la cuerda, no quiere andar. Tocan marcha otra vez, y las filas siguen, de dos en fondo. Con el reo implora [discute] Chacón, y entre rifles, empujándolos. Detrás, solo, sin sus polainas, saco azul y sombrero pequeño, Gómez. —Otros atrás, pocos, y Moncada, —que no ve al reo, ya en el lugar de muerte, llamando desolado, sacándose el reloj, que Chacón le arrebata, y tira en la yerba. Manda Gómez, con el rostro demudado, y empuña su revólver, a pocos pasos del reo. Lo arrodillan, al hombre espantado, que aún, en aquella rapidez, tiene tiempo, sombrero en mano, para volver la cara dos o tres veces. A dos varas de el, los rifles bajos. “¡Apunten!”, dice Gómez: “¡Fuego!” Y cae sobre la yerba muerto.

De los dos perdonados, —cuyo perdón aconsejé y obtuve— uno, ligeramente cambiando de color pardo, no muestra espanto, sino sudor frío: [el] otro, en sus cuerdas por los codos, está como si aún se hiciese atrás [se echase hacia atrás], como si huyese el cuerpo, ido de un lado lo mismo que el rostro, que se le chupó y desencajó... “El Brujito”, decían luego, era bandido de antes: “Puede usted jurar”, decía Moncada, “que deja su entierro de [que había acumulado] catorce mil pesos”.

“El Brujito”, Isidro Tejera, es un ejemplo del bandido metido a insurrecto que nunca dejó de ser bandido, y que pagó su incapacidad de cambiar con la muerte.

Un caso semejante cuenta Bernabé Boza, jefe del Estado Mayor de Máximo Gómez, en Mi Diario de la Guerra, desde Baire hasta la intervención americana (1900):

Florentino Rodríguez, alias El Tuerto operaba, es decir, secuestraba y robaba en la zona de Sancti Spíritus a Ciego de Ávila en la que era el terror y azote antes de la guerra. Ingresó en nuestro Ejército con el grado de Capitán, pero, en vez de imitar la conducta de los Mirabales [Nicasio], de [José] Muñoz y otros que regeneró la Revolución, la sirvió mal y al fin fue aplastado por ella. No pudimos enguasimarlo (ahorcar) como se merecía, porque al ser conducido preso por orden del general José Miguel Gómez, al Cuartel General del Ejército, trató de fugarse en el camino, siendo alcanzado y muerto por el oficial y números que lo conducían.

Creía Martí en la posibilidad de redimir al perverso con el ejemplo de la virtud. En carta a Antonio Maceo el 20 de julio de 1882, reconociendo los males de la sociedad cubana —la corrupción, el prejuicio racial, la falta de fe en el porvenir del país y la pequeñez del patriotismo—, le escribe: “No puede usted imaginar la especialísima ternura con que pienso en esos males, y en la manera no vociferadora, ni ostensible, sino callada, activa, amorosa y evangélica de remediarlos”. Y al iniciar la campaña final para lograr la independencia, en el discurso de Tampa el 26 de noviembre de 1891, le habla a la emigración de “la virtud redentora” de la revolución que prepara, y pensando en la Guerra de los Diez Años le dijo: “Y a los lindoros que desdeñan hoy esta revolución santa cuyos guías y mártires primeros fueron hombres nacidos en el mármol y seda de la fortuna, esta santa revolución que en el espacio más breve hermanó, por la virtud redentora de las guerras justas, al primogénito heroico y al campesino sin heredad, y al dueño de hombres y a sus esclavos...”

En el segundo tomo de El bandolerismo en Cuba. Presencia canaria y protesta rural, sus autores reproducen un pasaje inédito del “Diario de operaciones del Coronel de Caballería Martín Marrero”, que encontraron en el Archivo Nacional de Cuba, en el Fondo “Emeterio Santovenia”, en el cual repite la idea de Martí de cómo la guerra iba a redimir a los delincuentes. Este doctor Marrero, de Jagüey Grande, fue a Cayo Hueso en 1893, y conoció a Martí, quien desde Ocala le escribió una carta encargándole la organización del levantamiento en su zona. Cumplió su compromiso el 24 de Febrero, pero se acogió al indulto de España al fracasar el empeño, aunque luego de que lo deportaron a la península se reintegró a la guerra; se leen en su “Diario de operaciones” estas instrucciones verbales que dice le dio Martí:

En cuanto a los bandoleros, es necesario tener presente que, al estallar la guerra, todos aquellos que estén fuera de la ley, no pueden permanecer neutrales y por lo tanto tienen que caer al lado o del lado de nosotros. Estando ellos de nuestro lado, esto resultaría beneficioso para todos, no sólo por el bien directo que nos reportarían, dado que son muchos que están repartidos en todas las provincias, que están acostumbrados a esa vida de campaña y que son los mejores prácticos, no sólo eso de un modo algo especial nos servirían en algunos casos en los primeros momentos, sino que al lado de nosotros, dado la guerra civilizada y honrada que implantaremos, desde el primer momento, actuando sobre ellos de modo directo y enérgico la disciplina militar es de esperarse que, cuando menos, se regeneren o se modifiquen dado que son estos los medios más adecuados que podemos emplear para conseguirlos. De otro modo, ellos al lado de los enemigos, resultarían todo lo contrario, pues toda maldad sería estimulada y aumentada, empleadas en perjuicio nuestro.

Un ejemplo de la redención del delincuente se encuentra también en el Diario del general Boza; dice:

El bandido José Muñoz. Es andaluz, y perteneció a la partida de bandoleros capitaneada por Nicasio Mirabal, en Camagüey, el cual ingresó en las filas de nuestro Ejército, reconociéndosele en éste el grado de capitán. Muñoz ingresó de teniente. Cuando por segunda vez el General en Jefe cruzó la Trocha de Júcaro a Morón, fue incorporado a la escolta del mismo, donde prestó sus servicios, siempre con valor, lealtad y honradez; alcanzando el grado de teniente coronel. Le acompaño hasta la Quinta de los Molinos y hace más de un año que es teniente en la policía de la capital de la isla, donde es citado como modelo de honradez y subordinación entre sus compañeros. Aquí cuadra bien la frase del gran apóstol Martí: “La Revolución cubana es redentora”.

Se ve, pues, que hubo bandidos que se redimieron, y los hubo que no se redimieron. José Álvarez Arteaga, alias Matagás, mulato oriundo de Matanzas, quien prefería cobrar contribuciones a los hacendados cerca de Cienfuegos, en vez de secuestrar, después del Grito de Baire también se unió a la insurrección, le dieron el grado de comandante y murió de teniente coronel a principios de 1896. Pedro Delgado Carcache era un famoso bandolero que operaba en la provincia de Pinar del Río, y se hizo insurrecto a principios de la guerra del 95; cuando llegó a él Antonio Maceo, por las armas y los hombres, que aportó, y los servicios prestados en la lucha, le confirió el grado de comandante, y pudo lograr en la manigua el de general. Y aun hubo algunos insurrectos que sin antecedentes en el bandolerismo se metieron en él durante la conflagración, como el comandante Rodolfo Reyna, fusilado en Pinar del Río, y los coroneles Vicente Núñez y Cayito Álvarez también ejecutados. Y en la época de mayor florecimiento del bandolerismo, en tiempos de Polavieja, hasta se presentó el caso de oficiales del ejército español que se convirtieron en bandidos, como sucedió con el teniente coronel Eustasio Méndez, jefe de los voluntarios de Camajuaní, secuestrador y asesino que por su condición de haber pertenecido al ejército se le fusiló, en vez de ahorcarlo como a un delincuente común, en el castillo de La Cabaña, en octubre de 1890.

Y aún se recuerdan casos de muy compleja evolución entre los bandoleros. El de Marcos García Castro es un buen ejemplo. Nacido en Sancti Spíritus en 1842, se unió al levantamiento de Céspedes a los pocos meses del Grito de Yara. Fue miembro de la Asamblea de Guáimaro, llegó a coronel y a ocupar un cargo en la Cámara de Representantes de la República en Armas. Pero renunció al separatismo para unirse al partido autonomista, por el cual llegó a alcalde de su ciudad natal. Al ver que la Guardia Civil no lograba reducir en aquella comarca el bandolerismo, él mismo formó una banda la cual, a fuerza de crímenes y abusos, logró en su municipio lo que no pudieron hacer las autoridades españolas.

Después de conocer la vida de varios bandidos relacionados con la insurrección, se confirma el juicio de Julia de la Osa, La abuela (1972) de Antonio Núñez Jiménez, en el libro con ese título; esta anciana nacida en Alquízar, con noventa y cuatro años recordaba mucho del pasado, y le confesó al nieto: “Aunque te parezca raro, en la guerra [de independencia] se vieron cosas como ésta: un bandido que se hacía libertador y un libertador que deja de serlo para hacerse bandido”.  

9

El Rey de los Campos de Cuba

CONTÓ EL PERIODISTA EDUARDO VARELA ZEQUEIRA, QUIEN FUE TENIENTE CORONEL del Ejército Libertador y tuvo la oportunidad de hacerle una entrevista a Manuel García, a Rosario Vázquez (Charito), su esposa, y a Isabel Torres, la joven (de quince años) querida de su hermano Vicente García, que en una ocasión el Rey de los Campos de Cuba, siguiendo su costumbre de escribirle a sus víctimas y perseguidores, le mandó una carta a la Guardia Civil acabado de asaltar un almacén de víveres, secuestrar a su dueño y a un terrateniente vecino, donde le explicaba la razón de sus actos, y era, dijo, que les había pedido dinero a sus víctimas y se lo habían negado, “y conmigo no se juega”. Afirma este autor en su libro Los bandidos de Cuba (1891), escrito conjuntamente con Antonio Mora y con prólogo de Enrique José Varona, que entre las más sonadas fechorías del bandolero estuvo el descarrilamiento del tren de La Habana a Madruga, la muerte del conductor y la petición de treinta mil pesos a la compañía de trenes para suspender sus ataques.  


Cubierta del libro de Federico Villoch, publicado en 1898.

Manuel García, a quien a veces este autor llama “Su Majestad Manuel I”, y a quien consideraba “el indiscutible jefe del bandolerismo” en las provincias de La Habana y Matanzas, fue hijo de españoles, y nació en Alacranes, Matanzas, en 1851. En su libro Varela Zequeira dice que se inició en la delincuencia cuando mató a dos guardias civiles que iban a detenerlo por robarse una yunta de bueyes. Otros aseguran que lo inició en el bandolerismo un negro llamado Tomás quien mató en duelo a un campesino, por lo que tuvo que huir sin que su discípulo supiera más de él.

Según Federico Villoch en Manuel García, Rey de los Campos de Cuba (1898) —donde usó como seudónimo “uno que lo sabe todo”, y del que salen buena parte de los datos que siguen—, al quedar García huérfano de padre se trasladó con su madre a La Habana. Allí trabajó de malojero hasta que ella se casó con un individuo borrachín, vago y ladrón. Se mudaron a Bejucal, pero es en Quivicán donde se podría ver el nacimiento del llamado “bandolero social”: un niño llorando le contó que un dulcero le había pegado por robarle un dulce cuando sintió hambre; lo buscó García y le pegó a su vez para darle una lección. Le gustó el papel de vengador de agravios. “Actos como éste”, dice la fuente, “repetíalos Manuel muy a menudo. Su carácter se rebelaba contra todo lo que pudiera parecerle injusto. Este título de noble y de valiente captábale la simpatía de hombres y mujeres, y era por eso siempre el primero en los bailes y toda clase de reuniones”.

Conoció entonces a la que iba a ser su mujer, Charito Vázquez. Se convierte en un pacífico agricultor durante un año, ingresa en el cuerpo de Voluntarios, y por buen comportamiento, llega a sargento. Un día antes de casarse tiene la desgracia de tropezar con el alcalde del pueblo empeñado en bailar con Charito: “Esa mujer no baila más que conmigo, camarada”, le advirtió Manuel. Aunque hubo conato de duelo, su mayor desgracia se debió a los machetazos que le propinó después al que vivía en concubinato con su madre, cuando supo que abusaba de ella. Dice Villoch: “Desde los años 70 merodeaba por aquellos alrededores el entonces famoso Carlos García [y Sosa], bandido astuto y valiente, cuyas hazañas corrían de boca en boca, por las jurisdicciones de Güines, los Palos y Bejucal y toda esa parte de la provincia de La Habana”. Trabajaron juntos en varios asaltos hasta que mataron a Carlos “en Jesús del Monte allá hacia el año 1876 [murió, como se dijo, el 21 de noviembre de 1875]”.

Tiempo después parece que Manuel García se echó de amante a una joven rica, llamada Juana María, a quien salvó de un incendio. El padre de la muchacha lo acusaba de haberlo provocado. Se batió con el hombre y se entregó a la justicia. Fue a dar a la cárcel por tercera vez: la primera cuando el alcalde quiso bailar con Charito, y la segunda, cuando hirió al concubino de su madre. Se le presentó un abogado que por 20 onzas de oro lo sacó de la cárcel. Trató entonces de obtener el dinero y se vio obligado a robar para cumplir el compromiso. Mató a dos guardias civiles. Así, como el bandolero de la poesía de Milanés, tuvo que huir. En una carta “auténtica”, según Villoch, le informaba a su mujer: “Todo el mundo sabe que yo soy el autor del crimen de la Gía [donde murieron los dos guardias civiles]; pero nadie sabe que las circunstancias me han obligado a cometerlo. Desde aquella mañana soy un bandido más, y que Dios disponga de mi suerte. Las doce onzas que te dejé para el abogado, quédate con ellas pues te harán más falta que a él seguramente. Por cumplir mi palabra me he perdido”.

Logró entonces embarcarse con destino a Cayo Hueso; luego lo seguiría Charito. Trabajó en la fábrica de tabacos de Cayetano Soria y de Eduardo Hidalgo Gato. Pero aburrido de aquella vida, y en contacto con el brigadier Juan Fernández Ruz, decidió regresar como insurrecto a Cuba. La esposa se resistía, pero él razonaba así: “Por más que me vaya mal en Cuba me irá mejor que en el Cayo, donde no será extraño que un día no tenga ni qué comer. Si en Cuba no se come mantequilla, se toma leche fresca; si no se da con una libra de carne de ternera, lechones no pueden faltar para asar; y por último, si no hay ni mantequilla, ni leche, ni ternera, ni lechones, las maniguas están sembradas de mangos y guayabas”.

En compañía de Manuel Beribén, Domingo Montelongo y Víctor Fragoso, y por orden de Fernández Ruz, desembarcaron en setiembre de 1887 en la costa norte de Matanzas. Meses más tarde, después de varios secuestros, degolló Manuel García a dos campesinos de Nueva Paz a quienes acusaba de haberlo delatado. Después de otras fechorías, en 1888 le informó a sus hombres que había recibido, de “la Junta Revolucionaria de Nueva York” un “nombramiento de coronel para la próxima revolución”.

En los seis años que siguen hasta el de su muerte, en 1895, Manuel García y los suyos llevaron a cabo más de una docena de secuestros e igual cantidad de asesinatos —de la guardia civil y otros policías, bandidos rivales, espías del gobierno— robos diversos y ataques a los que se resistían a pagar las cantidades pedidas.

El bandolerismo crecía en todas partes. En 1887 se publicó en Madrid el libro de Francisco Moreno, Cuba y su gente, en el cual denigraba al país, y sobre la delincuencia escribió:

¡La seguridad personal en Cuba es un mito! Allí nadie sabe al salir de su casa, si podrá volver a ella vivo y sano. Lo mismo se roba en las calles más céntricas de La Habana y a cualquier hora del día o de la noche que en despoblado. De idéntico modo se da una puñalada por robar o por venganza, que sin motivo alguno justificado. De la misma manera campean por sus respetos los ñáñigos que los secuestradores...

Y, a continuación transcribe informes de varios periódicos con noticias sobre secuestros en Pinar del Río, y asaltos y robos en La Habana.

Sobre el crimen en la capital escribió Santos Villa en un libro publicado allí mismo en 1889, Los crímenes de la calle Inquisidor; dice:

La criminalidad en La Habana toma proporciones alarmantes. La comisión de un nuevo crimen estremece cada día la sociedad... Nadie está seguro. En el fondo de las conciencias se levanta temblorosa la idea de ser uno el destinado para ser la víctima de mañana. La audacia creciente de los malvados y la ferocidad de los asesinos, en la ejecución brutal de los delitos, turban incesantemente el sosiego de sus habitantes...

La causa que produce tantos crímenes en La Habana es el apetito. La pasión que sube la sangre a la cabeza, que arma la diestra y hace en un momento de un hombre honrado un criminal, es un agente cruzado de brazos que no toma parte en las revueltas asesinas que nos azotan. Si se registra la hoja penal de La Habana, el móvil de todos los delitos se encuentra reunido en una sola reprobación: la codicia... Las generaciones venideras de La Habana se acercarán al archivo histórico de la ciudad, y verán con interjecciones de sorpresa y compasión los estragos morales de esta época...

“En los años 1889 y 1890”, dice el libro La policía de la Habana, Cuebas y Sabaté (1894), también de Eduardo Varela Zequeira,

... el bandolerismo en las provincias de La Habana y Matanzas había tomado tales proporciones que el gobierno se decidió a adoptar medios extremos para impedir que la célebre partida capitaneada por el afortunado Manuel García continuara cometiendo fechorías y muy especialmente que no persistiera en sus propósitos de atacar los intereses de la empresa de los Ferrocarriles de Villanueva, que ya habían sufrido bastante por no acceder a las exigencias crecidas de dinero hechas por el citado bandido...

Acababa el Rey de los Campos de Cuba de secuestrar a dos ricos propietarios, Manuel Campillo y Fernando Pérez. Dispuso entonces el gobierno de Polavieja encargar a los celadores Tomás Sabaté y Juan Cuebas, en compañía de otros agentes del orden, la captura de Manuel García. Para ello se establecieron en Quivicán, donde “residía, en una colonia de caña, un negro apellidado Osma [era Julián Osma] que recibía frecuentemente la visita de Manuel García y su partida”. Y así sigue la narración:

Un día tras otro hasta veinte, estuvieron esperando la ocasión propicia; por fin el día 31 llegó Manuel García acompañado de Sixto Valera y otro más a la vivienda del negro Osma... Serían las ocho de la noche cuando, uno tras otro, cruzaron tres hombres la tranquera de la finca Santa Rosalía... Los bandidos apoyaban la culata de sus rifles en el muslo derecho, empuñando el arma por el gatillo, en la disposición más apropósito para la defensa. Rompía la marcha Sixto Valera... arrogante jinete, avanzó seguido de sus dos compañeros...

La policía emboscada disparó matando en el acto a Valera. “Manuel García, que es, sin duda, el más afortunado de todos los bandidos, escapó con vida... A pesar de no haberse realizado el ideal del gobierno, que era la muerte del capitán de la partida, mucho significó ese servicio prestado a la tranquilidad pública, porque Sixto Valera fue siempre el más decidido y valeroso de los hombres que capitaneaba Manuel García”. Curiosamente fue Osma quien identificó el cadáver del Rey de los Campos de Cuba, pero él pagó en la horca sus traiciones, al presentarse en las filas cubanas con proposiciones de paz el 25 de noviembre de 1897.

A mediados de agosto de 1894 Manuel García y sus hombres prepararon el secuestro del diputado autonomista Rafael Fernández de Castro y, al no encontrarlo, cargaron con su hermano Antonio. Fue ése su último acto mayor de bandolerismo: cinco meses más tarde, a principios del mes de febrero de 1895, declaró a Varela Zequeira, según este periodista escribió en Los bandidos de Cuba, que lucharía por la independencia; le dijo:

Yo daría mi vida con tal de que se declarara la guerra. Si hubiese cuatro hombres como yo, trabajando en combinación, le dábamos qué hacer en grande al gobierno; pero yo solo no hago nada. A mí me convendría, por otro lado, porque como yo no espero que me indulten, ni me voy del país por ningún motivo, veo en la guerra un recurso para volver a la vida tranquila, como deseo; todo aparte de que anhelo en primer término la libertad de Cuba.

Y el día 24, al iniciarse la insurrección, cuando iba a incorporarse a ella, no se sabe cómo, murió de un balazo. Él siempre decía : “A mí hay que matarme matando”; y “a hombres como yo, hay que cortarles el pescuezo para cogerlos”. Fue una traición, o quizás se le disparó el revólver por casualidad. Dijo el forense que tenía una “herida de arma de fuego en la arteria subclavia derecha, con orificio de entrada y salida”; y eso hasta pudiera indicar que, al moverse el caballo, se le disparó el revólver que empuñaba. Lo enterraron en el cementerio de Ceiba Mocha, y se le oyó decir a su mujer: “¡Pobre Manuel, bien le dije que no se metiera en política!”

continúa