10 Muerte y transfiguración de Manuel García A VIDA DE MANUEL GARCÍA FUE DESDE MUY TEMPRANO OBJETO DE ATENCIÓN por parte de los que lo admiraban y de los que lo condenaron, y también por parte de aquéllos que supieron sacar conclusiones sobre la sociedad y el medio en que se desarrolló la figura. El mejor ejemplo entre éstos es el de Álvaro de la Iglesia, su primer biógrafo. En 1895 publicó en La Habana Manuel García (El Rey de los Campos de Cuba). Su vida y sus hechos, donde confiesa al final de la Introducción: “Esta obra, en su mayor parte, ha sido escrita meses antes de la muerte de Manuel García”. Allí razona sobre el bandolerismo en la isla, inculpando, como lo hará luego, a la administración colonial y a los “bandoleros de levita”: No recuerdo quién dijo que Cuba era un presidio suelto; pero quien quiera que haya sido, dejó dicha una verdad como un templo. En los larguísimos años que hace resido en este país [había nacido en la Coruña y llegó a Cuba en 1874], al cual considero el mío propio, no he presenciado otro espectáculo que el del despojo, y no recuerdo otro bandolerismo más feroz que el de los hombres honrados. Desde las esferas del poder hasta las más humildes de la actividad social, he contemplado un vasto hormiguero que sin más Dios que la fuerza o la astucia, se dedica al robo en mayor o menor escala y con más o menos quiebras... Algo fuerte es lo expuesto, pero es justo. Yo lo confieso; conozco a muchos hombres honrados y entre ellos muy pocos son ricos. ¡En cambio conozco a tantos ricos que jamás fueron hombres honrados! De esto se deriva la poca importancia que he concedido siempre al bandolerismo cubano. Lo contrario de otros que conocemos todos, que se esfuerzan en acriminar a los bandidos del monte, para persuadirnos de que fuera de él aquí todos somos unos caballeros. Y el bandolerismo militante no es más que una plaga temporal y fácil de extirpar si se pretende extirparla, en tanto que el otro, el bandolerismo manso, el de guante blanco, el que vive unas veces en los muelles, otras entre montañas de papel sellado, aquí a la vuelta dentro de pipas de vino artificial, más lejos chupando la sangre anémica del colono, hoy con cara de impuesto arbitrario, mañana con cuerpo de ejecutor de apremios... Ante ese espectáculo repugnante, Manuel García es un modestísimo bandolero de la clase de hacendistas que cobra sus contribuciones con mejores modos que algunos servidores del pueblo ensoberbecidos, y tal vez con mayor espíritu de equidad; Matagás es un infeliz cazador de jutías en la Ciénaga de Zapata, el mulato Plasencia, Mirabal, Gallo Sosa, Escuela y consortes, están muy por debajo, con todos sus latrocinios, de cualquier administrador de rentas alzado y han causado menos víctimas que el menor de esos alquimistas... Un pueblo que ve cómo se perpetran a diario los mayores delitos, quedando muchos impunes, un pueblo educado en el espectáculo de la inmoralidad, ¿cómo ha de ser honrado? ¿cómo ha de ser moral? El ejemplo viene de arriba; la podredumbre está en lo alto y de allí corre a contaminar todo el cuerpo social. La miseria, los malos ejemplos de una administración corrompida y la despreocupación de un sistema que hace del juego un capítulo del presupuesto y fomenta la prostitución, los abusos de autoridad en los campos, la falta de instrucción, he ahí los principales factores del bandolerismo... El aprecio popular de Manuel García se manifestó muy pronto. Esta visión lírica del acontecer complementa lo dicho por testigos y documentos, en particular sobre la relatividad del juicio moral y lo mucho que una tabla de valores está condicionada por las convenciones de la sociedad, tal como lo enjuiciaría Álvaro de la Iglesia. Las décimas que siguen, se escribieron también en vida del bandolero. Las firmó un tal “Jacinto J. V”.; se titulan “Manuel García, Rey de los Campos de Cuba” y las recogió en 1903 La Nueva Lira Criolla: guarachas, canciones, décimas y canciones de la guerra, libro editado por “Un Vueltarribero”; dicen:
El periodista Francisco Meluzá Otero, muy interesado en el personaje, se ocupó de investigar la muerte de Manuel García, y llegó a la conclusión que lo había asesinado uno de sus acompañantes, el cual también murió al defenderse el agredido. En la revista Bohemia, el 17 de julio de 1949, publicó un extenso artículo tratando de reivindicar la memoria de su héroe; concluye: ... Robó y mató, dijeron los hombres de la pasada generación, aquéllos que estaban muy lejos intelectual y físicamente de los secretos de la conspiración. Recaudó fondos para la guerra y aplicó la pena de muerte a los delatores, dada su condición de jefe expedicionario en operaciones, dicen los patriotas de esta época. Y además de decirlo muestran documentos y archivos para probarlo. Bandolero para unos, patriota para otros, ¿cuál de las dos tendencias puede mostrar antecedentes probatorios? Después de cinco años de búsqueda incesante sobre Manuel García, labor que hasta ahora nadie me superó.... me inclino abiertamente hacia el contenido patriótico y humano que hubo en Manuel García. Y creo su reivindicación más que necesaria, justa y noble. Ya había hablado sobre el personaje el biógrafo de Máximo Gómez, Benigno Souza. En el Diario de la Marina publicó el 2 de setiembre de 1943 un artículo titulado “Otra vez Manuel García”, donde se lee: “... Antes que nada, admiro la titánica labor, el tesón, de mi buen amigo el señor Meluzá Otero, cambiándole la cara, disfrazando a un muerto. A una figurilla de hoja de lata ha logrado dorarla y redorarla, a tal grado, que difícil es conocer hoy, bajo la espesa capa de oro con que la ha revestido el laborioso escritor, al asesino de la infeliz Concha Álvarez...” Y en apoyo de su juicio hizo una comparación del último robo del bandido con el proceder de Gómez y Maceo respecto a la confiscación de dinero; dijo: Póngase en parangón la conducta de Manuel, apropiándose a mano armada del dinero que había en la bodega, único acto que para lograr la libertad de Cuba realizara, con la observada durante la Invasión por los dos austeros y supremos caudillos cubanos: Gómez y Maceo, modelos de alta moral cívica. El Ejército Libertador entró, a las buenas o a las malas, entre vítores o entre tiros y llamas, en casi todos los pueblos de Matanzas, Habana y Pinar del Río, pero jamás se apropiaron sus fuerzas con fines militares de dinero en los establecimientos de comercio, muy florecientes en aquella época en las tres provincias, sede antaño de la riqueza de Cuba. El único dinero ocupado lo fue en Mantua por el Lugarteniente, y no perteneció a particular alguno, sino que era un depósito de la Real Hacienda. El general Maceo lo confiscó, pero ¿se lo apropió?¿Lo repartió entre sus soldados? No, señor: lo destinó a pagar los sueldos atrasados de los maestros de escuela del pueblo, a quienes se le debían muchos meses. Ésos son los ejemplos saludables, ésos son los hombres que se deben presentar como espejo a nuestro pueblo, y no a los autores de robos, asesinatos y secuestros. Otros piensan que la muerte del Rey de los Campos de Cuba fue una traición para esconder pecados de alguna figura importante entre los insurrectos: en su discurso de ingreso en la Academia de la Historia en el Exilio (Miami), en 1977, José A. Ponjoán, dijo lo siguiente: Existe una carta en el archivo de Gonzalo de Quesada (que yo pude ver y que el fallecido profesor no quiso publicar en su libro Páginas Escogidas [1968], con motivo del centenario del natalicio de su padre [Gonzalo de Quesada y Aróstegui]), de Ana Betancourt de Mora, escrita al secretario del Partido Revolucionario Cubano, donde le dice textualmente: “Lo de Sanguily [Julio] da asco, se está jugando el dinero que Manuel García le da para la revolución con la promesa de un nombramiento de Coronel del Ejército Libertador que le dará éste...” También en ese trabajo cuenta Ponjoán una entrevista que tuvo en el ingenio Rosario, en el término municipal de Aguacate, con un anciano que conoció a Manuel García y cuya familia estaba muy allegada a él; le informó que lo había matado Fidel Fundora, el segundo de García, para cobrar el rescate que por su cabeza había ofrecido la familia de Fernández de Castro. Otro autorizado juicio recoge Ponjoán en este trabajo, y es el del general José Rodríguez Díaz, quien aseguró en la revista Bohemia, en 1954, que de vivir hasta el final de la guerra, Manuel García “hubiese llegado a ser un general del Ejército Libertador”. Quizás el juicio más autorizado sobre el destino del dinero que Martí rechazó es, sin embargo, el de Juan Gualberto Gómez, testigo excepcional del contacto entre Manuel García y los libertadores. En una conferencia en el Ateneo de la Habana, en 1913, que tituló “Algunos preliminares de la revolución de 1895” hizo esta curiosa observación: Conspirar, conspirar con éxito, paréceme a mí la obra más difícil que puede realizar hombre alguno, si tiene un poco de inteligencia y un poco de rectitud: si tiene cerebro y tiene corazón. Porque las conspiraciones para la rebelión son el esfuerzo del pobre, del débil, del pequeño, para derribar lo rico, lo grande, lo fuerte y entonces hay que echar mano a todos los elementos propicios, hay que tocar a todas las puertas, hay que buscar lo mismo la hez que la nobleza de la Patria, y hay que traerlo todo y juntarlo en amalgama extraordinaria, sin ver si la mano que uno aprieta es mano que ennoblece, o si la mano que uno estrecha con efusión, es mano que deshonra y que nos expone a desmerecer... Y sobre lo que más interesa aquí, su experiencia con Manuel García, y su juicio sobre el personaje, agregó: Hubo en el período de la conspiración un episodio que yo no creo que se aclare perfectamente nunca, que fue verdaderamente impresionante. Un día Manuel García secuestró al señor Fernández de Castro. La noticia cundió por la Isla; vosotros sabéis, o por lo menos debéis recordar, que yo os ofrecí hablaros con absoluta sinceridad, que podré no decir todo lo que sé, pero que nada que yo os diga deja de ser una absoluta verdad. Confieso que yo no le di ningún carácter político a ese secuestro, era uno de tantos de los que hacía Manuel García. Pero a los cinco o seis días al ir a mi casa a almorzar, me encontré con esta novedad: me dijo mi esposa que me habían dejado una maleta, una pequeña maleta, una persona que venía de Matanzas, y que volvería a verme. Que la había recomendado, con gran interés, que ocultara esa maleta, muy pesada por cierto, agregando que tenía dinero. ¿Qué será? Porque realmente en aquel período de la conspiración mucha gente venía a pedirme dinero, ¿pero a traerme dinero? A los pocos momentos de encontrarme en mi casa, llegó, si no el portador del material de la maleta, la persona comisionada para entregármela, y me hizo esta revelación: “En esa maleta hay ocho mil duros; Manuel García contribuye con esa cantidad para la Revolución; nos la ha entregado en Matanzas; y como esto hay que mandárselo a Martí, y usted es el que lo representa aquí para nosotros, y el único que tiene medios de comunicación con él, aquí se la traemos”. Yo me vi, realmente, muy perplejo, muy lleno de dudas, yo no tenía noticias de relaciones entre Martí y Manuel García; esos ocho mil pesos me quemaban las manos materialmente... Escribí a Martí dándole la noticia. De las cartas que se me han perdido, desgraciadamente para mí, una de ellas es la que contiene su contestación. Pero yo recuerdo la síntesis de esa carta, y sobre todo, su frase más importante, que no se me ha olvidado nunca, como que es una sentencia. Me decía: “No, devuelva ese dinero a quien se lo entregó. La Revolución solicita el concurso de todos los cubanos; Manuel García es un cubano; si mañana, pronunciado el movimiento, él se incorpora a las filas cubanas, allí será lo que sus hechos y merecimientos le permitan que sea, al igual que cualquiera de los creadores y fundadores de la Patria; pero con su vida actual nosotros no tenemos conexión. Con nada de lo que él hace, colocado, como está, fuera de toda ley y de toda sanción moral nosotros no podemos tener relación ninguna; devuélvale el dinero”. Y agregaba esta frase: “los árboles deben venir sanos desde la raíz”. Así quería él la Revolución: “sana desde la raíz”. Mucho me satisfizo esa contestación. Cumplí mi encargo. Mandé a buscar a la persona, que me había entregado los ocho mil pesos, y se los devolví. Yo debo agregar que fui testigo, porque importa que sobre ese extremo no quede duda ninguna, que ese dinero se distribuyó entre varios elementos conspiradores y que bajo su responsabilidad y por su propia iniciativa, los dedicaron a comprar armas, municiones y a preparar elementos de guerra para la Revolución del 95. Pero se hizo sin Martí, y hasta contra Martí, por acto exclusivamente espontáneo de los que lo realizaban... Julio Sanguily, a quien se acusó de haber usado indebidamente parte de ese dinero de Manuel García, y aun de que tuvo algo que ver con el atentado en que el bandolero perdió la vida, había muerto en 1906, diez años antes de esta reveladora conferencia de Juan Gualberto Gómez. 11 Interpretación marxista de un bandido DE ACUERDO CON EL MATERIALISMO HISTÓRICO, LA LUCHA DE CLASES ES el único motor social: “Sin antagonismo no hay progreso”, dijo Marx en 1847, en Miseria de la filosofía, y no deja de ser una tentación para los defensores del “tránsito inevitable del capitalismo al socialismo”, el presentar a un grupo de bandidos cubanos como representantes de una clase campesina oprimida por ricos terratenientes y víctimas de todo tipo de injusticias. Y Manuel García, cuya vida resume mucho del bandolerismo en Cuba, se convierte así en figura preferida de esas interpretaciones. La conducta antisocial y las depredaciones de Manuel García se han querido igualar a la actividad revolucionaria que pretende la emancipación del proletariado, y su correspondiente dictadura. En su polémica con Karl Kautsky, a fines de 1918, al describir la dictadura proletaria, Lenin consagró todo acto violento contra la clase explotadora al decir que la dictadura era “el poder ganado y mantenido por la violencia del proletariado contra la burguesía, poder que no está limitado por ninguna ley”. Como los ataques del bandolero al igual que los del revolucionario en algunos casos iban dirigidos contra las clases dominantes, aunque con distintos objetivos y motivaciones, no es difícil asociarlas y hasta confundirlas. Los dos son enemigos de la autoridad, la cual usa también la violencia para destruirlos, lo que justifica una respuesta semejante. En una versión poética del personaje la Editorial Letras Cubanas publicó en una edición de diez mil ejemplares, en 1989, la obra de Chanito Isidrón, Manuel García, Rey de los Campos de Cuba. En ella se emplea la valoración conveniente para que aparezca como el “rebelde social” que quería Eric Hobsbawm: una mezcla de Robin Hood e Ignacio Agramonte. De su conducta y de su preocupación proletaria, que nunca tuvo, dice una décima:
En un velorio de sitieros canta el propio bandolero:
Y sobre la actitud de Martí al no aceptar el dinero del “bandido patriota de liberación nacional”, razona el poeta:
Y concluyen estos mil trescientos treinta y un versos con la muerte del “rebelde social”:
En el libro El bandolerismo en Cuba (1800-1933). Presencia canaria y protesta rural, antes citado, sus autores opinan que “Manuel García Ponce no fue un bandolero, sino un mambí, un líder revolucionario de Occidente, acusado de marginal y de asesino por la interesada opinión de los representantes de la Metrópoli y sus colaboradores... fue un bandolero - insurrecto, un bandido patriota de liberación nacional en el más puro sentido hobsbawmniano del término...” Y en el segundo tomo de su obra insisten sobre el asunto, al afirmar que el Rey de los Campos de Cuba fue “un Robin Hood de los tiempos modernos, señor de los bosques y desfacedor de entuertos”; y se le pone como un ejemplo de la “evolución” de los “bandidos sociales” hacia “el bandidismo de liberación nacional”. La amenazas de Manuel García para garantizar el pago de sus extorsiones se hacían más efectivas cuando les daba publicidad. Así la carta dirigida “Al director de La Lucha”, Antonio San Miguel, en la carta fechada el 7 de abril de 1890; dice, arreglando aquí su ortografía: Muy señor mío. Desearía que publicara estas líneas en su periódico para que mañana no se me calumnie de infame. Con esta fecha le escribo la tercera y última carta al señor Ximeno, administrador de la empresa Billa Nueba [sic; es la empresa de Villanueva], pidiéndole a la empresa de Villanueva 15,000 pesos oro y que si de aquí al día 15 de este mes no sé que la empresa está dispuesta a darme dicha cantidad, empiezo a descarrilar trenes de carga y de pasajeros, y, para que no se quejen y hablen los periodistas lo pongo en su conocimiento. [Y firmaba] Manuel García, el rey de los campos y casi que de toda la isla de Cuba.
Si el fin justifica los medios, y hasta los santifica, el crimen deja de serlo al adjudicarle al bandolero una dosis de patriotismo. Entre los abusos, secuestros y asesinatos de Manuel García basta destacar un episodio que sirve para conocer su visión de la justicia. Según publicó el mismo periódico La Lucha el 4 de octubre de 1891, tal como lo recoge El bandolerismo en Cuba (1800-1933), andaba el Rey de los Campos de Cuba con dos compañeros, su hermano Vicente y Perico Palenzuela, por una finca de Quivicán cuando le encargaron al campesino que la trabajaba, llamado Pastor Hernández, que les consiguiera alimentos; le pidieron que no los delatara y para el encargo le entregaron 25 pesos. En el bohío de Hernández vivía también su esposa, Concepción, y cuatro hijos: la menor, de 5 años, y el mayor de 16. El infeliz sitiero llevó consigo al pueblo a la familia para cumplir el encargo de García, pero creyó prudente, aconsejado por la esposa, avisarle a la autoridad. Temerosos los Hernández pasaron esa noche en el pueblo, y al siguiente día se refugiaron en casa del dueño del terreno que arrendaba Hernández. Allá se aparecieron tres hombres armados los cuales, delante de los niños y de los que habitaban en el lugar, mataron a machetazos al sitiero y a su mujer. Y Manuel García le escribió una carta a los periodistas de La Habana, que publicó La Discusión, explicando el crimen; les decía: Esto lo hago porque ya estoy cansado de sufrir y por ser este hombre un infame que era conocido mío y amigo desde chico, y llegué a su casa y le pedí comida, y le dije que yo lo que quería es que no diera parte, y me dijo que él no entregaba a ningún hombre y a mí menos; le regalé un billete de 25 pesos porque me dijo que estaba muy pobre y que había tenido enfermos, y tuvo el valor de entregarme. Y todo el que me entregue a mí tiene que ser guapo... así es que el que no es guapo, que no se meta... Y a la mujer le hago esto por ser la más empeñada en dar parte; primera vez que me meto con señorasl, pero ésta no es una señora. Y comentan los autores del último libro citado para justificar la popularidad del bandido, y para mostrar cómo los campesinos se hacían solidarios con sus actos: “Manuel García había llevado a cabo un asesinato, pero, a pesar de la crueldad y la brutalidad del crimen, sus innumerables amigos lo interpretaron como un acto de ‘justicia’, la justicia vengadora contra la delación”. No se les ocurre pensar a los que así opinan que era la solidaridad del terror. Ante lo que le había hecho Manuel García al matrimonio Hernández ¿quién se hubiera atrevido a detenerlo o a denunciarlo? En cartas que reproduce Varela Zequeira en su libro, el bandolero no ocultaba la suerte que habría de correr quien lo denunciara: a un tal Domingo Lavín le escribió: “... Le aconsejo que se deje de bobadas, que Ud. tiene intereses y familia, y una bala entra por donde quiera...” Y en otra al mismo corresponsal: “... quiero que Ud. me mande a decir en qué quedamos [respecto a la entrega de un rescate], si amigos o enemigos, para saber lo que yo tengo que hacer, pues yo sé respetar a los amigos y hacerle daño a los enemigos...” Y en otra, a un tal Daniel Cuervo, lo amenaza con estas palabras: “... Si Ud. habla mucho, cuando vuelva lo mato...” Por eso dijo con toda razón Álvaro de la Iglesia en su Manuel García: El temor que inspira el Rey de los Campos a los habitantes de los poblados en que lleva a efecto sus correrías es grandísimo. Difícilmente encuentran las víctimas del bandolerismo persona dispuesta a tomar un caballo y llevar a la autoridad el parte del crimen cometido. Parece como que el campesino en la lucha entablada entre el bandolero y la justicia, reconoce tácitamente la superioridad del primero y teme más a su venganza que a toda clase de responsabilidades judiciales... El miedo cerval a las venganzas del audaz bandolero traspasa los límites de lo racional, lo demuestra el hecho de que hombres valientes, víctimas de la rapacidad del Rey de los Campos, no se han atrevido a medir con sus fuerzas, no obstante poder hacerlo con probabilidades de éxito... Confundir el miedo a Manuel García con el apoyo del campesinado que lo conocía es de la misma cosecha de ingenuidad que la de algunos observadores que ven hoy como solidario de la tiranía totalitaria al pueblo que aplaude en la plaza pública. 12 Dos bandoleros anexionistas: García y Giuliano OTRO ASPECTO DE LA COMPLEJA PERSONALIDAD DE MANUEL GARCÍA CONVIENE destacar aquí, pues pone en duda las convicciones políticas que se le achacan, si es que en alguna oportunidad las tuvo. Se trata de un revelador documento. Andaba Martí en 1891 en los trajines de la Conferencia Monetaria Internacional Americana, celebrada en Washington, cuando apareció en Cuba, fechado el 27 de abril de ese año, en Melena del Sur, término municipal de Guines, y firmado por Manuel García, un curioso “Manifiesto”, redactado en inglés, en el que el Rey de los Campos de Cuba se declaraba partidario de independizarse de España, crear una república de Cuba para luego anexarla a los Estados Unidos: algo como lo que hizo Texas en 1836 y 1845. Dicho documento debió circular tanto en la isla como en el extranjero, aunque es de suponer que estaba dirigido particularmente a los norteamericanos. Lo publicó Meluzá Otero en el periódico Alerta, el 16 de marzo de 1953; y lo encontró en la Colección de Polavieja, en el Archivo de Indias, Rosalie Schwartz, y lo reprodujo en facsímil en su libro Lawless Liberators. En inglés deficiente dice lo que a continuación aquí aparece traducido y extractado: “Yo, el abajo firmante, general del Departamento de Occidental en la isla de Cuba, en la actualidad en guerra por la independencia de esta colonia, tengo el honor de manifestarle a otros gobiernos que hemos declarado la guerra a la monarquía española por las siguientes razones”; y sigue una serie de apartados en los que se exponen, entre otras: que España no había cumplido con el Pacto del Zanjón; que los españoles no le hacían caso a los diputados cubanos los cuales, cuando iban a hablar en las Cortes, eran objeto de burlas, les decían: “Oigamos ahora el tango cubano” (“Now let us hear the Cuban tango”); que para jueces en la isla los españoles preferían analfabetos compatriotas suyos antes que a los abogados cubanos; que creaban oficinas en Cuba a las que mandaban aventureros de España (“carpet baggers”) para que vivieran de los impuestos; que no permitían ninguna libertad individual y metían en la cárcel a los periodistas junto a los delincuentes comunes, y que también encarcelaban a ministros evangélicos a quienes no les permitían hablar de la doctrina de Cristo; que no había libertad de expresión y censuraban la correspondencia; que la policía atacaba con espadas e insultos a los cubanos que encontraban en la calle conversando en grupos... Y concluyen: Estamos en todo tan oprimidos que hemos tomado la determinación de crear la República de Cuba, anexarla [esta palabra en mayúsculas] a los Estados Unidos y quitarnos el sangriento yugo del gobierno español (“We have determined to proclaim the Independence of our Island and constitute the Republic of Cuba, ANNEXED to the United States”). Nacimos en América y los americanos tenemos que gobernarnos con americanos... Respetuosamente les pedimos a los gobiernos extranjeros que se mantengan neutrales en esta guerra civil, y si por las razones que le hacemos la guerra a España merecemos su simpatía, vengan en nuestra ayuda [también en mayúsculas] (“COME AND HELP US”). Necesitamos rifles Remington más que nada. ¿Llegaría a manos de Martí el “Manifiesto” de Manuel García? Estaba entonces en lucha mayor contra el anexionismo, lucha que habría de convencerlo de la necesidad de la guerra de independencia a fin de impedir la anexión de Cuba a los Estados Unidos: al mes siguiente, en mayo, publicó en La Revista Ilustrada, de Nueva York, un artículo en el que denunciaba el peligro anexionista, del que fue testigo en Washington; decía: ... Si dos naciones no tienen intereses comunes, no pueden juntarse, chocan. Lo pueblos menores que están aún en los vuelcos de la gestación, no pueden unirse sin peligro con los que buscan un remedio al exceso de productos de una población compacta y agresiva, y un desagüe a sus turbas inquietas en la unión con los pueblos menores... Si a un caballo hambriento se le abre la llanura, la llanura pastosa y fragante, el caballo se echará sobre el pasto, y se hundirá en el pasto hasta la cruz, y morderá furioso a quien le estorbe... Dos cóndores, o dos corderos, se unen sin tanto peligro como un cóndor y un cordero... Ni uniones de América contra Europa, ni con Europa contra un pueblo de América. El caso geográfico de vivir juntos en América no obliga, sino en la mente de algún candidato o algún bachiller, a unión política... La unión con el mundo, y no con una parte de él; no con una parte de él, contra otra... ¿Llevó la ignorancia política de Manuel García a sucumbir ante la influencia de los emigrados del Cayo que creían que unir a Cuba con los Estados Unidos era la mejor garantía para la felicidad del país? DE LA MISMA MANERA QUE EL TÍTULO QUE SE DABA MANUEL GARCÍA, “REY DE LOS campos y casi de toda la Isla de Cuba”, trae a la memoria el que se dio en el suroeste de Italia, a principios del siglo XIX, Pedro, el Calabrés, “emperador de las montañas y rey de los bosques”, esa posición anexionista del Rey de los Campos de Cuba hace recordar a otro famoso bandolero italiano, asimismo de una isla, Sicilia (tierra también fértil de bandolerismo y gangsterismo), el cual quería anexarla a los Estados Unidos para que no cayera bajo el dominio soviético. Se trata de Salvatore Giuliano (1923-1950), “el más famoso bandido del siglo”, según su biógrafo Gavin Maxwell, en God Protect Me From My Friends (1957). Tres años antes de su muerte y dos después de la de Benito Mussolini, Giuliano le escribió al presidente Truman, en Washington, una carta que resume su vida y sus ideas, algunos de cuyos pasajes aquí se traducen: ... Mi nombre es Salvatore Giuliano. Los periodistas han hecho de mí un héroe legendario o un bandido común... Cuando yo tenía 21 años, después de una discusión con un policía italiano que quiso matarme, lo maté yo, y de esa manera me convertí en un individuo fuera de la ley. No tengo más consuelo que el sublime y sagrado amor a mi patria. Desde mi niñez soy anexionista, pero por la dictadura del fascismo nunca pude manifestar mis deseos... y así, para convertir en una realidad mi ideal, me uní al Movimiento por la Independencia de Sicilia. Nuestra aspiración es separarnos de Italia y unirnos a los Estados Unidos... Para que me entienda mejor le incluyo un cartel de propaganda que hemos puesto en toda Sicilia, incluyendo Palermo [en él aparece Giuliano ante un mapa cortando la cadena que une la isla con Italia mientras que otra la une a los Estados Unidos]... ¿Y por qué queremos que esta concha de oro [Conca d’Oro] sea la estrella número 49 de los Estados Unidos? Aquí está mi respuesta: Porque con la guerra perdida hemos de ser presa fácil de los extranjeros, particularmente de Rusia que quiere estar presente en el Mediterráneo... Nuestra organización está lista: tenemos un partido anti-bolchevique que se atreve a todo con tal de eliminar el comunismo en nuestra querida patria... Giuliano fue también el ídolo. Era, dice esta biografía, “joven, salvaje, violento, idealista y muy bien parecido. Vivía en las montañas y bajaba hacia las ciudades del llano para robarle, igual que Robin Hood, a los ricos, y darle la riqueza a los pobres. Era un asesino, pero nada más que un asesino, tremendamente poderoso y dominaba como un déspota la parte occidental de Sicilia... Para las jovencitas de los años 40 [“the bobby soxers”], otro atractivo del bandolero era lo difícil que resultaba llegar a él... Y murió en forma violenta a los 27 años, en medio del misterio, de intrigas y traiciones que sirvieron para reforzar el mito del dirigente desaparecido...” 13 DESDE QUE MANUEL GARCÍA LLEGÓ A CAYO HUESO SE HIZO un activo conspirador, y llegó a ganarse la confianza de una figura influyente entre los militares de aquella época en la emigración: el brigadier Juan Fernández Ruz, también campesino, veterano de la Guerra de los Diez Años y que moriría de paludismo en 1897 en la manigua cubana. Así lo cuenta Federico Villoch en la biografía del Rey de los Campos de Cuba, en el capítulo que titula “Vida de Manuel García en Cayo Hueso”: ... Manuel García no tardó en sentirse infestado por aquella fiebre que dominaba a los emigrados de Cuba, y una vez que cayó en la red, ya no pudo desligarse, entrando a formar parte de aquellos clubes en que se desarrollaban las más descabelladas empresas... Él, que había tenido de la política una idea vaga se hizo un político feroz, y de buenas a primeras convirtióse en un exaltado, olvidando sus propósitos y poniéndose otra vez en la línea que fatalmente había de conducirle a su desgracia. Manuel García nació para bandolero y para morir en el bandolerismo. El amigo que más pudo intimar en Cayo Hueso con Manuel García fue el titulado brigadier de la revolución cubana don Juan [Fernández] Ruz... Puede decirse que entonces fue cuando Manuel García hizo un detenido estudio de la astucia y cuando comprendió el inmenso partido que podría sacar de esta arma sabiamente manejada. Él fue quien por medio de sus combinaciones puso a los conspiradores del Cayo en relación con los de la Isla. Quien dirigía y dictaba las cartas. Quien trazó el plan de la expedición que se preparaba y quien comunicó, en fin, entusiasmo a los que desconfiaban del éxito y se evadían ya de su palabra. Pero no puede asegurarse que Manuel García obrase de este modo para realizar los fines que se proponía D. Juan Ruz. Aquel hombre que había pertenecido al bandolerismo y conocía, como podemos decir, los secretos de la profesión, bien podía tener sus ideas propias y encaminar hacia ellas sus esfuerzos... En una ocasión tuvo una polémica con otro bandolero que se había también refugiado en el Cayo, llamado Perico Torres, quien se preparaba también para regresar a Cuba como patriota, y se comenta sobre el encuentro: “Los dos sabían que aquella expedición con carácter político, apenas desembarcada en Cuba, se convertiría en una partida de bandoleros cediendo a la fuerza de las circunstancias y no le convenía a Manuel que en su zona hubiese otra partida que la suya”. Poco después de ese incidente, en setiembre de 1887 Manuel García desembarcó en Cuba. Por su parte Fernández Ruz le escribió a Martí el primero de octubre. Bien conocida es la extensa respuesta de Martí a Fernández Ruz, fechada el 20 de octubre de ese mes, pero nunca se había publicado, ni siquiera comentado, la carta del brigadier a Martí, que tanta luz arroja sobre las dos figuras. En la transcripción que sigue de varios pasajes de dicha carta se destaca lo que debió tener relación con Manuel García. José M. Pérez Cabrera, en un discurso del 27 de enero de 1955, titulado Martí y “el proyecto Ruz”, que en ese mismo año publicó en La Habana la Academia de la Historia, parece haber consultado dicha carta en el Archivo Nacional, y de una copia que debió hacer se extrae lo que interesa a este trabajo; le escribió Fernández Ruz a Martí, quien había estado en contacto con Máximo Gómez y Antonio Maceo por la intentona revolucionaria de 1884, de la que pronto se separó: ... Desearía tener por consejero hombres como Ud. [que] han sabido tratar la cuestión patria en todo tiempo con sinceridad envidiable y con el propósito firme de no cejar nunca a pesar de las adversidades y fracasos... Convencidísimo estoy de que la Isla de Cuba, dadas las actuales circunstancias porque atraviesa desea con ansia cambiar su mísero estado por otro que, más llevadero que el presente, le alivie, si no en total su malestar, al menos haga desaparecer ese odioso régimen gubernamental que hoy la oprime, bien luchando abiertamente por un gobierno autonómico, bien poniéndose al amparo de la nación americana: ambas fases políticas redundarían en perjuicio del país y en descrédito para los que contribuyendo a su triunfo sumieran de nuevo a Cuba en un caos imposible entonces de disipar. El triunfo, pues, estimado señor, será de aquel que lanzándose el primero despierte el espíritu hoy dormido de los cubanos, ¿y quién por ventura más apropiado que el partido separatista? ... Desde mi regreso de España he sostenido frecuentes comunicaciones con infinidad de patriotas residentes en la Isla, con el plausible objeto de indagar el estado en que se encuentra nuestra causa, y mis esperanzas se han visto colmadas, estando todos acordes en que lo más que se necesita son hombres de prestigio que colocándose a la cabeza constituyan por sí solos garantía suficiente para el mejor desarrollo y terminación de la misma. No satisfecho aún con las noticias que sucesivamente han ido llegando a mi poder, me determiné a enviar a Cuba algunos comisionados que llevando instrucciones sobre el particular, han podido superar a lo que yo calculaba; hombres hay, de esos que tienen a su disposición otros muchos y que sólo esperan mi desembarco para unírseme... Ahora bien, creo muy conveniente no tanto para salir bien de la empresa, como para desvanecer rencillas y disgustos que en nada pueden favorecernos, el unirme a buenos jefes que, de común acuerdo, practiquen al igual mío el mismo movimiento, y que operando en distintos departamentos entretengan las fuerzas enemigas a operar por separado; habiendo puesto especial cuidado en escoger los prácticos en el territorio, y no desconocidos de la gente que a su modo ha de servir... Con respecto a mi plan de operaciones no espero más que la respuesta de uno de los jefes que me acompañarán para desarrollarlos por completo y ya de acuerdo llevar a efecto la guerra sin tregua ni descanso, guerra por la cual tendremos que valernos de medios violentos algunas veces pero necesarios para arrancar de su inercia a los indiferentes. Hoy la miseria casi desbasta los campos de Cuba y sólo alguno que otro capitalista conserva propiedades con las que pueda lucrar lo suficiente para pasar una vida cómoda, yo me propongo destruir cuanta finca rica encuentre en mi camino obligando así a esos hombres a guarecerse en las poblaciones donde vigilados por las autoridades no tendrán más recurso que arrojarse en brazos de la revolución y hacer causa común con nosotros. La relación de Fernández Ruz con Martí y con otros emigrados no prosperó, y poco después el brigadier hizo pública renuncia de sus planes separatistas. Se convirtió en un tránsfuga. Los españoles supieron utilizar sus declaraciones para desacreditar a los partidarios de la independencia. El periódico La Unión Constitucional, de La Habana, órgano del partido de ese nombre y enemigo de la causa cubana, reprodujo el 8 de noviembre de 1888 el “Manifiesto” que había publicado el 31 de octubre Fernández Ruz, en Las Novedades de Nueva York. Del extenso documento, ya hoy olvidado, se reproducen a continuación los pasajes que más interesan a lo que aquí se trata; dicen: ... Los hechos que voy a relatar probarán a mis conciudadanos y al mundo entero cuánta razón tengo para retirarme de la política, jurando no tomar parte en intentonas que sólo servirán para criminales fines y miras de negocios e infames intereses cumpliendo así con los deberes de honradez y humanidad que deben ser la religión de todo patriota que sin miras de interés particular sólo busquen la verdadera felicidad de la tierra en que nació evitando derramamiento de sangre inocente cuando ella no ha de producir sino la ruina de la familia, del hogar y de la patria, dejando sólo por herencia lágrimas y luto... Reconoce que en la expedición que llevaría a Cuba iba a ir, “como jefe inmediato” a sus órdenes, Perico Torres, quien, como se vio antes, había tenido una polémica con Manuel García; habla de su contacto en Nueva York con Martí, y con “una junta de patriotas y jefes caracterizados”, y de su viaje a Tampa y Cayo Hueso y de la expedición de Manuel García, de la que antes se habló; agrega: Con anterioridad a mi viaje [de regreso a Nueva York] fue cuando envié a Cuba al malogrado joven capitán del Ejército Libertador, Manuel Beribén, conocido por Quiebra Hacha, a quien por indicación de José Dolores Poyo se le agregaron Manuel García, Víctor Fragoso y Domingo Montelongo, para servirle de prácticos en Las Villas, debiendo hacer constar que los armé, facilitándoles todos los recursos y gastos de transporte hasta su llegada a Cuba... Quejoso del espionaje español y de las actividades de algunos emigrados, confiesa que le robaron su correspondencia, lo que podría explicar cómo llegó a Cuba, y a manos de Polavieja, el “Manifiesto” anexionista que firmó Manuel García; dice de quienes lo traicionaron: ... privándome al mismo tiempo de todas mis comunicaciones y apoderarse, como lo hicieron de mi correspondencia, empleando para ello una manera no ya ilegal, sino infame, llegando al cinismo hasta el punto de entregar mis cartas a los Cónsules de España en Nueva York y Cayo Hueso, cartas que para hoy en manos del Capitán General de Cuba, siendo eso causa de despojarme de algunas de gran importancia y de la realización de vastos trabajos encomendados a comisionados que al efecto tenía colocados en muchos puntos de la Isla... Y concluye su escrito, que firma como “El General Juan Fernández Ruz”, con estas palabras que tanto daño le hacían a las gestiones por la independencia, suscribiendo la tesis evolucionista del autonomismo: ... me retiro a las tranquilas playas de Llobregat [del río de Barcelona] para desde allí contribuir por todos los medios que estén a mi alcance a que esa patria sea feliz, respetando así a la mayoría y a la parte más ilustrada de Cuba, cuyos deseos y voluntad es que la evolución le dé lo que no consiguió ni conseguirá jamás por medio de la revolución... Años después, sin embargo, cuando se inició la guerra de 1895, en la que iba a morir, se incorporó al Ejército Libertador, y, ya como general y jefe de operaciones en Colón y Jovellanos, le escribió a Maceo, en octubre de 1896, para que le diera el mando de la división de La Habana, lo que Maceo no hizo. Quizás recordaba la debilidad de Fernández Ruz por haber hecho esas declaraciones públicas contra el separatismo, y Maceo sentía un profundo desprecio por los que llamaba “tránsfugas”, como había sido su antiguo amigo Antonio Zambrana. 14 La falsificación de la historia OTRO PROCEDIMIENTO SE HA SEGUIDO PARA PRESENTAR A BANDOLEROS CUBANOS como “proto-revolucionarios”, según la interpretación de Hobsbawm. Y es hacerlos conocedores de reivindicaciones sociales y hasta de una especie de reforma agraria que habían prometido los dirigentes de la guerra. Dice Louis A. Pérez Jr. en su artículo “Vagrants, Beggars, and Bandits: Social Origins of Cuban Separatism, 1878-1895”, en la American Historical Review (diciembre de 1985): El bandolerismo se proyectó hacia una guerra de liberación, pues ambos ofrecían un camino para corregir viejas injusticias. Muchos identificaban la lucha por la independencia como una lucha por la tierra. Y no era ésta una apreciación errónea. En 1896, en lo que era equivalente a un decreto radical de reforma agraria [“a sweeping agrarian reform decree”], la jefatura del ejército insurgente proclamó: “Que todas las tierras adquiridas por la República de Cuba por conquista o confiscación... serían repartidas entre los defensores de la República de Cuba contra España, y cada uno recibirá una parte de acuerdo con los servicios prestados...” Y este autor vuelve sobre el tema en Lords of the Mountain. Social Banditry and Peasant Protest in Cuba, 1878-1918 (1989), y dice ampliando, a todo el campesinado cubano, el número de individuos motivados por dicha “reforma agraria”: A principios de 1896, terminada la Invasión [de Oriente a Occidente] muchos campesinos se habían unido al movimiento de liberación nacional. Miraban al futuro, a una Cuba nueva... Y tenían razón para sentirse optimistas. En 1896, en lo que era equivalente a un decreto radical de reforma agraria [emplea las misma palabras del artículo: “a sweeping agrarian reform decree”], la jefatura del ejército insurgente proclamó: “Que todas las tierras adquiridas por la República de Cuba por conquista o confiscación... serían repartidas entre los defensores de la República de Cuba contra España, y cada uno recibiría una parte de acuerdo con los servicios prestados...” Pero ese documento no era ningún “sweeping agrarian reform decree” [“decreto radical de reforma agraria”]: no era más que uno de los muchos papeles que aparecieron al final de la guerra en las oficinas de Nueva York del Partido Revolucionario Cubano, que se publicaron en la Correspondencia Diplomática de la Delegación Cubana en Nueva York durante la Guerra de Independencia (1946); escrito en inglés, no se sabe por quién ni qué destino tuvo. Su título, es, “Proclamation”. Aparece como redactado en los “Headquarters of the Army of Liberation”, con fecha de la fiesta nacional de los Estados Unidos, “4 de julio de 1896”, en “Cuabitas”. Pero dicha “Proclamation” no se sabe que llegara a Cuba, y nunca fue discutida por el Consejo de Gobierno, y menos firmada por el Presidente de la República en Armas, Salvador Cisneros Betancourt, para convertirla en decreto. Por eso ni se le menciona en las Actas de las Asambleas de Representantes y del Consejo de Gobierno durante la Guerra de Independencia (1928), donde debería aparecer si hubiera llagado a ser un decreto o se hubiera discutido. En contra de lo que dice esa anónima “Proclamation” que disponía que las tierras confiscadas “serían repartidas entre los defensores de la República de Cuba”, sí hay un acuerdo de la Asamblea de Representantes, fechado el 13 de julio de 1896, en la Sacra, en el que se dispone que las tierras confiscadas por los cubanos, para impedir la zafra del año siguiente, “el día del triunfo de la Revolución” se aplicarían “al pago de las deudas que ésta hubiere ocasionado, y a las demás atenciones a que legalmente se destinaren...” Concluir que ese escrito fue un “decreto radical de reforma agraria”, que movió al campesinado cubano a hacerle la guerra a España no es menos que una falsificación de la Historia para darle validez a opiniones que por otros caminos también carecen de fundamento. Esa arbitraria interpretación del documento, no lejos del bandido - patriota “en tránsito hacia el revolucionario”, que quería Hobsbawm, le resta a los miles de campesinos cubanos que se fueron a la guerra la generosa y desinteresada motivación que los llevó a ella: separarse de España y el disfrute de la libertad, en la que pensaban encontrar también la justicia que faltaba en su patria. Al hablar de “Los bandoleros de la Tregua [1878-1895] en Santa Clara”, en la revista Islas (mayo-agosto 1978), dice José Ángel Carreras: El aumento de los hechos [en la época que estudia] es una preocupación muy seria para los gobernantes y para los terratenientes hacendados. No insinuamos con esto un indicio de lucha de clases, sin embargo, el bandolero es una excrecencia de la división clasista de la sociedad. Cada bandolero llegó a esa postura por una causa muy particular que lo enfrenta al orden establecido. Con pocas o muchas razones para ello, atenta contra el hombre acaudalado porque éste tiene lo que él necesita, dinero. Decir que hay un odio de clase en este enfrentamiento es falso, aunque el bandolero cuando agrede va en busca de la fortuna acumulada dentro del sistema esclavista. El bandolero no plantea una reivindicación social, no quiere dinero para redimir a los humillados y ofendidos sino para vivir con él. Es un ente individualista que vive por sí y para sí. Hace justicia cuando ejecuta al cómplice que lo traiciona. María Poumier-Taquechell en su estudio de Manuel García, Contribution à l’étude du banditisme social à Cuba: l’historie et le mythe de Manuel García, “Rey de los Campos de Cuba” (1851-1895) (1987) concluye sobre la mitificación del bandolero, la cual confunde al investigador: ...La última imagen que queda de Robin Hood o de Diego Corrientes, una vez que olvidamos su biografía objetiva, es que robaba a los ricos para ayudar a los pobres; que estaban dotados de cualidades admirables y excepcionales, de un coraje inalterable y de un desinterés total, y a veces de una invulnerabilidad y presencia constantes, y cuyo primer crimen estuvo justificado por defender su honor, y no por la necesidad de sobrevivir en una situación crítica... Y respecto al mayor desarrollo, a partir de 1913, del mito del “bandolero - social” en Manuel García, se agrega en ese mismo libro: La miseria crecía en los campos y en las ciudades. Entonces la figura de Manuel García se convirtió en objeto de un culto, y al registrar su historial se descubría en él tal grandeza moral que se llegó a contraponer a las figuras nacionales honradas de manera oficial. Exaltar su memoria era la ocasión mejor de manifestar los sentimientos antiamericanos y socializantes. Al identificarse con él, se defendía la causa de los oprimidos, de los obreros y campesinos, y del correcto patriotismo. En 1921, el mito de Manuel García tropieza con la ideología oficial. Defender el viejo bandido equivalía a asumir una posición contra la clase dirigente, y su rehabilitación logró un nivel polémico y aún político... Si la gente se identificaba con él, era en tanto que representaba la identidad ideal de cada persona, y una compleja identidad. Se le veía como a un hijo, como al macho, como al esposo, como al amigo, como al jefe justiciero y democrático en el seno de sus hombres, como al guajiro (miembro en su totalidad del paisanaje y de su cultura), como intermediario entre las distintas capas sociales y sus intereses opuestos, en fin, como unificador de los aspectos más diversos de la personalidad y de los sectores sociales más distantes unos de otros. Él encarnaba toda la grandeza que cualquiera habría de querer para sí: la generosidad, el valor, la capacidad de sacrificio, y también la combatividad, la solidaridad lejos de los intereses materiales... Y concluye negando el parentesco entre los actos del bandido y los de la revolución de 1959: Si Manuel García se puede ver cercano a los ideales revolucionarios que crecieron de manera decidida en 1959, es evidente que no se trata del nivel propiamente político de la historia nacional. Él no tiene nada que ver [“il n’a rien a voir”] con el colectivismo, con la nacionalización de las empresas extranjeras, el partido único y la alianza con los países comunistas... Manuel García es una metáfora de lo que quisieron ser los cubanos, y de la última referencia de todo ambicioso proyecto. Él representa un grado absoluto de la existencia, la plenitud del individuo, y, de ahí, que pertenezca a la familia de los grandes mitos, de esos seres los cuales, despojados de su contexto real, se continúa creyendo en ellos porque encarnan una verdad particular... En ese sentido interpretado, es el mito y no el hombre el “rebelde social”, un noble deseo, no una realidad.
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