15 COMO SE HA VISTO, YA DESDE LA GUERRA GRANDE LOS ESPAÑOLES HABÍAN ACOSTUMBRADO al pueblo a pensar en los insurrectos como delincuentes. Es el recurso, no extraño en esta época, que tiene toda tiranía para denigrar a quienes se oponen a sus abusos y a sus crímenes. Emilio Bacardí, en las Crónicas de Santiago de Cuba (1923) relacionó los calificativos que usaba la prensa de España en 1869 al referirse a los mambises; de ellos se reproducen unos cuantos aquí: “asesinos, aventureros, bandidos, bandoleros, bribones, cuatreros, criminales, enemigos del orden, estafadores, forajidos, incendiarios, ladrones, malhechores, piratas, pillos, rateros, salteadores...”
Con la misma intención, las autoridades españolas llamaron a los patriotas cubanos durante la guerra del 95 “bandidos”, “ladrones”, “filibusteros” y “asesinos”, al tiempo que calificaban de “cerdos” a los norteamericanos que los ayudaban. “La fobia antiyanqui” como se llamaba en los meses anteriores al “desastre” del 98, hacía cantar en zarzuelas coplas como ésta: “Para corderos, La Mancha; / para vinos, en Bordó [Bordeaux]; / para vacas, en Suiza; / para cerdos, Nueva York”.
Buen muestrario de esos insultos lo ofrece el libro de Felipe Pérez y González, periodista y autor dramático sevillano, que publicó en 1898 en Madrid con el significativo título de Filibusterías y yankees al hombro. Revistas cómicas contra las fechorías y habladurías de mambises, filibusteros, jingos y demás gentes de su calaña. En dicho libro se ve, como siempre en la historia de Cuba, la estrecha relación que existe entre la hispanofilia y la yanquifobia. Como ejemplo se transcriben a continuación estrofas de algunas de sus composiciones, con las fechas en que habían sido publicadas en el periódico El Liberal, de Madrid; se burlan (1) del reconocimiento de los Estados Unidos de la beligerancia cubana; (2) de los jefes de la insurrección, calificando de cobardía la estrategia de la guerrilla; (3) de la destrucción que producen; (4) de Maceo, a quien insultan con motivo de su muerte; (5) de la República en Armas; y (6) de la autenticidad del separatismo pues piensan que con la autonomía los cubanos iban a deponer las armas, aunque los norteamericanos continuarían siendo “cerdos”:
TERMINADA LA GUERRA, EL TRATADO DE PARÍS GARANTIZÓ LAS PROPIEDADES de los españoles no sólo de los dueños sino también de los “poseedores legítimos”. En una conferencia que pronunció Eugenio Montero Ríos, presidente de la Comisión Española que negoció el acuerdo con los Estados Unidos (reproducida en El Tratado de París, conferencias en el Círculo de la Unión Mercantil [1904]), con toda razón se vanagloriaba de haber obtenido esa mayor concesión de los norteamericanos. Dijo: “En el Tratado de París se consiguió poner al amparo de ese respeto no sólo los bienes que los españoles poseían en propiedad por título legítimo, sino todos aquellos que [los] vinieran poseyendo quieta y pacíficamente, aunque no tuvieran título alguno”. Así, en el artículo VIII del Tratado (según consta en los Documentos presentados a las Cortes en la Legislatura de 1898 por el Ministro de Estado [1898]) se aclara que la renuncia española “en nada puede mermar la propiedad, o los derechos que correspondan con arreglo a las leyes, al poseedor pacífico de los bienes de todas clases...” Pero nada se estipuló en favor de los cubanos que habían derrotado la España, militares y civiles, que perdieron por la guerra sus bienes y sus empleos. Leonel Soto, en su estudio sobre La Revolución del 33 (1977), escribe: En Oriente, al finalizar la guerra de 1895, miles de soldados campesinos del Ejército Libertador, huérfanos de toda protección se refugiaron en regiones apartadas y agrestes adonde no había llegado la plaga propietaria de los terratenientes. Transcurridos los años, los negocios azucareros, ganaderos, forestales, bananeros, etc. exigían la expansión de latifundios y tenencias de tierras. Para ellos había que desalojar a los miserables moradores aunque fuera a costa de la depauperación toda de esos contingentes humanos y mediante el uso de la guardia rural. El 11 de enero de 1899 se procedió a la evacuación de las tropas españolas quedando Cuba gobernada por el gobierno interventor. El país estaba destrozado. Escribió Gerardo Castellanos en su Panorama Histórico (1934), bajo el título de “El legado de los dominadores”: Lo que en este día las últimas autoridades españolas han entregado es una Cuba convertida en mísero hospital. Hambre por doquiera, moribundos en los hogares y en las instituciones públicas. Miles de ancianos, mujeres y niños ambulando enfermos, tísicos, sin ropa ni comida, por las calles de todas las ciudades. Los campos yermos; arrasada la agricultura; agonizante el comercio. En completa catástrofe económica el erario público. Sin vida municipal. Sin instrucción pública, sin correos; almoneda los tribunales de justicia; paralizadas las industrias. En correos no quedó ni un sello. En las aduanas ni un centavo. Los empleados, en su gran mayoría españoles, abandonaron sus puestos llevándose los fondos. Rafael Martínez Ortiz, en Cuba: los primeros años de la independencia (1929), había pintado con más detalles el cuadro desolador del país al terminar la guerra: producto de la maldad y la soberbia de algunos militares españoles quienes contaron con la complicidad de no pocos malos cubanos; dijo: La guerra, destructora y feroz siempre, muy pocas veces lo fue en el grado alcanzado por la de Cuba. A los visitantes de la Isla, pocos años después, debieron las narraciones antojárseles consejas, pero los estragos superaron realmente toda ponderación... Hasta las aves que habitualmente se alimentan de los detritus y las inmundicias perecieron de hambre... Los centros de población, aun los del litoral, menos castigados por las calamidad, mostraban también sus huellas. Muchedumbres hambrientas pululaban por todas partes y cubrían con harapos de luto por la muerte de deudos más o menos próximos cuerpos extenuados hasta lo inverosímil, o a veces hasta lo inverosímil también abultados de hidrohemia. Aquellas pobres gentes, sin auxilio alguno, habían agotado sus recursos y echado mano de toda clase de alimentos. Los más inmundos y repugnantes animales se devoraron con deleite y se buscaron con empeño frenético... Las mujeres y los niños famélicos buscaban en los pesebres de las fuerzas de caballería acampadas en las calles y entre la tierra polvorienta los granos desechados para comerlos crudos, y las semillas y cortezas de las frutas se recogían también como preciosos hallazgos. Con frecuencia llevábanse a pedazos, a pesar de los esfuerzos de la policía para impedirlo, los restos de animales muertos de enfermedades contagiosas. Eran aquellos reclusos infelices los espectros de los campesinos reconcentrados por el general Weyler... La mortalidad llegó a ser asombrosa; es muy difícil calcularla con exactitud, pero puede afirmarse que fueron algunos cientos de miles las víctimas... [el censo de 1899 arrojó un total de 1,572,797 habitantes] Hubo familias extinguidas por completo; las salvadas presenciaron los horrores más grandes de la miseria. No hubo cuadro de desolación que no se presentase a la vista. En uno de los bohíos de la ciudad citada [Santa Clara], y tras muchas muertes sucesivas en él, fue encontrado, único superviviente, un niño mamando los pechos exhaustos de su madre, cadáver desde muchas horas antes; la infeliz criatura no pudo salvarse; había bebido el veneno de la muerte en los propios senos maternales... No es de extrañar que ante aquella miseria se hubiera recrudecido la delincuencia. A raíz de la capitulación de Santiago de Cuba, el 24 de julio de 1898, Máximo Gómez le formó consejo de guerra al brigadier Roberto Bermúdez. Había éste sido valiente militar al lado de Antonio Maceo, pero por asesino y ladrón fue ejecutado después de degradarlo. Se hacía muy difícil la pacífica reconstrucción del país. “El bandolerismo continuaba haciendo de las suyas en Oriente”, escribió Rafael Martínez Ortiz, y continuaba con estas observaciones: Las cosas llegaron a ponerse feas de veras. En Gibara, sobre todo, no había seguridad para nadie. Los malhechores campaban por sus respetos durante la noche, y gastaban de día el producto de sus rapiñas en francachelas y orgías en las mismas barbas de las autoridades y a ciencia y paciencia de ellas, que no hallaban a mano la manera de poner remedio al mal. El general Wood apeló a uno heroico: en dos o tres días fueron ahorcados, sin miramientos, los hombres de mala vida que la voz pública señalaba como autores de los delitos continuados... Era un pésimo antecedente que habría de acostumbrar a la fuerza pública a manejar la justicia a capricho. Terminada la guerra, fue ese acto una especie de sanción del crimen. Comentando sobre tal procedimiento en España, dijo en “El bandolerismo en Cuba” Enrique José Varona, basado en los libros de Julián de Zugasti, que “los jueces, por indiferencia, por impotencia o por corrupción”, no sabían “cómo atajar la criminalidad, y el gobierno pasa[ba], según sopla el viento de la necesidad, del extremo del abandono más lastimoso a la crueldad más refinada”, y cita el libro Feudalismo y Democracia (1880), del Marqués de Riscal en un pasaje en el que se lee: “La justicia criminal ha conservado los procedimientos más anticuados... [A] veces la represión se hace tan horrorosa como el crimen mismo, porque indica no ya la calma justiciera de la sociedad que se defiende, sino la ceguedad del agente arrebatado por instintos coléricos...” En su estudio sobre “El bandolerismo en la República burguesa”, publicado en la revista Santiago (junio de 1983) Julio Ángel Carreras, relaciona la actividad del bandolero en diversas zonas de Cuba: cerca de Cienfuegos una banda de españoles robaba animales y viandas a los campesinos; en Guanajay otra de 18 bandoleros “roban cerdos y gallinas. Matan reses y requisan caballos”; en Caimito 19 hombres “armados con el rostro cubierto asaltan varias casas y matan 3 hombres, entre ellos un sargento del Ejército Libertador”; igual actividad hay en el Mariel y el valle de Ariguanabo; sigue el bandolerismo en Holguín, Puerto Padre, Alto Songo, Banes, Camagüey, Ciego de Ávila, Santa Clara, Unión de Reyes..., y concluye: “No son patriotas enemigos de la intervención, como algunos quieren pensar, porque saquean tiendas, roban zapatos y ropas nuevas. Atacan a los pacíficos sin que los estimulen propósitos políticos. Ésos son los hechos y sería demagogia atribuirles una rebeldía política [antiimperialista] que nunca enarbolaron.... Las pandillas están compuestas por (a) desertores del ejército español; (b) guerrilleros anticubanos que sirvieron a España durante la Guerra de Independencia, acusados de crímenes; (c) mambises descarriados, desesperados por la mala situación económica...” LO SUCEDIDO EN CUBA CON LOS DESPLAZADOS QUE LLEGARON A PONERSE FUERA de la ley en 1898 no era excepción. Siempre sucede lo mismo al terminar las guerras: “El bandolerismo fue un mal muy extendido al final de la monarquía en Francia”, dijo Marcel Marion en Le brigandage pendant la révolution (1934), “y no pudo ser de otra manera con la cantidad de mendigos, vagabundos y ladrones que abundaban en las ciudades y los campos. Había muchos desertores; su número aumentaba al final de cada guerra pues muchos soldados quedaban sin empleo y se veían obligados a procurarse con la punta de la espada el pan que antes les daba el rey”. En Cuba, el 22 de agosto de 1901, en un editorial del Diario de la Marina, y con el título de “Infección Social”, se leía: Las depredaciones del bandolerismo a las puertas mismas de La Habana no han podido menos de causar desagradable impresión en cuantos no ven estos hechos escandalosos a través del dorado cristal del presupuesto. Para los que no están obligados a compartir el optimismo gubernamental, que relega estos graves atentados a la categoría de meras ocurrencias policiacas, tales manifestaciones de anarquía y de inseguridad son realmente deplorables y acusan una gran perturbación moral abajo, en la gente ignorante, y una completa desorganización arriba, en los que gobiernan y disponen de los recursos públicos sin que acierte a ofrecer garantías eficaces a las vidas y a las propiedades. Este bandolerismo solapado y vergonzante que no mantiene partidas permanentes en el campo sino que sale de los pueblos para volver a ellos una vez realizado el acto de bandidaje, y que no está compuesto de bandoleros “de profesión”, por decirlo así, sino de gentes que han perdido el hábito del trabajo y que sin abandonar su residencia se dedican a vivir del robo y del pillaje, es quizás más grave, más funesto en sus consecuencias y más complejo en sus causas, que aquel otro bandolerismo, no hipócrita, sino descubierto, que declaraba la guerra a la sociedad y a la ley, y con el rifle al brazo se internaba en la manigua... Urge, pues, que los actuales gobernantes, tan excesivamente atareados en asistir a las reuniones políticas y en ver la manera de poblar nuestras calles y paseos con las estatuas de revolucionarios famosos, dedique su atención a estos asuntos y procuren conjurar esa infección moral que invade a toda prisa el cuerpo social de Cuba...
16 DESPUÉS DE LOS TRES AÑOS Y CUATRO MESES DE LA OCUPACIÓN AMERICANA, EL 20 de Mayo de 1902, se inauguró la República con Tomás Estrada Palma de presidente. El bandolerismo y la violencia no se redujeron cuando en 1903 se reorganizó la Guardia Rural para darle, como había hecho la Guardia Civil española, protección a los hacendados y a los ferrocarriles; la política, por otra parte, se sumó para desmoralizar el país: en setiembre de 1905 la policía de Cienfuegos asesinó al líder liberal, veterano libertador y representante a la Cámara Enrique Villuendas —anuncio de tantos crímenes políticos que se sucederían luego en Cuba—: Villuendas había denunciado a la opinión pública que Estrada Palma quería la intervención de los Estados Unidos en la isla. La torpeza del presidente y de sus consejeros provocó la violenta oposición de los elementos liberales: se produjo la revolución de agosto en 1906. Imposibilitado de controlar la situación, Estrada Palma le entregó el mando a William H. Taft, Secretario de la Guerra de los Estados Unidos, a quien, para mayor desgracia de Cuba, lo sustituyó muy pronto el corrupto abogado norteamericano Charles Magoon. Además de robar y sancionar el robo, su arbitrario manejo de los indultos hizo crecer la criminalidad hasta el punto de poner a Cuba, respecto a los delitos de sangre, en el primer lugar de todos los países del mundo. Con ese ejemplo se prodigaron los indultos: en los treinta primeros años de la República se habían aprobado indultos que beneficiaron a más de ocho mil delincuentes. El 28 de enero de 1909, al conmemorarse el 56 aniversario del natalicio de Martí, Magoon le entregó el mando de la isla a José Miguel Gómez, elegido presidente. Entre otros abusos que practicaba la fuerza pública, a mediados de marzo se le aplicó la ley de fuga al capitán Manuel Lavastida, de la Guardia Rural, quien había sido preso en Placetas, acusado de conspirar contra las autoridades; y en setiembre de ese año se creó la lotería, que el gobierno interventor había suspendido: esta lacra acostumbró a muchos a vivir de la botella, especie de sinecura que también había consagrado durante su gobierno Mr. Magoon; —en 1921, durante la presidencia de Mario García Menocal, se supo que el presupuesto estaba grabado en 15 millones de pesos anuales por esos empleados que no trabajaban. Otro grave disturbio que conmovió el país se produjo en 1912, con el alzamiento del Partido Independiente de Color, el cual produjo la muerte de 5 mil cubanos negros, muchos ejecutados de manera sumaria. El crimen llegó a convertirse como en una atracción turística: la postal de correos que aquí se reproduce, en la que aparecen dos ahorcados y al pie de ellos un sujeto arrogante con sombrero tejano y revólver en la cintura, fue impresa como si fuera de los Estados Unidos —dice “Post Card”, “For Message” y “Address Only” en las partes correspondientes—. La enviaron desde Baracoa (según el matasellos) al “Sr. Armando Ávila / Colonia California / Distrito Sur / Nuevitas / Camagüey”; y dice “Puerto Padre, Oriente / 17 de Julio de 1916 / Estimado amigo / Caso concluido en las cercanías de Manatí. Captura de estos dos cuatreros en la mañana del 3 de Julio de 1916 por el teniente Raúl Varona y un grupo de la guardia Rural del puesto de Puerto Padre, [y firma] Manuel V... [ilegible]”.
A principios del año siguiente, en febrero de 1917, se levantaron en armas en varios lugares de la República los liberales contra los abusos de poder de Menocal. Se llamó a la revolución “La Chambelona” porque ése era el título de una tonada del poblado de Chambas, en Morón, que cantaron los liberales en su propaganda política y que había prohibido el presidente conservador. Los alzados de Camagüey estuvieron dirigidos por el veterano comandante de la guerra Gustavo Caballero. Después de varios combates en que murieron muchos de los suyos, se rindió, y en Nuevitas lo asesinaron miembros del ejército en un vagón del ferrocarril que iba a trasladarlo a la capital de la provincia. EL BANDOLERISMO SEGUÍA PARALELO A LOS ABUSOS DE LOS GOBERNANTES Y DE LAS fuerzas armadas. Inocencio Solís es el más destacado de los bandidos cubanos durante los gobiernos de Estrada Palma, el de José Miguel Gómez y los comienzos de Menocal. Había nacido en Camagüey y fue un valiente sargento durante la guerra de independencia, por lo que, con el mismo recurso que usó Hosbawm para los bandoleros que se hicieron revolucionarios se le podría llamar a éste proto - bandido. Terminada la guerra, durante la ocupación americana, nombraron policía a Solís, pero más se dedicaba a proteger a los delincuentes que a cumplir sus deberes. Expulsado del cuerpo a principios de la República, empezó a robar ganado al que cambiaba los hierros para revenderlo como propio. En compañía de su hermano realizó un asalto a un rico propietario de Morón, pero los capturó la Guardia Rural y fueron a la cárcel en 1907. La infortunada política de indultos de Charles Magoon hizo que volvieran a sus actividades delictivas. En Ciego de Ávila robaron a un comerciante al que le pusieron un reverbero bajo su taburete para que confesara dónde escondía el dinero. Poco después formaron una banda que llegó a tener diez hombres con la que secuestraban y robaban a hacendados de Jatibonico. En 1911 exigieron mil centenes por el secuestro de Adalberto La Hera, hijo del capitán del Ejército Libertador Manuel La Hera Delgado. Según testimonio del nieto de éste, Miguel Angel Quesada, al autor de este libro, Solís había servido en la guerra de independencia a los órdenes del capitán La Hera. Cuando le fue a pagar el rescate por el hijo La Hera recriminó al antiguo subalterno por la mala vida que llevaba después haber servido con honor la causa de Cuba, y por el daño personal que le hacía a él quien tuvo que enajenar una tercera parte de sus tierras a favor del comerciante Alejandro Suero Balbín para reunir la cantidad que le pedía. El bandido se excusó diciéndole que necesitaba el dinero. Otra figura importante en la banda de Solís fue José Álvarez a quien mató Solís por sospechas de que pensaba delatarlo. Era tal la desconfianza que tenían unos de otros, los miembros de esta banda, que, según le contó su abuelo a Quesada, al cruzar la cercas de alambre los bandidos lo hacían arrastrándose de espaldas por el suelo, y con el revólver en la mano para que no los madrugaran sus compañeros. Hacia 1919 desapareció Inocencio Solís, a quien llamaban “El bandido de la Trocha”, o “El guerrillero”, y a quien calificaban de “patriota y malhechor”, quedando sin aclarar muchos de sus crímenes toda vez que otros bandoleros se aprovecharon de su fama para extorsionar a propietarios y comerciantes en su zona de operaciones: unos dijeron que Solís se había embarcado a México; otros que lo habían muerto en Morón; y aún otros que se había ido a España a curarse de la tuberculosis que padecía. El 20 de mayo de 1925 tomó posesión de la presidencia Gerardo Machado. Tenía malos antecedentes, según afirmó Carleton Beals en su libro The Crime of Cuba (1933); allí dijo: Gerardo Machado y su padre, gente turbulenta en Santa Clara, se sabía que eran cuatreros [“cattle raiders”] antes de la guerra de independencia. Machado, al participar en la guerra contra España convirtió el cuatrerismo en una actividad patriótica. Luego lo eligieron alcalde de la ciudad de Santa Clara, y uno de sus primeros actos de gobierno fue quemar la Audiencia donde existían las acusaciones criminales contra su padre. Como con otros gobernantes del país, al principio tuvo Machado el apoyo del pueblo que esperaba las urgentes mejoras que se necesitaban. El cubano estaba cansado de la corrompida adminis- tración de Alfredo Zayas. Sobre el bandolerismo, del tiempo de Zayas, comentó Herminio Portell Vilá en La Nueva Historia de la República de Cuba (1986): El bandidaje en los campos ya no era tan amplio y temible como antes, y algunos bandoleros de las campiñas habían sido capturados y enviados a la cárcel, mientras que otros habían tenido que salir de Cuba para escapar a la persecución que se les hacía. Como decían en la prensa satírica de la época, los grandes ladrones estaban en libertad y hasta en el poder... Pero muy pronto el nuevo presidente dejó ver lo peor de su carácter. El 20 de agosto de 1925 el comandante del Ejército Libertador Armando André, quien se había atrevido a ponerle una bomba a Valeriano Weyler, como criticaba a Machado y a su familia desde el periódico El Día, de orientación conservadora, lo mataron al entrar en su casa de la calle Concordia. Fue el primer crimen político y personal de Machado. En 1926 se produjo un secuestro importante en la provincia de Camagüey: del colono de Ciego de Ávila Enrique Pina, coronel del Ejército Libertador. Se pidieron 50 mil pesos de rescate, los cuales fueron entregados de acuerdo con las indicaciones de los secuestradores. La reacción del pueblo no se hizo esperar. El editorial de la revista Carteles, publicado el 28 de marzo de 1926, deja ver el estado de ánimo de la población, el origen del mal por el desplazamiento del campesino ante la expansión de las empresas extranjeras, la complicidad de la fuerza pública con éstas, el desamparo del trabajador y la respuesta que se le recomendaba al gobierno (“Medidas excepcionales”) ante el problema de la delincuencia rural; dice: ... En otro tiempo el bandolerismo fue una enfermedad social endémica en nuestro país. Mas, por convicción unánime, se achacaban sus manifestaciones más agudas al desacuerdo profundo que existía entre la población campesina cubana y las autoridades coloniales... Pero, desde hace algún tiempo, los brotes depredatorios se suceden con extraña frecuencia, como si en sus autores obraran extraños agentes psíquicos de aliento, produciendo en ellos la ilusión de una posible impunidad... Expulsado el guajiro de la pequeña finca cultivada por sus padres desde tiempo inmemorial, con la transformación de la propiedad agrícola durante los últimos veinte años, y reducido a la condición de jornalero cortador de caña, hace mucho tiempo que la más extremada pobreza es su compañera inseparable. Poco a poco, una especie de reacción moral se ha ido produciendo en el ánimo de los pobladores de nuestras campiñas, en cuanto a sus relaciones con el poder político y sus agentes visibles, ante la consideración del abandono en que viven, entregados sin defensa alguna a la desconsiderada explotación de las empresas extranjeras dueñas hoy de casi todos los centrales de moler azúcar, los cuales, con las compañías ferrocarrileras, son los centros de trabajo más abundantes y activos en los campos y pequeñas poblaciones. En sus conflictos económicos con la administración de estas empresas, han visto invariablemente a la fuerza pública puesta al servicio de sus explotadores, en cooperación con los guardias jurados de las fincas para perseguirlos y amedrentarlos... Ante la funesta recrudescencia del bandolerismo que estamos sufriendo, nuestros gobernantes deben apelar a todas sus aptitudes de estadistas y sociólogos, sin perjuicio de dirigir una llamada al orden a las fuerzas encargadas de cuidar la tranquilidad de los campos... El pueblo de Cuba se encuentra, en general, satisfecho de la actitud rectificadora y ejecutiva de sus actuales gobernantes, pero ciertos males de honda raíz en la vida social exigen medidas excepcionales para ser combatidos. El más importante de los secuestradores en esos días era el isleño Secundino Rosales. Empezaron entonces los linchamientos de los canarios a quienes se suponía cómplices en el delito, y de otros inocentes compatriotas suyos acusados de estar fuera de la ley, y a quienes las autoridades llamaban “elementos maleantes”.
LA ABOLICIÓN DE LA ESCLAVITUD HABÍA CREADO EN EL SIGLO ANTERIOR, EN ALGUNAS ZONAS de la isla, escasez de mano de obra, y después de fracasar con la importación de asiáticos, se trajeron numerosas familias canarias a Las Villas. Igual sucedió a principios de la República al disminuir los obreros agrícolas, cuando con el crecimiento de los latifundios la United Fruit tuvo que importar varios cientos de isleños para la explotación de sus tierras. En muchos braceros de las Islas Canarias se cebó la ira de las autoridades a partir del secuestro de Pina. Los colgaban de los árboles y volaban las auras tiñosas sobre los cadáveres: el pueblo las llamaba “las gallinas de Machado”. El 22 de mayo de 1926 capturaron a Rosales en Las Villas, y el 11 de julio apareció ahorcado en la letrina del cuartel del ejército en Ciego de Ávila. Es notable la indiferencia del pueblo cubano ante aquellos crímenes. La misma revista Carteles, antes citada, poco después de su protesta por el bandolerismo, publicó una caricatura, que se reproduce en este libro, en la que, con el título de “Charleston Isleño” aparece un ahorcado en el momento de su agonía. No debe olvidarse que hasta poco antes de la presidencia de Machado, se consideraba la captura de bandidos como motivo para conceder la Orden del Mérito Militar. Cuenta el juez Ángel G. Cárdenas en su libro De las memorias de un exjuez. Soga y sangre. Una página de horror del machadato y su acusación pública (1933), algunos de cuyos pasajes aparecen reproducidos en el Índice histórico de la provincia de Camagüey, 1899-1952 (1970), del que aquí se cita, que Rosales trabajaba para Pina, quien era colono del central Stewart, pero que cuando le pidió 5 pesos que necesitaba para medicinas, por haber contraído paludismo, el coronel se los negó en medio de insultos. Después de varios atracos, con tres cómplices llevó entonces a cabo el secuestro de Pina: dos escaparon, el tercero era otro isleño, Eduardo Chinea, quien fue después también asesinado por sus captores. Dijo el Dr. Cárdenas en su escrito: La obra de la justicia, aplicada legalmente al delincuente, eleva y dignifica al ejecutor. Pero el crimen realizado en nombre de la justicia, y a espaldas de la ley, eleva y dignifica a la víctima, sea quien sea, y la coloca por encima del criminal. Si el crimen se ejecuta con abuso de autoridad o de fuerza, o bajo la impunidad del poder, entonces ese crimen es más horrendo y monstruoso. La víctima se hace merecedora de mayor respeto, y más elevada consideración que su victimario.
17 RAMÓN ARROYO SUÁREZ, ALIAS ARROYITO, COMPLETA ESTOS EJEMPLOS de bandoleros antes de la revolución de 1933. Logró fama durante la presidencia de Alfredo Zayas, pero ya había empezado sus fechorías en tiempos de Menocal. Fue este personaje el de más colorido entre los bandoleros de las primeras décadas de la República, y el que mejor se conoce. Cuando fue arrestado en 1922 dos periodistas de El Imparcial, de La Habana, Enrique Molina y Leopoldo Fernández Ros, le hicieron una serie de entrevistas que culminaron en el libro Arroyito o el Delirio. Biografía del célebre bandolero Ramón Arroyo (1922), que aquí se cita por la transcripción que hacen de partes de él los autores de El bandolerismo en Cuba 1800-1933. Nacido en Matanzas, uno de sus hermanos, llamado Francisco, se había distinguido en la delincuencia en Güines, hasta que fue condenado a larga pena de cárcel, y es de este hermano de quien hereda el apodo de Arroyito, pues el de Ramón era Delirio. Después de emplearse en La Habana se hizo chofer de taxis en la capital de su provincia, y tuvo la desgracia de arrollar a un niño cuando iba a exceso de velocidad. Saltó la fianza que le habían impuesto y, junto a Julio Ramírez, hijo de un colono de Aguacate, se dedicó al bandolerismo. Lo arrestaron en La Habana y tuvo que cumplir parte de su condena en Matanzas, pero como era amigo del hijo del alcalde de aquella ciudad, logró el indulto y hasta un nombramiento de cabo de la policía municipal y otro de simple policía para su compañero Ramírez. Mezclados en la política local fueron acusados de abusos en el cargo hasta que se les dio de baja como policías y se dictó orden de arresto que debía cumplir la Guardia Rural. Prendieron sólo a Ramírez pues Arroyito pudo escapar, pero, poco después, éste logró, a punta de pistola, en la cárcel de Jaruco, el rescate de su amigo. Al año siguiente secuestraron a un comerciante de Ceiba Mocha: sorprendieron a la víctima porque iban vestidos con uniformes del ejército, con rifle y revólver. Pidieron 10 mil pesos de rescate. Los persiguieron, pero lograron evadir la Guardia Rural: Ramírez se escondió en el pueblo de Rincón y Arroyito se fue para La Habana donde asistía a los espectáculos públicos y era frecuente parroquiano del restaurante El Carmelo y del famoso Casino de la Playa. Acosado por sus perseguidores abandonó la capital para establecerse en Placetas con un nombre falso. Después de algunos meses de tranquilidad, fue descubierto y arrestado por la policía. En tren lo llevaron preso hasta La Habana. “Al llegar”, dice esta fuente de información, “el pueblo de la capital le rindió una auténtica ‘demostración de afecto’ al congregarse desde las primeras horas de la mañana, en los alrededores de la Estación Terminal, una gran masa de público que pidió su libertad y le sugirió que se postulase como candidato electoral asegurándole el triunfo...” Así cantaba una décima de aquellos días:
Encerrado en la prisión del Castillo de la Fuerza fue que lo entrevistaron los periodistas de El Imparcial. Allí les mostró una colección de cartas que había recibido: “Fíjese”, les dijo, “son más de cien. Casi todas de mujeres. Ésta es de una señora de campanillas de La Habana. No le digo quién es porque me pide por mi madre que no se la enseñe. En esta otra venía esta medallita de la Virgen de la Caridad que llevo al cuello...” Una anónima mujer de la sociedad habanera le escribió: “Fundiré el firmamento con la tierra moviendo cuantas influencias pueda hacer servirme de ellas para que usted, que no es más delincuente que los que andan por la calle, pueda pasearse por ella...” Fue tal la atracción de las mujeres por el preso que Osvaldo Valdés de la Paz publicó en ese mismo año 1922, con prólogo de Miguel de Marcos, una novela titulada Arroyito: el bandolero sentimental. Decía el prologuista: “... cuando los gobernantes aparecen ante los ojos asombrados y adoloridos del pueblo agitándose en una frenética zarabanda de torpezas, el periodista que conoce el valor de la actualidad y que ha visitado con mirada de burla y de tristeza las bambalinas pintarrajeada de esta feria, se sienta entonces ante su máquina y escribe en veinte días la novela de un santo... o de un bandido”. Y el novelista escribe: ... Los bandoleros ilustres de la política y de la banca, habían derramado sangre inocente y provocado lágrimas; sus víctimas formaban una larga lista de padres de familia de electores pacíficos, de viudas y huérfanos desamparados, de modestas familias que tras constantes y hondos sacrificios habían acumulado un pequeño capital. ¿Cómo podría llamarse bandolero a un muchacho casi tímido como Arroyito, ante el desfile de estos monstruos del delito, que además se amparaban para su fechorías en la condición de honorables y que no exponían sus vidas en los actos que realizaban? El pueblo hizo esa reflexión amarga. Y en su gran tristeza floreció una rosa de simpatía... En 1922 apareció también el libro de José M. Muzaurieta Manual del perfecto sinvergüenza, “con un prólogo”, anuncia desde la portada, “del bandolero Arroyo”, y aclara en una nota al pie de la primera página: “Este Prólogo fue escrito por el señor Arroyo siendo todavía libre. Con mes y medio de anterioridad al día 3 de marzo, en que fue capturado. Si el estimable bandido hubiera tomado pasaje en el vapor Cádiz, no le habría ocurrido semejante infortunio”. Y dice el prologuista (¿Arroyito?) al presentar el libro: Tenía el firme y decidido propósito de que mi nombre no figurase para nada en ninguna manifestación de carácter público... quería permanecer oculto, alejado completamente del engorroso y pesado contacto con la opinión... pero considero un deber de profesión, al cual no puedo faltar sin que se merme mi prestigio de bandido, romper esa mi adorable quietud beatífica en los precisos momentos que va a editarse un libro como el Manual del perfecto sinvergüenza, llamado a hacerle cumplida justicia a nuestra sufrida clase y a librarla, con la enseñanza de los humanos errores que todos los malhechores padecemos... Declaro que es una obra magnífica, que con el transcurso del tiempo puede y debe llegar a ser declarada de utilidad pública y de uso obligatorio en las escuelas... A mí todos me suponen un bandido, me persiguen con saña fiera y le darían un premio al que me colara una bala en la cabeza. Cierto que no soy un santo varón, ¿pero esa misma sociedad que me condena y me llama su enemigo, no admite en su seno y los mima y los consagra, a señores que carecen de los más rudimentarios principios de moral y que, bien analizados, son unos completos facinerosos? Decidme, ¿qué diferencia existe entre un secuestro y un asalto al Tesoro Público? ¿Acaso el hurto de una res no es pariente cercano del feo negocio del cambio de cheques? ¿Son mejores que yo los que se enriquecen a costa del hambre del pueblo?... Y ante la corrompida sociedad que describe, concluye: “El Manual del perfecto sinvergüenza no ruborizará a nadie en Cuba. Puede ser leído donde quiera y por cualquiera: desde el Primer Magistrado de la Nación [Alfredo Zayas], hasta el último alumno del Colegio de Belén”. El libro empieza con unos “Ejercicios Espirituales”, de los que se copian aquí sólo las seis primeras recomendaciones: “Ámese a sí mismo por sobre todas las cosas. Nunca diga lo que sienta ni sienta lo que diga. La osadía: ésa debe de ser su característica principal. Ninguna idea es buena si no es suya. Cualquier procedimiento es bueno para triunfar. No combata las llamadas tiranías: póngase al lado de los tiranos y explote a los demás”. Trasladaron a Arroyito a la cárcel de Matanzas y allí su hermana Marina le preparó la fuga al colocar una bomba en el presidio y facilitarle caballos para la huida. Poco después, cuando en Regla se preparaba para abandonar el país, lo arrestaron de nuevo. Lo volvieron a Matanzas y esta vez la condena fue a cadena perpetua, entre otras culpas, por el secuestro del millonario Juan Bautista Cañizo, del que recibió 50 mil pesos de rescate. Se dijo que la hermana era el cerebro y a veces el brazo de muchas de sus fechorías. “Hay hombres tan amados por la vida que la muerte sólo se los lleva por celos, para amarlos ella también intensamente. De estos hombres excepcionales, fue Arroyito”: son palabras de Pablo de la Torriente Brau en uno de sus artículos, recogidos en Pluma en Ristre (1949). Lo había conocido en el presidio del Príncipe, en La Habana; lo describió así: ... A la distancia de los años lo recuerdo bajito al lado mío, muy blanco y limpio, en lo que me pareció una especie de guayabera, con el tórax avanzado grueso, parlanchín como una mujer, rodeado de dos o tres, como si dentro de la misma prisión siguiera siendo capitán de banda, y satisfecho de sí mismo y de su nombre de la cabeza a los pies... La leyenda, máquina de multiplicar, hizo héroe a Arroyito y lo equiparó casi con Manuel García... ¿Por qué fue un favorito del público? ¿Por qué tuvo tantas simpatías? ¡Sólo porque no fue asesino, porque no se manchó de sangre, y porque fue generoso, valiente y buen amigo! Porque tuvo también un rudimentario sentido de la justicia social y le arrebató a los ricos el dinero mal habido y luego lo repartió con la generosidad de un millonario loco... Se puso en rebeldía comenzando su carrera de secuestros y fugas, arreglándoselas de tal manera que, como Ramón Franco, su famoso tocayo del Plus Ultra, siempre estuvo en la primera plana de los periódicos... Cuenta luego Pablo de la Torriente, según le confesó un “escolta del Príncipe”, la muerte de Arroyito. Dice que al trasladarlo al presidio de la Isla de Pinos con otros cinco presos, entre ellos Julio Ramírez, fueron todos asesinados. Era el 28 de octubre de 1928. Mucho después, sin embargo, se aseguraba en algunos lugares de Cuba que Arroyito había muerto en Santo Domingo, que su hermana Marina había comprado su libertad. Dos de los seis presos asesinados en Isla de Pinos no pudieron ser reconocidos por tener las caras “desbaratadas... por los balazos”, y otro testimonio dice que “tenían los rostros hinchados y amoratados por las picadas de los insectos...” ¿Serían ésos unos infelices a quienes les hicieron ocupar el puesto de Arroyito y de su leal amigo Ramírez mientras éstos se embarcaban al extranjero, o sería ese rumor de la fuga parte de la leyenda del “bandolero sentimental”? Lo cierto es que después de la caída de Machado, el 28 de enero de 1934, la revista Bohemia publicó un artículo titulado “Viaje de Marina Arroyo, de los calabozos de la policía secreta a la región del misterio”, donde se afirma que Marina, para vengar la muerte de su hermano, había jurado dar muerte a Machado y al jefe de su policía secreta, el comandante Santiago Trujillo, y que éste la detuvo unos días y luego decidió embarcarla a las Islas Canarias, desde donde fue a Barcelona y otros lugares de Europa y Suramérica. Termina así este artículo: En estos momentos, en una modesta casa de Luyanó, la madre anciana y los hermanos, todos trabajadores, honrados, buenos y excelentes ciudadanos, esperan el regreso de la hermana que un día salvó la vida milagrosamente por querer vengar el asesinato de su hermano, una víctima más entre el millar que produjo en la población cubana la barbarie de una bestia insaciable, feroz, exterminadora, implacable: Gerardo Machado. ¿Sería verdad que Marina Arroyo había comprado la libertad de su hermano y la de Ramírez, y que poco después, con esa otra estratagema, se fue a reunir con ellos?
18 EN EL CURSO DE INTRODUCCIÓN A LA HISTORIA DE CUBA (1938), EN EL CAPÍTULO dedicado a “La Revolución” de 1933, afirmó Alberto Delgado Montejo: Desde la constitución de la República en 1902 hasta 1933, fecha del derrocamiento del gobierno de Machado, Cuba no había experimentado el sacudimiento de una revolución... Hubo, sí, rebeliones, sediciones, movimientos insurreccionales de tipo únicamente político, pero ajenos en todo a la satisfacción de las ansias y necesidades económico-sociales de las mayorías. De ahí la importancia que tiene ante nuestra historia la Revolución que culminó en el 12 de agosto de 1933... A partir del establecimiento de la República, todos los gobiernos que precedieron al de Machado contribuyeron, cada uno en su medida y de acuerdo con las circunstancias históricas de cada momento, a la creación de la culminación de ese proceso histórico antes indicado. En efecto: cada uno de esos gobiernos representa un paso hacia adelante en la manumisión de nuestras riquezas al extranjero, en el despilfarro administrativo, en la venalidad política y en el consiguiente desprestigio internacional... Además de las razones indicadas había síntomas socio-psicológicos que permitían un diagnóstico bastante acertado acerca de lo que más tarde habría de conducir a Machado a convertirse en un vulgar dictador. La infortunada reelección de Machado, producto de la reforma constitucional, apoyada por muchos políticos y gran parte del pueblo, trajo como consecuencia un mayor relajamiento de la moral ciudadana. La muerte de Julio Antonio Mella, el 10 de enero de 1929, en México, líder estudiantil, comunista, enemigo de Machado, marcó el fin del primer período del presidente. Meses más tarde, el 20 de mayo de ese año, se inició su segundo término. Las protestas contra los abusos del gobierno se centraron en la Universidad de La Habana, y en la manifestación del 30 de setiembre de 1930 la policía mató al estudiante Rafael Trejo, presidente de la Escuela de Derecho. En su libro La revolución del 33 dice Leonel Soto: El 30 de septiembre de 1930 es el punto de demarcación en el que se inicia una verdadera lucha nacional contra el machadato. Al encresparse la pequeña burguesía urbana, prácticamente, la generalidad del pueblo está en combate. Ya no es sólo la clase obrera y otros trabajadores y pequeños núcleos avanzados los que llevan el peso de la lucha. Ahora el país entero se lanza al ruedo. Ya no es cuestión de simpatías pasivas. Ahora todo el mundo quiere hacer algo. Las soluciones divergentes convergen en un punto: ¡Abajo Machado! “Cuando la policía se cansó de ser víctima [de atentados] y de que sus atacantes salieran libres, cambiaron las cosas. Entonces la policía empezó a matar”, escribió Alberto Lamar Schweyer en Cómo cayó el presidente Machado (1934). Y añade: El cubano es un pueblo de pasiones, lo que quiere decir que no es un pueblo con sentido arraigado de justicia. Heredó del español, que nutrió su sangre, el sentido cerrado y absoluto de la verdad personal y sólo cree justo, verdadero y digno de respeto aquello que lo es para él, sin conceder al contrario ninguna posibilidad de razón. Es por eso que entre nosotros la lucha política tiene un encono insospechado en otras razas. Lo propio, para el cubano, es absolutamente bueno, y lo que está en el bando opuesto es, fatalmente, absolutamente malo. Se impuso así la violencia en el gobierno y en la oposición. Entre 1932 y 1934 estallaron en La Habana cientos de bombas y petardos. El 8 de julio de 1932 ametrallaron cerca del Hotel Nacional al “experto” machadista Miguel Calvo. Como represalia el gobierno fue a buscar a los hijos de José Álvarez Pérez, quienes conspiraban contra Machado. Los llevaron a la cárcel del Castillo de San Severino, en Matanzas, pero poco después los sacaron para matarlos en la carretera de Agüica; el parte del gobierno decía que el ejército había tenido un encuentro con una partida de “salteadores y ladrones”, de los que habían muerto tres (a la caída de Machado, a los militares que estaban presos en el mismo lugar por el asesinato de los hermanos Álvarez, los llevaron a Agüica y allí también los ultimaron). La oposición llevó a cabo un atentado contra Clemente Vázquez Bello, presidente del Senado y muy amigo de Machado, quien, para vengar su muerte hizo que un grupo de policías fuera a la casa de los hermanos Freyre de Andrade, también enemigos del régimen, y a los tres los asesinaron; y días más tarde, después de torturarlo, le dieron muerte al joven estudiante, de 17 años, Juan M. González Rubiera. La mayor parte de esos crímenes del gobierno los llevaba a cabo la llamada Partida de la Porra, la cual estaba dirigida, dice Gerardo G. Castellanos en su Panorama Histórico (1934) “por los más célebres bandoleros, politicastros y policías ‘distinguidos’“; y añade el mismo historiador sobre un mal que no se conocía en el país y que aún tiene presencia en él: El gobierno animó a las autoridades a fomentar en la masa nacional criolla el letal espíritu del espionaje y la delación, procurando, por medio del soborno, en múltiples formas, crear un ambiente de angustia en todos los rincones... Para el logro de ese propósito, igual a los días del predominio inquisitorial en Europa, nombraron miles y miles de agentes secretos, confidentes de todas clases, niños, mujeres, ancianos, hasta chinos y polacos y peninsulares, cocineros, choferes, simuladores, mendigos, criados. Nada escapó al sabueso oficial. Había confidentes entre los empleados públicos, entre los policías, los militares, y marinos, conductores y comerciantes. Las paredes oían como micrófonos. Cualquier frase se retorcía de modo tal que daba motivo a un encierro en La Cabaña o el Castillo del Príncipe o Isla de Pinos... La desconfianza, la malicia, la suspicacia, y el temor debilitaron el puro sentimiento humanitario; resquebrajó la amistad entre compatriotas; hizo desconfiar del que se nos aproximaba, creando un doloroso morbo de recelo... A LA CAÍDA DE MACHADO, EL 12 DE AGOSTO DE 1933, SE RECOGIÓ LA COSECHA sembrada por la soberbia y la violencia. El pueblo castigó a los culpables que no pudieron escapar. Cuenta en su libro Lamar Schweyer, testigo de la tragedia: Todos los instintos de la plebe se pusieron de manifiesto. Cuando los grupos de saqueadores fueron tantos que no quedaba el camino libre a los que se formaban después, éstos se dedicaron a la matanza como a un deporte bárbaro. En una hora la ciudad se llenó de sangre y de cenizas... El frenesí estaba en aquella hora en su climax. Los muertos, después de ser arrastrados, quedaban abandonados en las calles, rodeados de perros que lamían la sangre coagulada, cubiertos de fango, de piedras y de insectos... “Se impuso el desorden”, recordó Emeterio Santovenia en la Historia de la Nación Cubana, y añadía: El espíritu de venganza y el anhelo de sanción se manifestaron en saqueos, incendios y destrucción de propiedades de gobernantes y políticos derrocados, en más de un caso sin ningunas razones. Las principales poblaciones de la Isla fueron teatro de excesos de que no existían precedentes insulares... Las extralimitaciones del régimen de Machado habían llevado en sí el peligro de interrumpir las sucesiones constitucionales de los gobernantes por elección. Y a esto habían llegado. La profunda perturbación suscitada por los que mandaron hasta el 12 de agosto de 1933 tuvo correspondencia en el desbordamiento de las pasiones que estremecieron a la Nación como nunca la habían estremecido, bajo el signo de la revolución triunfante. En un análisis que hizo Marcelo Pogolotti de la novela El acoso (1956), de Alejo Carpentier —en la que un combatiente contra Machado denuncia bajo tortura a sus compañeros, cuyos amigos al final matan al delator—, resume la evolución de la violencia en esa época; dice en La República de Cuba a través de sus escritores (1958): Los últimos años de la dictadura de Machado, los más atroces y lóbregos, engendraron una morbosa excrecencia social que aún no ha sido posible extirpar: la de los llamados grupos de acción. Si bien este pertinaz cáncer se incubó al calor de la desesperada necesidad de encontrar un medio de socavar y subvertir un régimen que hundía inapelable y progresivamente al país en la opresión y el hambre, sin otra salida factible; la táctica terrorista perduró hasta mucho después que cesaron los imperativos que habían justificado su eclosión. Las organizaciones de abnegados estudiantes y jóvenes decididos a destrozar los cimientos de un gobierno nefasto por medio de atentados dinamiteros y a mano armada, poco a poco se metamorfosearon, a partir de la caída del déspota y de los sucesivos gobiernos de fuerza que la siguieron a la sombra de Batista, en vulgares pandillas de bandoleros que aspiraban a vivir del presupuesto. Estos degenerados descendientes criminales no conservaban de sus nobles predecesores otros rasgos que un arrojo desnaturalizado a la par que un tanto mitigado y una fraseología política vaciada de contenido hasta rayar en lo grotesco. Sus sangrientas fechorías de la última etapa beneficiaría de una indulgencia que, so color de democracia, no dejaba de ser criminal. Los audaces ataques a los patibularios agentes del tirano que gozaban del respaldo de una poderosa maquinaria armada sin paragón al sur del río Grande, se trocarían en simples asaltos arteros a miembros aislados de pandillas rivales. Más cerca de los acontecimientos comentó Gerardo Castellanos: “La agitación revolucionaria de los sectores no había cesado. Seguían nuevas radicales aspiraciones. Predominaba la nota de inquietud, descontento político... Nunca jamás había existido tal ansia bélica de matar y portar armas, disparar, castigar, no trabajar, beneficiarse con el triunfo...” Los grupos que hasta entonces habían perseguido un objetivo común se enfrentaron uno contra otro. No se ponían de acuerdo. Reinó la discordia y la indisciplina, quizás uno de los defectos mayores del cubano. Ya lo había señalado un despierto militar americano durante la Intervención. En un artículo de Ramón A. Catalá publicado en El Fígaro el 22 de marzo de 1925, y recogido después en la Antología de Periodistas, que editó Rafael Soto Paz en 1943, se lee: Durante la primera Intervención americana en Cuba hubo un gobernador en la provincia de La Habana, llamado Mr. [William] Ludlow, que tuvo la sagacidad de conocer el carácter de los cubanos con una maravillosa rapidez. Apenas subió a la casona de la calle Aguiar, en donde estaba instalado el Gobierno Provincial, se dio cuenta de qué clase de gente éramos los cubanos. No desconoció nuestras buenas cualidades, y las proclamó con lealtad. Entre las malas citaba el flamante gobernador el espíritu indisciplinado del cubano. Otra mácula nuestra muy frecuente: no respetar los acuerdos de las mayorías, lo que él llamaba la “discordancia” del cubano. “Si veo que están hablando dos cubanos”, decía, “me acerco a ellos, por curiosidad, para confirmar que ninguno de los dos se aviene a la opinión del otro”. Esa “discordancia” de que habló el general Ludlow, sumada al culto de la violencia, que dominaba el país desde la colonia, explica buena parte de nuestra historia, muy en particular de los años que siguieron al golpe de Estado del 4 de setiembre. El crimen, las venganzas, los abusos, el robo, la guapería, el pandillaje, todas las prácticas de los bandoleros de antaño, y de no pocas autoridades y de miembros de la sociedad, se generalizaron escogiendo como escenarios preferidos los centros docentes, desde los más humildes hasta la Universidad de La Habana. Quizás ningún vocablo resume mejor buena parte de la compleja personalidad de ese tipo de delincuente, desde el bandolero hasta el gángster, y del gángster hasta el tirano, que el criollismo “cheche”, de origen africano, según el Glosario de Afronegrismos (1924) de Fernando Ortiz, quien describe el personaje como el “bravucón, majafierros, bravero, matón entre los matones”; es una palabra, según Ortiz, de origen lucumí, derivada del verbo “che”, que quiere decir, “conquistar, vencer, sojuzgar, castigar...”, la cual, repetida, forma el sustantivo: “Según esta etimología, cheche significaría: vencedor, conquistador, ofensor, delincuente, conceptos que exactamente corresponden todos ellos a los guapetones”. Así, el de mayor jerarquía habría de ser una especie de “cheche máximo”.
AL DÍA SIGUIENTE DE LA CAÍDA DE MACHADO, CON EL APOYO del ejército, tomó posesión como presidente de la República Carlos Manuel de Céspedes, hijo del “Padre de la Patria” y antiguo coronel del Ejército Libertador, pero el golpe del 4 de setiembre lo depuso pues no gustaba a los sargentos, cabos y soldados, con Batista a la cabeza, que tomaron el poder. Impusieron éstos el gobierno de cinco civiles al que siguió días después la presidencia de uno de ellos, Ramón Gran San Martín, profesor de la Universidad. El 15 de enero de 1934 depuso Batista a Grau, al que sustituyó el ingeniero Carlos Hevia, quien fue presidente sólo una horas, pues no gustaba a Washington. Empezó entonces el gobierno del coronel Carlos Mendieta, quien se había distinguido en la lucha contra el machadismo, y Batista desarrolló una campaña de violencia oficial contra la violencia revolucionaria la cual recurría a atentados personales, asaltos y secuestros: una de las pérdidas más lamentables fue la muerte de Antonio Guiteras (fundador de la Joven Cuba y Secretario de Gobernación en tiempos de Grau San Martín) el 8 de mayo de 1935, cuando se disponía a abandonar el país para organizar una expedición desde el extranjero que habría de rescatar de las manos de Batista el proceso revolucionario, democrático, civil y antiimperialista que se había traicionado. Una carta pública de Eddy Chibás a Carlos Mendieta, de mayo de 1934 resume buena parte de lo sucedido en Cuba y que habría de continuar: el cambio de gobernantes sin cambiar las malas costumbres: la violencia, el abuso del poder: hijos todos del bandolerismo. “Ahora usted usa de las ametralladoras”, le decía el líder estudiantil. Ahí radica el mal: se hereda la “ametralladora” y se pone al servicio de quien quiere mantenerse en el poder. Escribió Chibás en esa carta que en su fecha publicó Bohemia: El día de su designación para la Presidencia por la tropa reunida en asamblea en el Campamento de Columbia, convino usted con nosotros [los estudiantes] en que sólo un gobierno revolucionario formado por las figuras más representativas y prestigiosas de la revolución y no un descarnado cooperativismo de nueva factura como el actual, podría rescatar la autoridad civil y restablecer la paz y la normalidad políticas... y añadió que si algún día era gobierno, antes se daría un tiro en el corazón que permitir que se eclipsara la libertad o se derramara sangre estudiantil. Nos rogó usted que le señaláramos siempre sus errores con absoluta sinceridad. Hoy, coronel, voy a complacer su ruego de aquel día, recordándole sus juramentos fallidos y señalándole sus errores... Me separé del gobierno de Grau por lealtad a mis convicciones y principios, violados por los desmanes y pillajes de la soldadesca contra los cuales usted y sus actuales colaboradores protestaban entonces, y veo ahora, con asombro, que los ardorosos protestantes de ayer, que los que censuraban rudamente, hacen causa común con los asesinos de Mario Cadenas [estudiante de 19 años que fue torturado antes de matarlo, a quien acusaban de haber puesto una bomba]... Ahora usa Ud. las ametralladoras. Si las protestas estudiantiles justifican las represiones sangrientas de los gobiernos, bien muertos están Trejo, Alpízar, Rubiera, Pío Álvarez, Fuertes Blandino, etc., porque la provocación de ellos al gobierno de Machado fue algo mayor que la provocación de los muchachos del Instituto al gobierno de usted... Si usted continúa aplicando sistemáticamente los procedimientos de Machado, si usted continúa calcando admirablemente sus actos sangrientos será menos, mucho menos, disculpable que él, porque usted subió al Poder envuelto en el manto de la libertad y en nombre de la revolución... La pena que sintió el país por lo que señalaba Chibás, y los trastornos sociales, políticos y morales que trajo Batista (unido después de Mendieta con José A. Barnet, en 1935; con Miguel Mariano Gómez, en ese mismo año; con Federico Laredo Bru, en el siguiente, a quien reemplazó en el cargo el propio Batista por las elecciones generales de 1940), trajeron como una de las consecuencia más lamentables, dentro de lo que interesa en este libro, al llamado bonche universitario. Al igual que los otros excesos producto de la ambición y de la bravuconería, y de todo tipo de inmoralidades administrativas, no fue el bonche más que una derivación de las variadas manifestaciones del bandolerismo que había padecido Cuba. De hecho hasta el término tiene la misma raíz que la palabra bandolero.”Bonche” viene del inglés “bunch”, que significa grupo, y éste del francés antiguo “bonge” que era propiamente varias cosas unidas, como las bandas que formaban los delincuentes para sus fechorías. La técnica era semejante: el bonchista como el bandolero, para lograr sus fines, usaba la agresión y la violencia sumadas a la guapería y la amenaza; al caballo como medio de transporte lo había sustituido el automóvil, y su escenario era urbano, no rural. Antes se buscaba dinero, y la víctima era quien lo poseía; luego fue el poder lo que se buscó, y la consigna se redujo a tomarlo de quien asimismo por la fuerza lo detentaba. El botín era la influencia política, las botellas, los puestos públicos; y en los centros educacionales, el control de las asambleas estudiantiles, la imposición de catedráticos y el logro de notas y títulos. Aunque en realidad el bonche no nació propiamente en la Universidad, sino que se origina en algunos institutos de Segunda Enseñanza, particularmente en el de la Víbora y de La Habana, es en el recinto universitario donde adquiere toda su fuerza. Con el propósito de adecentarlo asumió el cargo de jefe de la policía universitaria el profesor Ramiro Valdés Daussá, quien había perdido dos hermanos en la lucha contra Machado. En el discurso que pronunció ante la tumba del estudiante Rafael Trejo, recordando su muerte, denunció al bonchismo y a los profesores que lo amparaban; les advirtió: ... Sepárense de esta tumba los que no quieren a Cuba, los que traicionan a la Universidad o son enemigos de la Revolución... Apártense los piratas, los ladrones de títulos, los corsarios de la ignorancia, futuros rompehuelgas, mercenarios, firmones, reservistas vendidos al amo de turno... A los que traicionaron la Revolución que no hicieron y que sólo conocieron para traicionarla y ponerla al servicio de su estómago insaciable; a los militaritos que se auparon sobre el esfuerzo de los dignos y valientes que cayeron, que esperaron en el anónimo seguro, y aún en las protegidas filas del enemigo la oportunidad de dar su salto de coyotes hambrientos, a los logreros y advenedizos de la Revolución, no los conmino a que no vengan aquí; nunca han venido ni vendrán porque los muertos no tienen puestos, botellas, gastos secretos y negocios que ofrecer, y nada les interesa enaltecer la gloria ajena, ni aun la suya propia, a los gangsters del erario público. Ellos son los enemigos naturales de la Revolución y de Cuba, los enemigos irreconciliables de Trejo... Ante tan poderoso enemigo el bonche, que en cierta forma estaba amparado por la policía de Batista, decidió eliminar a Valdés Daussá, y lo asesinaron el 15 de agosto de 1940. Un mes más tarde, en un artículo de Manuel Bisbé, titulado “La Universidad y la muerte de Valdés Daussá”, que se toma aquí del libro de Niurka Pérez Rojas, El movimiento estudiantil universitario de 1934 a 1940 (1975), se lee: “En la Universidad se mantenía un estado de perturbación y violencia por un grupo de estudiantes que invocaba constantemente una condición de revolucionarios cuya actuación negaba. Este grupo llegó a pesar fuertemente en la vida universitaria. A sus miembros se les utilizó como cuerpo de choque con propósitos políticos por profesores y estudiantes. Se jactaban de ganar sus asignaturas mediante el fraude o la complicidad de profesores débiles. Influyeron en decisiones de cátedras. En las lides estudiantiles implantaron la línea del matonismo en grupo. Se les temió y se les utilizó...”
Por su parte, en una conferencia de Raúl Roa en el teatro La Comedia, de La Habana, en 1940, conmemorando la muerte de Trejo, recogida luego, con el título “Paso al frente contra el bonchismo”, en su Retorno a la Alborada (1964), dijo sobre nuestro asunto: Precisa dejar definitivamente sentado que el bonchismo no cayó del cielo, ni tiene génesis reciente, ni es privativo de los estudiantes, ni de los centros de enseñanza. Nació en 1934, en el Instituto de La Habana. No fue entonces, ni por su estructura ni por sus componentes, lo que habría de llegar a ser después: pero nadie podrá negar, honradamente, su política impositiva... Esta fase inicial del bonchismo tuvo un carácter subrayadamente político: constituyó una tropa de choque contra los estudiantes antiimperialistas. En su fase última, nacida en 1937, el bonchismo asumió una expresión de matonismo y desvergüenzas al servicio de sus usufructuarios.
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