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El "gatillo alegre"

EL GANGSTERISMO COMPARTIÓ EL ESCENARIO NACIONAL CON EL BONCHE. El gángster era otro hijo del bandolero y, de nuevo, su pariente etimológico, pues la palabra “gang” en inglés quiere asimismo decir banda o grupo de personas. La sicología colectiva explica el por qué se forman esos grupos y cómo en ellos se magnifican la ferocidad y la barbarie de los individuos que los componen.

Al igual que el bonche, el gangsterismo en Cuba no ha sido estudiado con la atención que merece. Ni tampoco se ha estudiado la relación que existió entre el gangsterismo de Cuba y el de los Estados Unidos. Del “trigger happy” al “gatillo alegre” había muy poca diferencia en objetivos y medios: siempre reducir la competencia eliminando al competidor. Se hizo el de Norteamérica famoso en los años 20 cuando surgieron las pandillas interesadas en controlar la fabricación y la venta ilegal de bebidas alcohólicas. En Nueva York y Chicago se produjeron, entre 1920 y 1930, más de 2 mil muertes por luchas entre las pandillas. Y también, como en Cuba, los gangsters lograron la protección de autoridades y políticos venales, y con frecuencia contaron con el favor de buen número de pacíficos ciudadanos.

Bajo el mando de Fulgencio Batista, entre 1933 y 1944, o como consecuencia de él, se entronizó el gangsterismo en Cuba. Quizás el nacimiento de esta nueva etapa de violencia se puede situar en 1934, durante el gobierno de Carlos Mendieta, con la matanza de los abecedarios el 17 de junio de ese año, y el atentado contra el propio presidente Mendieta. El robo al tesoro público crecía en igual proporción que la violencia. En la primera página de la biografía del famoso gángster Meyer Lansky, escrita por Hank Messick con el título Lansky (1971), se lee: “Lansky tiene una fortuna personal de 300 millones de dólares. Lansky se ha librado de seis acusaciones de asesinato, y ha sobrevivido a muchos de sus más cercanos asociados: Bugsy Siegel, Lucky Luciano, Fulgencio Batista”.

El pandillaje local, sin embargo, no se redujo al terminar el primer gobierno de Batista en 1944, sino que más bien se acrecentó durante las administraciones de Grau San Martín y de Carlos Prío. Desde el robo del brillante del capitolio, en marzo de 1946, que apareció luego en la mesa del presidente, hasta el robo a fines de 1949 de cerca de 40 millones de pesos que debieron incinerarse en el Ministerio de Hacienda, cundía la delincuencia. Carlos Márquez Sterling resume la actividad del gangsterismo durante el gobierno de Grau: dice en su Historia de Cuba (1969):

El pandillero se convirtió en concepto de ciertos estratos sociales ajenos a toda filosofía política, en un agente de buen gobierno, que no había vivido antes al margen de la ley por ser gángster, sino por estar perseguido por las dictadura y las injusticias sociales... [Al presidente Grau] se le ocurrió la descabellada idea, para destruirlos [los diversos grupos de acción], de echarlos a pelear entre sí, ingresando en la Policía a miembros de organizaciones rivales que se disputaban el predominio de la violencia y soñaban con asaltar el Poder en cuanto se les presentara la oportunidad.

Hugh Thomas en Cuba or the Pursuit of Freedom (1971) resume la época con estas palabras:

La corrupción coincidía con la violencia. Los diversos grupos políticos de acción, cuyo origen se produjo en la lucha contra Machado y en la revolución entre 1933 y 1934, habían perdido casi toda su razón ideológica aunque proclamaban sus programas básicos. Cuando Grau subió al poder había por lo menos diez grupos políticos gangsteriles (“political semi-gangster groups”), casi todos producto de desavenencias en grupos de izquierda...

Los más importantes habrían de ser Acción Revolucionaria Guiteras, controlada por Eufemio Fernández y Jesús González Cartas, alias El Extraño; el Movimiento Socialista Revolucionario, fundado por Rolando Masferrer y el líder estudiantil Manolo Castro, quienes contaban con el apoyo de Mario Salabarría; y la Unión Insurreccional Revolucionaria, dirigida por Emilio Tro. Grau en 1946 hizo jefe de la policía de La Habana a Fabio Ruiz, del primer grupo; a Manolo Castro, un poco antes, Director de Deportes; a Mario Salabarría jefe del Buró de Investigaciones; y a Emilio Tro Director de la Escuela de Policía.

La idea de incorporar en el gobierno al hombre de acción, para de alguna manera controlarlo, había sido probado en la Grecia moderna; según el estudio hecho por John S. Koliopoulos en Brigands With a Cause; Brigandage and Irredentism in Modern Greece (1821-1912) (1987),

...incapaz de dominar la violencia, el Estado griego trató de controlar la de los grupos ilegítimos por dos caminos generalmente más aceptables: la recuperación de territorios perdidos (“irredentist activity”) y la incorporación de los bandoleros en unidades paramilitares las cuales daban la apariencia de un ejercicio legítimo de autoridad no estatal, y que al mismo tiempo convertían sus actos en algo menos peligroso para la estabilidad de la nación.

Cuba, sin embargo, no tuvo tanta fortuna como Grecia al integrar sus grupos de acción en las filas del gobierno; sobre esa experiencia seguía diciendo Márquez Sterling:

Los resultados fueron nefastos. En zafarrancho de combate las pandillas se atacaron a tiros y a cañonazos, y salieron a la calle los tanques y los artilleros del capitán [coronel] Landeira, en aquel macabro espectáculo del Reparto Orfila... Se persiguió a los legisladores de la oposición y se llevaron a efecto cientos de atentados y asaltos personales, uno de los más dolorosos, aquel en que perdiera la vida un hijo del doctor Martínez Sáenz, que, al salir del Miramar Yacht Club fue tiroteado por las bandas de El Manquito [Abelardo Fernández], que contaba en su haber una buena zafra de muertos.

El episodio del reparto Orfila sucedió por los días del más viejo antecedente en Cuba de lo que llama “internacionalismo proletario” el marxismo-leninismo: la intervención armada de un país en otros. Era el equivalente de la “irredentist activity” que practicaron lo griegos con sus bandoleros para reducirlos como amenaza y entretenerlos en actos de violencia. La hermandad tradicional de Cuba con la República Dominicana hacía causa común para el derrocamiento de la dictadura de Trujillo a fin de establecer en el país un gobierno democrático. Fue la aventura de Cayo Confites, organizada por el Ministro de Educación de Grau, José Manuel Alemán: se iba a invadir Santo Domingo con grupos de exiliados dominicanos, además de hombres de acción y gangsters cubanos: Manolo Castro, Eufemio Fernández, Rolando Masferrer, Fidel Castro, entre muchos otros de nombre. La presión de los Estados Unidos obligó al gobierno de Grau a suspender la empresa, y los complotados volvieron a sus antiguas actividades.  


Fulgencio Batista, rodeado de los militares con los que dio el Golpe de Estado el 4 de septiembre de 1933, abraza a Ramón Grau San Martín.

Muchos formaron parte después, durante el gobierno de Carlos Prío, de la Legión del Caribe, un grupo parecido al anterior, también con el propósito de intervenir y hacer revoluciones antiimperialistas y democráticas en varios países de la América Latina. Esas semillas iban a dar su fruto al establecerse el gobierno de Fidel Castro, quien muy pronto empezó a organizar expediciones armadas desde la isla. Luego, por el artículo 12 de su Constitución, en 1976, se consagró como “deber” el ayudar los movimientos revolucionarios en el extranjero. El énfasis cubano en esa actividad es único entre las constituciones socialistas, como demostró Linda B. Klein en su estudio sobre “The Socialist Constitution of Cuba”, publicado en 1978 en el Columbia Journal of Transnational Law, donde dice que

... el internacionalismo [proletario] es el asunto central del artículo 12, el cual contiene la retórica más violenta de todo el texto [constitucional]... En su énfasis provocativo sobre la actividad revolucionaria [internacionalista], el tratamiento que hace esta Constitución es distinto de las lacónicas declaraciones en apoyo de las luchas de liberación nacional... en las Constituciones de Europa del Este y la de la Unión Soviética. Para los cubanos hay un deber internacionalista de ayudar las revoluciones extranjeras, mientras la Constitución Soviética, de 1977, en su artículo 69, el deber es el de promover la amistad y la cooperación con otros pueblos. El artículo 12 de la Constitución cubana parece darle autoridad y permanencia constitucional a las política intervencionista que ha seguido el gobierno desde 1960... Este extenso artículo parece reflejar el papel activo [de Cuba] como protector los movimientos revolucionarios que ha cultivado el gobierno de Castro.

La fácil victoria sobre la dictadura, en 1959, les hizo pensar a Castro y a los suyos que toda la América Latina, y aun África, sucumbiría ante la técnica de las guerrillas que copió Ernesto Guevara de Mao, y de las 150 preguntas para un guerrillero, de Alberto Bayo, el entrenador en México de los expedicionarios del Granma. Y se empezaron a preparar grupos de guerrilleros para invadir varios países de la América Latina. Luego, ya al amparo del hegemonismo de la Unión Soviética, se activaron en Cuba las “misiones” a países que les despertaba la lujuria internacionalista. Cada vez que disminuyó la presión norteamericana para reducir el espíritu aventurero de los dirigentes cubanos, crecía su intervencionismo: cuando en 1975 el representante de los Estados Unidos votó en la OEA para suprimirle las sanciones que se le habían impuesto en 1960 al gobierno de Castro, y cuando en ese mismo año se suspendió la restricción de comerciar con Cuba, que tenían los representantes en el extranjero de compañías norteamericanas, en octubre, se inició la masiva intervención militar de Cuba en Angola; cuando en 1977 los Estados Unidos suspendieron los vuelos de reconocimiento sobre la isla, y permitieron viajar a Cuba a ciertos ciudadanos norteamericanos, y tanto el gobierno de La Habana como el de Washington establecieron contactos diplomáticos con la apertura de una “Sección de Intereses” en esas capitales, se aumentó, en el mes de mayo, el número de soldados cubanos en Angola y poco después empezaron a llegar a Etiopía también tropas cubanas; cuando en diciembre de 1978 el Departamento de Estado hizo un documento titulado “U.S. Policy Towards Cuba”, en el que se recomendaba el reestablecimiento de relaciones diplomáticas con la isla, en función de los “adelantos importantes” que se habían logrado con la política de paz seguida con Castro, se intensificó de manera alarmante el intervencionismo de Cuba en Centroamérica, y para intimidar a Washington, Castro añadió a su Fuerza Aérea aviones soviéticos MIG-23 capaces de llevar bombas atómicas. Fue ése el resultado de la política del presidente Jimmy Carter, quien no se daba cuenta de que las pequeñas concesiones de Castro eran producto de la presión sobre él, y no señales de paz por su parte.

Esa época ilustra parte de la sicología del bandolerismo: aprovecharse de toda ocasión en que baja la guardia el enemigo, a fin de tener algo más para negociar si hay que pactar con él. El programa “internacionalista” se resumía en esta consigna: “El deber del revolucionario es hacer revolución”, y no había escenario mejor para hacerla que en países inestables y débiles, con gobiernos sin mayor arraigo popular. Además, el “revolucionario”, entendido en ese contexto, no sabe otra cosa que “hacer revolución”, al igual que el gángster o el bandolero que no renuncia el oficio, lo que sabe es matar y destruir, no administrar. Por eso Fidel Castro, quien no ha podido superar su etapa de pandillero, a pesar del disfraz y sus pujos de redentor, sólo tiene éxito en sus empeños de bravuconería y de violencia.

Ante la intervención de Cuba en varios países de Latinoamérica, a principios del gobierno de Castro, cundió la alarma en los Estados Unidos y se propusieron eliminarlo para detener su peligroso aventurismo, y Castro, con su saber de gángster, madrugó a Kennedy, y se terminaron las actividades encubiertas del gobierno norteamericano contra Cuba. Según le confesó un año antes de su muerte el presidente Lyndon B. Johnson a la periodista Marianne Means, a quien cita Daniel Schorr en su artículo “The Assassins”, en el New York Review of Books (13 de octubre de 1977), el culpable de la muerte de John F. Kennedy actuó “o bien bajo la influencia o por las órdenes de Castro”; extremo que han confirmado, entre otros, el general Alexander M. Haig, asesor militar de Kennedy, de Johnson y de Nixon, además de Secretario de Estado en tiempos del presidente Reagan, entre 1982 y 1984: en su libro Inner Circles; How America Changed the World (1992); hablando de ese asunto, dijo: “El hecho es que Lyndon Johnson creía entonces, y lo creyó hasta el día de su muerte, que Fidel Castro estaba detrás del asesinato de John F. Kennedy”; y en una entrevista del 29 de diciembre de 1997 con la ABC, repitió: “Yo sé que hasta el día de su muerte, el presidente Johnson estaba convencido que Castro, como represalia, por las acciones encubiertas que se habían tomado contra su gobierno, asesinó al presidente Kennedy” (Transcripts, ABC News, Internet). Por su parte el biógrafo de Johnson, Joseph A. Califano, Jr., afirma en su libro The Triumph & Tragedy of Lyndon Johnson; the White House Years (1991) que Johnson le dijo: “El presidente Kennedy trató de eliminar a Castro, pero primero Castro eliminó a Kennedy”.

Poco antes de la muerte de Kennedy, el 22 de noviembre de 1963, Castro había amenazado tomar represalias contra las autoridades norteamericanas: el 7 de setiembre hizo unas declaraciones en la Embajada del Brasil, en La Habana, donde dijo a un repórter de la Associated Press: “Estamos listos para luchar contra ellos con sus propias armas. Los gobernantes de los Estados Unidos deben tener presente que si siguen promoviendo planes terroristas contra los líderes cubanos, ellos no estarán a salvo de represalias similares” (“They thmeselves will not be safe”). Con esas palabras salió publicada la amenaza en el Times-Picayune, de Nueva Orleans, donde el fanático castrista Lee Harvey Oswald pudo leer el mansaje y disponerse a cumplir los deseos de su héroe. Era la respuesta natural del bandolero, tan frecuente en su mundo, de eliminar el peligro eliminando al enemigo, razonamiento del que, por su parte, no había sido ajeno a John F. Kennedy ni a su hermano Robert.

RESPECTO AL GANGSTERISMO ANTES DEL 10 DE MARZO DE 1952, ESCRIBIÓ Portell Vilá en La Nueva Historia de la República de Cuba:

¿Cómo podía ser que el gangsterismo político respetase a los gobernantes de turno si de ellos obtenían las ventajas económicas y demás gajes que les permitían vivir bien? Esos gobernantes de turno los protegían desde el poder, pero de ellos se esperaba que no recurriesen al magnicidio. Por lo general los crímenes eran entre gentes de medio pelo, burgueses, hombres de negocios y, por supuesto, los otros estudiantes y gente joven, la del “gatillo alegre”. Batista, Grau San Martín y Prío Socarras eran los principales padrinos del gansterismo político.

Al tomar Carlos Prío posesión de la presidencia, con otras medidas que podrían beneficiar el país, se comprometió a luchar contra el gangsterismo. Jorge Mañach desde el Diario de la Marína, el 13 de octubre de ese año de 1948, tres días después de escuchar el Mensaje presidencial a la Cámara y al Senado, en un artículo que tituló escéptico “Veremos”, comentaba:

Ya en Cuba no creemos mucho en palabras. Al gobierno de Prío se le ha abierto un ancho crédito. ¿No hemos hecho lo mismo con todos los gobiernos? La capacidad de ilusión del pueblo cubano es inagotable. Nuestro primer movimiento es siempre de confianza en el prójimo, y solemos necesitar mucho descalabro para sentirnos defraudados. La experiencia, sin embargo, nos va enseñando, y después de todo lo que hemos visto en Cuba, ya uno no puede hacer mucho más que encenderle una vela al santo favorito y decirse por lo bajo con sobria expectación: “Veremos”.

Poco después aprobaron la Cámara y el Senado la Ley contra el Gangsterismo. Con ella se prohibía portar armas sin licencia, y a la policía se le dio mayor libertad para hacer cumplir la Ley, pero, como sigue diciendo Portell Vilá, sobre esa medida, en su Historia:

Los pistoleros sabían que no había voluntad ni resolución para hacer cumplir las leyes. Los atentados dinamiteros se multiplicaban y los terroristas se robaban de los muelles los explosivos importados legalmente... El año 1949 comenzó con una serie de secuestros, asesinatos y fugas de cárceles por los pistoleros, que escandalizaron a la nación. La Federación Estudiantil Universitaria, infiltrada por los “gángsters”, también daba noticias a la “crónica roja” con más actos de violencia...

En una ocasión la policía llegó hasta entrar en el recinto universitario, violando así la autonomía de que disfrutaba, con el fin de ocupar armas almacenadas en la Escuela de Ingenieros Agrónomos y de arrestar a un buen número de pandilleros que allí se habían refugiado. Aún no tenía un año el gobierno de Carlos Prío en el poder. A raíz de ese acontecimiento, en setiembre de 1949, escribió Raúl Roa un trabajo titulado “La Universidad y el gansterismo”, que también aparece recogido en su Retorno a la Alborada; dijo allí:

... Ni el gangsterismo cayó del cielo, ni es de data reciente. La primera manifestación de esa patológica desviación de la conciencia social fue la porra de Machado... Desde el 12 de agosto de 1933 [con la caída de Machado] comenzó a proliferar, insidiosa y velozmente, en todos los “grupos de acción” y en algunos planteles de enseñanza, principalmente en el Instituto número 1 [de La Habana]. Fulgencio Batista utilizó el gansterismo a su gusto y conveniencia, para desacreditar el movimiento popular y restarle beligerancia a la protesta estudiantil contra los crímenes y robos de su omnímodo mandarinato durante once años. El profesor Ramiro Valdés Duassá fue víctima de esos torvos manejos. Grau San Martín azuzó, en provecho propio, en escala sin precendente, la guerra de pandillas. Y, bajo el gobierno de Prio esa guerra aún persiste y los gangasters son apañados y protegidos por quienes debían cortarles el suministro y ponerlos a buen recaudo. En la policía nacional hay oficiales que tienen las manos manchadas con la sangre, todavía fresca, de jóvenes asesinados a mansalva...

No pretendo, en modo alguno, eximir a la Universidad de las responsabilidades que le atañen. Es de todos conocido que, en los últimos años, nuestro más alto centro docente ha sido guarida y bastión de las gavillas en pugna. A muchos caballeros del gatillo alegre se les ha solido ver en la plaza Cadenas luciendo altaneramente su impunidad y su sevicia y fraternizando, en ocasiones, con algunos de las más caracterizados dirigentes de los estudiantes...

Así los atentados se sucedieron: entre otros, a Manolo Castro, a quien acusaban de la muerte en la Universidad de Raúl Fernández Fiallo; a los estudiantes Gustavo Adolfo Mejía Maderne, y Justo Fuentes, éste de la Unión Insurreccional Revolucionaria, inseparable compañero de Fidel Castro; al líder comunista Aracelio Iglesias; al general Ruperto Cabrera, Jefe del Estado Mayor; al Representante Rolando Masferrer. Entre los pandilleros, la regla era: “La justicia tarda, pero llega”, que más bien debiera decir “la venganza” y no la justicia, pues siempre había una del castigador y otra de la víctima quien siempre encontraba quien lo vengara. Y había corrupción a todos los niveles, y contrabando de drogas. Y la ley era inoperante: arrestaron al más notorio de los gangsters del autenticismo, a Policarpo Soler, pero, como Arroyito, se escapó de la cárcel y aspiró a un cargo electivo.

El 3 de febrero de 1952 publicó Francisco Ichaso, en el Diario de la Marina, un artículo titulado “Bajo el signo de Policarpo”, figura que resume aquellos días en que, crecido el gangsterismo y el peculado, le dio otro pretexto a Batista para derrocar el gobierno de Prío y establecer la dictadura; decía:

Que Policarpo es una figura nacional es cosa que ya nadie discute. Sólo a un personaje de tal envergadura se le hacen entrevistas de primera plana, con gran lujo de ilustraciones y cintillos... Policarpo es algo más que un criollo temerario, acostumbrado a tomarlo todo “revolucionariamente” y con un buen puñado de amigos en todas las capas sociales. Policarpo es un producto de la desviación revolucionaria y por lo tanto el símbolo aparatoso, dinámico de una enfermedad que la República viene padeciendo desde hace años. Policarpo es la supervivencia innecesaria, morbosa de una época en que la juventud cubana se vio compelida a actuar por sí misma contra regímenes que desconocían las instituciones y las leyes. Aquellos polvos de la acción directa, de los atentados callejeros, del terrorismo, trajeron estos lodos. La debilidad de los gobiernos revolucionarios ha consistido en tolerar esos apéndices, esos flecos anacrónicos de la parte más escabrosa de la revolución. Policarpo es la imagen de la ilegalidad vigente en una época de legalidad. Puede vivir así, con su estilo propio, con su garbo pintoresco, colocando pasquines en Matanzas, aspirando a un acta de representante, dando entrevistas a la prensa, brindando protección a las gentes, actuando como presidente de una república enquistada en la oficial y que se permite enfrentarse con las leyes y las autoridades, no porque sus amigos del pueblo lo protejan y apañen, que esto es sólo un aspecto de su fábula, sino porque hay políticos influyentes, tanto del gobierno como de la oposición, que están dispuestos a encubrirlo cuando se halla fuera de la cárcel y a propiciar su fuga cuando ha tenido la mala suerte de caer tras las rejas. Esta es la verdad, la triste verdad que todos sabemos, pero que nos da vergüenza decir en el extranjero. El mal tiene sus raíces en la tierra misma donde la Ley y la autoridad tienen las suyas. Esa confusión, esa promiscuicidad es lo más grave en el caso de Policarpo, que ha dejado de ser un caso de policía para convertirse en un fenómenos sociológico que a todos nos alarma y que es hora de plantear con toda seriedad.

Al final del gobierno de Prío mataron a Alejo Cossío del Pino, ministro de Gobernación en tiempos de Grau, cuando se produjo en el reparto Orfila el encuentro de los miembros de la UIR, de Emilio Tro, con el comandante Salabarría, del MSR.

ANTE EL DESCONCIERTO DE LA POBLACIÓN LLEGÓ EL GOLPE DE ESTADO DE 1952. El 10 de marzo parecía un secuestro de antaño: la víctima fue la República, agobiada y enferma por el pillaje y la corrupción, pero aún con alientos de esperanzas. El gangsterismo y la violencia, a partir de entonces, se iba a practicar ya no como antes al amparo de la autoridad, en pandillas, sino como autoridad; y se dio el ejemplo nefasto de que por la fuerza se podía lograr el mayor botín: la Nación. Y lo más desconcertante no fue el acto de bandolerismo sino la general indiferencia que mostró el pueblo ante el crimen. Los abusos que desde su inicio había sufrido la República siempre provocaron, con mayor o menor fuerza, una reacción popular que permitía suponer que no todo estaba perdido: desde la imposición de la Enmienda Platt hasta los abusos y los continuos asaltos al erario. En 1952, excepción hecha de algunas nobles gestiones y de no pocas inquietudes egoístas, no pareció que Batista asesinaba el país, sino que le había clavado el puñal a un cadáver. El 10 de marzo subió al poder con la promesa de “Ley, Orden y Justicia”, y se caracterizó por lo contrario: era la definitiva consagración de la demagogia y de la mentira.

Toda las protestas contra el 10 de marzo fueron demostraciones del arte de la “discordancia” de que había hablado el general Ludlow durante la primera intervención americana: nadie se ponía de acuerdo en los planes para volver a Cuba al curso constitucional. La oposición a Batista estaba formada por los que habían pecado, y se sabía de sus culpas, y de los desconocidos, los que no se habían probado en el gobierno y podían hacer todo tipo de promesas. Un grupo de jóvenes concluyó que la única manera de derrotar la dictadura era por medio de las armas. Se produjo entonces, dirigido por Fidel Castro, el ataque al cuartel Moncada, el 26 de julio de 1953. La represión contra los insurgentes y los crímenes que cometió el ejército una vez fracasado el ataque, aumentaron el desprestigio del gobierno, mientras que el juicio y la condena de los rebeldes aumentó su crédito.

Por indulto de Batista, salieron los rebeldes de la prisión a mediados de mayo de 1955, y Castro se dedicó entonces a hacer propaganda de su causa y a cubrir lo que llama en Fidel y el “Che” (1988) José Pardo Llada, su “etapa mafiosa”, de la que afirmó siempre es “omitida por sus apologistas y desconocida por la mayor parte de sus adversarios”. De esa “etapa mafiosa”, sin embargo, cuya culminación coincide con su época de estudiante en la Universidad de La Habana, habló su amigo Luis Conte Agüero en Los dos rostros de Fidel Castro (1960); cuenta en este libro:

Su vida universitaria registra numerosos incidentes personales. Era estudiante universitario con pistola al cinto... A Fidel lo acusaron muchas veces de intervención activa en hechos sangrientos. Siempre negó toda acción que no fuera para salvar su existencia. No puedo hacer aportes de tipo personal en este aspecto porque cuando él ingresó en la Unión Insurreccional Revolucionaria, un grupo de acción, yo había abandonado las lides estudiantiles y residía en la provincia de Oriente. Puedo afirmar que Fidel tenía mentalidad de pandillero... El revolucionario y el gángster se parecen en que usan ametralladora, y se diferencian en los fines con que la usan... Fidel tenía condiciones para Al Capone y para Abrahm Lincoln, gigantes de lo opuesto... De la pandilla sin pandillerismo a la política, de la política a la revolución, de la revolución al totalitarismo. Al Capone, Lincoln, Jruschov, guardando, desde luego, las distancias.

Años más tarde volvió sobre esa “etapa mafiosa” Pedro González de la Fe en un folleto titulado Fidel Castro, el gángster que conmovió la América (1966), donde lo acusa, como algunos de los que lo conocían entonces, entre otros actos de violencia, de participar en la muerte de Manolo Castro y la de Oscar Fernández Caral, y en los atentados contra Leonel Gómez y contra Rolando Masferrer. Además del “Bogotazo”, también en sus días de estudiante universitario.

Cuando Fidel Castro salió de la cárcel fue a los Estados Unidos. En un discurso en el Palm Garden, en la Octava Avenida y la calle 52 de Nueva York, recogido en la revista Bohemia del 6 de noviembre de 1955, todavía con un pie en “la política” y otro en “la revolución”, en el camino que le señala Conte Agüero, afirmó: “Somos contrarios a los métodos de violencia dirigidos hacia las personas de cualquier organización oposicionista que discrepen de nosotros, y somos radicalmente opuestos, del mismo modo, al terrorismo y al atentado personal”. Y acusó a “los malversadores” del gobierno de Gran San Martím de los males del país. No le resultaba fácil, a pesar de las acusaciones y disculpas, esconder “su vinculación al grupo gangsteril de la UIR”, dijo su mentor Pardo Llada, ni la responsabilidad del gangsterismo al que Castro pertenecía en las desgracias del país; poco después, también desde Bohemia, el 18 de diciembre de 1955, le contestó Miguel Hernández Bauzá en un artículo titulado “La patria no es de Fidel”:

No sólo los malversadores son culpables del 10 de marzo. En la desmoralización del régimen priista también tomaron parte activa y estelar los llamados grupos de acción, con sus irresponsables balaceras periódicas. Los devotos del “gatillo alegre” contribuyeron también a hundir la autoridad civil en beneficio exclusivo de la castrense. Y los pandilleros del civismo, esos gritones que insultaban e injuriaban a troche y moche mientras se rendían acaramelados ante la bota militar que lustraban mientras más enfangaban la del gobernante civil, esos también son culpables del 10 de marzo.

Fidel jugaba en ambas novenas. Era hombre de acción y ortodoxo. Y su pistola, que sepamos, nunca se dirigió contra un vicioso del peculado, ni contra un militar que se enriquecía a tambor batiente, ni contra un fichado por la vendetta popular por fechorías cometidas en regímenes de fuerza, donde suele el gangsterismo mudar de ubicación. Su pistola se dirigió contra compañeros de lucha y contra hombres que, a su modo, también eran idealistas y puros. Aunque intrínsecamente falsas, no dejaron de tener cierto efecto publicitario las excusas de los marcistas [de los que dieron el golpe de Estado del 10 de marzo] que justificaban su reprobable acción con la necesidad social de extirpar las batallas campales que se libraban a veces por el simple galardón de una jefatura de clan.  


Fidel Castro en el mitin de Nueva York, en 1955: "Somos contrarios a los métodos de violencia dirigidos hacia las personas de cualquier organización oposicionista que discrepe de nosotros, somos radicalmente opuestos del mismo modo, al terrorismo y al atentado personal".

Luego se intensificó aún más la campaña para borrar los malos antecedentes de Castro. Con los mismos argumentos que se han visto en este libro, por los que el bandolero se convertía en un proto-revolucionario, según la teoría de Hobsbawm, Castro empezó a identificar, en lo que le convenía, el gangsterismo con el heroísmo; sigue diciendo Pardo Llada en su libro antes mencionado: “En cuanto a sus compañeros de la UIR, en diciembre de 1955, Fidel Castro hizo un ensayo de rehabilitación en un artículo para la revista Bohemia”; y cita sus palabras:

Sin experiencia, pero lleno de rebeldía juvenil, luché contra Mario Salabarría... Este mal del gangsterismo, de aquella época, tenía sus orígenes en el resentimiento y el odio que sembró la dictadura de Batista durante sus primeros once años de abusos e injusticias. Los que venían a asesinar a sus camaradas [“y Castro aquí se refiere a Tro y sus aliados”, aclara Pardo Llada en medio de la cita] deseaban vengarlos, y un régimen [el de Grau San Martín] que era incapaz de imponer la justicia, permitía la venganza. La culpa no la tienen aquellos jóvenes que empujados por sus ansias naturales y por la leyenda de una época heroica, deseaban hacer una revolución que no se había llevado a cabo, en un momento en que no podía hacerse. Muchos de los que murieron como gangsters víctimas de una ilusión, hoy serían héroes...

Otro episodio cuenta Pardo Llada en su libro, y de nuevo pone en evidencia cómo la lujuria obsesiva de subir, y la compulsiva ambición de poder, logra en Fidel Castro supeditar todo compromiso, ideología y hasta el elemental instinto de conservación:

... Fidel Castro quiso vincularse personalmente al gran líder, pero en cada ocasión en que [Eddy] Chibás veía cerca a Fidel, advertía visiblemente molesto: “¿Y qué hace aquí ése? No quiero que me acompañe un gángster”.

Castro comprendió que el principal motivo que le impedía conquistar el aprecio de Chibás eran sus compromisos con los “grupos de acción” y entonces, con audacia suicida, decidió señalar públicamente a todos esos grupos, incluyendo la UIR, al que pertenecía, acusándolos de recibir puestos y prebendas burocráticas, en base del chantaje y la extorsión... Fidel, el cómplice de los gángsters, acusaba a todos los gángsters...

Parecía como si hubiera descubierto que el camino más expedito para su triunfo personal era el de la política y no el del elemental gangsterismo.

La metamorfosis en revolucionario, o el enmascaramiento de la actividad gansteril con un disfraz patriótico, en el caso de Fidel Castro, no lo alejó tampoco del bandido que vierte su furia sobre la sociedad que lo humilla u ofende, o que en los complejos de su patología lo percibe como humillación u ofensa. Así hay otro parecido entre la actuación del bandolero, víctima de las injusticias sociales, el cual se sale de la ley en venganza por lo que sufre, o ve sufrir, y castiga lo que considera origen de su pena. Explicando el entusiasmo de Castro por Robespierre (resentido también por su origen, y de quien escribió Castro en una carta desde el presidio: “En Cuba hacen falta muchos Robespierres”), dice Carlos Franqui en Vida, aventuras y desventuras de un hombre llamado Castro (1988):

Su venganza no era sólo contra la riqueza, era contra todo. Como si aquellas “injusticias” sufridas en el internado jesuita, en su fracaso político, en su poca audiencia radial, mientras otros compañeros suyos eran popularísimos, y él que se consideraba superior, no era oído.

Su venganza es la revolución.

Como si tuviera que acabar con el mundo que lo maltrató, con el mundo cubano que no conoció, que no le gustaba, ni entendía: el mundo de las fiestas, el baile, la alegría, el carnaval, la música popular, el choteo, la Cuba popular y negra, española y africana, devenida cubanía...

Al igual que algunos bandoleros del siglo pasado se hicieron insurrectos y lucharon por la independencia, y otros no llegaron jamás a superar su vida de bandidos, algunos gangsters cubanos que lucharon contra del dictadura de Batista, para desgracia del país, siguieron siéndo gángsters al ocupar el poder.

ES RICA LA NÓMINA DE TERRORISTAS EN OTRAS PARTES DEL MUNDO, QUE DEJARON DE SERLO con el triunfo de su causa para convertirse en políticos y en hombres de Estado; sirvan de ejemplo los siguientes: Nelson Mandela en los década del 60 encabezó los sabotajes contra el gobierno del África del Sur que discriminaba a la mayoría negra; lo condenaron a cadena perpetua en 1964, pero treinta años más tarde fue el primer presidente negro de su país y se le concedió el premio Nobel de la Paz conjuntamente con su antiguo enemigo blanco F. W. De Klerk. Jomo Kenyatta, dirigente en 1952 de la rebelión Mau-Mau contra los ingleses, con la independencia de Kenya, pasó en 1967 a ser su presidente hasta morir en 1978, y dejó escrito un libro que habla de la superación de la injusticia: Suffering Without Bitternes (1968): “Forgive and Forget”, era su lema. Itzhak Shamir fue un jefe de las actividades terroristas a fin de lograr la independencia de Israel, pero una vez lograda, hizo una activa campaña política por la que llegó a presidir su partido Likud, a ser jefe del parlamento (el Knesset) entre 1977 y 1980 y primer ministro en 1987. Igual que el anterior, Menachem Begin, jefe de la guerrilla Irgún, al fundarse Israel transformó su organización en el partido Herut (de la Libertad), lo eligieron primer ministro en 1978, y al año siguiente recibió el premio Nobel de la Paz al firmar un acuerdo con el presidente de Egipto, An War al-Sadat. Yaser Arafat, de la Organización para la Liberación de Palestina, dirigió los comandos de Al Fatah contra los judíos, pero en 1993, en representación de los palestinos, como su presidente, firmó un acuerdo en Washington con el primer ministro de Israel, Yitzhak Rabin, con quien asimismo compartió el premio Nobel de la Paz. Gerry Adams, antiguo dirigente de una brigada terrorista del Ejército Republicano de Irlanda, la cual en Belfast, entre 1951 y 1952 mató casi 200 personas de las cuales más de 50 eran civiles, hoy es, con otros antiguos terroristas del IRA (Martin McGuinness y Gerry Kelly) líder de la organización Sinn Fein que discute la posibilidad de un arreglo político con sus enemigos.

Otros terroristas o gangsters de nuestro siglo, sin embargo, lo siguieron siendo al tomar el poder: Stalin, Mao Tse-tung, Pol Pot, Fidel Castro.

Los cubanos creyeron en las promesas de Castro, el cual pareció haberse librado de su vocación gangsteril, pero mentía, y cuando se le vieron las uñas al monstruo ya estaban clavadas en el país. Con tantos infortunios el pueblo se había acostumbrado a confundir el exceso con la medida justa, a transformar en realidad el mito y a creer medicina el veneno. De la indiferencia ante el 10 de marzo pasó el cubano en 1959, al triunfo de la revolución, al culto orgiástico de una especie de canibalismo, sin darse cuenta que cada pedazo de carne que se le daba en el circo a los leones era un pedazo de su cuerpo. “La capacidad de ilusión del pueblo cubano es inagotable”, había dicho Jorge Mañach, como se ha visto, al iniciarse el gobierno de Carlos Prío, y él mismo sucumbió con Castro a esa “ilusión”, y necesitó también, “mucho descalabro” siguiendo sus palabras de 1948, para sentirse “defraudado”.

Así, entre vítores y entusiasmos, muchos modos del gangsterismo, disfrazado de tal manera que hasta a sí propio se engañaba, ocupó el poder, y mucha de su lógica se convirtió por arte de la dialéctica marxista en actos de gobierno. Ya se sabe cuánto del gángster aún dirige la nación (“el fin justifica los medios”), y se sabrá mejor cuando pase juicio la historia: los crímenes, el terror, las mentiras, los abusos, el chantaje, la bravuconería, la jactancia, la vendetta, la calumnia y el empeño de seguir en la senda perdida del marxismo-leninismo: todo cuanto ha llevado a la ruina moral y material del país: todo lo necesario para mantenerse a punta de pistola en el poder —y la sombra de nuestros bandoleros y gangsters tras un grupo de asesinos y de sus cómplices, en máscara de revolucionarios, invocando hipócritas la legión de los héroes verdaderos de Cuba.  

 

Epílogo

Hinc per preterita quisquis uult scire futura
Non dedignetur opus istud, sed memoretur
Ssepius hoc legere, quia quibit plura uidire
Per que proficiet et doctus ad ardua flet,
Nam sciet an ceptum quodcunque scit id uel ineptum
Finem pretendat, seu finis ad optima tendat,
Per quod peiora fugiens capiat meliora.

EL BREVE RESUMEN QUE AQUÍ SE HA HECHO DE LA HISTORIA DEL BANDOLERISMO y de la violencia en Cuba, desde la llegada de los españoles a la isla hasta una época que todavía no termina, ha querido traer a la memoria del lector la causa de no pocos de los infortunios del país. Por olvidar el pasado, por una extraña capacidad para ignorarlo, Cuba parece siempre condenada a repetir sus errores. No indaga, no analiza, no aprende. Entra en la escena el mismo personaje, con nuevo disfraz, miente, y a poco está el cubano no sólo en aplauso de la farsa, sino metido en ella, otra vez en el papel de víctima. Y quizás no se da cuenta aún de los bandoleros que ya hoy le acechan el futuro.

Con justa medida y razón, transigir es una virtud; fuera de ellas es despreciable. Y hay también una clemencia prudente mientras que otra, a capricho, no es menos que insensatez. La tragedia de Cuba se apoya en dos sentimientos que se excluyen, la intransigencia y la indulgencia, y se peca por el exceso de una sin jamás lograr el necesario equilibrio. Se ha creado así un pueblo donde todos, aunque lo oculten, se sienten culpables, y andan como con un dedo acusador en el frente, y el suyo, también en función de juez, en la frente de otro.

Podría servir esta historia, en lo que a ella le importa, para de alguna manera orientar en Cuba el futuro, por la misma razón aducida en la más antigua en castellano, la Primera Crónica General; Estoria de España, escrita en la segunda mitad del siglo XIII, donde se leen las palabras latinas que encabezan este “Epílogo”, que son las que terminan la obra del rey Sabio, con las cuales, en el español antiguo del documento, prefiere ésta terminar, y dicen:

Onde si por las cosas pasadas quiere alguno saber las venideras, non desdenne esta obra, mas tengala en su memoria. Muchas vezes conviene esto leer, ca podemos muchas cosas ver, por las quales te aprouecharas et en las cosas arduas ensennando te faras; ca ssaberas qualquier cosa si es açepta la tal o si es ynepta, vayas ante al fin, o el fin a las muy buenas cosas se mueua, por el qual fuyendo de las cossas peores tomaras las meiores.

“SI POR LAS COSAS PASADAS
QUIERE ALGUNO
SABER LAS VENIDERAS,
NO DESDEÑE ESTA OBRA,
MAS TÉNGALA EN SU MEMORIA”.

FIN