El propósito de este libro es el de ofrecer una sucinta imagen de Antonio Maceo: su visión del mundo como resultado del pensar y, junto a ese repertorio de ideas, su vivir, la respuesta del hombre ante su concreta circunstancia. “Pensamiento y Vida”: el programa y el acto: aquél como resultado de analizar la realidad, y la acción como consecuencia de ese análisis. Lo insólito en Maceo es la obstinada fidelidad de la conducta al más noble ideario, como si no hubiera para él otra posibilidad de existir que el impuesto por su conciencia, y el tamaño gigante que adquiere el agonista en su ejemplar empresa. Con ese objetivo este libro, además del presente “Prefacio”, lo componen dos partes principales: la primera es una “Crónica”, en la que se recorre la vida del héroe siguiendo el orden del tiempo, especie de anales o efemérides; y la otra, lo que se llama aquí “Textos”, es una colección comentada de escritos de Maceo en los que aparecen de manera más precisa y clara sus ideas. Completan estas páginas destinadas a honrar la memoria del Lugarteniente General en el centenario de su muerte, unas “Ilustraciones” y una “Bibliografía” de su asunto. • Si se pudiera reducir la figura de Antonio Maceo a tres de sus cualidades más notables, en ese ejercicio quedarían el patriotismo, el valor y la intransigencia. Bien entendido el patriotismo no es más que un amor que antepone el bienestar de la patria a cualquier otro interés. Tenía Maceo 23 años cuando se alzó contra España, y no dejó las armas hasta su muerte, en San Pedro, el 7 de Diciembre de 1896. Sólo habían transcurrido unos días del Grito de La Demajagua, en 1868, y ya estaba incorporado a la lucha. Eran tiempos en que le sonreía la fortuna: el recio hogar de sus padres, la compañera mejor, la prosperidad del hacendado; pero todo lo renuncia: ése fue su primer desistimiento. De la misma raíz del patriotismo nace el valor, pero éste va más allá del puesto que a toda persona le corresponde en el banquete de la vida. La superior entrega alcanza el instinto primario, y el héroe deja de temer la muerte al transferirle a la patria su existencia. El Himno Nacional de Cuba supo del trasiego y le decía a los bayameses: “No temáis una muerte gloriosa,/Que morir por la patria es vivir”. Cuando Maceo se fue de Cuba por el Pacto del Zanjón, en 1878, llevaba en el cuerpo numerosas heridas. Y tan lastimado se sentía en Punta Brava que tuvieron que ayudarlo a levantarse de la hamaca para vestirse y montar a caballo minutos antes de su muerte. Como tantos otros mambises, Maceo entró en la guerra sin ningún saber militar, como simple soldado, pero poco después, por su arrojo, lo nombraron sargento. Luego fue ascendido a teniente en Mayarí, por su don de mando; en diciembre de 1868 ya era capitán, y un año después, comandante, rango que tuvo hasta 1872 en que llegó a coronel; en 1873 fue brigadier, y en la Protesta de Baraguá, en 1878, ya era mayor general. El valor era para Maceo el único distintivo del militar, por eso en unas páginas suyas que no se conocían, y que más adelante se reproducen, en su “clasificación de los generales españoles”, no les da categoría por sus conocimientos en la guerra, ni por su tropa o sus armas, sino por su ánimo ante el peligro: así uno es “valiente”; otro, “tibio”, otro, “bravo”; otro, Weyler, “muy cobarde”. El miedo mueve bajas pasiones y siempre prefiere la humillación al sacrificio. El hombre es prudente por naturaleza, y la primera contienda se produce en su interior: luchan la voluntad de vivir y el apetito de gloria; y el cobarde, a veces por salvarse, recurre a la alevosía y al crimen. El honor es el orgullo natural del valiente. Maceo tuvo el más alto sentido del honor; a pesar de todo lo que anhelaba ver libre a su patria, llegó a decir: “No quiero la libertad si a ella va unida la deshonra”. Cuando en 1877 el general Vicente García lo invitó a sublevarse, Maceo le escribió: “Al mismo tiempo que indignación, desprecio me produce su invitación al desorden y desobediencia a mis superiores, rogándole se abstenga en lo sucesivo de proponerme asuntos tan degradantes”. Y no menor demanda tenía en puntos de honor con sus subordinados: en diciembre de 1895, cerca de Cárdenas, un coronel de voluntarios mató al insurrecto que quiso forzarle la casa, y Maceo lo felicitó por haber defendido su hogar; y en el mismo acto hizo que fusilaran a tres hombres que habían deshonrado la revolución con actos similares. Uno de los pasajes más elocuentes en la vida de Maceo, respecto al honor, es el que se produjo por su contacto con Arsenio Martínez Campos en el Pacto del Zanjón. Fue este general el más bizarro general que envió la metrópoli a Cuba: cuando en 1905 se propuso en Madrid erigir un monumento a su memoria, dijo con cierta exageración el general cubano Enrique Collazo: “Las deudas de honor son difíciles de pagar, y para con el caballero que transformó en Cuba la guerra salvaje por la guerra civilizada, estamos en deuda. Los que con él tratamos conservamos aún el recuerdo de cariño y respeto al enemigo caballeroso y leal”. Así Maceo consideraba a Martínez Campos, en su “clasificación”, como “valeroso”: no mucho más que eso había sido en sus campañas de Cuba —por su encargo enviaron a la isla al asesino Valeriano Weyler. A principios de 1878 Martínez Campos había logrado que depusieran las armas buen número de insurrectos, y ya tentaba a los rebeldes de Oriente. La entrevista con Maceo se prestaba para eliminar al español, y algunos pensaron en el crimen. Estando en Barigua le escribió Maceo al coronel Flor Crombet, el 4 de marzo de ese año: “Desde que me encontraba herido en Loma de Bío, se me dijo que el general Díaz, jefe de esa brigada, y otros, tenían el plan de mandar asesinar a Martínez Campos, y que al efecto tenían hombres pagados para llevar la empresa a cabo... Llenéme de indignación cuando lo supe, y dije que el hombre que expone el pecho a las balas y que puede en el campo de batalla matar a su contrario, no apela a la traición y a la infamia asesinándole, y que aquéllos que quisiesen proceder mal con ese señor tendrían que pisotear mi cadáver”. Flor Crombet debió de circular ese escrito de Maceo entre otros oficiales para que conocieran la opinión de su jefe. El historiador español Antonio Pirala publicó en 1898 una carta del coronel Silverio Sánchez Figueras devolviéndole a Flor Crombet la carta de Maceo, la cual fue a dar a manos de los españoles, por lo que su original se conserva en Madrid, en el Archivo Histórico Nacional. Enterado del plan, Martínez Campos le escribió a Maceo: “La casualidad ha hecho que caiga en mi poder una carta que usted dirigió al señor Flor Crombet, y los sentimientos caballerescos que en ella manifiesta usted, anatematizando un proyecto en contra mía, me ha impresionado vivamente, y desearía tener la ocasión de estrechar la mano de usted como mi amigo pues ha sido un enemigo leal...” Maceo le contestó con una carta, que también se encuentra en Madrid, nunca publicada del original, donde le dice: “... He sentido infinito que ese escrito llegase a poder de Ud., y sobre todo porque se me ocurre la idea de que alguien pueda presumir que quiero justificarme después de haber hecho la guerra al gobierno que Ud. representa en Cuba, cosa que jamás haré con mis contrarios, siendo así que hoy mismo me siento atormentado con la orden que he recibido de marchar al extranjero, la que obedezco porque, como soldado, estoy atado al poste del deber, sin que por esto se comprenda que abjuro de los principios que hasta hoy he defendido...” Muchos años después, en 1895, Martínez Campos correspondió al gesto del cubano: cuando en Peralejos sufrió una seria derrota frente a las tropas de Maceo, el corresponsal del New York Herald, Eugene Bryson, entrevistó a Martínez Campos, y le pregunto: “¿No cree usted que para vengarse de Maceo va a tener usted que mandar a matarlo?” Y el español le contestó: “Si de esa manera tengo que deshacerme de Maceo, éste vivirá toda su vida”. Solamente un español de nombre —a excepción de Francisco Pi y Margall— habló con admiración de Antonio Maceo a raíz de su muerte. La viuda, María Cabrales, le escribió una carta agradecida; en ella le decía: “En medio del vocerío de innoble júbilo que se levanta en toda España con ocasión de la muerte de mi ilustre consorte, el Mayor General Antonio Maceo, se singularizó usted por la corrección de su conducta, consagrándole palabras de respeto y consideración a aquel heroico jefe cubano... Aplaudo con calor su conducta, la cual, emocionando hondamente mi corazón de viuda atribulada, ha mitigado el amargo sentimiento que me inspiró el populacho congregado en las plazas y paseos de toda España para festejar en horrible saturnal de caníbales el fin glorioso de un caudillo enemigo, ilustre por sus méritos y sus hechos, y que fue siempre tan bravo en la pelea como generoso en la victoria con el enemigo derrotado...” La carta iba dirigida a Emilio Castelar y Ripoll, quien había comentado en Madrid, en La España Moderna, la caída del cubano; escribió en aquella ocasión: “No puede dudarse: la mayor noticia, la más importante de toda esta quincena, la que transcenderá así a nuestra política como a la política universal, es esa muerte de Maceo, quizás buscada por él mismo en defensa de ideales engañosos e imposibles; muerte, por tanto, heroica de toda heroicidad. Es indudable que representa el mulato la intransigencia, con toda su fuerza y en todo su vigor. Cuando sus camaradas de rebeldía en la última guerra, comprendiendo la imposibilidad completa del triunfo se dieron a partido y pactaron el célebre convenio de Zanjón, Maceo se partió de Cuba muy airado, jurando que nunca rendiría la cerviz a España, y no volvió a Cuba sino para conspirar a diario y encender de nuevo la hoguera separatista... Ninguno, entre los partidarios de Maceo, tan peleador, como él; ninguno tan bravo en el combate; ninguno tan organizador en la paz; ninguno tan intransigente”. No se le escapó al ilustre orador la noble cualidad de Maceo: la intransigencia, que consistía en no ceder ni contemporizar con lo que era contrario a sus ideas; su patriotismo le imponía esa repulsa a transigir, y su visión del futuro. El tiempo vino a probar que la rebeldía era la actitud correcta frente a España. No cabía ningún tipo de reconciliación. La guerra se había hecho para abolir la esclavitud y lograr la independencia, y el convenio del Zanjón no cambiaba ni la estructura social ni la política del país. Martínez Campos fue a ver a Maceo con la esperanza de que cediera, pero no lo logró. Quiso entonces Maceo continuar las hostilidades, pero no pudo. Sus compañeros en la guerra, sabiendo que jamás iba a capitular, para evitarle una muerte segura, lograron sacarlo de Cuba. Se fue cuando ya se habían rendido más de 10 mil cubanos. Maceo le llamó al Zanjón "una rendición deshonrosa", "el camino de la infamia"; y para que no le nacieran tibiezas a la guerra del 95, la primera orden que dictó en territorio cubano prueba su posición inflexible, decía: “Queda terminantemente prohibida toda conferencia con el enemigo y autorizados los jefes de las fuerzas cubanas para ahorcar, sin formación de causa, a todo emisario, español o cubano, que venga con proposiciones de paz”. Siguió luego la increíble hazaña de la invasión de Oriente a Occidente, desde los Mangos de Baraguá, donde había protestado contra el Zanjón, hasta Mantua, en el otro extremo de la isla. Después vino el combate de San Pedro, donde lo sorprendió la muerte, el 7 de Diciembre de 1896. • El Maceo guerrero ha sido bien estudiado, el brazo de la revolución, el estratega: cuando terminó su vida había recorrido en la isla cerca de 3 mil leguas a caballo, y participado en 1100 combates, en muchos de los cuales colmó su nombre de gloria: Las Guásimas, Mojacasabe, San Ulpiano —en la Guerra Grande; Peralejos, Mal Tiempo, Cacarajícara —en la guerra del 95. Pero no se habla lo suficiente de Maceo en el destierro, que siempre debe ser, y en él lo fue, faena de soldado —es una milicia en la que, con distintas armas, se hace guerra ofensiva y defensiva. Después de Baraguá, a los tres días de llegar a Jamaica, convocó a los emigrados para continuar la guerra: se alistaron 5 hombres y pudo recaudar 7 chelines. Pero no se detuvo: había que sembrar con el ejemplo. Luego fue a Nueva York y a Kingston; a Haití y Santo Domingo; a Tegucigalpa, Cayo Hueso, Nueva Orleans, Veracruz, Colón, Lima, San José, siempre en trabajos por la causa de Cuba: en sus peregrinaciones le ganó el corazón a Eloy Alfaro, y cuando éste fue Jefe Supremo del Ecuador, ayudó a la insurrección cubana. Su comportamiento y sus trabajos en Nicoya los pagó el presidente de Costa Rica, José Joaquín Rodríguez, también con la protección y la ayuda a los emigrados que acompañaron al líder a Centro América; y luego el otro presidente, Rafael Iglesias. Marco Aurelio Soto, el primer mandatario de Honduras, lo nombró Inspector General de las Milicias y lo ayudó en sus aspiraciones para Cuba, como después el general Luis Bográn, también presidente de ese país; al igual que los generales Gregorio Luperón, presidente de la República Dominicana, y Ulises Heureaux, quien luego lo sería; y los ilustres puertorriqueños Eugenio María de Hostos y Ramón E. Betances. Siempre en preparación para la guerra. En una publicación metodista de 1897 contó Frank J. Webb, quien se describía como amigo de Maceo, que cuando el cubano estuvo en Nueva York se iba a West Point a emplearse de caballerizo (“hostler”) y mandadero de los cadetes que le pagaban con lecciones y libros sobre el arte de la guerra. Para contrarrestar la campaña que hacía en el exilio, el general Manuel Salamanca le permitió a Maceo, en 1890, que hiciera un viaje a Cuba. Y allá fue, con su esposa, a conspirar: en La Habana, entre tantos otros, con Julio y Manuel Sanguily, José María Rodríguez, Perfecto Lacoste, Rafael Montalvo, Generoso Campos Marqueti y los jóvenes de la Acera del Louvre —el poeta Julián del Casal se hizo retratar junto a Maceo y lo describió como “un hombre bello, de complexión robusta, inteligencia clarísima y voluntad de hierro”; y dijo en sus versos que Maceo, “al tornar de costas extranjeras,/Cargado de magnánimas quimeras” venía dispuesto a “enardecer” a sus “compañeros bravos”. En Santiago de Cuba, también entre muchos militares y hombres de letras, trabajó para iniciar un levantamiento —con Guillermo Moncada, Ángel Guerra, Manuel J. de Granda, José Miró Argenter, Emilio Bacardí, y los hermanos Castillo Duany...— Poco después el general Camilo Polavieja, ya en el mando del país, tuvo que expulsarlo. No, Maceo no fue a dialogar con las autoridades que le oprimían la patria, a implorar derechos, él fue a dialogar con los que conspiraban para libertarla. Él sabía que “la libertad se conquista con el filo del machete, no se pide”, toda vez que “mendigar derechos es propio de cobardes incapaces de ejercitarlos”. • Es tan fácil como innoble robarle al mártir su fama en beneficio de una idea que le fue ajena. Al levantarle el monumento en el Cacahual se recortaron algunas de sus palabras para grabarlas en el mármol. En 1909 aparecieron las Crónicas de la Guerra, del general José Miró, jefe del Estado Mayor de Maceo, y allí estaba la carta al coronel Federico Pérez, de donde salió la cita, subrayada en este pasaje: “De España jamás esperé nada; siempre nos ha despreciado, y sería indigno que se pensase en otra cosa... Tampoco espero nada de los americanos; todo debemos fiarlo a nuestros esfuerzos; mejor es subir o caer sin ayuda que contraer deudas de gratitud con un vecino tan poderoso...” Y Miró puso esta nota al pie de la página: “Las frases que hemos subrayado son las mismas que redactó Maceo; así están en el original, que obra en poder del coronel Federico Pérez y en el copiador de la correspondencia que tenemos nosotros. Hacemos esta salvedad, porque en el monumento del Cacahual se han esculpido en otros términos, que ni siquiera son análogos, y carecen de sentido y de intención. Parece que, al grabarlas allí, se trata de complacer a los españoles y a los americanos, por cuanto se omitió el pensamiento capital. Si se quiere rendir tributo a la verdad, deben ser borradas de aquella columna, y sustituirlas por las que hemos copiado literalmente”. Años después, en 1914, se quiso construir una capilla junto al monumento. Hubo protestas de los antiguos compañeros del Lugarteniente General porque consideraron una afrenta ese proyecto de algunos católicos: Maceo había sido anticlerical y masón. Otra vez se tuvo que recurrir al juicio de Miró y, en una entrevista con El Heraldo Habanero, dijo: “Maceo fue librepensador. Perteneció a la francmasonería. Jamás mantuvo principios católicos. Tolerante con todas las ideas, se preocupaba poco de lo que los demás, en este sentido, hacían. Si él pudiera enterarse de que al pie de su tumba quiere levantarse una capilla, de seguro que no le agradaría...” No es nueva, pues, en nuestra historia, la voluntad de adulterar la postura y las ideas de Maceo. Sus virtudes y méritos de revolucionario tentaron también al marxismo-leninismo, y sus autoridades sucumbieron a la tentación; pero bajo un régimen totalitario no es posible, como antes se hizo, denunciar la falsificación y la calumnia. El carácter y sus principios le dictaron a Maceo una ideología que, como se verá en las páginas que siguen, dejó bien clara en sus escritos, la cual en nada coincide con la dialéctica marxista. Por los años 30 el comunismo cubano criticaba a Maceo por su “estrechez política” y porque “había centrado en Cuba su preocupación y su obra”; es decir, no había sido capaz de seguir el llamado de Karl Marx en el Manifiesto Comunista, treinta años anterior a la protesta de Baraguá, en el cual se defendía “el interés común del proletariado universal, independiente de la nacionalidad”. Contrario a lo que han hecho los gobernantes cubanos bajo el signo del “internacionalismo proletario”—por el que todo beneficio del país se postergó para servir al hegemonismo soviético, con la consecuente ruina que hoy sufre el país—, Maceo prefirió concentrar sus fuerzas en la derrota de España y la inmediata felicidad de su tierra. Por eso lo criticaban, por no “sentir inquietudes” internacionales, y por no haber predicado “el noble universalismo” de Carlos Marx. Después, con la imposición en Cuba del marxismo-leninismo, al igual que se hizo con otras figuras de mayor arraigo en el pueblo, se trató de justificar “la estrechez política” del prócer y no se habló más en contra de su fervoroso nacionalismo. Y para darle los mayores títulos proletarios a Maceo, han hablado de él como de un “hijo de la clase pobre”, y Raúl Roa llegó a decir que Maceo “había nacido en una cuna de palmiche”. No es cierto: Marcos Maceo, el padre del héroe, llegó a tener suficientes medios como para adquirir una casa en Santiago de Cuba y varias fincas de labor: en una de ellas nació Antonio, y no “en cuna de palmiche”. Por el color de su piel, y no por la economía padeció Maceo injusticia social. En nada se le rebaja por decir que al empezar la Guerra de los Diez Años tenía tierras fértiles donde sembraba tabaco y frutos menores, y criaba ganado, que vendía en Santiago de Cuba y en San Luis. Y eran tan influyentes en la comarca los Maceo que cuando se levantaron en armas contó con varios cientos más de nuevos soldados la insurrección de Céspedes. La prosperidad en que vivía la familia Maceo le da más gloria a su gesto. Tanto el desheredado como el pudiente merecen gratitud por su empeño de justicia: en uno conmueve la razón; en el otro admira la renuncia. En un 7 de Diciembre dijo Ernesto Guevara que “cambiando quizás un poco sus frases” le sería posible al comunismo cubano “repetir” las de Maceo. Los escritos que se recogen en este libro, los necesarios para conocer sus ideas fundamentales, prueban precisamente lo contrario, prueban de manera manifiesta cuánto habría que torcer el pensamiento de Maceo nada más que para acercarlo al dogma marxista-leninista. Y en otro intento de falsificar la historia, cuando en 1987 murió en La Habana Blas Roca —el más incondicional estalinista que ha dado este continente, el que consideraba a Stalin “uno de los grandes genios de la humanidad”, el que a la muerte del asesino soviético prometió que “el comunismo cubano seguiría firmemente el camino de Stalin”, el que organizó el aparato legal de Cuba a la imagen del peor del Kremlin, el que desde la imposición del comunismo en Cuba disfrutó de todos los privilegios del poder y de la Nueva Clase—, a Blas Roca lo enterraron, con honores de general muerto en campaña, en el Cacahual... Y ante la tumba nueva le dijo atrevido e irreverente un orador al cuerpo insepulto: “...y cuando la yerba crezca se habrá tendido un abrazo entre el general Antonio y usted...” • Además de honrar al Titán de Bronce por el centenario de su muerte, este libro quiere entregar al lector lo esencial suyo sin las torceduras y falsificaciones a que se le ha sometido. No es con piedra de monumentos, y menos con el falso ritual del demagogo, como se le hace justicia al héroe, sino con el estudio de sus ideas y sus actos para que sirvan de norma a la conducta ciudadana. Es siempre peligroso trasladar a un hombre a una época que le fue ajena, pero hay mucho en estas figuras ejemplares que desafía su particular circunstancia, todo aquello que les confiere universal categoría. Hubo un Cristo y un Judas en la Galilea de Herodes, en tiempos del emperador Tiberio, pero hay Cristos y Judas en todos los lugares y en todos los tiempos: el evangelio de amor y de justicia, y el evangelio del odio y la maldad. Busquen esos apóstoles del error y del abuso apoyo en otras fuentes, pero que no usurpen, para justificar sus crímenes, el crédito de quien luchó contra ellos. El hombre está muerto. Maceo no puede salirse de la tumba y desalojar de su patria, como hizo con los soldados de Weyler, a los que hoy se la asesinan escondidos tras su nombre glorioso: pero ahí están sus ideas, para que hagan por él similar faena a la que con la mayor fortuna pudo hacer su espléndido brazo. De todos sus desvíos Cuba sólo ha de salir cuando vuelva entera a las raíces de su nacionalidad, a lo más alto y puro de su tradición, donde ocupan lugar sumo el “pensamiento y la vida” de Antonio Maceo. En lo que a pesar de su parvedad pueda servir a ese fin, halla razón este libro. |
![]() |