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Crónica

1770. Nace en Santo Domingo Isabel María Grajales, hija de José Ramón, natural de Santiago de Cuba, y de Feliciana Castellanos.

1808, 25 de abril. Nace en Santiago de Cuba, “hijo natural” de Clara María Maceo, “parda libre”, Marcos Evangelista Maceo, el padre de Antonio, y es bautizado en la Parroquia de Santo Tomás Apóstol, de esa ciudad, el 11 de mayo, según dice su “Libro de Bautismos de Pardos”.

1808, 26 de junio. Hija de los dominicanos José Grajales y Teresa Coello, nace en Santiago de Cuba Mariana, la madre de Antonio Maceo.

1827. La familia de Marcos Maceo vive en una casa de la calle Providencia, número 16, hoy Maceo. Su buena posición económica le permite dedicarse al comercio y a la agricultura: café, tabaco y frutos menores, y a la cría de ganado, en sus tres fincas: la mayor de 120 hectáreas. Según documentos del Fondo del Gobierno Provincial, del Archivo Histórico de Santiago de Cuba, Marcos Maceo era dueño de “una caballería en el partido de Maroto, una caballería en el partido de Guaninicún, Vega La Carmelita (2 caballerías), una casa de mampostería en Santiago [la de la calle Providencia], una casa en la finca La Delicia, y un esclavo”.

1831. Mariana Grajales contrae matrimonio con Fructuoso Regüeyferos, en Santiago de Cuba. Muere el marido siete años más tarde dejando a la viuda con cuatro hijos.

1845, 14 de junio. Nace Antonio Maceo en Majaguabo, San Luis, provincia de Oriente. Su padre, Marcos, se había unido a Mariana dos años antes. Al igual que ella, Marcos tenía varios hijos de su primer matrimonio. Antonio fue bautizado con el nombre de Antonio de la Caridad el 26 de agosto por el sacerdote dominicano Manuel José Miura, en la iglesia de Santo Tomás Apóstol, de Santiago de Cuba, la misma en que fue bautizado su padre. Seis años más tarde, para legitimar su unión y el nacimiento de los hijos, Marcos y Mariana se casaron, el 6 de julio, en la iglesia de San Nicolás de Morón y de San Luis, en Oriente.

1862. Antonio se hace cargo de la venta de lo que producen las fincas de la familia. Sus frecuentes visitas a la ciudad lo pusieron en contacto con el pensamiento liberal y antiespañol de su padrino de bautizo, el licenciado Ascencio de Asencio, blanco, quien lo presentó en la Logia Oriente, de esa ciudad. Según testimonio de Enrique Collazo en su libro Cuba heroica, quien lo conoció desde su juventud, Maceo, “de joven, tuvo sus vicios, el juego y las mujeres; el primero lo perdió pronto, y el segundo lo conservó toda la vida”. Muchos años después, el general José Miró, jefe del Estado Mayor de Maceo, afirmaba en sus Crónicas de la Guerra: “...su pasión era la mujer, todas las mujeres le gustaban mientras no fueran provocativas o coquetas, pero sentía predilección por las que ostentaban aire sentimental...” En su Maceo: análisis caracterológico, Leonardo Griñán Peralta dijo: “No fue demasiado casto Antonio Maceo. A la normal satisfacción de su sexualidad se debió quizás en gran parte el equilibrio que fue uno de los rasgos más acentuados de su carácter”. El general Eusebio Hernández, en sus Dos conferencias históricas, añade al cuadro de la juventud de Maceo estos juicios: “Las cualidades morales de Maceo no eran aprendidas, formaban parte integrante de su naturaleza, y en cada caso su conducta obedecía a la influencia hereditaria, a la educación, al medio ambiente que lo circundaba y al ejemplo constructivo de sus padres, de sus padrinos y de sus maestros...”

1866, 16 de febrero. Después de un breve noviazgo, Antonio se casó con María Magdalena Cabrales e Isacc en la parroquia del pueblo de San Luis, y se fueron a vivir en la finca La Esperanza, cerca de La Delicia, donde residían los padres y hermanos de Maceo. En noviembre de ese año les nació una niña que bautizaron con el nombre de María de la Caridad.

1868. Pocos días después del alzamiento de Carlos Manuel de Céspedes, en La Demajagua, el 10 de Octubre, ingresó Antonio en el Ejército Libertador. Según el testimonio de María Cabrales, su suegra, doña Mariana, puso “de rodillas a todos, padres e hijos” ante un crucifijo, y les hizo jurar “delante de Cristo, que fue el primer hombre liberal que vino al mundo, libertar la patria o morir por ella”. Los insurrectos de Céspedes habían suscrito una Declaración de Independencia en la que se leía: “...Nadie ignora que España gobierna a la isla de Cuba con un brazo de hierro ensangrentado... teniéndola privada de toda libertad política, civil y religiosa... La tiene privada del derecho de reunión, como no sea bajo la presidencia de un jefe militar; no puede pedir el remedio de sus males sin que se la trate como rebelde, y no se le concede otro recurso que callar y obedecer... Cuando un pueblo llega al extremo de degradación y miseria en que nosotros nos vemos, nadie puede reprobarle que eche mano a las armas para salir de un estado lleno de oprobio... A los demás pueblos civilizados toca interponer su influencia para sacar de las garras de un bárbaro opresor a un pueblo inocente, ilustrado, sensible y generoso... Nosotros consagramos estos dos venerables principios: creemos que todos los hombres somos iguales... y demandamos la religiosa observancia de los derechos imprescriptibles del hombre...” El mismo día en que ingresó Antonio Maceo en el ejército, luchó en Ti-Arriba con tanto coraje que de soldado lo ascendieron a sargento. Conociendo los españoles la ayuda de los Maceo a la causa cubana, les quemaron la vivienda y destruyeron sus cosechas. Toda la familia se fue entonces a la manigua, y poco después fusilaron en San Luis a Justo Regüeyferos Grajales, medio hermano de Antonio, el primero de los hijos de Mariana muerto por la independencia de Cuba.

1869, 16 de enero. Después de ascendido a teniente y a capitán por méritos de guerra, el general Donato Mármol hizo comandante a Antonio Maceo por su comportamiento en la defensa de Bayamo. Diez días más tarde, por semejantes méritos frente al enemigo en Guantánamo y Mayarí, fue ascendido a teniente coronel. El 14 de mayo, en la toma del fuerte de San Agustín, murió Marcos Maceo, el patriarca de aquella “tribu heroica”, como se le llamó a la familia Maceo-Grajales. Una semana más tarde, en el ataque al ingenio Armonía, custodiado por soldados españoles, al quemar los cañaverales y los edificios, recibe Antonio en el muslo su primera herida de guerra. Aún convaleciente, pasa por la pena de ver morir a su hija, María de la Caridad, y a su hijo, José Antonio, por las privaciones que sufrían en los campamentos. Poco después, ya en el mes de julio, recibe la noticia de que su padrino, el licenciado Asencio, conjuntamente con otros patriotas de Santiago de Cuba, habían sido asesinados en Jiguaní.

1870, 16 de marzo. En un combate, en su zona de operaciones, entre Santiago de Cuba y Guantánamo, Antonio Maceo derrota al entonces coronel Arsenio Martínez Campos. Por la muerte de Donato Mármol, el 26 de junio, Máximo Gómez ocupó la jefatura de la división Cuba, a la que pertenecía Maceo; de Gómez aprende el joven militar la estrategia de la guerrilla y del machete que había llevado a Cuba el dominicano. El 2 de octubre los españoles atacaron el campamento de Maceo, en Majaguabo, hiriéndolo gravemente. En cuanto se repone, ataca un campamento español, cerca de Bajaragua, el 12 de diciembre, acción en la que muere su hermano Julio, y en la que el propio Antonio es otra vez herido.

1871, 11 de marzo. En un consejo de guerra que tuvo lugar en Santiago de Cuba, casi todos los miembros de la familia Maceo fueron condenados, “en rebeldía”, y “por infidentes” a la pena de muerte y a la incautación de sus bienes. Este año, con el anterior, constituyó para los insurrectos, por las dificultades que tuvieron que afrontar, el bienio más infortunado de la guerra. Maceo desplegaba, sin embargo la mayor actividad. Entre los muchos combates en que tomó parte cabe destacar los de Mayarí Abajo, Loma de la Galleta y el del cafetal La Indiana, donde hirieron gravemente a su hermano José, a quien en un atrevido asalto pudo rescatar Antonio.

1872, 27 de enero. Al informar sobre las actividades del Ejército Libertador, escribe el general Máximo Gómez: “La conducta observada por el coronel jefe de operaciones de la jurisdicción de Guantánamo, ciudadano Antonio Maceo, es muy digna del puesto que ocupa, por su valor, pericia y actividad”. Otra prueba de lo justo que era el juicio de Gómez, la dio Maceo poco después, el 29 de junio, en el combate de Rejondón de Báguanos: en La Revolución de Yara anota Fernando Figueredo: “Con este gran combate cuya dirección se debió al general Calvar y cuyo éxito coronó Maceo... se inició la reacción en Oriente, cuyo ejército desde aquel momento marchó de triunfo en triunfo”. Otras acciones de guerra en que se distinguió Antonio durante este año de 1872 tuvieron lugar en Jamaica, cerca de Guantánamo; Holguín, Mayarí y Baracoa; en un ataque al ingenio Santa Fe fueron heridos Antonio y su hermano Miguel. El propio presidente Carlos Manuel de Céspedes felicitó a Maceo por las “operaciones y esfuerzos” que había realizado, con los que pudo “conquistar la gloria que justamente” iba “unida a su nombre” y era “de todos confesada y reconocida”.

1873, 8 de junio. Antonio Maceo es nombrado Brigadier por Carlos Manuel de Céspedes quien así le reconocía los servicios que le prestaba a la causa cubana; con ese ascenso se convirtió en jefe de la Segunda División del Primer Cuerpo que estaba a las órdenes del general Calixto García. Además de combatir en Chaparra, Santa María, El Zarzal y Santa Rita, Maceo se cubrió de gloria en el asalto a Manzanillo, el 10 de noviembre, defendido por más de mil hombres, donde llegó hasta la Plaza de Armas de la ciudad aunque sin poder vencer la resistencia de los españoles. Poco antes, en Jiguaní, Maceo pasó por la pena de presenciar la deposición de Céspedes, que tuvo efecto el día 27 de octubre, proclamándose presidente de la República a Salvador Cisneros Betancourt, a quien por disciplina Maceo se sometió sin expresar su disgusto por las pugnas que él sabía iban a perjudicar la causa insurrecta.

1874, 9 de enero. Combate de Melones, en la jurisdicción de Holguín, en el que Maceo y Calixto García le produjeron cerca de 400 bajas a una columna española de 1000 hombres que operaba en la zona. Días antes, el gobierno discutió con los principales jefes militares el plan de invasión de Las Villas: a Maceo lo nombraron Jefe de las fuerzas de orientales y villareños que realizarían dicho plan. A mediados del mes de marzo se produjo el encuentro de Las Guásimas, en Camagüey, que fue una victoria mayor para los cubanos: mil quinientos insurrectos vencieron a los tres mil españoles que abandonaron sus muertos y numerosas armas en el campo de batalla. Poco después, el 17 de abril, muere, en la acción de Cascorro, Miguel, otro de los hermanos de Antonio: al enterrarlo, según contó Ramón Roa, “al caer en la huesa los restos de su hermano, se desbordó en sollozos; y aquel hombre curtido por el sol de los combates, con la piel abrasada por el plomo rompió a llorar espontáneamente como un niño”. El año terminó con su regreso a Oriente por desavenencias con algunos jefes de Las Villas.

1875. “En ningún momento durante los años transcurridos de la guerra”, dice José Luciano Franco en Antonio Maceo: apuntes para su vida, “habíanse presentado perspectivas más favorables para el triunfo de la Revolución Cubana como en los primeros meses del año 1875". España se sintió impotente para detener a los mambises: las tropas cubanas al mando de Máximo Gómez llegaron a Las Villas para allí impulsar la insurrección, mientras que en Oriente los insurrectos burlaban las líneas militares de los españoles, aumentaban sus filas con la presentación de voluntarios que se unían a los cubanos, y con las dotaciones de esclavos liberados por el general Maceo, Gillermo Moncada y Flor Crombet. Estas ventajas de los insurrectos se vieron disminuidas por la conspiración militar, condenada por Maceo, de Lagunas de Varona, que dirigió el general Vicente García para destituir al presidente Cisneros, lo que puso en peligro la causa cubana.

1876. La envidia y el regionalismo de algunos insurrectos se dio a propalar la calumnia de que Maceo favorecía en sus filas a los negros sobre los blancos. Esto hizo que el general se viera obligado a escribirle una carta “manifestación” al presidente de la República, entonces Tomás Estrada Palma, el 16 de mayo, en la que se lee que el exponente “protesta enérgicamente con todas sus fuerzas para que ni ahora, ni en ningún tiempo, se le considere partidario de ese sistema [discriminatorio], ni menos que se le tenga como autor de doctrina tan funesta, máxime cuando forma parte, y no despreciable, de esta República democrática que ha sentado como base principal la libertad, la igualdad y la fraternidad...”

1877. El 7 de agosto Maceo, sorprendido por una columna enemiga en el Potrero de Los Mangos de Mejía, en Barajagua, lo hirieron cuatro balas en el pecho, dos en el brazo y una en la mano derecha. Contó Manuel J. de Granda en La paz del manganeso: “...conducido agonizante por doce hombres mandados por su hermano José, los que resistían tiro a tiro a la columna española mandada por el general Camilo Polavieja, ávido de apresar al caudillo herido, iba María Cabrales sin ocultarse a las descargas enemigas, al pie de la camilla ensangrentada, y al ver llegar al sitio del peligro al Jefe del Regimiento Santiago, el coronel José María Rodríguez, con un gesto de espartana, dirigiéndose a aquellos abnegados y valientes soldados, exclamó: ‘¡A salvar al general o a morir con él!’“ Poco tiempo después, restablecido, estaba de nuevo sobre su caballo en nuevas actividades militares. En el mes de noviembre, ya con el terreno abonado para la pacificación del país, por los problemas entre las filas insurrectas, llegó a Cuba Arsenio Martínez Campos, lo que no impidió que Maceo siguiera combatiendo, como lo hizo, en Sagua de Tánamo, en la provincia de Oriente, a los pocos días de la llegada del general español.

1878. A principios de este año, por acuerdo de la Cámara de Representantes, recibió Maceo el diploma, firmado por el presidente de la República, en el que se le ascendía a Mayor General del Ejército Libertador. Los grandes combates que siguieron su nombramiento, en la llanura de Juan Mulato y San Ulpiano, junto con su hazaña en la Loma de Bío, donde se curaba de las heridas que recibió en el Potrero de los Mangos de Mejía, confirmaron el juicio que envió a Madrid Martínez Campos sobre el héroe cubano; dijo: “Creí habérmelas con un mulato estúpido, con un arriero rudo, pero me lo encuentro transformado no sólo en un verdadero general, capaz de dirigir sus movimientos con tino y precisión, sino en un atleta que en momentos de hallarse moribundo en una camilla, es asaltado por mis tropas y abandonando su lecho se apodera de su caballo, poniéndose fuera del alcance de los que le perseguían”. Abrumada por las dificultades internas, el 8 de febrero se disolvió la Cámara de Representantes para llegar a un acuerdo con Martínez Campos, firmándose el Pacto del Zanjón dos días más tarde. El 18 de ese mes se reunieron Maceo y Máximo Gómez en Pinar Redondo, pero el caudillo oriental se negó a aceptar la paz acordada. Entonces le escribe a Martínez Campos para entrevistarse con él, lo que sucede el día 15 de marzo en Baraguá. No llegaron a un acuerdo, toda vez que, como le dijo Maceo, no se habían logrado lo que dio origen a la guerra. De nuevo se vuelve a ella: era la Protesta de Baraguá, pero por orden del jefe español sus soldados respondían a los ataques cubanos con vivas a la paz y a Cuba. Maceo, aún protestante del acuerdo del Zanjón, comisionado por los rebeldes para obtener refuerzos en el extranjero, embarcó en Santiago de Cuba con destino a Jamaica. A los pocos días llegaron a Kingston Mariana Grajales, María Cabrales y las otras mujeres y los niños de su familia. En aquella ciudad, Maceo empezó su campaña para continuar la revolución de Cuba, pero no tuvo suerte: parecía que de nada habían servido sus diez años de lucha, su participación en 800 combates, y las 22 cicatrices que llevaba en el cuerpo. Y no mucho mayor éxito logró, en el mes de junio, durante su visita a Nueva York. Por eso tuvieron que rendirse los pocos patriotas que en la isla siguieron combatiendo a España con “escopetas viejas cargadas con pólvoras de guano de murciélago y proyectiles de balaustres de hierro recortado... en fieras batallas cuerpo a cuerpo, a pedradas, al machete, con púas y macetas de madera”, como es el caso del holguinero Modesto Fornaris Ochoa, presente en la protesta de Baraguá, quien no pudo resistir, junto a los 10 hombres que lo acompañaban, más que hasta el día en que se cumplieron justos los diez años del alzamiento de Céspedes en la Demajagua.

1879, 26 de agosto. Se inicia en Santiago de Cuba la llamada Guerra Chiquita. Su jefe máximo, el general Calixto García, le explica a Maceo, en Kingston, la conveniencia de que no fuera a la cabeza de lo militar para impedir que pareciera una guerra “de raza”, pero él, ayudado por su hermano Marcos y varios amigos, y antiguos compañeros, preparó una expedición que habría de desembarcar en Cuba y sumarse a los que allí estuvieran en armas. Sale hacia Haití, y en Port-au-Prince, a fines de diciembre, de nuevo los españoles tratan de asesinarlo.

1880, 3 de agosto. A raíz de desembarcar Calixto García en Cuba, las tropas españolas lo hicieron prisionero, y así terminó aquel movimiento revolucionario. A principios del año Antonio y Marcos Maceo, sin renunciar a la idea de llevar una expedición armada a Cuba, por los sucesos en Haití, se embarcan con destino a Saint Thomas, y luego fueron a las Islas Turcas para trasladarse a Santo Domingo: allí una mujer, por dinero, se comprometió a llevarlo a una playa para que lo asesinaran, pero ella se enamoró del héroe y de su causa y le descubrió el complot del cónsul español. Al terminar el año estaba otra vez Maceo en Jamaica.

1881. En el mes de junio, en compañía de su hermano Marcos, viajó a Costa Rica para establecerse luego en Honduras, donde el gobierno protegía a los emigrados de Cuba, y lo nombró General de División a cargo de Tegucigalpa. En sus tiempos libres Maceo estudió francés e historia, administración pública y técnica militar.

1882. Se reúne el general Maceo con Máximo Gómez, y tratan del futuro de Cuba. En julio Martí le escribe, desde Nueva York, a Maceo, y le pregunta sobre la posibilidad de reiniciar la guerra de Cuba; le dice: “No conozco yo soldado más bravo, ni cubano más tenaz que Ud., ni comprendería yo que se tratase de hacer obra alguna seria en las cosas de Cuba, en que no figurase Ud. de la especial y prominente manera a que le dan derecho sus merecimientos”.

1883. Las noticias de Cuba y las conversaciones con algunos de sus compañeros de armas en la pasada guerra, le hacen concebir a Maceo, junto a Gómez, nuevas esperanzas para iniciar un levantamiento en Cuba. A fines de ese año reciben la promesa de ayuda económica de algunos cubanos ricos residentes en Nueva York.

1884, 2 de agosto. Después de liquidar los compromisos que le impedían dedicarse por entero a las labores revolucionarias, se embarcó Maceo con la esposa, Máximo Gómez y su familia, en Puerto Cortés con destino a Nueva Orleans. El presidente hondureño Luis Bográn les facilitó dinero para el viaje. Poco antes le había escrito a un amigo desde San Pedro: “Para ocuparme de la Patria he dejado el destino que me proporcionaba el sustento de mi familia, porque nuestra esclavizada Cuba reclama que sus hijos la emancipen de España...” En setiembre, también en viaje de propaganda y para recaudar fondos, Maceo y Gómez llegaron a Cayo Hueso, y en octubre ya estaban en Nueva York, donde se les unió José Maceo, quien se había escapado de una prisión española en las islas Baleares. A pesar del número de figuras importantes de la emigración que los apoyaban, la visita a Nueva York tuvo poca fortuna: además de perder el apoyo de Martí, quien se disgustó con Gómez, la ayuda económica prometida nunca se produjo: Gómez anotó en su Diario: “He sufrido aquí en New York lo que no me esperaba... Mi decepción ha sido tristísima porque sólo los cubanos pobres son los dispuestos al sacrificio. A los más pudientes les he pasado notas secretas para que afronten recursos, y de más de 20 a quienes he interrogado, uno sólo contestó con 50 pesos...” Entre las comisiones que despacha a distintos países —Francia, Venezuela, Panamá, Colombia—, Maceo fue destinado a México, pero en esa gestión muy poco pudo lograr.

1885. Continúa Maceo su labor de propaganda por distintos centros de emigrados: otra vez, Cayo Hueso, Nueva Orleans, Nueva York, Panamá, México, Kingston. Desde Nueva Orleans, el 14 de junio —en carta dada a conocer por el autor de este libro— le escribe a Juan Arnao criticando a Martí por no apoyar la gestión revolucionaria de Gómez: “¿Qué importa la doblez y la falsía de unos pocos, si se cuenta con la abnegación y probado patriotismo de los más?...Concretando especial y determinadamente estos comentarios a un solo individuo, que lo designaremos Dr. Martí, debo agradecerle los antecedentes que relativos a su conducta Ud. ha tenido la bondad de proporcionarme... Conocidas como son las retrógradas tendencias del amigo que nos ocupa, debe Ud. procurar el concurso de los que, amantes de su Patria, aspiren al bien de ella para que unidos así combatan en todos los terrenos tan fatal elemento...” Maceo terminó el año en Jamaica; y en Kingston, en diciembre, lanza su proclama “A mis compañeros y vencedores de Oriente”, donde les dice: “La libertad no se pide, se conquista... Os traigo la guerra de la justicia y la razón... Venid al campo del honor, ahora que os traigo el olivo de la libertad y del derecho”.

1886. Durante los primeros meses de este año Maceo permanece en Panamá preparando la nueva guerra que quiere empezar en Cuba, y en julio otra vez se encuentra en Jamaica; allí se celebró una reunión presidida por Máximo Gómez, a la que asistieron buen número de los militares comprometidos en el levantamiento: la mayoría estuvo de acuerdo en que era imposible llevarlo a cabo por los fracasos sufridos, la indiferencia de muchos en la isla y la escasez de recursos. En la reunión del 17 de agosto, por una discrepancia entre Maceo y Flor Crombet, que logró resolverse, hubo un agrio intercambio epistolar entre Gómez y Maceo, que terminó por un ruego de Maceo a su antiguo compañero de armas y amigo, en el que le decía: “Suplícole que no confunda la causa con nuestras personalidades...”: y se impuso el patriotismo: Gómez le contestó: “..queda una cosa en común entre los dos, sagrado por cierto, y que la he hecho mía, la causa de su Patria...” A fines de diciembre vuelve Maceo a Panamá, y al empezar el año siguiente, para ganarse la vida, ya estaba construyendo casas para los obreros que trabajaban en el Canal.

1887, 4 de enero. En respuesta a una carta firmada por un grupo de cubanos de Nueva York, que encabezaba Martí, y dirigida a los generales Gómez, Maceo, Francisco Carrillo y Rafael Rodríguez, Maceo, sin hacer alusión a la polémica de 1884, le contestó: “Hoy como ayer y siempre, señor Martí...debemos los cubanos todos, sin distinciones sociales de ningún género, deponer ante el altar de la Patria esclava y cada día más infortunada, nuestras disensiones todas...” Y después de una breve visita al Perú, donde alterna con Eloy Alfaro, Maceo y su hermano José volvieron a Jamaica por las dificultades que tuvieron los empresarios que construían el Canal.

1889. El desorden y la corrupción de las autoridades españolas en la isla hizo que se nombrara como Gobernador General a Manuel Salamanca. Llegó a Cuba en el mes de marzo, pero lo único que pudo lograr fue darle el control del robo y del peculado a los que decían perseguirlo. Otro de sus planes era impedir un brote insurreccional y neutralizar los centros de emigración que simpatizaban con el separatismo: en Cayo Hueso se organizaban los cubanos para lo que a principios de 1891 se convertiría en la Convención Cubana; aquellos grupos de emigrados tenían buen número de agentes en la isla. Por los mismos días que llegó a La Habana el teniente general Salamanca, Martí publicó en The Evening Post, de Nueva York, su famoso artículo “Vindicación de Cuba”; allí decía: “La lucha no ha cesado. Los desterrados no quieren volver. La nueva generación es digna de sus padres... Sólo con la vida cesará entre nosotros la batalla por la libertad...”

1890, 5 de febrero. Maceo llega a La Habana. Con la disculpa de que tenía que vender algunas propiedades de su madre, pidió permiso al gobierno español para trasladarse a Cuba. En los fragmentos de unas “Narraciones” que recogió su sobrino Gonzalo Cabrales, en el Epistolario de Héroes, confirma que, con el viaje, quiso tentar el terreno antes de volver a la guerra; escribió allí: “Yo les hice presente [a los amigos y viejos compañeros de armas con los que habló en las distintas ciudades en que estuvo] que podían asegurar que mi vuelta a Cuba no obedecía a otra cosa, que mis propósitos eran revolucionar la Isla y lanzarme a la lucha armada, no obstante que me veía en el caso de aparentar lo contrario, disimulando mis pasos en el país con varias cosas que intentaba hacer”. El momento era propicio por el caos económico y los abusos de los gobernantes. Los habaneros le hicieron todo tipo de homenajes. Maceo, por su parte, describió así la situación que encontró en la capital: “... viven con la lucha del amo y el esclavo: al primero le sobra la razón, y al segundo siempre le falta la justicia, por buena que sea su causa. Nuestras mujeres tienen que ser ociosas y prostituirse por falta de ocupación honrosa y digna de su sexo, pues ni siquiera tienen, en su tierra, el auxilio de la venta de flores, oficio que desempeñan corpulentos jóvenes españoles...” En julio, ya en Santiago de Cuba, Maceo logra organizar un levantamiento armado con los antiguos y los nuevos adeptos del separatismo. Además del Partido Autonomista, que repudiaba el camino de la guerra, el único otro estorbo era el de los anexionistas que querían convertir a Cuba en Estado de la Unión Americana: en un banquete que le dieron los santiagueros al general Maceo en el restaurante La Venus, según conocida anécdota, se brindó por Cuba Libre, pero un imprudente sugirió en la sobremesa la conveniencia de anexar a Cuba a los Estados Unidos; Maceo le contestó: “Creo, joven, aunque me parece imposible, que ese sería el único caso en que tal vez estaría yo al lado de los españoles”. Muerto el gobernador Salamanca, su sustituto, Camilo Polavieja, acabado de llegar a La Habana, a fines de agosto, ordenó la inmediata deportación de Maceo y de otros complotados, y el arresto de muchos de los comprometidos en Oriente: la subida del precio del manganeso restó el apoyo de algunos sectores de la población, por lo que se llamó al acontecimiento, como antes a la otra Paz, del Zanjón, a ésta, la Paz del Manganeso. Desde Kingston, sin desanimarse, le escribió Maceo a José Miró Argenter: “...lo que conviene es que se haya levantado el espíritu, que no se desmaye en la conspiración, pues yo, cualesquiera que sean los obstáculos que encuentre a mi paso, trataré de vencerlos; superaré el peligro... Mis deberes para con la Patria y para con mis propias convicciones políticas, están por encima de todo esfuerzo humano; por ellos llegaré al pedestal de los libres o sucumbiré luchando por la redención de ese pueblo...”

1891. Por las concesiones que hacía Costa Rica para colonizar parte de su territorio inculto, el general Maceo se trasladó a ese país, y en el mes de febrero ya estaba allí en negociaciones con el gobierno. Desde 1883 Maceo acariciaba la idea de crear en Centroamérica, con Gómez, en Honduras, una “colonia cubana” que formara soldados para la próxima guerra, y ciudadanos para la futura república —algo como se intentó en 1893 en la Florida, cerca del pueblo de Ocala, en “Martí City”—. Por presiones de España se le negaron tierras en la costa del Caribe para que no estuviera tan cerca de Cuba, y se las dieron en la del Pacífico, en la península de Nicoya, habitada entonces por indios y nativos: se le pagaba una cantidad en efectivo por cada colono que llevara al lugar, por cada vivienda que construyera y por cada hectárea que preparara para cultivo; se le dio dinero para maquinaria agrícola y para semilla, y la propiedad de 5 mil de las 15 mil hectáreas que le asignaron para la colonia, en la que se establecieron también sus hermanos José y Tomás, y muchos compañeros de la insurrección. Poco después, por el trabajo de los cubanos, aquel lugar al que Maceo puso por nombre La Mansión, era un rico centro agrícola e industrial, productor de azúcar, tabaco, café, cacao, arroz —un remedo de las fincas que tuvo en Cuba, antes de empezar la Guerra Grande, Marcos Maceo.

1892. España había logrado mantener desunida a la emigración, al igual que a los separatistas en la isla, y hasta logró crear cierta hostilidad entre los patriotas. En esa campaña actuaron con gran efectividad los que propiciaban un entendimiento con los gobernantes españoles, los autonomistas, el Partido Liberal, y los que favorecían la anexión, ambos enemigos de la independencia. Martí comprendió la necesidad de la acción para lograr la unión de los cubanos, y para llegar a aquélla se puso a crear una base política e ideológica que lograra el milagro. Con sus contactos en Tampa, Cayo Hueso, Filadelfia y Nueva York, fundó el Partido Revolucionario Cubano, reflejo de las aspiraciones que habían manifestado los patriotas cubanos en actividades anteriores, incluyendo las del propio Antonio Maceo. Conjuntamente con el Partido, fundó el periódico Patria, el 14 de marzo, que iba a estimular la actividad separatista en las emigraciones y entre los cubanos de la isla. Antes de que terminara el año, Martí ya había comprometido a Máximo Gómez, al visitarlo en Santo Domingo, para que aceptara la dirección de la guerra; luego fue a hacer contacto con los emigrados en Haití, donde conoció a la esposa de Maceo, y a la madre. Poco después, por la muerte de la anciana, escribió en Patria: “... mejor será pintarla como la recuerda, en un día muy triste de la guerra, un hombre que estuvo en ella los diez años... fue un día que traían a Antonio Maceo herido... las mujeres todas, que eran muchas, se echaron a llorar... Y la madre, con el pañuelo a la cabeza, como quien espanta pollos, echaba del bohío a aquella gente llorona... Y a Marcos, el hijo, que era un rapaz aún, se lo encontró en una de las vueltas: ‘¡Y tú [le dijo], empínate, porque ya es hora de que te vayas al campamento!’“

1893, 30 de junio. Maceo se entrevista con Martí en Puerto Limón. Allá ha ido Martí después de visitar por segunda vez a Máximo Gómez en Santo Domingo. Poco antes, desde La Mansión, le había escrito Maceo a Alejandro Rodríguez: “Los asuntos de Cuba me pusieron a pique de abandonar mi empresa [en La Mansión]... lo cierto es que lucho conmigo mismo, porque al desatender un deber abandono el otro; el ideal de toda mi vida contenido por obligaciones contraídas...” Maceo aprobó complacido los planes de Martí y Gómez para iniciar la guerra. Primero quiso, sin embargo, hablar directamente con sus amigos en Cuba. Aunque el riesgo era muy grande, con pasaporte ajeno, y sin decírselo a nadie, se embarcó para Santiago de Cuba, y estuvo también en La Habana y en Cárdenas en conversaciones secretas con diversos patriotas, pero tuvo que adelantar su salida del país porque la policía ya estaba sobre su pista: escondido embarcó por Cienfuegos. Al llegar a San José supo de la muerte de su madre, el 28 de noviembre.

1894, 8 de abril. Llega a Nueva York, acompañado por su hijo Panchito, el general Máximo Gómez. Satisfecho regresa a Santo Domingo. El hijo se lo dejó a Martí, y juntos se dirigen a Costa Rica para entrevistarse con Maceo. El 6 de junio Martí le detalló el Plan de Fernandina: tres barcos saldrían de un puerto de los Estados Unidos: uno iría a Cayo Hueso a recoger a los generales Serafín Sánchez y Carlos Roloff para trasladarlos a Las Villas; otro iría a Costa Rica a buscar a Maceo, a su hermano José y a Flor Crombet para llevarlos a Oriente; el tercero, después de recoger a Martí, y a los generales Enrique Collazo y José M. Rodríguez en Fernandina, iría a Santo Domingo para reunirse con Gómez y seguir hacia Camagüey; y cada contingente se haría acompañar por un grupo de hombres escogidos por los jefes. Sospechando las autoridades de La Habana que algo grande se preparaba en la emigración, decidieron atentar otra vez contra la vida de Maceo, y el 10 de noviembre, a la salida de un teatro, en San José, varios españoles lo balearon: Maceo logró matar a uno de sus asaltantes, pero él recibió una herida en el muslo. Pronto sanó, pero aún trataron sus enemigos en otras dos ocasiones de envenenarlo. Un amigo de Maceo, Manuel González Zeledón, describió cómo pudieron proteger a Maceo hasta embarcarse para Cuba: conoció este generoso costarricense a un jamaiquino recién llegado a Costa Rica, que ni hablaba español, pero que tenía un gran parecido con el general. Enterado Maceo del plan, le prestó su ropa, y durante varias semanas se paseó por las calles de la ciudad en compañía de los cubanos aunque sin hablar para que no se descubriera la trampa que burló la vigilancia de los espías españoles.

1895, 12 de enero. Fracasa el Plan de Fernandina al descubrirse el propósito de la expedición y los alijos de armas. Enterado Maceo, pide 6 mil pesos para ir con sus hombres a Cuba. Martí no pudo complacerlo y le encargó a Flor Crombet la empresa: el tesoro de la revolución había quedado exhausto. El 24 de Febrero se produjo un levantamiento armado en el pueblo de Baire, y por esa misma fecha hubo alzados en Manzanillo, Guantánamo, Jiguaní y en Ibarra (Matanzas). El 11 de abril desembarca- ron Antonio y José Maceo, Crombet y sus hombres en la playa de Duaba, cerca de Baracoa, y enseguida tuvieron encuentros con soldados españoles: en uno de ellos murió Flor, de un balazo en la cabeza. Frank Agramonte, ayudante de Crombet, dice en su “Diario” —aún inédito, y que se conserva entre los papeles de Roberto D. Agramonte, su hijo, en los archivos de la Universidad de Miami— que Antonio Maceo “... había cometido la imprudencia de avisar a las Autoridades Españolas [de Baracoa] que él había llegado”. Por su cuenta, Martí y Gómez desembarcaron con cuatro compañeros, en Playitas, el día 11. El 5 de mayo Maceo, Gómez y Martí se reunieron en el ingenio La Mejorana. Allí salieron a relucir las discrepancias por las que no se pusieron de acuerdo en 1884; además, Maceo estaba disgustado porque lo sometieron al general Flor Crombet: cuenta en su “Diario” Frank Agramonte que Maceo le dijo en el viaje a Cuba, que Benjamín Guerra, el tesorero del Partido Revolucionario Cubano, y Martí, “...se la iban a pagar por no haber[le] entregado a él el dinero de la expedición, así como la dirección de la misma”. Martí anota en su Diario, a raíz de la entrevista: “... me habla [Maceo], cortándome las palabras, como si fuese yo la continuación del gobierno leguleyo [de la última guerra], y su representante. Lo veo herido. ‘Lo quiero’ —me dice— ‘menos de lo que lo quería’, por su reducción a Flor en el encargo de la expedición, y gasto de sus dineros... En la mesa, opulenta y premiosa, de gallina y lechón... me hiere y me repugna...” Dos semanas más tarde, el 19 de Mayo, murió Martí en Dos Ríos. Después de La Mejorana, Maceo volvió a sus campañas: ataca el poblado del Cristo —cerca de Santiago de Cuba—, derrota a los españoles en El Jobito —cerca de Guantánamo—, y en Peralejo —no lejos de Bayamo— se enfrenta y derrota a Martínez Campos, y allí muere el general español Fidel Santocildes. El 31 de agosto, en el combate de Sao del Indio, los soldados de Antonio y José Maceo le produjeron más de 300 bajas a la columna española dirigida por el coronel Francisco Canellas, lo que le dio al Ejército Libertador, al conocerse la noticia en toda la isla, fama de invencible. Diez y siete años después de la Protesta en los Mangos de Baraguá, desde ese mismo lugar, el 22 de octubre, inició Maceo, nombrado el mes anterior Lugarteniente General, la invasión hacia Occidente. El 29 del siguiente mes, después de cruzar la Trocha de Júcaro a Morón, que los españoles creían invencible, las fuerzas de Maceo, 1500 jinetes y 700 infan- tes, y las de Máximo Gómez se reunieron en Camagüey: Bernabé Boza, Jefe de la Escolta de Gómez, describió así el encuentro en su Diario de la guerra: “Es imposible decir la escena que allí tuvo lugar. En un estrecho abrazo y derramando lágrimas de santo patriotismo, nos confundimos orientales, centrales y occidentales, negros y blancos”. La fuerzas combinadas de los dos jefes lograron la que fue quizás la más decisiva victoria del ejército invasor: el 15 de diciembre, el combate de Mal Tiempo le produjo grandes bajas a los españoles y abundante parque a los insurrectos, y quedó abierto el camino para que las tropas de Maceo entraran en Matanzas, y el 23, el combate de Coliseo convenció a Martínez Campos, quien se había refugiado en la capital de la isla, de su incapacidad para detener la invasión; confirma su juicio la entrada de Maceo en la provincia de La Habana el 11 de enero de 1896. El 7 de Diciembre del próximo año, minutos antes de morir Maceo escuchaba complacido de boca del general José Miró lo que éste había escrito sobre el combate de Coliseo; decía que allí “se hundió el astro de su fortuna [de Martínez Campos], cuando aún no era media tarde, en aquel cielo tenebroso...” Maceo, en aquella ocasión, se hizo repetir las palabras de Miró, y le dijo: “¡Eso es lo que a mí me gusta, el eclipse de mi compadre Martinete en aquel cielo tenebroso, cuando aún no era media tarde...” Al entrar en la provincia de La Habana, Gómez y Maceo seguían el plan de destrucción que tanto había servido a los insurrectos en las campañas de Oriente durante la Guerra Grande, y que le serviría de castigo a la riqueza indolente más preocupada por el rendimiento de sus propiedades que por la justicia social y la independencia de su patria: un año más tarde Gómez recordará esos días en la provincia de La Habana en carta al coronel Andrés Moreno, desde Sancti Spíritus, el 6 de febrero; le decía: “Cuando la tea empezó su infernal tarea, y todos aquellos valles hermosísimos se convirtieron en una horrible hoguera, cuando ocupamos a viva fuerza aquellos bateyes ocupados por los españoles, aquellas casas palacios, con tanto portentoso laberinto de maquinarias... cuando yo vi todo eso, le confieso a usted que quedé abismado y hubo un momento que hasta dudé de la pureza de los principios que sustentaba la Revolución... Mas, cuando puse mi mano en el corazón adolorido del pueblo trabajador y lo sentí herido de tristeza, cuando palpé al lado de toda aquella opulencia alrededor de toda aquella asombrosa riqueza, tanta miseria material y tanta pobreza moral; cuando todo esto vi en la casa del colono, y me lo encontré embrutecido para ser engañado, con su mujer y sus hijitos cubiertos de andrajos y viviendo en una pobre choza plantada en la tierra ajena... me sentí indignado y profundamente predispuesto en contra de las clases elevadas del país, y en un instante de coraje, a la vista de tan marcado como triste y doloroso desequilibrio, exclamé: ¡Bendita sea la tea!”

1896. A principios del año Maceo cruza con 1500 hombres la Trocha de Mariel a Majana y, el 23 celebra un acto público en el pueblo de Mantua, en el extremo occidental de la isla —allí hizo tremolar la bandera que le habían regalado las mujeres de Puerto Príncipe. Hacía tres meses que había salido la columna invasora de los Mangos de Baraguá, había recorrido victoriosa, en 68 marchas, 424 leguas, había vencido a los ejércitos españoles, destruido la riqueza que perjudicaba la causa cubana, y obtenido el más rico botín de guerra. El periódico Times, de Londres, dijo sobre el triunfo cubano: “La campaña de los españoles puede darse por fracasada desde el momento que siendo en número de cuatro soldados por cada insurrecto, no ha podido evitar el éxito constante de los rebeldes mandados por Gómez y Maceo, puesto que ora separados, ora juntos, han cruzado en todas direcciones la isla, sin haber experimentado una derrota de verdadera consecuencia”. El 11 de febrero, para sustituir a Martínez Campos, llegó a La Habana el sanguinario general Valeriano Weyler, encargado de establecer el terror para impedir el progreso de la causa de Cuba: tenía, según el juicio de Martínez Campos, la necesaria “crueldad” para dirigir la guerra, toda vez que los cubanos tenían “una generosidad fatal con los heridos y prisioneros” españoles. Ante las salvajes medidas de Weyler contra le gente indefensa, Maceo le escribió a fines de febrero: “A pesar de todo cuanto se había publicado por la prensa respecto de usted, jamás quise darle crédito y basar en ellos un juicio de su conducta: tal cúmulo de atrocidades, tantos crímenes repugnantes y deshonrosos para cualquier hombre de honor, estimábalos de imposible ejecución... Pero, por desgracia, la dominación española ha de llevar siempre aparejada la infamia... En mi marcha durante el actual período de esta campaña, veo con asombro, con horror, cómo se confirma la triste fama de que Ud. goza, y se repiten aquellos hechos reveladores de salvaje ensañamiento... Su nombre de Ud. quedará infamado, y aquí, y fuera de aquí, recordado con asco y horror...” Iniciaba entonces Maceo la Campaña de Occidente, la más difícil por la concentración de tropas que allí se le oponían. En un encuentro en Consolación del Sur, Maceo fue herido, y dos semanas más tarde, el 5 de julio, en Oriente, en Loma de Gato, también frente al enemigo, muere su hermano José, injustamente maltratado por el Consejo de Gobierno de la República en Armas —en el bolsillo llevaba su renuncia a la jefatura del Primer Cuerpo del Ejército—. Después de la muerte de su padre, era el cuarto hermano que perdía Antonio por la guerra: Julio, en 1870; Miguel, en 1874; y Rafael, en 1887—. El 5 de setiembre llega a la Bahía de Corrientes, en Pinar del Río, la expedición armada del general Juan Ríus Rivera, con quien viene Panchito Gómez Toro, el hijo del General Gómez, y pronto se reúnen con las fuerzas de Antonio Maceo. Se suceden los combates en distintos lugares: el de Montezuelo, el de las Tumbas de Estorino, el de La Manaja, el de Soroa... pero ninguno tan notable como la victoria cubana en Ceja del Negro, cerca de la ciudad de Pinar del Río. A principios de diciembre decide Maceo reunirse con Gómez para conjurar la crisis política del Gobierno y las intrigas contra el general Gómez; decide por eso cruzar hacia el Este la Trocha de Mariel a Majana, y el día 5 tiene un sueño en el que su madre le pedía suspender la lucha y renunciar a más gloria, le decía: “¡Basta de lucha, basta de guerra!” En ese mismo día 5, desde el destruido ingenio La Merced, cerca del Mariel, le escribe al general José María Aguirre, jefe de la división de La Habana, un oficio, cuyo original se reproduce en este libro, en el que le pide que reconcentre sus tropas para acompañarlo en una atrevida operación: para humillar a Weyler, iba a atacar el poblado de Marianao, a las puertas de La Habana... El día 7, un lunes, ya en el campamento de San Pedro, a las dos de la tarde, Maceo descansaba en la hamaca rodeado de su Estado Mayor: Miró le acababa de leer lo del combate de Coliseo. Sonaron tiros: los españoles habían burlado la guardia. A poco el Lugarteniente General estaba sobre el caballo dirigiendo a los suyos. Ordenó al corneta que tocara a degüello. “Esto va bien”, dijo: fueron sus últimas palabras: una bala en el rostro lo hizo caer del caballo. Trató de levantarlo el comandante Juan Manuel Sánchez: “¿Qué es eso, general? ¡Eso no es nada! ¡No se amilane!”—le dijo. Maceo abrió los ojos. Un minuto después, estaba muerto.