ANTONIO MACEO Escrito por José Martí en 1893 después de un viaje a Jamaica, donde visitó a la madre y a la esposa del general Maceo. (adaptación) De la madre, más que del padre, viene el hijo, y es gran desdicha deber el cuerpo a gente floja; pero Maceo fue feliz, porque vino de león y de leona. Ya está muriéndose Mariana Grajales, la madre, la viejecita gloriosa en el extranjero, y todavía tiene manos de niña para acariciar a quien le habla de la patria. Levanta la cabeza arrugada, con un pañuelo que parece corona. Y uno no sabe por qué, pero se le besa la mano. A la cabecera de su nieto enfermo, habla la anciana de las peleas de sus hijos, de sus terrores, de sus alegrías. Acurrucada en un agujero de la tierra pasó horas mortales, mientras que a su alrededor se cruzaban sables y machetes. Vio erguirse a su hijo Antonio, sangrando del cuerpo entero, y con diez hombres desbandar a doscientos españoles. Y a los viajeros que en nombre de la causa de Cuba la van a ver a Jamaica, les sirve con sus manos y los acompaña hasta la puerta. María Cabrales, la esposa de Maceo, quien es una nobilísima dama, ni en la muerte vería espantos, porque le vio ya la sombra a la muerte muchas veces. No hay más culta matrona que ella, ni hubo en la guerra mejor curandera. Dijo en una ocasión, cuando faltaban mujeres en el campo de batalla: "Si ahora no va a haber mujeres, ¿quién cuidará de los heridos? Con las manos abiertas se adelanta a quien la visita y le lleva esperanzas de su tierra. De negro va siempre vestida, pero es como si la bandera cubana la vistiese. ¡Fáciles son los héroes, con tales mujeres! En Costa Rica vive ahora Antonio Maceo. De vez en cuando sonríe, y es que ve venir la guerra. Todo se puede hacer. Todo se hará a su hora. Y hay que poner atención a lo que dice, porque Maceo tiene en la mente tanta fuerza como en el brazo. Firme es su pensamiento, como las líneas de su cráneo. Su palabra es de una elegancia artística que le viene de su esmerado ajuste con la idea. No deja frase rota, ni usa voz impura, ni vacila cuando lo parece. Ni hincha la palabra nunca ni la deja de la rienda. Pero se pone un día el sol, y amanece al otro, y el primer fulgor da por la ventana sobre el guerrero que no durmió en toda la noche buscándole caminos a su patria para hacerla libre. Con el pensamiento la servirá, más aún que con el valor. En el general Maceo son naturales el vigor y la grandeza. QUIÉN ERA MACEO Eugenio María de Hostos, el famoso escritor y maestro puertorriqueño que tanto hizo por la causa de la libertad de Cuba, conoció a Maceo en Santo Domingo. Al enterarse en 1896 de la muerte del cubano publicó este artículo en El Propagandista, de Caracas. (adaptación) Ha estado siempre tan presente en los campos de batalla; entró tan pronto en la guerra; organizó con tal tino el ejército de Oriente; secundó con tal brío a su gran jefe y gran amigo Máximo Gómez, en la pasmosa marcha de Oriente a Occidente; su entrada en Pinar del Río fue tan atrevida; su patente superioridad intelectual, como soldado en guerrilla y en batalla; su ímpetu en el combate; su vigilancia en el campamento; el brillo de sus virtudes de guerrero ha sido tan favorable, que la gloria militar del soldado ha eclipsado al ciudadano. Pero Maceo, antes que todo y más que todo, fue un ciudadano. A sus cualidades de patriota ciudadano debió sus cualidades de guerrero; a su patriotismo, su vehemencia; a su civismo, su constancia; a su deseo de justicia, su clemencia; a su ansia de libertad, su entusiasmo; a su ardentísimo anhelo de igualdad, el popular ejercicio que hacía de su superioridad. Antes de esta revolución, en que sólo la gloria de Máximo Gómez ha competido con su fama, estuvo Maceo en otra revolución más larga que exigió de él esfuerzos mayores. La familia de Maceo era una familia tipo. Eran ocho y ya no quedan sino los retoños; los ocho, según parece, han muerto por su patria. La madre que quedó sola al frente y al cuidado de sus hijos, es singularmente alabada y respetada de los que la conocieron: Martí, en una de las últimas páginas que escribió, habla de aquella madre que enseñaba a sus hijos a acostumbrarse a la idea de morir por su patria, y que les ponía por sí misma los arreos del combate, Martí habla de ella como de una matrona romana. En aquel hogar de patriotas, de soldados, de ciudadanos y de héroes, el patriota por excelencia, el soldado más tenaz, el ciudadano más perfecto, el héroe más brillante, es el que acaba de caer al golpe de la fatalidad.
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