La vida íntima y secreta de
José Martí

Carlos Ripoll

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LA ESPOSA DE JOSE MARTI

"UN CESTO DE CINTAS MUY NEGRAS"
lLA "GRANDEZA MERAMENTE ESPIRITUAL, SECRETA E IMPRODUCTIVA"
"BEBERSE EL SOL EN UNA TAZA DE CAFÉ"
EL "ALMA TORCIDA" DE LOS  "VERSOS SENCILLOS"

Por citas en libros de Gonzalo de Quesada y Miranda se sabía de la existencia de algunas cartas de Carmen Zayas Bazán a Martí, que jamás se habían hecho públicas. Es posible que por cumplir instrucciones de su padre, el discípulo de Martí, Quesada y Miranda se limitó a reproducir breves pasajes de algunas de ellas, excluyendo lo que a su juicio podía lastimar la imagen del hombre en Martí. Como Quesada y Miranda estaba convencido de que al morir iba a pasar su archivo a manos del gobierno de Castro, y que éste habría de disponer de manera arbitraria de su contenido, decidió facilitarle esas cartas al profesor universitario e historiador Luis Felipe LeRoy y Gálvez, quien las incluyó en un libro con el título de "Martí íntimo", que no le quisieron publicar en La Habana.

La censura opinaba que el trabajo de LeRoy caía dentro de lo que allá califican de "diversionismo ideológico", que, en último análisis, no es más que todo lo que le estorba, o no le sirve a las autoridades para propagar sus mentiras, o aquello que de alguna manera puede distraer al pueblo de la visión oficial en los asuntos de su interés. LeRoy, quien desde hacía tiempo no era bien mirado por la policía que vigila a los intelectuales en Cuba, murió en 1978, y su archivo fue, según un testigo del hecho, "literalmente destruido" por los representantes del gobierno. Es por ese motivo que los que tenían conocimiento del trabajo de LeRoy lo daban por perdido, pero, por fortuna, Quesada le había confiado una copia a su amigo el pintor Carmelo José González Rodríguez, quien trabajaba en La Habana como diseñador gráfico del Instituo del Libro, fervoroso martiano, quien pudo sacarla de Cuba cuando se exilió hace poco más de un año. Al saber González que yo preparaba un libro con el título de "La vida íntima y secreta de José Martí", tuvo la gentileza de facilitarme, con toda generosidad, la transcripción del "Martí íntimo" de LeRoy.

Al principio pensé de alguna manera publicar sus 49 páginas, no sólo por el interés del tema, sino también por consideración a LeRoy, quien había sido mi profesor de Química Inorgánica en la Universidad de La Habana, cuando yo allí cursaba estudios de Agronomía, sino también porque lo que tenía él publicado en particular su libro A 100 años del 71: El fusilamiento de los estudiantes de Medicina lo acreditaba como historiador acucioso y responsable. Pero, por desgracia, además de que estas páginas adolecen de defectos de ordenación y abigarramiento, y de parecer un trabajo inacabado, escrito sin deseos y con prisa, ponen en evidencia que los conocimientos sobre Martí de su autor eran limitados, y se ve mucho en ellas la mano de Quesada, al repetir cuanto ya había dicho éste en otras ocasiones. La "dedicatoria" de "Martí íntimo", reconoce la deuda; dice: "Al profesor Gonzalo de Quesada y Miranda, sin cuya ayuda no se habrían podido escribir estas páginas".

Con la excepción de algunos detalles de la vida de Martí que Gonzalo de Quesada se había negado a revelar, lo de mayor interés en el trabajo de LeRoy son las cartas de Carmen Zayas Bazán a Martí menos de cinco páginas del manuscrito. El resto, sobre sus relaciones con María García Granados, Rosario de la Peña y Carmita Mantilla, es casi todo lo publicado por Quesada en sus libros Facetas de Martí (1939), Martí, hombre (1940), Mujeres de Martí (1943) y en algunos de sus artículos en el Diario de la Marina en 1950 por su polémica con Jorge Mañach sobre el "erotismo martiano". Hasta en las infundadas afirmaciones del "Martí íntimo" se descubre la mano de Quesada: repite allí que Rosario de la Peña fue una "conquista" de Martí en México, y otra, "una victoria", sobre la actriz Conchita Padilla; que Manuel Mantilla y Sorzano "era mucho mayor" que su esposa, por lo que María Mantilla, la madre del actor César Romero, "sólo fue hija nominal" de Mantilla, y que ella, "sin mucho ocultamiento convencional, era hija de José Martí". Y para convencer al lector de estos juicios, cuando tropiezan con la palabra de Martí, que los niega o pone en duda, se permite hasta suponer cierta doblez o hipocresía en Martí; dice:

Quien lea cuidadosamente las cartas de Martí a Mercado, su amigo de México, y sobre todo las dirigidas al cubano Miguel Viondi [de fines de 1879 a principios de 1880], puede que, si no está familiarizado con el modo de escribir de Martí y aprecie con juicio ligero el contenido de esas cartas, se pregunte si no habrá en ellas más literatura que expresión sincera de sus sentimientos; si no habrá en los párrafos más efectismo e imaginación que manifestación genuina de su estado anímico. Porque estas cartas del Apóstol, donde tanto revela su preocupación y su amor hacia Carmen Zayas Bazán, mal se avienen con el curso que tomó la vida del Maestro al poquísimo tiempo de estar residiendo en la casa de huéspedes de los esposos Mantilla-Miyares...

Carmen Zayas Bazán y su hijo José Francisco, a los pocos meses de nacido.

Es decir, como que Martí aparece en esas cartas a Mercado y Viondi ansioso por reunirse con su esposa, y ese deseo pugna con el adulterio que tanto Quesada como LeRoy creen que estaba cometiendo, o iba a cometer, con la esposa de Mantilla, les es más fácil suponer que mentía que aceptar lo que no conviene a sus juicios. Y sobre el mismo asunto agrega LeRoy más adelante:

Desprovistos como estamos de misticismos martianos que sólo conducen a ofuscar la correcta comprensión de las cosas, apenas se examinan esas cartas [a Mercado y a Viondi] con objetividad, comparándolas con otras del propio tomo del Epistolario [el volumen 20 de las Obras Completas de Martí, publicadas por la Editorial Nacional de Cuba entre 1963 y 1973], se advierte que ése es el estilo literario muy suyo, inherente a él, y que ni por asomo se puede sospechar, tras la lectura de toda esa profusa documentación personal, que allí no se refleja Martí de cuerpo entero. En ellas no hallamos retórica ni falsas posiciones...

Con ese razonamiento se puede concluir que Martí era selectivo con su sinceridad: cuando habla de la patria y de otros asuntos de su interés, dice lo que siente, allí aparece "de cuerpo entero", pero, cuando habla de su esposa a esos amigos, lo hace ocultando sus verdaderos sentimientos, como desde la sombra, al amparo de la "retórica" y asumiendo "falsas posiciones".

Algunos juicios como ésos, sobre las relaciones de Martí y Carmita Mantilla, pueden, sin embargo, disculparse, ya que se hicieron, como en el caso de Quesada y de LeRoy, cuando no se conocían, o no se habían publicado, entre otros datos de importancia, la fecha y la causa de la muerte de Manuel Mantilla y Sorzano, y detalles sobre sus actividades hasta poco antes de su muerte, en 1885; ni tampoco la carta de Martí a la venezolana Victoria Smith, en la que de manera implícita niega haber tenido relaciones íntimas con Carmita Mantilla antes de que ella enviudara en ella le decía: "Usted no tiene el derecho de suponer que lo que mi cariño me obligue a hacer por la mujer de un hombre que me estimó y sus hijos huérfanos es la paga indecorosa de un favor de amor... Ni Carminta ni yo hemos dado un solo paso que no hubiera dado ella por su parte, naturalmente, a no haber vivido yo... un amigo íntimo de la casa, que no es más que lo que fue cuando vivía el esposo de Carmita..."lo que hace imposible, sin convertir a Martí en un redomado mentiroso y un infame conspirador, que María Mantilla fuera su hija.

A poco de terminar la lectura del "Martí íntimo", con gran sorpresa de mi parte, recibí una copia literal de las cartas de la Zayas Bazán a Martí, las mismas que LeRoy había incluido en su trabajo. Dichas cartas habían sido "leídas" en un Forum Martiano celebrado en La Habana el 12 de junio de 1964 como culminación de varias reuniones en las que se presentaron ocho ponencias con el título de "Carmen Zayas Bazán, la esposa de Martí". La investigadora que me las hizo llegar desde España, la cual, por supuesto, no sabía que ya estaba en mi poder el trabajo de LeRoy, las había copiado en el archivo de Quesada a raíz de su muerte meses después de la de LeRoy, a mediados de 1979, antes de que toda su papelería fuera trasladada al "Archivo Histórico Nacional", como llaman en Cuba al almacen en que guardan, cuantos documentos consideran de valor y quieren impedir que caigan en manos que puedan comprometer al gobierno. Toda vez que la amable y diligente investigadora me pide no revelar su nombre, desde aquí, y hasta que pueda hacerlo de manera mejor, le agradezco el valioso regalo. El cotejo de lo que me envió ella con lo que reprodujo LeRoy revela la mano de éste en pequeñas correcciones de ortografía y algunos cambios menores, pero, en su esencia, las dos versiones coinciden [Ya hoy, al salir de nuevo La vida íntima y secreta de José Martí, disponemos de todas las cartas por estar recogidas en el libro Destinatario, José Martí (1999), editado en La Habana por Luis García Pascual].

Sin conocimientos suficientes para analizar esta valiosa correspondencia, y quizás también por el consejo de Quesada, además de para burlar la censura con el propósito de que se publicara su obra, LeRoy se limitó a transcribirla, haciendo antes esta prudente advertencia:

...Su contenido arroja mucha luz sobre el grado de incomprensión recíproca a que se llegó entre Martí y su esposa, [pero] creo que comentar lo que está escrito en estas cartas es algo enteramente fuera de lugar, y que además de rebajarlas en su contenido humano, parecerían apostillas a textos que de modo espontáneo se explican y comprenden por sí solos. Fiel a esta apreciación enteramente personal, y con el respeto que debe presidir la determinación de develar y hacer públicas cartas que ponen al desnudo lo más íntimo y privado de una persona, pero que resulta imprescindible para conocer a cabalidad muchos extremos, copiamos, sin solución de continuidad, las diez cartas mencionadas solamente arreglando su ortografía y puntuación...

Y así lo hace, sin explicarlas, privando al lector del entendimiento de tan valiosos documentos, al mantener en la oscuridad los motivos que les dieron origen, la circunstancia que tenían y su verdadero significado.

Como se verá en lo que sigue, ante las quejas, las acusaciones y los insultos de Carmen Zayas Bazán por la conducta de su esposo, a algunos lectores la figura de Martí les ha de parecer reducida. Todo depende de la escala de valores con que se le juzgue, de las preferencias estimativas de cada persona: uno es el comportamiento del buen padre de familia, del buen marido, del hombre entregado al hogar, y otro es el del que quiere trascender con su talento, su virtud o su brazo el ámbito inmediato que le impusieron la cuna y la época, y el mundo se regala así con el sabio y el artista, el héroe y el santo, el descubridor y el soldado. Por sí mismas, cualquiera de las dos vocaciones puede ser digna de encomio, pero con frecuencia suelen ser incompatibles: por un extraño capricho de la creación no es fácil conjugar en sola una vida las diversas faenas. "El apóstol, que lo sea a costa suya", dijo Martí, y el precio de su apostolado fue no sólo su sacrificio persona l su inteligencia y su inclinación artística, y la vida holgada que pudo disfrutar por ellas, sino también el de sus seres queridos: sus padres, sus hermanas, su mujer y su hijo: a todos los sacrificó.

Lo que nos llega en estas cartas de Carmen Zayas Bazán es la protesta adolorida de la mujer, su devastador razonamiento, su ira por la conducta para ella inexplicable del marido, el dedo acusador por la irresponsabilidad del hombre que abandona al hijo en medio de agobios familiares y de estrecheces económicas. A otros lectores, sin embargo, se les ha de aparecer un Martí mayor del que conocían, y verán con crecido asombro al héroe, porque muchos de los reproches que le hacía la esposa eran, en el contexto de un hogar común, incontestables, y ponen de relieve cuánto tuvo que sufrir y callar por mantener una conducta que sabía necesaria para la liberación de su patria. Pero del espectáculo de esta singular contienda, sin que importe el partido que se tome ante ella, lo que sale nueva y distinta de lo que se había pensado, es la imagen de Carmen Zayas Bazán: no es por cierto, del todo, como la veíamos antes: ella tenía su arsenal de razones, y aquí se ve que lo maneja osada, segura y con maestría: fue un digno adversario del gigante. Nada le molestaría tanto al propio Martí, ni sería más ajeno a su espíritu, que se le callara el grito rebelde de angustia a la esposa, tal como se le oye ahora en lo que sigue.

"UN CESTO DE CINTAS MUY NEGRAS"

Martí escribió estos versos, no recogidos en sus Obras Completas, pero que publicó la "Edición Crítica" que en La Habana se hizo en 1985 de su poesía, que resumen el proceso de cómo llegó él a ver sus relaciones con Carmen Zayas Bazán; dicen:

¿Me casé? Yo me casé
Con un cestillo de nubes:
Y en la noche de bodas
Vi que era un cesto de cintas azules.
Y vi el cesto, yo lo vi
A la luz de la tormenta,
Y hallé¡No hallara la muerte!
Que era un cesto de cintas muy negras.

En el capítulo que trata sobre "la esposa y la amante" de Martí, y en el dedicado a Eloísa Agüero, se ven algunas de la razones por las que el poeta pudo considerar sus últimos meses mexicanos como "un cestillo de nubes". Había sido rechazado en amores por Rosario de la Peña; al regresar a La Habana Eloísa Agüero terminó su aventura erótica con esa artista de teatro; y fue aplaudido en la escena del Teatro Principal su proverbio "Amor con amor se paga". Empezó entonces el noviazgo con la Zayas Bazán. En esos capítulos se transcribieron dos cartas, las primeras, hasta entonces desconocidas, de Carmen a Martí; como se vio, allí le decía: "Pepe: esta es la primera vez que tomo la pluma para decirte lo mucho que te amo, y tiemblo solamente al considerar que quizás es insuficiente para poder interpretar la nobleza de mis sentimientos. Mucho hace que te amo, pero en silencio, mucho ha que mi corazón te pertenece. Es muy cierto que desde que te vi te amé... pero también es cierto que desde que te conozco no he tenido un día de calma, pues los celos me mataban..." Y en la siguiente se advierte que Martí no estaba aún muy seguro de su amor por Carmen, pues ella le confiesa: "...tengo temores, más cuando me dices que quizás, tal vez, me quieras firmemente [subrayado en el original], esto es terrible. Cuando entusiasta esperaba leer en tu carta frases amorosas, sólo encontré duda y frialdad..."; pero, a pesar de esa actitud que descubre en Martí, allí mismo le declaraba: "Te adoro con todo el delirio de un corazón puro"; y le rogaba: "Ámame como yo te amo"; y le prometía: "Yo juro adorarte hasta la muerte..."

Ya comprometido, en viaje a Guatemala, desde Progreso, Martí le escribe a su amigo Manuel Mercado: "Creo en mi Carmen absolutamente. La creo capaz de error, pero de errores muy pequeños; no de desamor que yo no tenga merecido..." Y desde Guatemala, cuando prepara su viaje a México, donde iba a casarse, le dice al mismo corresponsal: "Casándome con una mujer, haría una locura. Casándome con Carmen, aseguro nuestra más querida paz, la que a menudo no se entiende, la de nuestras pasiones espirituales..."; y en otra carta, poco después, le agrega: "Este carácter mío es un fiero enemigo; pero aunque para el diario vivir me traiga penas, yo quiero más vivir después [subrayado en el original] que vivir ahora. Carmen me perdona..." Y ya con la esposa, desde Veracruz, en viaje a Guatemala, le hace una confesión al amigo que jamás nada ni nadie, en el resto de su vida, lo llevaría a hacer: la posibilidad de supeditar el amor a la patria a otro amor o interés; le dice: "Voy lleno de Carmen, que es ir lleno de fuerza... Ejerce ella en mi espíritu una suave influencia fortificante, a tal punto que creo ahora que bien pudiera ponerse por encima de la misma nostalgia de la patria la nostalgia del amor..." Y ya desde Guatemala le escribe también a Mercado: "Veo a Carmen amante y serena, enfrente de problemas graves, que no tienen muy fácil solución. Me consuela, y con su tranquilidad me alienta. Aunque tuviera que huir a pie por los bosques, ella me acompañaría. Y no lloraría..." Terminada la Guerra de los Diez Años, y por las concesiones que España se vio obligada a hacer, el matrimonio se dispuso a regresar a Cuba, y Carmen le escribió a la esposa de su amigo Mercado: "Pepe sufre mucho ahora, yo creo que más tarde vivirá mejor y más contento: ayudando a sus padres, y, ayudado él por mi cariño, olvidará un poco este dolor de patria que tan grave es en las almas como la suya..."

Una revelación sorprendente tiene el trabajo de LeRoy. Consultó en el Centro de Investigación Científica y Técnica de la Universidad de La Habana el manuscrito del "Diario de Soldado", de Fermín Valdés Domínguez, la parte que no se ha publicado, y copia esta afirmación suya: "...Y, a pesar mío, recuerdo las palabras de Martí en Nueva York: Carmen no era virgen cuando me casé con ella..."; y comenta LeRoy: "En cuanto al contenido mismo de lo puesto por Valdés Domínguez en boca de Martí, lo encontramos escrito de puño y letra del propio Apóstol, aunque con mucho eufemismo..."; y reproduce en facsímil un apunte de Martí, inédito y sin fecha, que guardaba en secreto Gonzalo de Quesada y Miranda, que parece confirmar la sospecha de "duda y frialdad" de que hablaba la Zayas Bazán en la carta antes citada dicho apunte, informa LeRoy, está "escrito a lápiz en una cartulina perteneciente a una guía de museo, fechado en Caracas, Venezuela, en 1884"; y en él se lee: "Cuando me casé con Carmen, más que por amor que yo tuve, por agradecimiento al que aparentemente me tenían, y por cierta obligación de caballero que excitaba mi imaginación alarmable y puntillosa, sentí que iba a un sacrificio; que acepté, en desconocimiento del verdadero amor; porque creí que alguna vez había de llegar a él"; y, sin duda con el recuerdo de María García Granados, añade: "Un albor de amor tuve, después de conocer a mi mujer; en Guatemala, que sofoqué con mi creencia de que debía a la mujer que me tenía dada prendas anticipadas de su amor".

Fueron esos meses que rodearon "la noche" de sus "bodas", el "cestillo de nubes" que Martí vio convertirse en "un cesto de cintas azules". Luego no pudo el "cariño" de la esposa aliviar el "dolor de patria" que sentía Marti. Al revés, el contacto con su tierra se lo acrecentó. Las cartas de Carmen que se transcriben a continuación tienen fecha enero 7 de 1881 y julio del mismo año, y muestran el "cesto de cintas muy negras" que Martí descubrió, según su poesía, "a la luz de la tormenta".

Al llegar a La Habana Martí se puso a conspirar con los que preparaban otro levantamiento en la isla; lo apresaron y pronto fue deportado a España. Carmen quedó desamparada y, en una carta debió echarle en cara sus actividades. Martí ya estaba en Madrid a fines de octubre de 1879, y el 5 de diciembre fue a oír a la famosa cantante sueca Cristina Nilsson, y al regrsar a su habitación, en el número 20 de la calle Tetuán, agobiado por la queja de la esposa, escribió lo siguiente: "Cuando se es presa de un gran dolor, se recuerdan luego mal las impresiones que se recibieron ajenas a él. Cien puñales clavados en mi pecho no me causarían el dolor que esta primera carta me ha causado ¡Ciega, ciega para mí! He ido esta noche a Fausto... La novedad era la Nilsson. Con estos ojos que me han comido las lágrimas que no lloro, no la pude ver bien. La oí con recogimiento... En cuanto rostro y cuerpo, ¿qué ojos habían de quedarme para mirarla, si estos que tengo me son escasos para mirar estas criaturas que llevo en el corazón?" Se le planteaba la disyuntiva de que dejó constancia en otro de sus apuntes, éste sin fecha, en el que se pregunta: "¿Qué quieres tú, mi esposa? Que haga la obra que ha de serme aplaudida en la tierra, o que yo viva, mordido de rencores, sin ruido de aplausos, sin las granjerías del que se pliega, haciendo sereno la obra cuyo aplauso ya no oiremos?"

De Madrid fue Martí a Nueva York, donde poco después irían la mujer y el hijo. Allí ganó en intensidad su gestión patriótica: tuvo que sustituir a Calixto García en la presidencia del Comité Revolucionario de aquella ciudad cuando el general salió en una expedición armada hacia Cuba. Fracasado aquel movimiento insurreccional, la llamada Guerra Chiquita, escribió para los periódicos The Hour y The Sun, pero no alcanzaban sus ingresos para cubrir los gastos del hogar. Entonces la mujer regresó a Cuba; él se negaba a volver a su patria; en una carta del 13 de octubre de 1880 al coronel Emilio Núñez, quien aún se mantenía sobre las armas en Las Villas, Martí le dijo aconsejándole que se rindiera: "... Yo, que no he de hacer acto de contricción ante el gobierno español, que veré salir de mi lado, sereno, a mi mujer y a mi hijo, camino de Cuba; que me echaré por tierras nuevas, o me quedaré en ésta abrigado el pecho en el girón último de la bandera de la honra, pues con el calor de mi pecho puedo aún darle vida; yo, que no he de hacer jamás ante los enemigos de nuestra patria mérito de haber alejado del combate al último soldado, yo le aconsejo, como revolucionario y como hombre que admira y envidia su energía, y como cariñoso amigo, que no permanezca inútilmente en el campo de batalla..." A principios del año siguiente, Martí salió de Nueva York con destino a Caracas.

La primera carta de esta colección es del 7 de enero de 1881, y en ella le dice:

Pepe: Las aflicciones por que está pasando mi espíritu son demasiado tristes para que pueda ocuparme de contestar tu romance y tu última carta: yo no estimo sino lo que es absolutamente cierto, tus acusaciones no los son, por lo tanto, no me angustian. Deseo mucho que puedas al fin ir al pueblo que elijas, no tanto por mí como por mi hijo; se acerca el tiempo en que el niño note que la sombra del padre le falta: tiene tanta inteligencia y ya lo habla todo, de manera que muy pronto preguntará por ti. Yo no sé qué sucederá, ni qué día dejaré de sufrir, pero cuenta con que iré donde quieras el día que tengas seguro lo necesario para vivir.

He sabido que escribiste una carta a papá en la que le decías yo había venido porque no quería pasar pobrezas a tu lado. Mi contestación a eso está dada, todos saben que sólo la ropa teníamos que empeñar para vivir, y que tú no tenías donde trabajar. Desde hoy espero tus órdenes para hacer cuanto mandes. Créeme, Pepe, yo no quiero sino que olvidemos el pasado, es necesario estar unidos por nuestro hijo: no se le da vida a un ser para sacrificarlo, sino para sacrificarse por él. Dios te ponga pronto bueno, y haga que tengas recursos para emprender tu viaje. Acá rogaremos mi hijo y yo porque seas feliz.

A esta carta conciliadora, y hasta sumisa, sigue otra, también desde Puerto Príncipe, seis días más tarde, pero ya de distinto tono. Esta vez era Martí quien se sentía abandonado por la esposa, y el 8 de enero, sin avisarle a su mujer, embarcó con destino a Venezuela; entonces ella le escribe:

Pepe: Ignoro por qué no has podido enviarme a decir adiós. Por consideración siquiera a quien ha tenido la desgracia de ver morir tantos afectos y tan grandes en un día. Ha amanecido uno en que he creído morir: tanta soledad y desconsuelo tenía en el alma." Y continúa para revelar el conflicto que existía en su familia, en el que se descubre la animosidad del padre, de los hermanos y de un cuñado contra Carmen por haberse casado con un enemigo del gobierno español en Cuba; le cuenta al esposo: "Arrojada otra vez de mi casa por mi padre, con pretextos de que era yo quien sostenía los disgustos, y sólo por darle el placer a Leopoldo Barrios [coronel español casado con Amalia, la hermana mayor de Carmen], y viendo yo desde hacía tiempo por los insultos de mis hermanos [Francisco Xavier, José María y Ramón], que todo el motivo que tenían en contra mía era que yo estaba en la casa sin deber estar en ella, haciendo gastos, consulté a [Nicolás] Azcárate [amigo de Martí desde la emigración en México] sobre si podía pedir a papá, sin estar tú aquí, mi haber materno [el que le correspondía por la muerte de su madre, Isabel Hidalgo y Cabanillas], pues no tenía ni para zapatos del niño. Me contestó que sí, y yo guardé la consulta para cuando se ofreciera [la oportunidad]. Vino el día en que Barrios deseó verme fuera de la casa (Isabelita y Angela [tías de Carmen] estaban indignadas de ver la conducta de Barrios, y Amalia y los muchachos, y en detalles que quiero callarte)".

Fui a hablar con papá, que ha cedido a todo lo que Barrios ha querido en contra mía. Me dijo que me viniera a vivir con mis tías porque yo no tenía derecho a estar en [su] casa; entonces le dije: Si no lo tengo a estar, sí lo tengo a mi haber materno, pues no tengo con qué vivir, y hace tres años que usted debió dármelo y nunca lo he molestado. Gritó, dijo que no tenía un medio, que acabara con su fortuna, que lo quemara todo, que nunca debí hablarle de esto, que me cogiera una casa. Acepté y entonces retrocedió y me dijo que sólo podía darme 40 pesos papel, para vivir, y [para] todas mis necesidades como rédito de mi haber materno. Vivo en la calle Mayor [hoy calle Cisneros] 16, comiendo escasamente con tal de salvarle la leche a mi hijo. El pueblo está escandalizado, pues se sabe que Barrios impedirá tu venida con cualquier infamia. Aquí no se habla de otra cosa, todos saben que Barrios quiere alejarme para pedir dinero. Isabelita y Ángela han sido muy dignas y me sostienen, no las sacan a ninguna parte, y les tiran a muerte. Mis tías, hermanas de papá [hijas del primer matrimonio de José Ramón Zayas Bazán y Roxas Sotolongo, abuelo de Carmen] hasta fueron a hablar con éste y están en su contra viendo la iniquidad que ha cometido; los escándalos que se han dado en casa hoy son origen de todas las conversaciones. Escribo a Azcárate dándole poderes para que escriba a papá pues quiero que se me dé..." [ahí queda trunca la carta]

Lo que sigue en esta colección es sólo un fragmento fechado en La Habana en julio de 1881; allá ha ido Carmen por el pleito de la herencia, y trata de tranquilizar a Martí ya que nadie podría pensar que es él quien la impulsa al pleito con su padre: ella se ha armado de valor y le da el frente a la situación; lo que se conserva de la carta dice así:

...el puritanismo casi salvaje de mi alma está casi muerto. Las relaciones con las maldades y mezquinas pasiones de los demás arranca una inocencia de pensamiento que no se vuelve a poseer. A mí me han herido, me han injuriado, me han ofendido todos, todos. A ninguno devolveré mal por mal, a todos los perdono: algo pierden con perder mi estimación. Ellos me han herido por la ambición y yo los perdono por mi interés. Azcárate me ha dicho: "Usted es madre y no debe olvidar la cuestión de intereses", y yo me he dicho: "Vamos allá, veamos y estemos presentes..." Tu decoro, tu orgullo, y cuanto has dicho, quedan en salvo; ellos saben que voy a pesar tuyo. Dale a tu alma, y más que a ésta a tu cabeza, el tiempo necesario y el que tú acostumbras darle ahora para escribirme. Escríbeme a Puerto Príncipe, Mayor 16, pues he puesto por condición vivir con mis tías, que han sido madres para mí. Me llevo [de La Habana] la triste convicción de que tu familia no me querrá jamás; al niño sí lo quieren. De lo que sufro, dicen que yo no he sufrido nada, pues he vivido siempre como una marquesa, y veo cómo el delito de haberme casado contigo no lo pagaré nunca a sus ojos. Tengo sed de cariño, de ver solícitas esas gentes que me quieren todavía sintiendo y llorando conmigo... ¿Qué te diré del niño, si no podrás nunca imaginarlo? ¡Qué lengüita, que no para! Todo lo dice. Te conoce y no te equivoca: se llama Martí José [sic], es muy valiente y lindo. No te quisiera decir que creo que será un talento, todos se asombran, y yo lo adoro. ¿Cuándo lo verás?

Hay otra carta del mismo mes y año de lo anterior. Carmen ya ha regresado a Camagüey e intensifica, con su desventura, su disposición para resistir los embates de la vida; al principio es la madre sufrida y valiente la que habla, y le escribe a su marido: "Al fin estoy en este pueblo tan desventurado como yo. Mis fuerzas se están acabando con este último viaje, y mi naturaleza y mi espíritu están rendidos. Vivo como una anciana sin esperar, y como un guerrero antes del combate, sin fatiga, y pronta a luchar hasta que el espíritu [se] me anime por mi hijo. Ninguna indiferencia para él, ningún deber sin cumplir, ningún amor dormido o muerto me pondrán fuera de combate, y si las fuerzas me faltaran, renacerían con sólo oírle decir con sus bracitos apretados a mi cuello, ¡Mucho te quiero, mamá!" Pero enseguida entra en el tema del viaje a Caracas que tendría que hacer para reunirse con Martí; ya ella sabe del riesgo por el carácter del marido, y se resiste tal parece que adivinaba el futuro: el día 28 de ese mismo mes, Martí se vería forzado a abandonar Venezuela por orden del presidente, Antonio Guzmán Blanco, a quien molestaban los juicios y los escritos del cubano; además, estaba convencida de que lo correcto era que él regresara a Cuba, y lo increpa con las más duras palabras que le vinieron a la mente, y lo insulta con la comparación más humillante con que podía lastimarlo: a sus ojos, Martí, no sólo faltaba a su deber de padre y esposo, sino que también era un cobarde: valientes, le dice, eran los que se habían sometido a España después del Pacto del Zanjón, los que rindieron sus armas o habían vuelto a Cuba y se ocupaban de su familia como en verdad lo habían hecho, entre tantos otros, Rafael María de Mendive, el maestro de Martí; Manuel Sanguily, el tribuno de la revolución; Juan Bautista Spotorno y Luis Victoriano Betancourt, presidente y secretario respectivamente de la Cámara de Representantes de la República en armas; José María Gálvez, el agente en Nueva York de Carlos Manuel de Céspedes; el presbítero y educador separatista Manuel J. Dobal; el bibliógrafo Antonio Bachiller y Morales; el crítico literario Enrique Piñeyro; el autor de los Cantos del Siboney, el poeta José Fornaris... Y así continúa Carmen Zayas Bazán su carta:

Cada día me afirmo más y más en mi dolorosa resolución de no ir por ahora a Venezuela. Esta determinación me amarga, pero me fortalece. Contraer nuevos compromisos para ir a buscar una miseria cierta no debe ser aceptado por mí ya que un fanatismo incomprensible te impulsa en un camino que tiene muchos abismos. Yo no quiero cerrar los ojos e ir adelante. Es necesario ir limpiando y no sembrando de espinas el camino que unos pies delicados han de recorrer. Mucho más que tú tienen méritos estos hombres que lucharon y que hoy se rinden, no a un gobierno que combatieron sino a las necesidades de sus hijos no satisfechas, y al porvenir tan sagrado como el presente... y labran por sí mismos estas tierras que fueron antes productoras de sus riquezas; pero los hijos a quienes les dieron la existencia tienen satisfechas sus necesidades con el trabajo honrado de sus padres y podrán ser hombres ilustrados. Sacrificar a todos y cantar purezas lejos del contagio, olvidando cuanto hay de más sagrado en la tierra, y más serio en la vida, ni es valor ni así se cumple con el deber...

La "grandeza meramente espiritual, secreta e improductiva"

Todas las cartas de Martí a Carmen Zayas Bazán desaparecieron quizás ella misma las destruyó. En sus Obras Completas no aparecen más que una breve nota de l879; dos líneas que se supone las escribió en Nueva York, en 1881 (que dicen "A Carmen: Nada por mi placertodo por mi deber: todo lo que mi deber permita, en beneficio de los míos"); y el fragmento de un borrador que bien puede considerarse, ahora que sabemos de ésa de Carmen Zayas Bazán, fechada en julio de 1881, la respuesta de Martí a su cruel y violenta acusación; se copia aquí, en su totalidad, ya que es la única vez que podremos oír a Martí en su defensa, tal como aparece en el primer tomo del Epistolario, editado en La Habana, en 1993, por Luis García Pascual y Enrique Moreno Pla; dice:

...Si estallan las persecuciones que el partido español, asustado en La Habana de los [roto el papel] de los autonomistas inicia sin embozo; y ¿quién devolverá a mi [roto el papel] vida o libertad que puedo perder? ¿quién amparará a mi hijo y a mis padres [roto el papel] ¿quién si salgo en salvo, me reparará de los años empleados en una tarea sin fruto, quebrada al comenzar? ¿quién habrá de negarme que esas cosas pueden suceder? ¿quién librarme de los males que me vengan a suceder? ¿quien podrá garantizarme que no sucederá? No hay garantía posible, y yo no debo sin ella emprender viaje semejante. ¿No es más probable que suceda eso, que deje de suceder?

Pues siendo mayor o siendo igual, o siendo simplemente alguna la posibilidad de que suceda, yo no debo exponerme a males que no tienen remedio, contra la posibilidad de que no sucedan, dejando una situación cuyos males son todos remediables. No hay en mí una duda, un solo instante de vacilación. Amo a mi tierra intensamente. Si fuera dueño de mi fortuna, lo intentaría todo por su beneficio: lo intentaría todo. Mas, no soy dueño y apago todo sol, y quiebro el ala a toda águila. Cuanto [debe de ser Cuando] te miro y me miro, y veo qué terrible penas ahogo, y qué vivas penas sufres, me das tristeza. Hoy, sobre el dolor de ver perdida para siempre la almohada en que pensé que podría reclinar mi cabeza, tengo el dolor inmenso de amar con locura a una tierra a la que no puedo ya volver. Me dices que vaya; ¡si por morir al llegar, daría alegre la vida! No tengo, pues, que violentarme para ir; sino para no ir. Si lo entiendes, está bien. Si no ¿qué he de hacer yo? Que no lo estimas, ya lo sé. Pero no he de cometer la injusticia de pedirte que estimes una grandeza meramente espiritual, secreta e improductiva.

A fin de ejercer mayor presión sobre Martí, y moverlo a que regresara a Cuba, Carmen le pidió a su tía Manuela que le escribiera sobre el asunto; y lo hizo así, en carta fechada el 10 de agosto de 1881, que es parte de esta colección de documentos inéditos que conservaba en su archivo Gonzalo de Quesada; y le dice:

Tengo el gusto de participarle que mi hermana y yo tenemos a Carmita y al niño en nuestra casa; ella y él vinieron muy delgados, parece que no les asentaba el temperamento de La Habana, así es que yo creo [que] están mejor acá, donde ambos están más convalecidos; y como todos tenemos mucho interés en que Carmita engorde pa[ra] cuando Ud. venga la encuentre linda, porque a mí [me] parece [que] Ud. debe venir a darles calor; ella es desgraciada mientras no esté con su marido, y en eso tiene sobrada razón porque tan poco tiempo [de] haber estado gozando del cariño de su marido es de estar, como está, media loca. Yo espero [que] la contesta de esta carta me la traiga Ud. a mi casa, pues lo espera con el mayor deseo su afma. tía, Manuela de Zayas Bazán.

Y también le pidió Carmen ayuda a la madre de Martí, quien le escribió poco después de la otra:

... ¿Conque te incomodas, hijo, por un poquito de verdad nada más que te digo? ¿No comprendes que yo no puedo mirar con sangre fría esa resolución tuya de seguir viviendo ahí, hasta sabe Dios cuando, puesto que estoy convencida que no harás más que quebrantar tu salud y gastar tu vida esterilmente? Pues no comprendo qué idea tiene ya tu peregrinación, hoy que toda persona de juicio confiesa que sólo el tiempo y la mucha prudencia con algo de inteligencia puede remediar algo esta situación, y convencidos de esto, llegan cada día personas a mirar por su porvenir y no por consecuencias vanas con los que a la hora de desgracia, en vez de auxiliarlos, los critican. Ya es hora que mires por ti y por los tuyos. Todos dicen que ya no hay aquí los peligros de antes. Yo preferiría, hijo, verte errante a verte expuesto, pero si lo que dicen es verdad, y esto lo puedes tú saber dirigiéndote a alguna persona que te inspire confianza aquí, y te diga si no corres peligro visto la indulgencia que ha de reinar en todos, y si esto es verdad, ¿qué te detiene ahí? Me ayuda a hacer estas reflexiones una carta que hemos recibido de Carmen... [quien] cree que lo que pueda detenerte ya ahí no es más que un exceso de miramiento, que debes hacer por vencerlos en bien tuyo y de todos. Yo creo que en esto tiene razón, y sin ofuscaciones piensa bien, ¿a quién aprovecha tu martirio?... Créeme, hijo, deja escrúpulos bobos, mira por tu salud, que yo sé está quebrantada, que sean los tuyos los que te cuiden si te enfermas, que tengan el consuelo de tenerte a su lado estos espíritus cansados de sufrir. Piensa bien lo que te digo, y contéstame. Si para tu seguridad quieres que yo hable con alguien aquí, o entérate tú por todos los medios dignos, pues es deber del hombre mirar por los suyos, sin que esto te degrade en nada...

Al mes siguiente que su tía, el 12 de setiembre, vuelve a escribirle Carmen al esposo: ella no sabía aún que Martí, desde el 10 de agosto, estaba de regreso en Nueva York, y le insiste en su asunto después de informarle de que el hijo ha estado enfermo:

Pepe todavía débil y no tranquilo mi corazón te escribo. He tenido a mi hijo atacado de una fiebre maligna que lo ha tenido privado de sentido días enteros. Por fortuna hoy se ha levantado hecho una sombrita, pero alegre, aunque con la impertinencia natural que deja toda enfermedad. Lo que pensé y lo que sufrí junto a su cama lo lleva mi corazón todavía muy impreso. Sólo una cosa le pedía a Dios: que no sólo él se fuera de esta vida. ¡Bastante le hace falta a mi alma el reposo de la eternidad! No quiero ocuparme mucho de lo que sufrí porque me siento presa de todas estas angustias, por fortuna pasadas.

Recibí tu Revista Venezolana [de la que se habían publicado en Caracas dos números, en el mes de julio]. Nada he podido leer. Te escribo aprovechando un momento en que duerme el niño. ¡Ojalá que allí [en Venezuela] hallaras lo que buscas! Pero óyelo bien, nada estable conseguirás. Te estás matando por un ideal fantástico y estás descuidando sagrados deberes. Nunca se manchó ningún hombre por volver a su tierra esclava ante la necesidad urgentísima de vestir a su mujer y a su hijo, [y] saber con qué curar sus enfermedades y enterrarlos si se mueren. Si es bueno lo que haces, sea por Dios; si es malo, no olvides tu conciencia. Adiós. Carmen.

Al comprobar la inutilidad de los ruegos, Carmen decidió viajar a Nueva York. Pero se sintió mal y tuvo que postergar el viaje. Por una carta de Martí a su amigo Manuel Mercado, a raíz del nacimiento del hijo, se sabe que Carmen, en el parto, tuvo que sufrir una dolorosa operación con toda probabilidad la episiotomía, la sección de la vulva, quizás por estrechez de la pelvis; en aquella oportunidad le decía: "...Habrá leído en mi carta anterior los dolores que, para dar vida a mi hijo, sufrió mi Carmen. Con gran cuidado la operaron; pero temo que viva por algún tiempo enferma..." Y algo le debió quedar del trauma, como se ve en lo que sigue a no ser que se piense en una excusa consciente o inconsciente para demorar el viaje, o en una nueva dolencia, que por los síntomas más parece cierta especie de lumbago; le explica en esta carta fechada el 21 de enero de 1882:

Pepe: te escribo triste y contrariada en extremo porque todo lo esperaba menos lo que ha sucedido. Ya yo te había dicho que estaba muy delicada de la cintura, pero no me había extendido nunca sobre esta triste y penosa enfermedad porque creí que curaría pronto. Para mi viaje pensé en ella por los dolores que me causaría, pero nunca creí que fuera obstáculo y tan grande como es...Ya, como de viaje hablé al médico, de mi ida, pensando que estaría bien para fines de febrero, se quedó asombrado de mi proyecto, pues dice que lo juzga una locura imposible de llevar a cabo, pues ni debo ir a tu lado en el estado en que me encuentro, ni puedo soportar las fatigas del viaje con el niño. "Se expone usted a quedarse en La Habana", me dijo, "aparte de serle imposible subir ni bajar una sola escalera sin gran daño para su enfermedad. Espere a estar buena o mejor, esto es más cuerdo". ¿Qué debo hacer? Quieren mis tías que espere, y después de hablar muy seriamente con el médico, juzgo que es lo más acertado. Tal vez esté buena para marzo o para más pronto. Enseguida iré a tu lado y te llevaré al niño, pues creo que, si lo quieres, debe serte una grave pesadumbre esta enfermedad mía que te priva de verlo tan pronto como pensabas.

Vuelve Carmen entonces a su guerra inacabable, y a su análisis del conflicto, y comenta:

Si yo pudiera contestaría tu larga carta, pero hoy es imposible, sólo te diré que una vez que acepté esta pobreza tuya fui conforme con los riesgos que traía consigo. Y Guatemala es testigo de lo que en ella sufrí contenta. De lo que después vino, no lo he sido jamás, porque creo, sin duda equivocada a tu juicio, que no era ni hora de sacrificios sin frutos, ni justo ante ninguna conciencia prescindir de deberes que no podían cumplirse al mismo tiempo que ese otro ideal tuyo. Hasta hemos hablado de esto. Los acontecimientos me han dado la razón. Ni amor a riquezas que renuncié, ni soñados esplendores para lo futuro me han hecho entablar esta durísima campaña contigo. Es el deber y el amor de mi hijo. Sé que en tu sentir jamás he tenido razón, y que has condenado mi vuelta aquí, pero creo he hecho lo que debía. Estoy tranquila, y espero los años que son consejeros y amigos seguros de la verdad. Todos creen que debes volver, y me hablan para ello, aunque lo creo yo también, pues sé que no hay momento más oportuno que hoy. No te diré nada que te mortifique, por justo que a mis ojos sea. Escríbeme hasta que podamos hablar.

La oportunidad para que Martí regresara, que veía Carmen junto a la mayoría de los cubanos en la isla, era porque el primero de mayo del año anterior, siendo Capitán General de la isla Ramón Blanco, se había promulgado la Constitución que regía en España desde 1876, por lo que se autorizaban diversas libertades, y era posible hablar, escribir y reunirse sin peligro; y también porque en ese año se habían celebrado elecciones para diputados, y el Partido Liberal hacía una intensa campaña en contra de toda idea separatista y en favor de colaborar con los españoles. Martí, que no creía moral entrar en conversaciones con la opresión, y que lo creía inútil, llamaba a esos autonomistas "liberales de aguamiel", por lo tímido y meloso que le parecía su programa.

Todavía a mediados de setiembre Carmen no había llegado a Nueva York. En una carta a Mercado se lamenta Martí: "Carmen se detiene [en Puerto Príncipe] por ver si con su alejamiento me fuerza a ir a Cuba, y donde detiene a mi hijo..." Llegaron los dos a fines de ese año, y en octubre de 1883 llegó el padre, don Mariano, quien pasó el invierno con el nieto, la nuera y el hijo en la casa de éste, en Brooklyn; Martí, alegre, le escribe a su amigo mexicano: "Carmen no está ahora enteramente bien, aunque no enferma de cosa mayor. Papá alegra mi vida, de verlo sano de alma, y puro, y al fin en reposo. Mi hijo, turbulento y brillante, es una criatura principal".

Otra vez Martí vuelve a preparar una insurrección en Cuba: renuncia su empleo en el consulado del Uruguay, y entra en planes con los generales Antonio Maceo y Máximo Gómez que visitaban Nueva York en viaje de propaganda revolucionaria. Por desgracia no se pusieron de acuerdo los conspiradores para iniciar la guerra, y Martí se separó del proyecto. En marzo de 1885 la esposa y el hijo, regresaron a La Habana; el padre, disgustado por el frío, se había ido a mediados de junio, y Martí le escribe el 22 de abril a su amigo Nicolás Domínguez Cowan: "Carmen y el niño recibirán sus cariñosos recuerdos en Cuba, en donde están ahora, de temporada de patria [subrayado en el original]: no me pareció justo privarles por algunos meses de ella..."; y a Mercado, por esos días, le repite: "Ahora vivo solo, porque Carmen y el niño están por unos meses en Cuba..." Esos "meses", esa "temporada de patria", se convertiría en años de separación: Martí no volvería a ver a su mujer y a su hijo hasta mediados de 1891.

"Beberse el sol en una taza de café"

Al igual que la madre de Martí, Carmen Zayas Bazán se quejaba porque no le escribía. Es ésa otra de las curiosas coincidencias que existen entre los dos epistolarios: las dos mujeres lo regañan por su conducta, le hacen inventario de sus penas, lo hostigan con razones domésticas, recurren a expedientes de moral, le advierten de la inutilidad de su sacrificio y le repiten las ventajas de que todos disfrutarían se accediera a regresar a Cuba. Ellas, entre sí, no se querían, se trataban como rivales, pero, heridas porque Martí colocaba sus principios sobre el amor que les debía, eran aliadas en condenarlo y en mortificarlo. No puede pensarse en pereza en Martí para escribirles, puesto que no era esfuerzo mayor para él manejar la pluma, pero, ¿qué iba a decirles? Aquélla sería una discusión ociosa. Los tres tenían razón. ¿Cómo podía disculpar doña Leonor que su único hijo, por "escrúpulos bobos", como le dijo, no regresara a Cuba donde podría, además de vivir bien, ayudar a sus hermanas y a sus padres, casi al borde de la miseria? Y Carmen, ¿cómo se iba a resignar a que por "un ideal fantástico", por un "fanatismo incomprensible", como calificaba el pensamiento de su marido, la confinara, y a su hijo, al ingrato hogar de las tías, después de que, por casarse, se había ganado el repudio de su padre y de sus hermanos? ¿No habían vuelto a Cuba o renunciado a la guerra la mayor parte de los que estuvieron en el destierro o que fueron prestigiosos mambises? Martí, ante esos razonamientos, tenía que guardar silencio. ¿Qué les iba a decir, si no lo entendían? Ni doña Leonor era una Mariana Grajales, la madre de los Maceo, o una Lucía Íñiguez, la de Calixto García, las que sin querer menos a sus hijos no se los escatimaron a la patria; ni Carmen era una Amalia Simoni, la esposa de Ignacio Agramonte, o como fueron las dos grandes Anas del Camagüey: Anita Betancourt y Ana Josefa de Agüero, que vivieron orgullosas del sacrificio de sus maridos, Ignacio Mora y Joaquín de Agüero, y que sufrieron con valor las penas que el patriotismo de ellos les trajo. La lógica de esos renunciamientos no cabe en palabras. Todo parecía darle la razón a doña Leonor y a Carmen, pero, con los años, se vio que cuantos se sometieron a la opresión y regresaron a Cuba, los que transigieron y conversaron con las autoridades españolas, los que con sus actos demoraron la independencia del país y le abrieron así las puertas al imperialismo norteamericano, además de ser culpables, estaban equivocados; Martí sabía que "visitar la casa del opresor, es sancionar la opresión"; y que "a la mesa del castigador no puede sentarse con honra, sino sin honra, el hermano del castigado". La razón la tenía él, pero no se la entendían, y menos que nadie, su esposa. Hace muchos años me contó el ilustre periodista César García Pons que, a principios de la República, coincidió varias veces con Carmen Zayas Bazán en Isla de Pinos, a donde iban a descansar algunos habaneros, y que ella, en un portal donde se sentaba a tomar el fresco, rodeada de amigos y curiosos, se mecía en un sillón y contaba sus experiencias con Martí en Nueva York, y que a menudo, con un suspiro, decía: "¡El pobre Pepe, nadie lo comprendía!"

El camino hacia la victoria de un movimiento revolucionario suele estar empedrado de intentos fallidos: es como si el mártir tuviera que pagar anticipado el pasaje del héroe hacia el triunfo; y el precio de su sacrificio, además de la vida, casi siempre es la indiferencia de sus contemporáneos y el olvido de la historia. Muy pocos se daban cuenta de la actividad contra España después del Pacto del Zanjón, por lo que tanto la madre como la esposa de Martí le hablaban de la tranquilidad que reinaba en Cuba: era que los enemigos de la independencia, y de los que habían renunciado a ella, se entretenían en propagar el descrédito de la insurrección en favor de vanas esperanzas en soluciones pacíficas. Otros, sin embargo, sabían que la hoguera no estaba apagada, y la mantenían viva con abnegación y perseverancia. A raíz de esta segunda separación de Martí y su esposa, en marzo de 1885, fusilaron en Santiago de Cuba al general Ramón Leocadio Bonachea, héroe de la Guerra Grande, y a sus compañeros en la expedición armada contra España Pedro Cestero, Plutarco Estrada, Cornelio Oropesa y Bernardino Torres; otros de sus hombres habían muerto en el campo de batalla: salieron de Jamaica y desembarcaron en Manzanillo, y en una "Proclama al pueblo cubano" llamaron a las armas a sus compatriotas: allí les decían: "No hay ni debe haber consideración ni compromiso alguno con un enemigo que, valiéndose de la supremacía adquirida astutamente por el engaño y la perfidia del Zanjón, y sostenida después por la fuerza de las bayonetas, hace de su mala fe, procacidad y cinismo el pedestal de su tiranía. Si hubo, pues, quien a trueque de engañosas promesas de justicia y libertad depuso la actitud enérgica y varonil del patriota combatiente, por la pacífica quietud del ciudadano español, para evitar al país los males consiguientes a la prolongación de la guerra, pronto los hechos se encargaron de justificar el error de tan fatal creencia..."

Poco después fue asesinado el brigadier Limbano Sánchez junto a su compañero Ramón González, quienes habían desembarcado en Baracoa; y varios de los hombres que los apoyaron en el alzamiento fueron pasados por las armas: Juan Soto, Pedro Duque Estrada, Angel Rodríguez, Salcedo, Vérgez y Rodríguez. Y también en 1885 fue el desembarco en Matanzas del brigadier Carlos Agüero, muerto en campaña el 2 de marzo, y del coronel Rosendo García. De esa época dijo el historiador español Antonio Pirala: "Esto era la tela de Penélope. Se reproducían los levantamientos... para atizar el fuego de la extinguida hoguera, y esto era el cuento de nunca acabar..."

Algunos emigrados, por su parte, mantenían vivas las esperanzas del separatismo: en Cayo Hueso, José Dolores Poyo con su periódico El Yara del que dijo muchos años después el historiador cubano Gerardo Castellanos, destacando la poca importancia que se le daba a esos esfuerzos, que "El Yara resultaba tan exótico e impotente en La Habana como un pitirre en el desierto de Sahara"; en Nueva York funcionaban el Comité Patriótico que presidía Salvador Cisneros Betancourt, el club revolucionario Independencia, y se publicaba regularmente El Separatista, dirigido por Cirilo Pouble; y otras organizaciones operaban con mayor o menor éxito en Veracruz, Kingston, Nueva Orleans y Filadelfia. Y desde 1884 hasta 1886 se movieron las emigraciones con el empeño revolucionario de los generales Maceo y Gómez, del brigadier Flor Crombet y del doctor Eusebio Hernández, y de otros jefes de movimientos armados anteriores que también se negaban a regresar a Cuba Serafín Sánchez, Emilio Núñez, Agustín Cebreco, Francisco Carrillo, José María Rodríguez, Pedro Castillo...

En ese tiempo, y por dichas razones, Martí le escribe a Mercado una carta en la que le explica por qué no regresaba a Cuba; le decía:

Morir en esta tierra [en los Estados Unidos], es justo, puesto que no la quiero... A la mía, tampoco [puedo ir], no porque sea yo un revolucionario empedernido y caprichoso, que sólo consienta en volver a su pueblo por los caminos que a su terquedad o soberbia se le antojan, sino porque los males públicos, que en otros pueblos que no sean los míos, no tengo un derecho directo a mejorar, en mi tierra me pesan como propios, y son para mí un deber de remediarlos: allí toda bofetada me sonaría en la cara: allí toda indignidad me tendría siempre en pie para dominarla o contenerla: yo, mísero de mí, no soy dueño de mi vida, ni puedo hacer, desde que contraje por mi voluntad, deberes privados, todo lo que mi deber público me manda, sino aquella parte de éste que no haga imposible el cumplimiento de aquéllos, como lo haría sin duda en la campaña formidable que yo emprendería en mi tierra. Nada más, pues, que el respeto a mi familia, me obliga a una ausencia que todos ellos creen que prolongo en daño suyo. Ahora, pensar que yo vuelva a mi tierra a acumular doblones, y entre tantos que luchan bravamente deje de luchar, con más bríos y empuje que todos ellos, y menos amor de mí, es pensar que puede beberse el sol en una taza de café. Eso no podría ser. Prefiero, pues, morir acá en silencio.

El 11 de setiembre de 1885 Carmen le escribió desde Puerto Príncipe a Martí, regañándolo por no tener noticias de él, y de nuevo en defensa de sus actos y sobre sus problemas económicos:

Pepe: No tienes más noticias del niño porque no me parece natural que dejes meses enteros sin escribir. De pesares, los conozco tan hondos y fieros como los peores que puedan sufrirse, pero el afecto de mi hijo me hace tomar la pluma aunque a veces me parezca un hierro encendido: así podías hacer tú... No sé qué quieres decir en tu carta cuando te refieres a que yo no quisiera que fueses como eres. ¿Es por ventura hoy o hace dos años que he combatido en ti ni una sola vez tus gustos y deseos? Hubiera sido vergonzoso exigir yo nada, y tú sabes que no es dignidad ni ese santo orgullo que protege de debilidades lo que a mí me falta. Ya tendrás una dolorosa y amarga carta que te escribí. Tú tuviste la culpa, porque me decías que tenías ya fijo lo necesario [en esa época Martí tenía, de "entrada viva", como la llamaba, los 40 dólares que por sus dos crónicas le pagaba La Nación, de Buenos Aires; una cantidad parecida que debía ganar en la casa Appleton por sus traducciones, y algo más con "un trabajo ruin" en una casa de comercio; también en ese año 1885 recibió $44 por su novela Amistad Funesta]. Tu silencio me pareció abandono. Si como dices fuese que no tenías [trabajo], perdóname. He sabido que había vapor, y el niño no está aquí. Si viene a tiempo te escribirá. Dios te proteja y goces días tranquilos. Carmen.

En la siguiente carta, del 13 de mayo de 1886, aún con mayor fuerza, lo inculpa, y se ve que la domina el resentimiento y el orgullo de la mujer ofendida; y lo trata de "usted" para resaltar la distancia entre ellos:"Yo no recibiría nunca dinero de un hombre que no es mi esposo sino por el lazo de mi hijo", para quien ella quisiera, le dice altiva e injuriosa, "una mujer muy semejante a su madre, y que nunca permita que sea tan ciego y tan loco como su padre..." Al hacer un balance de su matrimonio, una frase aquí, sobre todas, refleja su ánimo: "Puede usted siempre tenerme, no respeto, pues de usted más que de nadie merezco admiración..." La carta, toda, es ésta:

Pepe: ante todo deseo desde el mes que viene no recibir mesada ninguna. Cuando le pedí treinta pesos no sabía que usted no trabajaba en la casa de Appleton [él había dejado de trabajar allí hacía dos meses], y si quiere ver las fechas de mi cartas verá que son anteriores a su aviso.

Si usted y yo vivimos alejados no es sin duda por faltas mías, pues en haber sido intachable tengo todo mi orgullo. En nada y de nada tengo que culparme, pues, cuando me casé con usted, hasta de mis más pequeños gustos prescindí, y anulé de tal modo mi personalidad, que cualquiera hubiera sospechado que no era yo capaz de un pensamiento propio. Lo que hice al principio con placer, llena del amor inmenso que le tenía, mi abnegación de madre me dio fuerzas para llevarlo a cabo después. Y como al casarme con usted sólo busqué en el matrimonio la felicidad de un hogar modesto, que según mi pensamiento debía haber bastado siempre a usted, como sin duda me bastó a mí, no es natural que cuando usted cambió tan presto y me abandonó [en La Habana, en 1879] a mis lágrimas y me dio una muerte civil espantosa, dejándome sin posición fija en [la] sociedad. Quisiera yo, para consuelo en una desventura tan grande, poder gastar unos cuantos pesos [más] que recibirlos. En esta extraña situación cuesta violencia suma. O usted nunca ha sabido quien soy yo, y obra con mala fe manifiesta, suponiéndome mezquindades que cuesta rubor hablar de ellas.

No sé si es por mi padre o por mí que dice usted debía avergonzarnos admitir lo que usted envía con esfuerzo. A mí ni a usted nos han exigido nada, aunque yo desde que llegué comencé a hacer los gastos del niño. Si heredaré poco o mucho no lo sé, pero confieso que deseo sufrir muchas agonías y poder dar a mi hijo ese dinero. Ninguna ilusión me he hecho de lo que usted gane, pues aunque fueran miles de pesos yo no recibiría nunca dinero de un hombre que no es mi esposo sino por el lazo de mi hijo: sería mengua que yo aceptase su trabajo ofrecido a un lazo indisoluble por punto de honor y no por cariño: si he aceptado ha sido en nombre de mi hijo. Para nada necesito de su horrendo sacrificio de vida que me ofrece: ni se juzgue esclavo mío. Desde que supe [que] su alma no entendía la mía, no me creo en derecho de pedir nada, y muy ofuscado debe andar su espíritu cuando me ha escrito esto. Si recibí y pedí cuando me faltó la mesada es porque yo tengo mi modo de apreciar los deberes distinto del suyo; pero eso no hace, pues de ello no hablaré más. No temas que piense volver [a Nueva York]. Repito que si quise venir [a Cuba], pues eran muchos los tormentos que en un país extraño, sin amigos, sin conocer el idioma y enferma sufría, a más de los que usted de diario me preparaba. Cualquiera que supiese que este anhelo por venir a mi tierra al lado de mi padre para vivir en el encierro en que corre mi vida, era mirado como la grave falta que me echa usted en cara. No [papel roto] que suponer por fuerzas que [papel roto] duda en mí donde está la culpa. Mi vida siempre será aquí así, enteramente dedicada a mi hijo. No amo el lujo ni la sociedad de que tan apasionada fui antes de casarme con usted, y en cuanto a amores no soy de las mujeres que son engañadas dos veces. Seré orgullo de mi hijo, así que puede usted siempre tenerme no respeto, pues de usted más que de nadie merezco admiración.

De mi hijo esté tranquilo. En mi alma no caben miserias. Lo enseñaré a que lo ame siempre. A Dios le pido que le dé [a su hijo] una mujer muy semejante a su madre, y que nunca permita que sea tan ciego y tan loco como su padre. Será, desde hoy, el niño quien siempre le escriba. Sólo en caso extraordinario lo haré yo. Le ruego conteste a él con más frecuencia. Carmen.

Las dos últimas cartas de esta colección, del 30 de abril de 1887 y del primero de setiembre de 1890 no son tan agresivas. Ya Martí tenía una mejor posición económica y le era posible ayudar a la esposa en sus gastos: además de lo que recibía de La Nación; El Partido Liberal, de México, $50 al mes; $25 le pagó, durante un tiempo, El Economista Americano, de Nueva York; y La Opinión Pública, de Montevideo cantidad parecida; más lo que sacaba del consulado del Uruguay, unos $30 mensuales. A veces llegaban sus ingresos hasta 150 dólares al mes, lo que le permitió publicar por su cuenta Ramona, la traducción de la novela de Helen Hunt Jackson: unos $1000, según dijo en una de sus cartas.

El padre de Martí había muerto a principios del año, por lo que Martí aumentó su silencio: a Carmen le preocupó no recibir carta del marido, y le dice en la del 30 de abril:

Al fin recibimos carta. Fue tanto [lo] que padecí en espera de ella que cuando vino a mi mano no pudo quitarme las muchas tristezas que tenía en el alma. Sólo te diré que en los últimos diez días perdí 12 libras, de modo que todo lo que adelanté a fuerza de cuidados lo pierdo por un olvido que no tiene nombre, tratándose de una situación como ésta, pues desde enero no preguntas por el niño. Una carta diciendo lo que pasaba era natural, y hasta un deber. Gracias por las mesadas. Ahora lo que más me apura es el colegio de Pepe... Cheché [tía de Carmen] nos hace vivir tan afligidos que ni puertas ni ventanas se abren. Siempre imagina que la insultan, y extrema su desventura [hasta que] a veces dice que son sus propias manos quienes le dicen cosas, y se las quiere arrancar arrancándose la piel hasta que le corre la sangre. Noche y día corre por la casa gritando espantosamente; es un espectáculo verdaderamente desgarrador; a veces los cuchillos, los palos, cualquier cosa coge y se la arroja a uno encima; a nuestro hijo le ha tirado mucho aunque cuando se calma lo besa, pero desgraciadamente sus horas de calma van desapareciendo por completo. Los médicos me aconsejan que haga huir a mi hijo de este espectáculo porque es peligroso; dicen que a veces los niños se impresionan funestamente de esto; los niños de Amalia [la hermana de Carmen] no vienen por nada, porque a ella también se lo dijeron, así que yo siempre desearía tener a Pepito fuera. Nada te puede pintar nuestra vida con este espectáculo que no tiene igual. El niño te escribirá pronto. Deseo que escribas más a menudo pues mi hijo sabe bien cada vez que lo haces, y todo lo nota.

En la otra, de 1890, la última de esta colección, parece no haberse alterado lo que reflejaba la anterior: cierta paz y conformidad. No es fácil explicar los tres años de silencio, pero se puede suponer que ningún cambio mayor hubo en las relaciones del matrimonio, toda vez que esta etapa iba a culminar en el viaje de Carmen y el hijo a Nueva York, en el verano de 1891; en esta carta se lee:

Martí: desde que escribió diciéndonos que estaba enfermo no hemos vuelto a tener noticias de usted. Retraté a Pepito y salió tan horrible que parecía un negro; ni la más leve idea puede tener del niño, por eso no le mando la prueba, volveremos a ver otra vez. El día 15 se abren las clases, pero hay que pagar las nuevas matrículas desde antes, y esta vez son tres, costando cada una un centén. Es preciso que por este año usted me mande el dinero, porque esta vez sí es imposible que lo haga yo. El curso pasado me costó abrir una brecha grande en mis gastos. Debes considerar que es ya muy grande el niño y que cuesta educarlo, y eso que quedo con el gasto de los libros, que es fuertecito. El niño bien, jugando mucho y muy divertido con las niñas de Amalia, mi hermana, que acaban de llegar de España; viene su marido [el coronel Barrios] de gobernador civil de esta ciudad, y las chiquitas vienen hablando como castellanas, y a Pepe le hace una gracia grandísima y se pasa el día imitándolas. Creía que lo que enviabas al niño era un trajecito que le dijiste que tenías para él, pero nada se ha recibido. Con besos del niño y deseos de que esté bien, le digo adiós. Carmen.

El "alma torcida" de los "Versos Sencillos"

Desde la última vez que Carmen estuvo en Nueva York, algunos cambios habían ocurrido en la vida de Martí: su fama de escritor había crecido de manera considerable: se había generalizado el juicio del colombiano Adriano Páez, el primer crítico de Martí, quien desde 1881 escribió sobre él: "No vemos en España ni en Sudamérica un prosita mejor dotado ni más brillante. Es la encarnación de la facilidad, de la naturalidad y de la elocuencia..."; y en la Argentina Domingo Faustino Sarmiento le había pedido a Pual Groussac que lo tradujera al francés, porque opinaba: "En español nada hay que se parezca a la salida de bramidos de Martí, y después de Víctor Hugo nada presenta la Francia de esa resonancia de metal"; Y era Martí, en reconocimiento de sus valores intelectuales, cónsul en Nueva York de la Argentina, Paraguay y Uruguay, y había representado a este último país en la Conferencia Monetaria Internacional celebrada en Washington. En relación con su vida privada, la colonia cubana y puertorriqueña de Nueva York sabía de sus relaciones con la viuda de Manuel Mantilla, y como hacía más de cinco años que no lo visitaba su mujer, era posible verlos como casados. No se sabe qué movió a Carmen a viajar con el hijo a Nueva York en 1891, y hasta es posible que Martí no los esperara en aquel verano, aunque no se le había reducido su deseo de ver al hijo: desde octubre de 1889 le había dicho a su amigo mexicano: "...[vivo] con el ansia de que venga mi hijo, que Carmen retiene en Cuba ya más de lo justo, deseosa acaso de obligarme a imponer su vuelta a New York, que es cosa que yo dejo a su voluntad, y que no puedo imponerle en justicia. Vivo con el corazón clavado de puñales desde hace muchos años. Hay veces en que me parece que no puedo levantarme de la pena..."

La esposa y el niño se presentaron en Nueva York el 30 de junio de 1891, y Martí los llevó a Bath Beach para evitarles los calores del verano: allí pasaba él temporadas con la viuda de Mantilla y los hijos de ésta. Vueltos a la ciudad, debieron llegar a Carmen Zayas Bazán los rumores de que su esposo era amante de Carmita Mantilla, cosa que no debió sorprenderla después de su larga ausencia, pero lo que más debió disgustarla tuvo que ser la lectura de los Versos Sencillos, los cuales se habían dado a conocer en una reunión en casa de Carmita a fines del año anterior: asistieron a la lectura unos treinta invitados casi todos también conocidos o amigos de Carmen: Panchito Chacón, Federico Edelmann, Néstor Ponce de León, Antonio I. Quintana, Miguel A. Montejo; por ese motivo Martí escribió en el prólogo del libro: "Se imprimen estos versos porque el afecto con que los acogieron, en una noche de poesía y amistad, algunas almas buenas, los ha hecho ya públicos". Y aun es probable que los Versos Sencillos salieran publicados estando ella en la ciudad toda vez que se fue a fines de agosto de 1891, y Martí le escribiría a Mercado el 11 de febrero de 1892: "¡Cómo estará mi alma de tristeza, y cuánto esfuerzo me costará escribir esta carta, lo ve Ud. bien por ese libro mío, que está impreso desde el mismo mes en que mi hijo me dejó solo, en que para encubrir culpas ajenas se me llevaron a mi hijo: y no he tenido en estos seis meses corazón para mover la pluma..."

Ejemplar original de los Versos Sencillos. En la dedicatoria se lee: "A Gonzalo [de Quesada] mi leal compañero y colaborador: Su Martí. NY/91".

Los Versos Sencillos son como una autobiografía sentimental de Martí, y no faltan en ellos confesiones y alusiones que tuvieron que ofender a Carmen, y hasta violentarla. Más que nadie podía la esposa entender lo que allí estaba escrito: Carmen le conocía las metáforas, los símbolos y el preciso significado de las palabras empleadas en esas poesías, y muchos de los personajes y de los acontecimientos tuvieron ser para ella recuerdos dolorosos; ¿Cómo podría no verse ella retratada en esta estrofa?

He visto vivir a un hombre
Con el puñal al costado,
Sin decir jamás el nombre
De aquella que lo ha matado.

O en ésta otra, de igual tono y voces:

¿Qué importa que tu puñal
Se me clave en el riñón?
¡Tengo mis versos, que son
Más fuertes que tu puñal!

O en éstas en que la califica de "alma torcida", dándole al término, como era común en Martí, gran conocedor del idioma, todo su valor etimológico (del latín torquere: falsificar, mentir, desviarse del camino recto, enredar, proceder de manera sinuosa, tortuosade la misma raíz: tortuosus)

Aquí está el pecho, mujer,
Que ya sé que lo herirás;
¡Más grande debiera ser,
Para que lo hirieses más!

Porque noto, alma torcida,
Que en mi pecho milagroso,
Mientras más honda es la herida,
Es mi canto más hermoso.

¿Y no le saltaría a las mejillas de Carmen el rubor de la vergüenza, si no de los celos, al leer estas cuartetas?

Yo visitaré anhelante
Los rincones donde a solas
Estuvimos yo y mi amante
Retozando con las olas.

Solos los dos estuvimos,
Solos, con la compañía
De dos pájaros que vimos
Meterse en la gruta umbría. [...]

Después, del calor al peso,
Entramos por el camino,
Y nos dábamos un beso...
En cuanto sonaba un trino...

O éstas:
Es rubia: el cabello suelto
Da más luz al ojo moro:
Voy desde entonces envuelto
En un torbellino de oro.

La abeja estival que zumba
Más ágil por la flor nueva,
No dice como antes, "tumba":
"Eva" dice: todo es "Eva". [...]

O éstas, terminadas en un dístico, especie de epítome de crecida sensualidad:

Mucho, señora, daría
Por tender sobre tu espalda
Tu cabellera bravía,
Tu cabellera de gualda:
Despacio la tendería,
Callado la besaría.

Por sobre la oreja fina
Baja lujoso el cabello,
Lo mismo que una cortina
Que se levanta hacia el cuello.
La oreja es obra divina
De porcelana de China.

Mucho, señora, te diera
Por desenredar el nudo
De tu roja cabellera
Sobre tu cuello desnudo:
Muy despacio la esparciera,
Hilo por hilo la abriera.

Y estas redondillas que resumen el proceso de curarse con una mujer del daño que otra ha causadoremedio que no le fue desconocido a Martí:

Mi amor del aire se azora
Eva es rubia, falsa es Eva:
Viene una nube, y se lleva
Mi amor que gime y que llora.

Se lleva mi amor que llora
Esa nube que se va:
Eva me ha sido traidora:
¡Eva me consolará".

¿Y acaso no sabía Carmen de la Blanca de Montalvo, de Aragón, de quien habla en el poema número VII"Que allí tuve un buen amigo,/Que allí quise a una mujer"; y, muy en particular, de "La niña de Guatemala", "la que se murió de amor" porque él "volvió casado", y de quien Martí afirma: "Era su frente ¡la frente/Que más he amado en mi vida!?"

No es difícil imaginar a la mujer que hemos conocido a través de este epistolario arrojando furiosa contra la pared el librito de los Versos Sencillos, recogiendo con apuro en la habitación en que vivían sus ropas y las del hijo, y salir indignada a buscar a Enrique Trujillo para que fuera con ella, como se sabe que lo hizo, al consulado español, a pedir que le permitieran de inmediato, sin el permiso del marido ni ningún otro requisito, embarcar de regreso a La Habana.

Carmen Zayas Bazán y Martí no volvieron a tener contacto alguno. Ella murió en La Habana, el 15 de enero de 1928, y la enterraron en el cementerio de Colón; tiempo después, el 30 de junio de 1951, sus restos fueron trasladados al cementerio de Camagüey, al panteón de la familia Zayas Bazán: fue una ceremonia deslucida de la que muy pocas personas tuvieron noticia y en la que menos aún tomaron parte. Pero hubo una extraña coincidencia que pudo hacer pensar a los que en esas cosas piensan: ése mismo día, el sábado 30 de junio de 1951, con asistencia del presidente de la República y de todos sus ministros, de numerosas autoridades civiles y militares, del cuerpo diplomático acreditado en el país, y de cubanos de toda la isla, "en el acto más numeroso, conmovedor y grandioso que se recuerda en la historia" de Santiago de Cuba, al decir de un cronista local, se depositaron en el cementerio de Santa Ifigenia, en el gran mausoleo que para ese efecto se había construido, los restos de José Martí... No, no había sido "improductiva" la "grandeza meramente espiritual y secreta" del esposo de Carmen Zayas Bazán.

Transcripción y fascímiles de las cartas mencionadas en este capítulo

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