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MARTÍ, LA ESPOSA Y LA AMANTE CARMEN ZAYAS BAZÁN No es difícil concluir, con la información de que se dispone, que, a pesar de lo que dijo Martí en sus versos sobre "La niña de Guatemala" ("Era su frente ¡la frente / Que más he amado en la vida!") después de muchos años de disgustos con la esposa, fue Carmen Zayas Bazán la mujer que más él quiso. Y con igual salvedad puede afirmarse que la que más amó a Martí fue Carmita Miyares viuda de Mantilla, su querida. Pero Martí no fue un gran amor para la esposa lo mismo que la amante no fue un gran amor para él; cariño sí sintió por ésta, y mucho, y gratitud, por cuanto lo ayudó, y porque supo compartir con él su hogar y sus hijos. Eran mujeres de carácter y temperamentos diferentes: la esposa: exaltada, altiva y egoísta; la amante: fuerte, humilde y desprendida.
Carmen, Carmita. La esposa y la amante. Martí llegó por vez primera a Santo Domingo, en setiembre de 1892; allí se reunió con Federico Henríquez y Carvajal, quien recordó en una conferencia de 1919, en Santiago de Cuba, cómo le había presentado su esposa a Martí; la anécdota, tal como la contó, sería reveladora en el laboratorio de un analista; con toda probabilidad sin saber lo que sus palabras ponían en evidencia, dijo el ilustre dominicano:
Hacía un año que la esposa lo había abandonado en Nueva York, y, sobre la ofensa, aún se conmovía al pensar en ella y pronunciar su nombre. El tiempo que pasó Martí en México, desde que llegó al terminar sus estudios en la universidad de Zaragoza, en 1875, hasta que dos años después salió para Guatemala, fue, en igual proporción, de penas y alegrías. Sufrió por la muerte de Ana, su hermana preferida; por las estrecheces económicas de su familia y por el rudo trabajo que tenía que realizar en la imprenta; pero, en compensación, logró cierto crédito como orador, periodista y autor teatral, y disfrutó del regalo amoroso de algunas mujeres, entre ellas el de Carmen Zayas Bazán. Los acontecimientos políticos dieron fin a ese período de su vida y lo obligaron a establecerse en Guatemala, a donde llegó comprometido con la que iba a ser su esposa. Ella se había quedado en México con su padre y dos de sus hermanas. Francisco Zayas Bazán era un rico abogado camagüeyano, viudo, que había emigrado huyendo de la guerra de Cuba. Orgulloso de su alcurnia y de su apellido, aceptó la visita de Martí porque era aficionado al ajedrez y encontró en el joven poeta un contrincante ideal para el juego. Había, además, cierta relación previa entre las familias: el dueño de la casa donde vivían Martí y los suyos, Ramón Guzmán, estaba casado con Rosa, la hermana de Carmen. Tanto la elección de ella como la de él fueron desacertadas. El amor no sólo puede desfigurar el objeto amado sino que también logra a veces confundir al amante respecto a sí mismo. De esa manera el juramento que hicieron Martí y Carmen Zayas Bazán no fue totalmente de ellos sino de los otros seres que se inventaron. Ella creyó que Martí podría dejar de ser Martí y, todavía peor, creyó que ella podría dejar de ser Carmen Zayas Bazán. Cuando en 1878, por la Paz del Zanjón, regresaron a Cuba, encontraron dificultades que no habían previsto: la hostilidad de las autoridades y la falta de empleo; Martí le escribe a Mercado desde La Habana: "Hoy mi pobre Carmen, que tanto lloró por volver, se lamenta de haber llorado tanto... Todo lo compensan mi mujer heroica y mi lindísimo hijo, bastante bello y bastante precoz, ¡mi nube humana de 2 meses!, para consolar mis penas... Vivimos los tres en entrañable unión". José Francisco Martí y Zayas Bazán había nacido el 22 de noviembre; antes de cumplir un año, su padre salía deportado para España. Desde Madrid le escribe a Miguel F. Viondi, su compañero de bufete en La Habana: Con inquietud espero, ansioso de saber de Ud., y por Ud. de mi mujer y de mi hijo...¡Qué será de mí por estos yermos, sin noticias de mi mujer y mi hijo! No hay, Viondi, a la par de los altos deberes, placer más dulce ni dolor más grande que el que causa estar cerca o estar lejos de esas criaturas, en las que por transfusión maravillosa está el calor de todos los amores. En vano se busca el alma, quedada en ellos. Perderlos es menester para mejor amarlos. Ni mujer bella ni niño hermoso, cuando estamos lejos de nuestra mujer y nuestro hijo. Pero llega a Nueva York, a principios de 1880, ya dolido por la incompresión de la esposa, y le dice a Viondi: "Desde el 3 de enero ando por estas limpias calles, en un invierno que parece primavera, con las carnes sanas y los huesos fuertes; pero con el corazón muy bien y en lo hondo herido ¡por la mano más blanca que he calentado con la mía!" Sin embargo, a pesar de la queja, le envía al amigo el importe del viaje de Carmen y del hijo, y le ruega que los ayude para poder reunirse con ellos en Nueva York. Dos meses después de la llegada de Martí, el 3 de marzo, ya están con él la esposa y el niño. Martí se queja porque ella no le entiende su pasión de patria, pero él tampoco le entiende a Carmen su pasión de madre; así le escribe a Mercado: "Carmen no comparte mi devoción a mis tareas de hoy, pero compensa estas pequeñas injusticias con su cariño siempre tierno y con una exquisita consagración a esta delicada criatura que nuestra buena fortuna nos dio por hijo... Regaño a Carmen porque ha dejado de ser mi mujer para ser su madre..." Apoyado en algún trabajo menor, Martí estaba entero en su gestión revolucionaria. Recién llegado formó parte del Comité Central de Nueva York, y poco después pronunció el famoso discurso en el Steck Hall, en un acto para recaudar fondos para la guerra que preparaba el general Calixto García; allí dijo:
Martí había llegado a Nueva York con credenciales de revolucionario. A pesar de que no fue a la Guerra de los Diez Años lo que nunca le perdonaron los viejos militares, los meses que pasó en La Habana como subdelegado del Comité Central de Nueva York pusieron en evidencia su capacidad organizativa, su arrojo y su dedicación a la causa. Al salir deportado para España, el conspirador Patricio Sirgado le escribe lo que sigue al presidente del Comité en Nueva York es el más antiguo elogio que se conoce sobre el patriotismo de Martí:
Martí no pudo, no quiso, sustraer todas sus energías del esfuerzo revolucionario, y cuando Calixto García salió para Cuba en marzo de 1880, lo sustituyó en la presidencia del Comité. La responsabilidad del cargo era tan alta como el trabajo que exigía. Martí tuvo que atender las necesidades de los cubanos en armas; escribir proclamas, circulares y numerosas cartas; y, para cubrir los gastos de su familia, publicaba crónicas sobre arte en The Hour. Tres meses más tarde la Guerra Chiquita había llegado a su fin: Antonio Maceo no logró desembarcar en Cuba; a Pío Rosado, el antiguo Secretario del Comité Central de Nueva York, lo habían pasado por las armas, y Calixto García tuvo que presentarse "semidesnudo, descalzo y enfermo" de malaria. Martí trató entonces de encaminar su vida y atender mejor el hogar: inició sus colaboraciones en el periódico The Sun, sobre teatro, poesía, literatura y acontecimientos en España. Pero no ganaba lo suficiente, y el invierno se acercaba. Carmen decidió entonces regresar a Cuba con el hijo, a fines de octubre. Martí se sintió abandonado, y se quejó de la esposa. La hermana de Carmen le escribió desde Camagüey: "... no abandonó Carmita el hogar del marido pobre, dejó con prudencia de mujer de juicio la libertad necesaria en la pobreza, a su marido, imponiéndose la pena de una separación que ella creía que sería compensada, cuando tú la llamaras a un hogar estable...". Y allí mismo le recomienda: "No te precipites, trabaja con sosiego la posición de tu pequeña familia a quienes tienes la obligación de hacer feliz por ti y por ellos, y no expongas en extranjera tierra, con poca reflexión a tu mujer y tu hijo... Carmita puede esperar muy bien algunos meses a que tú busques trabajo seguro, en el seno de una reducida familia pero tierna y segura". Los meses que había pasado con Carmen Zayas Bazán en Nueva York, en 1880, fueron difíciles para el matrimonio, pero no de disgustos. Nadie mejor hubiera notado esos conflictos, o las relaciones de Carmita Mantilla y de Martí, que los espías de España que lo vigilaban de muy cerca. En el Archivo Histórico Nacional, en Madrid, se conservan las cuentas de la Agencia Pinkerton que empleaba a los espías. Desde el mes de abril uno que se firmaba "E.S." se había mudado cerca de la casa de Manuel Mantilla "para vigilar a Martí"; y luego el agente alquiló una habitación en la propia casa de huéspedes, por 10 pesos a la semana, con el mismo propósito. Desde entonces hasta agosto, cuando ya ha terminado la guerra en Cuba, siguen los gastos del espía: "Dulces para los niños de Martí [Pepito] y Mantilla [Manuelito, Carmita, Ernestico]"; "una botella de vino para la cena con Martí y otros en busca de información", "5 dólares pagados a la señorita Paral por 12 clases tomadas con Martí y su mujer, para cultivar su trato, clases en español..." y también gastos de viaje cuando lo siguieron a Cape May y a las playas Manhattan y Brighton. Nada deja ver en esos papeles otra cosa que al matrimonio Mantilla en sus quehaceres ya esperando el nacimiento de María, y a Martí y su mujer en los suyos, entre los otros huéspedes: él, periodista y conspirador; y ella cuidando a su hijo, y hasta dando clases particulares de español, supervisadas por Martí, a 50 centavos la hora... Si bien resulta imposible creer que Martí fue el padre de María Mantilla, como se verá después, resulta evidente que, ya nacida ésta y huérfana de padre, Martí vivió con Carmita Miyares, la viuda de Mantilla. No se puede, por supuesto, precisar cuándo empezaron esas relaciones, pero tuvo que ser después de 1885, cuando por segunda vez Carmen Zayas Bazán regresó a La Habana con el hijo, dejando a Martí en Nueva York, solo, durante seis años, ya muerto Manuel Mantilla, el esposo de Carmita y el verdadero padre de María.
María del Carmen Miyares y Peoli era 5 años mayor que Martí y que Carmen Zayas Bazán: había nacido en Santiago de Cuba el 24 de octubre de 1848, y Carmen el 29 de mayo de 1853. Siendo aún muy niña la llevaron a vivir a Caracas, donde tenía familiares, y regresó a Santiago donde quedó huérfana a las 16 años. Poco después se casó allí con Manuel Mantilla y Sorzano, también santiaguero, de padres colombianos, que había nacido en 1843. Después de pasar un tiempo en Santo Domingo, donde murieron los cuatro hermanitos de Carmita, el matrimonio se estableció en Nueva York, en 1871, donde él tuvo un negocio de tabaco, en la parte baja de la ciudad, y ella casas de huéspedes. Para justificar las relaciones de Martí con Carmita, los que suponen que se iniciaron a poco de conocerse por lo que creen a Martí padre de María Mantilla, presentan a Manuel Mantilla, en 1880, como un hombre viejo, incapacitado y cercano a la muerte. Tres ejemplos de esos juicios bastarán ahora: Blanca Zacharie de Baralt, que conoció y trató a Martí desde 1883, y cuyo esposo (Luis A. Baralt y Peoli) era primo de Carmita, describe a Mantilla como "un cubano bastante mayor", ya en 1880, con "quebrantada salud, al punto de ser casi un inválido"; Jorge Mañach, en la primera biografía completa de Martí, en su Martí, el Apóstol, también basado en el testimonio de la Baralt, afirma: "... Mantilla es [en 1880] un cubano a quien la poca salud ha hecho un melancólico y casi un inválido"; y poco después decía Gonzalo de Quesada y Miranda, entonces en posesión de todos los papeles de Martí, y asimismo sin otra fuente de información, en su libro Martí, hombre: "... Enfermo Mantilla, vida apagada ya, su involuntaria debilidad para la dura lucha por la existencia [con] la salud minada" encuentra ayuda en la esposa, "pronta a quedar viuda..." Nada de eso es cierto: Manuel Mantilla tenía 37 años sólo cinco más que la esposa. Dos años antes les había nacido su hijo menor, Ernesto Carlos, y en 1875 dos niñas suyas murieron a los pocos meses de nacer. Los dos mayores, Carmita y Manuelito, nacieron en 1873 y 1870. Con excepción de lo dicho por la Baralt, nada habla de la invalidez de Mantilla, ni de que se encontrara, en 1880, cercano a la muerte. Estaba activo en su negocio: en ese año aparece con oficina en "20 Cedar Street" como "merchant", y en 1884, como "agent", en su casa, en el 953 East de la calle 76, según el Trow's New York Times City Directory. En esa dirección murió cinco años después de la llegada de Martí a Nueva York, el 18 de febrero de 1885, de una enfermedad del corazón ("Mitral Disease of the Heart"), según lo consigna en el certificado el médico que lo atendía desde agosto del año anterior, el doctor S.M. Jiménez, lo que viene a apoyar la idea de que seis meses antes no estaba enfermo Mantilla. Martí había estado viviendo desde 1882 con la esposa y el hijo en Brooklyn; era la segunda visita de Carmen Zayas Bazán a Nueva York, y ella regresó a La Habana en marzo de 1885. Aparte de los desacuerdos por las actividades conspirativas de Martí, el matrimonio vivía en cierta calma: él resumió la situación en una frase que le escribió a Mercado: "Carmen, buena: mi hijo, una copa de nácar". Y en esa casa de Brooklyn pasó un año con ellos Mariano Martí, el padre, quien de regreso en La Habana les mandó una carta que descubre la armonía entre Martí y la esposa y el matrimonio Mantilla; dice al despedirse: "... A Carmita muchas cosas de mi parte, igualmente a Mantilla... muchos besos a María, y muchos besos a Pepito... y tú recibe un grande abrazo de tu padre..." Pero ya cuando Carmen Zayas Bazán ha regresado a Cuba, Martí le escribe a su amigo de México:
Y concluye con este comentario: "Los amigos son mejores que los amores. Lo que éstos corroen, aquéllos lo rehacen". Carmen no volvió a Nueva York hasta mediados de 1891, pero él ya vivía, parece, con Carmita, y, entonces sí, molesta por las alusiones que descubrió en los Versos Sencillos, escondida y sin autorización del marido, regresó dos meses después a La Habana. Fue la última vez que se vieron. Las relaciones de Martí y Carmita Miyares les trajo algunas dificultades. Aparte del afecto y la atracción que pudiera existir entre ellos, el vivir juntos les resolvía problemas prácticos: la viuda, con sus cuatro hijos, necesitaba un hombre en la casa; y él un hogar, y el amparo y el cariño de una familia. El disimulo de la época ha impedido conocer más de aquellos amores, pero hay un episodio en la vida de Martí que contó un testigo excepcional, en 1937, el coronel Federico Pérez Carbó, que da idea del asunto. Como Martí se negaba a ir a Cuba invitó a su madre para que pasara una temporada con él. Fue en el año 1887 y, para el día después de Navidad, los amigos de Martí organizaron una velada en su honor. El proyecto lo había concebido Enrique Trujillo, entonces muy cerca de Martí, e iban a participar con él quien leyó versos de Ismaelillo sus hijos y los poetas Francisco Sellén, Rafael de Castro Palomino y Diego Vicente Tejera; y al piano tocó composiciones de Chopin Herminia Agramonte y Simoni, la hija de Ignacio, "El Mayor". Cuenta Pérez Carbó:
No es del todo exacto lo que dice este amigo de Enrique Trujillo: el rompimiento definitivo con Martí se produjo cuatro años después, en 1891, cuando Trujillo acompañó a Carmen Zayas Bazán, escondida de Martí, al consulado español para poder regresar a Cuba; antes de esa fecha habían vuelto a la amistad a pesar de la velada: la edición de los Versos Sencillos la pagó Trujillo, y Martí le había cedido los derechos del libro a El Porvenir, el periódico de Trujillo. Pero el escenario de la polémica, y la polémica misma, pone en evidencia las tensiones y reservas que rodeaban a los amantes. Los tapujos, como era de esperarse, aumentaron con la muerte de Martí. Según el New York Herald del 27 de mayo de 1895, el cadáver de Martí se identificó, entre otras cosas, por una carta que llevaba de "la señora Mantilla", la cual, desde luego, desapareció con sus otros papeles. El corresponsal de ese mismo periódico, George E. Bryson, había entrevistado a Martí dos semanas antes de su muerte y sirvió a los españoles en la identificación del cadáver, y el abogado del Partido Revolucionario Cubano, Horatio Rubens, le escribe sobre el particular a Gonzalo de Quesada: "... Recordarás que en la carta a la familia de Mantilla se hacía mención por el viejo [mention was made by the old man, dice el original] que llevaba la fotografía de María al lado del corazón. Logramos conseguir que esto se suprimiera de los relatos publicados [por Bryson], por razones obvias..." Pero, en realidad, quien más se apresuró a ocultar el asunto que tanto podía servir a los enemigos de Martí, fue la propia Carmita Mantilla. En septiembre de 1895, estando Nueva York, con su hijo, Carmen Zayas Bazán quiso que se le entregaran las pertenencias de su esposo con toda seguridad tenía interés en impedir que sus cartas a Martí fueran a manos extrañas; Gonzalo de Quesada, que había quedado como albacea, se negó disculpándose de que por no haber pagado la renta era imposible sacar nada de la oficina: en realidad estaba cumpliendo las instrucciones de Martí, que le había dicho en el testamento: "Envíele a Carmita los cuadros, y ella irá a recoger todos los papeles..." Aprovechando entonces un descuido de la viuda, Quesada y Carmita dejaron casi vacía la oficina, el cuarto número 13 de 120 Front Street. Una carta de Carmen Zayas Bazán a Tomás Estrada Palma revela el incidente; le dice:
Debió convencerla Estrada Palma para que se resignara a la pérdida, pues sus protestas podían lastimar la revolución, y no se supo más de ese asunto. Pero, porque ayudan a entender la figura de Carmen Zayas Bazán y la de su hijo a raíz de la muerte de Martí, y porque nunca han sido publicadas, a continuación se reproducen pasajes de dos cartas de ella a Manuel Mercado, desde Nueva York; en una, del 15 de julio de 1895, le dice:
Y en la otra carta al mismo corresponsal, fechada el 12 de octubre de 1896, se queja por no haberse ido de Cuba a establecerse en México para impedir que el hijo se fuera a la guerra, lo que sucedió poco después:
A pesar de los ruegos de la madre venció el patriotismo de Pepito Martí, y se fue a Cuba, y al terminar la guerra se había ganado el grado de capitán de artillería; y luego, con el grado de brigadier ocupó el cargo de Secretario de Guerra y Marina en los comienzos de la República. Ya se dijo que Carmita había mutilado las cartas de Martí dirigidas a ella y a sus hijas. Todo otro rastro de sus amores con él desapareció. Quizás luego, como alguna vez se dijo, se hizo enterrar con aquellos recuerdos, al morir de neumonía en Nueva York a los 77 años, el 17 de abril de 1925. De todas las mujeres en la vida de Martí, incluyendo la madre y las hermanas, sólo Carmita lo entendió. Al lado de ella se produjo en Martí la más activa sublimación de su caudal afectivo hacia la patria. Cuando le llegó el llamado hizo lo que en su prédica proponía, privándose de cuanto le conviniera; según él, "lo primero que ha de hacer un hombre público, en las épocas de creación o reforma, es renunciar a sí, sin valerse de su persona sino en lo que valga ella a la patria". Y un año antes de su muerte le escribía a la madre: "Mi porvenir es como la luz del carbón blanco, que se quema él para iluminar alrededor. Siento que jamás acabarán mis luchas. El hombre íntimo está muerto y fuera de toda resurrección, que sería el hogar franco y para mí imposible, adonde está la única dicha humana, o la raíz de todas las dichas". Hacía mucho que no disfrutaba del "hogar franco" que se le rompió con el matrimonio; una vez, hablando de la felicidad doméstica del general americano Hancock, que acababa de morir, de los éxitos de su carrera, observó: "Tuvo la fuerza, porque tuvo la paz de la casa. Nadie pregunte el secreto de tanta existencia desperdiciada, desviada, frustrada, incompleta; es el desarreglo del hogar..." Y ahora una última consideración, ¿logró Carmita satisfacer los anhelos amorosos de Martí? No lo parece. Lo ayudó sí en el torneo de valores y le hizo más llevadero el renunciamiento, pero no pudo llenar su espíritu. Hay una composición de Martí en la que no se ha visto cómo se planteaba el problema. Son unos versos que no tienen título ni fecha, pero que debió escribir en sus últimos tiempos. Empieza diciendo: "Todo soy canas ya, y aún no he sabido / Calmar mi corazón... ¿en qué soñadas / Cárceles, nubes, rosas, joyas vive / La que me rinda el corazón y dome / Con doble encanto mi ansia de hermosura?" Y entonces explica la partición que ha tenido que hacer: de un lado está la compañera fiel que no colmaba su aficción de amor, donde se descubre a Carmita; y del otro la mujer anónima, el objeto de carne o la inteligencia infructuosa que no satisface su espíritu; dice:
Y como Martí para entonces ha renunciado a lo que llamó "distracción nueva y violenta", aquella "inmoralidad relativa" a que lo llevaba "el horror a la soledad" y el miedo de herir "la moral suprema", hace un balance de las mujeres superficiales o de talento egoísta, que él cree sólo excusa del sentido o disculpa de la vanidad, y agrega:
Y es en este balance amoroso en el que decide quedarse con la virtud de Carmita. Martí joven había llamado a la mujer ideal, a la virgen aquélla que añoraba, "Flor blanca", y a ésta, que es su amante, en el secreto entristecido de sus versos, le dice:
En Martí, pues, podemos concluir, el artista, con su sensibilidad por la belleza, y el intelectual, con su aprecio por el saber, se someten al moralista que prefiere la bondad. Ni Carmita era hermosa ni era culta, pero a su "virtud" le rindió "las palmas".
De Carmita Mantilla nos llegan testimonios contradictorios de sus contemporáneos: Blanca Baralt, aunque no le podemos creer todo lo que dice después de los infundios sobre Manuel Mantilla y Sorzano, dejó escrito, resumiendo sus encantos, que era "un champán"; y Valdés Domínguez, como se verá luego en este libro, la llamó "un ángel".Un olvidado juicio, contrario a éstos, aparece en el Diario de Zenobia Camprubí, la esposa de Juan Ramón Jiménez, que vivió en Cuba a finales de los años 30; en una anotación del 9 de octubre de 1937, mientras leía el Martí, el Apóstol, de Jorge Mañach, parece que tuvo una conversación sobre la vida amorosa de Martí, y escribió lo siguiente: "María Carrillo [de la familia de Antonio Carrillo, condiscípulo de Martí en España, y residente en Nueva York], que conocía a ambas, [a] la Sra. de Martí y a Carmita, dice que la primera era un plomo, y la segunda tan común y descuidada que era difícil creer que había sido el amor más duradero de un gran hombre..." Carmen Zayas Bazán, "un plomo", y ya sabemos el significado del elocuente cubanismo, una persona impertinente, engreída y antipática; ¿Carmita?, "común y descuidada", la llama María Carrillo, miembro de una familia muy ligada a Martí. No de otra manera se la describió al autor de este trabajo Pedro Agustín Barranco, ya muy anciano hijo de Manuel F., uno de los mejores amigos de Martí y que lo conoció cuando era alumno del colegio de Estrada Palma ("Agustín será un hombre brillante y honrado", escribió Martí después de verlo en Central Valley), en una de las visitas que le hizo hace muchos años, cuando Barranco vivía en Garden City, Nueva York. Hablando de aquella época le pregunté, esperando una respuesta distinta por lo que había leído de ella: "¿Y Carmita? ¿Cómo era Carmita Mantilla? Debió ser una mujer extraordinaria..." Pero él moviendo la cabeza contestó apenado de contradecir al visitante, y me dijo: "No, Ripoll, no, Carmita no era más que una doméstica, muchas veces estuve en su casa, los conocí a todos en esa casa, Carmita no era más que una doméstica, buena mujer, trabajadora, pero nada más..." Y descepcionado y en sorpresa, mientras salía de mi asombro, me puse a pensar en aquellas pobres compañeras de los grandes hombres: desde la Grosse Margot, de François Villon; la Micaela Luján, de Lope de Vega; la Thérèse Levasseur, de Rousseau y la Sally Hemings, de Jefferson; hasta la Francisca Sánchez de nuestro Rubén Darío. Y ante esa imagen de Carmita cabe preguntarse, ¿no encontraría en ella Martí, cinco años mayor que él, el aprecio, el cuidado y el cariño que le había negado la madre? Cuando murió Mantilla, a principios de 1885, sus hijos tenían 5, 7, 12 y 15 añosMaría, Ernesto, Carmita y Manuelito. Como era natural que sucediera, cuando se mudó Martí a la casa de la viuda, puesto que se había quedado solo, tuvo que ayudarla con los niños. De ahí viene su gran afecto, particularmente por María y Carmita: durante 15 años estuvo muy cerca de ellas, y a todos los vio crecer.
Según el testimonio de Electa Fe de la Peña, amiguita de María y vecina de su casa en 1893, cuando los Mantilla vivían en el número 121 West de la calle 61, Martí ocupaba un cuarto separado, en unos altos, al terminar la escalera así lo dijo en una nota que escribió en 1949 con el título de "Mis recuerdos de José Martí". Esa discreta distancia, sin embargo, no podía impedir que el mayor de la casa, Manuelito, por lo menos, se diera cuenta de las relaciones de su madre con Martí. Ese conocimiento podría explicar también cierta inestabilidad en su carácter. En carta de Martí, de 1893, al librero Néstor Ponce de León, le decía:
Fuera o no cierta aquella falsificación, el propio Martí ya hablaba del joven, al que ve poco, como no muy formal ("anda con sus mocedades naturales") y aun algo descarriado (no puede "darle certificado de virtud"). Un año después Martí quiso encaminar al hijo mayor de Carmita y se lo mandó a Fermín Valdés Domínguez, en Cayo Hueso, para que aprendiera el oficio de tabaquero. El 18 de abril de 1894 le dice a su antiguo compañero de estudios: "A Manuelito, una línea, y quiéremelo". Al mes siguiente, en carta a la madre, en La Habana, le hace un elogio de la amante "No he conocido humildad y honradez como la de Carmita", que ha dejado durante su ausencia en el colegio de Estrada Palma con los tres hijos, y le aclara respecto al mayor: "Ahora le veré a Manuel, que volvió de sus paseos por el aire y aprende a tabaquero, para que se ejercite en la hermandad del hombre y en el decoro del trabajo..." Poco después le pregunta a Valdés Domínguez sobre su pupilo: "¿Se levanta temprano? ¿Está ya con Remigio, aprendiendo desde los orígenes de la industria, para poder luego administrarla, o dirigirla? Fío en él, por él, y por el hermoso ejemplo que ve en ti..." Pero debieron llegarle quejas sobre su conducta, pues en otra carta le dice al amigo: "A Manuelito ya le escribo: que sea dandy de noche, obrero de día, y hombre a todas horas, que ya estoy convencido de que lo puede ser". Y en septiembre, ante el fracaso del experimento, llega a esta conclusión: "A Manuelito le escribiré. Es imposible que continúe pesando sobre ti..." Se acercaba la guerra y era necesario intentar otro camino para formalizar a Manuelito Mantilla y hacerlo útil, y quitarle esa preocupación a la madre. Por otra parte, Martí no podía consumir tiempo en ocuparse de él; la preparación de las expediciones y el atender los muchos detalles del levantamiento lo tenían, como dijo, "montado en un relámpago". Agobiado por el problema, y ante la angustia de Carmita, a Martí se le ocurrió una solución tan imprudente como desacertada: hacer de Manuelito Mantilla un revolucionario... Poco después, en diciembre de ese año 1894, Martí firma en Nueva York, y envía a La Habana, el Plan de Alzamiento, conjuntamente con el general José María Rodríguez, en representación de Máximo Gómez, y el general Enrique Collazo como comisionado de los que esperan en Cuba; e inicia el Plan de Fernandina que llevaría a la isla a los insurrectos: un barco recogería en Cayo Hueso a los generales Serafín Sánchez y Carlos Roloff, y a sus hombres, para desembarcar en Las Villas; otro lo recogería a él, a Collazo y a "Mayía" Rodríguez en Fernandina, cerca de Jacksonville, para luego ir a Santo Domingo y recoger al general Máximo Gómez y desembarcar en Camagüey; el tercero iría a Costa Rica a recoger a los generales Antonio Maceo y Flor Crombet, para llevarlos a la provincia de Oriente; éste iría a cargo de "Mr. John Mantell", que no era otro que Manuelito Mantilla, y del coronel Patricio Corona. El barco se había contratado como si fuera a recoger unos obreros que esperaban en Centro América (que serían Maceo y sus hombres) para llevarlos a unas minas que tenían en Oriente "Mr. D.E. Mantell" (Martí) que pasaba por padre de "John". Desde Nueva York le explica a Maceo el asunto:
Y poco después, en otra carta a Maceo, vuelve sobre el asunto y le aclara:
El plan, como se sabe, fracasó, por la imprudencia o la maldad de uno de los comprometidos, y no resulta difícil imaginar cuál hubiera sido el resultado de la parte que Martí confió a Manuelito Mantilla. Juzgando con lo que hoy se conoce fue en verdad muy atrevido por parte de Martí haberle dado tanta autoridad a aquel joven en tan arriesgada empresa. El coronel Corona, que lo acompañaba, aunque era quien tenía el dinero para cualquier emergencia, iba como práctico para desembarcar, y como subordinado a Mantilla. Al llegar a las costas de Oriente los expedicionarios tendrían que forzar al capitán, o comprarlo, y a la tripulación, para que los llevaran hasta el lugar que creyeran conveniente. Después del fracaso de Fernandina, Martí embarcó, desde Nueva York, con Manuelito, Collazo y "Mayía" Rodríguez hacia Santo Domingo para reunirse con el general Gómez y seguir con él a Cuba. Un dato curioso debe añadirse aquí, puesto que alguna luz puede dar sobre estos asuntos: se conocen dos cartas de Martí a Carmita, la hermana de Manuelito, desde Cabo Haitiano, una escrita en papel de la "Sociedad de Beneficencia Hispano-Americana de Nueva York", que se la supone de "marzo" de 1895, que empieza así, "Mi Carmita buena"; y otra, en diferente papel, fechada el "9 de abril", que empieza con estas palabras: "Carmita hija": ambas están en las Obras Completas de Martí, y en el quinto tomo del Epistolario, publicado en La Habana en 1993. Una versión distinta de estas dos cartas, por regalo de su tío Gonzalo de Quesada y Miranda, la conservaba David Masnata y de Quesada hoy en mi poder, por gentileza de su viuday difiere de lo conocido, entre otros detalles de menor importancia, en lo siguiente: en lo publicado se encuentran estas líneas, uno de los poquísimos testimonios del aprecio y cariño que Martí sentía por la viuda de Mantilla; allí se lee: "Quiere mucho a tu madre, que no he conocido en este mundo mujer mejor. No puedo, ni podré nunca, pensar en ella sin conmoverme, y ver más clara y hermosa la vida. Cuida bien ese tesoro"; en la otra la llama "tu madre amada"; en lo de Masnata, que nunca ha sido publicado, esas dos cartas aparecen en 4 caras de un papel en el que se lee impreso: "Am Bord/des Schnelldampfers 'Fürst Bismark/den...Hamburg- Amerika Linie", y allí no se encuentra el tierno elogio de Martí a la viuda de Mantilla, ni el último párrafo de la segunda carta, ni se le llama a Carmita, "Carmita hija", sino simplemente "Carmita". ¿No será que como habría de ser portador de ellas Manuelito Mantilla, quien se separó de Martí en Montecristi el 18 de marzo, o porque de alguna manera podrían llegar a conocimiento del joven, enterado, y quizás dolido, por las relaciones de los amantes, y por las murmuraciones que de ellas había, Martí no quiso que leyera el elogio a la madre para no herirlo, y también redujo el familiar apelativo de "Carmita hija" a solo el nombre, "Carmita", y escribió dos veces la misma carta?
Llegados a Santo Domingo, y mientras se organizaba el viaje de Máximo Gómez y Martí a Cuba, a Collazo lo despacharon a Tampa, en gestiones, y a Mantilla a Cayo Hueso, donde había ya estado, en casa de Valdés Domínguez. Sin comentarios, a continuación se transcriben los juicios que en los meses siguientes a la separación de Martí y Mantilla, mereció éste de dos intachables patriotas. El primero es del mismo Valdés Domínguez, y aparece en su libro Mi diario de soldado, que escribió mientras esperaba para salir en una expedición a Cuba, desde Cayo Hueso; dice:
El otro testimonio es del general Serafín Sánchez, y aparece en una carta a Gonzalo de Quesada porque éste se quejaba de los cubanos de Cayo Hueso, y le dice: "Mantell [Manuelito Mantilla] al partir de aquí en desempeño de nuestra comisión especial llevaba para ti una carta nuestra... Si Mantell ha ocultado esa carta ha procedido incorrectamente, y en ese caso se ha dejado ver en extremo pequeño... Nosotros guardaremos esta carta tuya para enseñársela a Mantell en la primera entrevista que con él tengamos y pedirle responsabilidad por su grave falta..." Y en otra, del l° de mayo de 1895 vuelve al tema con el mismo corresponsal y le aclara:
Manuelito Mantilla murió el 9 de noviembre de 1896, igual que su padre, del corazón ("Mitral Insuficiency", dice el certificado de defunción); dos días más tarde daba la noticia el periódico Patria, en breve nota, en la que se lee "Ha fallecido en esta ciudad [Nueva York] la noche del domingo nuestro joven compatriota Manuel Mantilla y Miyares, víctima de cruel enfermedad que minó su existencia, cuando su más ardiente deseo era ir a pelear a Cuba por su independencia. El joven Mantilla dice nuestro colega El Porvenir, prestó muy buenos servicios a la causa revolucionaria cuando se prepararon las expediciones del Laurada, Amadís y Baracoa en enero de 1895. Damos nuestro más sincero pésame a sus deudos, y muy particularmente a su afligida madre, la señora Carmen Miyares de Mantilla". Con los malos antecedentes que tenía, en la opinión de algunos revolucionarios, ¿cómo hubiera podido "ir a pelear a Cuba por su independencia"?
En agosto de 1898, cuando cesaron las hostilidades en la isla y muchos emigrados regresaron a su patria, fue entre ellos el tesorero del Partido Revolucionario Cubano, Benjamín Guerra, residente en Nueva York, muy querido por la colonia cubana y uno de los hombres de confianza de Martí. Al terminar la lucha con España se dijo que había malversado fondos de la revolución su pariente Pedro Agustín Barranco me lo confirmó y el 7 de noviembre de 1899, en el periódico El Cubano, el general Enrique Collazo "atacó su honra", y por ese motivo, quizás para evitar castigos mayores, o por la calumnia, si no fue verdad, dos meses después, de regreso a los Estados Unidos, el 6 de enero de 1900, se suicidó en Filadelfia. Aunque su Manuelito ya estaba muerto, ¿no sería que Carmita Mantilla, ante lo que le pasó a Benjamín Guerra, temió que su presencia en Cuba revolviera las graves acusaciones que pesaban sobre la conducta de su hijo, y decidió no volver a su patria? Transcripción y fascímiles de las cartas de Carmen Zayas Bazán |
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