La vida íntima y secreta de
José Martí
Carlos Ripoll
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BLANCA DE MONTALVO
ARTE Y VIDA
LAS CARTAS DE "BLANENCHA"
LA POESÍA
La casa de la calle Manifestación, número 13, esquina a la calle de la Virgen, en Zaragoza, tiene una placa en la entrada donde se lee:
Para Aragón, en España,
Tengo yo en mi corazón
Un lugar todo Aragón,
Franco, fiero, fiel, sin saña.
José Martí
1873-1874
Fue donde él vivió mientras estudiaba en el Instituto y en la Universidad, otra vez junto a su amigo Fermín Valdés Domínguez. A la estrofa anterior, en sus Versos Sencillos, sigue ésta:
Si quiere un tonto saber
Por qué lo tengo, le digo
Que allí tuve un buen amigo,
Que allí quise a una mujer.
La última dice:
Amo la tierra florida,
Musulmana o española,
Donde rompió su corola
La poca flor de mi vida.
El amigo era el pintor Pablo Gonzalvo Pérez, nacido en Zaragoza en 1828 y muerto en Madrid en 1896, donde había estudiado, en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando. Martí lo visitaba y junto a él desarrolló su gusto por el arte, contemplando las magníficas catedrales españolas y los personajes diminutos que hicieron famosos los cuadros de Gonzalvo. ¿La mujer? La mujer fue Blanca de Montalvo. Fermín Valdés Domínguez, testigo de aquellas relaciones, sólo dice de ella en su "Ofrenda de hermano": "...Al terminar el año 1874, [Martí] dijo adiós en Zaragoza, a una blonda y bella y distinguida señorita a quien amó..." No se sabía más de ella.

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Basílica de la Virgen del Pilar y el río Ebro. Martí escribió en sus Versos Sencillos con el recuerdo de estos lugares: "Quiero la tierra amarilla / Que baña el Ebro lodoso, / Quiero el Pilar azuloso / De Lanuza y de Padilla".
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Un historiador local, Gregorio García Arista, fue el primero en interesarse en la estancia de Martí en Zaragoza. Con intención de desacreditar al cubano, publicó un artículo en el Diario de Avisos, de aquella ciudad, el 1º de mayo de 1895. Lo tituló "El jefe de los separatistas", y dice en el pasaje que aquí interesa:
José Julián Martí y Pérez, que estos son los nombres y apellidos del organizador del actual movimiento separatista, es natural de La Habana. Vino a España a principios del año 1871 y matriculóse en la Universidad de Madrid como alumno de la Facultad de Derecho: pero otras cosas debieron preocuparle más que los estudios porque de las asignaturas en que se había matriculado, en unas quedó suspenso y de otras no se examinó [Martí sacó Aprobado en Derecho Romano y Derecho Político, lo suspendieron en Economía Política, no se presentó en los exámenes de Derecho Civil, Derecho Mercantil y el segundo año de Derecho Romano]. Posible es que, a imitación de muchos malos estudiantes, echase la culpa de todo a inquinas de los profesores, suposición que estaría destituida de fundamento si aquellos honorables señores vislumbraron, bajo la piel de cordero del discípulo, el lobo separatista. Y en busca de maestros más benevolentes pidió su traslado a la Universidad de Barcelona... y se quedó a mitad del camino. ¿Qué motivos pudo tener Martí para detenerse en Zaragoza y no proseguir a Barcelona? ¿Lo encadenaría algún buen palmito? ¿No habrá entre mis lectoras alguna respetable mamá que haga memoria de haber flechado en sus mocedades al filibustero en canuto?
En 1928 el jurisconsulto Mariano Aramburo habló en Zaragoza con García Arista, que fue su compañero de estudios, y le preguntó quién era aquella mujer que había "flechado en sus mocedades al filibustero en canuto" y le contestó: "Martí estuvo enamorado de doña Blanca de Montalvo, después esposa de don Manuel Pastor, catedrático de la Facultad de Medicina". No le dijo más, pero con esa pista, y para este trabajo se pudo averiguar lo siguiente: Manuel Simeón Pastor y Pellicer fue estudiante en el tiempo que Martí lo era. Había nacido en Alcañiz, provincia de Teruel, el 15 de febrero de 1854. Al terminar la carrera de médico ejerció en su ciudad hasta ganarse por oposición una cátedra en la Escuela de Medicina de Zaragoza. Allí estuvo asociado con Pedro Ramón y Cajal, y con la familia del sabio histólogo, Santiago, en investigaciones sobre cardiología, sin interrumpir sus colaboraciones en el semanario católico El Pilar, que dirigió hasta su muerte, el 27 de marzo de 1905. Fue entonces que la revista le dedicó un número. Otros datos sobre sus actividades profesionales aparecieron en el periódico El Noticiero, el día 28. El matrimonio había tenido un solo hijo, de seis años entonces.
Por regla general se han tomado demasiado a la letra los versos "Donde rompió su corola / La poca flor de mi vida", y se entienden como testimonio de que Martí tuvo en Aragón su primera experiencia amorosa. Con lo que ahora sabemos de "la madrileña", además de sus propias confesiones, deja de ser válida esa interpretación. Cuando Martí escribía sus Versos Sencillos, hacia 1890, manejaba la poesía de Catulo; en un apunte de esa época escribe: "Las estrofas que acaban con el mismo verso con que comienzan vienen, si no del griego, como creo, del latín por lo menos, de Catulo. que estudió tanto a los griegos, en su Animales Volusi, casaca charta [sic], o en el magnífico Ad se ipsum, de la oda 52". Es bien sabido que en los Versos Sencillos Martí juega con ese recurso de la repetición de todas o algunas palabras de un verso (en los números xxix, xxxiii y xxxv, y, sobre todos, en el xxxix "Cultivo un rosa blanca..." ). La metáfora que ha confundido la investigación debe de haberle llegado a Martí del poeta latino, quien la usa para expresar el momento de la juventud: "Cuando mi edad florida abría su alegre primavera" ("Iucundum cum aetas florida ver ageret". LXVIII, v.16), sin ninguna connotación sexual o amorosa. Aparte de ese significado, es muy posible que Martí y Blanca de Montalvo se conocieran en Madrid, lo que daría la razón a García Arista: el "buen palmito" de que habló en su procaz artículo debió ser ella. Además, nadie ha reparado en el hecho de que Eusebio Valdés Domínguez, tres años mayor que su hermano Fermín, se había graduado de Doctor en Leyes, en 1871, en la Universidad de Zaragoza. No tenía razón, pues, Emilio Roig al decir que fueron a Zaragoza porque era un "lugar saludable y económico", aunque lo era, como había también dicho José A. del Cueto, compañero de estudios de Martí y de Fermín en La Habana y en Madrid. Por eso cuando en 1923 Federico Villoch estuvo en Zaragoza, aún vivo el recuerdo de los amoríos de Martí, indagó sobre ellos y le contestaron: "Como buen criollo, el Apóstol era muy enamorado, y con especialidad buscaba el trato femenino..."
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Edificio de la casa de huéspedes donde vivían Martí y Fermín Valdés Domínguez, en la calle Manifestación número 13, y a la entrada, abajo, el autor de este escrito y donde está en la pared reproducida la famosa estrofa de Martí: "Para Aragón, en España, / Tengo yo en mi corazón / Un lugar todo Aragón,/ Franco, fiero, fiel, sin saña".
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ARTE Y VIDA
No hace mucho tiempo que se descubrió en la Revista Universal, de México, un cuento de Martí el cual, por no tener firma, no se había recogido en ninguna colección de sus Obras, y que resulta útil para entender sus relaciones con Blanca de Montalvo. Lo tituló "Hora de lluvia" y apareció el mismo día que su poema "Cartas de España". El cuento, con características del género epistolar, carece propiamente de trama; sin desarrollo se presenta al protagonista muy deprimido por la falta de amor, y luego muy feliz por haberlo encontrado. Tiene tres personajes: el narrador, "un hombre soberbiamente feo", que es Martí; un "amigo leal", que es Valdés Domínguez; y una "virgen púdica": Blanca de Montalvo. Preceden al "cuento" unas líneas donde se lee:
Me pediste ayer tarde una historia, para que fuese para ti, leyendo cosas mías, menos triste esta noche que no podíamos vernos. Ahí te envío para que te entretengas en otra noche de lluvia, este cuento ligero que se parece tanto a la verdad... Que lo leas, mi Blanca... Espacio estrecho es una hora y cosa rápida y risible ha de ser todo lo que en ella precipitadamente escriba yo. Tiempo, papel, todo es estrecho para este poderoso amor que vive en mí... Tú esperas un cuento; yo no puedo hacerte esperar: allá va a ti.
La descripción que hace de sí mismo, en el personaje, coincide con el autorretrato a tinta que dibujó en la primera página de su cuaderno de estudiante: "Era un hombre soberbiamente feo. De cabello rebelde, de cabeza erguida, con la boca demasiado grande, con la nariz demasiado redonda, de faz huesosa, de cejas oblicuas, de mirar altivo, de barba osada y puntiaguda". En el diálogo que sigue a esta presentación aparece el conflicto: es el de Martí, que se repite insistente en su obra hasta renunciar a todo para dedicarse a la causa de Cuba: el deseo de entregarse a un empeño noble frente al dolor de no hallarlo; allí se lee:
¿Qué tienes? le preguntó el [amigo] que lo quería tanto.
Ni patria ni amor... ¿Entiendes tú, que un alma se sienta repleta de vigor, ardiente para amar, henchida con intentos generosos, y no sepa en qué ha de emplear su fortaleza, ni encuentre cosa digna de poseer sus ansias ni halle dónde verter su generosidad? Así vivo yo. Yo siento en mí una viva necesidad, un potente deseo, una voluntad indomable de querer: yo vivo para amar: yo muero de amores, y he querido encarnarlos en la tierra, y una fue carne y otra vanidad, y otra mentira y otra estupidez, y entre tantas mujeres para los ojos no halló el alma de una sola mujer... Vivo cadáver, encerrado en extraño país, avergonzado de tanto necio amor. Y vivo muerto...
Viene luego la preciosa descripción de Blanca:
Era una virgen púdica. Toda la vida de una mujer está en sus ojos, y eran aquellos ojos más claros que la luz, más puros que el amor primero, más bellos que la flor de la inocencia. Eran aquellos ojos cuna gentil de todas las purezas, ricos en ternura y en bondad, riquísimos en arrebatadoras miradas. Y eran en mirar tan abundantes, y había más flores en su alma que miradas en sus ojos. Niña apenas, había crecido extraordinariamente, porque la naturaleza, ufana de su obra, se había dado orgullosa prisa por mostrársela pronto a la tierra. Aquella criatura tenía la cara a la manera de los óvalos divinos de aquel hijo predilecto de Dios que llaman los pintores Rafael. Tenía en el cutis colores que robaban celosas las flores para engalanarse los días de primavera. Tenía una boca de líneas tan puras como la celeste boca de María.
Pasado el tiempo, el protagonista, ya es feliz, ha encontrado el amor que buscaba. Otro diálogo con el amigo sirve para el desenlace es un amor blasfemo, como el de Calisto por Melibea, en la Tragicomedia inmortal: le dice que la ha de amar como se ama a la divinidad:
Si muriera, vendría todas las tardes a besarla mil veces en la frente, y ella, que me conocería, me besaría... Me regocija, me alimenta, me despierta. Jesús salvó a la tierra: ella es mi Jesús... No hay ya para aquel hombre de la faz huesosa ni instantes de agonía, ni horas de ira, ni rudo dolor. Ve el cielo siempre azul, la noche siempre clara, las almas siempre nobles y serenas, su alma misma iluminada por la paz...
Y el narrador deja entonces ese oficio y le pregunta a su corresponsal: "¿Quién era el hombre? ¿Quién será, Blanca mía, la divina mujer de óvalo de virgen, de colores que robaban las rosas, de boca de líneas tan puras como la boca de María? ¡Bendito amor! Bendito amor, Blanca mía. No me olvides jamás".

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Mapa de la ciudad en el que se indican los lugares relacionados con Martí: (1) Casa de huéspedes en la calle Manifestación. (2) Universidad. (3) Instituto. (4) Casa de Blanca de Montalvo cuando Martí la visitaba. (5) Dirección de Blanca en su última carta a Martí".
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LAS CARTAS DE "BLANENCHA"
Blanca de Montalvo debió ser más ingenua, más recatada y menos fogosa que "la madrileña", quizás, también, por su juventud y falta de mundo: más simple. Las tres primeras cartas de ella que se conservan son a raíz de la separación, antes de la llegada de Martí a México. Poco a poco ella se da cuenta del abandono y del olvido. La última es de un año más tarde: aún lo ama, aún protesta, aún le ruega que le escriba. Sus relaciones con Martí le han traído conflictos en su casa: la madre se empeña en hacerla olvidar y ella se resiste: ningún hombre le gusta, sufre también, y en un momento le advierte que ha pensado en suicidarse. Se ve que era de carácter fuerte, aunque noble, y se piensa que le vendrían bien todos los adjetivos que Martí le regaló a Aragón en sus versos "Franco, fiero, fiel, sin saña..."
También abreviadas, las cartas de Blanca de Montalvo se copian aquí salvando la ortografía y con algunas aclaraciones (también en el Apéndice aparecen completas y en facsímil). La primera está fechada en Zaragoza el 26 de diciembre de 1874. El día anterior, dice, había recibido dos "cariñosas y tristes" cartas de él se recordará que con fecha 22 de diciembre le había enviado otra, también adolorida, desde París, a "la madrileña"; en ésta la aragonesa le escribe a Martí:
El día 25 recibí tus dos cariñosas y tristes cartas, pero, a pesar de lo tristes que son y lo que lloro cuando las recibo, me parece que me dan vida, que respiro cuando veo carta tuya... Mira tú si me vigilan [los familiares] que no las pude leer hasta las cinco de la tarde, desde las diez hasta las cinco. Con mamá y la simpática [debe de ser la hermana] estoy ahora peor, pues tengo una prima que cuando salimos le gustan todos, y en particular los militares; yo digo que no me gustan, y hasta ésta va en contra mía, pero a mí nadie me saca de mi paso: siempre digo lo mismo, y de los de aquí [de los hombres] digo la verdad, que me apestan: están viendo, que para salir [ellos] la mayor parte [de la gente] tiene que cerrar la puerta, porque son unos horteras y se dan un tono que parecen unos señoritos, y de que la mayoría trasciende a géneros ultramarinos, y mi orgullo, si es que lo tengo, es porque no tengo ningún pariente tendero... Adiós, Pepe del alma. Cuídate mucho y no sufras por mí. Ya basta que sufra uno de los dos. A tu madre y hermanas dales un abrazo, pues aunque no las conozco, bien sabe Dios que las quiero. Adiós, tu Blanca.
La segunda es del 25 de enero de 1875, y dice:
Te escribo sin saber si habrás recibido alguna carta mía, pero cuando llega el día de salir el correo no puedo dejar de escribirte aunque hoy no podré escribirte mucho porque el pulso me tiembla bastante y me cuesta mucho trabajo escribir... Mamá y Juana [la hermana] no me dejan vivir, me tienen mareada. Te digo la verdad, que no sé qué hacer. A mamá le ha entrado la manía diciéndome que no la quiero. Quiere que me gusten todos, y en particular los militares, y yo, viendo un militar no sé lo que por mí pasa pues es una cosa que no puedo ver, y mamá se enfada... Acuérdate de lo que te digo: si algún día te dicen que tu inocente Blanca no vive o ha hecho algún disparate, no lo dudes, pues yo no puedo vivir así... Hoy vi a Fermín [Valdés Domínguez] que venía de paseo con las célebres patitas [Martí y Fermín llamaban a las hijas de Félix Sanz, dueño de la casa de huéspedes donde vivían "las patitas verdes"] y al verme ellas se echaron a reír como si yo fuera objeto de risa, pero la verdad es que no esperaba otra cosa de personas sin educación y menos de ésas que tienen perdida la vergüenza hace mucho tiempo. Adiós, Pepe del alma, no te olvides de tu Blanencha [sic].
Autorretrato de Martí a tinta, con el protagonista de su cuento "Horas de lluvia", donde así se describe: "Era un hombre soberbiamente feo, de cabello rebelde, de cabeza erguida, con la boca demasiado grande…"
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La carta tercera no tiene fecha, es la más breve, y en ella ya se queja del largo silencio de Martí:
Pepe. [Hace] más de dos meses que no recibo carta tuya. Esto, sin poderlo remediar, me hace dudar de aquel cariño que decías me tenías y que yo creí. Pero ahora veo que con la ausencia se ha ido apagando. Nunca creí que fuera digna de olvido la inocencia [con la que] yo te quería más que a mi vida, y este cariño ha merecido olvido. Nunca lo hubiera creído de ti. No te he escrito más por no saber dónde estabas, porque Simón [el negro cubano que habían deportado los españoles al empezar la Guerra de los Diez Años; quería mucho a Martí, y se ganaba la vida de limpiabotas en el Arco de la Sineja y de criado en la casa de huéspedes de la calle Manifestación] le dijo a Feliciana [un familiar y confidente de Blanca] que estabas en Barcelona por no poder ir a México, y ahora me dicen que estás en tu casa [en México]. Triste es para mí si quiero saber de ti tener que preguntar y saberlo otras personas antes que yo. Esto me hace daño, pues ya conoces mi carácter. Tú me ofreciste escribirme siempre, ¿por qué no lo haces? No creas que no recibiendo carta tuya te olvidaré, pues te lo juro por quien soy que antes morir que olvidarte, y para vivir así era preferible morir... Como no has vuelto a escribir a mamá, no he tratado de retratarme. ¿Cuándo me mandarás el tuyo, y aquellas páginas que te llevaste [debe referirse al cuento "Hora de lluvia"]. Pepe, ¿cuándo te volveré a ver? Si recibes esta carta contéstame pronto, no me hagas sufrir más; escríbeme, que recibiendo carta tuya estaré más contenta, y si eso consigo del Pepe de mi alma, no habrá dicha mayor para tu Blanca.
A pesar de las promesas que dejó en España, como se ha visto, no llevaba mucho tiempo Martí en México cuando se puso a cortejar a Rosario de la Peña. Y por la época en que Blanca de Montalvo le escribió su última carta, que tiene fecha 16 de marzo de 1876, ya Martí llevaba relaciones con Carmen Zayas Bazán, con quien se iba a casar al año siguiente. La "virgen púdica" de su "Hora de lluvia", aún lo quiere y le ruega, por "última vez", que le escriba:
Pepe, estoy pasando por ello y me parece mentira. Me ofreciste escribirme y no lo has hecho ni siquiera una vez, ni para darme la noticia de que habías llegado con felicidad al lado de tu querida familia, ya querida por mí. Lo veo y no lo creo. Te escribí, como me dijiste, a Eusebio [Valdés Domínguez, el cual se había ido de Madrid, para La Habana, en 1873] y dos a tu mamá [desde abril de 1874 la familia de Martí ya estaba en México]. Este invierno [debe de ser del 75 al 76] lo he pasado en Madrid, donde vi a Fermín, y no le hablé porque me dio vergüenza; éste creo te lo habrá dicho, y también que me vio vestida de luto. El día 20 de junio murió mi papá, Q.E.P.D., y para distraer a mamá de su grande dolor fuimos a Madrid... Desde que tú te fuiste no sé lo que me pasa que no me gusta nada y a todos los hombres los encuentro feos... A ti es el hombre que yo he querido, y creo que serás el único, pues no quiera Dios que yo me llegue a casar, ya que no ha podido ser contigo que no lo sea con otro, porque sería desgraciada acordándome de ti. Muchas veces me he deseado la muerte, y creo que sería un día bueno para mí sabiendo como sé que no puedo ser tuya y que no te volveré a ver, aunque de esto no he perdido las esperanzas... Pepe, contéstame, te lo pido por lo que más quieras tú en este mundo, por Dios te lo pido aunque no sea más que para dar la única alegría que de ti espera esta criatura que desde que no la escribes no hace más que llorar... Por última vez, contéstame, aunque [no puedes] pensar el trabajo que me ha costado escribirte sin que me vean. Adiós, Pepe del alma. Tu Blanca... Contéstame a la calle de Don Jaime I, No. 27, 3a izquierda, Zaragoza.
LA POESÍA
Con la misma idea del cuento "Hora de lluvia", Martí escribió unos versos con el título "Redención". Están en uno de sus Cuadernos de Apuntes, entre notas sobre geografía, griego y filosofía, asignaturas que estudiaba en Zaragoza. Ahora se puede afirmar que los escribió para Blanca de Montalvo, de "blonda cabellera", y explican esa profunda impresión, difícil de olvidar, que dejaba Martí en las mujeres. Con intensidad lírica deja volar su fantasía para que ella vea el papel que le corresponde, de redentora:
Mujer, mujer, en vano es que la vida
Sin ti vertiendo sangre de dolores
Como una virgen pálida y herida
La tierra cruce deshojando flores. [...]
En vano, en vano, que la vida loca
Contemple en sí cadáveres impuros
Mientras sin voluntad sin fin sofoca
El fuego redentor que arde en los puros. [...]
Todo, todo mi mano descarnada
Lo dejaría por tañer mi canto
Por sentir mi mejilla calcinada
Por una gota mísera de llanto. [...]
Te vi, te amé, te vi sobre la cuna
Adormecerme tú, y al dulce peso
De tus amantes sueños de fortuna
En tus labios la flor se abrió de un beso.
Y nívea ya la blonda cabellera
Te he visto en oropéndola trocada,
Aquella roja flor de primavera
En tus mejillas iba deshojada. [...]
Y cuando vi que el alma en las mujeres
Es un germen vivífico de flores
Ora se abre germinando seres
Ora se cierra en acallar dolores.
Sentí que aquella lágrima esperada
Que dentro de mi ser se estremecía,
Por mi mejilla pálida abrasada
Como brotar de redención corría.
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El Dr. Manuel S. Pastor, quien se casó con Blanca de Montalvo, en una foto de la cubierta del semanario que él dirigía cuando su muerte.
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Toda la vida del poeta no la explican sus versos, ni su vida el sentido todo del verso, pero poesía y vida se prestan luces para el mejor entendimiento de las dos. Ante estos amores de Martí se ilumina la creación poética de su juventud, transida de urgencias eróticas y de aventuras, derrame único entonces de su mayor caudal afectivo:
Yo amaba, amaba mucho: parecía
Señor mi ser de los gallardos seres:
Toda bella mujer soñaba mía
¡Cuánto es bello soñar con las mujeres!
Que viví sin amor, fuera mentira:
Todo espíritu vive enamorado:
El alma joven nuevo amor suspira:
Aman los viejos por haber amado...
Y cuando piensa en el daño que su impulso amoroso les ha hecho a esas mujeres, Martí se excusa en una composición que también tituló "Sin amores":
¡Perdón! No supe que una vez surcado
Un corazón por el amor de un hombre,
Ido el amor, el seno ensangrentado
Doliendo queda de un dolor sin nombre.
¡Perdón, perdón! Porque en aquel instante
En que quise soñar que te quería,
Olvidé, por tu mal, que cada amante
Pone en el corazón su gota fría.
Y si es verdad que, de su bien cansado,
No te ama ya mi corazón, perdona,
En gracia al menos por haber amado,
Este adiós que a la nada me abandona.
Como se vio, al terminar el cuento "Hora de lluvia", Martí le hizo este pedido a Blanca: "No me olvides jamás"; ella, a su vez, en una de sus cartas le había prometido: "Antes morir que olvidarte". No lo olvidó: venticinco años más tarde, poco después de la muerte de Martí en Dos Ríos, la enamorada aragonesa, la esposa del bondadoso médico Manuel Simeón Pastor y Pellicer, le puso a su único hijo por nombre José.
Transcripción y fascímiles de las cartas de Blanca de Montalvo
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