José Martí: notas y estudios

Carlos Ripoll

  Índice general
  Índice particular
  Búsqueda

fondob.gif (357 bytes)

 

AMISTAD FUNESTA

  Notas

En "edición patrocinada por Manuel Pedro González" (50 páginas del profesor González y 140 de Martí) aparece de nuevo Amistad Funesta, la novela que publicó por primera vez, en varias entregas, El Latino Americano, periódico bimensual de Nueva York, en 1885. Esta obra que Martí firmó con un seudónimo no volvió a publicarse hasta que la reprodujo Gonzalo de Quesada y Aróstegui en el tomo X de sus Obras del Maestro (Leipzig: Breitkopf & Haertel, 1911). A la información que sobre ella dio Quesada se sumaron los datos ofrecidos por Blanca Z. de Baralt en su artículo "Martí, caballero", reproducido más tarde en El Martí que yo conocí (La Habana: Editorial Trópico, 1945). Por ella sabemos los detalles de cómo escribió Martí su novela y por qué no la firmó con su nombre. Puesto que no se menciona en la edición que comentamos a la señora de Baralt, a quien se debe el mayor número de datos, reproducimos este pasaje del artículo antes citado:

Un conocido de mi marido y de su hermana, Adelaida Baralt, soltera a la sazón, era el director del periódico El Latino Americano. Varias veces este señor había pedido el auxilio de ambos en su deseo de conseguir colaboraciones para su revista... El amigo se empeñó en que ella le escribiera una pequeña novela original. En vano protestó que no había nunca hecho esa clase de trabajos; el hombre insistió ofreciéndole una cantidad, si no crecida, apreciable. Adelaida, acordándose de Martí, íntimo amigo de la casa, que andaba siempre en busca de cualquier trabajo que le proporcionase un decoroso pasar, le propuso que escribiese él el cuento, y si tenía reparo en firmarlo, que lo enviara con un seudónimo. Él se hizo cargo del trabajo bajo la condición de que la señorita Baralt consintiera en aceptar una parte del importe... Se había convenido en que se firmaría el cuento con tres estrellas; pero Martí puso al pie el nombre y casi el apellido de mi cuñada, Adelaida Ral. De seguro que nunca pensó que Amistad Funesta se publicaría como obra suya, ni que por ella la crítica iba a juzgarlo. Y, sin embargo, es bien suya; en cada página ha puesto algo de su propio ser.

El texto de Gredos es el único que conocemos, el del tomo X de las obras recopiladas por Quesada reproducido luego en otras colecciones, y es lamentable que no se hayan ahora incluido, en forma de notas, las correcciones que hizo su autor, según testimonio del propio Gonzalo de Quesada.(1) Con ellas hubiéramos visto lo que Martí alteró, o quiso alterar, en la reimpresión de que nos habla un borrador de prólogo inconcluso datos valiosos por ser los únicos preparados por Martí para la segunda edición de uno de sus libros y en la que quizá habría corregido algunos de los descuidos que aún aparecen en la obra.(2) En vez de esa edición anotada, que además de facilitar su estudio podría arrojar nueva luz sobre el estilo de Martí, nos llega Amistad Funesta con un extenso prólogo que muy poco añade a lo que ya sabíamos sobre la única novela de Martí, en cuanto a su historia y su valor literario. En este último aspecto nada ha podido superar el valioso trabajo de Enrique Anderson Imbert, que no es sólo, como dice el prefacio del profesor González, "un estudio técnico", ni está "dedicado especialmente al análisis de los valores impresionistas que contiene".(3)

El cambio de título de Amistad Funesta a "Lucía Jerez" no tiene ninguna razón de ser; quizá estuvo justificado para la edición que se pensó en vida de Martí, toda vez que la novela había aparecido pocos años antes y hubiera podido molestar a los editores de la Compañía Hecktograph que pagaron por la obra. Se afirma aquí, sin embargo, que "la voluntad del propio autor autoriza y justifica... el cambio de título". Lo único que dijo Martí sobre ese asunto fueron las palabras del prólogo incompleto, donde se lee: "El autor... dejó rasguear la péñola, durante siete días, interrumpido a cada instante por otros quehaceres, tras de los cuales estaba lista con el nombre de Amistad Funesta la que hoy con el nombre de Lucía Jerez sale nuevamente al mundo." ¿Cómo sabemos que fue "la voluntad del propio autor" la que decidió este cambio? Ni aun nos consta si la reimpresión iba a ir firmada por él. Es más lógico pensar que quien se propuso editarla recomendó el cambio por intereses puramente comerciales puesto que, muy en contra de lo que se afirma ahora para justificar la alteración, ésta no habla en favor del "buen olfato crítico" de Martí; aunque Lucía es el personaje más complejo de la novela y en el que el autor se detiene para pintar su conflicto, no llega muy por encima de Juan Jerez y Sol del Valle, los que sí completan el triángulo trágico de la obra, la "amistad funesta", titulo del original, muy apropiado, que debe respetarse.

Dice el profesor González al hablar del personaje Lucía: "Es casi seguro que a esta figura de ficción transfiere Martí parte por lo menos de la idiosincrasia de su propia esposa, Carmen Zayas Bazán, de la cual estaba definitivamente separado". Desde luego, esto no es exacto, pues la señora de Martí volvió a Nueva York para ver a su marido en 1890, pero lo que nos interesa destacar es que el personaje mismo mal coincide con Carmen Zayas Bazán; por lo pronto no parece venirle bien la primera descripción que de ella leemos: "Robusta y profunda". Sin embargo, mucho de ella hay en la mujer del pianista Keleffy, pues éste también se había casado "con una mujer a quien creyó amar, y la halló luego como una copa sorda, en que las armonías de su alma no encontraban eco". En Ana descubre el crítico español la imagen de Mariana Matilde (Ana) Martí, pero sobre ella no hay suficientes datos para afirmar que "la criatura de ficción y el modelo se identifican totalmente". Poco sabemos de Ana Martí para hacer tan categórica afirmación: sólo que, como la otra, se interesaba en la pintura, por su amistad con Manuel Ocaranza, y que murió joven, pero no tuberculosa, como se afirma en la página 43, sino por una lesión cardiaca. Sol-Leonor es María García Granados, de acuerdo con esta identificación de los personajes femeninos. Martí le dijo a Máximo Soto Hall que María "física, moral e intelectualmente, era una criatura perfecta". Así aparece en la novela la hija de doña Andrea, además de tocar el piano como la niña de Guatemala, pero ¡qué lejos de la opulencia del ex presidente guatemalteco la miseria de la viuda y huérfanas del Valle! y, por lo tanto, en nada deben recordar las angustias y aspiraciones de Sol las de María García Granados. Sobre la novela de Martí no puede asegurarse más que lo dicho por Quesada y Aróstegui (que tiene "algo de su propia existencia"), o la señora de Baralt (que "en cada página ha puesto [Martí] algo de su propio ser"); toda otra afirmación obliga a ocultar rasgos para que brillen más los que convienen.

Respecto a Juan Jerez, en este prefacio se sigue la tradición de los biógrafos de Martí que lo identifican con su creador, pero Martí no está sólo en Juan Jerez. De él hay algo en Manuelillo, el estudiante emigrado que "desde niño empezó a dar señales de ser alma de pro", y "tenía en la sangre el microbio sedicioso" porque andaba, como decía doña Andrea, "comido de aquellas ansias de redención y evangélica quijotería que le había enfermado el corazón al padre". De él hay algo en el pianista húngaro, que también padecía "aquel dolor de vivir sin cariño, y sin derecho para inspirarlo ni aceptarlo, puesto que estaba ligado a una mujer a quien no amaba... y le hacía parecer a las veces extravagante y huraño... aunque por la suavidad de su mirada y el ardor de su discurso se atrajese desde el primer instante, como un domador de oficio, la voluntad de los que le veían. "De él hay algo en don Manuel, el abogado "de ideas liberales" que sentía en sí la maldad de sus semejantes, "por ser hombre él, como un pecado propio", y que llegó a América donde se dedicó al periodismo escribiendo "himnos encendidos como cantos de batalla, en loor de la libertad", para luego dedicarse a la enseñanza. Aun hay algo de él en Sol, por el fervor con que ama a su madre y porque mereció la protección de la directora del colegio para que la pobreza no tronchara sus estudios. ¿No hace pensar en Mendive y en la madre de Martí el diálogo final del capitulo segundo, cuando aquella maestra que tenía "un tierno afecto" por la niña, recomendó a doña Andrea que permitiera a su hija quedarse en el colegio para completar la educación que merecían sus dotes? También tiene ella trece años como Martí en 1866, cuando Mendive pide permiso a don Mariano y a su esposa para que su alumno pueda continuar los estudios en el Instituto.(4) De él hay algo en Ana, porque como Martí en sus escritos, siente pudor de descubrir su espíritu ya que pone en sus cuadros todo lo visto y lo vivido; por eso dice de sus obras a Juan: "...desde que los imagino hasta que los acabo voy poniendo en ellos tanto de mi alma, que al fin ya no llegan a ser telas, sino mi alma misma, y me da vergüenza que me la vean, y me parece que he pecado con atreverme a asuntos que están mejor para nube que para colores". Y más adelante le aclara al referirse a sus cuadros: "¡Como si no supiera yo que cada flor de aquéllas es una persona que yo conozco, y no hubiera yo estudiado tres o cuatro personas de un mismo carácter, antes de simbolizar el carácter de una flor..." Martí también se siente culpable y dice que ha pecado al escribir Amistad Funesta. ¿Será nada más porque en la ficción no le era posible "tender a nada serio", como aclara en el prólogo, o es que, como Ana, teme haber puesto en ella muchos "asuntos que están mejor para nube que para colores"? Había dicho, pensando en Cecilio Acosta: "No todas nuestras penas y placeres, ni nuestras opiniones interesan... Se tiene más interés en ver al que se oculta, que al que a todo paso nos sale a los ojos". Y en cuanto al proceso de la creación artística sigue la inteligente pintora la técnica de Martí, quien dejó escrito en uno de sus Cuadernos de Apuntes (el número 7): "Pasa en poesía como en pintura: se debe copiar del natural, y no hacer las figuras de memoria"; y en la introducción de los "Versos libres": "Lo que aquí doy a ver lo he visto antes (yo lo he visto, yo), y he visto mucho más que huyó sin darme tiempo a que copiara sus rasgos", todo lo cual se resume en aquel principio que apuntó en 1881: "Necesito ver antes lo que he de escribir". Por todo lo que se ha dicho hasta aquí parece un poco arriesgado precisar los modelos de Martí para sus personajes, pues como Ana con sus flores, al crearlos, debió estar pensando el novelista en "tres o cuatro personas de un mismo carácter".

Hay en el prefacio de esta edición de Amistad Funesta otras opiniones que también merecen comentario; seguimos el orden del editor. En la página 10, al hablar de los críticos españoles que se han ocupado de Martí, dice el profesor González: "En años más recientes y con más cabal información han escrito Rafael Marquina, Ángel Lázaro, Ricardo Gullón. Guillermo Díaz Plaja y en estos días Andrés Sorel... La generación que en pos de ellos llegó [Federico de Onís, Fernando de los Ríos, Manuel Isidro Méndez y Herminio Almendros] ha contribuido muy poco a la exegética martiana. La excepción más notable es Andrés Sorel". De este último debemos ocuparnos. Sólo conocemos de él dos antologías: José Martí sobre España (Madrid: Editorial Ciencia Nueva, 1967), y José Martí: En los Estados Unidos (Madrid: Alianza Editorial, 1968), las que presenta con una breve introducción y algunas notas. Si los aportes del señor Sorel a la bibliografía martiana se limitan a esos dos libros, no es muy acertado mencionarlo junto a otros españoles cuyos estudios sí han contribuido al mejor conocimiento de la obra y la vida de Martí. Cierto, el señor Sorel califica al apóstol de la independencia cubana como "luchador y escritor anti-imperialista", aunque Martí fue mucho más que eso, pero se equivoca al decir que en 1889, cuando la Conferencia Internacional Americana, "las penetraciones imperialistas ...comenzaban a perfilarse", pues es bien sabido que mucho antes de que naciera Martí ya estaban más que "perfiladas" las incursiones de los Estados Unidos en Hispanoamérica.

Es también poco exacto cuando afirma que "la acción en Martí, suplió la típica incapacidad del intelectual lúcido para escapar a su condición burguesa. Halló la muerte combatiendo por sus ideas revolucionarias", porque Martí no actuó para escapar de nada ni sacrificó su vida por otro motivo que la total independencia de su patria, a lo que se oponía, desde luego, en primer lugar, España. Pero no son estas opiniones ni otras por el estilo las que alejan al señor Sorel de alguno de los críticos que menciona el prefacio. Son afirmaciones como éstas: "Siempre he considerado que la mejor manera de conocer a un escritor es a través de su obra" [!]; "... su ubicación, política y estética [de Martí], donde mejor puede verse es en su propia obra" [!]; y el gracioso manejo del idioma, como cuando dice que Martí había "accedido a Nueva York, al final del mandato presidencial de Hayes"; le descubre "posos influenciadores [sic] de Hegel y Santa Teresa" y señala que "su pensamiento y sus escritos habían sido influenciados [sic] por las diversas corrientes que encontró en sus lecturas"; o habla de "las visitas enfebrecidas [de Martí] a los museos", de cómo "se cohesiona con los revolucionarios" mientras sus artículos "van goteándose a lo largo de los periódicos, bibliotecas, lugares varios de América..."

En la página 13 del prefacio que estamos comentando, para demostrar la "permanente vigencia" de Martí se pregunta el profesor González: "¿No es revelador y prueba inconcusa de lo dicho el hecho de que siendo el más denodado paladín de la libertad, la democracia, y sobre todo, de la dignidad y decoro del individuo que en nuestro idioma se haya producido, lo hayan traducido a tantas lenguas de países comunistas mucho antes de que en Cuba se produjera la revolución marxista?" La vigencia de Martí, desde luego, no necesita de esa prueba. y no dejaría de ser "revelador" que a un hombre como Martí, que es todo lo que dice la cita, se le traduzca en los países donde falta toda libertad y se mantienen gobiernos para los que nada significan "la dignidad y decoro del individuo"; pero no es completamente cierta la afirmación puesto que antes de 1959, si exceptuamos una breve selección china y la traducción de algunos Versos Sencillos al checo, la más extensa versión de los países comunistas fue hecha en Rusia, y de la antología en que aparecieron algunos de sus poemas y veinticinco selecciones en prosa dice Eugene Chester Sneary, que la estudió en su tesis doctoral en Tulane University, en 1959, "José Martí in Translation":

In the two articles from Martis writings on the United States "Jesse James, gran bandido" and "Cómo se crea un pueblo nuevo en los Estados Unidos" Martí has written somewhat bitingly against what he saw as injustice in each case. As might be expected, the Russians have been quick to seize every opportunity to present the United States in a bad light, hence their translation of these two unimportant articles alongside such others as "La verdad sobre los Estados Unidos", "México y los Estados Unidos", "Congreso Internacional de Washington" and "Un gran escándalo" in which Martí objectively criticizes this nation for its shortcomings, particularly in its dealings with its weaker neighbors. On the contrary, articles that tend to praise the United States "Inauguración de un presidente", "Fiestas de la Estatua de la Libertad", "Fiestas de la Constitución en Fladelfia" or to eulogize its great men "El poeta Walt Whitman", "Emerson", "El general Grant", "Longfellow" and "El Presidente Garfield" have all been omitted from the Russian volume.

Y concluye, después de comentar la ausencia en la selección rusa de los ensayos sobre Bolívar, San Martín, Cecilio Acosta, José Antonio Páez y los discursos políticos del 10 de Octubre: "It becomes obvious, therefore, that the Russians have been guided more by political reasons than by literary values in their choice of prose selections from José Martí". La "permanente vigencia" de su obra donde se ve, pues, no es en las traducciones de "los países comunistas" antes de 1959, sino en lo que no quisieron o no se atrevieron a traducir.

La dedicación del profesor Manuel P. González a Martí, y su extensa bibliografía, merecen el reconocimiento de todos los que se interesan en la vida y la obra del gran cubano, pero como destaca los valores de Martí a fuerza de reducir los méritos de los que nunca se lo hubieran discutido, o se vale de comparaciones que como dice el refrán siempre son odiosas, o recurre con tanta frecuencia al insulto, nos parece que le hace muy pobre servicio a la figura que quiere defender. Decir que "la verdad indiscutible es que Darío no inició nada", y que "el principal responsable de este embrollo [sobre la paternidad del modernismo], lo mismo que de la absurda y mendaz identificación de modernismo con el rubendarismo, fue el propio Rubén Darío... quien sabía mejor que nadie, y por eso insistió tanto y tan embusteramente en mantener el doble infundio", para concluir que el infeliz poeta nicaragüense "tuvo buen cuidado de no adjudicarse una primogenitura a la que no tenía derecho" hasta que murieron Martí, Gutiérrez Nájera, Silva y Casal, no es sólo una distorsión de la verdad histórica sino también una gran injusticia y la negación de toda seriedad crítica.

Bien puede en ese empeño de situar a Martí como iniciador del modernismo (¡Cómo entristecería al Apóstol ver tanta pasión pueril para asegurarle la hegemonía de un movimiento literario, más aún hoy ante la crisis de sus más queridos ideales!), hacerlo nacer en fecha u obra determinada, bifurcarlo y presentarnos esa curiosa martificación de Darío a partir de 1900, para sustentar sus opiniones, pero no tiene derecho a decir, entre otras ofensas, que "la incuria, la ignorancia y la inercia mental" hace que algunos críticos no piensen como él, o no se hayan dado cuenta de lo que para él parece tan evidente. A Martí no hace falta empujarlo, menos en esos caminos, menos con esas manos. "Mi verso crecerá, bajo la yerba yo también creceré", dijo en profecía, y si no fuera "iniciador y máximo representante" del modernismo, como quiere el profesor González, no pierde nada su gloria de hombre ni de escritor. Por otra parte, el valor literario de Martí no resalta más porque se califique de "lengua mostrenca carente de valores poéticos y de elegancia" la prosa de la novelística española e hispanoamericana anterior a 1885; ni porque la naturaleza tenga "mucha mayor importancia en Martí que en ningún otro escritor en nuestra lengua", ni porque "nadie en español durante el siglo pasado haya prodigado tanto la sinestesia como Martí desde 1875", ni las haya usado "tan atrevidas, poéticas y renovadoras"; ni vale más Amistad Funesta porque, con las condiciones que impusieron a su autor, "ni Balzac ni Tolstoi hubieran podido escribir una narración siquiera mediana".

Todas esas comparaciones son innecesarias. Tal parece que el critico y profesor español tiene que recurrir a ellas, como también a rebuscadas expresiones ("general nesciencia", "actitud troglodítica", "prosistas galos coevos", "carácter insenescente", "Martí es ínsito, abrumador y permea su verso", y tienden al perfeccionamiento del hombre sus "cogitaciones de pronunciado acento deontológico") por haber prodigado, durante tanto tiempo, lo mismo el insulto gratuito como el elogio exagerado. Hace poco que, perdiendo toda perspectiva crítica, calificó a Raúl Roa como "el prosista más vigoroso y original que en Cuba se ha producido en el presente siglo", mientras consideraba la publicación de un volumen de artículos periodísticos del mismo autor "el acontecimiento literario de mayor significación que en Cuba se ha dado en los últimos ocho años". Y entre otras hipérboles de no muy buen gusto, supone que la "inteligencia... demasiado aguda" del actual ministro de Relaciones Exteriores de Cuba le hizo abandonar el apellido de su madre, García, para quedarse con ese "nombre breve, enérgico y vivaz", Raúl Roa, en que "el ríspido y reiterado sonido de la erre es un elemento fonético predominante en esta lacónica gracia y el que mejor define el temperamento y las peculiaridades estilísticas del autor".(5)

También por el tono violento y desagradable con que está escrito el prefacio de la edición de Gredos no sólo es inútil sino inconveniente: llega a parecer como si el calificativo del título original de la novela, que aquí se suprimió a capricho, se hubiera apoderado de esas páginas que ahora la presentan, porque nada es más ajeno a la obra y al espíritu de Martí que esa brusquedad en la expresión y esa ira en asuntos y extremos que merecen siempre el lenguaje y el tratamiento de una crítica más seria.

Subir