La boda de
José  Martí

Carlos Ripoll

  Índice general
  Índice particular
  Búsqueda

fondob.gif (357 bytes)

Manuel A. Mercado era un alto empleado del gobierno cuando llegó Martí a México; le consiguió empleo en la Revista Universal y fue ya para siempre su mejor amigo; a él le escribió su última carta el día antes de morir en Dos Ríos.

Que se sepa, dos mujeres esperaban el regreso de Martí a España. Dos mujeres que lo amaron: una en Madrid y otra en Zaragoza.(3). Pero no le era fácil a Martí vivir "Sin amores", como en esos días dijo en dos composiciones publicadas con ese título, en la Revista Universal;

¿Que cante? ¡Espera, espera todavía!
Yo vivo sin amor: ¿quién sin amores
Su soledad doliente cantaría?
Alma sin besos, sol sin resplandores .[…]

Y en la otra:

[…] El cuerpo me sacude y me enamora
Y pálida de amor el alma llevo;
Yo quiero ¡oh fin de males!
Con labios nunca iguales
Un beso siempre nuevo.(4)  

Edificio en la calle Moneda, donde vivía Mercado con su esposa y sus hijos, y donde se hospedó Martí en 1877 cuando llegó de Guatemala para casarse. La Revista Universal, "de Política, Literatura y Comercio", donde  Martí escribió de todos esos temas.

Ninguno de los amores de Martí tiene tan rica documentación como el que sintió por Rosario de la Peña. A pesar de que a nada llegaron, y que Rosario después se unió en matrimonio a otro poeta, Manuel M. Flores, con el que fue feliz, conservó las cartas que le escribió Martí. En ellas se evidencia su desordenado apetito de amar; le escribe:

Rosario, me parece que están despertándose en mí muy inefables ternuras; me parece que podré yo amar sin arrepentimiento y sin vergüenza; me parece que voy a hallar un alma clara, pudorosa, entusiasta, leal, con todas las ternuras de mujer, y toda la alteza de mujer mía. Mía, Rosario. Mujer mía es más, mucho más que mujer común.  

Y en otra, con semejante ardor, le dice:

Amar en mí, y vierto aquí toda la creencia de mi espíritu, es cosa tan vigorosa, y tan absoluta, y tan extra-terrena, y tan hermosa, y tan alta, que en cuanto en la tierra estrechísima, se mueve no ha hallado dónde ponerse entero todavía… Despiérteme Ud. a la agitación, a la exaltación, a las actividades, a las esperanzas… De cuantas vi, nadie más que Ud. podría. Y hace cuatro o seis días que tengo frío.(5)  

Rosario de la Peña, por ella se había suicidado el poeta Manuel Acuña. Fue el primer amor de Martí en México. Al mes de su llegada le escribe: "Yo no sé con cuanta alegría repito yo muchas veces este dulce nombre de Rosario".

Tenía Martí, desde niño, marcada afición por el teatro (6) y en México había entonces mucha actividad en la escena. Así llegó de Cuba, en busca de un porvenir mejor para su arte, y movida por una tragedia personal, la actriz camagüeyana Eloísa Agüero de Osorio. Martí se enamoró de ella, pero esta mujer, aunque había roto con el marido, tuvo que regresar a Cuba para tramitar su separación legal. Desde La Habana le escribió: "… No te olvido, Pepe, pero no haré nunca por ir adonde tú estés, porque no quiero aumentar mi desgracia. Muera el secreto en ti. No me olvides…"(7)  

Anuncio de la obra de teatro de Martí. Vista del Teatro Principal, donde se estrenó. Foto de los que en ella actuaron: el mallorquín Enrique Guasp de Peris y la mexicana Conchita Padilla.

Puede pensarse que Martí, enamorado del amor, como buen romántico, más que disfrutar de la compañera gustaba de buscarla, y se dejaba así arrastrar más por la conquista del objeto amoroso que por su posesión. Pero cansado, parece, de esos amores pasajeros, se dio al elogio de la vida del hombre casado. Escribió entonces el proverbio Amor con amor se paga, que llevó a la escena su amigo el actor Enrique Gusap de Peris y, en el papel de "Ella" estuvo la actriz Conchita Padilla. Se estrenó la obra en el Teatro Principal el 19 de diciembre de ese año 1875. Fue un rotundo éxito. Con ligera y fácil versificación presenta sus dos personajes para hacerle decir a "Él", en elogio de la pasión amorosa y de su capacidad milagrera:

Es fama que a un cementerio
Llegó un sabio cierto día,
Afirmando que no había
Tras de la tumba, misterio.
Un ser blanco, vago y serio
A la tumba se acercó:
"Amor, amor", pronunció
con triste voz quejumbrosa,
y al punto alzóse la losa,
y el muerto resucitó.

Y en otro momento, para destacar la importancia de la mujer, dice el autor con la voz del mismo personaje

¡Nada es azul en la vida,
oh mortal, de lo que ves,
si no miras a través
de una mujer bien querida!
Nada, ¡oh mortal! Es el hombre
Que sin mujer va en la tierra,
Y sin el hijo que encierra
Orgullo y germen de un hombre.

Pero no es aquí la mujer de un amor breve la que merece total la admiración del compañero, es la esposa, la que ha de ser madre; dice:

Hombre incompleto es el hombre
que en su estrecho ser se pliega
Y sobre la tierra madre
Su estéril vida pasea,
Sin besos que lo calienten
Ni brazos que lo protejan.
Ábrese el árbol en frutos;
En plantas se abre la tierra;
Brotan del ramo las hojas;
todo se ensancha y aumenta;
y el hombre no es hombre, en tanto
que en las entrañas inquietas
de la madre, el primer hijo
palpitar de amor no sienta.(8)  

Desde un palco como el que aparece en esta lámina de la época, vio Carmen el triunfo de Martí como autor de teatro. Al lado, la plaza Guardiola, frente a la que estaba la casa de Carmen, quien veía desde el balcón a Martí entrar en su trabajo. Abajo, Rosa, la hermana de Carmen, y su esposo el mexicano Ramón Guzmán.

Parecía que iba a venirse abajo el teatro al final de la obra. Obligaron a salir a la escena al autor. Martí saludó al público de la mano de los actores, varias veces. Toda mujer con voluntad casamentera debió sentirse atraída por aquel joven que defendía la consagración del amor en el matrimonio. Desde un palco no paraba de aplaudir una joven acompañada de su padre y una de sus hermanas: era Carmen Zayas Bazán. Ya se conocían: el propietario de la casa alquilada por  Martí y su familia, el comerciante jalapeño Ramón Guzmán, estaba casado con Rosa, la hermana de Carmen; los Zayas Bazán eran vecinos de la redacción de la Revista Universal, unos en la calle primera de San Francisco número 11, y contigua, la otra, en el número 12; Martí visitaba al padre de Carmen pues era también aficionado al ajedrez; y se habían visto en un baile al que Martí llevó a sus hermanas. Él tenía fama de poeta y de buen amador.

No se sabe exacta la fecha en que se hicieron novios, pero se conserva una carta manuscrita de Carmen, sin fecha, que debió ser de los primeros meses de 1876, en la que se lee:

Pepe: ésta es la primera vez que tomo la pluma para decirte lo mucho que te amo, y tiemblo solamente al considerar que quizás es insuficiente para poder interpretar la nobleza de mis sentimientos. Mucho hace que te amo, pero en silencio, mucho ha que mi corazón te pertenece. Es muy cierto que desde que te vi, te amé, desde ese momento sentí nacer en mi corazón la inextinguible llama del primer amor, pero también es cierto que desde que te conozco no he tenido un día de calma, pues los celos me mataban…(9)

Debía saber la infeliz de los amores de Martí con Rosario, Eloísa Agüero, y quizás de otros.

Un suceso infortunado vino pronto a entorpecer aquella amistad amorosa. El primero de enero de 1876 se había iniciado la revolución de Tuxtepec, quedando a la cabeza del levantamiento el general Porfirio Díaz. El país estaba en crisis. Había gran pobreza y el gobierno liberal del presidente Lerdo no parecía capaz de resolver los problemas. Creció la oposición y el 16 de noviembre en las lomas de Tecoac las tropas leales fueron vencidas por las de Porfirio Díaz. Entró éste triunfante en la capital mexicana, huye el presidente y dejan de publicarse los periódicos que lo apoyaban, incluyendo la Revista. "Cundió la desorganización en la capital", cuenta José de J. Núñez y Domínguez en su libro Martí en México, al que mucha información debe este escrito, "se desbandaron los funcionarios lerdistas; unos salieron fuera de la metrópoli y otros se ocultaron por temor a los excesos que siempre trae aparejado un triunfo militar".(10) Martí se refugió en casa del cubano Nicolás Domínguez Cowan que vivía con su familia en el mismo edificio de la Revista. Sabe que en México no podrá seguir, y tiene que encontrarle acomodo a los suyos. Le han hablado de la prosperidad de Guatemala y va a Cuba a pedirle ayuda a su buen amigo y compañero de estudios Fermín Valdés Domínguez, de padre guatemalteco. En México dejaba su compromiso con Carmen formalizado.

Llegó a La Habana a principios de 1877 y en mes y medio arregla lo necesario para el viaje de su familia, la que regresa a Cuba a principios de marzo. Él embarca con buenas recomendaciones hacia el país centroamericano. Por una carta que por vez primera se publica aquí, y que pertenece a la misma colección de las que se transcribieron en La vida íntima y secreta de José Martí, de la madre de Martí a la esposa de Mercado, se confirman particulares del viaje de Martí a Progreso, a la Isla de Mujeres, a Livingsotone; allí explica:

...Por carta de Mercado a mi esposo sé [que] no tenían Uds. novedad; por la misma tuve la primera noticia de mi hijo, la segunda la tuve por un patrón de barco de pesca que lo llevó de Progreso a la isla de Mujeres, y de allí a Belice; nada más sé de él. Tal vez cuando reciban ésta haya usted recibido alguna carta [de él] si Dios ha querido que haya llegado con felicidad [a Guatemala]".(11)  


Carta de la madre de Martí a la esposa de Mercado, con noticias del viaje del hijo desde la Habana a Guatemala.

Durante el trayecto, Martí fue escribiendo sus impresiones, y aquí se copian dos curiosas: ante el vivir tranquilo de la Isla, dice: "En mí, el fuego de la impaciencia, lanzaría roto mi cráneo al mes de vivir aquella vida sin cielo de alma, sin líos de mujer, sin trabajo, sin gloria y sin amor…" Y en Livingston le seduce la viveza de las mujeres nativas, de las que anota: "Son locuaces con la lengua, con los ojos, con las caderas, con las manos. Tiene para cada letra una, no mirada, sino transición de ojos diferente. Si dijeran amor, estas mujeres quemarían…"

En La Habana le había leído a amigos su drama "Adúltera", donde aparece esta afirmación muy suya: "El ser humano no está completo en el hombre; es que la mujer lo completa", y así la buscó también en la soledad del viaje. Años después, ya en Nueva York, comentando su necesidad de compañía femenina recuerda aquellos días y, en su inglés defectuoso, escribe en un periódico local:

Even while crossing a magnificent country, the Atlantic coast of Guatemala, where, like a crown Venus emerging from the spring of a clear river, a supple, slender but voluptuous woman, showed herself to the thirsty traveler with all the majestic power of a new kind of impressive and suggestive beauty, I loved and was loved…"(12)

Episodio que Martí  vuelve a recordar en "Sed de belleza", uno de sus Versos Libres:

Solo, estoy solo […]
Dadme lo sumo y lo perfecto: dadme […]
La manceba
India que a orillas del ameno río
Que del viejo Chichén los muros baña
A la sombra de un plátano pomposo
Y sus propios cabellos, el esbelto
Cuerpo bruñido y nítido enjugaba. […](13)

Continúa

 

LA BODA DE JOSÉ MARTÍ

 

Martí en una foto con autógrafo de cuando conoció a su futura esposa, y Carmen Zayas Bazán en la que se hizo poco antes de la boda.

  México
  Guatemala
  La luna de miel
  Epitafio
  Notas

El matrimonio suele ser un acto de trascendencia superior para los que en él concurren: les cambia sus costumbres, les moldea el carácter y los hace crecer, o les detiene el crecimiento, como si arribaran a una meta para empezar algo nuevo. Y más si la unión trae la cosecha del hijo. Otros llegan al matrimonio, o salen de él, con indiferencia parecida a quien cambia de habitación o de vestuario, y nada, o muy poco, les afecta el futuro: es sólo un paso más en el camino. Mucho depende de lo que están hechos los cónyugues, de lo que traen de sus padres, de su educación, de la experiencia con que llegan a la boda. Unos son afortunados y bendicen el impulso amoroso que los premió con la grata compañía; otros lo han de sentir como desgracia o castigo.

Ningún acontecimiento le marcó la vida a José Martí de manera más profunda que su matrimonio. Ni la incomprensión de sus padres, ni el presidio, ni el destierro, ni la pobreza que a veces ruda lo asediaba, ni aun la pena misma de la patria, fueron tan pesada y dolorosa cruz como la de su matrimonio. Así, para entenderle la conducta, y el temple, y a la mujer, conviene asomarse a su boda, ver cómo y por qué llegaron a ella, las ilusiones que movían a los novios, el valor con que afrontaron recién casados las dificultades y ver después cómo se deshizo, a golpes de incomprensión y de infortunio, su andamiaje de sueños.

México

Desterrado por sus ideas políticas, y después de sufrir cárcel en La Habana, Martí terminó sus estudios en la Universidad de Zaragoza. Sus padres y cinco hermanas habían viajado a México para allí esperarlo. Llegó a Veracruz a principios de 1875 y de allí se trasladó en tren a la capital. Lo esperaba la peor noticia; su hermana preferida, Mariana Matilde, a quien llamaban Ana, había muerto hacía un mes. 


Estación de Buenavista a la que llegó Martí en tren a la ciudad de México, desde Veracruz, a principios de 1875.

El padre, con la ayuda de su esposa y de las hijas, escasamente ganaba de sastre lo necesario para mantener el hogar. La suerte los premió con la protección de algunos mexicanos, entre ellos Manuel A. Mercado, abogado, nacido en Morelia, quien llegó a ser el amigo más constante y querido de Martí. Con la ayuda también del cubano  Pedro Santacilia, muy ligado al gobierno del presidente Sebastián Lerdo de Tejada, Martí consiguió emplearse en la  Revista Universal.  Lo primero que allí publica es la poesía "Mis padres duermen. Mi hermana ha muerto".  

¡Oh, sueño de los pobres,
Los ignorados héroes de la vida,
Los que han sol en la ruta sin medida,
Cielo negro, sol puesto, aguas salobres!
………………………………………
La tierra la quería
Como quiere a los niños la mañana;
Era hermana del Sol, y era mi hermana
¡Pero en la tierra vil se me moría!(1)  

Ana Martí había muerto poco antes de llegar su hermano a México, quien escribió en sus Versos Sencillos: "Si quieren, por gran favor,/Que lleve más, llevaré/La copia que hizo el pintor/De la hermana que adoré". —era este óleo de Manuel Ocaranza.

Durante todo ese año, con algún quebranto de salud por las heridas que le produjo el presidio político en Cuba, Martí fue abriéndose paso en los círculos culturales de México. Sus colaboraciones en la Revista Universal, y su participación en debates y conferencias le lograron el aprecio y la simpatía de mexicanos de nombre. Uno de los más notables episodios de esa época, sin embargo, para lo que interesa aquí, fue su amistad con una mujer singular, de quien se enamoró, la que era centro de la atención de escritores y artistas por su cultura y su belleza, Rosario de la Peña, a quien llamaban "Rosario la de Acuña" porque su rechazo había provocado, dos años antes el suicidio del poeta Manuel Acuña, quien dejó como testimonio de su pena un famoso "Nocturno".(2)  

Subir