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RESEÑAS

“UN MONARCA, UN IMPERIO Y UNA ESPADA”

 

“Yo creo que hay una cierta manera de pensar que ha durado desde el Renacimiento hasta el presente, con el que en realidad tiene poca diferencia. Es imposible caracterizarla aquí, pero quizás sea suficiente decir que después de tomar la forma de ‘humanismo’, se ha convertido, por degeneración [in its degeneracy], en una creencia en el ‘progreso’ y en sus derivaciones”

T. E. Hulme (1883-1917)
 
The New Age.

“Ese optimismo simplista e insípido [del Renacimiento] que pasó su primera etapa de corrupción con Rousseau, ha culminado finalmente en el torbellino [state of flush] en el cual tenemos la desgracia de vivir”.

 T. E. Hulme
 
Speculations.

“El régimen patriarcal de la Casa de Austria, abandonado en lo económico, escrupuloso en los espiritual, sucedió bruscamente un ideal nuevo de ilustración, de negocios, de compañías de acciones, de carreteras, de explotación de los recursos naturales. Las Indias dejaron de ser el escenario donde se realizaba un intento evangélico para convertirse en codiciable patrimonio... Todo un sistema de doctrinas, de sentimientos, de leyes, de moral, con el que fuimos grandes; todo un sistema que parecía sepultarse entre las cenizas del pretérito y que ahora, en las ruinas del liberalismo, en el desprestigio de Rousseau, en el probado utopismo de Marx, vuelve a alzarse ante nuestras miradas y nos hace decir que nuestro siglo XVI, con todos sus descuidos, de reparación obligada, tenía razón y llevaba consigo el porvenir”.

 Ramiro de Maeztu (1882-1936)
 
Defensa de la Hispanidad.

Pudieran parecer estas citas tomadas del artículo “Hacia una interpretación de la historia de Cuba”, que publicó el número IV de la revista Exilio, pero, como se indica al final de ellas son de Thomas E. Hulme, el escritor inglés que tanto influyó en el defensor de la “hispanidad”. En la obra de estos dos escritores —en la del español a partir de 1916— aparecen las ideas que quiere sustentar el artículo antes mencionado; éstos que se dan aquí son ejemplos escogidos casi al azar. Ni siquiera en Hulme, mucho menos en Maeztu, su concepción de la historia tiene gran originalidad. Ya habían ensayado en Francia tales interpretaciones, con intención similar, Barres y los personajes de la Action Française (se debe recordar que Maeztu fundó en 1931 la “Acción Española”), y mucho antes que ellos, aunque por otros motivos, Hegel había expuesto la relación entre el poder eclesiástico y el político; Schlegel explicaba la historia a través de parecida concepción teológica; Fichte identificaba la providencia divina y el orden moral, mientras que idealizaba la Edad Media; y otros representantes del pensamiento alemán del siglo XIX habían manejado algunas de las ideas más queridas por los conservadores de extrema derecha de aquel siglo, y del nuestro. ¿Habrá que añadir las sombras de los “héroes” de Carlyle, o del “superhombre” de Nietzche, de los “tipos ideales” de Max Weber, o de las “élites” de Wilfredo Pareto, de las “minorías selectas” de Charles Murras para saber dónde mojan la pluma los maestros de “El Consejo de Redacción” de la revista Exilio? No, la falta de originalidad de las doctrinas de Hulme y Maeztu, de las que nace esta “interpretación de la historia de Cuba”, aunque no lo digan sus autores, ha sido bien estudiada y no merece la pena perder el tiempo en demostrarla, ni tampoco su descrédito y poca validez, como prueban Michael Roberts en T. E. Hulme (1938) y John R. Harrison en The Reactionaries, A Study of the Anti-Democratic Intelligentsia (1967). Hay en el trabajo del que aquí se trata, sin embargo, algo que supera la obra de Maeztu, y, desde luego, la de Hulme: la indiferencia por la verdad histórica, las arbitrariedades críticas, el pésimo estilo y la gramática deficiente.

Producto fatal de indiscriminada ingestión de datos históricos y de filosofía, este artículo no merecería mejor suerte que la de quedar ignorado en el cementerio de los disparates sin fortuna. Y nada más, porque para desenmascarar esos “proyectos ecumé-nicos” que allí se proponen para nuestros países, ya se han alzado voces, inclusive españolas, que exponen, mejor de lo que se pudiera aquí, la ridiculez de esos empeños de unidad. Dice Salvador de Madariaga en Presente y Porvenir de Hispano-américa (1959):

 La tendencia unitaria hispana... padece la enfermedad más grave de todas. Se llama cursilería; y su síntoma más aparatoso es el que suele llamarse la Hispanidad. Este síntoma se manifiesta sobre todo entre gentes de derecha, tanto de España como de Hispanoamérica; y consiste en una querencia hacia el Antiguo Régimen. Cuidado. No hay que condenar el Antiguo Régimen demasiado a la ligera. Quédese para otro lugar el justipreciarlo. Pero en fin, aunque hubiera sido perfecto, le pasaría lo que a la yegua de Roldán, que era perfecta pero que estaba muerta. Estos tales de la hispanidad aspirarían a una Hispanoamérica, católica a machamartillo, aristo-crática y engolada.

Si el trabajo que aquí se comenta viniera de España, de esa que comercia con Castro para vengarse de los Estados Unidos, por envidia —”pecado capital muy genuinamente español”, lo llamó Unamuno— sin importarle “el diablo” del “pacto” siniestro, se entendería mejor ese delirio que lo lleva a enjuiciar nuestra historia de manera tan irresponsable como tendenciosa. Y así decimos porque algunos intelectuales del castrismo se han dado también a la tarea de desacreditar nuestro pasado, o de torcerlo a capricho, cuando así conviene a la de ellos, a la otra, igualmente falsa, interpretación de la historia de Cuba. Se entendería mejor, porque sería otra coincidencia del comunismo cubano con la España oficial, como aquélla de intereses para el escandaloso comercio entre los dos países, que los españoles —los no comunistas, naturalmente, que estos tienen justificadas razones para aplaudir— disfrazan con apuro de caridad. Y las coincidencias se explican: Castro y la España reaccionaria se identifican en el odio hacia nuestra historia, desde el siglo XIX hasta 1958; para el primero, es una amenaza contra su régimen antidemocrático y despótico, para la segunda representa el fracaso de la colonia, la humillación del “desastre” y el triunfo de la república que, con todos sus defectos, sirvió para mostrar más aún la incapacidad, la soberbia y el egoísmo de la política española.

No quieren estos comentarios pecar de generalizaciones, como las que abundan del artículo de marras, pero salvando algunas excepciones se puede asegurar que todos los españoles que de una manera más o menos abierta odiaban a Cuba, a quienes les molestaban los progresos del país, de cualquier orden que fueran, simpatizan también de manera más o menos encubierta con el castrismo. Si no contamos a los comunistas, sólo por no enredar la cuenta, será mucho decir que todos los castristas españoles son reaccionarios, pero no lo sería tanto afirmar que todos los reaccionarios son castristas.

No es fácil encontrar un español que amara a Cuba y no lamente hoy, como propia, la tragedia de la isla. ¡Qué placer para el recalcitrante en sus errores, antiliberal, el ver el naufragio de “la siempre fiel” en la tempestad marxista, el ver vejado o destruido todo lo que un día, contra su tutela se fundió en ansia de libertad! ¡Qué estupendo espectáculo les ofrecen los que ponen en duda a nuestros hombres y nuestra historia! Si prescindimos de los aprovechados, que siempre andan en silencio medrando en estas miserias, nada ganan los españoles en sus relaciones con Castro, pero la situación de Cuba no deja de ser para ellos un gigantesco juego de cucaña, que nos recuerda el mismo Unamuno (en su ensayo sobre “El individualismo español”) para explicar la mezquindad de algunos de sus compatriotas: “Hay en el fondo de nuestra casta cierto poso de avaricia espiritual, de falta de generosidad de alma, cierta propensión a no creernos ricos sino a proporción que son los demás pobres”. Y esa pobreza del cubano, su desgracia, ese plato de comida que ofrece el gobierno español al desterrado que llega de Cuba es, con las corridas de toros de Madrid, de los espectáculos más gustados por los envidiosos de la España actual.

Pero, volvamos al tema —¿Habrá sido esto una digresión?— No se puede estar seguro porque no sabemos qué intereses se mueven detrás de esta “interpretación de la historia de Cuba”. Pero lo cierto es que se publica en una revista cuyo título identifica ese “Consejo de Redacción” con cientos de miles de cubanos ausentes de su país. Y eso provoca indignación. Un estudio serio de la historia de Cuba merece el aplauso de todos; pero cuando se juega con unos cuantos datos para llegar a las más caprichosas conclusiones, se le rinde un pobre servicio a la verdad histórica y se lastima el honor de la patria. En dicho trabajo se dibuja con unas frases del padre Varela sólo un perfil de su rica personalidad, y todo para descargar manidos argumentos en contra de una filosofía que perdió todo prestigio ya hace mucho tiempo. Como si esta arbitrariedad fuera insuficiente, los señores de “El Consejo de Redacción” llenan todo el siglo XIX cubano con tan precario dibujo para llegar, en otros dos saltos mortales, al proceso de la independencia y a la situación actual de Cuba. Véanse en estos ejemplos el simplismo de sus razonamientos:

 El empirismo y el sensualismo enseñados por el Padre Agustín Caballero y por su discípulo Félix Varela, culminaron en el positivismo de Varona, en cuyos programas de estudio se basaron los planes educacionales de la actividad docente en Cuba. Como es muy bien sabido, este positivismo negaba toda metafísica y, por tanto, toda trascendencia. Consecuentemente, de aquí al ateísmo marxista apenas mediaba un paso.

 Pero fijemos el hilo maestro que en las doctrinas enseñadas por el Padre Varela continuó subsistiendo a lo largo del trayecto recorrido por Cuba hasta convertirse en torrente materialista en cuyo rabión naufragase la república.

 En lo que Cuba respecta, el liberalismo fue un camino de tránsito hacia el marxismo, y que muy bien pudiera serlo para el mundo en general.

En verdad que son atrevimientos silogísticos y muestras de ingenuo desembarazo. Así, tomando el rábano por las hojas, se puede llagara a cualquier conclusión; por ejemplo, que la escolástica culminó en el empirismo en tanto que lo precedió, y que aquélla ocupó las cátedras de nuestro siglo XVIII como consecuencia del descubrimiento, por lo que no sería difícil deducir que Castro, en última instancia, se lo debemos al Gran Almirante.

“El Consejo de Redacción” hace una salvedad; reconoce que el padre Varela no agota “todas las posibilidades de la cultura del siglo XIX en Cuba”, pero afirma que fue “la vertiente más seguida por el presbítero la que saturó a la postre al [sic] hecho cubano como cultura”. Y ya eso basta, basta para llegar más pronto a donde se quiere, para pasar por encima de Luz y Caballero, Saco, del Monte, Varona, Montoro, etc., con la misma agilidad que antes ejercitó en aquellos saltos desde Zenón hasta San Bonifacio, desde Próspero de Aquitania hasta Heidegger, desde la Roma imperial hasta la independencia de América. ¡Qué importan a su prisa “las otras posibilidades de la cultura del siglo XIX en Cuba”? Son suficientes unos plumazos para las fáciles conclusiones que se pretenden. Pero lo que no deja de admirar, como milagro, es el haberle podido hurtar el cuerpo no a una “posibilidad” sino a una realidad de la cultura cubana, a una figura que, es verdad, no encaja en el proyecto ecuménico de los Reyes Católicos, que no es enemigo del progreso, aunque tampoco esclavo de él, y demasiado grande para ubicarlo en la “vertiente” de Varela. No contar con Martí al interpretar la historia de Cuba, no mencionar su nombre ni una sola vez en las veintiséis densas páginas del artículo que nos ocupa, es algo más que un disparate. Pero no deja de ser una originalidad. A tanto atrevimiento no ha llegado la intelectualidad castrista aunque también practican el juego de condicionar el hecho histórico a su conveniencia. Los escritores al servicio de Castro, entre otras barbaridades, no tienen escrúpulos en presentar al “místico del deber” como antecedente del comunismo criollo. Pero, por lo menos, son prudentes, y aunque le falsean la postura, cuentan con algún fragmento de su obra y, para el que no sabe o no quiere ver, el juego parece limpio.

Se afirma en esa “interpretación” que “es imperativo abandonar la idílica visión que nos habíamos forjado de nuestros guías”, y puede uno preguntarse: ¿estará Martí incluido en esos “antiguos guías” a los que debemos retirar admiración y respeto? ¿Se atrevería “El Consejo de Redacción” de la revista Exilio a recomendar el abandono de la más moral y viva ideología política que ha dado América, por ese sospechoso “proyecto ecuménico” del que hablan en éxtasis? No, ha sido quizás otra de sus burdas generalizaciones. Porque el mayor error de esa “interpretación” equivocada de la historia cubana es producto de la falta de perspectiva de sus autores, de su incapacidad crítica.

Exactamente lo contrario de lo que allí se supone ha pasado en Cuba. No ha sido la falta de los “guías” sino de lo guiados. Porque anduvo corta en la República la preocupación esencial de Varela, Saco, Luz y Caballero, y tanto hombre digno de nuestro siglo XIX, y Martí sobre todos, “naufragó” en el comunismo. Es poco noble echarle en cara a nuestros mejores hombres el error que cometieron los peores. Tiene más culpa el más honrado de los que estamos vivos, los testigos de la tragedia, que el más errado de nuestros muertos. También sería injusto culpar a Jesús y a los Apóstoles, o su doctrina, porque el cristianismo no haya salido airoso en algún momento de su historia; como ridículo censurar al artífice del Stradivarius por la torpeza del intérprete. Además, es demasiado pronto para hacer cuentas. No nos juguemos las vestiduras de nuestros muertos en impaciente pesimismo. La última palabra no está dicha, y habrá que ver si no fue imprudencia criticar nuestro pasado por el accidente del castrismo. Todavía puede salirse de la tumba Varela, aun manco en su limitado empirismo, y darnos más de una lección sobre lo que se debe de hacer en cada momento de la historia.

En otra ocasión difícil, quizás como ahora llevados de la desesperanza, algunos cubanos iniciaron una campaña contra uno de sus “antiguos guías”. Era José María Heredia. “Había tenido valor para todo”, dijo de él Martí, “menos para morir sin volver a ver a su madre y a sus palmas”. Y es cierto, porque, cuando se cansó de vivir, el desterrado fue a su patria. Escribió una carta infortunada al general Tacón pidiendo permiso para regresar a Cuba, y por su breve visita dijo su íntimo amigo Domingo del Monte que “perdió su prestigio inmenso poético-patriótico”. Martí salió años después al paso de los juicios severos, cuando se necesitaba todo concurso para la guerra de independencia: hizo su mejor apología. Con la gloria del desterrado sublime, con los méritos mismos de su martirio, cubrió la falta del poeta triste, y para siempre callaron las voces de la murmuración. “El águila que vuela junto al sol”, dijo comparándola al verso herediano, “tiene una que otra pluma fea”, mas advirtió: “Para poner lunares están las peluquerías; pero ¿quién que no esté de cátedra forzosa empleará el tiempo en ir de garfio y pinza por la obra admirable cuando falta de veras el tiempo para la piedad y la admiración?” También hoy andamos escasos de tiempo. Hay trabajo de mayor urgencia que el de peluquero, oficio más noble que el de poner lunares. Por cada pluma fea que se le descubra al águila hay cien hermosas esperando culto. ¡Que difícil librarse de la insidiosa campaña del castrismo! No desdeñemos nuestra historia. En ella hay fuerzas, si las sabemos aprovechar, para destruir no a uno sino a muchos usurpadores. No un pedacito de Varela bajo la lupa miope, sino todo él: el patriota valiente, el pensador generoso, el maestro, el antiesclavista, el sacerdote ejemplar.

Y una última consideración. ¿Por qué seremos los hispanoamericanos tan dados a las soluciones exóticas? ¿Cuándo inventaremos una solución americana para los problemas de América, cubana para los de Cuba? Conspiran la pereza intelectual y un fuerte complejo de inferioridad. Ambos nos impiden entrar en lo real nuestro y elaborar allí doctrina, como hizo Martí, que dejó abiertas las puertas para toda contingencia del Continente. España, Francia, los Estados Unidos; ahora la Unión Soviética, China. Dondequiera que hay una fórmula allá va Hispanoamérica a adaptar su enfermedad de la medicina hecha. El apotegma martiano “Nuestro vino es agrio, pero es nuestro vino”, debe superar todo espíritu de resignación. Habremos de decir: nuestro vino es agrio porque es nuestro vino. Porque es agria nuestra realidad, así el licor, hasta que se endulce aquélla o se nos ponga agrio el paladar. Y basta de cognac, whisky, vodka o ese vinito de misa español que nos brinda la revista Exilio. Ni Rousseau, ni Franklin, ni Lenin, ni Maeztu. ¿Qué pueden significar para los millones de indios americanos, y para los negros, que forman parte de nuestra realidad, Otón el Grande o Pipino el Breve? En Nuestra América la abstracción ha sido madre del fracaso. Pero un día un profeta se echará al hombro la doctrina de Martí, subirá a los Andes y despachará a los que le buscan el corazón a América para clavarle el puñal del odio, a los que le duermen el pudor para robarle la riqueza, y a los que le ponen miedos para torcerle el destino. E invitará al banquete del triunfo. Y sentados desde Diego Laínez hasta Maeztu, entre los hermanos Maceo y el indio Juárez, junto a criollos y españoles buenos, América brindará por el pasado común que la unió a España y por el futuro distinto que la honra. Porque si algún orgullo puede quedarle al español de su aventura por el continente, es que éste cumpla su íntimo destino, diferente, desde luego, pero no menos digno del que para él le soñaron los proyectos ecuménicos de la España reaccionaria e imperial.

Una América que da, no que recibe, debemos buscar; una Cuba que se sacuda la extranjería, la de hoy, la de ayer, no la que anda candil en mano persiguiendo sombras dudosas del pasado. Una Cuba “cubana como las palmas”, pero sin trampas, sin traiciones, con todo el caudal de su historia, aun con sus limitaciones, y con su futuro, el que le sale del proyecto generoso de su historia, de la nuestra, aunque no se ajuste al esquema cerrado del marxismo o a los planes avaros de la “patria de Cutting”, aunque se aparte de los acuerdos previsores del Concilio de Trento. En todo lo nuestro y en todos nosotros encontrará su destino Cuba.