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ROBERTO AGRAMONTE

Ya se nos fue, en silencio, como en el que vivió durante sus últimos años, el maestro Roberto Agramonte. Adolorido por la traición de 1959, halló refugio en su estudio, donde sólo se escuchaba el rasgar de la pluma y las teclas de su máquina de escribir. Ahí está el resultado del silencio creador, en una docena de libros, también especie de acto de contrición por la alevosía de Castro que él no supo detener. Y entre sus papeles ha dejado manuscritos que quiso dar a la imprenta pero que no encontraron, en este exilio nuestro, tan pagado de lo material, bolsillos que amparasen lo que habría sido regalo y prestigio para todos.

 Roberto Agramonte no medía la altura de un hombre en función de su cuenta de banco, ni por las reverencias que recibe de adulones y criados, y vivió al margen del desfile de elogios que se prodigan más que al trabajo y el saber al autobombo y al reclamo. Él era de una estirpe de patriotas, y de sabios, dada más a los valores del espíritu. Se pierde en el tiempo la vida de su abuelo, François Agramonte, fusilado a los 18 años por España; y la de su padre, Frank Agramonte, oficial del Ejército Libertador,, que llevó a Cuba la expedición de Antonio Maceo y Flor Crombet. Y ahí están los “Diarios” de los dos, inéditos, en el archivo suyo que guarda con celo encomiable la Universidad de Miami; y los otros trabajos que no pudo publicar: una biografía de Esteban Pichardo, su abuelo por parte de madre, el erudito que cuando ya tenía en su haber el Diccionario de voces cubanas, aún en uso por especialistas, dio a Cuba su más ambiciosa geografía; un estudio sobre los “Héroes y hazañas en las guerras de independencia de Cuba”; otro sobre el estilo de Juan Montalvo, y aún otro sobre Martí. Montalvo y Martí: la gran figura del Ecuador que vivió persiguiendo tiranos, y la gran figura de Cuba, que todavía los persigue; las dos cumbres de la prosa americana, los dos soldados civiles más notables del continente. Un déspota se perpetuaba de presidente en Quito mientras que desde su destierro lo atacaba enfurecido Montalvo: lo  mató  un  joven  que  leía  a  Montalvo, y  dijo  con justicia el escritor:  “¡Mía  es  la gloria!  ¡Mi  pluma  lo mató!” —donde  no crece una revolución por el terror y la astucia del tirano, la revolución se refugia en el puñal de un rebelde, y mata al tirano—; y Martí, quien sólo tuvo un arma en la mano minutos antes de su muerte, rindió con la pluma el despotismo de España, y la dejó sembrada en Dos Ríos, y sola se ha salido de la tierra cada vez que el abuso se apodera de su patria; y ha hecho, y hará: “La tiranía”, dijo, “no se derriba con los que la sirven con su miedo, su indecisión o su egoísmo... De hombres de sacrificio necesita la libertad, no de hombres que deshonren o mermen o abandonen a los que están prontos al sacrificio”; y él dio con el suyo ejemplo; y cuando se aniquile en su patria al tirano de turno, podrá también decir, como su colega de los Andes, “¡Mía es la gloria! ¡Mi pluma lo mató!” —Martí y Montalvo, los héroes adorados de Roberto Agramonte.

Daba sus primeros pasos la República cuando Agramonte nació en Santa Clara. En 1904 le empezaba a tentar a Estrada Palma reelegirse en la presidencia, y cayó el país en discordia que vino a resolver, y a sembrar otra peor, la segunda ocupación americana. Estudió en su villa natal el bachillerato, en el Instituto en el que su padre era profesor de inglés. Tenía 20 años al graduarse de Filosofía y Letras en la Universidad de La Habana, y un año más tarde terminó Derecho. Era 1926, cuando Gerardo Machado se ensayaba en la intolerancia y en el crimen. Empezó entonces a enseñar en las aulas que había dejado su antecesor ilustre, Enrique José Varona.

Poco después se publicó un libro que denigraba la democracia en favor de la dictadura a la que iba el presidente: “La democracia”, decía, “ha sido la oportunidad política de los inferiores... La libertad es un sueño irrealizable... La tiranía es el paliativo crónico del desorden...”; enseguida el joven Agramonte le salió al paso a aquella apología del despotismo y escribió: “La dictadura no engendra orden, sino violencia... Todos los dictadores del mundo han sido malhechores del género humano... Lo que da oportunidad a los inferiores es la dictadura y la tiranía...”, para concluir con esta recomendación: “Repudiemos todo cesarismo, todo avasallamiento de la conciencia humana, y mantengamos vivo el fuego en nuestros altares de la Libertad, consagrados con la sangre de nuestros abuelos, derramada en los campos de Cuba libre, con las lágrimas de nuestras heroicas mujeres, con el sacrificio de nuestros hogares legendarios, pero con el ideal de realizar la dignidad humana...” Molesto por la denuncia, Machado lo expulsó de la cátedra, por lo que se fue Agramonte a enseñar a los Estados Unidos. Volvió a La Habana, y cuando expulsaron a Machado, desde la colina universitaria, durante treinta años, forjó libros, y discípulos —otros libros.

En 1947 se rompían en la política las esperanzas del país por la corrupción y la inmoralidad del autenticismo, y Agramonte decidió entrar de lleno en la política. Con otros compañeros de su generación ingresó en el partido Ortodoxo de su primo Eduardo Chibás. Quiso Chibás con el suicidio, en 1951, abrirle camino a “la vergüenza contra el dinero”, pero más bien se lo cerró, y la mesnada del 10 de marzo de 1952, con un podenquero a la cabeza, y en el morral la razón y la semilla del castrismo, hizo entrada en el escenario nacional. Tuvo Agramonte que ocupar la candidatura de Chibás para la presidencia, pero los hábitos académicos, y quizás hasta el peso de la erudición, le impidieron crecer a la altura que exigían las bayonetas. Con Fulgencio Batista en el poder fracasaba todo intento para salvar la crisis constitucional, y Agramonte lo denunció en una carta pública: “Si en el día de mañana”, le dijo, “se enfrentan en nuestro suelo bandos contendientes, los unos en defensa de derechos, y los otros en defensa de un Estado degenerador de todo derecho, la culpa será de usted, general Batista... Si nuestra patria, nacida bajo los ideales democráticos, en lucha heroica contra el abuso y el despotismo ha de volver a vivir los días funestos y sombríos del machadato, la culpa será de usted...” Luego se enfrentaron los que proclamaban derechos y los que los negaban, y en la contienda el cubano se acostumbró a ver la Ley como un arreo roto, y la violencia como su agente y remedio —se gestaba así la infame pregunta que más tarde aplaudiría insensato buena parte del pueblo: “¿Elecciones, para qué?”

Estaba en el exilio Roberto Agramonte cuando se desplomó la dictadura de Batista. Voló a la Sierra Maestra para unirse a la caravana de ilusiones que atravesó la isla, y Castro lo hizo ministro de Estado. Quería el gobierno negarle derechos a los asilados en las embajadas de La Habana, y Agramonte impidió el abuso, y ese triunfo le hizo concebir la idea, siempre errónea, de que es lícito transigir con el criminal para extirpar el crimen. Cuando a Frank Agramonte, preso en la guerra, en el juicio por el que lo iban a fusilar, un oficial español le ofreció el perdón si daba un “¡viva!” a España, el cubano lo miró con desprecio para contestarle: “¡Primero muerto”. Así el hijo debió increpar a Castro ante la orgía de fusilamientos, parcialidades y atropellos, y no esperar a que lo despidieran del puesto —el pensamiento no merece la excusa que se le concede al populacho.

La única salida que tuvo otra vez el profesor fue el exilio, y a él llegó en 1960 tan confundido y triste que se impuso, ya hasta su muerte, de penitencia, el retraimiento. Al margen de toda actividad política dedicó sus últimos años a lo que no tiene dobleces ni pesares: al ascetismo de la vida intelectual: a la enseñanza y a la publicación de libros; y cuando en las historias de Cuba sus equivocaciones públicas no sean más que una línea en la página infeliz que hable del castrismo, los escritos todos de Roberto Agramonte seguirán sirviendo a su patria y a la América entera —además de sus estudios sobre Martí y Montalvo, y sobre Varona y José Agustín Caballero, entre otros, sus manuales de Sociología y sus ediciones del padre Varela y de Luz y Caballero.

La labor académica de Agramonte ha sido bien valorada por colegas, discípulos y amigos. Al hombre público, sin embargo, se le esconde como en segura madriguera. Es injusto que en el aprecio de su obra se olvide la lección de su vida: no se habla de su valiente oposición a Machado, motivo del primero de sus exilios; del cobarde atentado que le hicieron en su casa en 1951 por oponerse a las pandillas que asolaban el país; de las persecuciones y de los arrestos que sufrió durante la dictadura de Batista; de su oposición, aunque tímida, a algunos de los excesos de Castro, por la cual se le pidió entregar el ministerio a un servil resentido. Hay lección en el acierto y hay lección en el extravío. No hubiera  querido el maestro menos que servir tanto por lo que hizo bien como por aquello en que erró. Es necesario recordarlo todo, porque en ese ejercicio se acostumbra el juicio a valorar el pasado y el presente en beneficio del porvenir.

Un escritor llamó a Cuba, en 1944, “país de poca memoria”: se habían olvidado los abusos de España, las insolencias yanquis, la incapacidad y el peculado de los gobiernos republicanos, la sangre de los mártires, la ira de los apóstoles, la culpa de los asesinos. No se debe olvidar. Ya hoy a Castro muchos no le ven tintas de sangre las manos, ni le ven la culpa por la destrucción del país, y quieren componendas con él, y le envían dinero para pagar la porra que somete a su pueblo. Parecen no saber los mandatarios y los inversionistas de este hemisferio, y los de Europa y Asia, que Castro es un criminal, y lo reciben, tras una corbata de taparrabos, con galas de presidente, y le estrechan la mano, y le defienden la soberbia que hunde la isla.

No se puede olvidar. Debía haber en millones de ejemplares, y en todas las lenguas, un inventario de los muertos, de las mentiras y de los abusos del comunismo cubano, y mostrarla al mundo con la inteligente y noble impertinencia de los judíos cuando hablan de su holocausto: nosotros tenemos también un holocausto, pero de él no hablan lo suficiente nuestros políticos, nuestros artistas ni nuestras costumbres. Algunos en Rusia quieren volver al pasado porque los nuevos dejan olvidar a Stalin, o permiten creer que fue el sátrapa una aberración del sistema, y no el sistema mismo. En buena parte Castro subsiste por la flaca memoria de sus víctimas. Agramonte es un expediente de la nación, de lo mejor de ella, y de alguno de sus tropiezos. No lo olvidemos. Al recordar su vida toda, brillan más sus virtudes, y siente el cubano legítimo orgullo.

 Dejó Martí, de tres célebres muertos  (Roebling, Garfield y Cecilio Acosta), palabras que hubiera escrito para él: “Cuando un hombre ha vaciado su espíritu, puede ya dejar la tierra”. “Cada cual, al morir, enseña al cielo su obra acabada, su libro escrito, su arado luciente, la espiga que segó, el árbol que sembró. Son los derechos al descanso”.  Vaciado su espíritu, y con tan rica obra, Agramonte se había ganado el derecho al descanso; y como el buen venezolano, también “cuando alzó el vuelo, tenía limpias las alas”.