Un amigo muere y con él se va una parte de nosotros: su ausencia como que nos reduce el diálogo con la vida. En su compañía éramos mayores: él daba luz a nuestras ideas, razón a nuestros actos y fortaleza a nuestras resoluciones. Pero, por ese milagro único de la amistad, cuanto perdemos renace luego más puro en nuestra alma: su trato fue dejando la semilla, como mano de labrador, y cuando volvemos de dejar su cuerpo entre las flores de la tierra, nos sentimos más crecidos, más generosos, más seguros de nosotros mismos. La muerte del amigo Ponjoán nos resta algo, pero más nos deja en el espíritu. No es el momento, ni lo justo, de ponernos en inventario de pérdidas, a recordar el calor de su cariño, su trato afable, el regalo de su cubanía; sí de tener presente sus virtudes, porque, ¿quién va a olvidar la lección del diácono vigilante, subido al púlpito de la iglesia de Hoboken, recordando a los fieles sus obligaciones, con Cristo a un lado y al otro la bandera de Cuba? ¿Quién va a olvidar aquellos sermones suyos, —mitad arenga, porque no hay prédica que valga si no mueve al hombre a su mejor ocupación— en los que señalaba, juntos, el deber religioso y el deber cubano? Lo hemos visto como el Jesús del Evangelio de San Juan arrojando del templo, a golpes de cuerda y de azotes, a los que con su conducta profanaban la iglesia, a los que con sus actos profanaban el templo mayor, que es la patria. No entendía Ponjoán, no entendió nunca, al igual que su admirado Félix Varela, cómo podía haber desacuerdo entre el precepto cristiano y el deseo de justicia y de libertad que a él lo había arrojado de Cuba; no entendía cómo una curia asustadiza, sentada ante las víctimas de su patria, podía ponerse a mercadear prebendas para ejercer su ministerio en la isla, como si otro fuera el ministerio del religioso que el de enseñar el triunfo del espíritu sobre el provecho inmediato. Nunca fue más fuerte ni más hermoso el catolicismo que en las catacumbas de Roma, clandestino y rebelde, cuajado de mártires, sin otra liturgia que el desafío a los tiranos: por cada santo que ha dado el cristianismo del contubernio con el poderoso, ha dado miles su compañía con los perseguidos; hay muchos más cristianos en el paraíso por el ejemplo de la iglesia incorruptible que por el esplendor de su imperio. No fue nunca más grande el catolicismo de Cuba que cuando el Padre Varela no quiso acomodarse con España y desafió la jerarquía eclesiástica por no traicionar a su patria, y pagó el compromiso de su conciencia con el destierro, la pobreza y el olvido a sus compatriotas. Ni en mucho tiempo había sido tan grande el catolicismo de Cuba como cuando, por los rifles asesinos en La Cabaña de Castro, antes de caer con el pecho destrozado por las balas, lanzaban los cubanos su grito de “¡Viva Cristo Rey!”. Pero también Ponjoán, cristiano, recomendaba la caridad. Sin importar la indignación que nos produce el extravío del prójimo, hay que perdonar, porque no hay futuro para Cuba, y quizás para todo el mundo, que no exija, más que ninguna otra virtud, la tolerancia. ¿Cómo se podrá entrar en nuestra historia, pecadora antes y pecadora hoy, sólo con el dedo acusador y en cobro de cuentas? Que odien allá, nosotros no queremos odiar. Pero, por otra parte, ¿quién va a ir a Cuba, ciego ante el abuso, a entrar entre un pueblo que mantiene la fuerza arrodillado, a darle la mano a la fuerza, como quien vuelve a una amistad por el acaso interrumpida? Una cosa es la piedad para el que quiere reparar el error y otra es la humillación ante la soberbia y el fanatismo. La primera ley de la caridad ha de ser para los que tenemos más cerca, para los que también, desde este lado de la guerra, combaten la tiranía, aunque lo hagan mal, aunque hasta parezca que sirven con su pifia al enemigo. Hay un programa inédito, que nos dejó Martí, de esa caridad, aún no puesto en práctica, y ante el recuerdo de Ponjoán hay que mencionarlo, porque él sentía a Martí como padre, y lo estudió, y le fue apóstol entre los jóvenes que disfrutaron su magisterio. Como nosotros, Martí vivió en el destierro, y tuvo también a su lado al cómplice y al débil, pero sobre ellos supo edificar la patria, y nos trazó el camino en estas palabras que ahora resultan oportunas; dijo de los que con él sufrían el destierro: ¿Qué cubano mirará como enemigo a otro cubano? ¿Qué cubano, que no sea vil, se gozará de humillar a otro? Aunque yerre un cubano profundamente, aunque toda el alma nos arda de indignación contra su error, aunque sea traidor verdadero; aunque llegue a hacernos tan abominable su presencia que nos venga a los labios al verlo o al recordarlo la náusea que producen los infames; aunque arremetamos ante él ciegos de ira, como un padre arremete contra el hijo que lo deshonra, cáigansenos los brazos antes de herirlo, porque nos heriremos a nosotros mismos. Ha podido errar, ha podido errar mucho, pero es cubano. Que siempre esté la puerta abierta, de par en par, para todos los que yerran. Sólo la grandeza engendra pueblos; sólo los fortifica la clemencia. Eso predicaba Martí, “grandeza” y “clemencia”, y al noble cubano que fue Ponjoán, al hombre justo que vimos levantar sobre la soledad y la nieve del exilio un hogar que lo honra, le decimos, porque donde está nos oye, que con las cuerdas del Cristo sublime del Templo continuaremos su lucha, pero también con toda la fuerza que se requiera para someter la cólera que estorbe en la reconstrucción de su patria. |
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