“For Poetry makes nothing happen... W. H. Auden Con nombres de prestigio en las letras acaba de publicarse en Miami, bajo la dirección de Juana Rosa Pita, un libro Homenaje a Ángel Cuadra, el poeta que cumple condena en las cárceles cubanas por negarse a someter su arte a los intereses del gobierno; ha dicho: “No renuncio al canto, ni lo pongo de rodillas, ni lo utilizo para otros fines, ni políticos ni partidistas, sino sólo literarios, universales, sin tiempo”. Por tan hermosa colección de testimonios en favor de su libertad, se escribieron estas reflexiones sobre el poeta y el censor. Hace más de dos mil años se pensó que, por fabulosos, no se les debería permitir a los poetas más que himnos y alabanzas a los dioses. El decreto platónico anulaba así la poesía, toda vez que el diálogo con el prodigio es la razón de su existencia. Parecería más lógico, para la salud del Estado, que se prohibiera la filosofía, el pensar crítico sobre la vida, que puede amenazar el dogma, y no ese juego de puro fingimiento. Pero el temor de la autoridad se explica ya que el delirio del poeta no es otra cosa que la inquietud del hombre ante el misterio, y, al haber la autoridad usurpado el lugar de la inquietud, se siente amenazada en la pesquisa. La posesión de la verdad hace inútil la duda, y como el oficio de la poesía es cuestionar, nada tiene que hacer en el concierto del mundo. Cuando se impide la lectura de una pastoral a un clérigo en Manila, o la representación de una comedia a un dramaturgo en Praga, no se teme tanto al objeto creado, impotente ante la fuerza, como al ánimo que lo produce, a ese tanteo que evidencia ceguera o incertidumbre ante la verdad impuesta, y todo aquél que no ve la luz, o vacila ante ella, merece castigo. La lucha entre el poeta y el censor, entre el individuo y la colectividad que el otro dice representar, no es la de un egoísta reclamando un derecho minúsculo frente a los imperiosos del grupo, sino la de la especia humana defendiendo el suyo de analizar el presente y de escrutar el porvenir. La literatura ejercita en el hombre su capacidad introspectiva: los caprichos de la imaginación poética impiden en él la quietud del bruto que vive en su seno, y le alertan las alas y estimulan el vuelo del espíritu. Con ese entendimiento no es práctica pueril indagar cómo se convierte la palabra en herejía, y por qué el mismo que anuncia la salvación del hombre necesita luego devorarlo para que no se le desvíe su destino. Hay un momento en que la lengua del poeta y la del revolucionario coinciden, cuando éste también pone en juicio una parte de la historia. El rebelde encuentra el mejor apoyo en el artista que ya había horadado la piedra que ahora se derriba. Ambos han venido a romper cadenas y a transformar el mundo. Nadie dudaría de la sinceridad del enlace, ni podría suponer el próximo quebrantamiento, pero muy pronto, cuando el poder comienza a construir el trono, si se ciega en la perfección de su credo, siente inoportuna la presencia del infatigable preguntador, de ese desdichado a quien la fe no logra quietar. En una sociedad abierta se tolera su busca; entorpece, sí, la marcha de los acontecimientos, pero en la demora los fortalece y purifica. Un precepto justo no teme la calumnia: a la luz del sol acepta el desafío, y vence —un principio turbio rehuye el duelo y asesina en la sombra a quien lo reta. La imperfección humana requiere una zona de prueba entre el proyecto y su hacimiento: entre el yerro posible del gobernante y su ejecución tiene que haber ese encuentro que puede impedir se fundan error y realidad. En silencio las voces que advierten el peligro, se produce la unión, y perdura en perjuicio de todos: cállense a los pasantes y no se oirá el aviso del punte carcomido, yendo a caer el rabel y el rebaño al precipicio. De ahí la falsedad de los gobiernos totalitarios porque, perdido el equilibrio entre el plan, su estudio y realización, se ven obligados a mantenerse por la fuerza, sin lugar para el análisis que descubre lo artificial de sus actos. El empleo del censor, aunque otra cosa se pretenda, se reduce a impedir la publicación del infundio que apoya el sistema. Por eso su primera víctima no es la creación artística propiamente dicha, sino la libertad de prensa. Todo lo que sigue, sin ser menos criminal, es para esconder la primera sangre. Ninguna urgencia justifica torcer el camino del arte. Su misión no es la de formar hombres o la de apuntalar un sistema para regirlos, sino, precisamente lo contrario, la de negarse a realizar cualquier embajada para no morir en la empresa. La saña del censor es así la misma contra el dedo que acusa que contra los ojos que sólo miran al cielo. Otros se someten y hacen arado de la pluma, o una lanza para servir al déspota, y dejan de ser poetas: cuenta une escritor de la antigüedad que, para ahorrarle a sus abejas el vuelo hasta el Himeto, un mercader les cortó las alas y puso ante ellas las más ricas flores, pero entonces dejaron de hacer miel. No puede imponerse a la función del arte, vendándole la cara, la tasa de ser útil. Ni habrá de ir de puerta en puerta preguntando en qué puede servir a la sociedad, que apenas nacido ya la sirve. Es inaceptable la empresa de servidumbre, la sumisión a los intereses del Estado, porque en su sentido más amplio, la poesía no tiene que aprovechar ni favorecer a nada ni a nadie, que en su mero existir es ya todo regalo y ayuda para el hombre. |
![]() |