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JORGE MAÑACH Y SU GENERACIÓN

“Cada cual se ha de poner, en la obra del mundo, a lo que tiene de más cerca”, advirtió Martí a los emigrados cubanos de su tiempo, “no porque lo suyo sea, por ser suyo, superior a lo ajeno y más fino o virtuoso, sino porque el influjo del hombre se ejerce mejor y más naturalmente en aquello que conoce, y de donde le viene inmediata pena o gusto”. Y eso ha hecho Andrés Valdespino con esta obra sobre su compatriota Jorge Mañach,  con todo acierto, porque sumó al estudio esa afortunada dosis de “pena o gusto” que se produce en el tratamiento de lo propio. Desde las primeras páginas de Jorge Mañach y su generación en las letras cubanas se nos advierte de los límites y del propósito: “Por vocación”, dice Valdespino, “Mañach fue un hombre de letras. Y como tal lo trato en este libro, como literato exclusivamente”. Y es que Valdespino entiende, y no sin causa, que “lo que quedará como más permanente y valioso de su labor intelectual no serán ni sus trabajos de contenido político ni sus estudios de carácter filosófico, sino aquella parte de su obra que más cerca está de lo literario”. Cabría aquí el prejuicio de la crítica celosa en el dictamen sobre “lo literario”, si aun la ensayística merece entrar en ese reino en el que sólo lo imaginativo confiere ciudadanía, pero es ociosa discusión en casos como el de Mañach porque, como en muchos escritores de América y de España, la forma natural de hacer literatura en la que se podía asentar su “tema radical”, como llamó Ortega y Gasset la razón de la forma, fue ese molde híbrido que trata de conciliar la pura dedicación al espíritu y la urgencia de participar en la vida, y asegura un nuevo cauce a las letras ahítas en el abuso del egoísmo o de la doctrina.

La vida versátil de Jorge Mañach, como la que en muchos aspectos conoció su patria, no le hubiera permitido a un hombre de su carácter, y con facultades para el ejercicio literario y para lo cívico, otra solución que el ensayismo, género de agonía por el conflicto que entraña su insólita y doble vertiente. A Mañach lo han censurado hombres de una sola ladera: Lezama Lima  dijo  de  él,  en  1949,  por su participación en la política cubana que, con otros miembros de la generación del 23, había “cambiado la fede por la sede”; y a raíz de la muerte de Mañach aseguraba Gastón Baquero que “perdió el tiempo de una vida que parecía llamada a producir las máximas obras culturales en el siglo XX”.

Desde el otro campo, los cubanos, ayunos de guía, en el desamparo por la muerte de Varona, denunciaban sus distracciones en el ejercicio del espíritu o le reprocharon, como Rubén Martines Villena, su repugnancia al más rápido tempo revolucionario; los estudiantes rebeldes, Castro entre ellos, lo habrían de urgir para que se desprendiera del puro quehacer académico. Lo necesitaron los intelectuales y los hombres de acción, y ahí estuvo su mayor conflicto y su mérito, en la solicitud de dos mundos que parecen irreconciliables Cuando Castro supo que Mañach se le moría en el destierro de Puerto Rico, movió los resortes del poder para que volviera a Cuba —en manos amigas de Mañach anda el testimonio de la imprudente demanda—, a aquellas tierras en las que se le abría pesebre a la inteligencia para distraer y garantir el juego de la acción. La vida de un hombre como Mañach es ciertamente difícil: el reclamo de la vida espiritual y no con menos apremio la gestión pública. El mérito de Valdespino es el hábil seguimiento de esa dualidad, la cual, por milagro del estilo, muchas veces se diluye en la valiosa obra, pues eso tiene de noble el arte, que deja hundir la escoria para que flote el aroma, mientras que la vida revuelve en manos agitadas el fondo del error: en la urgencia del periodismo o en el desfallecimiento y asedio de la vida social, escribió Mañach páginas de menos brillo y virtud, como las que produjeron las grandes plumas de todos los tiempos, pero queda un saldo generoso para acreditarle la fama.

Valdespino ordena la obra ante nuestros ojos y señala los aciertos. Después de un capítulo biográfico —útil resumen en que se ha de apoyar el estudio crítico—, sigue el análisis de lo que el autor reúne bajo el título de “Ensayos Mayores”: son ellos “La crisis de la alta cultura en Cuba”, la “Indagación del choteo”, “La nación y su formación histórica”, “El estilo en Cuba y su sentido histórico”, y, quizá el más logrado de este grupo, su “Examen del Quijotismo”. De este magistral ensayo hace Valdespino una acertadísima exégesis: por el ajuste del idealismo y del realismo que veía en la obra de Cervantes, y para descubrir los rasgos de su carácter, dice: “A una mentalidad como la de Mañach, siempre en busca del justo medio y refractaria a todos los extremismos, es lógico que le seduzca esa visión de la obra cervantina. Si Don Quijote fracasa, no es porque su autor se oponga a todo idealismo, sino porque la conducta de su héroe —el quijotismo— equivale a un absolutismo, y según Mañach ‘todo absolutismo es una rigidez excesiva y una impaciencia contra la sujeción inexorable.’“

El capítulo tercero trata de Martí, el apóstol, la biografía de 1933. Coincide Valdespino con el juicio de Gabriela Mistral: había dicho de este libro —el que más reimpresiones ha logrado en Cuba, en lo que va de siglo— se caracterizaba por la “calma fervorosa”, y aquí se explica ese comedimiento también como reflejo del temple de su autor, producto de su “busca del justo medio entre los extremos”. Los dos últimos capítulos están dedicados al crítico y al costumbrista. Como al hablar del ensayismo en el capítulo segundo, Valdespino presenta lo que fue el género en Cuba para situarnos ante su figura. Logra así una mejor perspectiva para el análisis, el cual se convierte en descanso que impide la distracción del lector.   La obra crítica de Mañach aparece dividida en dos épocas que se califican de impresionista la primera, y de “analítica” la de sus últimos años: es la distancia que separa al joven de la revista de avance y de la insurgencia vanguardista —que el mismo Mañach confesó nunca sentir ni entender bien— y del ensayo “Heredia y el romanticismo”, de 1957. También el costumbrista tiene dos cumbres: en 1926 se inicia en el oficio con las Estampas de San Cristóbal; cierra su vida con las Visitas españolas, como si el destino hubiera querido señalar los extremos de una parábola en el corazón de Cuba y en el de España, las fuentes mismas de su aventura vital. Es en este capítulo donde Valdespino hace la radiografía del estilo: descubre las formas de adjetivación características, las construcciones bimembres, los rasgos de la prosa más discursiva y de la más lírica, las coincidencias —en el primer libro— con Valle Inclán y Azorín. Luego, advierte, “a pesar de toques impresionistas y de la voluptuosa complacencia con que el escritor se solaza en la contemplación de las cosas bellas, la prosa de estas Visitas españolas está mucho más liberada de las influencias ‘modernistas’ que la de las Estampas de San Cristóbal”; es la cuajada elegancia, la economía expresiva que hará antológicas muchas páginas de Mañach: véase esta descripción de Santiago de Compostela, desde una torre: “Gris, pardo, algún rojo quemado. Humo de hogares sobre el espejo mojado de las techumbres. Y un aliento frío, como de cripta, que parecía venir cargado de moho románico y de Edad Media”.

De la lectura de este libro sacamos una visión acabada del gran hombre de letras, de su obra escrita —con alguna exclusión que no se deja sentir en el abundante muestrario. Y a Mañach lo entendemos más olvidando aquellos reclamos que lo alejaron de su inclinación a la literatura, sin comprometernos con la imagen de lo que pudiera haber sido: sólo ante el Mañach escritor. Así él defendió a Goya, en la memorable conferencia que con motivo del Centenario del pintor pronunció en la Institución Hispano-Cubana de Cultura —no citada por Valdespino, como ninguna de sus crónicas de arte, omisión que se explica en el prólogo. Allí, en aquella conferencia, habló de las contradicciones de la vida singular, de la humildad a ratos que se opone a la larga soberbia, del anticlericalismo y alguna preocupación religiosa, del libertino y el caritativo, del afrancesado y el patriota, y comenta: “Es la tendencia corriente... hacer del hombre arquetipo un hombre ideal: querer formarle de una sola pieza neta y lisa, sin claroscuros ni borrones; pretender, en fin, que una total proceridad de conducta corresponda a la excelencia de su obra específica”; y al analizar el servicio de Goya al rey intruso de Francia, emplea su argumento preferido para justificar actos que si no mancharon su pluma sí le lastimaron el ala: porque nadie es completamente libre ante la situación creada, no se puede juzgar “como si las acciones, y sobre todo las omisiones, de un hombre respecto del poder público fueran siempre indicio de su voluntad”.

Libro utilísimo el de Andrés Valdespino, porque estudia y propaga el conocimiento de uno de los grandes valores literarios de Hispanoamérica, del mejor prosista de la Cuba republicana, del que, por haber muerto en excomunio castrista anda condenado al olvido. Libro que rinde el mayor provecho al lector porque analiza con objetividad una obra y una época que sólo la ignorancia o el fanatismo pueden excusar del mérito y el alcance que en justicia les corresponde.