Probar una verdad puede ser fácil, lo difícil es hacerla creer cuando, a fuerza de repetirse, una mentira empieza a parecer verdad. Y cuanto más se haya participado en el coro de las repeticiones, menos se ha de estar dispuesto a revisar el mérito de la opinión contraria. Creer es llevar unida una parte de nuestro ser a un principio, y cuando éste se quiebra, con él parece que se rompen las ataduras de la vida. El desgarramiento es más doloroso porque supone un vacío; por eso en todo fanatismo hay un miedo radical al desamparo, y el instinto de salvación nos hace preferir, de espaldas al viejo refrán, la mala compañía a la soledad. Yo sabía que el artículo “La Avellaneda y su vano amor a Cuba” iba a despertar opiniones contrarias, y no porque faltara fundamento a mi juicio sino por lo arraigadas de esas convicciones, producto de la reiteración y no de la prueba; defendidas a golpes de la emoción no del pensamiento, Hay dos Avellanedas, la que fue, según lo que sabemos de su vida y de sus escritos, y la que se ha inventado, producto de interpretaciones parciales o interesadas. Yo no hablé de ésta, y fue así que no estuvieron de acuerdo con mis juicios los que creen en una Avellaneda apócrifa con la que tienen comprometido su parecer. Hubiera querido dar una respuesta a cada disidente, y que todo contrario sentir fuera conocido de los lectores, no sólo por un principio de justicia sino también por su mérito, pero no ha sido posible y me veo obligado a contestar en conjunto a los que de alguna manera, siempre amable y generosa, expresaron su desacuerdo. No ha de ser tarea difícil pues, por lo regular, todos los que no asumen una posición completamente subjetiva, inciden en similares argumentos que podrían reducirse a lo siguiente: la época, su condición social y la vocación poética de la Avellaneda justifican su actitud ante los problemas de Cuba y, por otra parte, esa indiferencia ante ellos, no le resta sinceridad a su amor. Quizás aún haya que volver sobre algunos aspectos del asunto para que parezca más claro el personaje y para que en alguna medida, a todo aquel que mantenga cierta objetividad, se le desvanezca ese ente de ficción creado por la misma Avellaneda, la pereza critica y algunos intereses extra literarios que se han ido imponiendo en la imaginación de cultos y profanos. Cierto, no se le pueden pedir a la “divina Tula” determinadas ideas sobre el porvenir de Cuba, no hubiera sido ella la única figura importante en la primera mitad del siglo pasado que se mantuvo al margen de los sentimientos en contra de España. Lo que hace “vano” su amor es la mención parcial, calculada, de su patria, y el imperdonable silencio sobre los problemas de Cuba. En su carta de 1967 a los escritores soviéticos, Solzhenitsyn, el premio Nobel de literatura, rebelde a la presión oficial de su país, dijo: “La literatura que no sea el aliento de la sociedad contemporánea, que se atreva a no transmitir las penas y temores de esa sociedad, que no denuncie a tiempo los peligros morales y sociales que la amenazan, no merece el nombre de literatura, no es más que una fachada”. Veamos cual fue la “sociedad contemporánea” de la Avellaneda, cómo reaccionó ante los problemas del país. porque eso de querer más o menos, de ser más o menos sensible ante el dolor de los semejantes, siempre ha de ser un juicio relativo, y en este empeño de señalar calidades es imprescindible la comparación. Ni el medio, ni el nacimiento, ni la vocación poética —y menos ésta que ninguna— pueden justificar la apatía de la Avellaneda ante los conflictos de su época. Ni la mujer, sin limites por su condición social, ni la poesía, fueron ajenas a la tragedia del país. Mejor cuna que la de Amalia y Matilde Simoni —de padre y madre españoles—, Ana Quesada, Josefa Agüero, Concepción Agramonte y Ana Betancourt, por citar sólo a camagüeyanas, no la tuvo la Avellaneda, ni hogar que brindara más regalo y promesas, y supieron cambiar la comodidad y el privilegio por la incertidumbre del destierro y de la guerra. Por tantas mujeres como ésas se hizo popular entre los insurrectos una décima que cantaban en la manigua combatiendo a España:
Por eso dijo el historiador español Antonio Pirala al referir acontecimientos de aquella época “Las cubanas son las que han hecho la insurrección de Cuba. Ellas, si no fueron las primeras en sentir los impulsos de la dignidad ultrajada, fueron las primeras en manifestarlos. Antes de la insurrección se despojaron de sus joyas por hierro; y después que estalló, como las matronas de Roma y de Esparta, le señalaban a las suyos y les decían: ‘¡Ahí está vuestro puesto!’ y los seguían y compartían con ellos todos los azares de la lucha, todos los rigores de la intemperie. Éstas son las mujeres de Cuba”. Hacia 1850 había escrito un poema Pedro Ángel Castellón, también hijo de español,
Y cuando los soldados de España apresaron a la mujer de Ignacio Agramonte, respondió así a las amenazas que le pedían su deshonra: “Primero me cortará usted la mano que hacerme escribir a mi esposo que abandone la causa de la patria”. Para el propósito de estos apuntes cabe recordar, entre las poetisas nacidas en la primera mitad del siglo XIX, virtuosas como las anteriores mujeres, a Úrsula Céspedes de Escanaverino que perdió cuatro hermanos al iniciarse la insurrección de Yara: su padre, ya viejo, fue vejado en la cárcel, y murió del tormento. Ella y su esposo fueron perseguidos hasta refugiarse en Cienfuegos; con motivo de la muerte del padre en Bayamo recordaba en esta elegía:
Sin los medios de fortuna de la anterior, tuvo Luisa Pérez de Zambrana alturas en la poesía que honran las letras de Cuba. Por sus ternuras y su delicadeza, parodiando la frase que se dijo de la Avellaneda, de ella afirmó Francisco Calcagno: “Es mucha mujer, esta mujer”. Tres de los amigos de su circulo íntimo, en Santiago de Cuba, murieron fusilados por los españoles: Manuel Borges, José A. Collazo y el poeta Francisco Muñoz Rubalcava; otros fueron al destierro. Amante excepcional, tuvo siempre presentes las calamidades de su país; el año de los ajusticiamientos de Francisco Estrampes y Ramón Pintó, preguntaba al sol por los crímenes de que era testigo:
Poco después del segundo viaje a España de la Avellaneda, Sofía Estévez, también de Camagüey, excitaría al país con sus cantos de guerra:
¿Y la Avellaneda? Tantas veces que mencionó a Cuba y no hay ni una alusión a sus penas, excepto la lejana que hizo al falsificar su oda a Isabel II en 1869, que se menciona en el trabajo anterior. Alguna vez habla de la libertad pero por sus intereses monárquicos, no puede desarrollarse mas allá del obligado tema del romanticismo. Y cuando habló de Cuba fue siempre en función —más o menos sentida— de lo que para ella significaba el distanciamiento, desde una posición egoísta, nunca por lo que acontecía en su patria. Cuatro año más joven que ella, el habanero Francisco Orgaz, cuya vida tiene un curioso paralelismo con la de la Avellaneda, escribió una carta rimada a su colega español Zorrilla expresando sus deseos de que viniera a residir a Cuba, pero le advierte:
La Avellaneda acababa de salir de Cuba. Poco después, también a España va Orgaz, a terminar sus estudios. Pero no olvida el dolor de su patria; el mismo año que la Avellaneda publicó su primer libro de poesías aparece en Madrid el de Orgaz, que empieza así:
Y, por supuesto mientras las”Poesías de la señorita doña Gertrudis Gómez de Avellaneda” circulaban en Cuba, con el beneplácito de las autoridades españolas que entretenían sus ocios leyendo aquellos versos inocentes y asesinando esclavos para combatir las insurrecciones negras, los “Preludios del arpa”, el libro de Orgaz, se prohibió en la isla. No son sus versos tan felices como los de su compatriota; sí por el fervor, más gratos al oído cubano. `No olvidó Orgaz las penas de los suyos por estar residiendo en España, como numerosos hijos de españoles que sus padres enviaron a la península para ahogarles el sentimiento de lo cubano. Poco antes de la muerte de la Avellaneda, el gran puertorriqueño Eugenio María de Hostos, en uno de sus escritos en favor de Cuba, dejó constancia de tan impresionante verdad; dijo: Los españoles, que han hecho en Cuba todos los males, los que proceden del horror, los que nacen de la pasión desenfrenada, los que genera una voluntad mal dirigida no han podido hacer el único mal que hubiera condenado a Cuba al horror eterno de ser española: ¡no han podido hacer hijos españoles! Se mezclaron con las indias y salieron cubanos; con las negras, y salieron cubanos; con las mulatas, y salieron cubanos; con extranjeras y nacieron cubanos; con españoles, y hasta la española procreó cubanos; los educaron en el amor de España, en el odio a Cuba, y fueron cubanos en su amor a Cuba oprimida en su odio acervo a la opresora España; les instruyeron en el fanatismo del Dios español, del rey español, de la grandeza española, y fueron cubanos en su fanatismo contra todos los fanatismos españoles; los mandaron a España a olvidar a Cuba, y volvieron a Cuba maldiciendo a España. Francisco Orgaz regresó, muchos años después, a su patria, y en Cuba murió, un mes más tarde que su compatriota, muerta en Madrid, el 4 de abril de 1873. En el año de publicación del tomo primero de las Obras de la Avellaneda, el primer crítico argentino, Juan María Gutiérrez, escribió desde Buenos Aires: Cuba merece simpatía y ha conquistado el derecho de ser libre por el esfuerzo de sus poetas. Contaría entre sus hijos guerreros y oradores como los cuentan en crecido número las repúblicas de nuestro continente. Pero donde no hay tribuna parlamentaria, donde la palabra y la conciencia están atadas, donde la espada no es del pueblo sino del condecorado con las insignias militares en la corte de Madrid, ¿que otra manifestación puede quedarle a la actividad del espíritu y al fervor de la sangre sino la que toma la imaginación y el sentimiento dentro del molde poético esencialmente multiforme y dúctil: “J'aurais été soldat si je n'étais poète”, puede repetir todo escritor cubano. Militan como pueden, y a fe que no manejan un arma sin filos. Ellos reclutan a favor de su país numerosos soldados para el ejército que jamás perdió una batalla, para el ejército de la opinión, Donde quiera que una página de los poetas citados, o de Foxá o de Mendive o Milanés, es leída, allí se conquista la causa de la libertad cubana, una voluntad y un corazón, es decir, un anhelo generoso que se incorpora como partícula de vida a la atmósfera de la opinión propicia a la independencia de aquella hermosa isla. Medio siglo de denuncias, prédicas y quejas de los poetas cubanos llegaron hasta la impasible Avellaneda, tan sorda al dolor de los suyos cuán ligera a los llamados del amor y de la fama. Había preguntado Heredia, en su sorpresa por la maldad de los gobernantes españoles, entre sus magníficas denuncias:
Algunos cubanos prefirieron volver los ojos al poderoso, a España, donde era fácil, a costa de la virtud, conseguir halagos y fortuna. Y dijo Leopoldo Turla con desprecio por los que volvían la espalda ante los problemas de su pueblo:
La Avellaneda perteneció, también al grupo de escritores que limitaron sus obras, con referencia a lo cubano, a lo superficial y pintoresco. Así lograban no indisponerse con los que manejaban la critica, no veían disminuidos sus nombres y lograban la publicación de sus obras. Contra ellos clamaba Milanés, nacido también en 1814; habla con Cuba, y le dice:
Pero por cada uno que se mantuvo indiferente hubo muchos que sintieron la pena, por eso la Avellaneda es excepción, y más notable cuanto que fue, después de Heredia, la figura de más prestigio en la poesía de la primera mitad del siglo XIX; pero “el cisne peregrino”, como ella lo llamaba, no contó con el favor de la corte ni críticos influyentes, lo que hizo más famosa en vida a la poeta. Hasta el tímido Plácido dejó escrita su protesta en “las alas del cisne”, como luego dirá Darío por el abuso de otro imperio: poco antes de que la Avellaneda cantara “la clemencia” de Isabel II fue fusilado en Matanzas el poeta humilde que había jurado al terminar un soneto,
Cuando en Madrid la aristocracia recitaba los poemas monárquicos de la Avellaneda (“A su majestad la reina cuando la declaración de la mayoría”, las dos odas premiadas, “El Escorial”, “A su majestad la reina en sus días”, etc), en la misma ciudad donde ella había nacido, las tropas de España, precisamente el Regimiento Isabel II, fusilaban a Joaquín de Agüero, y en Trinidad era ejecutado el joven poeta Hernández Echarri, que dejó escrita una arenga de la que son estos versos:
Y por aquellos mismos días, deportado por el general Concha, Pedro Santacilia compuso estos versos, en Sevilla, al expresar los sentimientos que le provocaban los abusos de la metrópoli:
Al aumentar la represión crecía el sentimiento de nacionalidad, Miguel Jerónimo Gutiérrez, que va a dar luego su vida por Cuba, en la Guerra Grande, advierte el espíritu que domina al país;
Otros marchan al exilio, y explican, como Zenea en sus versos:
Así se fueron convirtiendo en soldados sus poetas. Como si hubiera de ser el ejemplo que luego serviría a Juan María Gutiérrez, dicen los versos de José Fornaris, en su “Cuba mártir”:
No podrá nunca decirse, sin faltar a la verdad histórica y cometer grave injusticia con los contemporáneos de la Avellaneda, que, en vida de ella, la preocupación por Cuba, los sufrimientos por sus conflictos y los esfuerzos para librarse del dominio español fueron excepcionales. Aquí se han señalado, nada más que como ejemplo, algunos casos de poetas. Junto a ellos hay numerosos cubanos que hicieron suya la causa de su patria. En tres tomos y más de mil páginas describe el historiador Vidal Morales y Morales las conspiraciones, alzamientos y desembarcos de aquella época contra España, de los que él llamó Iniciadores y primeros mártires de la Revolución Cubana. No puede alegarse, en defensa de la Avellaneda desconocimiento de lo que sucedía en la isla: nada prueba mejor lo atenta que estaba a los acontecimientos que su airada protesta desde Sevilla cuando Joaquín Lorenzo Luaces y José Fornaris la quisieron excluir de la antología “La lira cubana”. Además, estaba ella unida por lazos de sangre a muchos patriotas, y es imposible suponer que su hogar no conoció las aspiraciones y penas de tantos parientes ilustres. Desde los días de su nacimiento las mejores familias de Puerto Príncipe estuvieron representadas entre los que conspiraban contra España, o con los que fueron a Colombia a pedir ayuda al Libertador, o los que luego participaron en la conspiración de los Soles y Rayos de Bolívar. Era aún la Avellaneda una jovencita cuando ahorcaron en su ciudad natal a Frasquito Agüero y Andrés Manuel Sánchez —el primero pariente de la madre. Camagüey decían los españoles, fue siempre un “nido de víboras”, por el número de desafectos al régimen metropolitano. Francisca Arteaga, la madre de la Avellaneda, tuvo familiares cercanos en diversos planes contra España: Manuel Arteaga Borrero fue miembro de la Sociedad Libertaria de Puerto Príncipe; el “Manifiesto a los habitantes de la isla de Cuba, y proclamación de su independencia”, cuando el levantamiento de Agüero, aparece firmado por Waldo Arteaga Piña; la Declaración de la hacienda de San Francisco del Jucaral, del 4 de julio de 1851, está firmada por un hermano del anterior, Ubaldo Arteaga; y en esos días fue condenado a garrote, aunque luego se le conmutó la pena por diez años de prisión en Ceuta, a José Agustín Agüero y Arteaga: así aparecen unidas la familia del más ilustre conspirador en Camagüey al mediar el siglo, y la de Francisca Arteaga, Y estos parentescos son por linea directa, que por matrimonios de tíos y primos estuvo unida a los Betancourt, a los Arango, los Sánchez, los Cisneros, los Quesada, los Recio, los Barrero y los Agramonte. A pesar de estos antecedentes, porque los ocultan o los ignoran, los avellanedistas tratan de justificar a la poetisa como si no hubiera tenido ocasión de conocer los problemas de Cuba y, aun peor, como si durante su vida —digamos sólo hasta que cumple cincuenta años— no se hubieran presentado situaciones que pudieran merecer la atención de una figura como ella. Al celebrarse el centenario de su nacimiento, en 1914, el gobierno cubano, que no se había preocupado de editar las obras de Martí, bajo la presión de intereses hispanizantes, conservadores y religiosos, que habían hecho de la Avellaneda un símbolo de sus ideas, autorizó un crédito especial para la publicación de seis lujosos tomos de sus escritos. En aquella oportunidad Mariano Aramburo y Machado, vocero de las glorias de España en América y tribuno obligado en las fiestas de los Centros Regionales de Cuba, antiguo miembro del reaccionario partido Unión Democrática —formado en su mayoría de viejos autonomistas e integristas— y defensor del clero peninsular en el país, dijo en un ampuloso discurso que luego sirvió de introducción a las mencionadas Obras Completas: A su patria dio buena parte del robusto caudal de amor que su alma alimentaba, toda la que naturalmente correspondía a las particulares condiciones de su casa, de su tiempo y de su vida. No lo ignoren los ridículos negadores de su cubanismo, que para no ver incompleta su figura quisieran admirar en ella la bravía amazona que capitanea huestes revolucionarias o a lo menos la astuta misionera de alguna conjuración libertadora, actividades por entonces harto apartadas de la realidad histórica en Cuba y que legítimamente debieron hallarse, por tanto, muy remotas de las aspiraciones de una dama como la Avellaneda. Sólo así, falsificando la historia, se la puede disculpar. Y tras esa adulteración de la realidad vienen otras: se habla, por ejemplo, de su amor a Cuba porque dedicó al final de su vida —en crisis la aristocracia española por la revolución de Septiembre, y abandonada por sus antiguos admiradores— las obras completas a su “isla natal”, pero no se dice que en su testamento donó “la propiedad” de todas sus obras literarias a la Real Academia Española de la Lengua; se habla y se repite el puñado de versos en que trata de Cuba, pero no se dice que excepto “Munio Alfonso”, que dedicó “a los habitantes de la Habana”—que luego cambió a su hermano Miguel—, y “El artista barquero”, que ofreció a la condesa de San Antonio (Antonia Domínguez y Borrell, cubana casada con Francisco Serrano, “el general bonito”, amante de Isabel II), todos sus libros están dedicados a españoles: al poeta Quintana, al conde de San Luis, a José Zorrilla, al príncipe de Asturias, a Alberto Lista, a Juan Nicasio Gallego, al duque de Frías, a la actriz Bárbara Lamadrid, a Isabel II, al duque de Valencia, al infante Francisco de Paula, a la duquesa de Montpensier, etc. ¿Dónde está la sustancia de su amor a Cuba? Sus deseos de irse a España a los veintidós años, su silencio sobre todo lo que ocurría en la isla, su regreso obligado por la sinecura y la poca salud de su esposo, su segunda salida en cuanto se queda viuda, ¿pueden todos esos testimonios de su indiferencia, de su desprendimiento por las cosas de su patria, disimularse tras el fúlgido epitetario con que describió las bellezas del país? No, y aun esos mimos y caricias hay que verlos en función de los que prodigó en otras de sus composiciones: la Avellaneda, no es solamente la del soneto “Al partir”, la de la elegía a Heredia, la del romance “En el Álbum de una señorita cubana”, de la respuesta “A una poetisa habanera”, de “La vuelta a la patria” y de las cuatro o cinco composiciones que escribe durante su residencia en la isla, ésa es una pequeñísima parte de su producción lírica —que es a su vez, la porción menor de toda su obra literaria— la Avellaneda es la cantora de los triunfos de España, del “dos Mayo”, del “pendón castellano”, de “La gloria de los Reyes”; la Avellaneda es la que llama a Zorrilla “genio fecundo” y “alma gemela”, a Quintana “vate soberano” y “gran patricio”, a Gallego “pontífice feliz de la belleza”, y al mediocre escritor Nicomedes Pastor Díaz, que tanto la elogió, “genio sublimado”. La Avellaneda es la admiradora de las flores y brisas del Betis, de la “encantada región”, de los “verdes castaños”, y de los “álamos blancos” del “Paisaje guipuzcoano”, de la “tierra noble” de Vizcaya; de “El Escorial”, de la riqueza preciosista de “Los reales sitios”, del “Borbón-edén” de San Idelfonso: de toda España, a quien llama “hermosa patria mía”. La Avellaneda es la autora de los ditirambos a la aristocracia española, enriquecida en el saqueo de las colonias; primero a Isabel de Borbón: “fausto nombre”, “ángel regio”, “joven augusta”, y luego a los duques, condes y baronesas de la corte real. Ésa es toda la Avellaneda, la verdadera en el marco de su vida, cuyos dos más famosos amantes son españoles, Cepeda y Tassara, cuyos dos esposos son españoles Sabater y Verdugo, cuyos mejores amigos y amigas, son españoles, la que confiesa en su carta del primero de agosto de 1847 que ha rechazado a un joven que la enamora porque es habanero “lo cual”, dice, “es para mí un gran defecto”. Habría muchos compatriotas suyos que nos acecharían con espanto desde el siglo pasado al vernos, también víctimas de un déspota, dispersos por el mundo, haciendo elogios a aquella mujer cuyos versos magníficos estuvieron siempre al servicio de la tiranía mientras guardaban silencio ante el cadáver de El Lugareño y el de Luz y Caballero, ante los incontables mártires y abusos de la intransigencia española. No seamos injustos con una época y unos cubanos que nos honran, por disimularle las culpas a quien, como cubana, no nos honra. Sí, llevó el nombre de Cuba a todos los confines del universo hispánico, pero con él llevo, aún con mayor boato, el nombre de sus verdugos. Dejémosla en el pedestal que ella misma se construyó, a la sombra de sus versos, de sus leyendas y sus dramas, que otra cosa no buscó en la vida que el placer de sus amantes, el favor de la fortuna y el consuelo de la religión. Todo el que no niegue por capricho la evidencia de lo que fueron la Avellaneda y los cubanos de su época, ha de suscribir este juicio, tan valioso como olvidado por nuestros críticos, de Rafael Matamoros, el erudito y poeta habanero, secretario de la Sociedad Económica, cuyos “Romances” quedaron inéditos por su denuncia antiesclavista, y que escribió en 1842, al salir en España el primer libro de la poetisa: “La Perla del Mar (Cuba) puede decir a la señorita Avellaneda: ‘Tus armonías me arroban y me hacen delirar, me vanaglorio de ser tu madre y de haber mecido tu cuna; pero te confieso con dolor que no eres tú mi poeta; no, en esas inspiraciones que has tenido a orillas del Betis y del Manzanares, no te has acordado de mí’“. Y tanta verdad encerraban las palabras de Matamoros —parte de la primera crítica seria de un cubano sobre la Avellaneda— que trece años más tarde, cuando ella está en el apogeo de su fama, las reproduce Rafael María de Mendive, el maestro de Martí, en su Revista de la Habana (IV, 141-143), como prueba de su vigencia. Entonces, hoy, y siempre, por todo lo que aquí queda expuesto Cuba, “con dolor”, tendrá que decirle a la Avellaneda: “No eres tú mi poeta... No te has acordado de mí”. También como ella hay en nuestros días escritores cubanos que callan el crimen por buscar la gloria, también hay poetas que cantan o no les importa la traición, también hoy la fama de algunos literatos se paga a precio de la honra. Yo miro con el mayor desdén la letra impresa con la cobardía del hombre y la vanidad del artista. Yo no he descubierto las culpas de la Avellaneda por el torpe deleite de conmover un ídolo falso: por el solo ejercicio crítico no se hurga en la vida de una mujer para señalar su casta y rebajarle mérito. Lo he hecho, primero, porque consideré imperdonable injusticia el ruido por el centenario de la Avellaneda ante el silencio por el centenario de Ignacio Agramonte y los otros mártires de 1873, y luego, para advertir a los Avellanedas de hoy, en la medida limitadísima que pueda alcanzar mi palabra, del juicio de la posteridad con sus veleidades literarias, con sus tolerancias ante el delito —sea del oro o del hierro—, con el olvido de sus deberes de escritor. |
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