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LA AVELLANEDA Y 
SU VANO AMOR A CUBA
 
  La pose romántica
  El juicio de sus contemporáneos
  Ocaso, transfiguración y muerte
  El juicio de Martí

Andamos los cubanos con apuros de homenajes a la Avellaneda por cumplirse este año el centenario de su muerte. La devoción por la literatura, por la letra impresa, ha hecho olvidar, con honrosas excepciones, que también en 1873 murió Ignacio Agramonte. De ese olvido podrían sacarse tristes conclusiones, porque bien medidas las figuras, sin que el mérito artístico ciegue el ojo que nunca ha de cerrarse, la Avellaneda merece un recuerdo nuestro cuando se haya recordado cien veces a Agramonte, y varias a los otros patriotas que también dieron su vida por Cuba en la misma fecha: Bernabé Varona, Pedro de Céspedes, Agustín Santa Rosa, Jesús del Sol, Herminio de Quesada —fusilado a los diez y ocho años— y los demás mártires del “Virginius”.

Se ha dicho que la Avellaneda es una escritora española. Los argumentos para probar que pertenece a la literatura cubana son tan convincentes que, en su defensa, hemos llegado a imaginarla sincera en sus sentimientos de lo nuestro. Aunque abundan, son demasiado precipitadas esas conclusiones sobre su amor, nostalgia y emoción por Cuba. Que habló con frecuencia de su patria, y con hermosas palabras, nadie lo pone en duda. Podría hasta hacerse un catálogo de los epítetos, elogios y mimos que empleó al hablar de ella. No es tan fácil sin embargo, encontrar en su biografía actos que respalden esas palabras de amor y hagan sentir sinceras sus efusiones de cariño.

Los puntos más altos de su lírica, en relación con lo cubano, son dos composiciones de cuando aún tiene fresca la imagen de su tierra: el soneto “Al partir”, y los versos “A la muerte de José María Heredia”. El primero es de 1836, el otro lo compuso ya en España, tres años más tarde. Dice en aquél: “¡Adiós, patria feliz, edén querido!,/ Doquier que el hado en su furor me impela,/ Tu dulce nombre halagará mi oído!” En el otro describe una pena tan sonora y bien cantada que parece conmoverse por lo que simboliza Heredia, no el de sus últimos años de enfermedad y contradicción, sino el desterrado político, el patriota, el cantor de la naturaleza cubana. Pero si comparamos estos versos con los que dedicó a Espronceda por su muerte, en 1842, descubrimos similares expresiones y sentimientos de desolación: “Mas ¡ay! pregunta mi dolor en vano:/ Sólo un gemido el corazón exhala,/ Y no osa el labio articular el nombre/ Del que era un genio ayer, y ya no es hombre”. ¿Y el que trata de su adiós a Cuba? Veamos qué dice a Cepeda de los motivos y sentimientos de su partida; en una carta que nunca pensó saliera de las manos del amante, le habla del padrastro quien deseaba regresar a Galicia: “Presuadióse que moriría si no se venía a España, y como no aborrecía la vida como yo, determinó realizarlo. Este proyecto me sacó de mi desaliento, deseaba otro cielo, otra tierra, otra existencia; amaba a España y me arrastraba a ella un impulso del corazón”. Recuerda entonces el día primero del viaje y se conmueve, “Perdone Vd.” le dice, “mis lágrimas manchan este papel; no puedo recordar sin emoción aquella noche memorable en que vi por última vez la tierra de Cuba”. Y rodaron de sus ojos tan precisas que quien transcribió la carta puso esta nota al pie: “Aún se ven en el manuscrito las manchas de las lágrimas”.

La pose romántica

Cuando la Avellaneda embarca hacia España, en 1836, está bien establecida la moda de viajes y destierros entre los escritores y los personajes románticos. No quiso la Avellaneda privarse de esa posición tan socorrida, de ese destino —a veces simple pose— tan del gusto de la época. Aunque le faltan los motivos de Heredia, ella envidia en secreto la vida del gran desterrado que logra con su pena mayor fuerza en las creaciones. Por eso lo primero que anota en su Cuaderno de Apuntes, cuando inicia el viaje, son los versos de Heredia: “Feliz el pino, el que jamás conoce/ Otro cielo ni sol que el de su patria”. Y a continuación se entrega a evocar a Byron, a describir los sentimientos del poeta inglés ante el mar, la noche y la luna. Desde entonces, la Avellaneda, al igual que las lágrimas en la carta a Cepeda, dejará el nombre de “patria” en sus versos como testimonio de un concepto que nunca llega a entender. Había dicho Heredia en “Los placeres de la melancolía”: “¡Patria...! ¡Nombre, cual triste delicioso/ Al peregrino mísero que vaga/ Lejos del suelo que nacer lo viera!”. La Avellaneda se enamora de la dualidad antitética “triste-delicioso”, y adopta el seudónimo de “La peregrina”.

Se ha dicho, y con razón, que uno de los rasgos que igualan a los románticos es el deseo de verse expatriados, y si por necesidad, tanto mejor. La nómina de escritores que vivieron lejos de su tierra durante las primeras décadas del siglo XIX es impresionante: Chateaubriand emigra a Bélgica y luego a Londres durante la Revolución; en dos oportunidades Madame de Staël tiene que salir de Francia; Alcalá Galiano y el Duque de Rivas se refugian en Gibraltar en 1824, y de ahí salen desterrados; Espronceda se compromete con la conspiración de Riego y tiene que vivir en el extranjero hasta que vuelve a España para ser de nuevo deportado; a Byron lo obliga a alejarse de Inglaterra la adversa opinión pública; Shelley, cuando sedujo a la joven Mary y abandonó a su esposa —el mismo año en que nació la Avellaneda— va a parar a Suiza; Heine llega a París en 1830 para añorar desde Francia la vegetación, el idioma y las mujeres de Alemania; Lamartine, que gustaba llamarse “hoja desarraigada” que arrastraban los vientos tempestuosos, había iniciado en 1820 sus versos de soledad por la lejanía del hogar paterno; el poeta italiano Ugo Foscolo convivió en Londres con la emigración de cientos de liberales españoles; y desde principios del siglo Francia e Inglaterra se reparten los desterrados hispanoamericanos; Miranda, Bolívar, Andrés Bello, Esteban Echeverría, Manuel E. Gorostiza, y tantos otros.

La Avellaneda se fue de Cuba por la inquietud de su espíritu aventurero, pero sin ningún motivo racional, sin causa alguna. Logrado su propósito no le fue ingrato mezclar su voz con aquéllas ilustres que cantaban la patria perdida, pero mientras que a Heredia, Madame de Staël, o el Duque de Rivas se les descubre la sinceridad y nos conmueve su suerte, ella, lejos de Cuba porque así conviene a sus intereses amorosos y literarios, parece falsa, como si declamara en una de sus obras dramáticas. Por eso en el cuadernillo tercero de sus Apuntes, al evocar la “Feliz Cuba,” su “cara patria”, y agregar otras ternuras semejantes, confiesa estar glosando un pasaje de Delavigne, del primer acto de Marino Faleiro.

Cuando escribió su composición “A las cubanas”, pide “que aquí término el cielo ponga a mis días,/ Y que aquí el sonido postrero de mi lira vague perdido”, pero cuando no le interesaba regresar a Cuba le reprocha a la habanera Luisa Franchi Alfaro, también poeta, la voluntad de regreso que la reclama en la Isla; le dice: “¿Por qué a la indiana pradera,/ Mansión de luz y de flores,/ Anhelas que mi arpa austera/ Vaya a exhalar la postrera/ Vibración de mis dolores?” Y añade que ella ha de quedarse “a la orilla del humilde Manzanares” por la deuda de gratitud que tiene con España: “Si orna algún lauro mi frente, / En esta orilla nació”; y luego: “De España en el noble suelo/ Descanse rota mi lira”.

En “La vuelta a la patria”, sin embargo, se viste de cubana, y escribe: “¡Salud, salud, nobles hijos/ De aquesta mi dulce patria!/ Hermanas que sois su gala!”; pero cuando habla de Zorrilla, es el autor del Tenorio el “hermano”, ya que “una fe tienen,/ Un Dios adoran/ Y de una patria vienen,/ Y a la par la lloran”. Desde su más antigua composición hasta la “Serenata de Cuba”, la Avellaneda gusta de llamar a su isla “perla”, pero cuando los versos miran hacia España, la joya se convierte en un adorno de la “corona de Castilla”, como en la oda al anciano Quintana.

El juicio de sus contemporáneos

La Avellaneda siempre quiso a Cuba española: el himno que compuso en Cárdenas, a Cristóbal Colón, condena a Santo Domingo “porque abjuró la sombra materna”. Por eso la vieron con tanto recelo y disgusto los cubanos cuando regresó a su patria. De aquel acontecimiento escribió Enrique Piñeyro:

 Había llegado a la Habana, no simplemente como cubana deseosa de visitar la patria mucho antes abandonada, ni tampoco a título único de gloriosa poetisa, sino como esposa del coronel don Domingo Verdugo, uno de los militares del séquito del general don Francisco Serrano, nuevo gobernador, superior de la isla; y Verdugo llegaba de antemano designado para algún cargo militar, para ser, como en efecto sucedió, uno de los pequeños sátrapas que ponían a la cabeza de las circunscripciones militares en que estaba dividido el país con objeto de sujetarlo mejor. Esta particularidad esencial entonces, en aquella tierra pésimamente gobernada, mantuvo alejados de la poetisa y su marido a muchos, principalmente entre los jóvenes aficionados a las letras, que no habían querido tomar parte activa en la proyectada apoteosis, aunque se abstenían de oponerse abiertamente a ella. Yo fui de ese número, y bien recuerdo que algunas de las veces en que vi a la Avellaneda pasar sentada en el “quitrín” abierto a la usanza del país, y al lado de su marido, sentía acudir a mi mente aquellos versos del Rimoroso de Berchet: È la donna d’un nostro tiranno,/ È la sposa dell'uomo stranier”.

Al juzgar una figura del pasado conviene conocer la opinión de sus contemporáneos, José Fomaris incluyó a la Avellaneda en su Cuba Poética, de 1858, con algunas selecciones que seguían una elogiosa nota biográfica; pero cuando la vio venir casada con el amigo del Capitán General y tan comprometida con la metrópoli, compuso este soneto que circuló entre los que le censuraban su indiferencia ante los problemas de su país:

 Esa torcaz paloma dejó el nido
Cuando apenas sus alas se entreabrieron
Entre las plantas que nacer la vieron
Bajo la luz del trópico encendido.
 Los campos exhalaron un gemido,
Los bosques a la par se estremecieron
Y las índicas palmas repitieron:
“¿A do se va volando? ¿Do se ha ido? “
 “A España”, dijo en su partida ufana,
Rompiendo el lazo del paterno yugo
Que la ligara a la región indiana.
 Hoy vuelve a Cuba, pero a Dios le plugo
Que la ingrata torcaz camagüeyana
Tornara, esclava, en brazos de un verdugo.

Poco después, el propio Fornaris, ayudado por Joaquín Lorenzo Luaces, quiso preparar una antología con el título de “La lira cubana”. Del proyecto, pues nunca se imprimió, excluyeron a la Avellaneda. Iban a incluir a Zenea, Luisa Pérez de Zambrana y a su hermana Julia, a Ramón de Palma, Alfredo Torroella y a otros poetas en los que la naturaleza de Cuba había dejado huella notable. A las protestas de la Avellaneda, disgustada por la exclusión, contestó Fornaris, y con mayor amplitud dijo años más tarde:

 Antes la habíamos colocado en Cuba Poética. Ahora, como entonces, diremos que en “La lira cubana” se trató de hacer un estudio sobre la influencia que ejercen en los poetas el lugar en que han vivido, las personas que han tratado, la naturaleza que los rodea, el medio, en fin en donde su genio se inspira y se desarrolla... Se acordó unánimemente que la Avellaneda, por más amor que tuviese a Cuba, estaba fuera del tema de “La lira cubana”, y que no nos ocuparíamos de ella; y al contrario, que Iturrondo, hijo de Cádiz, por más que amase a España, pues en Cuba se desarrolló su genio, sería objeto de un estudio en el citado libro. Se dijo entonces en absoluto que no habíamos querido dar lugar a la Avellaneda en “La lira cubana” por ser adicta a España y a Isabel II. Nuestros contrarios, por la vaguedad de sus escritos, contribuyeron a fomentar estas ideas, y el censor dejaba incólumes sus ataques y cercenaba o borraba del todo nuestras réplicas.

Ocaso, transfiguración y muerte

Cuando la Avellaneda regresó a Cuba, en 1859, habían pasado veintitrés años desde su viaje a España. Su “Vuelta a la patria” fue para buscar un clima más benigno a la quebrantada salud del esposo: Cuba era un último recurso después de infructuosas tentativas en los Pirineos, Cataluña y Valencia. Al enviudar en Pinar del Río, en 1863, igual que cuando la muerte en Burdeos del primer marido, ingresa en un convento. Pronto desiste de continuar la vida religiosa, y apenas transcurridos seis meses de viudez, se vuelve a ir de Cuba.

Ya empezaba a declinar su fama y siente el agobio de tanto infortunio. Se dedica entonces a poner en orden sus escritos que publicará a partir de 1869. La intranquilidad política de España le hace pensar en un nuevo viaje. Cuba, por supuesto, no es una de las posibilidades: asustada por el destronamiento de la reina, y la fuga o desgracia de muchos de sus amigos de la nobleza, dice a Antoine Latour en carta que cita Piñeyro: “Le aseguro, mi estimado amigo, que va entrándome grandísimo desaliento respecto a la cosa pública, pareciéndome que este pobre país español lleva en lo más íntimo de su naturaleza el germen mortal... Mucho desearía arreglar aquí mis negocios para poderme marchar a Portugal o Francia aunque, a decir verdad, no creo que en este último punto se vea el horizonte más claro que por acá”. Así, cuando España dejó de ser el feudo monárquico del que ella se beneficiaba, y cuando se manifiesta el olvido y la ingratitud de sus antiguos admiradores, la Avellaneda dedica sus obras a Cuba “en pequeña demostración de mi grande afecto”, dice, sin darse por aludida de la guerra que han declarado sus “hermanos” a la tiranía española. Tan sola había quedado que su entierro pareció el de su fama. Así nos lo describe Juan Valera:

 Ya entonces preocupada la gente con los asuntos políticos y marchito y agostado el entusiasmo por la literatura y la poesía que el romanticismo había creado y fomentado, la alta fama de la Avellaneda había venido a eclipsarse, aunque para revivir como debe revivir y revive con inmortales resplandores entre cuantos sienten y comprenden la hermosura. Yo asistí al modestísimo entierro de la poetisa. No llegaban a diez los individuos que la acompañaron a su última morada. Entre ellos, don Luis Vidart era el único que yo conocía.

En Madrid se habían reunido numerosos cubanos, emigrados políticos y familias que huían de la guerra; entre ellos Martí —quince días después de la muerte de la Avellaneda sale de la imprenta de Segundo Martínez su folleto La República española ante la revolución cubana— y sólo dos de sus compatriotas asistieron al entierro: José Ramón Betancourt y Teodoro Guerrero, que más bien era español; Martí ni lo menciona.

Pero antes de su muerte la infeliz poeta habría de dar otra muestra de la debilidad e inconstancia de sus afectos y convicciones. Por la vanidad de que sus obras pudieran circular en Cuba, suprime de ellas la novela Sab, que lastimaba los intereses esclavistas en la isla; y para mortificar a los españoles que le han vuelto las espaldas, se atreve a alterar unos versos de su oda a Isabel II. Los transcribimos porque el cambio es bien elocuente. Decía una estrofa del poema tal como lo publicó en 1843 y reprodujo en su libro de 1850:

 ¡Salud, regia beldad, virgen divina!
Su magnánima frente
A tu planta inocente
La nación fiera de Pelayo inclina,
Y allá en el Occidente
La perla de los mares mejicanos,
Al escuchar de nuestro aplauso el grito,
Entre el hervor de sus inquietas olas,
En alas del viento
Con eco fiel devolverá el acento
Que atruena ya las playas españolas!

Y en sus Obras literarias, de 1869, que son iguales a las impresas en Cuba con motivo del Centenario de su nacimiento, aparece así.

 Salud ¡joven real!, mientras su frente
A tu planta inocente
Esta patria del Cid gozosa inclina,
Recuerda que en los mares de Occidente
—Enamorando al sol que la ilumina—
Tiene tu corona
La perla más valiosa y peregrina:
Que allá olvidada en su distante zona,
Do libre ambiente a respirar no alcanza
Con ansia aguarda que le lleve el viento
—De nuestro aplauso en el gozoso acento—
La que hoy nos luce espléndida esperanza

Como se ve, la soberana ha pasado de “regia beldad... virgen divina” a la modesta condición de “joven real”; desaparece aquello de “magnánima frente” y sólo queda lo de “planta inocente”. Cuba, por su parte, la “perla de los mares mejicanos”, dice en 1843, se hará eco del aplauso de la nación española. Pero luego cambia los últimos versos y aparece diciendo en el pasado lo que no se atreve y debió decir en el momento del cambio. Por eso comenta Cotarelo Mori, quien señaló la falsificación: “Al reimprimir la autora en 1869 esta poesía, lo hizo alterando no ya la forma, sino la sustancia de la obra, y cometiendo una grande y notoria falsedad, al afirmar que había dicho a la Reina cosas que ni por sueño se le ocurrieron”.

El juicio de Martí

La vida de la Avellaneda está dominada por dos impulsos, el religioso y el erótico, y ni siquiera supo ser fiel del todo a sus creencias ni a sus amantes. Más leal aparece en el culto de las letras. La religión, los hombres, la poesía, ¿Cuba? No, Cuba le importó muchos menos: fue algo como un telón de fondo o escenario para sus gestos y melancolías. Cantó la palma real con la misma unción que los robles de Guernica. Fue cubana en las letras, pero no fue una buena cubana. Martí la comprendió así, indiferente a la tragedia que vivía su pueblo: “La Avellaneda no sufrió el dolor humano”, dijo en 1875, “era más alta y más potente que él; su pesar era una roca”. Es bien sabido lo cuidadoso que era Martí en la censura, y más al referirse a una mujer, por eso es tan significativo su juicio sobre la Avellaneda en el poema que dedica a Rosario Acuña. Martí siempre creyó que ésta era cubana, y todavía lo afirma en 1894. Rosario Acuña era madrileña, mas para lo que aquí interesa no importa la equivocación. La oda se la escribe por los honores que recibía en Madrid: quiere conmoverla y hacerle pensar en su patria. A Martí le viene a la memoria el recuerdo de la Avellaneda, que había muerto hacía dos años, y le dice:

 ¿Cómo no te dueles,
¡Oh poetisa gentil!, de que extraña
Tierra enemiga te orne los laureles
Amarillos y pálidos de España? [...]
¡Ay!, cuando entre tus manos
Albas y juveniles,
Sin el beso de amor de tus hermanos,
Sembradores de mayos y de abriles,
La corona española brilla y rueda,
¿No se yergue ante ti, sombra de espanto,
pecadora inmortal, nube de llanto,
la sombra de la augusta Avellaneda?

Y le advierte del juicio que ha de merecer quien proceda como la “pecadora inmortal”, y pregunta: “¿Quién pide gloria al enemigo hispano?”, y responde: “No lleve el que la pida el patrio nombre/ Ni lo salude nunca honrada mano”; y aún insiste con mayor severidad:

 Si la cándida garza peregrina
De amarillo color el albo seno
En hora aciaga tiñe;
Si lauros nuevos a su frente ciñe,
Nueva Gertrudis y fatal Corina,
Piensa que el árbol que en patrio suelo
En amplio tronco disintió robusto. [...]
Y en las hinchadas venas sangre hervía;
Hallará a su traición castigo justo
Si otro sol y otra sangre torpe ansía;
Que el lauro envenenado
En la sangre de hermanos empapado,
En la frente del vil que lo ciñera
La deshonra en espinas trocaría.

Y si “junto a sus laureles”, en el halago de la fama no viera, como no vio la Avellaneda, el ultraje y la muerte de un hermano, entonces, la apostrofa Martí,

 ¡Arroje de su frente,
porque no es suyo, nuestro sol ardiente!
¡Devuélvanos su gloria,
Página hurtada de la patria historia!
Y ¡arranca, oh patria, arranca
De su seno infeliz el ser perjuro,
Que no es tórtola ya, ni cisne puro,
Ni garza regia, ni paloma blanca!

No tiene Martí páginas de más rigor y dureza sobre una mujer que éstas en las que recuerda a la Avellaneda, y no es difícil explicarlas. ¿Cómo habría de olvidar que cuando el infante Francisco de Paula la ceñía con una corona de oro en el Liceo de Madrid, en 1845, aún estaba fresca la sangre inocente de Plácido, y España escribía en la isla uno de sus capítulos más horribles de crueldad y de crimen? ¿Cómo no iba a tener presente que cuando la Avellaneda movía influencias e intimidaba a candidatos y a académicos, para satisfacer su vanidad sentándose en el sillón que había dejado Juan Nicasio Gallego, un grupo de hombres ilustres de Cuba —Anacleto Bermúdez, el Conde de Pozos Dulces, Juan Bellido de Luna, Ramón de Palma, Porfirio Valiente, Luis Eduardo del Cristo, José de Frías, y tantos otros— estaban comprometiendo sus haciendas y vidas en la Conspiración de Vuelta Abajo para derrocar la opresión de esa misma reina a quien ella le elogiaba la clemencia? ¿Cómo no recordar, él, de sus primeras víctimas en la Habana, que cuando la Avellaneda se afanaba en reunir sus escritos, y se sentía incómoda porque le faltaba el apoyo del Duque de Montpensier, en la “perla del mar” había estallado una guerra que provocó la más brutal represión de España? ¿Cómo no recordar que en tiempos pasados, junto a millares de hermanos, sufrieron pena o murieron valiosos poetas mientras que otros —ésos sí, llorando la amargura de un verdadero destierro— peregrinaron por distintos países: Zenea, Mendive, Francisco Javier Balmaseda, Antonio Sellén, Isaac Carrillo, Pedro Santacilia, Leopoldo Turla, y el propio Martí? Y en los días de su misticismo religioso, en los que no renuncia las vanidades del mundo porque quiere dejar sus obras reunidas, ¿qué contraste no habría de ofrecer su cómoda posición frente al calvario de las buenas cubanas las cuales sin coronas de laurel, sí hicieron para Cuba la más hermosa poesía con sus actos, Amalia Simoni de Agramonte, Anita Betancourt de Mora, Candelaria Figueredo, y las legiones de mujeres que con su valor y abnegación asombraron al mundo en la década gloriosa?

“¿Quién pide gloria al enemigo hispano? “ pregunta Martí, y responde sin que nos deje lugar a duda, con la Avellaneda como ejemplo: “No lleve el que la pida el patrio nombre/ Ni lo salude nunca honrada mano”. Dio ella fama a Cuba en el quehacer literario; con su prodigiosa imaginación llevó el teatro en nuestro idioma a las más altas cumbres del siglo pasado, inventó ritmos y dejó imborrable huella en la lírica romántica, anunció a Darío y por varios caminos se adelantó a su época. Pero sólo el que esté de “cátedra forzosa”, por usar la expresión de Martí sobre los críticos de Heredia, puede elogiar los méritos de la Avellaneda sin que, como cubano, le venga a la cara el rubor de su tibieza respecto a Cuba.