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LOS MÁRTIRES DEL VIRGINIUS

En el mes de julio de 1873 el vapor Virginius había realizado un viaje desde Panamá a la costa sur de Oriente, donde desembarcó pertrechos militares para los insurrectos. El Virginius era propiedad de la Junta Cubana de Nueva York, y originalmente perteneció a las fuerzas confederadas cuando la Guerra de Secesión en los Estados Unidos. Era una nave de hierro con potente máquina y ruedas, y los cubanos, alentados por el éxito de la anterior expedición, acordaron otro envío de hombres y armas. Debería llegar a las costas de Cuba a principios de noviembre de 1873, y para ello se contrató al capitán tampeño Joseph Fry, generoso marino que simpatizaba con la causa de la independencia.

A mediados de octubre ya estaban reunidos en Jamaica los expedicionarios y la tripulación del barco. El desastre del Virginius se debió en gran parte a la poca discreción con que actuaron aquellos soldados y marinos: en Jamaica fue un acontecimiento social el banquete organizado por los amigos de los cubanos; para nadie fueron un secreto los preparativos ni la próxima salida. Otra vez, en Haití, cuando cargaban los últimos armamentos, se supo de la misión contra España, a tal extremo que se permitió al público visitar el barco ya repleto de parque de guerra. La osadía de los jefes militares de la empresa, Bernabé Varona, Pedro de Céspedes, Jesús del Sol y el canadiense William O’Ryan, sólo puede explicarse como un acto para mostrar la debilidad de España y la confianza que tenían en sus planes.

Para desgracia de los expedicionarios, los espías españoles comunicaron al jefe de la plaza de Santiago de Cuba la inminencia del desembarco. El gobernador de la ciudad, Juan N. Buriel, dispuso en seguida el patrullaje de las costas, con tanta fortuna que, cuando el Virginius estaba a pocas millas de tierra cubana, fue descubierto por el barco español Tornado, el cual emprendió la persecución de los expedicionarios. Estos cambiaron el rumbo para refugiarse en aguas internacionales, pero hasta allí llegó la embarcación española que hizo detener al Virginius a fuerza de cañonazos. Mejor hubiera sido seguir la recomendación del joven general Varona, de haber volado la nave: habrían privado a España de la presa y del festín de sangre que siguió a los pocos días.

El primero de noviembre entraron en la bahía de Santiago de Cuba el Tornado y el Virginius, éste con sus 103 expedicionarios y 44 tripulantes a bordo. Se iniciaron juicios sumarios e irregulares por los que condenaron a muerte, primero, a las figuras principales: Pedro de Céspedes, hermano de Carlos Manuel; Jesús de Sol, activo patriota cienfueguero; Bernabé Varona, conocido como Bembeta, brigadier de veintiocho años de edad, a quien idolatraban sus soldados y respetaban sus enemigos; y el general William A. O’Ryan, nacido en Toronto, famoso por su valentía y su figura; el capitán Joseph Fry, nacido en Tampa Bay, amigo desinteresado de Cuba.

El día cuatro se empezó a cumplir la sentencia. Fueron conducidos al lugar del suplicio por una compañía que comandaba el entonces teniente Pascual Cervera, quien, veinticinco años más tarde, como almirante, sería batido por la escuadra norteameri-cana en el combate de Santiago de Cuba, y preso de los insurrectos cubanos que le perdonaron la vida y lo entregaron a las autoridades de Estados Unidos. El día ocho continuaba la fiesta de sangre: fueron ejecutados Agustín Santa Rosa, de La Habana, que había acompañado a Narciso López en su expedición del Pampero, y operó en la provincia de Camagüey cuando empezó la Guerra de los Diez Años; Herminio de Quesada, de diez y ocho años, que acababa de salir de un colegio de Nueva York, hijo del general Manuel de Quesada; y otros diez expedicionarios.

Acabados de fusilar los anteriores, a las once de la mañana, fondeaba en la bahía de Santiago la fragata inglesa Niobe. Enterado su comandante, Sir Lambton Lorraine de lo que ocurría en la ciudad, envió al gobernador español el siguiente escrito: “Señor, no tengo órdenes de mi gobierno porque éste ignora lo que sucede, pero asumiendo yo la responsabilidad, y convencido de que mi conducta será aprobada por su Majestad Británica, puesto que el acto que realizo es en pro de la humanidad y de la civilización, exijo a usted que inmediatamente suspenda esa inmunda carnicería que aquí se está llevando a cabo. No creo tendré necesidad de decir cuál será mi proceder en el caso de que mi exigencia sea desatendida”. Buriel se atemorizó ante la amenaza e invitó al inglés a desembarcar; cuando llegó éste al palacio no estrechó la mano que le tendía el español, pidiéndole al intérprete: “Dígale usted que no doy la mano a los asesinos”. Buriel quiso saber las palabras de Lorraine, pero el traductor, para evitar un conflicto, le aseguró que hablaba de “asuntos indiferentes”.

A los cien años de aquel suceso uno se pregunta por el motivo de la crueldad y del ensañamiento de los españoles de Santiago de Cuba, qué impulso criminal dominó el poder y la fuerza, y la única explicación posible nace de la voluntad de sembrar el terror. El abuso es hijo del miedo y de la mala causa. Quien tiene de su lado la razón y la verdad no huye de la justicia, sino que con ellas crece hasta la virtud y el heroísmo; así Lambton Lorraine, aquel David del mar que rindió al gigante borracho de sangre.

Juan N. Buriel y los soldados españoles que participaron en aquel crimen son los predecesores de Fidel Castro y los hombres que hoy, también por la fuerza y el terror, gobiernan a Cuba. Pero las potencias del mundo no se dan por aludidas de los asesinatos y de las cárceles del castrismo, y sus barcos visitan los puertos sólo para comerciar, y no hay un marino hidalgo que, también “en pro de la humanidad y de la civilización”, detenga la carrera de atrocidades de la tiranía.

Los mártires del Virginius son, a su vez, los antepasados espirituales de nuestros nuevos mártires, y ahora que, con ocasión del centenario, se le rinde culto a aquéllos, se honra la memoria de los que, en fecha más reciente, también han muerto por establecer en su patria un régimen de justicia y de libertad.