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De la gratitud nace fácil el elogio. De aquella página de héroes, sin adornar el dato, viene hecha la epopeya. Le sobran colores a La Demajagua: desnuda de artificio dice más que el recuento mejor. Es que no hay arte comparable al comercio de la libertad, cuando se concluye que sin ella todo es vano, y se paga el lujo de vivir por la esperanza de tenerla. Ser libre es levantarse sobre la bestia para ser hombre, y cuanto sistema redujo ese derecho, ha visto quebrado su vicioso andamiaje. Es más fuerte el ala que la piedra, y puja y bate sobre ella, sin el desgaste del tiempo, hasta procurarse vuelo. Eran siervos de un imperio los cubanos del 68. Vivían unos a látigo y sol, y otros en la sumisión y en el silencio: un solo origen para la misma desventura. Vio el negro la ira en los ojos del amo, y éste la ira en los ojos del esclavo, y en un milagro de piedad saltaron sobre los siglos del crimen y se reconocieron hermanos. Si fuera sólo por la concordia a que lleva su búsqueda, ya seria la libertad el mejor tesoro. Por eso la tiranía, con ser en apariencia la tumba del hombre libre, es su verdadera cuna. Van los tímidos pregonando el pretexto de su flaqueza, pasean los indolentes el regalo de su comodidad, les sale al camino el déspota a forzarles la rodilla, y nacen águilas de aquellos gusanos y de aquellas mariposas. Y a veces hasta al cómplice le sube el asco a la garganta, corre en auxilio del mártir y redime su culpa en un minuto de justicia. Eran los cubanos del 68 siervos de un imperio. Se hicieron armamentos con las ramas de los árboles; con los jirones de un vestido, emblema; y contra un ejército organizado se lanzaron a los campos de Oriente. Iban seguros de la victoria, pero aún no acabado el día de la insurrección, ya sufrían la primera derrota. Fue en Yara, en el mismo lugar que presenció hacía siglos el suplicio de Hatuey, aquel salvaje heroico que pagó en la hoguera su voluntad de ser libre. En el primer encuentro se dispersaron los mambises, y cuando uno de los que resistían dijo que todo estaba perdido, Céspedes lo interrumpió con aquella frase sublime: "Aún quedamos doce hombres, bastan para hacer la independencia de Cuba!" Pero debemos detenernos sobre estas palabras. ¿Qué sentido tenían? ¿Creería el caudillo de La Demajagua que sólo el arrojo iba a vencer el imperio? No, el triunfo estaba asegurado por la causa. Podría demorarlo el accidente de la fortuna, pero nada iba a restar fuerzas a aquel empeño de libertad. Al comenzar la empresa lanzó al mundo un Manifiesto del que conviene hoy recordar algunos pasajes. Dicen así: Nadie ignora que España gobierna la isla de Cuba con un brazo de hierro ensangrentado... teniéndola privada de toda libertad política, civil y religiosa... Nadie puede pedir remedio a sus males sin que se le trate como rebelde, y no se le concede otro recurso que callar y obedecer... Los cubanos no pueden hablar, no pueden escribir, no pueden ni siquiera pensar... Cuando un pueblo llega al extremo de degradación y miseria en que nosotros nos vemos, nadie puede reprobarle que eche mano a las armas para salir de un estado tan lleno de oprobio. El ejemplo de las más grandes naciones autoriza este último recurso. La isla de Cuba no puede estar privada de los derechos que gozan otros pueblos, y no puede consentir que se diga que no sabe más que sufrir. A los demás pueblos civilizados toca interponer su influencia para sacar de las garras de un bárbaro opresor a un pueblo inocente, ilustrado, sensible y generoso... No nos extravían rencores, no nos halagan ambiciones, sólo queremos ser libres e iguales como hizo el Creador a todos los hombres.Así decía aquel documento fechado en Manzanillo el 10 de Octubre. A pesar de los años, resume hoy en esencia nuestras aspiraciones. La tiranía es una en todas las épocas, y una es también la respuesta de quien la sufre. No, no es el 10 de Octubre un recuerdo vencido por el tiempo, una reliquia en el museo de la historia, un nicho inútil al que venimos a depositar una corona de laureles. Es ejemplo, es lección, es mandamiento. La larga guerra llevó a España a buscar término al conflicto. Tentaron a los cubanos, y con un puñado de débiles y de traidores los dividieron. Era el Pacto del Zanjón. Terminaba la espera de familiares separados por las cárceles y por el destierro. Se reunió la familia cubana. Después de tantos sufrimientos parecía aquello una bendición. No hay espectáculo más conmovedor que el de una madre apretada al pecho del hijo que regresa; el de dos amantes con los brazos en alto que corren para estrecharse tras larga ausencia; las lágrimas, las caricias, los besos, las miradas que se repiten para asegurarse de la presencia del objeto amado. ¿Quién osaría estorbar con el rencor, la vanidad o el capricho la reunión de seres queridos? Este año se cumple el centenario del Pacto del Zanjón, el de las promesas de España, el de las esperanzas de los cubanos. A poco algunos héroes de la guerra hacían partido con los pusilánimes y con sus enemigos de ayer. Fueron muchos los que se engañaron con el disfraz de la tiranía, muchos los que olvidaron el grito del 10 de Octubre, "¡Independencia o muerte!" Pero en las montañas de Oriente había quedado un general inconforme, y allá fue Martínez Campos a proponerle la paz. Llegó obsequioso ante la tropa rebelde. ¡Cuántos no vislumbrarían con gozo la terminación de las penas del campo de batalla y el regreso a sus hogares! "Pero", le dijeron los cubanos, "¿qué pacto es ése que trae España, que nada dice de los motivos que nos llevaron a la guerra? ¿Dónde se habla ahí de la libertad y de la independencia de Cuba?" Nada más quiso ofrecer el español, y entonces preguntó "¿No nos entendemos?" Y Maceo le contestó imperioso: "No, no nos entendemos". Era la Protesta de Baraguá, de la que en este año también se cumple el centenario. Y, ¿quiénes tuvieron la razón, los que creyeron en el diálogo con España o los que a él se negaron por no ver cumplidas sus aspiraciones? No se equivocaron, por cierto, los Maceo, los Figueredo, los Crombet, Calvar, Ríus Rivera, Moncada, Cebreco, Rabí y cuantos denunciaron la falacia española y se dispusieron a continuar la lucha. Y otra vez empuñaron las armas, y otra vez, hasta que fue vencido el imperio. En este año del centenario de Baraguá se nos habla de un diálogo con Castro. Como el enemigo de entonces, ha sembrado la división entre los cubanos. Promesas, esperanzas. Y ¿quién le llamará traidor al padre del preso que lleva años pudriéndose en las cárceles de Cuba? ¿Quién le llamará traidor al hermano o al amigo que quiere a su lado el cariño que allá, o aquí, le retiene la tiranía? ¿Quién le llamará traidor al hijo que sueña con venir o regresar a ponerle una flor a la tumba de la madre? Traidor es quien produce la separación, no quien al impulso del cariño quiere vencerla. Pero, ¿en política? En política están equivocados cuantos crean que el diálogo con la tiranía puede aliviar las penas de Cuba, y los que entre nosotros por cansancio o por temor se presten a él, sin lograr antes, como quiso Maceo, los objetivos que nos trajeron al destierro, merecerán el desprecio de la patria. Aquí no vinimos por el vicio de la fortuna, a estas tierras generosas que nunca entenderemos, ni a sembrar en suelo más fértil que el nuestro el maíz de la vida. Aquí vinimos pensando merecer algún día el elogio de Máximo Gómez a los desterrados de su época, cuando dijo que ellos "emigraron con la bandera y la esperanza". Y pídalo quien lo pida, no vamos a rendir ni la bandera ni la esperanza. No puede el soldado de ayer, ni aun con el crédito de su sacrificio, señalarle un camino torcido a su tierra. Ni cuantos hayan padecido por Cuba; también nosotros hemos padecido. Y menos el extranjero oculto tras la usura o el pragmatismo para comerciar su influencia. Se nos tachará de imprudentes, de insensibles; se nos culpará de escándalo, ahora que andan los colaboracionistas criollos y los colaboracionistas yanquis como de puntillas sobre alfombra de huevos para no irritar al tirano, ahora que él va allá, de celda en celda y de familia en familia, con el indulto y el puñal, para que nadie le rompa la comedia. Son esas razones morales, que a las históricas, sobre el vaticinio de Baraguá, pueden añadirse otras. Desde que se fundó la República ha conocido Cuba tres tiranos: Machado, Batista y Fidel Castro. Había el primero violentado las leyes y promovido la violencia para perpetuarse en el poder. El pueblo resistió el abuso. Se enconó la lucha. También con el amparo de Washington surgieron las mediaciones. En 1931, sobre los cadáveres de numerosas víctimas, decía el embajador Guggenheim que Machado "era el hombre más querido y respetado de Cuba". También fue la amnistía de los presos políticos el recurso para justificar el diálogo con la oposición. Protestaron las emigraciones por los que en Cuba no podían protestar. Y no se equivocó la Junta Revolucionaria de Nueva York, bajo la dirección del sabio Carlos de la Torre, pero se equivocaron los mediadores. Machado mentía, de Machado era insensato esperar decoro. Cuando el golpe de Estado de 1952, Batista sustituyó la Constitución por sus Estatutos, y se aseguró el mando por la fuerza de las armas. Surgió la resistencia, y otra vez nacieron las gestiones de cabildeo sin que faltara el aplauso del Departamento de Estado en Washington. Se promulgó la amnistía de 1955 y se quiso silenciar a los rebeldes con el Diálogo Cívico. La juventud y muchos hombres honrados vieron claro el futuro: era inaceptable cualquier arreglo con la tiranía, y aquella voluntad de conciliación mostraba la debilidad del régimen. ¿No recordará Castro ahora, soltando presos políticos para acallar a los que se le oponen, en busca de figuras representativas" que le convengan para arreglar las cosas "entre cubanos", no recordará ahora el juego de Batista cuando él pasaba por revolucionario? ¿No recordará ahora, ocupando la posición que entonces combatía, lo despreciable que resulta disimular con ciertas concesiones y el contubernio de los yanquis el fracaso de su gobierno? Y nosotros, ¿vamos a caer nosotros en el mismo error que tantos después tuvieron que lamentar? ¿Vamos a permitir apáticos o serviles que se lleve a la patria hacia un destino inmoral sin alzar al menos nuestra voz para impedir el engaño? ¡Que yerren los mediadores! ¡Que yerren los que aquí los amparan! ¡Vayan éstos a inscribir sus nombres junto a los de sus compatriotas que con similar fervor, torpeza y deshonra defendieron a los tiranos de Cuba! ¡Allá quedarán, para su vergüenza, al lado de aquellos congresistas, funcionarios, comerciantes e intelectuales americanos que en su tiempo se dejaron seducir por Machado y por Batista! El común denominador de la conciliación ha sido siempre el mismo: primero, la fuerza opresora se declara consolidada e invencible; segundo, después de ensayar medidas extremas no logra evitar el desastre económico; tercero, la represión interna y los errores políticos producen el descrédito internacional; cuarto, las fuerzas que sostienen la tiranía se debilitan y prostituyen, y comienzan a dudar de la capacidad del líder; quinto, se hace necesaria una jugada espectacular para reducir la resistencia del pueblo, detener la oposición y crear ante el mundo la imagen de un gobierno civilizado. Es por eso que pacta, tiene que pactar. No nos confunda el alarde de fortaleza ni la disculpa de magnanimidad. Las tiranías buscan acuerdos cuando se sienten débiles. Si Castro cuenta con el apoyo popular, que celebre elecciones libres y que decida el cubano su destino, elecciones libres, ajenas a cualquier influencia extranjera. Entonces si podrían arreglarse las cosas "entre cubanos", porque hasta aquí todo parece un arreglo de imperios tras un títere que quiere seguir en el poder. Ahora hacen los americanos lo que antes hicieron los españoles. Cansados del empuje soviético, cambian la amenaza en otra parte del mundo por la libertad de Cuba. Vencido o impotente un imperialismo, transa el otro la derrota a espaldas nuestras. Un nuevo Tratado de París y quedan los últimos amos en disfrute de la presa. Ha visto nuestro siglo el fin de muchos imperios, pero aún no ha terminado nuestro siglo. ¿Y con qué lo vamos a derrotar? ¡Ah!, esa pregunta se la hicieron a Ignacio Agramonte en los momentos más difíciles de la guerra, frente al poderío militar de España y la complicidad o la desidia de casi todas las naciones de América, con un grupo reducido de hombres mal armados; ¿"con qué vamos a derrotar al imperio?" "¡Con la vergüenza de los cubanos!" contestó, vergüenza que es desasimiento de intereses personales, vergüenza que es repudio de caminos tortuosos, vergüenza que es el compromiso irreductible en favor de la patria. Ha ganado muchas batallas la vergüenza en Cuba. Aún tiene qué hacer. Ganará la última. No conoce al cubano quien duda de su capacidad. Muchos se confundieron con el castrismo. Ya ahora entienden que la única solución digna y permanente es la que planteó el 10 de Octubre, la que exigió Maceo y la que desde entonces ha sido la aspiración mayoritaria del pueblo. Con todo lo doloroso que es siempre el presidio político y la separación de la familia, no era ése, ni lo es hoy, el problema verdadero de Cuba. Conmovidos con el sufrimiento de tantos, se pretende desviar la atención sobre accidentes del crimen a costa del crimen mismo. ¿Es que los derechos humanos terminan en las rejas de la cárcel o en el capricho de un gobierno para permitir la visita de unos elegidos? Entonces que no le hablen de derechos humanos a Chile y a Nicaragua, que no le hablen de derechos humanos a la Unión Soviética y a Checoslovaquia. La más miope lectura de la Declaración Universal de Derechos Humanos pone en evidencia la hipocresía de los que hoy aplauden a Castro: allí se consigna de manera explícita el derecho de toda persona "a salir de cualquier país, incluso el propio, y a regresar", sin restricciones de ninguna clase, y, ¡a cuántos les ha costado la vida tratar de salir de Cuba, a cuántos la cárcel por volver, y cuántos después de veinte años esperan aún el regreso! Desde el inicio de la República se había consagrado ese principio porque fue una aspiración que negó España, pero el actual gobierno, que en muchos aspectos ha llevado al país a los peores tiempos de la colonia, lo ha suprimido de su Constitución socialista. En la Declaración Universal de Derechos Humanos también se consigna que "a nadie se [le] privará arbitrariamente de su nacionalidad", pero desde 1973 Castro decretó que "los que en territorio extranjero de cualquier modo conspiren o actúen" contra sus instituciones o contra él, perdían la ciudadanía cubana, y poco después autorizó al Consejo de Estado para decidir, sin participación de un juez, cuándo convenía decretar la pérdida de la nacionalidad. En la Declaración Universal de Derechos Humanos también se consigna que toda persona tiene el de "la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión", y de manifestarlas "por la enseñanza, la práctica o la observancia", pero la Constitución socialista considera "ilegal y punible oponer la fe o las creencias religiosas a la revolución, a la educación" y a los demás deberes establecidos. ¿Y qué libertad religiosa puede ser ésa en la que se excluye de las aulas, del magisterio y de numerosas actividades a los que por sus creencias no están de acuerdo con el marxismo-leninismo? En la Declaración Universal de Derechos Humanos se consigna también el de "la libertad de opinión y expresión", y se aclara que ese derecho "incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones, y de difundirlas sin limitación de fronteras". Pero como en Cuba, según consta en el texto constitucional, los medios de difusión pertenecen al Estado, ¿quién puede dar a conocer sus opiniones sin permiso del gobierno? ¿Y quién se atreverá a disentir si el Código Penal que se prepara considera un "desacato", con pena de cárcel, la menor crítica, y hasta "frases y gestos" que pueden demostrar "conducta antisocial", que es un "estado de peligrosidad" que allí se condena? En la Declaración Universal de Derechos Humanos también se consigna que "el acceso a los estudios superiores" es igual para todos, que sólo estará determinado "en función de los méritos", y que la educación tiene por objeto "el pleno desarrollo de la personalidad". Pero el Código de la Niñez y Juventud, en Cuba, limita, después de la escuela primaria, el acceso a todo plantel educativo no sólo en función del mérito del estudiante, sino por su "conducta social" y por su "actitud política". Y en la Plataforma del Partido Comunista se estableció claramente que la doctrina educacional del país se fundamentaba "en la concepción marxista-leninista", y que tenía "como fin formar a las nuevas generaciones en los principios ideológicos y morales del comunismo, convirtiéndolos en convicciones personales y hábitos de conducta diaria", lo que está más cerca del esclavo o del autómata que del pleno desarrollo de la personalidad. Hasta aquí, para terminar, y por aludir nada más que a algunos ejemplos de la legislación publicada y que niega esa Declaración a que hemos hecho referencia, suscrita por los Estados Unidos, y que el gobierno de Cuba no se ha atrevido a rechazar. Pero todos sabemos cómo funciona allá, en la práctica, el ejercicio de los más elementales derechos, toda vez que hay un principio en la Constitución por el que se dispone que ninguno puede haber "contra la existencia y los fines del estado socialista, ni contra la decisión", dicen, "del pueblo cubano, de construir el socialismo y el comunismo". ¿Qué significa esa restricción? Que el deseo del niño, el empleo de la mujer, el trabajo del hombre, la actividad del profesional, la creación del artista y las aspiraciones de todos se renuncien para cumplir el deseo, el empleo, el trabajo, la actividad, la creación y las aspiraciones impuestas por el Estado. Y ante esa realidad, ¿cómo habríamos de responder nosotros, aquí, a un diálogo en el que todo ya parece decidido por quienes juegan con el destino de nuestra patria? ¿Qué debemos hacer ante el ejemplo de nuestros hombres mejores, desde este recuerdo del 10 de Octubre, con la lección de cuantos erraron ante un problema semejante? Allá irán algunos, sin otro pretexto que la vanidad o el rencor, a consumar el diálogo inútil sobre su pueblo preso. Allá irán algunos de carnaval y de banquetes a ver cuánto rinde el crimen y cuánto de él se puede sacar. Allá irán algunos a dar la mano, a sonreír, a ver arrancado de su suelo al cubano, y desposeído de la riqueza de su tierra. Allá irán algunos a ver la insolencia extranjera que rige la vida de su patria, a ver descompuestos en el silencio, el disimulo o la cobardía a sus hermanos. ¡Allá irán algunos; nosotros no podemos ir! |
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