BREVE HISTORIA DEL VEDADO
El “aristocrático barrio del Vedado”, como lo llamaban con frecuencia los cronistas sociales de La Habana, tuvo el más humilde origen, y fue un caserío de pescadores y carboneros en las orillas del Almendares, que pintó en 1838 Federico Miahle. El camino que se ve en el grabado “Vista de La Chorrera”, en el libro Isla de Cuba pintoresca, de ese pintor francés, a la derecha, donde se aparecen dos volantas o calesas, una que va hacia las casas y otra viniendo de ellas, y varios transeúntes, habría de ser con el tiempo la calle Quinta; y el camino de la izquierda, también paralelo a la costa, donde se ven dos mulas cargadas de maloja, y su arriero, habría de convertirse en la calle Calzada. El río Almendares tiene su historia: los indios lo llamaban Casiguaguas, de los vocablos indígenas, casigua y aya, que significaban río y fuente, algo como ojo de agua, pero cambió su nombre porque en uno de los manantiales que lo nutren, cerca de Puentes Grandes, conocido como “baños de sangre” porque el agua es allí muy fría y se recomendaba para curar todo tipo de enfermedades, se dio baños, y se curó de sus dolencias en los huesos, el obispo Alonso Enríquez de Armendariz. Luego, por corrupción del apellido, al ser cantado el río por los poetas, de Armendariz pasó a Almendares: una trova al comenzar el Siglo XVIII decía:
Este obispo español, Armendariz, intolerante y despótico, tiene también una curiosa historia: fue a Cuba en 1610, y por un disgusto con un tal Gaspar Ruiz de Pereda, que se oponía a uno de sus proyectos reunió a los clérigos de La Habana, y a un grupo de feligreses, y los envió en escandalosa y amenazadora procesión por las calles hasta realizar lo que puede considerarse el más antiguo “acto de repudio” de Cuba, pues, según dijo el historiador Pezuela en 1868, para castigar al disidente, el tiránico obispo, además de excomulgarlo, hizo “apedrear y anatematizar la casa” de la víctima.
Pero al río Almendares, que nace en las lomas de Tapaste, va hacia el oeste hasta Vento, se dirige luego al norte, forma la cascada del Husillo y desemboca en la costa, se le llamaba también de la Chorrera porque ese nombre se les da a los ríos cuyas aguas corren en algunos lugares con mayor fuerza por aumento del su caudal o crecidas: por eso Miahle, al pintar este paraje, con propiedad tituló su cuadro “Vista de la Chorrera”, que fue una de las litografías de su libro Isla de Cuba pintoresca. Además de ese humilde caserío, otro, también de escasa alcurnia que nunca llegó a tener más de treinta chozas, forma parte de los orígenes remotos del Vedado, y fue una pequeña colonia de picapedreros, muchos de ellos chinos, que trabajaban en las canteras de San Lázaro, al oeste de La Habana, en las cercanías de lo que fue luego la intersección de las calles Infanta y 27, no lejos de donde hicieron los españoles trabajar, también picando piedras, cuando era preso político y tenía 17 años, a José Martí. Así describió él las canteras en su famosa acusación contra España, en El presidio político en Cuba, no más cruel que el de hoy: Es la cantera extenso espacio de ciento y más varas de profundidad. Fórmanla elevados y numerosos montones, ya de piedra de distintas clases, ya de cocó, ya de cal, que hacíamos en los hornos, y al cual subíamos, con más cantidad de la que podía contener el ancho cajón, por cuestas y escaleras muy pendientes, que unidas hacían una altura de ciento noventa varas. Estrechos son los caminos que entre los montones quedan, y apenas si por sus recodos y encuentros puede a veces pasar un hombre cargado. Y allí, en aquellos recodos estrechísimos, donde las moles de piedra descienden frecuentemente con estrépito, donde el paso de un hombre suele ser difícil, allí arrojan a los que han caído en la tierra desmayados, y allí sufren, ora la pisada del que huye del golpe inusitado de los cabos, ora de la piedra que rueda del montón al menor choque, ora de la tierra que cae del cajón en la fuga continua en que se hace allí el trabajo. El nombre El primer gobernador de Cuba, Diego Velázquez, tenía fundadas entre 1512 y 1514 las seis primeras villas de la isla (Baracoa, Bayamo, Santiago de Cuba, Trinidad, Sancti Spiritus y Puerto Príncipe), cuando decidió establecer, en la desembocadura del río Güines, en 1515, la villa de San Cristóbal de La Habana, al sur de la provincia indígena que iba desde el Mariel hasta Matanzas, dominada por el cacique Habaguanex, de donde parece que les vino el nombre a la ciudad y a la provincia. Muy pronto se convencieron aquellos primitivos habaneros de que el lugar era inhabitable debido a las plagas de hormigas y mosquitos que lo asolaban. Se determinó entonces mudar la villa a la costa norte, y se eligió la desembocadura del Almendares, pero tampoco gustó el lugar por considerarlo de difícil defensa, y entonces los vecinos se trasladaron al puerto de Carenas, la bahía, en 1519. Si bien ganaron por el lugar, mucho hubieron de perder por la dificultad de abastecerse de agua, que con mayores dificultades y riesgos transportaban en bote desde el Almendares: fue necesario entonces llevarla por tierra, por lo que se creó un acueducto, el primero en América, el cual, por medio de una zanja, la llamada Zanja Real, llevó el agua a la ciudad desde la Chorrera a la plaza de la Catedral, hasta 1835 en que empezó a funcionar el acueducto diseñado por Francisco de Albear. Desde que la ciudad de La Habana se radicó en la parte occidental de la bahía, y empezó a crecer y a enriquecerse por las frecuentes visitas de los barcos que iban y venían de España, fue codiciada por corsarios y piratas: a mediados del siglo XVI sufrió el saqueo del francés Jacques de Sores, por lo que años más tarde se inició la fortificación de la ciudad con los castillos del Morro y de la Punta; y cuando a principios del siglo XVII Cornelius Jolls,”Pata de palo”, el pirata holandés, auxiliado por su lugarteniente, Diego Grillo, cubano, robó la flota de la Nueva España en la bahía de Matanzas, y luego bloqueó la entrada de La Habana y derrotó a los españoles frente al puerto de Cabañas, las autoridades decidieron ampliar las defensas de la ciudad por lo que se inició, en 1646, la construcción de los dos torreones que protegían las costas a ambos lados de la bahía: el de Cojímar, al este de La Habana, en la desembocadura del río de ese mismo nombre, y el de la Chorrera, al que llamaron Santa Dorotea de Luna. Pero a pesar de esa protección, la costa entre la ciudad y el río Almendares constituía un flanco muy débil en la defensa de La Habana: al amparo de la noche desembarcaban en los acantilados que daban al mar los corsarios, los cuales podían por tierra llegar fácilmente hasta las murallas de la ciudad y sorprender a sus habitantes. Fue entonces que, con fecha 10 de diciembre de 1565, el Cabildo habanero decidió aprovecharse de los bosques y malezas que dificultaban el paso por aquellos lugares, condenar los trillos que lo surcaban y prohibir con muy severos castigos al que por ellos transitara; dice el curioso Acuerdo: Por cuanto hay noticia y se tiene por cierto que como este puerto y pueblo de La Habana en días y años pasados ha sido de corsarios franceses robado, y desde entonces han venido navíos de los dichos corsarios franceses sobre él, y porque en el tiempo en que este pueblo fue saqueado y robado por los franceses, entraron por el camino que viene de la Caleta [de San Lázaro] por el monte [de lo que luego fue el Vedado] a esta villa, y para que de aquí en adelante los dichos corsarios no puedan venir por el monte como lo hicieron, acordamos y mandamos, que es útil y provechoso para la seguridad de esta dicha villa, que los dichos caminos que van a la Chorrera y salen a la playa y al mar se cierren, y que ninguna persona sea osada de abrirlos o hacer otros nuevos caminos ni veredas que salgan a la playa o vengan a esta villa. Y a continuación enumeraba ese documento las penas que se impondrían a los infractores, que iban desde “50 pesos” de multa, y “cien azotes”, hasta que el culpable fuera “desjarretado de un pie”. De ahí le vino el nombre al lugar, como sitio prohibido: el monte “vedado”. La historia El torreón de la Chorrera se debió a Juan Bautista Antonelli, el hijo del constructor del Morro y de la Punta. Originalmente era redondo, como las torres que había en las costas de España para rechazar los ataques de los moros, estaba artillado y tenía capacidad para 50 hombres. Cumplió su misión protectora hasta que en la toma de La Habana por los ingleses fue abatido por la escuadra de Lord Albemarle. A principios de 1762 Carlos III le había declarado la guerra a Inglaterra, y el 6 de junio ya estaba frente al puerto de La Habana una escuadra inglesa formada por numerosos navíos de guerra, cerca de 150 embarcaciones de transporte y varios miles de hombres. El ataque mayor fue por el este, cerca de Cojímar, pero por la Chorrera también desembarcaron 2 mil soldados, al quedar destruido a cañonazos el torreón. Cruzaron esas tropas inglesas el monte “vedado”, se situaron en las cercanías de la ciudad, sobre la loma llamada de Aróstegui, donde luego se construyó el castillo del Príncipe y, con la toma de Guanabacoa y la voladura del baluarte del Morro, La Habana tuvo que rendirse. De menos de un año fue la ocupación inglesa, que terminó al firmarse en Fontainebleu y en París la paz entre las dos naciones, con el acuerdo de que Inglaterra le devolvía la ciudad a los españoles a cambio de la península de la Florida. Otra vez así el monte “vedado” volvió a serlo, y en el islote donde estuvo el torreón de la Chorrera se construyó un pequeño castillo en forma de rectángulo en cuya azotea se colocaron varios cañones.
De nuevo fueron atacados desde el mar el castillo y el poblado de la Chorrera, en 1898, el 7 de mayo y el primero de julio, cuando la guerra entre Cuba, España y los Estados Unidos, al bloquear la escuadra americana la costa norte de la isla. Pero poco después, al rendirse los españoles en Santiago de Cuba, por la destrucción de la escuadra del almirante Cervera, puede decirse que en verdad nació el Vedado como reparto residencial, cuando dejó de ser el monte prohibido, protector de La Habana. Para entonces ya se había formado otro caserío cerca de la desembocadura del Almendares: era el Carmelo, y rodeaba un paradero donde estaba el depósito de los tranvías —luego en Línea entre 18 y 20— que comunicaban estos lugares con la ciudad de La Habana: primero fue un carrito tirado por caballos que iba hasta la caleta de San Lázaro, por la calle Línea, por donde fue luego otro movido a vapor hasta que, el 27 de enero de 1901, empezó el eléctrico entre el Vedado y el paradero de San Juan de Dios, en la esquina de las calles Empedrado y Aguiar. El barrio Como atracción turística la desembocadura del Almendares tuvo interés desde el siglo XIX: en el libro de C. D. Tyng, The Stranger in the Tropics; Being a Hand-book for Havana and Guide Book for Travelers in Cuba..., publicado en Nueva York en 1868, se lee: “La Chorrera. Quienes deseen disfrutar el aire y el mar en toda la pureza de los trópicos, harán un buen paseo a la largo de la Calzada de San Lázaro, tres millas hacia el oeste, hasta la Chorrera... La aldea de la Chorrera —grupo de cabañas de pescadores, en la boca del río Almendares— constituye un sitio de frecuente visita de los excursionistas”. Así lo pintó por aquella época el matancero Esteban Chartrand (1840-1883), en un óleo que se encontraba en el Museo Nacional de La Habana, en el que ya se advierte el crecimiento del caserío cercano al pequeño castillo.
El progreso mayor del Vedado, sin embargo, como lugar de residencias, se debió en gran parte a las obras que se realizaron en el Malecón. Antes esa zona junto al mar era intransitable. Se empezó a construir dicha avenida durante la ocupación americana, y comunicaba el castillo de la Punta con la caleta de San Lázaro, frente a la Beneficencia. Este tramo que se llamó primero Avenida del Golfo, y después, en 1902, al tomar posesión el gobierno de Estrada Palma, Avenida de la República, acercó a la ciudad el viejo “monte vedado”; y aún más cerca estuvo de la Habana cuando se prolongó el Malecón hacia donde tiempo después estuvo el monumento del Maine, y luego hasta “el recodo”, en la calle G. Al establecerse la República aumentó el turismo, y en las palabras de un visitante, el profesor Charles E. Chapman —quien estuvo en La Habana en 1916— se resume el nacimiento del moderno reparto; dijo: When the last remnants of the Spanish army returned to Spain in 1899, that portion of the City called El Vedado, or The Forbidden, extending from the Beneficencia, or Orphan Asylum, out to the Almendares River, three miles distant, was nothing but a goat pasture, with a low sea front of sharp coral rocks. Its soil was thin and the district apparently had nothing to recommend it aside from its view of the ocean. A little dummy engine pulled a shaky, shabby car out to the Almendares, making four trips a day. Just why it ran at all was a mystery to the inhabitants, sin ce there was but little inducement to travel in that direction. The entire expanse of the land from the Santa Clara Battery [el actual parque de Maceo] to the Almendares, and miles beyond, could have been purchased for a song, but no one wanted it. Two years later some “fool American” erected an attractive bungalow on the line, about half way to the Almendares, and no long after, sign boards could be seen with the notice, “Lots for sale”, which invariably occasioned smiles. since there were no purchasers. But around the bungalow were laid out pretty grounds, and the suggestion took root. Two men of means [uno de ellos fue José María Galán, casado con Ángela Toñarely, quien construyó su casa en la calle 9 número 504 (moderno), entre Baños y D] erected beautiful palaces close by, and the building of homes in cactus covered flats became a fad. The price of lots, which began at ten cents a square meter, soon rose to a dollar, then two dollars, five, ten, twenty five, and today this entire section from Havana to the Almendares and beyond, from the dog teeth coral of the coast, up over the crest of the Principe Hill, is covered with beautiful modern mansions with splendid grounds, and forms the residential pride and show ground of the city. El Vedado había crecido siguiendo el plan que para esos terrenos ideó el conde de Pozos Dulces, quien fue dueño de gran parte de ellos: tuvo allí una hacienda, y su hermano José de Frías un horno de cal —el primer lugar en Cuba donde en ese tipo de trabajos se emplearon, por expresa voluntad del conde, “brazos libres”, con exclusión de esclavos. Así, en homenaje a su memoria, la Asociación de Propietarios y Vecinos del Vedado interesó al gobierno para que le erigiera un monumento en el parque que forman las calles, Línea, 13, K y L. Él había nacido el 27 de septiembre de 1809 y en ese mismo día, en el año 1927, se develó su estatua: una tarja de bronce al pie de ella decía: “El Ayuntamiento de La Habana, a la memoria de Francisco de Frías y Jacott, Conde de Pozos Dulces (1809-1877), sabio agrónomo y publicista insigne, a cuyo genio creador se debe haber concebido y trazado el reparto Vedado”.
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