En verdad el único “amor” de Antonio Maceo fue Cuba, a la que dedicó su vida, y por la que murió en combate el 7 de Diciembre de 1896, hace ahora 101 años. Pero aquí se entiende la palabra “amor”, no ajeno a la raíz del de la patria, y también en su correcto significado, como la pasión que atrae a otro un sexo, la obsequiosa querencia, el galanteo con ánimo de seducir. El general José Miró, su Jefe del Estado Mayor, escribió en Cuba: Crónicas de la Guerra (1909): “Su pasión era la mujer, todas las mujeres le gustaban mientras no fueran provocativas o coquetas, pero sentía predilección por las que tuvieran aire sentimental: una joven de tez pálida y acento quejumbroso le hacía perder los estribos. No cabalgaba muy seguro sobre el corcel de guerra si en medio del bosque alteroso lucía alguna flor pudibunda...” Y el general Enrique Collazo, quien lo conoció desde su juventud, dijo en Cuba Heroica (1912) que Maceo, “de joven, tuvo sus vicios, el juego y las mujeres; el primero lo perdió pronto, y el segundo lo conservó toda su vida”. “Vicio” en este lugar, en boca de Collazo, no debe entenderse como costumbre de obrar mal, como defecto, que en Maceo nunca el amor lo fue, sino como especial apetito de algo que se busca con afán. En el Diario inédito de Frank J. Agramonte, quien preparó la expedición que llevó a la guerra de Cuba a Flor Crombet y a Maceo, escribió del general Antonio: “Este hombre singular tenía pasiones muy violentas, aunque casi siempre se sabía dominar; tenía pocos vicios, ni fuma, ni mascaba, jugaba ni tomaba, sus únicos [vicios] eran las mujeres y el baile”. Leonardo Griñán Peralta concluye sobre este asunto en Antonio Maceo: análisis caracterológico (1936): “No fue demasiado casto Antonio Maceo. A la normal satisfacción de su sexualidad se debió quizás en gran parte el equilibrio que fue uno de los rasgos más acentuados de su carácter”.
Era pues, bien conocido, ese aspecto de su personalidad, y de él, con mayor o menor acierto o extensión han hablado sus biógrafos. Pero lo que distingue este último amor de Maceo es que nunca se había dado a conocer; el cual hizo pensar a algunos de sus contemporáneos que retuvo al guerrero más del tiempo necesario en Pinar del Río, de donde era ella; y porque, al fracasar en su demanda, se entiende el abatimiento y la tristeza que se le notó desde poco antes de la tragedia de San Pedro. Al hablar de esta afición, precisa consignar que Maceo fue un esposo amantísimo, como bien lo mereció María Cabrales, su excepcional compañera. Desde muy temprano la patria les rompió el hogar. Se casaron a principios de 1866 y, poco después del alzamiento de Céspedes ya estaba el novio de soldado. Hay que revisar la vida de María Cabrales y el epistolario del marido para entender la singular pareja. En 1895 otra vez se iba Maceo a la guerra, a Cuba, en la expedición que salía de Costa Rica, y le pide a ella en una carta: “Consérvate buena y quiere a tu negro que no te olvidará nunca...”; y en otra, aún antes de embarcar: “La Patria ante todo; tu vida entera es el mejor ejemplo; continuar es deber; retroceder, vergüenza oprobiosa. ¡Adelante, pues; para el terruño, la gloria de sacrificarlo todo!” Desembarcó cerca de Baracoa el 11 de abril, y el día 30 le cuenta las peripecias del viaje, y así empieza la carta: “Mi inolvidable y siempre adorada esposa...”; y la termina: “Recibe el corazón de tu esposo que te quiere...” Y en ese tono sigue la correspondencia: “Tu esposo que te adora y desea...”; y en otra: “Mi siempre adorada esposa...”; y aún más tarde: “Recibe el afecto de mi alma sincera con un fuerte abrazo, que de corazón desea darte tu esposo”.
Maceo, al terminar la Guerra de los Diez Años, en 1878, después del Pacto del Zanjón, se fue al destierro. Y dos años más tarde, cuando empezaba la Guerra Chiquita, abandonó Haití por el asedio de los agentes de España que querían asesinarlo. Al embarcarse para Saint Thomas llevaba en el bolsillo el retrato de una hermosa trigueña en el que estaba escrita en francés esta amorosa recomendación: “Sea siempre muy prudente; es ésa una pequeña recomendación que yo particularmente le hago...” (“Soyez toujours très prudent, c’est une petite recommandation que je vous fais particulièrement”). Y también llevaba la carta de un amigo contándole de otra mujer que había dejado en Jamaica: Amelia Marryatt. Leopoldo Horrego Estuch, en su biografía Antonio Maceo, héroe y carácter (1943), la llama “Amalia Marriat”, y de ella dice: “De María [la esposa] ya no tenía hijos, y Maceo, como todo el que ama la gloria, quería ver reproducido su nombre en un vástago. Y se entregó a la devoción de un idilio que era como un oasis en las inquietudes de su vida. Un hijo fue el fruto de aquella unión que endulzara un tanto los pesares de la existencia movida por la lucha sin sosiego. Fue esa mujer Miss Amalia Marriat”. La dominicana, la hondureña y la costarricense En Santo Domingo Maceo vivió en casa de Gregorio Luperón, el general, entonces presidente de la República, y de su estancia en Puerto Plata cuenta Emilio Rodríguez Demorizi en Maceo en Santo Domingo (1945) que allí conoció una mujer “de treinta años, de buena estatura, india, algo cobriza, fuerte y varonil, mujer de armas, del partido azul o luperonista... [y] luego se entendieron”; no la habían aceptado en las tropas de Luperón y era hermana del famoso guerrillero José Martínez. Por su parte José L. Franco en Antonio Maceo, apuntes para su vida (1975) dice sobre el asunto: “Cerca, a poco menos de cincuenta metros de distancia [de la casa de Luperón], vivía María Filomena Martínez, a la que, por causa de las frecuentes visitas que le hacía el líder cubano llaman La Generala. Mujer apasionada y valiente, de belleza singular, que denunciaba la mezcla de los antepasados indios, negros y españoles, ejerció una gran atracción sobre Maceo. Esa íntima amistad, conocida y comentada por toda la ciudad, fue el eje de un sensacional incidente provocado por los representantes de España”. Es que las autoridades coloniales desde Cuba habían enviado varios hombres a Santo Domingo para matar a Maceo y, sabiendo de sus relaciones con María Filomena, lograron hablar con ella y ofrecerle una cantidad de monedas de oro: tendría que llevar a Maceo a una playa donde ellos estarían esperándolo. La Generala les hizo creer que aceptaba la oferta, pero denunció a los matones y los metieron en la cárcel.
Al año siguiente se fue Maceo a Centroamérica. En Honduras lo nombraron General de División a cargo de la Comandancia Militar de Tegucigalpa. Allí, en sus horas libres, estudiaba francés, historia, geografía, administración y tácticas militares. Y con frecuencia salía a caballo por los alrededores de la ciudad para familiarizarse con el terreno. Subía montañas para disfrutar el paisaje cercano a la capital, pero casi nunca iba sólo. Sobre esos frecuentes paseos dijo José L Franco: “... una hondureña de ojos de fuego, que denunciaba a lo lejos la mezcla de sangre maya y española, atraída por la leyenda y fama, y por la gentil presencia del héroe cubano, se había convertido en obligada compañera de las horas tranquilas del batallador revolucionario. La Fea, como él la llamaba en la intimidad de sus charlas, iba con él al Picacho o a Juana Laínez, y recostados sobre un peñasco, junto a un precipicio poblado de árboles y flores que los separaba de la ciudad, quedaba ella en recogido silencio escuchando relatos que hacían brillar de admiración sus bellísimos ojos negros, o sus proyectos de un futuro inmediato, cuyo objetivo principal era el de libertar de la tiranía a la patria esclava”. En Costa Rica, contó Rubén Darío, “vio una mujer muy blanca, de cuerpo fino, acompañada de un hombre de color, elegante: era Antonio Maceo”. Allí tuvo un hijo. La única carta que conservaba él la publicó Andrés de Piedra Bueno, en Maceo, síntesis de una biografía (1945), por habérsela facilitado el hijo del general, el ingeniero Antonio Maceo. Fechada en Costa Rica el 7 de noviembre de 1893, le escribió: “Querido hijo: Hace poco llegué a ésta y no he tenido el gusto de verte. Pide, pues, permiso al Director para abrazarte y para que lleves la paga de tus mensualidades pendientes de arreglo. Tu padre que desea verte, A. Maceo”. Desde Costa Rica se embarcó hacia Cuba para iniciar la guerra. En la segunda quincena de setiembre de 1895, reunida la Asamblea de Jimaguayú en la que se nombró “Lugar Teniente General al Mayor General Antonio Maceo”, se celebraron grandes fiestas y bailes por el acontecimiento. En un guateque, cerca de Holguín, Maceo comió carne de puerco mal cocida, lo que le produjo fuerte indigestión. Hicieron que fuera a verlo el médico puertorriqueño Guillermo Fernández Mascaró, teniente coronel de Sanidad del ejército. Los soldados y los campesinos opinaban que el doctor no sabría curar la dolencia, que para quebrarle el empacho había que traer una curandera. El médico se resistió, y le consultaron entonces a Maceo, y éste dijo que “si la curandera era una muchacha joven y agradable” se sometería al tratamiento: la medicina mejor, para él, resultaba la compañía femenina. Por suerte se curó con el médico, pues algunos de sus hombres pensaron en ahorcar a Fernández Mascaró, negado a traer la curandera, si no curaba al general.
Ya en Pinar del Río, en el combate del Rubí, en junio de 1896, Maceo fue herido en una pierna. Estuvo en cama nueve días. Lo cuidó María Luisa Barrios, una bella campesina adolescente que hacía de enfermera. Algunos biógrafos de Maceo, como no sabían de la existencia de la mujer que ahora se descubre, la han confundido con ésta. Maceo se arrancó de María Luisa, que era hija del prefecto José Manuel Barrios, como para huir de la tentación, antes de que el médico Hugo Roberts le diera de alta. Se fue con sus soldados a Bahía Honda; le escribió a Roberts: “Doctor, usted me ha curado totalmente pero no podrá cicatrizar el hondo mal que me ha hecho María...” ¡Otra María! Poco después ese “último amor”, del que nada se había escrito: una campesina de las escarpadas lomas del Brujito, donde nace el Río Hondo, al norte de San Cristóbal. De la visita de Maceo, y del lugar dijo el general Miró: “Desde el día 27 al 31 de octubre [de 1896] Maceo permaneció en la finca del Brujito, antiguo cafetal de la comarca de San Cristóbal... El río Brujo y su afluente el Brujito, de los que han tomado denominación los dos cafetales, atraviesan veinte veces distintas el sendero que conduce a Bahía Honda, lo borran en las crecidas o lo obstruyen por completo, echándole tabiques de vegetación... Tal vez se llame el Brujo por los engaños que produce...” Y más adelante escribe en forma enigmática de las “últimas ilusiones” en aquellos parajes, en otra visita de su admirado jefe: Salió de Río Hondo el 17 [de noviembre], y se dirigió al Roble, y después al Brujito... ¡Funesta atracción de sus últimas ilusiones! Allí se desvanecieron todas: no halló el halago, sino la esquivez y el reproche. El hombre grande se sintió vencido, completamente vencido. Corazón ardiente y dominado por las pasiones, le producía hondo malestar la claridad del desengaño. Incapaz de maquinaciones para llegar a la conquista de la flor silvestre, porque en su corazón no tenían cabida los designios tenebrosos, se sintió infeliz en medio de su gran poder, desencantado como un doncel que no tiene otra ocupación que la del recuento de sus desvaríos, y tan acre fue la impresión recibida que le produjo fiebre. Bajo la impresión del desencanto recorrió por última vez los parajes en que tantas veces luchó contra el ejército español... Se despedía de las montañas... ¿De quién hablaba Miró? ¿Cómo imaginarse a Maceo, en el clímax de la gloria y a las puertas de la muerte, “como un doncel que no tiene otra ocupación que la del recuento de sus desvaríos”? ¿Quién era “la flor silvestre” que hizo al guerrero sentirse “vencido, completamente vencido”? ¿Al héroe de mil batallas, cubierto de cicatrices el cuerpo? La noticia de esta mujer la tuvo el que escribe estas páginas por el Dr. Roberto D. Agramonte, en sus últimos años, cuando trabajaba en un estudio sobre Maceo. Para que yo la publicara, me dio el inolvidable maestro copia de la carta que por vez primera aquí se hace pública la cual nos adentra en los últimos días de Antonio Maceo. La autenticidad del documento está avalada por Manuel Sanguily, quien lo recibió de Miró según el escrito que sigue a la carta, el cual dice: “Adjunto pongo el original, q. [que] me facilitó el gen. [general] J. Miró. Dice e[é]ste q. [que] Cecilia era una mujer blanca de quien se enamoró Maceo. A las instancias de Maceo contestó al fin Cecilia con la carta de ambos con lo que Maceo desengañado se decidió a pasar la Trocha, lo que había estado demorando a pesar de las comunicaciones en que Gómez se lo había ordenado, las cuales tengo copiadas en un cuaderno por habe[é]rmelas facilitado el mismo Miró.- Manuel Sanguily. Vedado, Nov[iembre]. 1906”.
Hacía diez años casi justos que Cecilia le había escrito a Maceo, pues la carta suya estaba fechada en “N[oviem]bre 28 de [18]96”. Sin corregir su limitada aunque notable ortografía, le escribió a Maceo: Recibí sus cartas las que contesto con alguna tardanza por encontrarme con fiebre cuando las recibí. Las frases que en ella me dirije me han causado profunda sensación mesclada con cierto sentimiento. Me dice Vd. que le de [dé] una contestación decisiva ¿como dárcela cuando unas orribles dudas atormentan mi espíritu hace días? desde que Vd. se dirijió a mí, desde entonces un mundo de ideas bullen en tropel en mi cerebro y no puedo comprender cual será su objeto al dirijirme una palabras tan impregnadas de amor y al parecer tan decididas. Si es cierto lo que me han dicho hace ya mucho tiempo, desde antes de conocerle, ¿cree V. que pueda permanecer tranquila e indiferente a la idea de que Vd. me haya juzgado con ligereza? Y ante todo se comprometería mi reputación que es la única riqueza que poseo. Creo a Vd. no deben parecerles infundados mis temores. ¿Cuando Vd. va de marcha y le dicen que hay enemigo no se detiene para tomar precauciones?, pues si se lanza sin vacilar de seguro caería en un abismo de donde le sería imposible salir ó al menos saldría destrozado y entonces no habría remedio. Lo mismo le pasa en este caso a Cecilia. El rechazo es evidente. Para el general, no acostumbrado a esa resistencia, la respuesta de Cecilia debió resultar un humillante desengaño. La fama, el poder que ejercía sobre los destinos de Cuba, sus finas maneras y su figura (“un hombre bello, de complexión robusta, inteligencia clarísima y voluntad de hierro”, como lo describió el poeta Julián del Casal) se sumaban para hacerlo especialmente atractivo a las mujeres al mismo tiempo que era admirado por los hombres. Con lo que hoy se sabe de la vida de Maceo resulta injusta la acusación de Sanguily, de que “había estado demorando” el paso de la Trocha por el rechazo de esa mujer. Es cierto que Máximo Gómez hacía meses le había dado órdenes de reunirse con él. Razones no le faltaban al General en Jefe para quererlo a su lado: las desavenencias que tenía con el Consejo de Gobierno y la conspiración para quitarle el mando. El 11 de agosto de ese año 1896 anotó Fermín Valdés Domínguez en su Diario: “... Me invitó el General [Gómez] hoy a comer... Hablando de Antonio Maceo, dijo: ‘No sé qué dificultades encuentre Antonio Maceo para no cumplir mi orden de salir de Pinar del Río. Le mandé que pasara la Trocha; sus razones para no haberlo hecho son que así puede tener estacionado en la Trocha un ejército [de España] de veinte mil hombres; éste es un poderoso argumento que explica su estancia allí, pero él puede pasar la Trocha, y si después conviene, volver a Pinar del Río...’“ Y todavía el 2 de noviembre, según cuenta Miró, en una carta “de carácter oficial, suscrita por Máximo Gómez... le ordenaba que franquease la Trocha sin pérdida de momento, [por]que su presencia hacía suma falta en las regiones de Las Villas y Camagüey...”: otra vez era por el conflicto entre el Gobierno y Gómez, motivo por el cual quería entregarle a Maceo la jefatura del Ejército. En las últimas semanas que pasó en Pinar del Río, con excepción de los pocos días que estuvo inactivo en el Rosario (donde también había luchado contra los españoles, el 9 de noviembre), mientras preparaba el paso de la Trocha, se enfrentó a los ejércitos de Weyler en El Rubí (por segunda vez), en Jubo, Río Hondo, la loma de la Madama y Soroa. Tenía razón Máximo Gómez cuando dijo que con la presencia de Maceo en Pinar del Río obligaba a los españoles a distraer veinte mil hombres que lo perseguían. Pero lo que no es fácil perdonarle a Sanguily es la observación sobre el color de la piel de Cecilia, “una mujer blanca de quien se enamoró Maceo”, como si eso justificara esconder la carta: debió haberla publicado para combatir los prejuicios raciales, aquellos pudores necios de la sociedad cubana que tanto daño le hicieron al país. Maceo, todos los Maceo sufrieron de discriminación, por lo que Antonio, según Miró, con frecuencia decía: “Los de mi raza han de caer todos en el campo de la gloria militar; ningún Maceo puede volver las espaldas ante la provocación del adversario: ¡ése es nuestro destino!”
El último combate de Maceo en Pinar del Río fue en La Gobernadora, otra de las lomas de la sierra del Rosario, donde estaba la del Brujito. Era el 3 de diciembre. Los cubanos tuvieron muchas bajas. Panchito Gómez Toro, el hijo del general Gómez, que hacía poco había desembarcado en una expedición, recibió un balazo en el hombro. Dos días antes, desde aquel mismo lugar, le había escrito Maceo a su esposa, quizás la más seca de todas las cartas que se conservan: lamenta que esté enferma, le informa que él está bien de salud y que ha derrotado a cinco generales españoles. Comienza la carta con estas palabras: “Mi adorada esposa”, pero de todo el epistolario es ésa del 11 de diciembre la que termina más secamente: “Deseo que al recibo de ésta, estés buena y que no tengas más novedad...” Parece como si el recuerdo de Cecilia le estancara la mano. La muerte y la “bufanda de flores” En la noche entre el 4 y el 5 de diciembre Maceo burló la Trocha, acompañado de 13 hombres, por la bahía del Mariel. Antes de embarcar se desmayó sobre el caballo. Dijo que la falta de sueño le produjo el vahído. Estaba abrumado: sufría además por la muerte de su hermano José, en Oriente: un “glorioso suicidio” lo llamó Valdés Domínguez, por la injusticia que con él cometió el Consejo de Gobierno. Antonio tenía fiebre, y así pasó la noche siguiente en un ingenio demolido cerca de la playa, en espera de las cabalgaduras que le traerían los insurrectos de la provincia de La Habana. Tuvo un sueño terrible en el que la madre le pidió: “¡Basta de lucha, basta de guerra!”, le dijo: ¡Mariana Grajales, la matrona de aquella “tribu heroica”, la que al empezar la guerra de 1868 les hizo jurar al esposo y a los hijos “libertar la patria o morir por ella”! El día 6, domingo, salieron hacia San Pedro de Hernández, en Punta Brava, donde se concentrarían las fuerzas cubanas. En el camino descansaron en el ingenio Garro, donde pudo Maceo conversar con Perfecto Lacoste y su esposa Lucía, patriotas de desahogada posición social que contribuían con su riqueza a la independencia de la patria; al despedirse, ella, como todas las cubanas que adoraban a Maceo, lo besó en la mejilla: fue el último beso que recibió el héroe. El día 7 llegaron a San Pedro.”El temporal de la noche del cuatro había descargado” dicen las Crónicas de Miró; “‘¿Que día es hoy?’, nos preguntó Maceo. ‘¿Hoy? Lunes, y mañana la Purísima Concepción’, le contestamos. ‘No hay ninguna Concha a quien festejar en estos contornos, porque yo tengo entendido que la joven obsequiosa de Punta Brava, que le regaló a usted la bufanda de flores se llamaba Margarita’. Con esto”, sigue Miró, “quería recordarle al hombre apasionado de todo lo bello, un pasaje ocurrido en las inmediaciones de Punta Brava, once meses atrás, cuando nos dirigíamos por primera vez a Pinar del Río; y lo acentuaba bien, con el nombre verdadero de la deidad, para quitarle el antojo, ya por él indicado, de ir a la mansión de la amable campesina con el único propósito de enseñarle el pañuelo de estambre que ella le regaló el día siete de enero de aquel mismo año, y que aún conservaba el hombre de las tentaciones y lo traía anudado en el cuello, para que le sirviera de abrigo...” Entraron en el campamento a las ocho de la mañana. Maceo seguía sintiéndose mal. A la una almorzó, y poco después sorprendieron a sus soldados los españoles. No pudo Maceo, por sus dolores en el cuerpo, levantarse con la prontitud en esos momentos necesaria. Diez minutos le demoró vestirse y empuñar las armas. Cargó sobre el enemigo y una bala le fracturó el maxilar inferior. Cayó del caballo y, al minuto, estaba muerto, aún con el pecho abrigado por la “bufanda de flores”. ¿Reduce al héroe presentarlo en su proclividad amorosa? En nada. Lo engrandece. Sobre su capacidad de vivir, sobre sus gustos y pasiones, triunfó siempre el patriota. Ése es el hombre superior, el agonista. “No es una política de odios la mía”, dejó escrito Maceo, “es una política de justicia en que la ira y la venganza ceden en favor de la tranquilidad y la razón, es decir, una política de amor. El lema que juzgo más elocuente para que luzca en la bandera de nuestra revolución es Dios, Razón y Derecho...” En un 7 de Diciembre, con cinismo imperdonable, dijo Ernesto Guevara que, “cambiando quizás un poco sus frases”, los comunistas en Cuba podían “repetir” las de Antonio Maceo. No, Maceo nada tiene que ver con un sistema que propugna el odio y que atropella la Razón y el Derecho. Maceo era un hombre, y con hombres como él logró la independencia de su patria. Tendrían miedo de presentar a Maceo los hombres de trapo, los que han querido crear esa absurda entelequia del “hombre nuevo”, deshumanizado, insensible, deforme, resentido, servil e hipócrita: la “máquina de matar” enarbolando “el odio como factor de lucha”. No, Maceo fue el hombre eterno y ejemplar, el que tuvo y venció pasiones: el Titán de Bronce. |
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