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ELEGÍA POR UN TAMARINDO

La naturaleza tiene sus envidias, como los hombres, y sus hermosuras. Un árbol de Cayo Hueso aprendió a mover las ramas como brazos de guerrero, y echaba discursos en las noches de invierno, con los puños cerrados, porque la Guerra Grande hacía en Cuba su cosecha de mártires. Otras veces oraba. Con la brisa en las hojas decía la plegaria de las huérfanas a su vera, por el regreso de los patriotas, por su triunfo. Había nacido aquel tamarindo en el cementerio, y creció enjuto y débil: las hojas y el tronco parecían cascabeles sobre un esqueleto. Se iba estirando como si lo empujaran desde las raíces, o como si lo llamaran desde las nubes, pero con desgano, y llevaba indiferente sobre los hombros el retoño de la vida. Pero el 10 de Octubre de 1873 no dejaron en la iglesia a los cubanos que celebraran la fecha de la guerra, y no se les ocurrió mejor lugar para la ceremonia que allí, junto al tamarindo, donde no llegaba la envidia de los espías de España. Ahora hace un siglo que los emigrados comenzaron a reunirse ante el ruin testigo. Iban a honrar a la patria.  

Ya tenían los cubanos héroes que evocar y proezas que decir. Se leían versos de soldados, y partes de batalla, mientras los viejos miraban al cielo y las mujeres cosían mochilas y banderolas. Apretados los jóvenes cambiaban secretos de las expediciones, y contaban los días para ir a Cuba como el novio los que lo separan de la boda. Cumplió más años el 10 de Octubre, y el tamarindo dio en crecer, y extendía las ramas para cobijar tanta esperanza; se le veía competir con el Club San Carlos, de la calle Ann, donde decían discursos y enseñaban a los niños. Siempre había motivo para la peregrinación hasta el árbol: que una buena noticia, allá, a la sombra amiga; que una pena, también al tamarindo. Y así aprendió los delirios y desalientos del cubano. No hay en la naturaleza fruta con más azúcar que el tamarindo, ni más amarga, como la vida de aquellos emigrados: a la tristeza del Zanjón se mezclaría la soberbia de Baraguá; al fracaso de la Guerra Chiquita, las promesas de Maceo.  


Cementerio de Cayo Hueso en los tiempos del tamarindo

Años después, invitado por los hombres de Cayo Hueso, llegó un poeta que otra vez hablaba de la independencia de Cuba. Al muelle fueron a esperarlo, con el más viejo a la cabeza. “¡Abrazo a la revolución pasada!”, dijo al anciano el viajero; “¡Abrazo a la nueva revolución!”, respondió aquél. Más que un saludo fue una despedida: no pudo Martí por mucho tiempo disfrutar de la amistad del patriarca de Cayo Hueso. Ninguna tierra más cubana que aquélla que cobijaba la raíz del árbol robusto, ni mejor panteón para José Francisco Lamadriz, el luchador incansable. Y allí lo pusieron, al pie del tamarindo, como los fieles al obispo, al pie del ara. Quedó consagrado el lugar: el templo ya fue la cúpula verde. Sólo le faltaba la piedra, y con los centavos de los peregrinos se alzó un obelisco en memoria de los mártires. Grabaron sus nombres en el mármol; y en la verja, para que nunca se olvidaran, tejieron siemprevivas de hierro.

La historia apagó las angustias de la guerra. Dejaron de orar y de luchar juntos los cubanos, y se abandonó el obelisco de los héroes. Como el profeta en el desierto, el árbol agitaba los brazos y gruñía al horizonte. Nadie escuchaba al gigante del cementerio, y una tarde de lluvias, con un quejido terrible, se despedazó las alas. Inmóvil y en silencio, como la columna de granito, quedó el leño, blanco por la muerte. De lejos parecían dos espadas saliendo de la sepultura. Aún el tiempo tenía obra que hacer sobre el cadáver de madera, y cuando no había más que una parte del tronco, una mano compasiva la cubrió con un cristal. Pero el sol venció a la urna, y hace unos meses, cuando se cumplía el centenario de aquella reunión extraña de árbol y hombres, con las promesas de éstos arrastraba el viento sobre las tumbas unos pocos jirones de la corteza.