SENTIDO Y RAZÓN DEL DESTIERRO El padre Varela Hay hombres claves que resumen las miserias o las grandezas de su pueblo. La biografía de esas figuras de excepción viene a ser campo obligado para el estudio del carácter nacional, y para descubrir las limitaciones y las posibilidades de su tierra. Aunque a primera vista parece que hicieron la historia, o que la conformaron a su pensamiento, un análisis de su época y antecedentes pone en evidencia cuánto fueron efecto más que causa del acontecer. Así, por su condición de resultantes, en esas singularidades humanas puede encontrar una nación directrices sobre lo que debe precaver y lo que debe proseguir. Para los cubanos en el extranjero, se acercan ahora tiempos de cambios y de crisis, situaciones que han de exigir tanto de la reflexión como del ánimo, tanto del saber como del sentir, y resulta oportuno volver los ojos sobre algunas de esas altas figuras que confrontaron situaciones semejantes a la nuestra: en sus actos y juicios, donde están nuestras raíces, hay lección de conducta. Felix Varela, Miguel Teurbe Tolón y José Martí fueron emigrados que intuyeron el futuro y actuaron de acuerdo con su adivinación. Los tres murieron sin saber que eran ellos, y no quienes los negaban, los que tenían la razón: la historia confirmó generosa sus presagios, y en ese acierto está también su condición ejemplar; siguen por eso aquí algunas observaciones sobre el sentido y la razón de su destierro.
Ya habían vuelto a Cuba algunos de los discípulos y amigos de Varela que estuvieron con él desterrados en Nueva York: en 1832 María Cristina, la reina gobernadora de España, concedió una amnistía a favor de los liberales emigrados que beneficiaba a los cubanos, y poco después hubo otra, más amplia, a la que se acogieron muchos de los que aún permanecían en el extranjero. Le empezaron entonces a escribir a Varela, desde Cuba, sobre los cambios que anunciaban un futuro mejor para la isla. Hasta pudo parecer que dejaba de cumplir sus deberes de religioso y de maestro por no regresar. Aun poco antes de su muerte le escribió el padre Francisco Ruiz, quien ocupaba su antigua cátedra de Filosofía, en San Carlos, con los mismos argumentos que esgrimieron otros cubanos para quebrar su resistencia: “Usted no necesita que yo le diga la obligación en que estamos por ley natural y divina de conservar nuestra existencia... Tampoco necesito recordar a usted los numerosos amigos y discípulos que cuenta usted en Cuba, y que contarán como el día más glorioso de su vida aquél en que llenos de efusión, vuelvan a ver y abrazar en el seno de su patria a su amado e inolvidable maestro”. Mucho antes, Tomás Gener y José de la Luz y Caballero le habían pedido que volviera, y otros de sus discípulos: Saco, Manuel González del Valle, José María Casal, Leonardo Santos Suárez... Debió seducir a Varela durante sus últimos veinte años la posibilidad del regreso. Además del amor a su tierra, y a los suyos, lo empujaban su precaria salud, tan dañada por el frío, la soledad, la indigencia y las vicisitudes del destierro. Pero Varela no se dejó engañar con las promesas de un gobierno viciado por su forma, ni cupo en él la flaqueza de negar lo que antes afirmaba. Así consideró su obligación resistir y pagar el precio de su negativa. La palabra “amnistía” viene de la corrupción de un vocablo griego que significa “olvido”, y puede el gobernante mover como quiera sus recuerdos, y olvidar, pero el desterrado no tiene que seguir el camino del déspota: hay una moral para la víctima y otra moral para el verdugo. También la hermana de Varela le pedía que se reintegrara a la labor pastoral entre los suyos, acogiéndose al perdón, y él le contestó: ¿Y querrás tú verme perdonado? ¡Ah! Tú me quieres mucho para desearme tanta infamia. Tu Félix no es un criminal. Si lo fuera no sería digno de ti. Antes procuraría borrar de su alma tu memoria que ahora tanto la consuela. El tiempo y la adversidad han luchado contra mi pecho hasta que convencidos de la inutilidad de sus esfuerzos me han dejado en tranquila posesión de mis antiguos y nunca olvidados sentimientos. Créeme que el placer de hacerse superior a las desgracias basta para destruirlas, pues ellas sólo ejercen su imperio sobre el cobarde que las teme. Yo vivo feliz: no te ofendas: comprende mi intención, yo vivo feliz lejos de los míos y sólo sería desgraciado entre ellos. Suponte que anuncian mi llegada a la bahía de La Habana, ¿crees que una juventud cuya imaginación ha exaltado en mi favor la amistosa imprudencia de mis elogiadores no saldría a recibirme? Pues he aquí mi primer escollo. Otras personas de mi rango, imitando la clemencia soberana, se apresurarían a felicitar al perdonado. ¡Qué! ¿El que salió de su patria seguido de las miradas del aplauso volverá a ella para recibir las de la conmiseración? No me hables de patria. Yo no tengo otra que mi pecho, donde está grabada tu imagen. Años más tarde, otra vez por la insistencia de la hermana, le dice: “...Sólo puedo contestarte a tu carta melancólica recordándote nuestro deber de conformarnos con la voluntad de Dios. Mi separación de mi patria es inevitable, y en esto convienen mis más fieles amigos. Acaso yo he tenido la culpa por haberla querido demasiado, pero he aquí una sola culpa de que no me arrepiento...” Como Diputado a Cortes el padre Varela se había declarado contrario a la esclavitud y en favor de la autonomía de Cuba, y por eso tuvo que refugiarse en los Estados Unidos cuando triunfó la reacción en España. Luego se convenció de que para resolver los problemas cubanos era necesaria la guerra. Por eso dijo en El Habanero: Jamás he dado a nadie el trabajo de adivinar mis opiniones, siempre he hablado con franqueza, y mucho más debo usarla cuando se interesa el bien de mi patria. Yo opino que la revolución, o mejor dicho, el cambio político de la Isla de Cuba, es inevitable. Bajo ese supuesto, para sacar todas las ventajas posibles y aminorar los males, debe anticiparse y hacerse por los mismos habitantes, callando por un momento la voz de las pasiones, no oyendo sino la de la razón y sometiéndose todos a la imperiosa ley de la necesidad. Sea cual fuere la opinión política de cada uno, todos deben convenir en un hecho, y es que si la revolución no se forma por los de casa, se formará inevitablemente por los de fuera, y que el primer caso es mucho más ventajoso. A esas conclusiones llegaba por su acendrado patriotismo, y por su saber, y cuando vio que no prosperaban los planes revolucionarios, que podía considerarse inútil el destierro, no se quiso rendir y recurrió a otros medios para continuar la lucha por sus ideas, a sus armas más poderosas, a su intransigencia y rebeldía de proscrito. Y así confesó en uno de sus trabajos sobre Cuba: “Yo he dado un adiós eterno a los restos de una familia desgraciada y, en medio de un pueblo libre, mi existencia, sin placeres, pero sin remordimientos, espera tranquila su término”. Pero ese alejamiento, impuesto por sus convicciones, le engrandecía la devoción a su tierra: aunque siempre sintió gratitud por los Estados Unidos, quiso mantenerse aquí como un extranjero; dijo en una de sus Cartas a Elpidio: Acaso no hay un hombre más afecto que yo a este país, en el que he permanecido por tantos años, a pesar de haber corrido peligro mi vida en los primeros a causa del clima y de haber sufrido infinitas privaciones por no saber el idioma. He tenido en este tiempo varias y honoríficas invitaciones para situarme en otros países, y a ninguna he accedido... Yo soy, en el afecto, un natural de este país, aunque no soy ciudadano ni lo seré jamás por haber formado una firme resolución de no serlo de país alguno de la tierra, desde que circunstancias que no ignoras me separaron de mi patria. No pienso volver a ella, pero creo deberla un tributo de cariño y de respeto no uniéndome a otra alguna.
Ni la complicidad del clero católico con España, ni la coacción de la jerarquía de la Iglesia para impedirle su ascenso en Nueva York lograron someter al padre Varela. No entendía él cómo sus programas para la isla podían amenazar la religiosidad del pueblo, y, por el contrario, le parecía inexplicable todo tipo de acuerdo entre la fe y la fuerza, entre el espíritu religioso y la tiranía; y razonaba de esta manera en su análisis del “Estado eclesiástico en la isla de Cuba”: La libertad y la religión tienen un mismo origen, y jamás se contrarían porque no puede haber contrariedad en su autor. La opresión de un pueblo no se distingue de la injusticia, y la injusticia no puede ser obra de Dios. Sólo es verdaderamente libre el pueblo que es verdaderamente religioso, y yo aseguro que para hacerle esclavo es preciso empezar por hacerle fanático... La fuerza es el apoyo de la tiranía, y la religión no puede servirla de pretexto, sino empezando por experimentar ella misma el mayor de los ultrajes. Y no se detuvo en la mera exposición del problema; en esas mismas páginas se encuentra su denuncia: “¡Defensores del trono y el altar, quitaos la máscara ! Vosotros podréis servir de apoyo al primero, mas la sagrada víctima que se sacrifica en el segundo abomina vuestra hipocresía y detesta vuestra impiedad...” Del padre Varela dijo su discípulo ilustre José de la Luz y Caballero: “Mientras se piense en la isla de Cuba, se pensará con veneración y con afecto en quien primero nos enseñó a pensar”. El tiempo confirmó sus juicios: no había arreglo posible con el error de España, y sus compatriotas tuvieron que seguir los caminos que él dejó trazados. Pero Varela, como auténtico intelectual comprometido con sus ideas, no sólo tiene lección para el pensamiento sino también para el acto —decía por eso que “cada prisión vale por mil proclamas”—: su inquebrantable firmeza en el exilio y la serenidad de su muerte mueven a dignidad a quien lo sigue y a sonrojo a quien con sus actos lo niega. El último cubano que vio a Varela fue Lorenzo de Allo, antiguo alumno de San Carlos. Lo encontró en el camastro de su humilde habitación tras una escuela de San Agustín, en la Florida. Estaba agonizando. La sotana ajada, unos trapos y el viejo violín eran sus únicas pertenencias; ni un papel, ni un libro: todo el pensar había quedado reducido al acto. Conmovido, de Allo escribió a sus amigos en La Habana: “Varela moribundo sobre un jergón habla más a mi alma que Sócrates tomando la cicuta”.
La causa de Cuba había sufrido un revés mayor en 1851 con la muerte de Narciso López. Entonces la madre de Teurbe Tolón obtuvo un permiso para que su hijo, refugiado en Nueva York, regresara a Matanzas. El embajador de España en Washington le envió el salvoconducto, y el poeta le contestó con el soneto “Mi propósito”, con el que inmortalizó su decisión:
Muchos problemas le hubiera resuelto a Teurbe Tolón el regreso a Cuba. El poeta vivía con muy escasos recursos dedicado a la enseñanza de idiomas y a traducciones: en el mismo número del periódico La Verdad, de Nueva York, donde apareció su soneto, se lee este anuncio: “Miguel T. Tolón, professor by diploma... will devote his leisure hours to the tuition of the Spanish language and the critical history of Ancient and Modern Literature. He will also make translations from or into the Spanish, English, French, Italian and Portuguese...” Y no menos urgente le resultaba ahogar la nostalgia de su tierra. En una composición, que dedicó a su hermana Teresa, cuenta su añoranza al contemplar la puesta de sol desde el Oeste de Manhattan, a orillas del río Hudson, sobre New Jersey:
Y en una de sus Leyendas Cubanas así suspiraba por “Volver a Cuba”:
A mediados de 1848, poco después de descubrir los españoles la Conspiración de la Mina de la Rosa Cubana, Teurbe Tolón tuvo que huir a los Estados Unidos; dos años más tarde su esposa, y prima, Emilia (con sus mismos apellidos), fue desterrada por actuar en Matanzas como agente de su marido. Procedían de una familia de conspiradores: sus tíos Gabriel y José habían participado en la Conjuración de los Soles de Bolívar, en particular el último, el licenciado, gran amigo de José María Heredia, segundo sólo en aquellos trabajos contra España a José Francisco Lemus, el Jefe Supremo; y también estuvo en el mismo complot su tía Ana, casada con el revolucionario Luis Ramírez Monfort. Al igual que luego le sucederá a Miguel, el licenciado José fue condenado a muerte en rebeldía y siguió trabajando por su patria en el extranjero: en Nueva York, junto al padre Varela, y en México fundó con otros exiliados la “Junta Patrocinadora de la Libertad de Cuba”. Miguel Teurbe Tolón fue uno de esos cubanos que, sin olvidar sus deberes, dejó rica huella de su paso por los Estados Unidos. El dominio de los dos idiomas le permitió servir a los lectores de habla española y a los de habla inglesa: para que mejor se conociera en Hispanoamérica la obra de Thomas Paine, tradujo el Common Sense, que tanto podía decirles a sus compatriotas del despotismo de España; y también publicó en traducción la Historia de los Estados Unidos, de Emma Williard. En el Waverly Magazine, de Boston, están sus versos en inglés, y en el Herald, de Nueva York, sus crónicas hispanoamericanas; y hasta compuso un libro para enseñar español a los norteamericanos: The Elementary Spanish Reader and Translator. Uno de los más fervientes colaboradores de Narciso López fue Miguel Teurbe Tolón. Las mejores energías del poeta, y la parte mayor de su tiempo, siempre estuvieron dedicadas a lograr la independencia de Cuba. Cuando López estaba preparando su primera expedición, le escribió: Mi respetado general: Una sola idea ha llenado siempre mi cabeza, un pensamiento ha dominado siempre mi corazón, la Libertad de Cuba... Convencido de que es usted hoy el único que puede llevar a cabo la Libertad de mi Patria, estoy resuelto, sin titubear un momento, a seguir su bandera si usted quiere aceptar los débiles servicios que como soldado o como aficionado a las letras pueda yo prestar bajo las órdenes de usted en cualquier clase en que más útil me considere. Poco después tuvo la gloria el poeta, que también era buen dibujante, de diseñar, con las indicaciones de Narciso López, la bandera de Cuba. Según contó el novelista Cirilo Villaverde, testigo de los hechos, nació la enseña nacional en una casa de huéspedes de la calle Howard, en Nueva York, cerca de Broadway, donde se reunían los conspiradores. El escudo de armas fue todo invento de Teurbe Tolón, dijo, “y adoptado por el general López para sellar los despachos y bonos que como jefe del gobierno provisional de Cuba emitió en 1850 y 1851”. La bandera flotó por vez primera el 11 de mayo de 1850, en el edificio del New York Sun, en las calles Fulton y Nassau, donde los cubanos tenían buenos amigos. Ocho días más tarde ya estaba en Cuba: cuando López desembarcó en Cárdenas, la clavó en su tierra el matancero Juan Manuel Macías. Aunque no prosperó la acción de Narciso López, los emigrados la celebraron como un triunfo mayor: la toma de la ciudad, la derrota de la fuerza enemiga, la incorporación a los expedicionarios de 24 soldados españoles, y las horas que estuvo en su poder una parte del territorio cubano les hizo concebir grandes esperanzas. El 25 de agosto se le rindió un homenaje al general en el hotel Barnum, de Nueva York: le regalaron una bandera y una espada; Tolón dijo en su discurso: “...así como la una simboliza la nacionalidad de Cuba Libre, independiente y feliz como debe ser y será, la otra representa el solo medio que tienen los pueblos esclavizados para romper el yugo del despotismo...” López contestó con unas palabras que tienen validez siempre: Las revoluciones son épocas de prueba para el temple de las almas que aspiran a ser libres, y a dar la libertad a su patria; los que tomen parte en ellas, no sólo han de resolverse a pasar las horas oscuras e incómodas de la noche antes de saludar el sol apetecido, sino que han de resignarse igualmente a sufrir con noble silencio (hasta que el suceso haya estampado en su obra el sello de la gloria) las calumnias de los enemigos, la dañina frialdad de ajenas simpatías y la hostilidad de ese partido antipopular que tiene una común existencia y un carácter común en todos los países y bajo todas las formas de gobierno.
Un año más tarde desembarcó Narciso López de nuevo en Cuba, pero fue vencido con sus fuerzas en Pinar del Río, y el general murió en garrote el 11 de septiembre de 1851. Otros fracasos sufrió también la causa de Cuba: la derrota de Joaquín de Agüero y sus amigos de la Junta Revolucionaria de Camagüey; y la de los trinitarios Isidoro Armenteros y Hernández Echarri; la de los comprometidos en la Conspiración de Vuelta Abajo; además, el fusilamiento en Baracoa de Francisco Estrampes y la ejecución de Ramón Pintó en La Habana; y el más amargo revés para Teurbe Tolón y los otros emigrados: la negativa del general norteamericano John A. Quitman de llevar a Cuba la expedición que había pagado la Junta de Nueva York. Cundió entonces el pesimismo. En 1854 España había concedido otra amnistía —olvido— y la emigración fue dispersándose: muchos volvieron a Cuba. Pero algunos no pudieron: tenían la memoria de sus mártires, y los muertos ya no pueden olvidar. Cristina de la Guardia, la madre del poeta, insistió en que el hijo regresara; le escribió una carta, y él le contestó con estas redondillas que luego se incluyeron en El laúd del desterrado, en Nueva York, en 1858, con el título “A mi madre que me llama a Cuba con motivo de la Amnistía dada por la Reina de España”; dicen así:
Tiempo después, sin embargo, casi en la miseria, abandonado de sus amigos y con avanzada tuberculosis, Teurbe Tolón decidió complacer a la madre: se acogió al indulto de Isabel II. Pero todavía resistió diez y seis meses antes de emprender el doloroso viaje. Llegó a Cuba a fines de agosto de 1857, y el 16 de octubre murió en su casa de Matanzas. Sus compatriotas lo recibieron como a un héroe, por su valor y entereza en la emigración, y un grupo de señoritas recaudó fondos para publicar su último libro de versos, Flores y espinas. Y hasta le alcanzaron el tiempo y las fuerzas para añadir otro a sus muchos elogios a la naturaleza de Cuba:
Todo gobierno antipopular anda en busca de ocasiones para exhibir su fuerza y contar sus méritos. Y si el líder está tocado de vanidad, menos se ha de perder fecha de aniversario sin que salgan los sables a desfile y suban los panegiristas a la tribuna. Se acercaba el cuarto centenario del descubrimiento de América, y los gobernantes españoles de Cuba se dispusieron a sonar la fiesta para inhibir a los disidentes y asegurar a sus parciales. El día 11 de octubre se circuló en La Habana esta “Orden General” del ejército: Con motivo de celebrarse en la capital fiestas durante los días 12,13 y 14 del actual por el cuarto Centenario del Descubrimiento de América, el Excelentísimo Señor Capitán General ha tenido por conveniente resolver lo siguiente: Artículo 1: A la una y media de la madrugada del día 12, se hará una salva de artillería de la Plaza y se izará el Pabellón Nacional en todos los fuertes y edificios militares. Artículo 2: Celebrando la Santa Iglesia Catedral, el mismo día a las ocho de la mañana, una misa solemne y Te-Deum en conmemoración de tan fausto acontecimiento, ha tenido así mismo por conveniente disponer que concurran a dichos actos los Oficiales Generales presentes en la Plaza, y que por el Gobierno Militar de la misma se nombren comisiones de Jefes y Oficiales del Ejército, Milicias, Voluntarios y Bomberos que en traje de gala concurran a dicha fiesta con el fin de darle mayor esplendor. Hubo recepciones, banquetes, paradas, discursos. Los comerciantes adornaron las calles: Muralla, Mercaderes y O'Reilly competían en banderas; y los habaneros vieron desfilar todas las armas e institutos del ejército por el Paseo de Isabel II; al besamanos del Palacio del Capitán General concurrieron personalidades eclesiásticas, numerosas dignidades nobiliarias y diplomáticos; entre lujos, criados y luces se bailó en el Casino Español y en el Círculo Militar. Parecía que todos participaban en la fiesta, pero el día 12 Ricardo del Monte publicó un artículo memorable que descubría el pensamiento de muchos de sus compatriotas: escribió en su periódico el director de El País: El pueblo cubano, por su desgracia, no puede con toda la efusión de un entusiasmo espontáneo participar en las alegrías y los festejos que lo rodean. Ni el pasado ni el presente le pertenecen: las glorias de ayer, las conquistas de hoy ¿cómo podría reclamarlas? ¿Trátase de que pongamos de manifiesto los progresos morales y materiales alcanzados en cuatro siglos de coloniaje? Sólo intentarlo, podría resultar contraproducente, hasta el más inefable ridículo... El extranjero que venga a ver las luminarias, colgaduras y procesiones destinadas a expresar nuestras alegrías conmemorativas, se sorprenderá de no ver en las calles de la ciudad y sus arrabales ningún testimonio visible de aquellas riquezas de que ha sido emporio La Habana, pero le dirán que hay hermosas vegas en Cuba. Le dirán que hay colosales fábricas de tabaco. Le dirán que hay ingenios de azúcar, pero se callará... de las riquezas salomónicas que ha producido esta tierra desventurada, esparcidas a todos los vientos, devoradas por las codicias, malgastadas y destruidas por todas las concupiscencias; no han quedado siquiera migajas y reliquias para probar al mundo que ella no ha sido durante cuatro siglos presa de la rapacidad, el desgobierno y la imprevisión... Conmemore España regocijada lo que fue. Cuba, impotente, envuelta en los harapos de su antigua opulencia, sólo puede saludar con tristeza a uno y otro lado, y alejarse de la fiesta con dignidad. Pero al toque del aplauso siempre acuden los frívolos, los débiles y los ingenuos. Como si pudiera haber tregua con la injusticia, algunos emigrados acudieron a la invitación de España. Desde Cayo Hueso, Tampa y Nueva York salieron cubanos para los festejos; otros, como ellos, cómplices, los recibieron obsequiosos en la isla. Martí andaba entonces en los primeros pasos de la preparación de la guerra. Muy pocos creían en sus planes. Julio Burell, que lo había conocido en el Ateneo de Madrid en su época de estudiante, les preguntaba por él tiempo después, en la capital española, a los diputados autonomistas —a Rafael Montoro, a Fernández de Castro, a Eduardo Dolz— y le respondían: “¡Bah! Marchó de Cuba. No tenía fuerza. No le hicieron caso, y allí en New York publica una inofensiva hoja separatista... Ese Martí es un hombre muerto...” Patria era la “inofensiva hoja separatista”; de ella iba a salir la guerra de aquel “hombre muerto” en la que se rindieron 200 mil soldados españoles y 80 mil voluntarios. En aquel periódico, donde está su doctrina, Martí comentó las fiestas por el Centenario, en el número del 11 de noviembre de 1892, y los viajes a Cuba de los emigrados; Habló entonces de “la capacidad de olvido del corazón del hombre, de la atracción deslumbrante del deleite, y de la proximidad temible de la ligereza de la infamia”; dijo: Puede el vencido, porque es magnanimidad, recibir en su casa al vencedor que le lleva en la visita el homenaje del arrepentimiento; pero el vencido no puede ir a comer el pan y beber el vino al vencedor, a bailarle al vencedor la danza amable, a dar al vencedor derecho de que muestre al mundo la alegría del pueblo oprimido, como el domador, látigo en mano, enseña en el circo al oso que lo besa con el bozal, y le baila alrededor, cruzado de brazos. Visitar la casa del opresor es sancionar la opresión. Cada muestra de familiaridad de los hijos de un pueblo oprimido con las personas o sociedades del gobierno opresor, confesas o disimuladas, es un argumento más para la opresión, que alega la alegría y amistad espontánea del pueblo sojuzgado, y es un argumento menos para los que alegan que el pueblo oprimido, vejado, envenenado quiere sacudir la opresión. El hijo de un pueblo prostituido y sin derechos, no puede sin deshonra personal, poner el pie en la casa, confesa o disimulada, de las personas o sociedades que representen al gobierno que prostituye a su pueblo y conculca sus derechos... Mientras un pueblo no tenga conquistados sus derechos, el hijo suyo que pisa en son de fiesta la casa de los que se lo conculcan, es enemigo de su pueblo. La ley del pudor ha de ser más fuerte que la ley del placer. El vencido ha de conservar el pudor. En la galería de nuestros grandes proscritos, Martí ocupa un lugar preferente no sólo por su conducta, sino también porque, con una breve interrupción, vivió en el destierro casi toda su vida adulta: desde los 18 años. Regresó a Cuba con la Paz del Zanjón, en 1878, cuando el gobierno español hizo concesiones a los cubanos —indulto general, libertad a los esclavos que habían luchado en la insurrección, fin de la censura, autorización para formar partidos políticos y sociedades patrióticas, ayuda económica a cuantos quisieran salir del país. Y no regresó para descansar sobre el acuerdo sino para preparar otro alzamiento; así, en 1879, de nuevo lo desterraron. Con la terminación de la Guerra Chiquita, un año más tarde, Martí hubiera podido volver a Cuba, pero comprendió que debía permanecer en el extranjero como señal de protesta. Cuando Emilio Núñez desde el campamento Los Egidos, en Santa Clara, le consulta si debe rendirse por el fracaso del levantamiento, Martí le aconseja que deponga las armas, pero le advierte:
Una semana después de escrita esta carta, el 21 de octubre de 1880, salían hacia La Habana la esposa y el hijo porque sólo les quedaba, como explicó ella, la ropa por empeñar para vivir: él no tenía un trabajo fijo y se acercaba el invierno. Regresaron dos años más tarde y, con cierta comodidad, vivían los tres en un piso de Brooklyn. Ya él tenía buenos empleos: en la casa Appleton, de traductor; en Carranza y Compañía, de amanuense; la dirección de la revista La América; la suplencia del consulado del Uruguay. Pero lo que quería Carmen Zayas Bazán era el placer de la tierra propia. ¡Cuántas veces Martí, que tanto dijo del destierro, no le hablaría de ese dolor (“Todos quieren vivir, mas se ha notado/Que hay uno allí que ve demás la vida:/Uno en el pueblo entero: el desterrado...”). Quería que él volviera a La Habana donde lo esperaban la familia, el bufete amigo y los aplausos al escritor. A ella le parecía inútil el sacrificio: no entendía por qué “el vencido no puede ir a comer el pan y beber el vino al vencedor”; por qué “el hijo de un pueblo prostituido y sin derechos, no puede sin deshonra personal, poner el pie en la casa, confesa o disimulada, de las personas o sociedades que representen al gobierno que prostituye a su pueblo y conculca sus derechos...” Carmen Zayas Bazán no lo entendía y, con la mayor imprudencia intentó el chantaje: creyó que si se iban, Martí volvería a Cuba por serle imposible vivir sin ella y sin el hijo. No se daba cuenta de que por la angustia de la patria ya él no vivía; escribió: “...Cáscara soy de mí, que en tierra ajena/ Gira a la voluntad del viento huraño,/ Vacía, sin fruta, desgarrada y rota...” Y sobre los otros regalos que rechazó, tuvo el proscrito también que perder el hogar: “La ley del pudor ha de ser más fuerte que la ley del placer”. Se negó a ir a Cuba porque sabía que, sin causa extrema, “visitar la casa del opresor es sancionar la opresión...” Varela, Teurbe Tolón, José Martí: un religioso, un poeta, un revolucionario: ocupaciones que parecen diferentes pero que son iguales en la raíz; no es posible el diálogo con lo sobrenatural sin recurrir a la poesía e intentar la conversión del sueño en realidad. ¿Quién que piense en el padre Varela tropezando en Nueva York con el frío y el idioma, armado del pronóstico de su patria, no ve en él también al vaticinador y al rebelde? Él no fue, por supuesto, de la iglesia cómplice que buscaba acuerdos con el poderoso; él fue del Cristo intransigente y violento del Evangelio de San Juan, que arrojó del templo a los mercaderes que lo profanaban, el que “haciendo de cuerdas un azote” cargó contra los cambistas y los vendedores que allí había, y les derribó las mesas y les aventó los dineros.
Al cumplirse un año de la muerte de Narciso López, se reunieron los cubanos en una iglesia de Nueva York, y después en un acto patriótico donde habló Teurbe Tolón; allí dijo:
No, aquello no era sólo la elegía de un literato, era la prédica de un orador sagrado, y la arenga de un combatiente. Como la religión es algo más que intuir lo divino y, por temor o encantamiento, someterse a un código de preceptos; como asimismo es, ajena al dogma, la ocupación preferente en un ideal superior y la voluntad de rescatar al hombre de su natural torpeza, al Martí poeta y guerrero que conocemos hay que también incluirlo en la cofradía del padre Varela. Y más aún si se entiende, correcta, la religión, como el acto de religar (del latino religare, atar con fuerte vínculo), por cómo logró unir a sus compatriotas para la independencia. Y todo el que mida a prodigios la fe ya ha de encontrar milagros suficientes en ésa y en cualquier otra unión por su culto de los cubanos. Pero algo más que ese parecido radical junta a Varela, a Teurbe Tolón y a José Martí: en la escala y la capacidad biográfica de cada uno, sobre el amor a su tierra y la vocación del sacrificio, hay en ellos un modo peculiar de entender la razón y el sentido del destierro: ni Varela, ni Teurbe Tolón ni Martí lo vieron jamás como castigo, sino ministerio: no como refugio, sino como trinchera.
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