GRANDEZAS Y MISERIAS DE ‘LA MEJORANA’
La reunión “Todo hombre es la semilla de un déspota”, dijo Martí, y por ese saber quiso en la famosa reunión atajarle un peligro a Cuba. Ya había chocado con Maceo y Gómez, cuando la intentona revolucionaria de 1884, por la forma de gobierno que debería tener la guerra. Máximo Gómez defendía la dictadura, “sin ninguna institución civil”, durante la lucha. Martí se separó del plan: “Un pueblo no se funda, General, como se manda un campamento”. Antonio Maceo le atribuyó entonces “retrógradas tendencias”; Gómez dijo que Martí era de “esos átomos que nada influyen en los destinos de los pueblos”. Era el choque del espíritu civilista con el militar: la idea del poder sometido a la ley frente al poder con el arma al cinto, siempre al amparo de lo provisional —siempre peligroso—: unas veces con fines nobles; otras, egoístas. Viejo problema en Cuba, origen de grandes males, aún no resuelto. Había empezado la guerra del 95. El primero de abril desembarcó Maceo en Duaba, y once días después, Máximo Gómez, junto a Martí, en la Playita de Cajobabo, en la misma jurisdicción de Baracoa. Maceo no quería reunirse con ellos: estaba dolido porque lo sometieron a Flor Crombet en el viaje desde Costa Rica: él pidió cinco mil pesos para la empresa, y Flor la supo arreglar con dos mil. No era diestro en el manejo del dinero el Titán de Bronce: en 1886 había tenido un serio enfrentamiento con el Generalísimo por el mismo motivo: fracasados los planes de guerra y después de empeñar el revólver, el reloj y los lentes, escribió Gómez en su Diario: “En medio de estas dificultades y desgracias me faltaba recoger un nuevo desengaño en la amistad del General Maceo. Este jefe, porque no estaba de acuerdo con él en sufragar los gastos que sin necesidad se continuaban haciendo en la manutención de algunos, entre éstos él mismo, me dirige cartas irrespetuosas y hasta insultantes”. El disgusto de Maceo aparece en la que le envió el 30 de enero de 1886; allí le decía: “Usted ha tenido, permítame que se lo diga, el gran defecto de desconfiar siempre de los hombres que no han allegado su manera de ser. Su carácter es infernal, egoísta, celoso, soberbio, preocupado; según la hora, intratable, voluble e imperativo...”
No era menor su amargura en 1895: pocos días antes de desembarcar le confiesa a la esposa: “He pasado tantas amarguras, estoy pasando tantos disgustos y sinsabores, que tengo el alma llena de penas y tristezas por los que tanta mezquindad abrigan en su corazón, disfrazados casi siempre con pulimentos de bondad. También contigo quiero guardar silencio, no deseo que sufras con la horrible tempestad que ha empezado a subirse a mi cabeza”. La alusión a Martí es evidente, en los “pulimentos de bondad”. Maceo sabía de la presencia en Oriente de Martí y Gómez, pero se excusaba de verlos diciendo que andaba en operaciones. El 28 de abril le escribe a Bartolomé Masó: “El general José Maceo me participa están en su cuartel el mayor general Máximo Gómez, el brigadier Félix Francisco Borrero y el Dr. Martí. Sírvase pues ordenar que el coronel Amador Guerra espere al general Gómez en el potrero Sabana del Hato del Medio con 200 hombres de caballería para que lo conduzca a Camagüey”. Nada dice de la carta que dos días antes le había enviado Martí, quien el 3 de mayo otra vez le escribe: “Un pesar verdadero he tenido aquí, entre tantos motivos de placer: no hallarlo... ¿Ahora, cuándo lo veré?” Y le habla en forma vaga del gobierno que trae en proyecto —”simple, eficaz, amado, uno, respetable, viable”—; pero en realidad quería el mismo que le rechazaron en 1884: el que llevara dentro, “sin trabas, la República”. Al fin Maceo accedió a verlos. Era conveniente para la guerra; vencía el patriotismo. Pero los cita en un lugar y a una hora difíciles para ellos, y, cuando van apurados hacia Bacucy, Maceo, con su flamante Estado Mayor, los sorprende en el camino. Martí anota en su Diario: “Vamos, con la fuerza toda. De pronto, unos jinetes. Maceo con un caballo dorado, en traje de holanda gris; ya tiene plata la silla, airosa y con estrellas”. No se le escapaba la teatralidad de la aparición. A un ayudante de Maceo, Juan Maspons Franco, lo envían a un cercano ingenio a que preparen almuerzo para cien personas. Era La Mejorana, de Manuel de la Torre y Griñán, Senador del Reino y coronel del Cuerpo de Voluntarios de Santiago de Cuba (lo que no le impidió en una ocasión cerrar el club San Carlos, del que era presidente, cuando supo de un registro que preparaban en busca de rebeldes los españoles). Allí los atendieron solícitos. Martí describió el episodio: “El ingenio nos ve como de fiesta: a criados y trabajadores se les ve el gozo y la admiración: el amo [debía de ser el mayoral, pues el propietario no estaba allí, según le contaron sus mayores a Manuel de la Torre y Rosell, nieto del dueño, quien a su vez se lo dijo al autor de este libro], anciano colorado y de patillas, de jipijapa y pie pequeño, trae vermouth, tabacos, ron, malvasía. ‘Maten tres, cinco, diez, catorce gallinas’. De seno abierto y de chancletas viene una mujer a ofrecernos aguardiente verde de yerbas, otra trae ron puro. Va y viene el gentío”. En 1948 el coronel Ramón Garriga, testigo del acontecimiento, recordó con estas palabras el encuentro en La Mejorana: “La entrevista se desarrolló en la casa de la colonia de caña, la casa de don Germán Álvarez [posiblemente el mayoral o el administrador del ingenio y de la colonia de caña]. Sólo participaron en ella Martí, Gómez y Maceo. Ellos estaban en el aposento, en la sala. La casa era amplia con cuatro habitaciones. Un hermoso patio al fondo, donde había un framboyán. A la sombra del mismo tuvo lugar después la comida de un grupo de oficiales de los Estados Mayores...” Al fondo, añadió Garriga, hizo guardia César Salas; en el frente estuvo él. Y después habló del almuerzo “bajo el frondoso framboyán. Pero eran sólo unas 18 personas. Algunos altos oficiales de los Estados Mayores y don Germán Álvarez, el administrador de la colonia... José Maceo, Paquito Borrero, Ángel Guerra, Rabí, Alfonso Goulet, el coronel Palacio...” En el Diario de Martí está, conmovida y violenta, la descripción: Maceo y Gómez hablan bajo, cerca de mí: me llaman a poco, allí en el portal: que Maceo tiene otro pensamiento de gobierno: una junta de los generales con mando, por sus representantes, y una Secretaría General: —la patria, pues, y todos los oficios de ella, que crea y anima al ejército, como Secretaría del Ejército. Nos vamos a un cuarto a hablar. No puedo desenredarle a Maceo la conversación: “¿pero Ud. se queda conmigo o se va con Gómez?” Y me habla, cortándome las palabras, como si fuese yo la continuación del gobierno leguleyo, y su representante. Lo veo herido —”lo quiero”, me dice, “menos de lo que lo quería”— por su reducción a Flor en el encargo de la expedición, y gasto de dineros. Insisto en deponerme ante los representantes que se reúnan a elegir gobierno. No quiere que cada jefe de operaciones mande el suyo, nacido de su fuerza: él mandará los cuatro de Oriente: “dentro de quince días estarán con Ud., y serán gentes que no me las pueda enredar allá el doctor Martí”. Y luego el almuerzo, en el que pinta a Maceo imprudente; y en la despedida, despechoso e incorrecto: En la mesa opulenta y premiosa, de gallina y lechón, vuélvese al asunto: me hiere y me repugna: comprendo que he de sacudir el cargo, con que se me intenta marcar, de defensor ciudadanesco de las trabas hostiles al movimiento militar. Mantengo, rudo: el Ejército, libre; y el país, como país y con toda su dignidad representado. Muestro mi descontento de semejante indiscreta y forzada conversación, a mesa abierta, en la prisa de Maceo por partir. Que va a caer la noche sobre Cuba, y ha de andar seis horas. Allí cerca están sus fuerzas, pero no nos lleva a verlas. A caballo, adiós rápido. “Por ahí se van ustedes”, y seguimos con la escolta mohína; ya entrada la tarde, sin los asistentes, que quedaron con José, sin rumbo cierto, a un galpón del camino, donde no desensillamos... Y así, como echados, y con ideas tristes, dormimos. Al día siguiente, esta vez por casualidad, Martí y Gómez volvieron a encontrarse con Maceo. Arrepentido de su comportamiento, los colmó de atenciones. “El día 6, al marchar hacia Bayamo”, escribió Gómez, “confusos y abatidos con la conducta del General Antonio Maceo, tropezamos con una de las avanzadas de su campamento de más de dos mil hombres, y fuerza nos fue entrar. El General se disculpó como pudo, nosotros no hicimos caso de las disculpas como no lo habíamos hecho del desaire, y nuestra amarga decepción de la víspera quedó curada con el entusiasmo y respeto con que fuimos recibidos por aquellas tropas”. Martí, por su parte, se sobrepuso a la ofensa: el día 9 le escribe a Carmita Mantilla, en Nueva York: “...Les hubiera enternecido el arrebato del Campamento de Maceo, y el rostro resplandeciente con que me seguían de cuerpo en cuerpo los hijos de Santiago de Cuba. ¡Qué erguido en su hermoso caballo el valiente Rabí! ¡Qué lleno de triunfos y de esperanzas Antonio Maceo!” Y el 12 le escribe al propio Maceo, desde La Jatía, y lo trata, como siempre, de “General y amigo”, y le aplaude el valor, y le reitera su voluntad de servir: “Vea eso en mí, y no más: un peleador; de mí, todo lo que ayude a fortalecer y a ganar la pelea”. Maceo, sin embargo, no olvidó lo que tuvo por agravio y que fue, sin duda, analizando todos los aspectos del asunto, una decisión poco acertada de Martí. En octubre de 1895 el Marqués de Santa Lucía y el Consejo de Gobierno encargaron a Enrique Loynaz del Castillo precisar el sitio en que había caído Martí. Cumplido el encargo visitó al General Maceo, su compañero en el exilio de Costa Rica, y en un artículo que publicó en el Diario de la Marina, por el Centenario, en 1953, dijo Loynaz: Hablamos de la misión que me llevó a Dos Ríos y del monumento que algún día la República iba a dedicar a la memoria de Martí. Le di los detalles todos de la caída del Apóstol y mi juicio de que debíamos al Mártir de Dos Ríos la nueva epopeya de la Independencia. En palabras apasionadas hice el elogio de su desinterés sin paralelo, de su abnegación, de su patriotismo, de su perseverancia, de su erudición, de su jerarquía de estadista, de su elocuencia insuperada... El General me interrumpió: “Es verdad, Martí era un gran abogado...” “No, general”, me apresuré a contradecirle, “el Derecho era sólo una de sus múltiples facetas, de su intensa cultura. Martí fue más, fue el cubano de más altos ideales. Fue un prócer de la América, fue la humana perfección. Y si yo fuera espiritista, diría que fue la reencarnación de Jesucristo”. El General, con aquella sonrisa suya característica, dijo: —”Pues bien, hace rato que tocaron silencio; vamos a descansar”. Y de pie, frente a la mesita de pino, alumbrada por primitivo candil iluminando el rostro del libertador, nos saludó y retiróse hacia la hamaca donde conciliaba su sueño de guerrero. En busca de un árbol donde tender la mía, salí por los alrededores. Se brindó a acompañarme el Teniente Coronel Gustavo Ortega, elocuente orador colombiano, Secretario del General Maceo. A poco andar díjome: “Loynaz, ¿que usted no es sicólogo? ¿que no se fijó usted en el general Maceo ante el encendido panegírico de Martí?” “En verdad, no”. “Pues yo sí. Y puedo asegurarle que usted se ha jugado a esa carta su carrera militar. Y la ha perdido...” En La Mejorana se tomaron acuerdos importantes a pesar de las discrepancias; Maceo aprobó el Manifiesto de Montecristi y aceptó el nombramiento de Mayor General que Gómez le había dado a Martí; él quedó como Jefe Militar de Oriente; su hermano José, jefe de las fuerzas de Santiago de Cuba; Gómez, General en Jefe del Ejército; y Martí como Jefe Supremo de la Revolución; y quizás hasta allí se trazó el plan para invadir Occidente. También se decidió que Martí regresara a Nueva York, y se convino que una Asamblea de Delegados habría de elegir el Gobierno. Dos Ríos facilitó este último plan. Los orientales, por Maceo, hubieran querido un gobierno militar; él nombró los delegados de su provincia: Rafael Portuondo Tamayo, Joaquín Castillo Duany, Mariano Sánchez, Pedro Aguilera y Rafael Manduley. Por disciplina Maceo aceptó las disposiciones de la Asamblea Constituyente, pero nunca estuvo de acuerdo con la forma de gobierno aprobada; el 21 de noviembre de ese año 1895, comentándole a Manuel Sanguily lo resuelto en Jimaguayú, le escribe: “... se ha incurrido en la tontería de querer dar forma democrática de una República ya constituida cuando tenemos al enemigo enfrente y no somos dueños del terreno que pisamos... Mientras dure la guerra sólo debe haber en Cuba espadas y soldados... Con Ud. aquí estoy seguro que habríamos avanzado mucho en este sentido sin descender a los excesos y nimiedades de la democracia neta, muy provechosa para los países definitivamente constituidos y fuertes”. Hay pruebas de que Gómez y Maceo se disgustaron con Martí en 1884, pero también las hay de que diez años después ambos estaban cooperando con el mayor entusiasmo en la preparación de la guerra. A última hora, al agotarse los fondos del Partido Revolucionario Cubano por el fracaso de Fernandina, surgió, como se ha visto, el problema con Maceo. ¿Cuál fue la actitud de Gómez respecto a Martí en los primeros meses de 1895? Hay una carta reveladora: el 22 de agosto de 1895 le escribió Gómez a Estrada Palma: “Pudiera decirse que los amigos de Martí, que alocados lo endiosaron, lo empujaron a ocupar un lugar que no era el suyo y donde pereció sin beneficio para la patria y sin gloria para él. Porque Martí, aunque no es tiempo de juzgar, empezó a torcerse y a fracasar desde Fernandina hasta caer en Boca de Dos Ríos...” Es ilustrativo el contrapunto que existe entre los escritos de Martí y los acontecimientos de los últimos meses de su vida, siempre junto a Gómez. Su estado de ánimo, sus preocupaciones y alegrías, sus esperanzas y temores, los temas que prefieren sus cartas y su Diario, y hasta el estilo y la selección de vocablos nos pueden ayudar a entender no sólo La Mejorana sino también Dos Ríos, actos de la misma tragedia. A principios de febrero de 1895 llegó Martí a Santo Domingo donde se reúne con Gómez, y estará a su lado hasta el 19 de mayo. A poco de llegar le dice en carta a Gonzalo de Quesada: Si me dejan poner vivo el pie en nuestro país, ¿quiere que le diga desde ahora cómo y de quiénes, uno por uno, será la campaña, implacable, de la codicia burlada, del miedo de no ser ayudado de mí en el apetito del poder, del desamor natural en ciertos hombres a una honradez más enérgica que su tentación? Viejos y jóvenes, de una región y de otra, odiándose entre sí, y sólo unidos en celarme, se están ya afilando los dientes. Y desde Montecristi, un mes más tarde, le escribe a Tomás Estrada Palma: “Yo creo que al fin podré poner el pie en Cuba, como un verdadero preso. Y de ella se me echará, sin darme ocasión a componer una forma viable de gobierno”; y le pide ayuda para “impedir que en Cuba se prohíba, como se quiere ya prohibir, toda organización de la guerra que ya lleve en sí una república que no sea sumisión absoluta a la regla militar”. Y cuando se va a despedir le advierte: “Esto lo escribo al vuelo y a escondidas, yo que me muero de vergüenza en cuanto tengo un sólo instante que ocultar la verdad...” ¿Qué, o quién, podía ser la causa de esas sospechas y miedos? Martí no sabía cómo iba a reaccionar Maceo, ni que transformaría su ira en intransigencia por la forma de gobierno. Pero cinco días después de esa última carta firmó con Gómez el Manifiesto de Montecristi. Aunque no con toda la claridad que hubiera querido Martí, con prudencia, aparece en ese documento el programa: “Desde sus raíces se ha de constituir la patria con formas viables, y de sí propias nacidas, de modo que un gobierno sin realidad ni sanción no la conduzca a las parcialidades o a la tiranía...” Gómez se había dejado persuadir por Martí. El milagro de avenencia se completa con el desembarco en Cuba. Ahora se entienden bien. Desaparecen, en Martí, las quejas; alegre les cuenta a Benjamín Guerra y a Quesada: ...General me llamaba nuestra gente desde que llegué, y muy avergonzado con el inmerecido título... Al caer la tarde vi bajar hacia la cañada al General Gómez, seguido de los jefes, y me hicieron seña de que me quedase lejos. Me quedé mohíno, creyendo que iban a concertar algún peligro en que me dejarían atrás. A poco sube, llamándome, Ángel Guerra, con el rostro feliz. Era que Gómez, como General en Jefe, había acordado, en Consejo de Jefes, a la vez que reconocerme como Delegado del Partido Revolucionario, nombrarme, en atención a mis servicios y a la opinión unánime que lo rodea, Mayor General del Ejército Libertador. De un abrazo igualaban mi pobre vida a sus diez años. Me apretaron largamente en sus brazos. Admiren conmigo la gran nobleza. Lleno de ternura veo la abnegación serena, y de todos, a mi alrededor... Fue un grave error de Martí haber aceptado el nombramiento: aquel “abrazo” lastimaba más sus planes que la conspiración de los que se le oponían. La vergüenza que siempre sintió por no haber participado en la Guerra Grande le nublaron el juicio. Con la mayor candidez dijo que lo “igualaban”, pero esa igualdad implicaba ponerlo entre los militares: lo conveniente no era que él se igualara a ellos, sino que ellos se le igualaran a él. Además, ¿no hubiera sido mejor diferir el nombramiento hasta que el “consejo de jefes” fuera más nutrido y representativo? Los dos, sin quererlo, se engañaban: Gómez al pensar que de Mayor General Martí cedería en sus demandas; Martí se equivocó creyendo que aquel gesto le aseguraba el apoyo del General en Jefe. Desde ese 15 de abril, hasta La Mejorana, el Diario de Martí descubre su entusiasmo y alegría, y a cada paso las relaciones afectuosas de los dos Generales... “Vamos lomeando”. “Subir hermana hombres”. “El río nos canta”. “El general me dio a beber miel, para que probara que después de tomarla se calma la sed”. “Vamos haciendo almas”. “La noche bella no deja dormir”. Y hasta llegan a parecer dos niños en una excursión de recreo: “Nos vamos hablando, hasta lo alto de los repechos. Nos caemos riendo”. En esos días le cuenta a Estrada Palma: “Del General bueno y querido, ya ve los tiernos cuidados. No me cuida él más a mí que yo a él. Me pesaba por las lomas su carga, como a él la mía. Brioso y jovial repechaba, con la carga de tres soldados, estas alturas. Más joven va que el más joven. Ve el grave caso político, y lo encararemos felizmente. Se le ve la frente llena de recoger y arremeter. Es gran gozo vivir entre hombres en la hora de su grandeza”. Y otra vez les escribe a Quesada y a Guerra, pero ahora también con distintos juicios: “Con mimo, más que con cariño, trata al Delegado el General en Jefe, y el hombre al hombre, y de sí propio ha ido cuajando el pensamiento natural, que es el de reunir representantes de todas las masas cubanas alzadas... Es como bálsamo de espíritu, o palmas de mano, lo que siento alrededor de mí. Ni se nota divorcio de mentes, ni agrio de almas, ni gocé nunca de tanta paz y dicha...” “Martí era un gran abogado”, le dijo Maceo a Loynaz del Castillo aquel 11 de octubre de 1895, sin querer reconocerle otros méritos. Con toda seguridad recordaba cómo había sabido convencer a Gómez en lo relacionado con la dirección de la guerra. Por sus duras experiencias, y por su carácter, Gómez era más devoto de la dictadura que Maceo. Y a Gómez se le presentó en La Mejorana, junto a Martí, aceptando cuanto éste proponía, “el gobierno leguleyo”, el “defensor ciudadanesco de las trabas hostiles al movimiento militar”. Maceo humilló a Martí en aquella reunión, particularmente durante el almuerzo, pero más humillado quedó Gómez por la insubordinación y el desacato de Maceo. Gómez debió sentir que se le quebraba la autoridad: Maceo, soberbio, les dice —les ordena, más bien—: “Por ahí se van ustedes”, y salen de La Mejorana “como echados”, el novel Mayor General y el General en Jefe... Por Martí poco se sabe del día siguiente al encuentro de La Mejorana: las páginas que le correspondían al Diario fueron arrancadas. En la entrevista con Roberto López Goldarás, antes citada, dijo el coronel Garriga que el 20 de mayo entregó a Máximo Gómez el diario de campaña completo, “sin faltarle un pliego”. Y añadió: “Allí estaban las hojas del día 6. Yo las vi cuando las escribió. Yo guardaba el diario en mis alforjas. Cada vez que Martí me lo pedía, se lo entregaba. Gómez lo recibió completo de mis manos... Eran seis pliegos [aquí Garriga se equivocaba, pues sólo faltaban cuatro] los que escribió en la Jagua, el día 6 de mayo. Claro que en dichos pliegos contaba la entrevista de La Mejorana...” Cabe preguntarse por qué Gómez hizo desparecer esas hojas del Diario. No pudo ser para ocultar la polémica con Maceo pues toda estaba descrita el día 5. ¿Qué más hubiera podido añadir Martí? Además, si ése hubiera sido el propósito habría también arrancado las páginas anteriores. Otro asunto debía haber allí. La economía y la agilidad con que está escrito el Diario, en todo su trayecto, “de Cabo Haitiano a Dos Ríos” (del 9 de abril al 17 de mayo), no hace pensar que hubiera vuelto sobre el tema; además, sabemos que ese día 6 lo pasó más tranquilo en el campamento de Maceo. Pero antes de ensayar una respuesta conviene ver los cambios que se operan en Martí, cuánto cambian el tono y el sentido de sus escritos en los días que le restan de vida. Por lo pronto desaparecen el optimismo y la alegría, y los comentarios cariñosos sobre el General en Jefe. El día 9 anota en el Diario: “Preveo que, por cierto tiempo al menos, se divorciará a la fuerza a la revolución de este espíritu, se la privará del encanto y gusto, y poder de vencer de este consorcio natural, se le robará el beneficio de esta conjunción entre la actividad de las fuerzas revolucionarias y el espíritu que las anima”. Y en seguida, como por asociación de ideas, agrega: “Un detalle: Presidente me han llamado, desde mi entrada al campo, las fuerzas todas... Y al acercarse hoy uno: ‘Presidente’, y sonreír yo: ‘No me le digan a Martí Presidente: díganle General: él viene aquí como General: no me le digan Presidente’. ‘¿Y quién contiene el impulso de la gente, General?’ le dice Miró: ‘eso les nace del corazón a todos’. ‘Bueno: pero él no es Presidente todavía: es el Delegado’“. Y comenta Martí: “Callaba yo, y noté el embarazo y desagrado en todos, y en algunos como el agravio”. Era parte del precio que tenía que pagar por el rango. Y al día siguiente, otra vez, cuando llega al campamento el coronel Bellito, se vuelve al tema: habló del error de haber destituido en la Guerra Grande al presidente Céspedes, y comenta Bellito, “La revolución murió por aquella infamia de deponer a su caudillo, eso llenó de tristeza el corazón de la gente, desde entonces empezó la revolución a volver atrás...” Y Martí lo presenta como un rebelde a la autoridad de Gómez: “‘Eso es lo que la gente quiere, el buen carácter en el mando. No señor, a nosotros no se nos debe hablar así, porque no se lo aguanto a hombre nacido. Yo he sufrido por mi patria cuanto haiga sufrido el mejor General’. Se encara a Gómez, que lo increpa porque los oficiales dejan pasar a Jiguaní las reses que llevan pase a nombre de Rabí. —’Los que sean; y además ésa es la orden del jefe, y nosotros tenemos que obedecer a nuestro jefe...’“ Y enseguida: ‘¡Pues lo tienen a usted bueno con lo de Presidente. Martí no será Presidente mientras yo esté vivo, porque yo no sé qué les pasa a los Presidentes, que en cuanto llegan se echan a perder, excepto Juárez, y eso un poco, y Washington!’. —Bello, animado, se levanta, y da dos o tres brincos, y el machete le baila a la cintura: ‘Eso será a la voluntad del pueblo’: y murmura: ‘Porque nosotros’, me dijo otra vez, acodado en mi mesa con Pacheco, ‘hemos venido a la revolución para ser hombres, y no para que nadie nos ofenda en la dignidad de hombre...’“ De la admiración y de la lealtad de este olvidado coronel no puede dudarse: murió en Dos Ríos de un balazo cuando trataba de rescatar el cadáver de Martí. El 11 llegan a casa de José Rosalío Pacheco, otro fiel de Martí, a quien “increpa reciamente Gómez”. Y Martí comenta: “Pacheco sufre. Sentado en la camilla de varas al pie de mi hamaca”. Y dos días después: “Voy aquietando: a Bellito, a Pacheco, y a la vez impidiendo que me muestren demasiado cariño...” Y el 14: “Escribo mal y poco porque estoy pensando con zozobra y amargura. ¿Hasta qué punto será útil a mi país mi desistimiento. Y debo desistir, en cuanto llegase la hora propia, para tener libertad de aconsejar, y poder moral para resistir el peligro que de años atrás preveo”. El 16 recoge las palabras de Pacheco, “que el cubano quiere cariño, y no despotismo: que por el despotismo se fueron muchos cubanos al gobierno, y se volverán a ir: que lo que está en el campo es el pueblo, que ha salido a buscar quien lo trate mejor que el español, y halla justo que le reconozcan su sacrificio”. Y Martí advierte: “Calmo, y desvío sus demostraciones de afecto a mí, y las de todos”. Y en la última entrada de Diario: “Rosalío me trae, en su jaba de casa, el almuerzo cariñoso”, y le confiesa “¡Por usted doy mi vida!” Mientras tanto, en esos días postreros, la naturaleza se le presenta más ingrata: “El suelo rojo y pedregal”, “Las barracas feraces y elevadas penden, desgarradas a trechos, hacia el cauce, estrecho aún, por donde corren, turbias y revueltas, las primeras lluvias”. Ve el Cauto crecido, y comenta: “Pensé de pronto, ante aquella hermosura, en las pasiones bajas y feroces del hombre”. “La arboleda oscura”. “La lluvia de la noche el fango”. Y las palabras finales del Diario son para describir la especial atención de Valentín, el cocinero del General en Jefe, ya otro de sus seguidores; y ve como una señal en la naturaleza: “Está muy turbia el agua crecida del Contramaestre, —y me trae Valentín un jarro hervido en dulce, con hojas de higo...” La Mejorana es uno de los momentos más trascendentales de la historia de Cuba. No sólo allí se debatieron los métodos para dirigir la guerra, y todo un programa político, sino que hasta aquella reunión llegaron pugnas anteriores que se habrían creído olvidadas, y de ella surgió la Cuba republicana, en parte amparada por lo que se pudo prever como peligro, y también en alguna proporción tarada por lo que el encuentro no supo resolver. El conflicto de La Mejorana se ha reducido a dos personajes: Martí y Maceo; Gómez, el sobreviviente, quedó más como testigo que como actor. Si no por exceso, la participación de Gómez, por defecto fue de mayor importancia. Al ver la resistencia de Maceo, y la especie de insubordinación, debió defender los acuerdos de Montecristi. Calló. Pero no hay que olvidar que él era extranjero. Martí se sintió solo y, cuando para remediar la soledad se refugia en los prosélitos que le salen al camino, Gómez más se encela, y él más se aísla y llega a dudar de sus ideas. Con el sostenido y claro apoyo de Gómez, Maceo no se hubiera atrevido a tanto contra él, o hubiera sido, a la larga, más dócil. La soledad de Martí no es por la actitud de Maceo, es por la conducta de Gómez. Del último discurso de Martí, el 19 de mayo, dos horas antes de su muerte, dijo Loynaz del Castillo: ...fue entonces que al reclamo de todos, al frente de las filas, se destacó sobre su blanco corcel el Delegado Supremo de la Revolución. Fue su discurso el más alto y el más conmovedor que escucharon los cubanos. Desde el principio surgían de aquel desbordamiento de elocuencia las palabras nerviosas, indicadoras del combate interior que sufría la existencia de José Martí: las primeras, absurdas contrariedades de La Mejorana, ante las ideas, apocadoras de la guerra, vertidas por el vencedor del Jobito [Maceo: se refiere a la acción del 13 de mayo de 1895]; y luego —en consecuencia injustificable de aquellas ideas— la frialdad creciente del general Gómez, al parecer empeñado en ganarse la subordinación del general Maceo, quien irritado todavía por las precarias condiciones de su expedición, no le pedía instrucciones, ni órdenes mucho menos, al General en Jefe. Aquella frialdad, demasiado sensible para la espiritualidad de Martí, llegó al extremo de ostentar enfado por las continuas demostraciones de cariño que el pueblo tributaba al creador de la nueva epopeya... A tal hostilidad de ánimo respondió una de las más brillantes expresiones del último discurso de Martí: “Por la causa de Cuba me dejaré clavar en la cruz...” En la carta del 18 de mayo a su amigo mexicano Manuel Mercado, Martí escribió: “Sé desaparecer”, y muy pronto lo pudo probar. Mejor hubiera sido para su patria que le hubiera dicho “sé no desaparecer”, y que hubiera cargado también aquella cruz, y servido de ejemplo y guía para lo que entonces se estaba gestando. Tienen razón los versos que siempre con tristeza cantan los cubanos:
|
![]() |