Con notable regularidad se han sucedido en Cuba los ciclos generacionales. A partir de 1908 ha dado señales de vida una nueva generación cada quince años, que es el tiempo que duran los "actos" en que Ortega y Gasset veía dividido el "drama histórico". Si no se interrumpe el proceso, ahora, en 1983, deben estar entrando en el escenario, por seguir la terminología teatral, los personajes de este nuevo "acto" de nuestra historia. La primera generación republicana nace al terminar la intervención de los Estados Unidos en Cuba, pedida por el presidente Estrada Palma, que dejó en el pueblo una sensación de pesimismo y desconcierto. Fue la época posmodernista de Agustín Acosta, Regino Boti y José Manuel Poveda. Luego viene la de 1923, que se rebela contra la inmoralidad de los gobernantes y contra las formas literarias preferidas hasta entonces. La generación de 1908 tuvo su revista, Cuba Contemporánea, y ésta, la del 23, se centró alrededor del vanguardismo en la Revista de Avance. Algunos protagonistas de este grupo generacional fueron Jorge Mañach, Alejo Carpentier, Juan Marinello, Félix Lizaso, Lydia Cabrera, Eugenio Florit y dos que han muerto hace poco entre nosotros: Lino Novás y Rafael Esténger. Contra esta generación tan envuelta en asuntos políticos reaccionó la de 1938, que se inicia con la Muerte de Narciso, de Lezama Lima, y la revista Verbum, a la que siguieron otras, hasta Orígenes, resumen de aspiraciones y preferencias estéticas del grupo. Además de Lezama, pertenecen a ella los dos Piñera, Gastón Baquero, Cintio Vitier y Carlos Rafael Rodríguez. Vino después la de 1953, al cumplirse los cien años del natalicio de Martí. Es cuando se realiza el asalto al cuartel Moncada. Fueron actores de aquella generación, entre otros conocidos, José Antonio Echevarría, Jorge Valls, Heberto Padilla, Guillermo Cabrera Infante y Fidel Castro. Quince años más tarde, en 1968, se producen los acontecimientos políticos y culturales en los que podía haber cristalizado un cambio, pero éste se malogra por la fuerza que lo reduce a una forma de vida ajena a su dinámica natural. Es un año de sabotajes y de protestas contra el gobierno, de premios polémicos en la Casa de las Américas; y es cuando se celebra el Congreso Cultural de La Habana. Algún día podrá hacerse el recuento de esta generación perdida en manuscritos que nunca han visto la luz y en actos que aún no ha recogido la historia. Y ahora a los quince años del hito anterior, se presenta un nuevo grupo, entre los que se encuentran los que han venido recientemente de Cuba, con las rebeldías y esperanzas de otra oleada generacional. Pero antes conviene recordar qué es precisamente una generación. Quien primero la definió en términos modernos fue François Mentré, en 1920, al decir que el fenómeno surge por la "mentalidad particular" de unos individuos que se sienten ligados por "una comunidad de puntos de partida, de creencias y deseos". Y concluye el investigador francés: "La fuerza de las cosas les ha impuesto un programa que realizan, bien o mal, por su asociación voluntaria o dispersa... Una generación sólo puede definirse en términos de creencias o deseos, en términos sicológicos y morales. Es una manera de sentir y comprender la vida que es opuesta a la manera anterior, o al menos diferente de ella". A partir de esas ideas, cuantos se han ocupado del asunto han seguido lo de la "mentalidad particular", especie de común denominador de los que integran una generación. Con estas observaciones se podría intentar un análisis del ciclo que ahora comienza, y ver cuáles pueden ser sus características. Lo primero a que debe sentirse obligada una generación es a conservar su identidad, a dejarse llevar por lo más genuino de quienes la forman. Esta de 1983, los que llegaron más o menos alrededor del éxodo del Mariel, por haberse desarrollado en un medio que les imponía un programa estético y de conducta en el que no intervinieron sus miembros, está particularmente necesitada de esa honradez. Pero conviene advertir que lo perdurable en una generación no es lo más estridente, sino lo más medular, aunque esta última condición implique escándalo, al que no se debe temer si es auténtico. Los grupos generacionales, como las cortes de los monarcas antiguos, van siempre acompañados de bufones que luego nadie recuerda. La historia sólo recoge a los príncipes y a las figuras que las movieron. Después, y por esa misma sinceridad, se ha de producir lo permanente, que nunca será producto de la improvisación, sino del trabajo, porque el oficio de una generación es seleccionar e insistir en los contornos únicos de su imagen del mundo. No puede saberse si la de este año va a ser productiva, pues las hay perezosas que se dejan devorar por el pasado, y las hay diligentes que se empinan sobre él y no dejan que las cosas le pasen sino que logran ellas pasarle a las cosas. Junto a los jóvenes que están ahora reclamando derechos laborales en Cuba, y los que protestan contra el sistema, en razón de su edad, debe incluirse también en la generación de 1983 a los cubanos formados en el extranjero, los que tienen entre 20 y 30 años. Pero no puede esperarse que un grupo sometido a experiencias tan distintas tenga la misma "manera de sentir y comprender la vida", ni la misma "mentalidad" que sus coetáneos llegados hace poco de Cuba. La parte de esta generación que ha vivido más de diez años en los Estados Unidos sin renunciar a sus raíces tiene su propia visión de los conflictos y plantea soluciones distintas para resolverlos. Ven, en general, los problemas de Cuba con cierta objetividad, producto de la distancia y de la cultura anglosajona, y parecen más alertas al futuro que a la realidad inmediata. Libres de manifestarse como individuos, se han visto privados del medio que les correspondía, mientras que a los otros, abrumados por él, les ha faltado la libertad para realizarse existencialmente. Sin perder sus perfiles, los tres sectores de la generación cubana de 1983 ¡los que están allá, los recién llegados y los que llevan más tiempo en el extranjero ¿pueden enriquecerse mutuamente y dejar un saldo positivo en la historia, como sucedió en 1898 cuando se unieron los jóvenes emigrados que regresaron a Cuba y los que permanecieron en la isla expuestos a distintas formas de vida. Los que componen una generación no tienen que ser semejantes entre sí, pues aun las del normal desarrollo, que no nacen partidas, como ésta de 1983, según observaba Ortega, "por mucho que se diferencien, se parecen más todavía". Sólo el tiempo podrá darle el nombre definitivo a la generación de 1983, pero ahora no me parece un error llamarla del Mariel. El éxodo es el suceso más sonado de estos años, el que más ha conmovido a los cubanos de ambas orillas, y el que ha puesto más en evidencia la crisis del pasado inmediato de la nación y la voluntad en ella de un cambio. Bajo ese rótulo acaba de aparecer una "revista de literatura y arte": Mariel, que tiene una actitud y un programa que pueden formar parte de la silueta híbrida de esta generación que se anuncia. Dicen sus editores: No hemos venido al exilio con esquemas de bienestar, o a detenernos en anécdotas pueriles o en chismorreos de salón; hemos venido a realizar nuestra obra... Rechazamos cualquier teoría política o literaria que pueda coartar la libre experimentación, el desenfado, la crítica y la imaginación, requisitos fundamentales para toda obra de arte. Lino Novás Calvo me dijo, y en algún lugar lo he contado, que la vigencia de los que precedieron a su generación quedó liquidada, al triunfo de la revolución del 33, con el suicidio de Wilfredo Fernández, aquel destacado escritor que tanto se identificó con la dictadura de Gerardo Machado. La muerte, en La Habana, de Haydé Santamaría, directora de la Casa de las Américas y miembro del Comité Central del Partido Comunista Cubano, puede tener el mismo valor simbólico para la generación del Mariel. Hace años Elena Mederos me contó un episodio que por primera vez voy a revelar en público. Me dijo aquella amiga inolvidable que, siendo secretaria de Cosme de la Torriente, y acabado de fracasar el "diálogo cívico" con la dictadura de Batista, se presentó en el bufete de don Cosme una joven estudiante que pidió verlo con urgencia. Por aquella cordialidad frecuente en la época, la hicieron pasar enseguida. Era Haydeé Santamaría, que sin mucho preámbulo le dijo: "Mire, doctor, usted es un veterano, usted es un patriota, pero ha fracasado en el diálogo con la tiranía. Usted ya está al final de la vida, pero aún puede hacerle un gran servicio a Cuba, un servicio que le agradecerá la historia. Mire, doctor, suicídese". E insistió en su plan con estas palabras que hoy tienen mayor importancia: "El suicidio es una arma política". No es difícil imaginar la sorpresa de aquel anciano ante la inesperada propuesta, de la que fue testigo Elena Mederos. Yo tenía casi olvidada nuestra conversación cuando se supo del suicidio de Haydeé Santamaría el 26 de julio de 1980. Le pedí a Elena que hiciera público aquel testimonio que tanta luz podía arrojar sobre el misterioso acto que el gobierno de Cuba trató de disimular mintiendo sobre la fecha en que se produjo, pero ella creyó que divulgar la anécdota tan cerca del hecho podría parecer del mal gusto, y me pidió que, en aquellos momentos, no hablara del asunto. Lo que sucedió en la embajada del Perú, el éxodo de 1980 y la cruel represión del gobierno para detenerlo, aparte de los problemas personales, debieron ser para Haydé Santamaría la evidencia del fracaso del sistema. Como Wilfredo Fernández, ella se suicidó al ver descompuesto lo que su vida había representado, y con la vieja teoría de que "el suicidio es un arma política" ¡sin duda bajo la influencia de "el último aldabonazo" de Eduardo Chibás-- quiso dejar, en el aniversario del día en que nació su causa, ese testimonio de protesta y desengaño. Existen, pues, las circunstancias y la materia prima para una nueva generación. Aconsejar a las generaciones es inútil porque, aunque nunca mudas, siempre nacen sordas, y a medida que se les desarrolla el oído empiezan a envejecer. Y no importa si en algo se equivocan: todas se equivocan; toda generación tiene derecho a cometer sus propios errores. Pero quizás no esté de más señalarles un triste parecido entre los que han llegado hace poco y el pasado que legítimamente rechazan. Es el de las pugnas personales, o de grupos, de esa lamentable pérdida de tiempo que significa andar con la nómina del prójimo, como hacen en Cuba los miembros de los Comités de Defensa de la Revolución, para contarles sus errores pasados o presentes. Son las heridas aún abiertas, pero hay que cerrar las heridas. Y no deben preocuparse por los bufones: a ésos los eliminará la historia. Que cada uno haga su obra, que la calidad la ha de imponer sobre cualquier conspiración. Más que criminales y agentes suyos, a Castro le conviene que haya en cada uno de nosotros un juez. No le hagamos ese regalo. Y el que no pueda resistir sus impulsos de moralista o de crítico, que fije los ojos en Cuba, en los premios que allí se conceden a los literatos, y descargue su ira contra los verdaderos enemigos, ésos que no le han permitido a los jóvenes de hoy enriquecer nuestra cultura. Deberían incluir en su programa generacional el consejo de Martí: "Duro en el pecado, y blando con el pecador". |
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