CUBA: AGOSTO DE 1933 "Ocho años de lucha" "Muy pronto me convencí de que ninguna revolución, Kropotkin, Memorias de un revolucionario (1899) La caída del presidente Gerardo Machado el 12 de agosto de 1933, en gran parte se produjo por la falta de apoyo, en sus últimos tiempos, de los sectores que más se habían favorecido con su gobierno: el ejército y la pequeña burguesía.
Aparte de los errores y los crímenes del régimen, la propaganda de la oposición logró convencer al pueblo en general, y a esos sectores en particular, de que para la felicidad del país era necesario no sólo un cambio de gobernantes, sino también un cambio social, político y económico. Un cuarto de siglo más tarde se iba a producir el mismo fenómeno observado por Kropotkin: la revolución de 1959 logró el triunfo por las puertas que le habían abierto los mismos que iban a ser sus víctimas. Aunque el A.B.C., una organización que se decía de "hombres nuevos, ideas nuevas y procedimientos nuevos" lo consideró el poeta y dirigente comunista Rubén Martínez Villena una "típica organización de clase media, afanosa de poder", su Manifiesto al país terminaba repitiendo la falsedad de Carlos Baliño y Julio Antonio Mella, de que "Martí aseguró que después de la independencia patria tendría que hacerse la guerra por la libertad", y que su campaña contra Machado, era "la nueva guerra". Martí no dijo nada de esa "guerra" una vez constituida la República, pero de esa manera se justificaba el cambio radical a que se aspiraba en los años 30. El A.B.C., que se decía "la esperanza de Cuba", entre otras metas clamó contra el latifundio, contra las prácticas imperialistas de Wall Street y en favor de la nacionalización de los servicios públicos; defendió al obrero con la jornada de 8 horas y el jornal mínimo, el seguro contra el desempleo, la sindicalización y el descanso retribuido; creaba el servicio militar obligatorio, daba mayor alcance al poder judicial, suprimía el Senado y hacía autónoma a la Universidad. Avalado por la violencia y la sangre, el programa revolucionario contra Machado se hizo causa común entre los que iban a beneficiarse de él y los que por él verían lastimados sus intereses. Hasta el mismo gobierno de los Estados Unidos y su representante en La Habana parecieron sucumbir al hechizo de algunas de aquellas promesas. Dice el refrán "Cría cuervos y te sacarán los ojos", y luego, cuando quiso concretarse el programa, al ver en peligro los "ojos", empezó la cacería de los "cuervos". La revolución se cortó las alas. Asesinaron a Antonio Guiteras el 8 de mayo de 1934; él había querido cumplir la promesa: escribió dos meses antes: "Nuestro programa no podía detenerse simple y llanamente en el principio de no intervención. Tenía que ir forzosamente al fondo de nuestros males…" Machado tomó posesión de la presidencia el 20 de Mayo de 1925. Tres meses más tarde, el 20 de agosto, mataron a tiros al comandante del Ejército Libertador Armando André, dueño del periódico El Día y enemigo de Machado, quien había hecho atrevidos juicios sobre la familia del presidente. No llevaba un año en el cargo cuando, en premio de haber algo moralizado la administración y de iniciar vastos planes de obras públicas, la Universidad de La Habana le dio el título de doctor Honoris Causa.
A principios de 1927 el gobierno organizó una caravana de miles de personas que fueron desde La Habana a Pinar del Río. Iba encabezada por Machado, y el entusiasmo popular hizo que enseguida se empezara a discutir la reforma de la Constitución de 1901 para prolongar al mandatario en el poder; la prórroga se aprobó en la Cámara de Representantes por 102 votos contra 8. La segunda presidencia de Machado empezó el 20 de Mayo de 1929. Proclamado por la prensa oficial como el "porta estandarte de la nación", se declaró elegido por el 80% de los votantes. Para darle legitimidad al proceso invitaron a gran número de delegaciones extranjeras. Al año siguiente, cuando iba a hacerse la elección del poder legislativo, se produjo la protesta estudiantil que le costó la muerte a Rafael Trejo a manos de la policía. Ya estaban bien organizados los cuerpos represivos para garantizar la seguridad del Estado: entonces se les llamaba la Porra. Formaban esos grupos matones, expresidiarios y delincuentes a sueldo. Hubo hasta una Porra de mujeres para hacerle actos de repudio a las que se pronunciaban contra Machado. Antes de fracasar en 1931 el levantamiento del general Mario G. Menocal y Carlos Mendieta, que terminó con el desastre de Río Verde, habían intentado derrotar con las armas la dictadura, entre otros, el capitán del Ejército Libertador Arturo del Pino, el general Francisco Peraza y el periodista Sergio Carbó. Entonces surgió la organización secreta del A.B.C., dirigida por Joaquín Martínez Sáenz. El primer gran atentado terrorista se produjo en Flores 66, cuando el capitán de la policía Miguel Calvo y otros "expertos" se personaron en esa dirección donde encontraron un arsenal. Sin saber que en la casa había teléfono, Calvo salió del lugar para hacer una llamada, pero los que allí quedaron, al descubrirlo y descolgar el receptor que estaba conectado a la dinamita volaron en pedazos. Dijo Alberto Lamar Schweyer, colaborador del régimen, en su libro Cómo cayó el presidente Machado (1934), que fue por ese acto que "la policía se cansó de ser víctima" y "empezó a matar". No escapó el capitán Calvo del castigo a que había sido condenado y lo ametrallaron junto al Hotel Nacional el 9 de julio de 1932; en represalia esbirros del gobierno apresaron en Matanzas al coronel del Ejército Libertador José Álvarez Pérez, y le aplicaron la "ley de fuga" a su tres hijos en Agüica, Matanzas. El 22 de setiembre de ese año se produjo el atentado contra Clemente Vázquez Bello, presidente del Senado e íntimo de Machado, de quien había dicho que "era más grande que Lincoln"; el plan era volar el cementerio cuando lo enterraran para liquidar a los altos personeros del régimen, pero como llevaron el cadáver a Santa Clara se frustró el atentado. Como represalia la policía mató al Representante Gonzalo Freyre de Andrade y a sus dos hermanos, y al también Representante Miguel Ángel Aguiar. Con motivo de la elección de Roosevelt a la presidencia de los Estados Unidos, fue a La Habana como embajador Benjamin Sumner Welles. Llevaba instrucciones de tranquilizar la isla y lograr la renuncia de Machado. El primero de julio de 1933 se inició el proceso conocido como la "Mediación". Se reunieron en la embajada americana grupos de opositores y agentes del gobierno (sin los estudiantes ni Menocal, quienes se negaron al diálogo). Se logró la libertad de los presos políticos (siempre la letra de cambio de las tiranías) y el regreso de los exiliados, pero el día 25 se inició la huelga del transporte que luego se extendió a los conductores de tranvías y a los choferes de alquiler, y por toda la isla, con el apoyo de Rubén Martínez Villena, a los ferrocarrileros, los braceros y los estibadores. El 4 de agosto se decretó una huelga general. Machado hizo salir del campamento de Columbia un batallón de infantería para someter a los huelguistas y acabar con los mítines callejeros, pero los oficiales y los soldados se negaron a disparar contra el pueblo. Una semana después se sublevó el cuerpo de aviación y otros sectores del ejército. Dio la noticia del levantamiento la estación pirata del A.B.C.; el parte de los insurrectos decía: Esta tarde, en las primeras horas, el Batallón 1 de Artillería tomó el Estado Mayor del Ejército, exigiendo la renuncia inmediata del Presidente de la República. Posteriormente el Cuerpo de Aviación, el Sexto Distrito Militar, la Fortaleza de la Caballa, las fuerzas de nuestra Marina de Guerra, los Distritos Primero, Segundo, Tercero, Quinto, Octavo y Noveno asumieron idéntica actitud, prometiendo el Presidente Machado presentar su renuncia dentro de las próximas 24 o 48 horas a cuyo efecto se nombraría un Presidente Provisional. Las fuerzas armadas de la República, no conformes con esta promesa ha exigido la renuncia para antes o a las 12 meridiano del día 12 del actual mes de agosto. En las últimas horas de esta tarde se ha querido engañar al pueblo de Cuba con la falsa noticia del fracaso de nuestra actitud, y en honor de la verdad y a nuestro querido pueblo lanzamos la presente Proclama, recomendando a la vez mucha calma, recogimiento en los hogares y especialmente evitar disturbios y desórdenes. Al día siguiente renunció Machado, y ocupó la presidencia Carlos Manuel de Céspedes, hijo del Padre de la Patria. Gonzalo de Quesada y Miranda, testigo de los acontecimientos, contó en su libro ¡En Cuba Libre! (1938) la reacción del país: Como un río desbordado, convertido en torrente sangriento y destructor, el pueblo en manifestaciones improvisadas de júbilo invadía el Palacio, adornando la enrejada puerta con chuscos carteles de Se alquila y E. P. D. Hombro a hombro con las muchedumbres enardecidas, surgían, en el bravío mar revuelto de rencorosa ira, junto con los harapientos, con los hombres en camisa, sin corbata y sombrero, con los vestidos de albo dril, el kaki y el azul de los soldados y Policías, hermanados con el pueblo, y oíanse, dirigidos por primera vez contra un mismo blanco, los disparos de los revólveres paisanos y el seco crack de los Springfield militares. Acosados como fieras, los porristas huían despavoridos, defendiéndose desesperadamente al verse acorralados; en Prado y Virtudes caía ensangrentado, acribillado de balazos, tras de inútil y brava resistencia, José A. Jiménez, veterano de la guerra y presidente de la Liga Patriótica que apoyaba a Machado; se defendió con un revólver hasta que un soldado lo mató con un rifle. Lo llevaron hasta la embajada americana y dejaron el cadáver en la calle; frente al Capitolio moría a adoquinazos y puñaladas su subalterno Leblanc, y en la calle de San Miguel era mortalmente herido Pepito Magriñat, pagando así a manos de la justicia popular la muerte de Julio Antonio Mella. En macabro recorrido, amarrados a automóviles, paseábanse por las calles los cadáveres mutilados y escupidos de los que horas antes esgrimían jactanciosos sus armas asesinas contra el pueblo. En el edificio del Heraldo de Cuba mezclábanse al crujido de las llamas destructoras el sordo sonido de mandarrias y martillos, enmudeciendo de esa manera el máximo vocero Machadista; desde los balcones de la casa de Averhoff volaban jarras, vitrinas, muebles que se despedazaban sobre el bruñido pavimento del Malecón; en la calle Reina era saqueada la rica biblioteca de Wifredo Fernández; a la boca del río Almendares ardía el yate del Dinámico Carlos Miguel de Céspedes, lengüeteaba el fuego en su Villa Miramar.
Y mientras las turbas se lanzaban a cobrársela, al saqueo de residencias señaladas como de elementos machadistas, poblaba el espacio el bronco paso de los camiones del Ejército, las bocinas abiertas de las máquinas particulares, con letreros de las sociedades revolucionarias secretas, con la estrella de Sión abecedaria, tremolando en el aire los verdes gallardetes; en rauda, implacable caza de porristas, de figuras connotadas del derrocado régimen... En su página editorial dijo la revista Carteles a raíz de ls acontecimientos: Al fin cayó la hiena. Cayó y se dio a la fuga. Una fuga atropellada, vergonzosa, en la que abandonó a sus adeptos, a esa jauría inmunda de asesinos mercenarios y de torturadores a sueldo, algunos de los cuales han sido ejecutados por la justicia popular después de acorralarlos en su madriguera y de cazarlos en las calles de la ciudad, teatro hasta hace poco de sus depredaciones y de sus crímenes. La justicia popular se ha cumplido con esos agentes feroces e inhumanos de la tiranía machadista. Sic semper tiranis. Carteles, que ha venido combatiendo desde el año 1927 a este régimen de ignominia, que no fue de los últimos en sumarse a la cruzada sino el iniciador de la lucha contra la usurpación y la violencia; que se pronunció en días en que todas las voluntades estaban de rodillas, contra las primeras extralimitaciones del poder de Machado… Carteles, en suma, que no desmayó en atacar a la tiranía y que fue una de las víctimas más perseguidas por ella, cree llegado el momento de que se recree una vida institucional y soberana… Pero es necesario que una vez restablecida la paz y abierto el ritmo de la nueva vida ciudadana, se cumpla íntegro el programa de renovación que inspira a la masa colectiva y que se impongan penas aflictivas a los que delinquieron. Nada de transigencias, ni de tenuidades ni de confusiones. Hay que delimitar bien los cómplices tardíamente arrepentidos de la tiranía, que ahora quieren aparecer como caudillos de la causa que ametrallaron, para que no aparezcan como elementos afines a los que valerosamente, con abnegación y con heroísmo, sacrificaron sus vidas a la causa de la libertad…
Machado voló a las Bahamas, y Orestes Ferrara, su Secretario de Estado, a Miami donde tomó el tren hacia el norte. Los dos dejaron escritas unas memorias en las que hablan de su salida de Cuba: las de Machado se publicaron en 1982, en Miami, con el título de Ocho años de lucha; las de Ferrara con el título de Una mirada sobre tres siglos, se publicaron en Madrid, en 1975, tres años después de su muerte. Ninguno de esos libros menciona los dos documentos que se transcriben a continuación, y que se conservan inéditos en la Biblioteca de la Universidad de Miami; son una carta de Ferrara a Machado contando su salida de La Habana, y otro un telegrama de Machado a Ferrara sobre su situación y sus planes de aquellos días; dice el primero: The Jefferson (The Cosolvo Hotels) Mí querido Gerardo, Tuve noticia de tu salida de Cuba el mismo día doce al llegar a Miami. Todo mi pensamiento y el de mi valiente mujer estuvo puesto en ti y en tu familia. Desde los aires vimos tu aeroplano, y Uds. seguramente nos han tenido que ver al encontrarnos en las costas de la Florida. No te puedes imaginar la inmensa satisfacción nuestra. Cuando pensé en irme tuve que hacer un gran esfuerzo sobre mí mismo pensando muy penosamente que tú te quedabas en aquel ambiente de borrachera asesina. Sobre las causas del colapso es preciso dejarlas al tiempo. Welles que nos maltrató a nosotros que éramos el gobierno, se demostró luego en toda la mañana del día doce en que lo vi dos veces, un pobre de espíritu, preocupado solamente en tapar el sol con un dedo, o sea que él no había realizado ningún acto que violara nuestros derechos. Mi último día lo pasé así. Por la mañana a las 8 Welles estuvo en mi casa. Le reiteré que tu firmarías la renuncia, y le adelanté todas las consecuencias, que desgraciadamente vinieron; toda la persecución, la matanza general, los actos de salvajismo. Como el día anterior le había rogado que hiciese declaraciones públicas diciendo a la oposición las mismas frases duras, y presentando los mismos ultimátums que nos había repetido a nosotros. Me leyó el papel que no podía producir ningún efecto y en el cual sólo se hacía constar que él no había intervenido en nada y que tú te ibas por patriotismo, y que la sucesión de Herrera era un deseo tuyo. Le rechacé el papel, y le recordé que tu renuncia, error gravísimo en la forma que se había hecho, obedecía a insistencias de él, y a petición expresa del Pres. Roosevelt, y que la designación de Herrera no la había sugerido él. Lo dejé diciéndole que él sabía todo esto, y que no era el momento de discutir, sino de actuar, pues en aquel mismo día tendríamos graves acontecimientos. Me dijo que esperaba que no. Fui de mi casa a Palacio, donde te vi. Cuando tu dejaste el Palacio, todos se fueron: policías, soldados, empleados, criados. Don Ramiro y yo, Lamar Schweyer y Rafaelino nos quedamos allí, en tu cuarto de trabajo. Escribí los documentos. Don Ramiro, valiosísimo, los puso en máquina. Y salimos del Palacio. Con estos papeles lleve a Don Ramiro a una estación de Policía donde estaba un pariente suyo, seguí y deje a Lamar. Y a las diez y media me entrevistaba con Alberto Herrera y con el Embajador que estaba en casa de él, cosa que ya sabía por habérmela comunicado la embajada a petición mía desde el Palacio Presidencial. Les entregué los documentos diciendo que yo no tenía medios de hacértelos llegar a ti. El Embajador, siempre preocupado de evitar responsabilidades, que por otra parte había ya adquirido, le pedió a Herrera que te los hiciera llegar. Cuando lo salude, me dijo que por la tarde me vería en mi casa. Le contesté que lo esperaría, y le añadí: "Que Dios me encuentre confesado". No me comprendió En aquellos momentos estaban para llegar Sanguily y Delgado. El Embajador Welles y Herrera no tenían espíritu, ni alma, ni fuerza física para controlar la situación. Salí de casa de Herrera y quise tomarle el pulso al estado de la opinión del populacho en cuanto a mí, seguí, pues, de allí, a pie para mi casa. Vi que no podía quedarme en la calle. Cerca de mi casa todos los vecinos miraban esperando algo. A mi llegada encontré al Embajador Español. Venía a ofrecerme asilo. Me negué cortésmente, diciéndole que prefería morir bajo la bandera de Cuba que asilarme. Al despedirle, unos tiros cerca de nosotros hacían caer al pobre Mesa que me acompañaba, hombre bueno que nunca hizo daño a nadie. El Embajador me hizo un último llamamiento para que me fuese con él. Me resistí, y él conmovido, se alejó de mí y de mi mujer que estaba a mi lado. Tan pronto lo saludé pensé que ya debía pensar seriamente en evitar que me matasen. Los tiros alrededor de la casa. se repetían insistentemente. Tomé un coche que por suerte tenía un amigo allí, cuyo nombre reservo por no ponerlo en una carta, y me fui para su casa. Mi mujer vino después en un coche que manejó Tonito, el cual estuvo valientísimo, y todo un hombre durante el día. Reflexioné mucho. Esconderme era una humillación y un peligro. Salir, la muerte segura. Entonces pensé en correr el riesgo de morir durante una media hora, pero con el objeto de salir de Cuba. El avión sale a las tres de la tarde habitualmente del Arsenal, pregunté por teléfono si había puestos, reserve dos, y a las dos y cuarto salí para el Arsenal. Mi mujer fue a casa de Mazos; en donde Tonito había llevado las maletas, y yo en el coche con Tonito, Rafaelino y Lily fuimos al Arsenal. Mazos, que se portó cono un hermano, y su Señora acompañaron a mi mujer. La ciudad estaba peor que Moscú en la revolución Rusa, soldados y paisanos se dedicaban a la caza del hombre. Atravesé el Vedado, Carlos III, parte de Reina, Monte, etc. “Allí va Ferrara”, era el grito de los grupos. Algunos me saludaban; otros me hacían comprender que ya vendría la hora. Pero llegue al Arsenal y a las dos y media mi mujer y yo nos metimos en el aeroplano. Estando allí un grupo empezó tumultuar. El piloto sacó el aeroplano un poco afuera, y minutos después nos acribillaban a balazos con ametralladoras, y trataban de alcanzarnos con una lancha. A diez centímetros de nuestras cabezas quedaron las huellas de las balas. El piloto, un héroe, llevó el aeroplano a toda máquina afuera. Temíamos que nos hubiesen atravesado los tanques de gasolina o roto alguna pieza importante. No fue así. Llegamos a Miami. Los vimos a Uds. Y hemos pasado ya la furia de la canalla. Pero en Miami nos encontramos con un grupo que a ciencia y paciencia de las autoridades me injuriaron a la llegada y a la salida. Yo contesté a esos menocalistas vulgares como se merecían y les dije que uno a uno no se quedarían delante de mí. Uno sólo me dijo que aceptaba el duelo, pero no lo vi más, pues por la noche él no estaba más en el grupo que insultaba. Las autoridades de policía no impidieron ni un solo momento el escándalo. Creo que tú no debes venir a los Estados Unidos. Te han hecho una muy fuerte campaña. Dentro de algunos meses quizás. Aunque yo creo que las cosas de Cuba irán de mal en peor, y que el hecho último será la intervención. Tú puedes seguir a Inglaterra, y luego ir al Sur de Francia o Egipto en el invierno. En cuanto a mí, te haré saber más tarde. Como te dije estoy corto de dinero, pero encontraré cómo hacer frente a las dificultades. Si tú vas a Europa, haré de todo para ir contigo. Aquí deseo ver a través de amigos que política quieren hacer en Cuba, porque hasta ahora parece que desean provocar las mayores locuras. Tu familia ha desembarcado aquí. Nosotros los veremos enseguida. Te escribiré otra vez. Han destruido muchas casas; la mía hasta ahora salvada por un grupito de soldados leales y buenos. Las de Barreras, Céspedes y de los amigos que están contigo, destruidas. Alberto Herrera, cuya cabeza pedían, refugiado bajo la protección de Welles en el Hotel Nacional. Salió luego en un vapor para Jamaica. En la toma de juramento de Céspedes, hubo dos disparos dirigidos a la casa donde estaba. El nuevo gobierno es dos terceras A.B.C. y una tercera nacionalista. El ejército en manos de Menocal, y luego imprescindible, la intervención abierta o disfrazada. El partido Liberal con los demás, será avasallado. El Congreso lo veo ya disuelto. Saludos a todos los amigos, y a ti, con los saludos de María Luisa, un fuerte abrazo de tu afmo. Orestes Ferrara Machado le respondió a Ferrara, ya en el Ritz Carlton, de Nueva York, el día 19, desde su hotel en Nassau, The New Colonial, con este telegrama: RECIBÍ CARTA. LAMENTO PERIPECIAS. PIENSO CANADÁ MOTIVOS ECONÓMICOS. PROPÓNGOME PRESENTARME CUBA PARA SER JUZGADO. PUEDO RESPONDER SIN TEMOR MIS INTERESES TODOS A MI NOMBRE EN AQUEL PAÍS. MI LICENCIA Y OFRECIMIENTO RENUNCIA OBEDECIÓ PETICIÓN EMBAJADOR U.S.A. EN SU CARÁCTER DE MEDIADOR Y A NOMBRE DE SU PRESIDENTE CUYO DOCUMENTO FUE ENTREGADO A TI QUE DEBES CONSERVAR. EN ESTOS MOMENTOS NO DESEO HACER POLÍTICA PERO NO ABANDONO PROPÓSITO HACER ACLARACIONES EN EL FUTURO. DECLARACIONES PUBLICADAS PRENSA RENOVAR RELACIONES DIPLOMÁTICAS U.S.A. DEBES DESMENTIRLA TODA VEZ NUNCA FUERON ROTAS NI MEJORES QUE DURANTE FUI PRESIDENTE. ESCRIBIRÉ. SALUDOS CINTAS Y FAMILIA. ABRAZOTE. MACHADO. No se hicieron esperar las quejas de Machado por lo que consideraba ingratitud de su pueblo, el cual, en su momento, tantos elogios le había hecho y que tan servil se había plegado a sus caprichos. Ya desde Montreal, en el Canadá, hizo graves acusaciones contra los cubanos. La revista Bohemia, en La Habana, publicó su escrito, fechado en "Octubre de 1933", con el título de "Machado habla de la revolución en Cuba"; estos son los párrafos que interesan aquí; dicen: ... Fui presidente y lo fui todo. Las más conspicuas sociedades me nombraron hijo adoptivo, y en todos los gremios obreros igual. Los ayuntamientos provincianos me nombraron Hijo Adoptivo, y en todos los pueblos de Cuba hubo una calle que llevara mi nombre. Fui árbitro de grandes y pequeñas disputas y le di grandes glorias a Cuba. Presidí la primera sección de la Asamblea Panamericana, y el poderoso Mr. Calvin Coolidge se sentó a mi derecha, y mi voz fue mejor escuchada que la de él. Construí obras monumentales que gozarán hasta la décima generación, pero no quiero hablar de ellas porque por sí solas serán el mejor vocero de mi farsa y posiblemente decidirán la verdad en la Historia. Todos eran a agasajarme. Todos se esforzaban en adivinar mis deseos. Todos se rendían a mis deseos. Fui doctorado Honoris Causa en la Universidad. Mis cumpleaños eran apoteosis. Deseaba sinceramente el cese de regalos porque verdaderamente me abrumaban y molestaban. El Congreso se doblegó y los periódicos, luego oposicionistas, publicaron día a día mi retrato. Escultores famosos modelaron mil veces mi busto. Los fotógrafos de las más sólidas revistas captaban mis gestos y la "Guataca" fue el símbolo de aquellos años. Yo presidente, decidía los destinos de Cuba sin oposición. Todos eran acordes en que yo era el Nuevo Mesías … Un día Pedro Martínez Fraga me llamó "Hombre montaña" desde las páginas del Heraldo de Cuba; ocho meses después alzó su voz en plena Cámara y me llamó "asesino". Fernando Ortiz editó un libro por su cuenta y en él se me elevó a las más altas regiones empíricas: dijo que yo era "el hombre Dios y el Apóstol de una nueva religión"; un año más tarde me comparó con el tipo más bajo de sus estudios afro-cubanos. Santiago Verdeja me tituló el "Hombre antorcha"; meses después dijo que yo estaba loco debido a sífilis antiguas. Núñez Portuondo me comparó con Mahoma; tiempo más tarde aseguró que yo era "el mal hecho hombre". Loynaz del Castillo aseguró en un banquete que era "el faro de la nueva Cuba"; después dijo que yo era el Moloch retratado. El general Mario G. Menocal, ilustre caudillo, sancionó con su presencia mi postulación para un nuevo período por el partido de que él fue ídolo, votó en el plebiscito y en mi reelección; un año más tarde fue el caudillo de la revolución, y su derrumbamiento en Río Verde me fue penoso. Ricardo Dolz aseguró una tarde que yo era digno de una estatua tan "grande como la que merecía Martí"; meses después era el líder del estudiantado rebelde. Ramón Zaydín aceptó la Prórroga, aunque la combatió, y dijo de mí una vez que era "el vaso donde se ligaban todas las ansias nacionales"; meses más tarde me combatió rudamente a tal extremo que conspiró en lejanos lares. Rosendo Collazo fue secretario de la mesa congresional de la prórroga y, al no tener acogida en la asamblea de su partido para un nuevo período, me criticó acerbamente. Ramón Grau San Martín sudo emoción bajo el birrete el día que fui investido doctor Honoris Causa, y cuando me estrechó la mano celebró que un Presidente que había "tenido por Universidad las aulas de la manigua redentora fuera honrado con verdadera justicia"; tiempo más tarde aseguró que yo era un cefalópodo, un cuatrero y un logrista. Recuerdo que el hoy jefe del ejército, sargento Fulgencio Batista, me abrazó un día en Columbia y fue el portavoz de los soldados a quienes obsequié con dinero y con carteras. El comandante Raimundo Ferrer, modeló mi busto y el de mi padre, afanándose en quedar bien. Muchos, pero muchos hombres podía seguir citando, mas no quiero, y si lo he hecho ha sido para probar la volubilidad de los que se creen en Cuba más firmes, para que el pueblo sepa el carácter de sus dirigentes. He probado que durante un tiempo fui el Hombre Dios, el Nuevo Mesías, el Hombre Antorcha, que todo lo podía y que tiempo después, por los mismos que antes me ensalzaron, fui Satán, Moloch, Marte redivivo. Así toda es Cuba: el país que parece hecho con las aspas de un molino de viento. Hoy tiene una opinión, mañana otra y seguirá así hasta que, por un fenómeno raro en el mundo, trueque los caracteres o hasta que, como yo espero, definitivamente desaparezca como nación soberana. Esto último le hará mucho bien...
No permitió el gobierno canadiense que Machado siguiera viviendo en el país, por lo que se trasladó a Nueva York donde fue amenazado con la extradición que pedía el gobierno de Cuba. Así fue a dar a la República Dominicana; allí vivió hasta setiembre de 1934 cuando también le pidieron que se marchara. Fue entonces a Europa (Alemania, Suiza, Italia) hasta establecerse en París. Al cabo de un año decidió volver al Canadá y de ahí viajar a los Estados Unidos. Le diagnosticaron un cáncer en el colon y en el hospital de Nueva York fue detenido por la orden judicial de extradición. Con el título de "Gen. Machado Arrested in Hospital Here; Cuba Plans to Press His Extradiiton" publicó el New York Times lo siguiente el 27 de noviembre de 1937: Armed with a warrant in extradition proceedings which had been outstanding since 1934, the United States Marshal’s office yesterday arrested General Gerardo Machado, deposed President of Cuba, wanted there on charges of murder and embezzlement. Machado successfully eluded arrest for more than three years, but last Monday his attorney, Francis A. O’Neill, former United States Commissioner, announced that his client, who had come to the United States from Canada for an operation, would surrender in a week. It was learned the same day that Machado was a patient in the Murray Hill Hospital, 80 East Fortieth Street, a fact that was published in newspapers. Yesterday Leo Lowenthal, Chief Deputy United States Marshal, went to the hospital, served the warrant upon Machado, and left the former President of Cuba in his sick-bed under a twenty-four-hour guard. Mr. Lowenthal said that Machado would not be brought to the Federal Building until Monday, the day Mr. O’Neill had planned to surrender him, and at the same time ask his former colleague, Garrett W. Cotter, United States Commissioner to dismiss the extradition proceeding. Mr. O’Neill pointed out Monday that Commissioner Cotter, at his request, had dismissed similar proceedings brought against Alberto Herrera y Franchi on the ground that his offenses against the government were political. He said the alleged mass murders laid to Machado in 1933 were “deaths due to the exercise of the police power of the then existing government." Poco después se aprobó en Cuba una amnistía por la que se suspendió el proceso de extradición. El último año de su vida lo pasó Machado entre Nueva York y Miami Beach, donde murió durante una operación el 29 de marzo de 1939. Mucho puede aprender la historia de hoy de esta trágica historia del pasado, de las fortunas y los infortunios de aquel gobierno, los que hoy abusan del poder creyéndose seguros y los que con su apoyo se hacen partícipes de los abusos. Con mayor o menor severidad Machado y sus hombres fueron castigados: unos murieron a manos del pueblo enardecido, otros sufrieron el exilio (especie de muerte en vida) y el desprecio de sus compatriotas, y todos debieron padecer, por muy encallecida que la tuvieran, el reproche de su conciencia.
No hay doctrina ni dirigente ni privilegio que merezca la complicidad con el crimen. Machado se sale de la tumba para advertir a los que hoy comenten errores y crímenes semejantes a los que él y los suyos cometieron, y aun peores, de la fragilidad de cuanto los sostiene en el poder, y de la inconstancia del lacayo y del esbirro que los sirve. Y para los que combaten la tiranía, de sus tumbas se salen los mártires de aquella época para indicarles el camino por el que triunfaron sus ideales, y decirles la palabra que se ha de llevar hasta la asamblea y el cuartel que aún le juran lealtad al tirano: no hay revolución pacífica o violenta, como dice el juicio de Kropotkin al comienzo de este trabajo, que no la haya precedido la conquista del oído y de una parte de la voluntad de aquellos a quienes se combate.
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