"Quien dice patria segura, que la conquiste. Quien no la conquiste, viva a látigo y destierro, oteado como las fieras, echado de un país a otro". Esos son los caminos, y nosotros nos vamos a detener, primero, en ciertas consideraciones sobre la insegura peregrinación, los efectos en quien la realiza. Luego en ella seguiremos a Martí, para ver sus vicisitudes en el extranjero y así entender su mérito. Por último vamos a terminar con algunas sugerencias respecto a nuestra condición de emigrados, cuáles pudieran ser nuestros deberes. El drama del hombre a quien se le impide residir en su lugar de origen es tan antiguo como la historia de los pueblos. Al igual que otros castigos, el destierro se basa en el desquiciamiento de algún instinto. La pena de muerte es terrible porque vence el deseo de vivir; al desterrado se le arranca de donde halla razón su existencia; y son tan poderosos esos vínculos que, por mucho que quiera atentar contra sí, nunca los romperá a capricho. Llevado del dolor puede el hombre realizar todo tipo de mutilaciones, pero sólo por una necesidad mayor se aleja de su medio. En busca de vida emigran los peces y las aves, pero nadie renuncia a lo propio sino en la urgencia o en el miedo. Uno de los más bellos cuentos de Solzhenitsin se reduce al examen de un pedazo de madera, habitado por hormigas que deciden morir quemadas antes que abandonar su hogar. "Eché un leño al fuego", dice el novelista ruso, "sin notar que estaba lleno de hormigas. Empezó a crujir, unas cayeron, otras corrían asustadas sobre la corteza o se abrasaban retorcidas por el calor. Lo empujé hacia un lado y muchas pudieron escapar por las ramas y por la arena. Pero, cosa rara, no huyeron del fuego. Aún no se habían repuesto del pánico cuando, movidas por fuerza extraña, regresaban a la patria abandonada. Muchas lograron subir al leño encendido, lo recorrieron con desesperación, y murieron en él". La crueldad más refinada encontró en el destierro el castigo perfecto: quien lo sufre lleva la pena a perpetuidad, y sabe que aún terminada la vida, le es negado el descanso. La muerte del criminal supone un solo acto, y una vez cumplido, la justicia deja de reclamarle deuda. Así la cárcel, que en el peor de los casos tiene un límite en los años del preso. La tumba del proscrito no es acabamiento, sino principio de nueva espera. Todo entierro es triste: con un ser querido se va una parte de nosotros. Sin embargo, aún en la angustia de la separación halla consuelo el deudo: a su compañía inconstante y frágil sucederá la segura y amorosa de la tierra; y cuando los más fieles retrocederían ante la desintegración de la materia, ella, madre, estará allí, recibiendo el despojo que convierte por un milagro de caridad en nueva vida. Pero no hay procesión más atribulada y doliente que la que lleva al desterrado al cementerio. ¿Dónde está la tierra compasiva? ¿Dónde la sombra del árbol propio? ¿Dónde su techo de estrellas? ¿Donde la brisa cariciosa, los aromas y rumores amigos? Allí dejamos a la víctima. ¿Qué poder insensato permite en el mundo el castigo de un muerto? Ante la severa sanción, no deben extrañar nunca los desfallecimientos del proscrito, y hasta el romper los principios que motivaron la pena. Uno de los desterrados más antiguos que recuerda la historia es el egipcio Sinuhe, quien huyó de su país por la amenaza de los soldados del monarca. Pudo resistir la ausencia largo tiempo, pero cuando supo que iba a morir, pidió perdón al déspota para poner fin con sus días al castigo, y se disculpó ante él, implorando a los dioses, abyecto, negando en un minuto de quebrantamiento muchos años de heroísmo. El faraón complacido, y por orgullo, permitió el regreso del anciano, y no sabemos si en homenaje a la sumisión o a la vanidad, se le enterró con ceremonia de príncipe a las orillas del Nilo. Y ¿quién entre nosotros, en esos recuerdos, no ha de evocar con lástima y ternura a nuestro Heredia, que como el infeliz Sinuhe se rindió ante el peso de la enfermedad y de la ausencia y, poco antes de morir, pidió permiso al mandón de su época para regresar a Cuba? Luego murió en México, y en él tenemos el ejemplo más ilustre de nuestros desterrados a perpetuidad, que nunca se hallaron sus restos para llevarlos a la tierra de palmas que él cantó en versos sublimes. No bien se dispuso el Cid Campeador a salir al destierro con sus vasallos, cuando se echa a llorar mientras mira los parajes queridos de los que no sabe arrancarse. "De sus ojos muy fuertemente llorando", cuenta en sus comienzos el Cantar de Mío Cid, y es que el valiente castellano sufrió ese dolor difícil de contener que siente el que deja el hogar: se arrancaba de él, dice el poeta, "como la uña de la carne". Al describir la expatriación, que él tan bien conocía, dijo Dante por boca de un personaje de la Divina Comedia: "Tú dejarás las cosas más dilectamente amadas, que es el primer dolor que produce la primera saeta del arco del destierro. Luego probarás qué amargo sabe el pan de otro y qué duro camino es bajar y subir las escaleras ajenas". Desde ese minuto indeleble, le empieza la vida a cambiar al peregrino, entre tropiezos y memorias, entre engaños y prisas: todo se le quedó allá, y su persona. y no sé qué cosa suya sigue andando por el mundo. Se ha dicho que el desterrado no abandona la patria, sino que ella lo abandona a él. Y es cierto, en cuanto que al decidir el viaje se convierte en enemigo de quien la gobierna. Desde allá le llegan los insultos y anatemas del tirano. Se le acusa de cobarde y de desertor. En un tiempo, Roma no desterraba a sus ciudadanos: los castigaba con la prohibición del fuego y del agua, pero era un burdo ardid, porque el condenado tenía que abandonar la ciudad para sobrevivir. Luego lo increpaban por haber dejado el hogar. Así, sin decretar la pena, la reducción de la libertad resulta tan decisiva para el mismo fin como los elementos vedados por la legislación romana. Apenas alza su tienda el desterrado, lo mira quien lo recibe con temor y suspicacia. El buen samaritano exige que su generosidad sea pagada con el acatamiento y la práctica de sus costumbres, lo que significa la renuncia, por parte del expatriado, del recuerdo y las maneras de su país: lo único que le sostiene la vida. Los ingleses y los franceses se molestaban porque los refugiados polacos y húngaros no entendían su idioma; y los americanos de Miami protestan porque los cubanos no aprenden inglés y hablan en voz alta. Y el emigrado responde de igual manera, y desprecia la costumbre y la lengua que le es ajena: Voltaire se burlaba de la torpeza de Londres en el comer, y Dostoievsky desdeñaba el culto provinciano de Florencia. Para explicar el significado del destierro, el más notable de los escritores expulsados de Polonia, Joseph Wittlin, propuso crear el vocablo "destiempo", porque en la imposibilidad de seguir los acontecimientos de su patria, y de integrarse en el ritmo de los de su país de residencia, cae la víctima en un vacío que le impide toda referencia temporal. También una palabra nueva, y con el mismo propósito, pensó otro famoso emigrado político, el poeta español Juan Ramón Jiménez: además de destierro y destiempo, proponía "deslengua", porque en el extranjero se va perdiendo lo más entrañable del hombre, su idioma; y hasta el juicio se tuerce como sojuzgado por la hechicería de la nueva expresión: a las orillas del Mar Negro lloraba Ovidio porque iba olvidando el latín en que escribió sus brillantes reglas de amor. Y, para lograr una pintura cabal del desterrado, aún podría añadirse la palabra "deshábito", por lo que obliga a la adaptación y al cambio, porque hay que clavar en suelo ajeno las raíces que van al aire, y nutrirlas con importuna savia para no lastimar el hospedaje. Y ¿cómo con tantas negaciones no se ha de mover la piedad ante la caída y el error del desterrado? Confunde el régimen político de su país con la patria, y a veces la hiere por agraviar al déspota. Ve en los adversarios de aquel régimen político como una prolongación de su tierra, y piensa en acuerdos y ayudas sin decoro: los emigrados franceses asociaban las monarquías europeas con su patria, sin darse cuenta de que era más suya la Francia revolucionaria que las cortes extranjeras, enemigas tradicionales de Francia. Aislado en el espacio, en el tiempo, en el idioma y la cultura, el desterrado envejece espiritualmente en cuanto que se da, como las ancianos, a vivir de los recuerdos. No tiene ocasión de aprender el lenguaje nuevo y habla en términos y de soluciones que sólo cumplen a su pensamiento inmóvil. Y como está fuera del mundo, se reúne con sus semejantes, en estrecho círculo, lejos de la realidad, para oír y repetir la palabra de los imposibles. A Fidel Castro no se le ha escapado la esencia del proceso. Hace diez años se burlaba de nosotros, pero resumía esa secuencia de esperanza, frustración y desaliento que nos es común, y como el soberano de Egipto en tiempos de Sinuhe, se complacía con el suplicio y la vacilación del desterrado. En un discurso de 1965 decía, refiriéndose a los cubanos en los Estados Unidos: En aquel 'paraíso' hay muchos arrepentidos a estas horas. Y no hay más que tener un poco de calma, no hay que tener más que un poco de paciencia, ¡y cuántas cosas veremos ! En los años futuros ¡cuántos añorarán, cuántos llorarán por volver a pisar esta tierra que han traicionado y que han despreciado! Nosotros sabemos cómo piensan muchos ya, nosotros sabemos bastante bien cómo piensa mucha gente allí, y sabemos qué atraviesa por su ánimo; y por eso tienen que alentarse de esas vanas y ridículas esperanzas, ridículas ilusiones, soñando y soñando cosas imaginarias. Quizás no todo lo que anunciaba Castro en su vaticinio se ha producido, pero a algunos les ha resultado largo el tiempo y andan en busca de alivio, olfateando el banquete, dispuesta la rodilla para allegar almohada al sacrificio. Es lenta la vida del desterrado, y todos los días tiene que velar porque siga en pie su decisión, el reto a la tiranía que es su vida en el extranjero. Cuenta Herodoto que, en la fatiga, los soldados de África se pasaban al enemigo, y cuando los compañeros les gritaban su traición, el haber renunciado a la patria, los desertores se señalaban los órganos genitales y contestaban que allí llevaban la patria. Siempre están a mano la mezquindad y el deber. Se quiebra el débil porque es más fácil militar en el bando triunfador que mantenerse entre los vencidos, pero nunca digno. Todo destierro es una derrota, a lo más preparación de lucha. Al final del combate, partida la armadura, queda el empuje de la guerra: viene luego el silencio del fracaso, y un impulso natural aleja al hombre del silencio. Anda el desterrado en el bullicio de la vida, y una mano se le escapa para asir el carro del olvido: lo sube y reduce su amor a cambio de la calma. Otros mueren callados. Nadie en su siglo le publicó a Heredia junta su obra, pero la Avellaneda pudo editar sus versos con el concurso de la aristocracia de España. Se perdían las páginas de Varela y los impresores se disputaban los discursos de Montoro; pero hoy viven en la conciencia de Cuba el maestro y el poeta. Nos han precedido en el camino muchos cubanos. Tenemos modelos que imitar. Eran los desterrados de ayer un puñado de tumbas y de estatuas, y hoy los llevamos colgados a la cintura. Pero a veces les hablamos a los muertos como se le habla a la naturaleza, y les hacemos decir nuestra palabra. La palma será símbolo de lo que dicte nuestro desvelo, y las montañas y ciudades, y los héroes. Pero hay que callar para que ellos digan; hay que escuchar. Se fuerza la doctrina y la acercamos a donde queremos ir, en vez de ir a donde dice la doctrina. En muchos aspectos de la historia política y cultural de Cuba Martí es como epítome y vértice: en él se compendia y purifica lo mejor de Cuba. Por eso es obligada su referencia; hundirse en él es adentrarse en lo más castizo de nuestra nacionalidad. Y por su arraigo entrañable con lo cubano, además de suma del pasado, se proyecta hacia el porvenir: Martí está en todo lo que ha pretendido la superación y el mejoramiento moral de su tierra. Y, quien lo rehuya porque de él ha abusado, y abusa, el egoísta y el demagogo, es tan insensato como el que renuncia a la justicia por las adulteraciones y atropellos a que se la somete. Entre excesos y disimulos el ideario martiano ha quedado en la mente de los que no lo conocen como una aspiración ideal, aun algo incoherente, que poco tiene que hacer con la realidad. Y nada más incierto, porque en Martí hay directrices clarísimas que pueden servir no sólo como guía para el cubano, sino también, como dijo Emil Ludwig, para toda la humanidad. Pero si no como mentor, bastaría hoy aquella peculiaridad suya por la que es cuanto tiene de admirable y de virtuosa nuestra patria. Martí desterrado resume en grado mayor, como corresponde a su proceridad, el patriotismo de Varela, la nostalgia de Heredia, el magisterio de Saco, y el mérito de todo cubano que peregrinó por el extranjero sin apartar los ojos de su isla. Y por esa condición ejemplar, estas reflexiones que tienen a Cuba como centro, y a los que viven fuera de ella como objeto, deben buscar guía en su conducta, y norma en su palabra. Tenía Martí sólo quince años cuando Céspedes dio el grito de la Demajagua. Era un estudiante de bachillerato en el Instituto de la Habana y aplaude con sus compañeros el gesto de los cubanos de Oriente. En casa de su maestro, Rafael María Mendive, sigue el movimiento de las tropas. ¡Qué entusiasmo con la caída de Bayamo! ¡Qué lección por su incendio! Diez días después de éste inicia Martí su carrera de revolucionario: en un periódico estudiantil publica Abdala. Ahí está el programa de su vida: el amor a la libertad, la vocación del mártir, la mística del deber, el conflicto entre el hombre y el héroe. Apenas cumplido un año de la Guerra, está Martí en la cárcel acusado de infidencia. El fiscal pide un mayor castigo, pero se le condena a seis años de trabajos forzados. Fue aquel presidio donde se fraguó su personalidad extraordinaria: el luchador sin odio, el propagandista incansable, el artista de la palabra al servicio del ideal. ¡Cuántos de nuestros presos encontrarán hoy aliento en el recuerdo de aquel adolescente, rotas las espaldas, ensayando sueños que iban a realizarse un cuarto de siglo después! No le alcanzaba la salud para cumplir la sanción y le cambian las cadenas: aún no tenía diez y ocho años cuando salió desterrado. En Madrid escribe en favor de la independencia de Cuba, luego estudia: se forma en lo que sabe mejor va a servir a su causa. Perdida toda esperanza en la república española decide ir a México, a socorrer a su familia, obligada a emigrar. Hay allí otros cubanos: de ellos logra ayuda y se dedica al periodismo. Hasta donde se lo permite el empleo defiende sus ideales. Unos cuantos mexicanos lo quieren: otros no lo entienden. A veces nos presentan los biógrafos de Martí la imagen de un hombre que fue por el mundo imponiendo su talento y recogiendo aplausos. En esa pintura se pretende ensalzarlo, pero se le resta categoría humana y se falta a la verdad histórica. Con pocas excepciones los contemporáneos de Martí sólo lo elogiaron después de muerto. Aquel joven angustiado y transido por los problemas de Cuba, alguna vez fue en México objeto de burlas. Le criticaron el estilo y el habla, y nada podía lastimar más al orador y al prosista. Allí pudo vivir dos años junto a su familia, pero no era más que un desterrado, y cuando los militares derrocaron el gobierno liberal de la Reforma tuvo que abandonar el país, y escribió al despedirse: "Allá como aquí, donde yo vaya, como donde estoy, en tanto dure mi peregrinación por la ancha tierra, para las lisonjas, siempre seré extranjero, para el peligro siempre ciudadano". Es decir, para la comodidad, para el regalo, mientras durara su "peregrinación", siempre se sentiría "extranjero". Va entonces a Guatemala. También por la guerra un grupo de cubanos reside en aquella capital. Ocupa una cátedra. Escribe elogios a la Naturaleza. Unos pocos lo miran con cariño, otros con reserva: porque es un orador nato, y se deja llevar de su rica expresión, le ponen el apodo de "doctor Torrente". En los periódicos de entonces se encuentran testimonios de las sátiras por su ingenuo entusiasmo. Aun más que en México fue allí extranjero para todo tipo de lisonja: la injusticia del gobierno y el celo de algunos guatemaltecos decidieron su suerte, y el peregrino tuvo que seguir viaje. Había terminado la guerra de Cuba y regresa a la Habana. Conspira: organiza un nuevo levantamiento. Un año más tarde sale de nuevo deportado. Entonces se establece en Nueva York y dedica todo su tiempo a la Guerra Chiquita, y es tal la miseria en que mantiene su hogar, que la esposa y el hijo se ven forzados a volver a Cuba: no tenían para empeñar más que la ropa, y se acercaba el invierno. Entonces sufre aún más el dolor del destierro: la soledad, el medio hostil, el idioma extraño, la condena sin término. Y dice en sus versos:
Va entonces a Venezuela. En Caracas intenta otra vez todo lo bueno y lo honrado: escribe en los periódicos, enseña, y hasta publica una hermosa revista; pero fracasa: otra vez el pan amargo del proscrito; y entonces, si cabe, con menos escrúpulo, se le trata como extranjero: solamente porque no pone su mano al servicio del gobierno, se le expulsa. Ahora comprendemos mejor sus palabras: "A látigo y destierro, oteado como las fieras, echado de un país a otro". En diez años ha tratado de establecerse en cinco países distintos: en ninguno encontró acomodo. Vuelve entonces a Nueva York: ya no intentará otra aventura: sabe y acepta su destino. Allí fue empleado de comercio, periodista, traductor, intérprete, profesor de español, en la "copa del veneno", como llamo a la ciudad "donde las miradas no saludan". No le vamos a seguir la huella a su desamparo y a sus tristezas: ahí están sus versos. Pero sí conviene recordar lo que para él significaba la patria: llegan los años más ingratos, cuando toda promesa de redención es un sueño, toda esperanza locura: ya era muy largo el camino, y el cansancio es cuna de arreglos: la independencia improbable daba paso a los acuerdos posibles. España se consideraba vencedora mientras muchos cubanos aplaudían el autonomismo. Martí se empeñaba en el ideal con un grupo de patriotas: los sueños tienen su tiempo de prueba. El Diez de Octubre de 1887 celebran un acto y él describe su agonía: la patria lo persigue, le impide vivir. Yo les voy a leer un pasaje de su discurso, en aquella ocasión infausta y deslucida, porque nos revela con patetismo conmovedor el estado de su alma: Vivimos entre sombras y la patria que nos martiriza nos sostiene. Con las manos tendidas, con la señal del cuchillo en la garganta, con los vestidos sirviendo de últimos manteles a los ladrones, comida hasta la rodilla ¡hasta la rodilla no más! de gusanos, la imagen de la patria siempre está junto a nosotros, sentada a nuestra mesa de trabajar, a nuestra mesa de comer, a nuestra almohada. Desecharla es en vano. Cuando el sol brilla para todos, menos para nosotros; cuando para todos, menos para nosotros, tiene la naturaleza cambios y fragancia, un aire sutil viene por sobre el mar, cargado de gemidos, a hablarnos de dolores que todavía no han logrado consuelo, de vivos que desaparecen en el misterio, de derechos mutilados, más tristes de ver que los mismos hombres muertos . Dicen que es bello vivir, que es grande y consoladora la naturaleza, que los días, henchidos de trabajos dichosos, pueden levantarse al cielo como cantos dignos de él, que la noche es algo más que una procesión de fantasmas que piden justicia, de mejillas que chispean en la oscuridad, de hombres avergonzados y pálidos. Nosotros no sabemos si es bella la vida. Nosotros no sabemos si el sueño es tranquilo. ¡Nosotros sólo sabemos sacarnos de un solo vuelco el corazón del pecho inútil, y ponerlo a que lo guíe, a que lo aflija, a que lo muerda, a que lo desconozca la patria! Luego vinieron los años decisivos. Sin pedir nada por su sacrificio, sin esperar nada de él, Martí preparó la guerra, bala a bala, hombre a hombre, y luego se lanzó a la conquista, y a buscar en la tierra propia el reposo que le negaba la vida. ¿Quién se atreverá, pensando en él, a quejarse del infortunio propio? ¿Quién va a increpar a la suerte porque esquive su camino? ¿Andaremos nosotros, apurados y vanos, con nuestro puñado de humo, buscando asiento a la comodidad y escaleras al nombre? En Martí encontramos la mejor lección para el desterrado: la humildad y la entereza moral. Nuestra situación nos obliga a ser humildes. ¿De qué puede envanecerse el que no tiene patria? ¿De qué quien no ha sabido librar a sus hermanos de la esclavitud? Renunciamos todo al salir de Cuba, ¿y hemos de venir aquí, con arreos de cascabeles, en gira de feria, de aplauso en lucro, como el emigrado avaricioso que fabrica casa a la soberbia? Somos desterrados cubanos y hoy no está de moda nuestra causa. Tantas mentiras se han dicho que no se le ve el asco al crimen, y aún se duda si a alguno de los que nos fuimos de Cuba nos movió más que el honor el egoísmo. Se cansan las banderas en las astas y, muchas veces, a puro error, hemos sembrado esas dudas de las que hoy recogemos la cosecha. Pero somos desterrados cubanos, y todo el que pueda, y cuanto le sea posible, debe afirmar ante el mundo, en lo que tiene de pureza, esa condición que en verdad es lo único que puede volvernos al ánimo el orgullo. No ha de ser inútil nuestro sacrificio. Nosotros tenemos una obra que realizar. Cuando Lenin conspiraba en Suiza contra los zares, dijo una gran verdad al afirmar que los emigrados políticos votaban con sus pies. ¿Quién duda que el éxodo es una forma silenciosa de voto, y bien elocuente? Lo que no puede tolerar Fidel Castro es que una parte considerable del pueblo cubano haya preferido la pena en la emigración al dudoso bienestar en su patria tiranizada. Un día dijo, "Elecciones, ¿para qué?" y el pueblo empezó a votar gastando las suelas de sus zapatos por las tierras del mundo, hasta que se vio obligado por la avalancha a interrumpir también aquellas elecciones. Ahora dice que no somos cubanos, que nada nos une al país. ¿Por qué desarmados y divididos teme Castro al destierro? ¿Por qué, además de herir, quiere separarnos de la patria? En cada uno de nosotros puede refugiarse un pedazo de Cuba, que con su tradición revolucionaria y progresista lo niega a él y a su gobierno como residuo de antiguos males: el rompimiento de la población, el reparto injusto del país, el abuso del poder, el espíritu colonialista. Él ha callado en el paredón y en las cárceles la protesta del cubano, pero mientras haya uno de nosotros que no se canse, habrá una voz despertando la conciencia del mundo. Viven en la isla millones en silencio: nosotros somos el grito de la isla. Y hemos de hacer, sin apremios ni estridencias, porque allí se nos oiga: todo trabajo honrado tiene alas y lengua, y cuando pueda dirá su palabra. La prensa castrista cuenta a cintillo abierto cuando uno de nosotros se extravía, cuando desvanecida la esperanza nos domina la injuria, cuando buscamos cabezal de oro al lecho, a ver si a fuerza de lujo se logra esconder nuestra miseria. Pero nada dicen del diligente cubano en la fábrica, de la mujer respetada y activa, del profesional honesto, y de tantos jóvenes que acaso sólo por un breve contacto con su tierra la quieren y la defienden, y desean conocerla, y comprenden sus esencias, porque saben que en ella hay algo que les escatiman los de allá y los de aquí, porque saben que donde nació tanto mártir y tanto héroe debe haber algo más que un tirano bufón y los tristes que aquí adulan, sin pensar quizás en daños, las mismas fuerzas que un día le asesinaron la patria. En Cuba han de oír, y estaremos junto a los que allí sufren, a los que allí esperan, para que vean que no les volvemos las espaldas. El tiempo de un pueblo no es el tiempo de un hombre, y hemos de trabajar como si viviéramos siglos. Para muchos de nosotros no coincidirá la felicidad de Cuba con nuestra propia felicidad. Pero ¿quién se pondrá a medir horas ante los que construyeron generosos para el futuro? No dan estos días para entusiasmos: los grandes poderes se juegan los destinos de las naciones y nos dejan solos amigos de ayer. Ahora somos nosotros los que tenemos que decir, "con OEA y sin OEA ganaremos la pelea", y trabajar por la victoria. Siempre es necesaria la meditación, y acendrar la virtud, pero puede que hoy sea el más útil a la patria el que, pensando en ella, se supere en su quehacer diario: no todo termina en el arrojo y la soberbia, y tiene mayor importancia entre nosotros la disciplina y la perseverancia. En lo cubano está la solución de Cuba, en nuestra historia está nuestro futuro. Hemos vivido siempre de préstamos; por eso fue tan fácil la transición del colonialismo de España al de los Estados Unidos y al soviético; pero un día seremos originales. Con Martí, sobre todo, pero no el Martí de un grupo, porque a Martí lo han fraccionado: ha habido un Martí para los negros y otro para los blancos, uno para los ricos y otro para los pobres, uno del canto a la libertad y otro de la cólera por la injusticia; pero el día que se integren sus mundos dispersos por la ira y el egoísmo, verán qué doctrina revolucionaria, qué palabra justa. Entonces no habrá cubanos que vivan como nosotros "a látigo y destierro", porque entonces, de verdad, se habrá conquistado la patria. |
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