A principios de la Guerra de los Diez Años, con la recomendación de este título, se publicó en La Habana un trabajo que incitaba a los cubanos a laborar por la libertad de su patria. Aún tiene vigencia el análisis que allí se hizo del valor de un ideal y de los sacrificios que exige una noble causa. Fue su autor el ilustre manzanillero Rafael María Merchán. Nacido en 1844 de padre colombiano y madre bayamesa, desde niño estuvo en contacto con la letra de imprenta, como tipógrafo y cajista. Después de formarse en el Seminario de Santiago de Cuba, se dedicó al periodismo y a la enseñanza hasta su muerte, en Bogotá, en 1904. Aunque Merchán pasó la mayor parte de su vida en el exilio, siempre tuvo presente a su patria: cuanto prestigio ganaba como profesor, poeta y crítico literario venía a avalar su obra en defensa de Cuba. Con los años oscilaron sus ideas políticas, nunca su sincero patriotismo. Como redactor del periódico reformista El Siglo publicó el famoso artículo el 15 de noviembre de 1868. El 10 de Octubre se había producido el alzamiento de Céspedes, y días antes del escrito de Merchán se incorporó a la guerra Ignacio Agramonte. Las noticias sobre la insurrección eran vagas y contradictorias. La desorientación detenía a algunos dispuestos a sumarse al movimiento revolucionario. Las palabras de Merchán sirvieron de impulso. Escrito con gran habilidad logró burlar la censura de España, pero los cubanos entendieron el mensaje. Comenzaba con unas consideraciones sobre el precio de los grandes anhelos: Cuando nos detenemos a dirigir una mirada sobre la marcha del espíritu humano... y pasan ante nuestros ojos los hombres de todas las épocas, los mártires de todos los siglos, los genios de todas las edades, con sus virtudes y con sus desgracias, con sus delirios y decepciones, con sus arrobamientos y con sus desencantos, siempre sufriendo y siempre luchando, siempre hostilizados por la inercia de los indiferentes, alguna vez desalentados por el cansancio y la soledad... nos preguntamos, ¿qué ley fatal es la que nos ha condenado a no conquistar el bien sino pasando dolor? ¿Por qué ha de haber siempre un Calvario para todos los predicadores de la verdad? La cicuta, la cruz y la cadena han sido frecuentemente la recompensa de todos los que han intentado hacer avanzar su siglo sin más interés que el de ver feliz la comunidad de sus hermanos. ¿Es esto una maldición, o es también una felicidad? Merchán no responde, no quiere detenerse en la inútil divagación para iniciar la prédica: “No perdamos tiempo en averiguarlo”, dice, y agrega: De lo que estamos seguros es de que la civilización no se consigue sino a fuerza de trabajo, de abnegación y sacrificio, y que el progreso humano no puede realizarse sino resignándonos a pasar por las pruebas del sufrimiento. Todos esos nombres que han quedado sobrenadando después del naufragio de las generaciones pasadas, para recibir de la posteridad la gratitud que les negaron sus contemporáneos, nos demuestran demasiado a las claras la evidencia de esta verdad: No hay progreso sin fatiga, sin lucha no hay victoria... No podemos convidar a nadie más que para una mesa de dolor, a la que hemos de acercarnos de pie, con el bordón en la mano, y puestas las sandalias como el pueblo escogido al celebrar la Pascua en los días de su peregrinación hacia la tierra prometida. ¿Serán en número crecido los que vengan a compartir con nosotros la amarga levadura? Merchán, el joven separatista no ignora la respuesta: sabe que el ser humano tiende natural a la comodidad y a la quietud, y que sólo podrá contar con un grupo reducido de seguidores: “No es el agrupamiento que buscamos, no es la multitud que vemos. Virtudes y no cabezas. Almas y no cifras. Que no se junten a nosotros los que ignoran que el bien de la humanidad no se puede conseguir sin el completo olvido de sí mismo, sin la cabal abstracción de toda idea egoísta”. Destacaba también Merchán la exigua recompensa que recibe quien se entrega a la lucha por sus semejantes. En frase inolvidable Martí sintetizó más tarde esa realidad: cuando en 1892 le pidió a Máximo Gómez su concurso para iniciar la guerra, le advirtió en una carta: “... no tengo más remuneración que brindarle, general, que el placer del sacrificio y la ingratitud probable de los hombres...” Y sobre el tema Merchán razona: Nada importa que el siglo recompense a los redentores como recompensó al hijo de Judea si, a imitación de aquél, siembran en el seno de las sociedades una semilla de felicidad que ha de fructificar más o menos pronto. Se derramará una lágrima, pero esa lágrima compra la regeneración del mundo. Así lo han entendido desde el principio de los tiempos aquellas grandes almas que, elevándose sobre las preocupaciones de su época, tuvieron el valor para concebir un ideal, energía para predicarlo y decisión para intentar ponerlo en vías de ejecución. Y para concluir el hermoso trabajo avisa a sus lectores contra la vacilación y el desaliento: “La duda es la muerte prematura de todas las esperanzas... la fe la primera condición para el progreso, y la segunda la perseverancia. La perseverancia es la continuación de la fe. Perseverar es creer, es gozar anticipadamente la intuición de la bienandanza. Digámoslo siempre así porque es lo que conviene decir, y sobre todo, porque es verdad”. En toda la isla se comentó el artículo de Merchán. Fue como un grito de guerra. A poco de su publicación circulaba por La Habana una hoja incitando a los cubanos a la insurrección: la firmaba “El Comité Laborante”. A partir de entonces “laborante” fue sinónimo de insurrecto, e identificaba, lo mismo entre cubanos que entre españoles, los que trabajaban por la independencia de Cuba. Nuestro gran historiador Francisco J. Ponte Domínguez cita en su Historia de la Guerra de los Diez Años esta copla que empezaron entonces a cantar por las calles de La Habana los integristas, enemigos de la independencia, irritados por la creciente insurrección:
Al mes siguiente de aparecer el “Laboremus” de Merchán, El Siglo dejó de publicarse por la saña que contra el periódico mostraban los españoles. Otro artículo con igual intención y título había escrito en la Revista Habanera, siete años antes, el poeta Juan Clemente Zenea, pero la palabra logró todo su significado en 1868, al calor de la guerra. Es ése el milagro de las ideas, que se consagran en la acción, lo mismo que ésta se consagró en el pensamiento que la inspiraba. Si no encuentra el brazo que la realice, la doctrina queda vagando como capricho de la inteligencia, pero también la acción sin programa que la justifique y guíe se prostituye y muere. Y aún otro premio tiene el consorcio afortunado, que el trabajo, a la sombra del ideal, cosecha su mejor fruto, lo mismo que el ideal, por el trabajo se acendra y purifica. Debiera el laborantismo otra vez ser una actividad preferida entre nosotros. Cada uno, con sus capacidades biográficas, su alcance y su conciencia, haría parte en la obra urgente. Nos acechan los justos de ayer, y los de hoy, desde la tierra y las cárceles de Cuba. No debe detenernos el desamparo, los peligros ni el tamaño de la empresa, ni, como decía Merchán, “las fatigas, el cansancio, los reveses y las ingratitudes”: ¡Laboremus! |
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