Índice general
   Búsqueda

fondob.gif (357 bytes)
LOS JESUITAS EN LA HABANA

 

  El colegio de San Ignacio
  La expulsión
  El destierro
  El ciencuentenario

  El observatorio
  Conclusión


Iglesia del Belén viejo

Es ésta una historia incompleta ya que sólo llega hasta 1925, cuando se inaugura el colegio de Belén, de Marianao. Le falta, pues, esa etapa hasta 1960 en la que se produjeron tantos acontecimientos dignos de memoria, y la que sigue, la del tercer Belén, el de Miami, no menos parte de la misma epopeya, y quizás, por más heroica, más digna de recuerdo.

Esta narración comienza con la llegada de los jesuitas a La Habana, en el siglo XVI, y el establecimiento del colegio de San Ignacio; continúa con un recuento de la expulsión, en 1767, para terminar con el regreso, en el siglo XIX, y algunos datos sobre el Belén de la calle Compostela y sobre el padre Viñes, director de su observatorio. Con mayor perspectiva alguien hablará de los últimos setenta años, poniendo en orden la información de ese período que aún se mantiene dispersa.  

Iglesia y convento de Belén, en un dibujo del libro de J. M. de Andueza Isla de Cuba pintoresca (1841).

Cuando en 1904 se reunieron los antiguos alumnos de los jesuitas de Cuba, al celebrar el cincuentenario del viejo Belén, dijo un cronista que en aquel banquete tenían “representación numerosa y brillante tres generaciones de cubanos, y todas las profesiones y todas las escuelas y todos los partídos, a pesar de lo cual, a todos los animaba el mismo sentimiento: la gratitud...” Al escribir estas páginas no ha sido otro el sentimiento de su autor, agradecido por lo sano y útil que le sembraron en la vida los jesuitas de La Habana.

El colegio de San Ignacio

Hacía 26 años que el papa Paulo III había confirmado la orden, y 10 que había muerto su fundador, cuando desembarcaron en La Habana tres jesuitas: eran los primeros que pisaban suelo americano. La Habana contaba entonces con unos 300 habitantes, las dos terceras partes indios y negros esclavos, y no era mucho más que un caserío, casi todo de tabla y guano, alrededor de la Plaza de Armas. En Madrid el rey le había pedido al general de la Compañía, Francisco de Borja, el futuro Santo, misioneros para catequizar a  los  indios  de  la  Florida:  eran  los  tres  que llegaron a La Habana a mediados de agosto de 1566. Iba de superior el padre Pedro Martínez, antiguo “espadachín formidable”, de Valencia, y lo acompañaban otro padre y un hermano que habían llevado, también —según noticia que aparece en las primeras páginas del Álbum conmemorativo del quincuagésimo aniversario de la fundación del Colegio de Belén, de la Compañía de Jesús, publicado en La Habana en 1904— “vida disipada y rota” antes de su ordenación. El capitán del barco belga en que viajaban no supo llegar a San Agustín de la Florida, y por eso se dirigió a La Habana, para que le indicaran el rumbo. El tiempo que allí pasaron les sirvió a los jesuitas para instruir en doctrina cristiana a los habaneros, al tiempo que disfrutaban de la “continua asistencia y cuidado de lo más florido de la ciudad”.


Placa conmemorativa en el lugar donde se estableció la primera misión de los jesuitas, en la desembocadura del río Miami,
en 1567.

En diciembre emprendieron viaje hacia su original destino, y el padre Martínez desembarcó con un grupo de marineros en cuanto avistaron las costas de la Florida. Apresado por los indígenas, fue muerto en una playa convirtiéndose así en el primer mártir de la orden en este continente. Forzada por un temporal, la nave en que quedaron sus compañeros volvió a La Habana y, con otros padres que llegaron de España, empezaron a enseñar en una iglesia de madera, donde luego estuvo el hospital de San Juan de Dios. Pero ese esfuerzo no pudo prolongarse por mucho tiempo pues los reclamaron de la recién fundada provincia de México, territorio de más población y riqueza que la aún dormida “llave del Nuevo Mundo y baluarte de las Indias Occidentales”, como la llamaría el historiador José Martín Félix de Arrate siguiendo una distinción real. Pero en 1567, a la salida del río Miami, en un villorio indígena, junto al fuerte que allí levantaron los españoles, los jesuitas ya tenían una misión

No le faltó a la orden deseos de fundar un colegio en La Habana, por la solicitud de sus habitantes ante el recuerdo que conservaban de sus visitas. Fue tal el interés en favorecerlos, que el Cabildo de la ciudad ya había expropiado en 1569 varios solares yermos para que construyeran una escuela en la que, dice un documento de la época, habían de ser “doctrinados los hijos de vecinos de toda la Isla y de otra cualesquiera parte que quisieran venir”. Y mayor simpatía habían sentido los habaneros por los jesuitas desde que hospedaron en sus casas a las doce víctimas de Jacques de Sores: iban 69 en una expedición misionera al Brasil cuando los atacó el mismo pirata que había arrasado La Habana en 1555; eran los únicos que se habían salvado: se refugiaron, náufragos, en Santiago de Cuba, y de ahí fueron a La Habana  para embarcarse otra vez hacia el Brasil y perecer en un abordaje de corsarios franceses e ingleses.

Así tuvieron que esperar hasta principios del siglo XVIII en que, con la ayuda económica de varios eclesiásticos y particulares, pudieron establecerse en la capital de Cuba. El obispo Diego Evelino de Compostela les había regalado varios miles de pesos además de los terrenos donde está hoy la Catedral, que llamaban Ciénaga porque se inundaba, y allí les construyó la ermita de San Ignacio de Loyola. Para estimular a sus compatriotas en ayudas a la orden, de México enviaron a dos jesuitas habaneros, al padre Francisco Díaz Pimienta y al padre Andrés Recino. Pero fue otro eclesiástico quien culminó las recaudaciones, el presbítero Gregorio Díaz Ángel, con sus propios fondos y aun con los de sus feligreses. Además de las donaciones que hizo en vida a los jesuitas, el padre Díaz Ángel, verdadero fundador del colegio de San Ignacio, les dejó en testamento sus bienes; en él declaraba: “He tenido y tengo amor y especial afecto a la sagrada Compañía de Jesús y padres de ella, por el celo y fervor con que se dedican a la enseñanza y doctrina de la juventud, y asimismo a la predicación y confesión, como es notorio; y quiero que en esta dicha ciudad, como mi patria, se logre el fin de mis deseos que es el que en ella se funde el colegio de dicha Compañía de Jesús para consuelo de sus vecinos y moradores, y que surta los efectos que pide mi voluntad...” Por eso Bachiller y Morales dijo de este generoso habanero que, con su ayuda al colegio de San Ignacio, había puesto “la primera piedra de la ilustración cubana”.

Dos jesuitas fueron a La Habana para asistir a la fundación y encontraron las más favorables condiciones: un fuerte huracán al que siguió un ras de mar había azotado la ciudad, y los recién llegados se dieron enseguida a la predicación asegurando que era un mensaje de la providencia, y los fieles respondieron con regalos para ayudar al establecimiento de los jesuitas. Años más tarde, cuando en Lisboa quisieron también utilizar un fenómeno de la naturaleza en provecho de sus intereses, seguido del terremoto que destruyó  la ciudad, fueron expulsados de Portugal.

El colegio que se construyó se llamaba de San José, pero se le conocía como de San Ignacio, o de la Compañía. Años más tarde empezaron las recaudaciones para la iglesia, y otra vez “algunas personas de primer orden se repartieron por la ciudad a recoger fondos” para lo que sería el edificio donde hoy se encuentra la catedral. El más notable profesor de ese colegio fue un gran humanista mexicano, el padre Francisco Javier Alegre, traductor de Homero, quien durante siete años enseñó filosofía a la juventud habanera. Allí estudiaron muchos que luego se iban a convertir en hombres distinguidos e influyentes, como Francisco J. Conde y Oquendo, catedrático de la universidad de San Jerónimo, presbítero famoso por su oratoria, a quien el Papa hizo Caballero de la Cruz de Oro, mereció el título de “el Cicerón mexicano”, y murió lleno de honores como canónigo de la catedral en Puebla de los Angeles; y Luis Peñalver y Cárdenas,  también de La Habana, primer director de la Real Sociedad Económica —a la que pertenecieron otros eminentes cubanos: Francisco Arango y Parreño, Manuel de Zequeira y Tomás Romay—, construyó la Casa de Beneficencia y fue obispo de Nueva Orleans y arzobispo de Guatemala, y mereció quedar en la historia como “noble patricio, celoso prelado y benefactor de los pobres”.

Además de la enseñanza, en esta primera etapa, los jesuitas de La Habana realizaron varias expediciones misioneras y científicas, anunciando éstas el espíritu que llevaría a la creación  del observatorio de Belén: en 1743 el padre José Alaña, precursor del padre Viñes y del padre Gutiérrez Lanza, fue a Cayo Hueso, donde dijo misa a los indios en una choza improvisada, y realizó observaciones geográficas llegando hasta donde hoy se encuentra Cayo Cañaveral.  


Vista general del colegio de los jesuitas y de su iglesia,
 luego Catedral de La Habana.

La expulsión

Por la época en que empezó a funcionar la Real y Pontificia Universidad de San Jerónimo, en el convento de San Juan de Letrán, habían empezado a enseñar los jesuitas de La Habana en una cochera de la calle de Mercaderes; y allí, “a pesar de la incomodidad, mandaban sus hijos las personas más distinguidas”. Cuando se produjo la expulsión, en 1767, es decir, cuatro décadas más tarde, tenían recursos mayores que los de la misma universidad. Había unos quince sacerdotes en el colegio de San Ignacio, y la orden tenía un capital de “quinientos treinta y un mil dos cientos noventa pesos fuertes” —según  afirma Jacobo de la Pezuela en su Historia de la Isla de Cuba, publicada en París en 1878— en propiedades urbanas y rurales; entre otras: una manzana de casas frente al convento de Santo Domingo, y  en las calles del Aguacate, Luz y San Lázaro; el ingenio de San Ignacio en Río Blanco, y otros dos: el de Barrutia y el San Juan de Poveda; y una hacienda en el Salado, y otra en Bacunagua...

Los jesuitas fueron expulsados de Portugal en 1759. Cinco años más tarde se prohibió la orden en Francia, y en 1767 Carlos III decretó su extrañamiento de España y de sus territorios. En cada país hubo disculpas o razones para la expulsión, pero lo cierto es que el filosofismo deísta, de la Ilustración, conspiraba contra la Compañía; y en el arte, el equilibrio neoclásico se esforzaba en reducir el barroco, el hijo espiritual de San Ignacio. Por otra parte, en España, lo mismo que en Portugal, los jesuitas se habían aliado a la nobleza, cuyos intereses chocaban con los del monarca: además del terremoto, en Lisboa hubo un atentado contra el rey, y culparon a los padres. Y en Madrid se produjo un motín parece que pagado por el duque de Alba, y el Secretario de Estado, el marqués de Esquilache, y se acusó a los jesuitas de instigar al pueblo. Observó Martí en sus días:

La Iglesia, que está siempre del lado de los que pueden y triunfan, entiende que los monarcas van ya de vencida... la Iglesia está mudando de auxiliares, y con habilidad suma, al ver que la monarquía ahora y el gobierno está pasando de los reyes a las clases conservadoras, en quienes por la superioridad de la inteligencia, y hábitos está cayendo en algunos lugares y en otros ha caído el mando, se está poniendo de las clases conservadoras... La Iglesia es astuta, y como se sabe batida en sus antiguas fortalezas, se viene al campo moderno, evoluciona con la humanidad, toma una forma y actitud adecuada a la situación presente, y en el campo moderno presente toma puesto y presenta batalla. De modo que para vencerla en esta astuta actitud no basta probar que erró en otros tiempos, de que ella con gran sabiduría no parece ahora querer acordarse, sino que yerra en lo que ahora dice...

Fue ése, quizás, similar pragmatismo al que hoy, en ciertas regiones del mundo, parece regir la conducta y el pensamiento de la Orden, apurada en volverle las espaldas a la burguesía que en un momento, sin exigirle cuentas, la protegió, para aliarse ahora a corrientes socialistas contrarias al mercado y libre del desbocado capitalismo. Otra vez parecen decir los jesuitas que en ciertas cosas del mundo no hay verdades necesarias, y que lo verdadero está más cerca de lo útil, aunque en la actualidad, es de justicia reconocerlo, el cambio los lleva más cerca de Cristo al alejarlos de aquella sumisión a la riqueza, especie de “curvare genua ante Baal” (doblar la rodilla ante Baal), que denunció un honrado miembro de la Compañía en el siglo XVI. Ya había recomendado San Ignacio, al hablar de la “humildad” en sus Ejercicios Espirituales: “Quiero y elijo más pobreza con Cristo pobre que riqueza; [quiero y elijo más] oprobios con Cristo, lleno de ellos, que honores; y desear más de ser estimado por vano [necio] y loco por Cristo, que primero fue tenido por tal, que por sabio ni prudente en este mundo”.

La orden de Carlos III no dice claramente el motivo de la expulsión: “... estimulado de gravísimas causas” explicaba, “he venido a mandar que se extrañen de todos mis dominios a los religiosos de la Compañía, así sacerdotes como coadjuntores o legos que hayan hecho la primera profesión...” Pero una carta del Consejo Extraordinario de España al Papa, explicado el asunto, aclara: “No sólo la complicidad en el motín de Madrid es la causa de su extrañamiento, [sino] el espíritu de fanatismo y de sedición, de falsa doctrina y el intolerable orgullo que se ha apoderado de ese cuerpo, orgullo especialmente nocivo al reino y a su prosperidad”. En la preparación de un libro sobre las Misiones de los jesuitas en Paraguay, el investigador Frederick J. Reiter llega a la conclusión de que no tuvieron fundamento las acusaciones contra la orden en España, pero que se le prohibió orden todo tipo de defensa contra el decreto real so pena de suspenderle a todos los expulsados la pensión que se le había concedido para que vivieran en Italia.

La orden de expulsión llegó a La Habana el 14 de mayo de 1767. Iba dirigida al Correo Mayor, José de Armona, quien la entregó en sobre cerrado al gobernador, Antonio María Bucareli; en la parte exterior se leía: “No abriréis este pliego, bajo pena de muerte, hasta el 14 de junio de 1767”. Bucareli era un recto y piadoso bailío, fiel intérprete de la política de Carlos III —había prohibido en La Habana los vestidos indecentes de las mujeres y las blasfemias de los hombres; obligaba a todos a arrodillarse, aun sobre el fango, cuando pasaba el Viático; controló el numero de “diablitos” que salían a las calles en la fiesta de Corpus y  persiguió a la mujeres públicas, para las que construyó la primera “casa de recogidas” que hubo en la ciudad. El día indicado, dijo Armona, “Bucareli ejecutó la orden del rey en aquel pueblo dominado por los jesuitas desde que se establecieron en él”. Dispuso que los cañones del Morro estuvieran apuntados hacia el colegio de San Ignacio, “a efecto de romperle brecha y salir por ella al embarque, en el caso forzoso de algún movimiento popular”. Obligó, además, a que nadie saliera de sus casas después de la 10 de la noche, ocupando los soldados las calles cerca del colegio. Allí llegó Bucareli acompañado de varios dignatarios y de tropas a las 12 y media de la noche.

“Llamó el sargento mayor”, sigue la narración de Armona (publicada en el Boletín de los Archivos de la República de Cuba en su número de septiembre-octubre de 1902),  y a la tercera o cuarta vez respondió el portero. A la orden de que abriese al gobernador, obedeció al instante. Dio aviso al rector, el padre Andrés de la Fuente, y llegó a recibirle cuando el gobernador estaba a mitad de la escalera”. Mandó entonces Bucareli que se reuniera toda la comunidad en el salón principal para leerle la orden, y enseguida el ejército comenzó una requisa en las habitaciones y se hicieron varios paquetes de papeles que fueron atados y lacrados. En aquel lugar los tuvieron detenidos hasta que quedó lista la goleta en que viajarían a España: era la “Santísima Trinidad”, de Francisco Madan, que estaba cargada de cajas de azúcar que transbordaron a otras embarcaciones. Afirma Armona que la salida del colegio se precipitó cuando se supo en la ciudad el asunto y empezaron a llegar al colegio “muchas esquelitas de damas devotas”, y “papeles de damas sin firma, pero de letras conocidas”. Para el viaje sólo se les permitió llevar el libro de rezo, tabaco y chocolate. Salieron escoltados en seis coches, cuenta el mismo testigo, sin duda poco admirador de los jesuitas, y, “al volver de una esquina llegó de golpe un embozado a hablar con el padre Tomás Bubler, que había sido por muchos años el consultor y confidente de los gobernadores, el eje que movía los negocios de La Habana, y el dueño de las principales casas y familias. Crame [un ayudante de Bucareli], que iba por aquel lado, se le echó encima en cuanto pudo percibir alguna palabra.  El embozado desapareció al instante al verle tirar de la espada”. Y concluyen estas curiosas “Memorias” con el siguiente comentario: “La ciudad, en la parte que se componía de sus gentes naturales, y más que todo las mujeres más principales y ricas, y devotas, sintieron vivamente una catástrofe tan inesperada para ellas que no pudieron disimular su pena y su sorpresa desde aquel instante mismo”. Una de ellas, “marquesa, poetisa y latina”, recordó Armona, se le encaró en una visita que le hizo, cuando se habló del asunto, y, para humillarlo por la parte que había tenido en la expulsión de los jesuitas, ante numerosos  testigos, “con toda su energía”, le repitió los versos de Virgilio en la pregunta de Eneas: “Quis talia fando, temporet ā lacrymis?” (¿Quién al hablar de esas cosas podrá ¡ay! contener el llanto?).

El destierro

Más de dos mil quinientos jesuitas desterrados pasaron por La Habana durante aquél año y  el siguiente. Venían del Perú, México, California, Filipinas, hacia el puerto de Cádiz, desde donde se repartirían por Italia y otros países de Europa.  Mientras estaban en La Habana donde no se les permitió ir a la ciudad, se les mantenía incomunicados en el pueblo de Regla, en la casa del marqués de la Real Proclamación, habilitada para ese propósito con los muebles del colegio de San Ignacio. Los que llegaban enfermos fueron atendidos por los frailes betlemitas, en el hospital que esos religiosos tenían en la calle Compostela; y los que murieron los enterraron en su iglesia, debajo del presbiterio —casi un siglo más tarde, aquel mismo convento que sirvió de refugio para alguno de los expulsados, iba a ser el primer Colegio de Belén.

No pudo Carlos III calcular el daño que le hacía a su imperio con la expulsión: al pasar a manos del enciclopedismo la enseñanza, al sustituirse la teología escolástica por las ideas progresistas del siglo XVIII, se precipitó la independencia de las colonias españolas en América. Y al igual que la de España, la cultura americana, aunque pudo así abrirse a sanas corrientes iluministas, sufrió pérdidas irreparables. Siempre la producción de los desterrados evidencia el precio que paga por su ausencia el país que destierra: la bibliografía de los jesuitas de Hispanoamérica que se refugiaron en Italia es bien elocuente: entre otras obras, y sólo como ejemplo, deben recordarse la Rusticatio Mexicana, la maravillosa evocación del guatemalteco Rafael Landívar; la Carta a los españoles americanos, de Juan Pablo Viscardó, peruano, que fue como un catecismo revolucionario para los patriotas que lucharon contra España; la Historia de la Provincia de la Compañía de Jesús en Nueva España, de Francisco Javier Alegre, el profesor veracruzano del colegio de San Ignacio, antes mencionado, quien tuvo que rehacer su obra de memoria en Bolonia; y las poesías barrocas y las reflexiones escolásticas de otros dos mexicanos: Juan José Arriola y José Mariano Vallarta; la “Descripción del mar de Venus” y los sonetos del ecuatoriano Juan Bautista Aguirre; y la Historia de Quito de su compatriota Juan de Velasco... Y también a Italia fue a parar el jesuita cubano José Julián Parreño, orador ilustre cuya Carta a los señores habaneros sobre el buen trato a los negros se destaca entre sus otros trabajos de temas religiosos, y quien dejó escrito, para su tumba en Roma, un hermoso epitafio que a muchos de sus compatriotas podría hoy servir: “Hic situs est Josephus Julianus Parrennus, Habanensis, qui desiderio patriae, triste sui desiderium reliquit” (Aquí está sepultado José Julián Parreño, habanero, quien añoraba a su patria, y están también sepultados los tristes restos de su añoranza).

En el libro antes citado, de Jacobo de la Pezuela, la Historia de la Isla de Cuba, se hace el este juicio sobre las expulsión de los jesuitas:

  Carlos III, sin indicar el delito que lo motivara, con un simple decreto, cuyas causas se sospechaban sin que aún haya acabado de aclararse, condenó a perder sus bienes y a un perpetuo ostracismo a millares de sacerdotes consagrados a difundir la religión y el saber en sus dominios. Consideramos aquel acto, por sus consecuencias en América, donde no era ése el galardón que merecían sus trabajos heroicos e inmortales. Infatigables en la propagación del Evangelio, penetrando sin defensa por regiones bárbaras, acrisolando su gloria religiosa con más de mil martirios, los jesuitas habían trabajado por la civilización humana infinitamente más que los escritores cuyas ideas tanto influyeron para derribarlos y facilitar así el desborde de una gran revolución social, destruyendo con aquella insigne sociedad el vigoroso antemural que la estaba conteniendo. Sin más armas que el ejemplo, la perseverancia y la palabra, los jesuitas habían sometido a España vastísimas provincias y fundado, sin ningún auxilio material, colonias admirables... En esos países, un prestigio incontrastable tenía que ser el premio de su saber, de sus afanes y de sus virtudes, aunque excitase los celos del gobierno. En otros, de algunos donativos, luego acrecentados por la economía de sus individuos, resultó que la Orden se fue enriqueciendo; y aunque emplease siempre sus rentas en la propagación de sus misiones, en la enseñanza pública y otras aplicaciones benéficas y no dejaran sus individuos de vivir siempre pobre y frugalmente, la envidia les mordía también por aquel flanco...

Ajeno a esas consideraciones, instigado por los enemigos de los jesuitas, el papa Clemente XIV suspendió la orden en 1773. En el “Breve” donde se refería a su decisión, dijo que habían sido inútiles las advertencias de anteriores pontífices para quietar a los jesuitas, que perturbaban la tranquilidad de la Iglesia, y reducir su “codicia de los bienes temporales”; en él se lee:

Pero aprovechó tan poco todo esto para acallar los clamores y quejas suscitadas contra la Compañía, que antes bien se llenó más y más casi todo el mundo de muy reñidas disputas sobre su doctrina, la cual muchos daban por repugnante a la fe católica, y a las buenas costumbres: encendiéronse también más las disensiones domésticas y externas, y se multiplicaron las acusaciones contra la Compañía, principalmente por la inmoderada codicia de los bienes temporales.

Poco después murió Clemente XIV, según una versión a la que hace referencia Emilio Roig de Leuchsenring, en  el volumen II, “La plaza de la catedral de La Habana”, de su obra sobre Los Monumentos Nacionales de la República de Cuba (1959), envenenado por la hostia, cuando celebraba misa.


El fundador, el padre Bartolomé Munar, en un óleo representando la apertura del primer colegio de Belén en 1854.

Cuarenta años más tarde el Vaticano autorizó de nuevo la Orden, por disposición de Pío VII. A La Habana volvieron el 29 de abril de 1853, en igual número que en su primera visita, tres siglos antes. De superior iba el padre Bartolomé Munar, y lo acompañaban otro padre y un hermano coadjuntor. Las autoridades los hospedaron en el Seminario de San Carlos, su antiguo convento, en el mismo lugar del que salieron cuando la expulsión. A principios del siguiente año, después de una temporada en una finca de la laguna de Ariguanabo, se instalaron en el hospital de Nuestra Señora de Belén. Hasta bien entrado del siglo XIX había sido ese edificio de los betlemitas pero, suprimida la comunidad en 1820, al cerrarse el hospital en 1836, pasó al gobierno. Cuando se mudaron allí el padre Munar y sus dos compañeros, y los otros que fueron de Guatemala a trabajar en el colegio, ocupaban el convento el Segundo Cabo y un batallón de infantería; y el 2 de marzo de 1854, con 40 niños, inició sus clases el primer Belén, en la Calle de Compostela, entre Luz y Acosta, donde residieron los jesuitas de La Habana hasta que se terminó de construir el colegio de Buenavista, en Marianao, en el que comenzaron las clases el 16 de setiembre de 1925.

El cincuentenario

Al cumplir 50 años el viejo Belén, se celebraron grandes fiestas. El sábado 16 de abril cantó un Te-Deum Monseñor Braulio Orúe, alumno fundador y obispo de Pinar del Río. De la iglesia pasaron, a las ocho de la noche, al salón de actos, donde se pusieron, como singular acontecimiento, “proyecciones foto-eléctricas” que presenció el presidente de la República, Tomas Estrada Palma. Al día siguiente se celebró un banquete en el claustro principal del colegio: la comida la habían encargado al Hotel Inglaterra y al Louvre, pero como estaban en huelga los camareros, del palacio presidencial tuvieron que enviar empleados para que sirvieran las mesas. Dijo un periódico al día siguiente: “Fue un acto grandioso y en alto modo conmovedor. Eran los comensales más de doscientos, discípulos en su mayoría del Colegio de Belén, y personas distinguidas en su casi totalidad, del elemento intelectual de este país”.


Banquete de 1904, por el cincuentenario de la fundación del colegio

No exageraba el cronista: una revisión de los antiguos alumnos de entonces arroja un saldo impresionante: magistrados, Joaquín Demestre y Luis Gastón; jueces, Gustavo Pino, Jacinto Secades y Antonio Echeverría; el capitán ayudante del presidente de la República, José Cárdenas, y el jefe de la policía, el capitán Miguel A. Duque-Estrada; profesores de la Universidad: el rector, Leopoldo Berriel, y los doctores Esteban Borrero Echevarría, Manuel Valdés Rodríguez, Ramón Meza y Juan Manuel Dihigo; profesores del Instituto: Alfredo Bernal, Felipe G. Cañizares, Enrique Porto y Eugenio Cuesta; médicos: Joaquín Albarrán, Juan Santos Fernández, Manuel Bango, Luis Ferrer, Francisco I. Vildósola, Federico Córdoba, Octavio Smith e Ignacio Toñarely; abogados: Rafael Fernández de Castro, José de la O García, Agustín Penichet, José Felipe Demestre, Leopoldo de Sola, Melchor Batista, Jesús Barraqué, Rogelio Bernal, Ignacio Almagro, Enrique Castro, Eugenio Cantero y los hermanos Juan Pablo y Luis Toñarely...

Otras figuras conocidas que no se han nombrado antes, o que todavía estaban en las aulas del colegio, o que iban a pasar por ellas, también merecen recuerdo. Pero con el propósito de mencionar solamente algunos nombres es difícil tarea la selección; por eso se toman de una fuente imparcial, del libro Cubans of To-day, publicado en 1919 por la Hispanic Society of America, de Nueva York, donde aparecen con una nota biográfica algunos “Cubans who have won distinction”; entre ellos están los siguientes antiguos alumnos de los jesuitas de Cuba: el general José Miguel Gómez, presidente de la República desde 1909 hasta 1913; y los políticos José Manuel Cortina, Rafael Montoro, Alberto Barreras Fernández, Felipe González Sarraín, Santiago Cañizares y Pedro Mendoza Guerra. Escritores: los poetas Gustavo Sánchez Galarraga y Félix Calleja; y críticos literarios e historiadores: José María Chacón y Calvo y Emilio Roig de Leuchsenring. Médicos: Diego Tamayo y Figueredo, Emilio Alamilla, Carlos E. Finlay, Luis Ortega y Bolaños, y Domingo Hernado Seguí. Abogados: Antonio Sánchez de Bustamante y Sirvén, Gustavo Gutiérrez y Sánchez, Dámaso Pasalodos, Gustavo F. Arocha y Llaneras, y Arturo Hevia y Díaz. Y, por último, profesores: Pablo Miquel y Merino, Luis de Soto, Jorge Navarro y Federico Edelman y Pintó.

El Álbum conmemorativo del quincuagésimo aniversario de la fundación en La Habana del Colegio de Belén, publicado en el mismo año de las fiestas, las resumió con estas palabras:

Las fiestas, a juicio de todos, resultaron espléndidas y cosa nunca vista en La Habana, y no solo por el esplendor material, sino además y sobre todo por la expectación y el entusiasmo que despertaron, por la participación que tomó en ellas la parte más escogida de la sociedad habanera y por las corrientes de afecto y simpatía a que dieron motivo... Y prueba de la trascendencia y significación del acto por nosotros realizado, han sido las voces de alarma que se han levantado también, entre el general concierto de alabanzas... Por fortuna han sido voces aisladas y perdidas...

Una de ellas fue la de Enrique José Varona, quien dijo de aquel acontecimiento:

   Como todo, en el hombre y en la naturaleza, está sujeto a cambio, no me ha extrañado ver, en las recientes fiestas de los jesuitas en La Habana, a muy distinguidas personas cuyas ideas en otro tiempo iban por cauce muy distinto al que llevan las de los miembros de la famosa Compañía. Ni tampoco las declaraciones, algunas bien elocuentes, que allí resonaron entre aplausos...

Lamentaba Varona con esas palabras ver la participación en aquellos actos del presidente Estrada Palma, y la de otros miembros del gobierno, y aun de viejos revolucionarios, que habían tenido que sufrir con él la hostilidad del catolicismo español ante las luchas por la independencia de Cuba. Y más debió molestar a Varona, junto a otros cubanos, que el rector del colegio, el padre Vicente Leza, al pronunciar el último discurso en el banquete que cerró los festejos, como evocando la monarquía española que tanto daño le hizo a Cuba, brindó por la reina Isabel II, notable por sus “libidinosas veleidades”, como la califica uno de sus biógrafos, “fundadora del colegio” quien acababa de morir, y cuyo retrato a toda página antecede al de todas las figuras que aparecen en el Álbum conmemorativo. La reseña del acto, en este libro, dice: “Cerró el brindis el R. P. Rector, quien, emocionado y conmovido... brindó por los discípulos pasados, presentes y futuros, por el Papa, por la fundadora del Colegio la recien finada Doña Isabel II...”

El observatorio

El singular aporte de Belén a la ilustración de Cuba no hubiera defraudado al primer protector de los jesuitas de la Habana, al  presbítero Díaz Ángel, de quien antes se habló. Pero por tratarse de un esfuerzo individual y de una inapreciable contribución a la ciencia, merece epígrafe aparte el sabio insigne que dirigió su observatorio desde 1870 hasta 1893, el padre Benito Viñes.

Por su aporte a la humanidad se le pudo comparar en su siglo a Leblanc, pionero de la industria química moderna, y a Luis Pasteur. No se pueden calcular los daños materiales y las vidas que habían causado los huracanes en un Antillas antes de los descubrimientos de este jesuita. Andrés Poey publico en 1862 un libro en el que se relacionaban 360 ciclones en el Caribe en 362 años que cubría la memoria, y, como no se sabía nada de sus orígenes, intensidad o derroteros, las pérdidas eran mayores, y las desgracias. Como ejemplo puede citarse el ciclón que azotó La Habana en 1846, el 10 de octubre, por lo que se le llamó de San Francisco de Borja, el cual destruyó el Teatro Principal, en la Alameda de Paula, y dos mil casas, dejando arruinadas en toda la provincia otras cinco mil; en el puerto de La Habana se perdieron 235 embarcaciones, y se contaron más de 100 muertos y casi igual número de heridos. Y aun más sufría la navegación en alta mar: en 1876, antes de formular sus leyes, pero ya sabiendo los secretos de los huracanes, el padre Viñes recomendó a una embarcación que no saliera del puerto pues se acercaba una tormenta a La Habana; los pasajeros hicieron caso del consejo, pero el capitán no, y al cruzar el canal de la Florida lo alcanzó el huracán y murió con cuantos lo acompañaban.


El padre Benito Viñes y los diplomas y medallas que obtuvo.

Según el testimonio de los cronistas de Indias, a raíz del descubrimiento de América, nada había impresionado tanto a los españoles como los ciclones. En su Historia de las Indias dijo el padre Bartolomé de las Casas que eran “las más terribles tormentas que se cree haber en todos los mares del mundo”; y Gonzalo Fernández de Oviedo hizo esta descripción de uno que presenció en 1509, en la isla La Española: “Quien haya visto y pasado algún bosque de grandes y espesos árboles, donde haya acaecido algún huracán, habrá visto cosa de mucha admiración y grima espantosa, porque están innumerables y poderosos árboles arrancados, y las raíces de ellos tan altas como estuvieron las más encumbradas ramas, y otros están puestos sobre otros de tal manera que parece luego ser obra diabólica...”

El único recurso del que se disponía para prever un ciclón eran ciertas observaciones rudimentarias. Los indígenas le habían enseñado a Colón lo que por experiencia sabían de los huracanes, los cuales se anunciaban, según ellos, con el enrojecimiento del sol, un ruido subterráneo, el enrarecimiento del aire y un penetrante olor a mar... Esos conocimientos le salvaron la vida al Gran Almirante en 1502, cuando se negó a partir con la flota hacia España porque venía un ciclón: contó el obispo Morell de Santa Cruz: “Él [Colón]  advertía en los horizontes amenazando tormenta. Hízose mofa del aviso y la flota se hizo a la vela... De los 32 navíos cargados de oro, los mejores de la flota, perecieron 21, sin escapar un hombre... Puede ser que el océano nunca hubiese recibido dentro de su seno tantas riquezas como las que abismó esta fatalidad”. El padre Íñigo Abad dijo de Puerto Rico: “Los indios de esta isla preveían esta infeliz catástrofe y la tenían por cierta cuando observaban el aire turbado, el sol rojo, un ruido sordo subterráneo, el círculo de las estrellas oscurecido con un vapor que las aparentaba más grandes, los horizontes por el noreste cerrados, un olor fuerte que exhala el mar...”

Aún en el siglo XIX, antes de los descubrimientos del padre Viñes, se recurría a esas primitivas observaciones: si se lee el poema “En una tempestad”, de José María Heredia, se ve que en 1822, cuando lo escribió, todavía era el color del sol, el viento y la inquietud de los animales los únicos avisos que se conocían del huracán:

  ¡Qué nube! ¡Qué furor! El sol temblando
Vela en triste vapor su faz gloriosa
Y su disco nublado sólo vierte
Luz fúnebre y sombría,
Que no es noche ni día...
Los pajarillos tiemblan y se esconden
Al acercarse el huracán bramando.
  ... La tierra en calma
Siniestra, misteriosa,
Contempla con pavor su faz terrible.
¿Al toro no miráis? El suelo escarba,
De insoportable ardor sus pies heridos:
La frente poderosa levantando
Y en la hinchada nariz fuego aspirando
Llama a la tempestad con sus bramidos.

Para describir la ignorancia de meteorología en su época, el propio padre Viñes dijo que el canto del gallo era en Cuba “el barómetro del campesino”. Y el elemento mágico persistía: el ciclón de 1846 inspiró al poeta venezolano Rafael María Baralt un “Canto a la Isla de Cuba” en el que aseguraba que había sido un castigo de Dios por la esclavitud y que, por ese pecado, pronto la isla sería esclava de su infortunio: “¡Reina de esclavos míseros!/ Su esclava, al fin, serás...”

Con esas aprensiones e ignorancia se abrió el observatorio de Belén. No tenía tres años el colegio cuando encargaron al padre Antonio Cabré, profesor de Física, que lo organizara. Pero ni él ni los que lo sustituyeron, ocupados con las clases, podían prestarle la atención necesaria. Fue entonces que enviaron a La Habana al padre Viñes. Nacido en 1837 en un pueblecito de Tarragona, entró en la Compañía a los 19 años, y se ordenó en Francia, donde realizaba estudios cuando tuvo que viajar a Cuba. Aprovechó lo poco que se había hecho en el raquítico observatorio y, casi solo, se dio a hacer observaciones meteorológicas cada dos horas, desde las cuatro de la mañana hasta las diez de la noche.

En 1877, después de un recorrido por el interior de la isla y por Puerto Rico para ver  los efectos de dos recientes ciclones, el padre Viñes presentó un informe ante la Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana, que luego publicó con el título de Apuntes relativos a los huracanes de Las Antillas. En ese libro famoso ya se anunciaban las leyes de las tormentas tropicales, pero quizás tanto como sus transcendentes conclusiones admiran el entusiasmo y la devoción del sabio siguiendo la pista del fenómeno: véase este pasaje ungido de poesía:

    No hay veleta que con mayor precisión y fineza pueda marcar la dirección y sucesión de las más violentas rachas, ni anemómetro que sea capaz de dar en tales casos una más aproximada y cabal idea de la inmensa presión y terrible choque del embravecido elemento, cual la graciosa y robusta palma de tallo recto y erguido, que en dilatados campos crece y eleva majestuosa al cielo su sublime copa. Al rugir el huracán, ella es siempre la primera en estremecerse y en recibir su choque violento sin más amparo ni defensa que su propia robustez y firmeza. Y si alguna vez sucumbe abatida a la violencia del asalto, su misma posición en campo abierto, la verticalidad de su tronco, lo erguido y simétrico de su copa, como también la homogeneidad y simetría en la estructura de su tallo, y disposición de sus raíces, hace que al ser tronchada por la base o arrancada y transportada a distancia por la furia de los vientos que quede a lo largo tendida, sin desviarse sensiblemente de la dirección precisa en que recibe el impulso.

Y prosigue el padre Viñes su canto entusiasmado mientras lo imaginamos como un fauno con manteo en cabriolas sobre los troncos caídos:

  ¡Cuántos palmares tengo visitados y recorridos en todas direcciones, leyendo al paso, como en caracteres indelebles, el curso del huracán en aquellas robustas y seculares palmas, desmochadas unas, tronchadas otras, arrancadas éstas, entrecruzadas aquéllas y transportadas algunas cual ligera pluma a impulsos de las más violentas rachas! Su tallo esbelto, a lo largo tendido y transportado a veces a tres, cuatro y hasta a diez varas de distancia, con lenguaje mudo pero elocuente y sublime, parecen estar diciendo al viajero que con atenta mirada los contempla: “De allí es, sí, de aquel punto preciso del horizonte de donde nos fue asestado el golpe fatal al que hubo de sucumbir nuestra esbelta altivez y robusta añosidad...”


El padre Viñes determinaba el curso de los huracanes mediante la observación de los troncos de las palmas.

Cuando se publicaron estos Apuntes, que más tarde se tradujeron extractados al inglés, al francés y al alemán, ya era reconocido internacionalmente el padre Viñes: en la exposición de Filadelfia, en 1876, había recibido medalla y diploma por sus contribuciones a la ciencia, y luego también lo premiaron en París, Barcelona y Chicago. Tal fue su fama, y el aprecio por sus descubrimientos que, en una conferencia en Annapolis, el jefe del observatorio de la marina americana, Everett Hayden, propuso la palabra “viñesa” para designar los ciclones, “to express”, dijo, “for our tropical storms what the word thyphon does for those of China, in honor and recognition of the distinguished services of the director of the Meterological Observatory of the Colegio de Belén”. La propuesta de Hayden no prosperó ya que hacia unos años, en una reunión de científicos que se celebró en Calcuta, se había aceptado la palabra “ciclón”, que usaban marinos ingleses y alemanes, por el típico movimiento giratorio de sus vientos.

A la muerte del padre Viñes, en 1893, fue a dirigir el observatorio el padre Lorenzo Gangoiti, y con él trabajaron otros padres y hermanos, y, en calidad de observadores, algunos jóvenes, entre los que estuvo Enrique Pérez Serantes, luego obispo de Santiago de Cuba. Y después de realizar dos años de estudios en Washington, en Georgetown University, y en el Observatorio Naval, llegó en 1902 a La Habana, a trabajar en el de Belén, el padre Mariano Gutiérrez Lanza; y bajo su dirección se hizo el traslado del observatorio de Compostela al de Buenavista. Con justicia dijo en 1934 el historiador Gerardo Castellanos García del padre Gutiérrez Lanza: “Jamás la ciencia ha estado tan apasionada y noblemente servida. La carrera ascensional de este noble cristiano ha sido firme y extraordinaria, dentro de nuestro medio cubano, cultivando, a la vez, el amor de todos los hombres. Es digno y sabio heredero de los anteriores directores del observatorio”.

Conclusión

Este recuento de los jesuitas de La Habana, hasta 1925, termina cuando están en su mayor prosperidad: con un flamante convento, claustro excelente y sobrada matrícula, y, si no “dueños de las principales casas y familias”, como en los tiempos del padre Bubler, protegidos y amados por algunas de ellas.

Nada podía anunciar, en 1960, la nueva expulsión: la anterior, la del siglo XVIII, les redujo el disfrute del colegio San Ignacio a 47 años; la de 1960 se produjo a los 35 de la inauguración del de Belén; pero la de Carlos III les llegó tan ruda como la Fidel Castro, la única diferencia es que en la más reciente participó buena parte del pueblo de Cuba. En la primera demoraron 86 años los jesuitas en regresar a La Habana; por la última ya hace 36 años que se cerraron sus colegios en Cuba, y no se sabe aún cuánto tiempo más ha de durar el ostracismo.   

Arriba, el Belén de Miami al comenzar el actual milenio; abajo, sus fundadores en una foto de 1962: el padre Felipe Arroyo, el padre Luis Ripoll y el hermano José Feliz; a la derecha el padre Peter-Hans Kolvenbach, general de los jesuitas, al poner la primera piedra de la casa de la comunidad. Detrás aparece su  asesor local, el director de la Asociación de Antiguos Alumnos de los colegios de Cuba, el padre Juan Manuel Dorta Duque.  

No fueron esta vez los jesuitas de La Habana a Italia, como el infeliz padre Parreño, sino a las tierras del suplicio del padre Martínez, y en la Florida sembraron el Belén que se trajeron con el libro de rezo en el bolsillo de la sotana.

Quijotes en hábito, y por él, pidieron adarga y rocín a algún escudero de la fortuna; ellos ponían la empresa, y pronto empezó a mover sus brazos el molino sobre el grano en la solera. Andaban por las calles de Miami las sombras del padre Munar y del padre Viñes, y una legión de sombras, y en el cielo la Virgen del cuadro del Belén viejo, porque ha cambiado el campo, y el sembrador, pero quiere ser siempre, la misma, la cosecha.