LA PRIMERA INJERENCIA DE ESTADOS UNIDOS El 19 de abril de 1898 el Congreso de los Estados Unidos aprobó una “Joint Resolution”, convertida en ley el día siguiente por el presidente McKinley, en la que se afirmaba que “el pueblo de Cuba era, y de derecho debía ser, libre e independiente”. La cláusula cuarta decía las intenciones norteamericanas en el conflicto, comprometiéndose a abandonar la isla una vez lograda su pacificación, y asegurando no tener el propósito de ejercer sobre ella ningún tipo de “soberanía, jurisdicción o dominio”. Dos meses antes había explotado, de manera misteriosa, en La Habana, el acorazado Maine, precipitando los acontecimientos que llevarían a la guerra entre Estados Unidos y España. El bloqueo de los puertos por la escuadra norteamericana se inició a mediados de abril, y el 25 se declaró formalmente la beligerancia entre los dos países. Días después se realiza el conocido “mensaje a García” por el cual los Estados Unidos pedían ayuda a los insurrectos al mando del Lugarteniente General Calixto García Íñiguez, para el desembarco de tropas en Oriente. Éste se inició a mediados de junio, en Guantánamo, y las tropas cubanas y norteamericanas empezaron a operar juntas siguiendo los planes del general García. A las pocas semanas, más de veinte mil hombres amenazaban la guarnición española de Santiago de Cuba. El 10 de julio se produjo la importante derrota de España en la Loma de San Juan, y dos días después la definitiva, con el desastre naval en el puerto de Santiago de Cuba. En la firma de la capitulación se produjo el primer incidente entre norteamericanos y cubanos: a Calixto García, jefe de las fuerzas de la provincia, que habían brindado decisivo apoyo a los expedicionarios, no se le permitió asistir a las negociaciones; y aún más, alegando que los insurrectos podían incurrir en excesos, se les prohibió la entrada triunfal en la ciudad. Para lastimar más la sensibilidad criolla, el mismo general Shafter, con sorpresa de todos, ratificó en sus puestos a gran parte de los funcionarios españoles de Santiago de Cuba. Es entonces que el gobierno de McKinley nombró gobernador militar de la plaza de Santiago de Cuba a Leonard Wood, quien iba a representar, hasta la entrega de poderes el 20 de Mayo de 1902, los propósitos imperialistas de los Estados Unidos, los intereses anexionistas de algunos cubanos y curiosamente, de los españoles que se resistían a verse gobernados por los cubanos. Mucho más inteligente que Shafter, Wood organizó y limpió la ciudad, supo complacer a los ofendidos cubanos nombrando a tres ilustres santiagueros para los más importantes cargos municipales y rectificó la injusticia con Calixto García rindiéndole un sonado homenaje. El 10 de diciembre de 1898, sin embargo, los Estados Unidos firmaron con España el Tratado de París, en el que se estipulaban las condiciones de la capitulación y el futuro de los territorios conquistados sin que se invitara a Cuba a participar en aquellas negociaciones. El 8 de enero del siguiente año escribe Máximo Gómez en su Diario de Campaña: Los americanos están cobrando demasiado caro con la ocupación militar del país, su espontánea intervención, en la guerra que con España hemos sostenido por la libertad y la independencia. Nadie se explica la ocupación, así como todo espíritu levantado, generoso y humano se explicaba, y aun deseaba la intervención... La actitud del gobierno americano con el heroico pueblo cubano, en estos momentos históricos, no revela a mi juicio más que un gran negocio, aparte de los peligros que para el país envuelve la situación que mortifica el espíritu público y hace más difícil la organización en todos sus ramos. Nada más racional y justo que el dueño de una casa sea él mismo que la va a vivir con su familia, el que la amueble y adorne a su satisfacción y gusto; y no que se vea obligado a seguir, contra su voluntad y gusto, las imposiciones del vecino... Los americanos han amargado con su tutela impuesta por la fuerza la alegría de los cubanos vencedores, y no supieron endulzar la pena de los vencidos. La situación, pues, que se le ha creado a este pueblo, de miseria material y de apenamiento, por estar cohibido en todos sus actos de soberanía, es cada día más aflictiva, y el día que termine tan extraña situación, es posible que no dejen los americanos aquí ni un adarme de simpatía. A mediados de julio, Juan Gualberto Gómez pidió al pueblo de Cuba en un mitin que renovara su juramento, hecho durante la guerra, de “Independencia o muerte”. Por su parte Quintín Banderas empezó a organizar guerrillas para combatir las tropas de ocupación. La musa popular recogió aquel sentimiento de disgusto y rebeldía: dice una “canción” anónima publicada en una curiosa Lira Criolla, de 1903:
Todo el año 1899 fue de manifestaciones populares en contra de los planes anexionistas que se adivinaban en la aparente indecisión de los Estados Unidos: el 28 de Enero, al celebrarse el aniversario del natalicio de Martí: en el entierro de Calixto García, y en actos patrióticos. Se hacía necesaria una mano más dura y se nombró Gobernador Militar a Leonard Wood, a fines de ese año, en sustitución de John R. Brooke, que había probado ser amigo de los cubanos y partidario de la independencia, y, por lo tanto, obstáculo para los propósitos imperialistas de McKinley. El nuevo gobierno irritó la conciencia criolla con sus arbitrariedades, manejos turbios de la política y abusos del poder. Pero poco a poco el anexionismo tuvo que pensar en otras soluciones: el cubano no iba a tolerar por mucho tiempo el gobierno interventor. Se inventó la Enmienda Platt. Era una fórmula que habría de rendir resultados positivos para los Estados Unidos. El gobernador Wood, a pesar de sus protestas en favor de la independencia, confesó cínicamente, en una carta del 28 de octubre de 1901, a Theodore Roosevelt, descubierta en 1933 por el historiador Herminio Portell Vilá, en la que le decía: Cuba under the Platt Amendment. The more sensible Cubans realize this and feel that the only consistent thing to do now is to seek annexation. This, however, will take some time, and during the period which Cuba maintains her own government, it is most desirable that she should be able to maintain such a one as will tend to her advancement and betterment. She cannot make certain treaties without our consent, or borrow money beyond a certain limit, and must maintain certain sanitary conditions, etc., from all of which it is quite apparent that she is absolutely in our hands, and I believe that no European government for a moment considers that she is otherwise than a practical dependency of the United States, and as such is certainly entitled to our consideration... With the control which we have over Cuba, a control which will soon undoubtedly become possession.... we shall soon practically control the sugar trade of the world, or at least a very large portion of it... I believe Cuba to be a most desirable acquisition for the United States. She is easily worth any two of the Southern States, probably any three, with the exclusion of Texas... and the Island will, under the impetus of new capital and energy, not only be developed, but gradually become Americanized, and we shall have in time one of the richest and most desirable possessions in the world. En la Convención cubana los delegados se oponían a la bochornosa y cruel imposición. Salvador Cisneros Betancourt, el Marqués de Santa Lucía, aquel patriota que renunció toda su fortuna, y que desde la guerra de 1868 estaba luchando por la independencia, preguntaba: ¿Con qué derecho el senador Platt, ni todo el Congreso con el Presidente de la República a su cabeza, puede disponer de los asuntos privativos de Cuba? La injusticia era evidente: en la Joint Resolution los Estados Unidos habían prometido ante el mundo no aspirar a ninguna “soberanía, jurisdicción ni dominio” una vez constituido el gobierno... Sin duda el presidente de la República americana se ha olvidado por completo del puesto que ocupa para descender al del más vulgar opresor y tiranuelo... El general Wood, desde su venida a Cuba, no ha hecho otra cosa sino enredar y enmarañar el gobierno ofreciendo hoy una cosa para el siguiente día hacer lo contrario, a pesar de su palabra de honor de general. Otro constituyente, Juan Gualberto Gómez, el fiel amigo de José Martí, razonaba su oposición con estos juicios: “Ése será quien ejerza el poder supremo, quien imponga la limitación al poder subordinado, quien disfrute de la plenitud de la potencia pública, quien posea la majestad, la fuerza coercitiva y el poder de obligar, quien, desde luego, será el verdadero soberano”. Por eso el general Wood odiaba tanto a estos cubanos que se negaban a limitar la soberanía del país en favor de los Estados Unidos. Así habla de ellos Wood en otra carta a Roosevelt, el 12 de abril de 1901: “They are the degenerates, agitators of the Convention, led by a little negro of the name of Juan Gualberto Gómez, a man with an unsavory reputation both morally and politically. This man believes that he can force the issue until we withdraw without any satisfactory arrangements being made”. El pueblo expresaba en décimas su recelo y su temor: pide al de los Estados Unidos que exija a su gobierno el cumplimiento del compromiso contraído:
Pero en aquella ocasión el triunfo fue de Goliat: el apéndice de la Constitución tuvo que aceptarse. Era “una imposición de los Estados Unidos, contra la cual toda resistencia sería definitivamente funesta”, dijo Manuel Sanguily. Más de treinta años costó quitarse aquella limitación de la soberanía: la revolución de 1933 forzó a los Estados Unidos a renunciar aquellas fáciles prerrogativas sobre el destino de Cuba. La serie de abusos no se detuvo con el nacimiento de la República: la primera injerencia oficial de los Estados Unidos en los asuntos del nuevo Estado, se produjo al constituirse el congreso de la República, y consta en el primer Diario de Sesiones. Consiste en lo siguiente: a los efectos de preparar lo necesario para la transmisión de poderes el 20 de Mayo de 1902, los representantes cubanos se reunieron el día 5, a la una y cuarto de la tarde, en el edificio contiguo al palacio desde donde gobernaba Leonardo Wood. Con anterioridad, ese mismo día, los senadores y representantes lo visitaron y él les dijo en inglés, sirviendo de intérprete Enrique José Varona, cuáles eran sus deberes, los asuntos que debían aprobar, advirtiéndoles que las sesiones se suspenderían una vez cumplida su petición. Esta actitud, por supuesto, molestó a los que habían sufrido por tanto tiempo los desplantes del general americano. Fueron entonces a constituirse como cuerpo legislativo y se produjo el suceso que interesa y da título a este trabajo. El general debía haber enviado un mensaje al Congreso cubano, pero acabados de tomar posesión de sus asientos los representantes, el que fungía como presidente tuvo que decirles: “No se va a continuar la sesión para esperar que llegue el mensaje que el General Wood dirige a la Cámara. Así es que tenemos que aguardar un momento más. Se suspende por quince minutos la sesión.” El primer acuerdo de la Cámara fue, pues, esperar que Wood enviara su escrito. Un mensajero debió cruzar apurado la calle para traer el documento. Al llegar siguió la sesión; se eligió la mesa presidencial y se constituyeron algunas comisiones hasta que dijo el presidente recién electo: “Se va a dar lectura al mensaje del General Wood”. Transcribimos esa página olvidada del Diario de Sesiones de la Cámara de Representantes, a partir de lo que contesta entonces el Secretario Mario García Kohly: “Está redactado en inglés y esta Secretaría confiesa su desconocimiento del idioma”. [El Representante Carlos M. de Céspedes se dirige a la Mesa, toma el mensaje y lo lee]: “Cuartel General, Gobierno Militar, Cuba, Habana, mayo 5 de 1902. A los senadores y representantes electos, Congreso Cubano. En nombre del Presidente de los Estados Unidos de América y como Gobernador Militar de la isla de Cuba, tengo el honor de dar a ustedes la bienvenida y desearles sinceramente el mayor éxito en la grande obra que pronto habrán de emprender. Se ha convocado a ustedes, únicamente con el propósito que explica el párrafo 2 de la Orden número 101, fechada en la Habana en 14 de abril de 1902. Y ningún poder legislativo será concedido al Congreso hasta después del traspaso formal del Gobierno al Gobierno electo, traspaso que se efectuará al mediodía del veinte de Mayo de 1902. Se solicita de ustedes que notifiquen oficialmente [el original en inglés, sin embargo, dice You are requested to notify me officially] con la mayor brevedad posible, quiénes han sido electos presidente y vicepresidente de Cuba y quiénes senadores y representantes, a fin de que yo pueda transmitir estos informes al Presidente de los Estados Unidos. Es importante que este acto se realice sin demora de tiempo, con objeto de que sea informado oficialmente acerca del personal del Gobierno elegido. Al cumplimentarse este deber, el Congreso se recesará para reunirse el veinte de Mayo de 1902, al mediodía. Con el testimonio de la más alta estimación. Leonard Wood, Brigadier General del Ejército de los Estados Unidos y Gobernador Militar de Cuba”. Sr. [Pedro] Martínez Rojas: “¡Muy bien!” Sr. [José Ramón] Xiqués [representante por Camagüey]: “Señores, ha dicho uno de mis colegas aquí, ‘¡Muy bien!’ y yo franca, leal y sinceramente, digo ¡Muy mal! Ahora me preguntará la Cámara, ¿y por qué muy mal? Pues por una razón sencilla. Porque el mensaje que acaba de leerse limita nuestras atribuciones y conculca el derecho de los Cuerpos Colegisladores de la República. No pretendo con lo que estoy diciendo que la Cámara acuerde absolutamente nada en contrario de lo que dispone el mensaje del Poder Militar interventor. Lo único que voy a decir es cómo entiendo yo que el Poder Militar interventor se ha equivocado totalmente al juzgar el modo cómo debe conducirse el Congreso cubano, después que haya realizado estos trabajos preparatorios... [Murmullos interrumpen al orador]. Señor Presidente, yo ruego que no se me interrumpa. Yo estoy en el deber de decir aquí, muy alto, lo que ese documento pretende: aspira, señores, a trazarle una línea de conducta al Congreso cubano, lo cual es atentatorio a nuestras indiscutibles facultades. ¿Por qué? Porque el Gobernador Militar se cree llamado, porque nos convoca, a decir cuándo ha de recesar el Congreso, y cuándo se ha de reunir de nuevo. Y yo entiendo, señores, que no compete al gobernador Militar decir cuándo ha de recesar y cuándo se ha de reunir de nuevo el Congreso de la Nación. Esto es de nuestra exclusiva competencia...” El asunto se diluyó después en una aclaración de Céspedes, por la que explicaba que la petición de Wood era para el lapso que faltaba hasta la inauguración de la República. Vino el 20 de mayo y el entusiasmo y el natural optimismo hizo olvidar el agravio. Llegó el ansiado día en que se iba a izar la bandera. Los poetas cantaban alegres el acontecimiento; un bardo hoy olvidado, Oscar Ugarte, escribió estas décimas:
Uno ha sido el espíritu anexionista en Cuba. Una es la forma de opresión de los imperios. Hoy que Cuba está sometida a la más humillante dependencia de un poder extranjero, es oportuno recordar aquellos momentos que vieron nacer la nueva República con la soberanía cercenada y bajo la coerción de los Estados Unidos. “Cuba está absolutamente en nuestras manos”, dijo Leonard Wood por el compromiso que contraía el gobierno de Cuba con la Enmienda Platt; “Nosotros sólo tenemos que decir que van a interrumpirse los embarques de petróleo por reparaciones en el puerto de Bakú, y ése es el fin del país”, dijo Rudolf Shliapnikov, hace unos años, en la Embajada Soviética de la Habana: el mismo desplante del poder imperial, el mismo estado de colonia. Con el triunfo de 1898, el cubano comprendió en toda su magnitud la vergonzosa explotación de que había sido víctima a manos del imperio español; para librarse de él cayó en otro más humillante. La revolución de 1959, para sacar a Cuba de las garras del imperialismo norteamericano, la entregó, por la traición de Castro, en las del hegemonismo soviético. Los gobernantes de Cuba, hoy son de la familia de los que defendieron los intereses del imperio español en contra de Céspedes, Agramonte, Martí y Maceo; de la familia de los que defendieron los intereses del imperio americano, en contra de Cisneros Betancourt, Juan Gualberto, Sanguily y Varona; y luego Guiteras, el puertorriqueño cubano Pablo de la Torriente Brau, Frank País y José Antonio Echevarría. Hoy siguen teniendo vigencia los juicios de Juan Gualberto: “Ése será quien ejerza el poder supremo... quien posea la majestad, la fuerza coercitiva y el poder de obligar”. El “poder supremo” de Cuba, la “fuerza coercitiva”, como ayer la Casa Blanca, es hoy el Kremlin. El 20 de mayo de 1902, en la alegría de aquella esperanza que se abrió para Cuba, dijo Máximo Gómez: “Parece que hemos llegado”. Se equivocaba el valiente general. Nadie que ha querido para Cuba su libertad ha llegado. Todavía hoy puede cantar el pueblo los versos rebeldes de 1902:
Los que defendieron los intereses de los americanos no aceptaban la comparación entre la actitud de España y la de los Estados Unidos respecto a Cuba: para ellos el nuevo imperio era el redentor, el amigo: no veían las cadenas o las escondían para que no se descubrieran sus intereses; los que defienden la revolución castrista no aceptan la comparación entre el imperialismo yanqui y el ruso: para ellos el nuevo imperio es el redentor, el amigo: no ven las cadenas o las esconden para que no se descubran sus intereses: “Los norteamericanos no se nos llevan el oro en galeones como hacían los españoles”, dijo el anexionista en la República; “La Unión Soviética no posee negocios ni industrias en Cuba, como los yanquis”, dice Castro defendiendo la “ayuda fraternal” soviética, pero el imperialismo es uno, y también es una la “mentalidad colonial”, aunque ambos cambien de vestidura y modales. No, no hemos llegado, ni Cuba llegará mientras, por ambición o pereza, sigamos rondando intereses extraños en busca de soluciones. Ni Tacón, ni Wood, ni Shliapnikov. No se logra la libertad de un pueblo para estar más cómodo, ni para estar de moda, sino para vivir libre, que es la única manera que tiene sentido la vida. Y mientras llega ese momento, mientras seguimos la lucha contra toda injerencia extranjera, repitamos con la poesía anónima de 1902:
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