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FRANCISCO MACEO OSORIO  

En fecha que iba a tener gran significación histórica, un 24 de febrero, y en la ciudad que habría de ser cuna de la Guerra Grande, Bayamo, nació en 1828 este ilustre patriota de cuya muerte se cumple ahora el centenario. Terminada la primera instrucción, su padre, Pedro Maceo Infante, lo envió a España para que estudiara Leyes. Ya en 1859 tenía oficina en la ciudad de su nacimiento y, en 1863, por su probidad e inteligencia, lo nombraron Teniente Alcalde de Bayamo. Era, como lo describía en 1888 el periódico El Criollo, “un hombre de pronta concepción, de exquisito trato, de gran cortesanía, de excepcional talento y de clásico estilo”.

Cuando empezaba la conspiración que llevó a la Guerra de los Diez Años, con Perucho Figueredo y Francisco Vicente Aguilera, fue Pancho Maceo una de las principales figuras. Su participación en la epopeya la contó desde las columnas de La Revolución de Cuba, de Nueva York, el 12 de abril de 1873, el hermano de Aguilera, Manuel Anastasio; dijo:

Un día, a mediados de 1867, se hallaba Maceo en su estudio en conversación con dos íntimos amigos. Se hablaba de la insoportable tiranía de España, sobre los ultrajes que su brutal gobierno había causado el año anterior a Bayamo particularmente. Se trató de la posibilidad de formar una revolución que derrocase el poder español en Cuba. A las dos horas de conversación estaba acordado el propósito. Pronto había más de treinta notables afiliados al proyecto. A los dos meses había muchos miles en Bayamo, Jiguaní, Tunas, Holguín, Manzanillo, Santiago de Cuba y otras poblaciones menores. En octubre de 1868, cuando trascendió el movimiento de La Demajagua, Maceo tomó Guisa, Pedro Figueredo a Cauto del Embarcadero; Aguilera estaba en vía sobre Bayamo desde Cabaiguán. Maceo concurrió dos días después a la toma de Bayamo.

Al igual que otros cubanos de su época, Francisco Maceo sacrificó su bienestar, familia y fortuna a la causa de Cuba. Como todo el que hace grandes renunciamientos y se entrega a un empeño noble, supo de la ingratitud y de la maldad humana; en 1871 escribía a su íntimo amigo Aguilera: “Cuando me lancé a la revolución me descoyunté el alma y tiré a un lado esas afecciones santas que constituyen el encanto de la vida. Desde entonces a la fecha, ¡cuántos desengaños! Noble ambición de gloria, burlada; fe en la intención de los hombres, perdida; sólo me resta el amor a los principios y al deseo de contribuir a la felicidad de mi patria, aun a costa de mi felicidad”.

Después de su participación en campaña, se le encomendó la Secretaría de la Guerra y, el año antes de su muerte, la de Estado. Las privaciones de la lucha quebrantaron su salud, por lo que tuvo que renunciar sus cargos y refugiarse en la Sierra Maestra. Allí escribió sus “Memorias”, donde queda constancia de su sensibilidad y devoción a la patria. De ella se reproducen aquí unos párrafos que dedicó al poeta José Joaquín Palma, su amigo. Son sobre el tocororo, o tocoloro, vistosísima ave, ya hoy extinguida en Cuba, de canto pobre ya que sólo emitía un sonido monótono que parece decir “to-coró, to-coró”, de donde le viene el nombre:

Sólo se oye, en lo misterioso de los montes, el canto triste del ave sagrada de Cuba, el tocoloro. Es tradición antigua que no lo hiere el plomo de los cazadores, y aun añaden las consejas que los proyectiles se vuelven contra el sacrílego que los dirige porque aquella avecilla lleva en su brillante plumaje incrustada una cruz. Sin participar en esta superstición, jamás he descargado mi arma contra el “cruzado de los bosques”.

A mi regreso de Europa, pretendí domesticar algún tocoloro, y mi hermana Lola (¡Oh siempre idolatrado objeto de mis recuerdos!) consiguió acostumbrar a la cárcel de una jaula a dos de aquellos inocentes pajaritos que, a  pesar de todos sus cuidados, adornaron poco tiempo el salón de mi estudio de abogado. Ellos completaron con su muerte el número de catorce que fueron sacrificados a mi pueril capricho de ver cerca un ave cuyo canto no ofrece atractivo y cuyo natural resiste toda dominación.

Al elegir los colores de nuestra bandera, las dos insurrecciones, de 1851 y de 1868, no tuvieron sin duda en cuenta que tomaban los del tocoloro, que por este motivo alcanzó una nueva consagración a los ojos de los patriotas. Cuando las vicisitudes y la naturaleza de nuestra guerra nos han tenido privados de la enseña gloriosa que flameó en los campos de Méndez, con Joaquín Agüero, y en los de Bayamo con Carlos Manuel de Céspedes, aunque con algunas variantes de detalle que uniformó la Cámara de Representantes, no he tenido más que alzar la vista a la copa de los altos árboles para encontrar en el ramillete de amapolas como llamas, puras azucenas y azules dalias que en búcaro animado ostenta el tocoloro, para hallar el lábaro tricolor de la redención del esclavo.  


El tocoloro, ya hoy extinguida, el  "ave sagrada de Cuba", como la llamó Francisco Maceo por tener los colores de la bandera cubana.  "Cuando las vicisitudes y la naturaleza de nuestra guerra nos han tenido privados de la enseña gloriosa, no he tenido más que alzar la vista a la copa de los altos árboles para encontrar el lábaro  tricolor de la redención del esclavo".

El seis de noviembre de 1873, junto al río Guamá, en la jurisdicción de Guisa, murió de fiebres, casi sin asistencia, el prócer bayamés. Las “Memorias” que dejó escritas, de las que es el anterior pasaje, fueron enviadas por manos amigas a Nueva York, donde aparecieron publicadas para salvarlas del olvido: en la soledad de su retiro sólo pudo procurarse tinta de pitahaya.

En las Lomas de Guisa hay una cruz que indica el lugar donde fue enterrado Francisco Maceo. Al iniciarse la República se trató de rescatar sus restos, pero habían desaparecido bajo las piedras que cubrieron la tumba. Un parque de Bayamo lleva su nombre, y las páginas de nuestra historia guardan el recuerdo de su vida ejemplar.

También hoy Cuba, como en el día de su muerte, padece infame tiranía, pero a fuerza de hombres como él, de sacrificios como el suyo, se logrará el necesario equilibrio de libertad y de justicia que quiso para su patria Francisco Maceo Osorio.