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LA FALSIFICACIÓN DE LA HISTORIA EN CUBA

Hoy hace 123 años que un grupo de cubanos, dirigidos por Carlos Manuel de Céspedes, atacaron el poblado de Yara iniciando así la Guerra Grande por la independencia de su patria. El día anterior, el 10 de Octubre, en la Demajagua, Céspedes y los suyos habían jurado derrocar la tiranía española por la fuerza. Una Junta de criollos prominentes había fracasado en sus gestiones pacíficas para salvar el país, pero pronto se convencieron que no había avenencia posible con España, quien alentaba las esperanzas de aquellos reformistas sólo para salvar sus intereses, mantenerse en el poder y dividir a sus enemigos: uno de ellos, José Manuel Mestre, refiriéndose a las promesas de Madrid, dijo profético que aquel diálogo entre opresores y oprimidos no era más que "el último subterfugio [de España] para ganar tiempo sin resolver nada".

En Yara derrotaron a Céspedes porque aquellos patriotas no conocían bien el manejo de las armas: era un puñado de hombres contra un imperio, pero allí mismo, sobre la derrota, decidieron continuar alzados, hoy hace 123 años, y pronto se le unieron otros (Francisco V. Aguilera, Perucho Figueredo, Vicente García González y Calixto García Íñiguez, Maceo Osorio, Donato Mármol, y los dominicanos Modesto Díaz, Luis Marcano y Máximo Gómez), y se peleó en Baire, Guisa, Holguín, Jiguaní y Tunas; y después en Camagüey, cuando se impuso Ignacio Agramonte sobre los que aún creían en arreglos con los españoles, y dijo en la reunión de Minas: "Cuba no tiene más camino que conquistar su redención arrancándosela a España por la fuerza de las armas", y por ese camino doloroso y difícil de Céspedes y Agramonte, fueron luego hasta los reformistas honrados que antes no habían creído en la guerra.

Al amparo de aquella lucha, e invocando también otros actos y otros héroes de nuestra historia, se inició ayer, en la provincia de Oriente, a puertas cerradas, para que el pueblo no se entere de lo que no le conviene al gobierno, el Cuarto Congreso del Partido Comunista:  ayer,  el  10  de  Octubre, la  fecha  gloriosa  de  la revolución de Yara. El propósito de unir los dos acontecimientos es, de nuevo, engañar a la población, hacerle creer que aquel sínodo marxista-leninista constituye otro noble episodio de la historia cubana, y no, como en realidad es, su extrañamiento y su desvío. Y tocaron la campana de la Demajagua, y allí tenía, como invitado de honor, el principal escaño, José Martí, y al fondo del estrado colgaba gigante su retrato al tamaño del de Carlos Marx.

Como anuncia su título, esta conferencia trata de "La falsificación de la historia en Cuba", de cómo se hace y de lo que se persigue con ella; y también se propone destacar nuestro deber, como cubanos, de rescatarla, no sólo por la obligación moral que nos impulsa a ello, sino porque esa adulteración es una de las armas más efectivas, quizás la más poderosa de que allá disponen las autoridades, más poderosa y efectiva que todos los órganos de represión porque con ella se controla el pensamiento, con ella se logra que buena parte del pueblo acepte los errores del sistema y los sacrificios que le impone. Lo que es allá la porra para controlar las manifestaciones de inconformidad por la falta de bienes materiales, lo es la mentira y la tergiversación de la historia para controlar la inquietud y la duda que puede nacer en el alma del pueblo. El Partido tiene en Cuba sus turbas adiestradas para ahogar la queja de los disidentes, pero las autoridades tienen también sus turbas adiestradas para ahogar la disidencia interior, la que pudiera denunciar la falsificación del pasado: son esos intelectuales, por lo mismo con mayor culpa que la plebe que se impone en la calle, esos historiadores que manejan el pasado de Cuba a servicio y a la paga del gobierno para buscarle en algún hecho o palabra de nuestras más altas figuras lo que le justifique el poder o le disimule el crimen. Son los que alteran el acontecer histórico, o lo interpretan mal, para que se cumpla la sagrada "misión histórica del proletariado", como la llamó Lenin, que ha de construir el socialismo, u ocultan la parte que condena la práctica o la doctrina de los gobernantes. Todo lo que en Cuba de alguna manera pone en tela de juicio el dogma oficial se convierte en herejía, por lo que se hace necesario mover la historia para que se ajuste a lo que interesa. Cuando una sola voz explica el pasado, éste se vuelve lo que quiere el intérprete: si lo falso se repite sin que nadie le descubra la mentira, lo falso se convierte en verdadero; y, de la misma manera, lo que no se dice, o lo que se esconde, deja de existir.

Nos preguntamos con frecuencia, sorprendidos, qué le ha pasado al pueblo cubano, levantisco y valiente, cómo puede tolerar mentiras, por qué resiste tantas privaciones y sacrificios inútiles, cómo no se rebela contra un sistema ya probado ineficiente, contra un gobierno incapaz, y es que no nos damos cuenta de que esa tolerancia, que esa credulidad, que esa reducción, además de producto del terror, son el resultado de un adoctrinamiento sistemático que le ha viciado la inteligencia, que le impide pensar por sí, que le impone un razonar ilógico, que le trastorna su capacidad de análisis, que le embota los instintos hasta el extremo de ver como bueno lo infame, como victoria el descalabro como libertad la esclavitud, como protector a su carcelero. Cuentan que en las prisiones soviéticas lloraron sus víctimas la muerte de Stalin, y  es que les habían trastornado el juicio, y hasta la ira se la tenían prisionera, y no acertaban a ver en Stalin la causa de su pena, y a su verdugo. Aquella reacción de los presos, en verdad, significaba el triunfo del estalinismo: había nacido "el hombre nuevo", abyecto, miserable, confundido.

Creemos a veces que el desastre económico, que las privaciones de allá son el índice de un total fracaso revolucionario, como si por no estar pintadas las paredes, o faltar el jabón o la vianda y el petróleo, o verse el cubano postergado por el dólar turista, o burlado por los privilegios de una clase nueva tuviera que reaccionar como reaccionaríamos nosotros ante esa situación aquí, sin la amenaza de la Seguridad del Estado o del Comité de Defensa, en un sistema social distinto, donde se puede pensar y donde se mide el éxito con una regla diferente. Ese fracaso, en realidad, tiene su parte de triunfo, tanto en cuanto que evidencia la insólita transformación que han logrado sobre muchos, a los que se les ha hecho perder la capacidad de discernir. Martí describió con una metáfora magistral, como sólo él sabía hacerlo, esa confusión que hoy sufre el cubano en la isla; dijo, "El que vive en un credo autocrático es lo mismo que una ostra en su concha, que sólo ve la prisión que la encierra, y cree, en la oscuridad, que aquello es el mundo; la libertad pone alas a la ostra. Y lo que oído en lo interior de la concha parecía portentosa contienda, resulta a la luz del aire ser el natural movimiento de la savia en el pulso enérgico del mundo". Por eso todo régimen totalitario le teme tanto a la libertad de pensar, a esa libertad que, en el decir de Martí, le "pone alas a la ostra", porque una ostra con alas deja de ser ostra, y entonces deja de ver como "portentosa contienda" lo que no es más que "el natural movimiento de la savia en el pulso enérgico del mundo".

Con el colapso del comunismo, con el descrédito de la doctrina, el gobierno de Cuba ha intensificado el falso culto de lo nacional, práctica que ya venía realizando desde que ocupó el poder. La interpretación marxista de la historia, en sus más caras predicciones, ha sufrido muchos reveses en los últimos tiempos, y lo cubano, con la adulteración correspondiente, le resulta más útil que las prédicas de los profetas del materialismo dialéctico: Marx, Engels, Lenin y Stalin ceden lugar a los héroes tradicionales de Cuba. Ahora que en los antiguos países socialistas se repudian los dioses de ayer, que los pueblos rompen indignados sus estatuas en la plaza pública, que se les descubren sus errores y sus excesos, no es oportuno traerlos solos en apoyo del sistema. No es única esta respuesta de Cuba frente a la crisis universal del marxismo: hasta en los países de mayor ortodoxia, antes enemigos de la tradición se recurre a lo propio para darle legitimidad al gobierno. Ya había sido notable en el marxismo-leninismo criollo el manejo de lo nacional para sus fines, el aprovechamiento de algunas condenas y aspiraciones del país para excusar el mando totalitario. En otras partes, en la propia Unión Soviética y en sus antiguos satélites en Europa, se combatió lo que llamaban el "nacionalismo burgués" en cuanto que ponía en peligro la fusión de diversos grupos étnicos. En Cuba no había ni tradiciones, ni lenguas ni creencias diferentes que amenazaran al gobierno central, y el culto de lo propio ha sido hábilmente manejado. A diferencia de los textos constitucionales de otros países socialistas, en los que tienen preferente presencia del pasado Marx y Lenin, en Cuba, en el preámbulo de la Constitución de 1976, se incluye una cita, aunque incompleta, de Martí. Es parte de su discurso del 26 de noviembre de 1891, en Tampa, su conocida frase "Yo quiero que la ley primera de nuestra república sea el culto de los cubanos a la dignidad plena del hombre", pero, por supuesto, no continuaron las palabras de Martí, en las que explica qué era para él "la dignidad plena del hombre", que resulta ser algo muy distinto de lo que propone el marxismo-leninismo; a continuación de lo anterior, Martí dijo: "O la república tiene por base el carácter entero de cada uno de sus hijos, el hábito de trabajar con sus manos y pensar por sí propio, el ejercicio íntegro de sí y el respeto, como de honor de familia, al ejercicio íntegro de los demás, la pasión, en fin, por el decoro del hombre, o la república no vale una lágrima de nuestras mujeres ni una sola gota de sangre de nuestros bravos..." Y terminaba su razonamiento con esta concreta recomendación: "Cerrémosle el paso a la república que no venga preparada por medios dignos del decoro del hombre, para el bien y la prosperidad de todos los cubanos". Pero con la cita mutilada, como la pusieron, parece ser que la "república" y "la dignidad plena del hombre" son lo que dispone la Constitución socialista de Cuba, que ya se sabe, es copia de la Constitución de 1936 de Stalin. Por su parte, el texto constitucional cubano presenta el caso único en Constituciones de esa clase, al aceptar como símbolos nacionales los del pasado, los que ha tenido el país en sus años de lucha: "la bandera de la estrella solitaria", "el himno de Bayamo [y] el escudo de la palma real".

El propósito de esas concesiones al nacionalismo es el de compensar el énfasis, también único, en la Constitución de Cuba, en el internacionalismo proletario. Si se compara con la vieja Constitución soviética, y con la de los antiguos satélites de Moscú, se nota la gran diferencia que hay entre éstas, con sus breves referencias a las luchas por la liberación de los pueblos, y el artículo 12 de la cubana, en el que se trata con una virulencia y una extensión inusitadas el internacionalismo. Allí no sólo se condena al imperialismo norteamericano, sino que se establece "el derecho y el deber" del país de ayudar a cuantos el gobierno considere que luchan por la liberación nacional. En Cuba, pues, también por ese motivo, para dar fundamento al capricho intervencionista, al internacionalismo proletario, se le hicieron notables concesiones a lo nacional. Pero esas concesiones, como era de esperarse, han exigido, por parte de los gobernantes, una vigilancia mayor de la historia, una falsificación de la misma, pues, en su totalidad, lo cubano, en su más pura esencia, es la negación de lo que propone el marxismo-leninismo. Así se ha creado una cultura socialista con un disfraz nacional.

Para sumarse la fuerza de lo propio, por ejemplo, se celebró allá con grandes festejos el centenario del alzamiento de Céspedes, y repitieron sus palabras en Yara, de que unos cuantos hombres bastaban para lograr la independencia de Cuba ¡también por la coincidencia de que fueron unos pocos los expedicionarios del Granma que se salvaron del desastre de Alegría del Pío--, pero no se destacó durante aquellas celebraciones el verdadero significado del "Manifiesto" del 10 de Octubre, en el que Carlos Manuel de Céspedes protestó de España como si estuviera hablando hoy de la tiranía que oprime su patria.

Ese "Manifiesto" de Céspedes, fechado en Manzanillo, no lo presentaron, ni lo presentan hoy, más que como un documento que justificaba la rebeldía del pueblo ante la dictadura militar de Batista, pero nunca en su sentido integral, porque resultaría subversivo. Y para quitarle a la historia, como en el caso del "Manifiesto" de Céspedes, lo que conspira contra el gobierno, repiten hasta la saciedad este razonamiento tan simplista como torpe de Fidel Castro: "Nosotros entonces hubiéramos sido como ellos, ellos habrían sido como nosotros"; y así, con esa fórmula arbitraria y mentirosa, el "ellos" y el "nosotros" se confunden, y queda sentado que quien ataca y condena a los traidores, que son los gobernantes, ataca y condena a los héroes.

Para que el cubano sufra en silencio las penalidades impuestas por la imperfección del sistema y por la incapacidad de sus representantes, le repiten la frase de Ignacio Agramonte cuando, escaso de recursos en la Guerra de los Diez Años, le preguntaron con qué contaba para lograr el triunfo sobre los españoles, y contestó que para triunfar le bastaba "con la vergüenza de los cubanos"; eso lo dicen, pero no hablan del discurso de Agramonte en la Universidad de La Habana, en el antiguo convento de San Juan de Letrán, donde condenó la reducción del ser humano y la falta de libertad, y, con increíble visión del futuro, advirtió de los males del totalitarismo y de la centralización del poder; dijo Agramonte en aquella oportunidad:

  La centralización hace desaparecer ese individualismo cuya conservación hemos sostenido como necesaria a la sociedad. De allí al comunismo no hay más que un paso: se concluye por justificar la intervención de la sociedad en su acción destruyendo su libertad, sujetando a reglamento sus deseos, sus pensamientos, sus más íntimas afecciones, sus necesidades, sus acciones todas. El gobierno que con una centralización absoluta destruya ese franco desarrollo de la acción individual, y detenga la sociedad en su desenvolvimiento progresivo, no se funda en la justicia y en la razón sino tan sólo en la fuerza; y el Estado que tal fundamento tenga podrá en un momento de energía anunciarse al mundo como estable e imperecedero, pero tarde o temprano, cuando los hombres conociendo sus derechos violados se propongan reivindicarlos, irá el estruendo del cañón a anunciarle que cesó su letal dominación...

Eso dijo Ignacio Agramonte en 1862, pero quien repitiera hoy en la Universidad de La Habana esos mismos juicios, no como letra muerta sino como programa para resolver el actual desastre cubano, iría a parar a la cárcel como han ido estudiantes por denunciar lo que llama el marxista-leninista "Centralismo democrático", por denunciar el régimen totalitario impuesto en perjuicio de las libertades individuales y el progreso de la sociedad; y, más que nada, por anunciar el merecido fin de ese gobierno irrazonable, soberbio e injusto que padece hoy la patria de Agramonte.

Hablan los gobernantes en Cuba de que Antonio Maceo y el Che Guevara nacieron un 14 de junio, de que ambos hicieron la guerra de guerrillas y murieron de bala, como si esas coincidencias bastaran para hacerlos iguales, pero no proclaman como merece el pensamiento de Maceo, lo que dijo en su carta desde Panamá, a principios de 1888, a José Martí, en la que escribió categórico:

   No obedeceré jamás, con perjuicio de la patria, a los caprichos y deseos de determinados círculos; protestaré con todas mis fuerzas y rechazaré indignado todo acto ilegal que pudiere intentarse vulnerando los sagrados fueros y derechos del pueblo cubano... Con respecto al profundo y sincero amor que guardo a las emanaciones de la soberanía nacional, libremente consultada y expresada... creo que ninguna forma de gobierno es más adecuada, ni más conforme con el espíritu de la época, que la forma republicana y democrática. Una república organizada bajo sólidas bases de moralidad y justicia es el único gobierno que, garantizando todos los derechos del ciudadano, es a la vez su mejor salvaguardia con relación a sus justas y legítimas aspiraciones; porque el espíritu que lo amamanta es todo de libertad, igualdad y fraternidad, esa sublime aspiración del mártir del Gólgota...

Y concluía Maceo con estas palabras: "Inquebrantable respeto a la Ley y decidida preferencia por la forma republicana, he ahí concentrado mi pensamiento político; ésos son, han sido y serán siempre los ideales por los que ayer luché, y que mañana me verán cobijarme a su sombra si la Providencia y la Patria me llaman nuevamente al cumplimiento de mi deber". Pero el actual gobierno de Cuba, junto a la tumba de Antonio Maceo, quien mostró un respeto tan grande por la voluntad popular, una idea tan pura de la soberanía nacional, enterró con honores de general muerto en campaña, es decir, con el mismo mérito que Maceo, al defensor de la dictadura del proletariado, al más fiel discípulo de Stalin en este continente, a Blas Roca, para unir en el saber del pueblo al prócer que siempre tuvo la veneración del cubano y al dirigente marxista que jamás se supo ganar la simpatía popular, para que se confunda el pensamiento justiciero y democrático de Antonio Maceo con el programa estalinista de Blas Roca. Esa fue, sin duda, una repugnante maniobra del gobierno, un buen ejemplo de la falsificación de la historia.

En abril de este año se reiteró el objetivo de las autoridades "de hacer política con la cultura", lo que significa condicionar todo el saber reunido, las costumbres y creencias a un fin que, por su naturaleza, le es ajeno a la cultura, ponerla al servicio de los negocios del Estado. Fue en una reunión en la que se acordó crear, en la Universidad de Santiago de Cuba, la tierra del Titán de Bronce, no un centro para el estudio de la vida ejemplar de Antonio Maceo, sino para la creación de una cátedra dedicada al Che Guevara, la "Cátedra del Che", la llamaron. Así, para que desde su cuna hasta su sepultura, desde Santiago hasta el Cacahual, quede Maceo enmarcado por dos marxistas-leninistas, Blas Roca y el Che Guevara, resumen de quienes jamás lo siguieron, jamás pudieron entenderlo, de quienes jamás hubieran estado junto a él.

La falsificación de la historia, por supuesto, no es un invento moderno. De una u otra manera, desde la antigüedad, se ha practicado para dar razón de algún hecho o misterio, o para justificar alguna actividad: se inventa, o se aprovecha una fuerza noble, o una figura respetable del pasado, o cierta concatenación de acontecimientos, y todo se explica. El propio Marx estudió el fenómeno. En el primer libro del pensador alemán, que dice Raúl Castro que leyó Fidel Castro estando en la Universidad, en El 18 Brumario de Luis Bonaparte, Marx se refiere al manejo de la historia y al aprovechamiento de ella para darle validez a los cambios políticos: "El hombre hace su propia historia", advirtió, "pero no la hace de acuerdo con sus deseos... y en los períodos de crisis revolucionaria conjura ansioso los espíritus del pasado para servirse de ellos, para que le presten nombres, gritos de guerra y costumbres con el fin de presentar el nuevo escenario de la historia con un disfraz y un lenguaje que el tiempo ha enaltecido..." Y hacía esta afortunada comparación para entender el proceso: "Es lo mismo que un principiante aprendiendo un idioma, que tiende a traducirlo todo a su lengua materna, y que sólo logra dominar el nuevo cuando ya no necesita el apoyo del propio..."

Eso es lo que han hecho en Cuba: para evitar la resistencia del pueblo ante un idioma que le es desconocido, e ingrato, se han visto obligados a traducirle al lenguaje nacional, a los símbolos propios, en términos que le son familiares, la lengua del marxismo-leninismo. No, la falsificación de la historia no es un invento marxista, lo que sí es invento suyo es su pretensión cientificista, el imponer su manera de tratarla y su condena de toda verdad que ponga en duda sus juicios y predicciones, verdad a la que consideran hija del "misticismo oscurantista", de la "ideología burguesa y reaccionaria" y de las "prácticas idealistas", todas las cuales según dicen, ocultan la dinámica del pasado y la trayectoria de los acontecimientos que culminan, indefectiblemente, en su posesión del poder.

La interpretación materialista llega a reducir la historia a una serie de generalizaciones por las que un determinismo la mueve, en dirección única, hacia la dictadura proletaria. Con esa simple conclusión el gobernante se convierte en efecto y causa de la historia, resultante del pasado y guía del porvenir; y así entendida su función, no se le puede discutir el mando. El papel de la providencia lo ocupa la historia que ellos inventan, y ellos son también los doctores de la iglesia por cuya boca habla Dios. Lenin consideraba la religión como una "cocaína espiritual", Marx la llamó "opio", que entumía la razón para que la masa no comprendiera la magnitud de las injusticias sociales, y ese mismo efecto lo han logrado en Cuba con la historia: muchos allá están embotados, como con drogas, y viven en otro mundo, y lo mismo que el hombre normal no llega a entender la ilogicidad del drogadicto, no nos explicamos muchas de las reacciones de un sector del pueblo cubano.

Por otra parte, esa forma de falsificación de la historia tiene ventajas para el indolente y para el perezoso. Cuando se le inventa una historia a la nación, el individuo que forma parte de ella se libra de la agonía de hacerse su propia historia, no tiene que preguntarse por qué está ahí y hacia dónde se dirige: él pasa a ser parte de una firme cadena que une lo anterior con el futuro: ya no sufre la angustia de la soledad en que se encontraba, arrastrado por una fuerza desconocida, casi siempre hostil, que lo empujaba a capricho, luego, por los artífices del acontecer histórico, dispone de un puente por el que puede transitar satisfecho y tranquilo: si la dictadura del proletariado es la consecuencia natural y obligada del pasado, por amargo y absurdo que le parezca, el individuo se cree dentro de ella, y que con sus actos está contribuyendo a la creación del paraíso, al inevitable triunfo de la sociedad comunista.  

Veamos un ejemplo que ilustra el manejo de la historia para condicionarla al capricho del dogma. A la generación de 1923, de la que formaron parte hombres y mujeres de ideas avanzadas, perteneció Raúl Roa. Roa tenía una posición antiimperialista, de izquierda independiente, nada afín a las componendas oportunistas del comunismo criollo y crítico acerbo de los excesos del comunismo internacional. Cuando se produjo la invasión de Hungría por los soviéticos escribió un artículo luego recogido en su libro En pie, que publicó en 1959 la Universidad de Las Villas; allí denunció, y éstas son sus palabras, “los crímenes, desmanes y ultrajes perpetrados por los invasores”, para concluir con esta afirmación: “Los brutales métodos empleados por el ejército soviético para reprimir la patriótica sublevación del pueblo húngaro, han suscitado la más severa repulsa de la conciencia libre del mundo...”

Mucho antes, como vocero de la juventud que entonces combatía a Batista, en 1937, pronunció un discurso en el Anfiteatro Municipal de La Habana, titulado “Rescate y proyección de Martí”, que reprodujo el Archivo José Martí en 1950, donde dijo textualmente:

De ese Martí, del Martí revolucionario, es que nos sentimos intérpretes los jóvenes que aún no hemos pactado con los que, en su nombre, sojuzgan, confunden, medran y matan; los que todavía no nos hemos incorporado —ni nos incorporaremos nunca— a la comparsa batistera, ni a los que desde la otra ribera, hoz y martillo en alto, le hacen miserablemente el juego...

Aludía, por supuesto, a los comunistas que se habían aliado a Batista y ocupaban posiciones importantes en su gobierno. Y añadió en el discurso: "Estamos contra el fascismo, monstruo de mil cabezas engendrado en la entraña tenebrosa de una civilización en decadencia, pero estamos también contra los que, en nombre de la democracia o el socialismo, pretendan sojuzgarnos”.

Años más tarde, sin embargo, ya en la época que nos interesa, en 1978, el Centro de Estudios Martianos, publicó un libro titulado Siete enfoques marxistas sobre José Martí, en cuyo prólogo se afirmaba que los siete trabajos eran de “marxistas-leninistas cubanos”, y allí incluyeron el discurso de 1937 de Roa con el mismo descaro y oportunismo que le había criticado a los marxistas en 1937; es que Roa se había unido al gobierno de Castro, en el que disfrutó de importantes cargos. Su prestigio invitaba a los editores del libro a incluirlo entre aquellos “enfoques marxistas”, pero tropezaban con su largo historial anticomunista y con su clara condena del marxismo, como la que había hecho en aquel discurso. La dificultad la resolvieron falsificándolo: le suprimieron los pasajes en los que condenaba el “socialismo” y a los de la “hoz y el martillo en alto" que le habían hecho "miserablemente el juego" a Batista, y así, una vez más, engañaban a la población.

En un régimen marxista-leninista las creencias del pueblo, y sus costumbres, se consideran factores necesarios para la formación de la nueva sociedad, y así se imponen aquéllas que resultan apropiadas utilizando cuantos medios de propaganda tiene a mano el gobernante. Al exponer a la población a un incesante adoctrinamiento colectivo, los que forman parte de ella, aunque durante un tiempo duden, llegan a someterse a lo que aprueba la colectividad, a lo que plantean las frases rituales, breves, simples, desafiantes, cargadas de emoción y de promesas, que ha preparado el gobierno: "¡Patria o muerte! ¡Venceremos!" Y como le han hecho creer a muchos que ellos son la patria, la nación, la sociedad, la familia, y hasta cada uno de los individuos que forman parte de esas entidades, la alternativa llega a ser muy simple: o ellos, o el caos; o ellos, o el fin de todo: ellos, o la muerte. Y la trampa está tan bien hecha que en ella cae también el líder que deja de ser ajeno a su propia mentira, y piensa y actúa de acuerdo a ella, y se dice: "O yo, o la hecatombe, porque no hay más solución que la mía". Por eso Hitler, en sus últimos momentos, se lamentaba diciendo: "Este es el fin de Alemania". Y Castro ve en su ocaso el acabamiento del país, hasta de la isla como realidad geográfica, y sólo la puede concebir sin él en el fondo del océano. Y para personificar más, para que se precise mejor la disyuntiva, ya no es sólo "¡Patria o muerte!" sino "¡Socialismo o muerte!", porque también ellos han usurpado las ideas del socialismo: ellos son el socialismo y se le corta así, para quien la quiera o crea necesaria, la salida socialista a Cuba. Parodiando la conocida frase de Luis XIV, dice el líder: "La patria soy yo", "El socialismo soy yo", por lo tanto, "Yo, o el aniquilamiento", "Yo, o la muerte"; y aquella parte de la población que ha perdido la capacidad de discernir, movida más que por la fe por el instinto de conservación, repite ciega y asustada la consigna, hasta que un acontecer inesperado le hace ver que el líder no es ni la patria, ni la nación, ni la sociedad, ni la familia, y lo destruye, y coloca la patria, la nación, la sociedad y la familia en el lugar que les corresponde. Es entonces cuando se descubre el fraude, cuando echan al agua al tirano con los suyos, y los ahogan, como hicieron aquellos indios de las Antillas que creían dioses a los españoles de la conquista, hasta que descubrieron que eran mortales, al ver flotar sus cadáveres destrozados en el río, y la barba, el caballo y la pólvora perdieron para siempre sus poderes mágicos.

Al tratar el asunto que nos ocupa esta noche, la tergiversación de la historia, se impone recordar la fórmula de George Orwell en su famosa novela: "Quien controla el presente controla el pasado, quien controla el pasado, controla el futuro". Y es cierto, quien controla lo que se dice y lo que se lee y lo que se piensa, hace que el pasado aparezca a su conveniencia, y, a partir de ahí, ya dominada la historia, se puede controlar el futuro, se imponen las metas y los caminos apropiados. Pero ante la lograda ecuación cabe preguntarse el por qué ha fracasado el comunismo en tantos lugares del mundo: se controló el vivir cotidiano, el presente; y con él, lo anterior, y después el devenir. ¿Qué pasó entonces? Parecía perfecta la estrategia, y por ella invencible el sistema --por todas partes aparecía la gran revelación: "El Partido es inmortal"--¿Por qué el fracaso? Se dijo que en la antigüedad griega un comerciante sembró flores junto al panal de sus abejas para ahorrarles el vuelo hasta el Himeto, y que les cortó las alas para que pasaran más tiempo en labor, pero las abejas, para ruina de su dueño, privadas del viaje, dejaron de producir miel...

El control del presente sí le sirvió al marxismo-leninismo para deformar el pasado, pero el precio fue muy alto porque aquellos controles, aquella falta de libertad, también ahogaba la potencia humana. Es muy significativo que el primer paso que dio Gorbachov para salir del estancamiento de la Unión Soviética fue liberar la historia, deshacer las trampas y descubrir los infundios que le habían hecho creer al pueblo, no porque Gorbachov tenga particular devoción por la historiografía, sino porque se dio cuenta de que ese culto a la mentira deja vacío al ser humano y hasta lo incapacita en la producción de bienes materiales. Enseguida vino el derrumbe: sin el apoyo de la historia amañada se vio que el sistema y el Partido no eran más que un engendro monstruoso, viciado en su origen y sin otra razón que el de mantener en el privilegio a un grupo de incapaces y mentirosos. Las dificultades económicas de Cuba no son así producto único del embargo exterior, como dicen algunos, sino del embargo interno que se le ha impuesto al cubano obligándolo a pensar mal, o a no pensar, lo que en él provoca una indiferencia que si bien da cierta seguridad al gobierno, ha destruido la voluntad de progreso: es la venganza de las abejas contra el comerciante griego de la antigüedad, torpe y ambicioso: tampoco en Cuba las abejas dan miel.

Para mostrar con un ejemplo el daño que ha producido en la cultura cubana la falsificación de la historia, hasta los extremos a que ha llegado el daño, les voy a leer un informe que publicó la Cátedra Martiana, de la Universidad de La Habana, en la que aparece un balance de lo que sabían y no sabían de Martí 108 estudiantes de todo el país, dice así:

 En general, los conocimientos de los jóvenes acerca de la figura de José Martí son muy pobres, superficiales y muchas veces esquemáticos, como sucede con el conocimiento de la historia de Cuba. A través de los diferentes niveles del sistema nacional de educación es muy escasa la enseñanza del pensamiento martiano y, donde lo hemos encontrado, la calidad con que se transmite ese legado es, no pocas veces, insuficiente. Hemos oído maestros de primaria enseñar como de Martí textos que no son de él, y hemos conocido otros casos que sólo se han motivado por conocer [de Martí] aquello que no le da su celebridad --como son sus amores-- o algunas difamaciones históricas que no merecen ser repetidas aquí... En la Educación Superior, salvo excepciones... es casi nula la difusión del pensamiento martiano por la vía de la enseñanza. Muchos jóvenes conocen a Martí como 'Autor Intelectual del Moncada', pero no lo ubican en su momento histórico, ni comprenden su relación con las figuras de nuestro proceso revolucionario, como se ha visto en pruebas diagnóstico realizadas donde plantean que 'Fidel sacó del Presidio Modelo a Martí'. De una encuesta sobre conocimientos generales acerca de José Martí aplicada a 243 estudiantes del primer año de ocho especialidades no humanísticas diferentes, en el curso de 1986-1987, sólo 9 lograron responder correctamente más del 70% de la misma, y 234 no conocen datos biográficos o aspectos relevantes de la vida y la obra del Maestro. Al escoger al azar una muestra de 50 "encuestas", sigue diciendo el informe, es alarmante que una de las preguntas peor respondidas fue el cargo que ocupó Martí en el Partido Revolucionario Cubano, además del desconocimiento sobre los lugares más importantes de Cuba en que estuvo, sus obras de teatro, su labor como maestro y las universidades en que estudió, entre otros. Saben, por ejemplo, que Martí estuvo en Isla de Pinos, pero creen que allí están las antiguas canteras de San Lázaro. Y el hecho de que algunos encuestados señalasen que Martí perteneció al Liceo de Guanabacoa y no se les ocurriera pensar que pudo haber estado en ese lugar, indica la escasez de pensamiento lógico que existe entre algunos de nuestros jóvenes...

Creo que, para lo que queremos, hasta ahí alcanza del informe. Por lo que confiesan, los conocimientos de nuestra historia y de Martí, entre los jóvenes educados por ellos, son "muy pobres, superficiales y muchas veces esquemáticos", hay maestros cuya ignorancia, o mala fe, o movidos por la farsa en que viven, en la que se confunden a propósito las palabras de uno con las de otro, los lleva a dar como de Martí textos que no son suyos; en la Educación Superior, reflejo de la enseñanza primaria, de tanto repetírselo, porque el mensaje está en todas partes para asociar a Martí con Fidel Castro, los estudiantes saben que Martí fue "el autor intelectual del Moncada", pero también creen que "Fidel sacó del Presidio Modelo a Martí": de esta manera Martí y Fidel fueron no sólo contemporáneos sino también amigos, y estuvieron juntos en la prisión. Pero ¿qué le puede importar al gobierno que los estudiantes de hoy en la Educación Superior de Cuba --allá expuestos a todo lo que les hablaba de Martí ¡en los monumentos, en las plazas, en las calles-- ignoren quién fue el Delegado del Partido Revolucionario Cubano, y confundan los lugares en que estuvo Martí, y no sepan que las canteras de San Lázaro están en La Habana, y el Liceo en Guanabacoa, y otros aspectos de su vida y de su obra, si por esa misma confusión se logra alejar a la juventud del mensaje de libertad y de justicia de Martí, si con esa ignorancia el cubano no se entera, o se olvida, de lo que en verdad quiso Martí con su república "con todos y para el bien de todos", y lo que quiso decir con aquello de "la dignidad plena del hombre"?

Y se quejan en ese informe de "la escasez de pensamiento lógico" que existe en la juventud de Cuba. ¿Qué "pensamiento lógico" se puede esperar de un joven obligado a vivir en la mentira y en el disparate, en un escenario grotesco donde le presentan el Grito de Yara a la altura del Cuarto Congreso del Partido Comunista; a Blas Roca y al Che Guevara confundidos con Maceo; al Partido Revolucionario Cubano de brazos con el Partido Comunista; a Fidel Castro con careta de Martí, parodiando sus más nobles aspiraciones sólo para mantenerse en el poder? ¿Qué pensamiento lógico se le puede pedir al que vive de espaldas al mundo abrumado por una prédica constante que le hace ver la salvación de su tierra en la salvación de quien se la oprime?

La visión oficial de la historia en Cuba quedó expresada por la Dirección Política de las Fuerzas Armadas, en un libro publicado en 1970. Hicieron en ese libro una división muy simple entre lo que era la historia antes de 1959 y lo que fue después de esa fecha, allí decían:

  La historia escrita es una expresión clasista, por lo que toda nuestra historiografía republicana ha estado encaminada a identificar el destino de la burguesía nacional con el de la nación misma caracterizándose por su tono apologético y su sentido fatalista... Es tarea de singular importancia la revisión, estudio y revalorización de nuestra historia a la luz de las concepciones científicas del marxismo-­leninismo... sacar a la luz lo que trató de ocultarnos el deformante criterio histórico de las clases explotadoras. La historia, ciencia partidista, esgrimida como un arma por la presente generación revolucionaria, rendirá servicios de incalculable utilidad en el afianzamiento de la conciencia revolucionaria de nuestros cuadros en la formación de nuevos combatientes.

Lo que allí se propuso como remedio no era realizar un análisis objetivo y honesto del pasado, sino un análisis sometido a una interpretación cerrada, de acuerdo con los postulados marxistas, para poder usar la historia, como se dijo de la cultura, "como un arma" política". Pero la historia "como un arma" pierde su sentido, deja de ser historia, deja de ser "la exposición verdadera de los acontecimientos del pasado", de los acontecimientos dignos de memoria, como reza su mejor definición, para convertirse en una especie de novela histórica donde se mezclan los sucesos reales con las acciones fingidas; así, a pesar de su pretensión científica, vuelve a lo que fue hasta el siglo XVIII la historia, una forma de arte con el propósito de enseñanza religiosa o patriótica. En resumen, que para eliminar lo que ellos consideraban la mentira de antes, emplearon una nueva mentira.

Si no hubiera en ese asunto otra diferencia entre el pasado "burgués" y el presente "socialista", bastaría destacar que antes, por lo menos, era posible a cada uno ofrecer su particular visión del mundo, por más extraña que fuera, o ajena a la corriente, y ahí están las obras de los viejos marxistas para probarlo, en las que se empañaba el patriotismo y la generosidad de muchas de nuestras mejores figuras al presentarlas, porque así convenía a su doctrina, más que en defensa de sus principios en "defensa de sus intereses de clase", movidos por "pugnas económicas", así probando su "falsa cubanía" y su condición de "antirrevolucionarios". Como es sabido, hoy no sólo no se puede publicar en Cuba una interpretación de la historia distinta de la oficial, no se puede expresar un criterio divergente sin peligro de sufrir castigo, ni se puede, por supuesto, leer lo que no tiene licencia, pues en las bibliotecas de Cuba hay, como en los tiempos de la Inquisición, un índice de libros prohibidos a los que sólo tienen acceso un grupo selecto de investigadores marxistas.

Para terminar quisiera hacer una última consideración. Hoy se estudia, en el exilio, el porvenir de Cuba, y se buscan soluciones a sus problemas, y se hacen planes para encauzar las finanzas, la industria, el comercio, la agricultura, el transporte, toda la vida del país trabada hoy por la torpeza de los gobernantes. Pero volveríamos a cometer un grave error si la búsqueda preferente de lo material va otra vez, como sucedió en la república, en perjuicio de los bienes del espíritu. Ya sabemos que la garantía de la libertad no va a residir en el número de automóviles que tengamos, ni de televisores o chimeneas; ni en el rendimiento de las inversiones, ni en la solidez de la moneda ni en la balanza de pagos. La garantía de la libertad ha de residir en la justicia, que es un bien del espíritu, y que sólo nace en el desarrollo íntegro de la persona humana. Nuestro siglo XIX, generoso y patriota, se perdió al constituirnos en nación precisamente porque abandonamos nuestra historia, y de aquel vacío se aprovechó la práctica totalitaria.

Se impone, pues, en la reconstrucción de Cuba, el rescate de nuestras mejores tradiciones, de lo más noble y auténtico de nuestra historia, no para que de ella otra vez se valga un grupo, sino como salvamento del país, ya que en cosas de pueblos no hay salvación de uno sin la salvación de todos. Hay que volver en el comportamiento a aquellos tiempos cuando no se medía la altura de un hombre en función de lo que tenía sino en función de lo que daba, aquellos tiempos en que la moral estaba por encima de la política y la economía. Hay conceptos y palabras que tienen que recobrar su valor original: la patria, la justicia, la libertad; igual que nuestras figuras: Céspedes, Agramonte, Maceo y Martí, sólo por recordar ahora las que hemos mencionado, quienes nada tienen que ver con los miserables que hoy gobiernan su tierra escondidos tras esos nombres gloriosos. Hay que volverlos a su real dimensión, escrutar su significado, no para detenerse en ellos, sino como impulso para seguir el camino que impone la época. De muy poco nos han de servir los mejores planes de reconstrucción si sigue allá el cubano, y aun aquí, por otros motivos, vacío e indiferente, o equivocado, por lo que le escamotearon antes y después, por lo que le impuso el silencio o la mentira. Hay que rescatar el alma nacional, y no solamente exhibir en monumentos callados a nuestros héroes, sino llevarlos en la conducta, a que hablen en nuestros actos para que se sepa bien lo que de verdad querían en su tierra, para que jamás se nos vuelva a ir la patria por donde nunca debió de ir.