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Los cubanos en Norteamérica

La guerra que inició Martí trajo nuevos exiliados a los Estados Unidos, pero esta vez por poco tiempo: tres años más tarde los insurrectos cubanos, con heroicos esfuerzos y brillantes acciones militares, ganaron la independencia. El gobierno americano había declarado la guerra a España y precipitó los acontecimientos. El 20 de abril de 1898, el Congreso aprobó una “Resolución Conjunta” en la que se declaraba: “El pueblo de la isla de Cuba es, y de derecho debe de ser, libre e independiente". Y para limitar las ambiciones expansionistas de algunos presentes en el gabinete del presidente McKinley, añadía ese documento: “Los Estados Unidos declaran que no tienen deseo ni intención de ejercer soberanía, jurisdicción o dominio sobre dicha isla, excepto para su pacificación, y afirman su determinación, cuando ésta se haya conseguido, de dejar el gobierno y dominio de la isla a su pueblo".

Declarada la guerra, la escuadra norteamericana del Atlántico, que se había concentrado en Cayo Hueso, fue a bloquear los puertos de Cuba. Mientras tanto, las fuerzas militares esperaban en Nueva Orleáns, Mobile y Tampa hasta que, protegidas por las tropas cubanas, desembarcaron en la provincia oriental en junio de 1898. Vencida, España entregó el gobierno de la isla a los norteamericanos, los que a su vez lo traspasaron a los cubanos el 20 de mayo de 1902. Como de nuevo la emigración se había producido por razones políticas, la mayor parte regresó a Cuba al terminar la guerra hispano-cubano-americana.

La participación de los exiliados en la vida de este país dejó un saldo favorable. En todos los campos y lugares en que se movieron, quedó una huella que aumentó el aprecio de los norteamericanos por sus vecinos del sur. Pruebas de ese aprecio aparecen en las columnas del centenar de periódicos y revistas en español que fundaron en los Estados Unidos los emigrados de entonces. Y no fue menos rica la influencia de Norteamérica en ellos. Entre los primeros, además de los ya citados, cabe mencionar los siguientes cubanos ilustres que residieron aquí en distintas épocas: Francisco Frías, conde de Pozos Dulces (1809-1877), educado en el Mount Saint Mary College, de la ciudad de Baltimore, agrónomo y escritor que luchó incansable por el mejoramiento de su patria; Salvador Cisneros Betancourt, marqués de Santa Lucía (1824-1914), que se estableció en Nueva York al terminar la Guerra de los Diez Años, en la que participó activamente, y que luego fue, en 1895, presidente de la República en Armas; José Morales Lemus (1808-1870), abogado de gran prestigio en La Habana, que trabajó en Washington para que el gobierno del presidente Grant reconociera la beligerancia de los cubanos; Enrique José Varona (1849-1933), filósofo y notable escritor, sustituto de Martí, en 1895, en la dirección del periódico Patria, publicado en Nueva York, y que luego se convirtió en el guía de los intelectuales de las primeras generaciones de la república; Manuel Sanguily (1848-1923), coronel de la guerra anterior a 1895, orador notable, que fue en la república senador, Secretario de Estado y Decano de la Facultad de Filosofía en la Universidad de La Habana.

Entre los escritores que residieron en los Estados Unidos, deben mencionarse a los siguientes: José Antonio Saco (1797-1879), en su época, la inteligencia mayor de Cuba, que había sustituido en La Habana al padre Varela en la cátedra de Filosofía; Gaspar Betancourt Cisneros (1803-1866) educado en Filadelfia, el mejor periodista cubano de entonces, que fue con José Aniceto Iznaga (1793-1860) y otros compatriotas suyos desde los Estados Unidos a Colombia a pedirle a Simón Bolívar que ayudara a libertar a Cuba; Cirilo Villaverde (1812-1894), el notable costumbrista, autor de la gran novela Cecilia Valdés, publicada en Nueva York, en 1882, en su versión definitiva, quien junto con su esposa, la revolucionaria Emilia Casanova (1832-1897) fundó una escuela en Oak Point en las afueras de esa ciudad; Miguel Teurbe Tolón (1820-1857), poeta y profesor de español, que diseñó en Nueva York, junto con la bandera, el que fue luego Escudo Nacional; Francisco J. Estrampes (1827-1855), quien perseguido en la isla se refugió en Nueva Orleáns, donde también fue maestro, y desde donde salió en una expedición armada para impedir que Cuba la vendieran a los Estados Unidos: apresado al desembarcar, fue ejecutado en La Habana; Rafael María de Mendive (1821-1886), el maestro de Martí, cuya poesía fue traducida por Longfellow en gratitud por las que el cubano le había traducido a él; Enrique Piñeyro (1839-1911), reconocido crítico literario y editor de la primera gran revista en español publicada en este país, El Mundo Nuevo América Ilustrada; Pedro José Guiteras (1814-1890), el investigador que escribió en un pueblecito de Rhode Island su conocida Historia de la Isla de Cuba; Néstor Ponce de León (1837-1899), autor del Diccionario tecnológico inglés español, además de librero y editor en Nueva York de numerosas obras cubanas.

Siguieron el camino iniciado por Heredia en la enseñanza del castellano, Luis Felipe Mantilla (1833-1878), precursor del bilingüismo en este país, profesor en New York University y autor de varios libros de lectura; Tomás Estrada Palma (1835-1908), el primer presidente de Cuba libre, quien tuvo durante mucho tiempo un colegio en Central Valley, en el estado de Nueva York; y Luis Alejandro Baralt y Peoli (1849-1933), el cual, aunque médico que había ejercido en el Bellevue Hospital, de Nueva York, y escribía crónicas teatrales para The World, de la misma ciudad, enseñó en Columbia University y el City College. En la enseñanza de la música dejó los mejores frutos Emilio Agramonte (1844-1918), activo propulsor de los compositores norteamericanos y en cuya Escuela de Opera y Oratorio se formaron famosos cantantes de la época. Y también en el campo de la música logró nombre otro exiliado político, Ignacio Cervantes (1845-1905), cuyos recitales de piano, particularmente con las obras de Chopin, fueron muy aplaudidos por el público norteamericano, y cuyas “Danzas Cubanas” aún hoy se publican como parte de la mejor música del mundo.  


RAFAEL SERRA, con el ejemplo de los negros americanos progresistas, fundó colegios en Tampa y Nueva York para los cubanos de color.- GERARDO CASTELLANOS, autodidacta, polígrafo, heredero del espíritu patriótico de Cayo Hueso.- MARTIN MORUA DELGADO, hijo de esclavos en Cuba, fue periodista en Cayo Hueso y llegó en la República a presidir el Senado.- NESTOR PONCE DE LEON, para informar al pueblo norteamericano, publicó en Nueva York, en 1871, The Book of Blood.- VICTOR MUÑOZ, lector de tabaquerías en Tampa, introdujo en Cuba la moderna crónica deportiva y el Día de las Madres.- FERNANDO FIGUEREDO, después de 20 años de exilio fue en Cuba Director de Comunicaciones y Tesorero General de la República.

En medicina se distinguieron varios cubanos, por ejemplo, Manuel González Echeverría (1833-1897), especialista en enfermedades mentales, a quien se le encargó la fundación y dirección del asilo para locos y epilépticos de Nueva York, donde también fue profesor en la Universidad; Ramón Luis Miranda (1836-1910), graduado en París y en Madrid, que se estableció en Nueva York donde contaba con una abundante clientela y fue médico y colaborador de Martí en sus labores revolucionarias; y Juan Guiteras (1852-1925), graduado en la Universidad de Pennsylvania, donde luego enseñó, y en otras ciudades (San Luis, Nueva Orleáns, Charleston) hasta que se logró la independencia de Cuba, siendo luego allí Director de Sanidad en 1909, y profesor de la universidad de La Habana.

Ingenieros notables fueron Francisco Javier Cisneros (1836-1914), quien durante la guerra de 1868 llevó desde los Estados Unidos siete expediciones con armas, ganando el grado de general, y en 1872 abrió una oficina de consultas en Nueva York con otro ingeniero cubano de gran prestigio, Aniceto Menocal (1836-1908), graduado en la Escuela de Ingenieros, en Troy, quien luego fue jefe de los astilleros navales en Washington y director de la empresa del canal de Panamá; y Femando Figueredo (1846-1929), graduado asimismo en Troy, en el estado de Nueva York, quien ocupó cargos importantes en la Guerra de los Diez Años hasta emigrar a la Florida, donde fue legislador, superintendente del sistema escolar y alcalde de West Tampa.

También sirven aquí de ejemplo tres abogados: José Agustín Quintero (1825-1885), graduado en Harvard, donde trató a Emerson y a Longfellow, de quien tradujo poesías; José Manuel Mestre (1832-1886), graduado en Columbia University, también dedicado a las letras además de ejercer su profesión: colaboró con Enrique Piñeyro en La América Ilustrada; y José Ignacio Rodríguez (1836-1907) con bufete en Washington, donde logró tener gran influencia y fue consejero de James G. Blaine, el Secretario de Estado cuando la Conferencia Internacional Americana celebrada en 1890.

Muchos cubanos ricos --comerciantes, industriales y propietarios-- tuvieron que refugiarse en los Estados Unidos por sus actividades contra España. Refiriéndose a su actitud patriótica dijo Martí en una ocasión: “Lo singular y sublime de la Guerra de los Diez Años fue que los ricos, que en todas partes se oponen a la guerra, aquí la hicieron". A los antes mencionados-- Aguilera, el conde de Pozos Dulces, el marqués de Santa Lucía, el Dr. Ramón Luis Miranda-- entre los que vivieron en este país, habría que añadir a Miguel Aldama (1821-1888), el millonario que había dado la libertad a mil esclavos, y cuyo palacio en la Habana saquearon rabiosos los españoles. Y entre los que hicieron grandes fortunas en el exilio, habiendo llegado como simples obreros, el mejor ejemplo es el de Eduardo Hidalgo Gato (1847-1926), tabaquero, que a fuerza de trabajo e imaginación se volvió millonario en Cayo Hueso, y que contribuyó con la mayor generosidad a lograr la independencia de Cuba.

Cubano-americanos del siglo XIX

La nómina de los más jóvenes, los que se formaron en los Estados Unidos y luego contribuyeron con sus conocimientos y su trabajo al engrandecimiento de la República, también es extensa; entre los periodistas, Martín Morúa Delgado (1857-1910) y Rafael Serra (1858-1909), ambos negros, vivieron en Tampa y Nueva York, y fueron luego elegidos al Congreso en Cuba; Víctor Muñoz (1873-1922), aprendió el oficio en la Florida y después trabajó en varios periódicos de La Habana, donde fundó la Asociación de Reporters; Gerardo Castellanos (1879-1956), nacido en Cayo Hueso, donde trabajó como tabaquero, y luego se hizo historiador además de colaborar en varios periódicos de Cuba.

Enseñaron en la Universidad de La Habana, Pedro Calvo Castellanos (1859-1927), doctor en cirugía dental de Pennsylvania College y de la Universidad de Filadelfia, primer director del Colegio de Dentistas de La Habana; Raimundo de Castro (1878-1951), graduado en Columbia University, profesor de Medicina Legal; José M. Cadenas (189 1-1939), graduado de ingeniería en Boston, donde fue amigo de Franklin D. Roosevelt, llegó a rector de la Universidad de La Habana; Luis Baralt y Zacharie (1892-1969), nacido en Nueva York obtuvo el doctorado en Filosofía en La Habana, en 1917, estudiando después en Harvard, y fue decano de la facultad de Filosofía y Letras en la Universidad de La Habana hasta 1960, cuando se fue de Cuba exiliado, y murió enseñando en la Southern Illinois University; Luis de Soto (1893-1955), el cual hizo en La Habana los mismos estudios que el anterior, y luego obtuvo el título de Master of Arts en Columbia University, en 1928: cinco años más tarde, y hasta su muerte, fue profesor de Historia del Arte en la Universidad de La Habana y autor de Ars, Los estilos artísticos y Filosofía de la Historia del Arte.  


CARLOS J. FLNLAY, en 1881 enunció en Washington su teoría sobre la transmisión de la fiebre amarilla.- Finlay muestra sus mosquitos a los miembros de la comisión del ejército norteamericano (óleo de Esteban Valderrama).- Rodean al soldado sometido a la inoculación, de izquierda a derecha, los doctores Gorgas, Agramonte, Finlay, Carrol y Reed (dibujo de R.A. Thom).- “Los conquistadores de la fiebre amarilla,” cuadro de la serie “La Medicina en América” (óleo de Dean Cornwell).


MARIO GARCIA MENOCAL, realizó sus primeros estudios en el Instituto de Chappaqua, de Nueva York, y en el Maryland College of Agriculture.- JUAN GUITERAS, descubrió en los Estados Unidos, en 1886, el parásito transmisor de la elefantiasis, y en 1912 editó en inglés y en español las obras del Dr. Finlay.- CARLOS M. TRELLES, los 12 tomos de su Bibliografía  Cubana (1907-1917) sentaron un precedente en América, en ese tipo de obras.- GONZALO DE QUESADA, agente de la revolución cubana en Washington, contribuyó en la redacción de la “Joint Resolution,” en 1898.- EMILIO NUÑEZ, organizó las expediciones armadas que salieron de los Estados Unidos durante la guerra de 1895.- MANUEL SANGUILY, en 1877 fue una de las voces principales de la emigración cubana en los Estados Unidos, y volvió a serlo durante la última guerra.


ENRIQUE JOSE VARONA (a la izquierda), al regresar del exilio organizó la enseñanza superior de Cuba.- CARLOS DE LA TORRE, siendo rector de la universidad de La Habana, en 1930, tuvo que refugiarse en los Estados Unidos por motivos políticos. FERNANDO ORTIZ, menos cuando estuvo exiliado en Washington, durante la dictadura de Machado, fue director de la Revista Bimestre Cubana, desde 1910 hasta 1959.

También pertenecen a este grupo de los que estudiaron en los Estados Unidos, Mario García Menocal (1866-1941), graduado de ingeniería en Cornell University, que trabajó en el Canal de Panamá, y luchó en la última guerra de independencia donde logró el rango de mayor general: dedicado luego a la política, fue presidente de la República desde 1913 hasta 1921; Manuel Ruiz y Rodríguez (1874-1940), graduado en la Catholic University of America, llegó a ser el primer arzobispo de La Habana; Emilio Núñez (1855-1922), quien ejerció de dentista en Filadelfia y fue, después de brillante militar, en 1917, vicepresidente de la República, Gonzalo de Quesada (1868-1915), abogado con título del City College, de Nueva York, y de Columbia University, el más cercano colaborador de Martí y después ministro de Cuba en Washington y en Berlín; Carlos M. Trelles (1866-1951), padre de la bibliografía cubana, autor en 1892 del primer estudio en español sobre el desarrollo científico de los Estados Unidos; Raimundo Cabrera (1852-1923), cuyo libro Cuba y sus jueces, traducido al inglés, hizo ver a los norteamericanos los valores intelectuales de sus compatriotas, que tradujo al español la obra de Andrew Carnegie, Triumphant Democracy, y luego ejerció en Cuba su carrera de abogado y escribió otros libros valiosos; Carlos Loveira (1882-1928), novelista y líder obrero: siendo niño emigró a Nueva York y, desde Tampa, salió en una expedición para la guerra de Cuba, en la República organizó sindicatos y escribió novelas de contenido social, y en la década de los 20 colaboró con Samuel Gompers en la American Federation of Labor, en Washington; Leonardo Sorzano Jorrín (1877-1950), graduado de Georgetown University, en Washington, el cual escribió varios libros de texto que fueron muy populares en Cuba para aprender inglés; José Tarafa (1869-1932), empresario y hombre de negocios que completó su educación en los Estados Unidos, quien terminada la última guerra hizo una gran fortuna con el azúcar, los ferrocarriles y las destilerías; y José Manuel Carbonell (1880-1968), educado en Tampa, que recogió en 18 tomos, en 1928, la Evolución de la cultura cubana, y fue presidente de la Academia Nacional de Artes y Letras de Cuba.

En esta relación de cubanos que vivieron en los Estados Unidos y que después se distinguieron en Cuba, merece especial recuerdo Carlos J. Finlay (1833-1915). Terminada la guerra, las autoridades americanas que gobernaban en la isla se encontraron con el problema de la fiebre amarilla. Más bajas hablan sufrido los españoles por esta enfermedad que por las balas de los insurrectos: se calculaba que desde mediados del siglo XVIII hasta 1898 habían muerto cientos de miles por esa plaga que afectaba a todas las islas del Caribe, las costas del Golfo de México y vastos territorios en África y Asia. En los Estados Unidos también había hecho estragos hasta bien al norte, en New Hampshire, y durante una epidemia en Filadelfia murió el 10 por ciento de la población. A ese médico cubano educado en los Estados Unidos le iba a corresponder la gloria de descubrir el agente transmisor de la fiebre amarilla. Finlay había planteado la tesis de que la enfermedad se transmitía por medio de los mosquitos, y al iniciarse la guerra, se trasladó a los Estados Unidos para interesar a los norteamericanos en su teoría. Más tarde, cuando se preparaban las tropas para desembarcar en Cuba, residiendo en Nueva York, pidió que el ejército lo nombrara médico adjunto. Al principio la comisión norteamericana que estudiaba la enfermedad no le hizo caso, pero cuando fracasaron sus investigaciones y se recrudecía la epidemia, probaron con éxito lo que recomendaba el cubano. Finlay había dedicado su vida a la investigación: después de estudiar el bachillerato en Francia y en Alemania, fue a estudiar medicina al Jefferson Memorial College, de Filadelfia, donde, por influjo de uno de sus profesores, Silas Weir Mitchell, se interesó en las fiebres epidémicas. Sir Ronald Ross, el sabio inglés, propuso a Finlay en 1905 para el premio Nobel: dos años antes lo había ganado él con un descubrimiento semejante al de Finlay, pero sobre el paludismo.

Otro cubano que también estudió en los Estados Unidos debe recordarse en relación con la fiebre amarilla, Arístides Agramonte (1868-1931): graduado de médico en Columbia University (donde años más tarde recibió el Doctorado Honoris Causa), ejerció en el Bellevue Hospital y en el Departamento de Sanidad de Nueva York. Terminada la guerra fue a Cuba con la comisión americana que iba a estudiar la epidemia y, al inaugurarse la República, lo nombraron profesor de bacteriología en la Universidad de La Habana. Luego representó a Cuba en numerosos congresos científicos hasta morir en Nueva Orleáns, donde enseñaba Medicina Tropical, en la Universidad de Tulane, que también le había dado el título de Doctor Honoris Causa.

La República

La intervención de los norteamericanos en la guerra, y su permanencia en la isla hasta 1902, estrechó las relaciones entre los dos países, aunque no las hizo más cordiales. La opinión favorable sobre los Estados Unidos, que en general habían tenido los cubanos en el siglo XIX, se vio reducida. Muchos protestaron por la imposición de acuerdos que permitirían intervenciones en el futuro y, cuando años más tarde éstas se produjeron, sumadas a nuevos errores de la política exterior de Washington, aumentó la desconfianza. No obstante esta realidad, los dos países mantenían con frecuencia útiles relaciones económicas, políticas, culturales y artísticas. Por otra parte, el turismo en ambas direcciones favoreció el entendimiento recíproco. Los cubanos siguieron visitando los Estados Unidos como la casa de un viejo amigo; y los americanos iban a Cuba para disfrutar del clima y de las bellezas naturales, al tiempo que gustaban del carácter del cubano. Puede decirse que por la guerra de independencia el pueblo norteamericano descubrió a Cuba, pues antes, a pesar de las relaciones personales y de la cercanía de los dos países, muy pocos americanos visitaban la isla. Después de la guerra, sin embargo, algunos, de los Estados del sur, se establecieron allá dedicándose principalmente a la agricultura y a la industria.  


LUIS ALEJANDRO BARALT Y PEOLI fue profesor de idiomas en el Instituto de Segunda Enseñanza de La Habana, y propulsor del teatro cubano.- JOSE MIGUEL GOMEZ (al centro), en la época de su exilio, en Miami.- CARLOS LOVEIRA, cuando participó en la Conferencia Panamericana del Trabajo, celebrada en Washington en 1916.- EDUARDO HIDALGO GATO, además de fábricas de tabaco, se hizo dueño de empresas públicas y propiedades en Nueva York y Cayo Hueso.- RAIMUNDO CABRERA, fundó en 1897, en Nueva York, la revista Cuba y América, que siguió dirigiendo en La Habana hasta 1917.


JOSE M. CADENAS, cuando era rector y profesor de ingeniería en la universidad de La Habana.- MANUEL RUIZ, poco antes de su muerte recibió el doctorado Honoris Causa de la Universidad Católica de Washington, donde se había graduado.- JOSE ANTONIO RAMOS, introdujo en Cuba el sistema de clasificación decimal Dewey, que estudió en la universidad de Pennsylvania. - JORGE MAÑACH, profesor en Columbia University y en la universidad de La Habana, murió exiliado enseñando en la universidad de Puerto Rico.

Para incrementar los lazos culturales entre los dos países, el gobierno interventor, en combinación con la Universidad de Harvard, invitó en el verano de 1900 a unos 1,300 maestros a tomar en Boston un curso intensivo sobre pedagogía moderna. Nunca en la historia de las relaciones internacionales se había realizado un experimento de tal magnitud y alcance. Terminados sus estudios, visitaron los maestros cubanos varios centros educacionales y, después de viajar por Nueva York y Filadelfia, fueron invitados a Washington por el presidente McKinley. Al regresar a Cuba, llevaron una visión favorable de los Estados Unidos y un conocimiento útil de los más avanzados métodos de enseñanza.

Los emigrados cubanos del siglo pasado, como los actuales, eran exiliados políticos, es decir, no hablan venido, como otras emigraciones, buscando una nueva vida, sino un refugio de libertad hasta que en su país cambiaran las circunstancias que los habían hecho emigrar. Fue por eso que, con la derrota de España, en 1898, la gran mayoría regresó a la isla. Además de su amor a las instituciones democráticas, los cubanos en los Estados Unidos habían demostrado ser un pueblo imaginativo y trabajador: en la República, las mismas virtudes que los habían distinguido en el extranjero empezaron a manifestarse hasta que Cuba se convirtió en uno de los países más avanzados de Latinoamérica.

En los quince primeros años de la República, el progreso económico fue impresionante, no ajeno a las relaciones comerciales con los Estados Unidos: la producción de azúcar pasó de 300 mil toneladas a 3 millones, y en 1924 llegó a 5 millones, que era la cuarta parte de la producción mundial. La de tabaco se triplicó en ese mismo período. En 1898 había menos de 1,500 kilómetros de ferrocarril, y en 1917 funcionaban 6,000. De 100 millones de dólares en la actividad comercial, en 1900, Cuba llegó a igualar a España (que tenían una población 10 veces mayor) antes de cumplir 20 años la República, y en 1924 alcanzó los 700 millones. Además de la economía, la salud pública y la enseñanza llegaron a niveles que antes no había conocido el país. Habiendo aumentado la población en casi un millón de habitantes, en esos quince primeros años, 7 veces más niños iban a la escuela que en 1895, y la Universidad recibía 5 veces la asignación mayor que había tenido durante la colonia. La cultura, el periodismo y las obras públicas siguieron ese impulso de los primeros años, que luego disminuyó por los excesos y la corrupción de los gobernantes.

La emigración política de cubanos a los Estados Unidos, en este siglo, comenzó en 1917. En ese año el segundo presidente de la República, el general José Miguel Gómez (1858-1921), tuvo que irse de Cuba y establecerse en Miami: se había  opuesto a la reelección del tercer presidente, Mario G. Menocal, antes citado, y empezó una revolución contra su rival político. Condenado a prisión, y después de estar un tiempo en la cárcel, se fue al exilio, y murió en Nueva York después de conversar en Washington con el presidente Harding sobre los problemas cubanos. Con el tiempo otros tres presidentes se refugiarían en la Florida: Gerardo Machado (1871-1939), depuesto por un levantamiento popular, murió en la ciudad de Miami; Fulgencio Batista (1899-1973), que residió en Daytona Beach cuando terminó su gobierno en 1944; y Carlos Prío Socarrás (1903-1979), también muerto en Miami, cuyo gobierno terminó por un golpe de Estado, de Batista, en el año 1952.

Durante las décadas del 30 y del 50, las luchas políticas produjeron pequeñas y breves oleadas de exiliados que se establecieron principalmente en Miami y en Nueva York. Así volvieron a participar los cubanos en algunos sectores de la vida norteamericana. José Antonio Ramos (1855-1943), notable novelista y dramaturgo, se hizo profesor de la Universidad de Pennsylvania al emigrar de Cuba; luego regresó al cesar la dictadura de Machado, en 1933, para reintegrarse a sus actividades de escritor, diplomático y bibliotecario; siguiendo la tradición de algunos de sus compatriotas en el siglo anterior, Ramos publicó en México una historia de la literatura norteamericana la cual sirvió para dar a conocer sus principales figuras al mundo de habla española. Fernando Ortiz (1881-1969), sociólogo y folklorista, emigró a Washington en 1931, donde vivió hasta 1933. Dictó conferencias sobre las relaciones económicas entre Cuba y los Estados Unidos, y los perjuicios que ellas habían producido a los cubanos; entre otras publicaciones académicas, Fernando Ortiz colaboró en la revista de la Unión Panamericana, en Washington, y en la Hispanic Historical Review; y años más tarde la Universidad de Columbia lo nombró Doctor Honoris Causa por sus estudios sobre la cultura negra y los problemas sociales de Cuba. Jorge Mañach (1899-1961), el mejor ensayista cubano de este siglo, graduado de Harvard, tuvo que salir del país la primera vez que Batista tomó el poder. Desde 1935 hasta 1939 enseñó en la Universidad de Columbia, y luego regresó a Cuba donde fue una figura destacada en las actividades políticas e intelectuales hasta que tuvo que exiliarse de nuevo en 1960, al huir del régimen comunista, muriendo como profesor de la Universidad de Puerto Rico. Durante su exilio en los años 30, Mañach contribuyó de manera notable a divulgar el conocimiento de los grandes escritores de Hispanoamérica, desde su cátedra, el Instituto de las Españas y la Revista Hispánica Moderna, de Columbia University. También Carlos de la Torre (1858-1950), académico, científico y Doctor Honoris Causa de la Universidad de Harvard, se refugió en los Estados Unidos por motivos políticos; en 1932 fundó y dirigió en Nueva York una Junta Revolucionaria que agrupó importantes exiliados que residían en esa ciudad: un expresidente, el general Menocal, tres futuros presidentes: Carlos Mendieta (1873-1960), Ramón Grau San Martín (1887-1969) y Miguel Mariano Gómez (1890-1950), y numerosos profesionales e intelectuales de prestigio. Herminio Portell Vilá (1901), fue cuatro veces becado por la Guggenheim Foundation entre 1931 y 1935, profesor de  George Washington University y de la American University, en Washington, D.C., y de California, en Los Angeles, autor de numerosas obras sobre las relaciones entre Cuba y los Estados Unidos, y profesor de Historia en la Universidad de La Habana; tuvo otra vez que refugiarse en Washington al establecerse en Cuba el comunismo.

Aunque no por motivos políticos, algunos notables cubanos vinieron a vivir en los Estados Unidos antes de 1959: médicos, abogados, y otros profesionales, y artistas y atletas. Entre los académicos pueden citarse como ejemplo al poeta Eugenio Florit (1903), profesor en Barnard College y Columbia University, en Nueva York, entre 1945 y 1979, cuando se retiró con el título de Doctor Emeritus; José Juan Arrom (1910), con igual título que el anterior, retirado de Yale University, donde enseñaba desde que allí se graduó, en 1937; y José Antonio Portuondo (1911), profesor entre 1946 y 1953 en las Universidades de New Mexico, Wisconsin, Columbia y Pennsylvania, y luego rector de la Universidad de Santiago de Cuba.

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