CAMBULA Y LA BANDERA DE YARA Hay una leyenda de amor tras la epopeya de Carlos Manuel de Céspedes, el Padre de la Patria cubana. Las luchas por la independencia ahogaron la tierna pasión de Céspedes por la joven Candelaria Acosta, Cambula, del ingenio Demajagua, donde se inició la Guerra de los Diez Años. Andaba harto el cubano de los abusos de España, y un grupo de hombres en el oriente de la isla se unieron para derrotar la tiranía. Casi todos eran ricos, pero más que en bienes lo eran en virtudes ciudadanas. Vieron sus hogares como precio de la libertad, y en un arrebato generoso los dieron, con el lujo y la vida, en pago de un sueño. Han dicho los que sólo ven la historia movida a empellones de la materia, que a aquel patriotismo lo movió la sisa de la monarquía española. Pero tal opulencia era indiferente a tasas e impuestos, y, además, nadie se juega la vida, y la de los suyos, por un rédito mayor de la fortuna. Empuñaron armas que parecían crecer en sus manos apretadas por la justicia, y eligieron a Céspedes como jefe de la empresa. Era el más viejo de los principales. Frisaba en los cincuenta años. Había nacido en 1819.
Así vieron sus contemporáneos al caudillo; el poeta José Joaquín Palma: “Gallardo de apostura... su busto era ancho como el de una estatua griega, y su estatura pequeña...” Y Manuel Anastasio Aguilera, primo del otro grande de aquella gesta, Francisco Vicente Aguilera: “En su juventud fue muy elegante, bien parecido y de simpática figura. Se distinguía mucho en el baile y la equitación... Siempre tuvo fe ciega en el triunfo de la libertad sobre la tiranía”. Y Fernando Figueredo, su ayudante: “Muy aficionado a la poesía, ni fumaba, ni jugaba, ni nadie le vio jamás alzar una copa, y siempre se conservó limpio, extremadamente aseado, con su cara perfectamente rasurada... Estaba fabricado de la madera de los libertadores: en su ser se anidaba un corazón con latidos de héroe...” Por su integridad y entereza Martí lo llamó “hombre de mármol”. La más bella mujer de Bayamo era su prima, María del Carmen, y en 1839 se casaron. A uno de sus hijos, Oscar, preso luego en la guerra, le ofrecieron el perdón si el padre aceptaba el destierro, e imitando a Guzmán el Bueno en el sitio de Tarifa, le contestó Céspedesa los españoles: “Oscar no es mi único hijo: soy el padre de todos los cubanos que han muerto por la revolución”. Ese gesto le mereció el titulo de Padre de la Patria. Viudo en 1867, se enamoró de Cambula, hija del mayoral de su ingenio. Nacida en Manzanillo en 1851, tenía entonces 16 años. Por una denuncia fue necesario adelantar el levantamiento, pero no había bandera, y el caudillo le confió la empresa a su tierna amiga. Tendría los colores republicanos, cerca de la bandera de Chile, país que apoyaba la independencia de Cuba, pero faltaban la tela. Del cielo de un mosquitero sacó Cambula el rojo y de un corpiño el blanco, pero faltaba el azul. Céspedes fue al velo sobre el cuadro de la esposa muerta, pero la niña lo detuvo: “No es necesario”, le dijo, “Yo tengo un vestido azul que puedo utilizar igualmente”. Sobre la estrella Cambula se lamentó: “No sé bordar, y aunque supiera tampoco la haría porque no sé dibujarla”. Pero allí estaba quien iba a ser el abanderado de la tropa, el joven Emilio Tamayo, y dibujó la estrella en un papel que Cambula fijó con alfileres sobre el lienzo y cortó y cosió en el cuadrado rojo de la bandera.
Durante aquella noche de prisa y costura del 9 de octubre, Céspedes dio los últimos toques al “Manifiesto” que saldría firmado en Manzanillo al día siguiente. Aún tiene vigencia en su patria infortunada: “... Nadie ignora que España gobierna a la Isla de Cuba con un brazo de hierro ensangrentado... teniéndola privada de toda libertad política y religiosa, sus desgraciados hijos se ven expulsados de su suelo a remotos climas o ejecutados sin forma de proceso ... Los cubanos no pueden hablar, no pueden escribir, no pueden ni siquiera pensar... Cuando un pueblo llega al extremo de degradación y miseria en que nosotros nos vemos, nadie puede reprobarle que eche mano a las armas para salir de un estado tan lleno de oprobio... A los demás pueblos civilizados toca interponer su influencia para sacar de la garras de un bárbaro opresor a un pueblo inocente, ilustrado, sensible y generoso... Amamos la tolerancia, el orden y la justicia en todas las materias... admiramos el sufragio universal que asegura la soberanía del pueblo.., y en general demandamos la religiosa observancia de los derechos imprescriptibles del hombre...”
El primer encuentro de los insurrectos fue en el poblado de Yara, el día 11, bajo la nueva bandera: fueron vencidos, pero Céspedes le dijo a los que permanecieron a su lado: “¡Aún quedamos doce hombres, bastan para hacer la independencia de Cuba!” Y siguió la guerra. Conocida por los españoles la relación entre Cambula y Céspedes, tuvo que huir con su padre a Manzanillo: un barco de guerra destruyó el día 13 a cañonazos el ingenio. Poco después marchó a la manigua para acompañar a su amante. Les nació una hija, Carmita, la adoración del caudillo. En la Asamblea de Guáimaro, el 11 de abril de 1869, se proclamó la bandera de Narciso López como la oficial de la República, pero quedó la de Yara presidiendo la Cámara de Representantes.
Para unir a los camagüeyanos y los orientales, Céspedes, presidente de la República en Armas, decidió casarse el 4 de noviembre, día de su santo, con Ana de Quesada, de Camagüey, hermana del general en jefe del Ejército Libertador. De hambre se les murió el primer hijo en el campamento, y al siguiente año la esposa, ya en estado de los gemelos Carlos Manuel y Gloria, tuvo que emigrar a Nueva York. La distancia aumentó los celos de Ana por los amores de Céspedes y Cambula —los voluntarios españoles lo llamaban “el bígamo Céspedes”—: el 15 de julio de 1871 le escribe como para tranquilizar a la esposa: “Te incluyo una carta de Cambula, aunque mal escrita, pues parece que la ha atrasado la mansión en los bosques. Ella te servirá de respuesta a los informes que de esa infeliz te han dado... La desgraciada niñita [Carmita] me ama, yo la amo...” Pero no se aplacaron los celos, y meses más tarde le escribe de nuevo sobre el asunto: “... Nada te dije de Cambula porque me manifestaste que no querías saber de ella; pero como ahora la vuelves a mentar, te hago presente que estoy dispuesto a oírlo todo...” Y le cuenta que ha decidido, para evitarle sufrimientos a la hija, que marchen al extranjero: “Ella [Cambula] cedió lastimosamente”, le escribe, “Creo que en todo cumplí con mi deber”.
De nuevo estaba encinta, y dio a luz en Kingston. Por reserva sólo le puso al hijo el segundo nombre del padre, Manuel, ya que a la niña le había puesto el cuarto, Carmen —a Céspedes lo habían bautizado Carlos Manuel Perfecto del Carmen. Añorando la hija escribió el héroe en su Diario: “Hoy he tomado el compás y medido en el mapa la distancia de aquí a Jamaica: ¡Treinta y tres leguas! ¡Qué fácil y brevemente las salvaría una paloma! ¡Ay! ¡Si tuviera sus alas vería a mi hijita, la cubriría de besos y en pocos minutos volvería a Cuba donde tengo reservada la muerte o la gloria!”. Y poco después anota: “Hace un año que no veo a Cambula ni a mi hijita. En todo este tiempo me he hallado como si hubieran muerto todas las personas que me profesaban y a quienes yo profesaba un verdadero cariño... Ni una mano blanda y amorosa para enjugar el sudor de mi frente en las horas de cáliz o de enfermedad, ni una voz simpática y suave para consolarme en mis adversidades...” Vino la tragedia de “San Lorenzo”. Céspedes, depuesto de la presidencia, murió solo disparando contra los españoles el 27 de febrero de 1874. A Cambula y a sus hijos los protegieron los emigrados en Jamaica. Tres años después de terminar la Guerra Grande se establecieron en Santiago de Cuba: Carmen tenía 12 años y Manuel 9. Iniciada la última guerra de independencia, en 1895, visitó Cambula a su hijo quien estaba arreglando el jardín, y lo increpó diciendo: “¿Tú, un hijo de Carlos Manuel trabajando en el jardín aquí?” —y al día siguiente se unió el joven a la insurrección. Carmita, la hija amada de Céspedes, murió en Santiago de Cuba durante las penurias de 1896.
Cambula se había unido en 1885 al catalán Antonio Acosta, de quien tuvo dos hijos: Ernesto e Isabel. Pasó años en la pobreza hasta que España, a principios de 1928, decidió entregar a Cuba algunos objetos ocupados durante la guerra: entre ellos, decían, la bandera de Yara. Pero se suponía que la original estaba en la Cámara de Representantes. Tenía que identificarla Cambula, y la llevaron a La Habana, donde en sesión solemne lo hizo: pasó la mano sobre la estrella, la besó y se echó a llorar: “¡Ésta es la bandera! La misma que confeccionaron mis manos del 9 de octubre de 1868...” La que devolvía España era copia de la de Yara, hecha en Bayamo por Canducha Figueredo. El gobierno le asignó a Cambula una pensión, y a principios de 1935 le otorgaron la Orden “Carlos Manuel de Céspedes”. Murió el 23 de mayo. Tenía 84 años. La enterraron en el cementerio de Santa Ifigenia, no lejos de la tumba de Céspedes. Hay una joven en el monumento colocando una corona de laurel junto al busto del Padre de la Patria, y dicen que simboliza la República, o la Inmortalidad, o la Gloria, pero a alguna santiaguera se le ha oído decir que es Cambula aquella hermosa mujer de mármol.
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