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LA BANDERA CUBANA  

 

El 11 de abril de 1869, se proclamó oficialmente en la Asamblea de Guáimaro la enseña nacional de Cuba. Se habían reunido en aquel poblado de Camagüey los representantes de Oriente y del Centro. Allí estaban Carlos Manuel de Céspedes, Ignacio Agramonte y otros patriotas hasta completar los quince delegados del pueblo en armas. Ante los mil residentes de la zona, aquella Asamblea organizó políticamente la revolución que había estallado el 10 de Octubre del año anterior. Y al aprobar la Carta Magna que regiría la República mambisa, adoptaron como bandera la que se enarboló en Cárdenas el 19 de mayo de 1850.

Hay mucho de poesía en la bandera cubana, y no en un sentido figurado, sino como concreta realidad histórica. Fue diseñada por un poeta siguiendo las indicaciones de Narciso López. Reunidos en Nueva York, le pidió que la dibujara a Miguel Teurbe Tolón. Había este fervoroso conspirador participado en actos contra España y, al escapar hacia los Estados Unidos, se dedicó a escribir en favor de Cuba, por lo que las autoridades en la isla lo condenaron a muerte. En Nueva York escribió aquellos famosos versos que recitaban los emigrados:

  Primero mi verdugo sea mi mano,
Que merecer de un déspota insolente
El perdón de ser libre y ser cubano.

El novelista Cirilo Villaverde, también exiliado político, contó así el nacimiento de la bandera: “El que esto escribe fue testigo ocular de lo ocurrido en la sala del fondo de una casa de huéspedes de la calle Warren, en los primeros días de junio, de 1849. Allí vivía Tolón, y allí concurríamos casi todos los desterrados de entonces”. En aquella oportunidad, añadió Villaverde, Narciso López le dijo al poeta: “Vamos, señor dibujante, trácenos Ud. su idea de la bandera libre de Cuba. Mi idea era ésta cuando me hallaba en Manicaragua”. Pintó entonces en un papel las tres franjas que se usaron en la conspiración de la Mina  de  la Rosa Cubana. Teurbe Tolón, con otras indicaciones del general López, hizo un nuevo diseño, “lo iluminó con los colores republicanos, y quedó trazada una hermosa bandera”.

La enseña que se iba a convertir en el símbolo del separatismo ondeó por vez primera en el edificio del periódico The Sun, en Nueva York, y también en The Delta, de Nueva Orleans, desde el 11 al 25 de mayo de 1850. En las páginas de The Sun apareció un grabado con una nota en que se leía:

Arriba está la bandera de la libre Cuba. Que ondee o no sobre el Morro más tarde o más temprano, ella está ahí. Son amplias las ideas que abarca, como gloriosa es la causa por la que es tremolada. La estrella es Cuba, una nación independiente, dentro de un triángulo símbolo de fuerza y justicia. Estos son los pilares de la nación. La estrella es de un blanco puro, azules las franjas exteriores y la del centro, y blancas las otras. Las franjas azules representan los tres departamentos de Cuba en la división actual, a saber: Oriente,  Centro y Occidente. El rojo, el blanco y el azul forman el tricolor de la libertad.

Pero algo más se debe recordar de la estrella. Ese motivo de mayor relieve está relacionado con la poesía de José María Heredia. De ella había hablado en sus versos, cuando la Conspiración de Los Soles y Rayos de Bolívar:

  Al oír nuestra voz elocuente
Todo el pueblo en furor se abrasaba,
Y la estrella de Cuba se alzaba
Más ardiente y serena que el sol.

Y en otra oportunidad empleó el mismo símbolo, en su profecía sobre el futuro del país.

  Nos combate feroz tiranía
Con aleve traición conjurada,
Y la estrella de Cuba eclipsada
Para un siglo de horror queda ya.

 Es así que la parte central de la bandera vino a recoger aquella representación de la libertad que había concebido Heredia. Y cuando el maestro y poeta Francisco Estrampes quiso en 1854 romper con un levantamiento los planes anexionistas de los Estados Unidos, desembarcó con la bandera en Baracoa. Quedó así consagrada como emblema del más puro independentismo, que era la causa de aquel joven revolucionario, por la que murió en garrote después de escribir un soneto de despedida en que decía:

  Aquí tenéis, verdugos, mi garganta,
De Cuba un mártir más cuenta la Historia
Que el tiempo afianza de la causa santa.

Además de esa presencia de poetas, tiene la bandera cubana otra forma de poesía, tomando la palabra en su sentido original, por las manos de mujer que hicieron las primeras. Una vez dibujada la de López, la cosió en seda Emilia, prima del poeta, y la llevó escondida a Matanzas para que la conocieran y copiaran los comprometidos en la isla. Es por eso que la que llevó Narciso López a Cárdenas tuvieron que coserla las cubanas que residían en Nueva Orleans. Y al alzarse en Camagüey Joaquín de Agüero, el mártir de Arroyo Méndez, llevaba una copia que le había preparado su esposa Ana Josefa. Y también fueron manos de mujer las que hicieron y sacaron a las calles de Santiago de Cuba las banderas con que se protestó, el 19 de noviembre de 1851, por la ejecución de Narciso López. Fracasados los intentos de aquella década, quedaron enterradas muchas que habían preparado las patriotas cubanas para sus hermanos, hijos y esposos. Y fue una de ésas, enterrada en casa de Gaspar Betancourt Cisneros, la que se llevó de muestra a Guáimaro.

La que se enarboló al comenzar la Guerra de los Diez Años era diferente. Por simpatía con la República de Chile, que prometió ayuda a la insurrección, se quiso imitar su bandera, y la cosió en la madrugada del 10 de Octubre, en la Demajagua, Cambula Acosta, la joven amante de Carlos Manuel de Céspedes. La Asamblea, pues, tenía que decidir entre las dos. El Acta de la sesión en que se trató el asunto dice así:

En el pueblo libre de Guáimaro, el día 11 del mes de abril de 1869, el ciudadano Eduardo Machado hizo uso de la palabra para pedir que se acordase por la Cámara la bandera que debía simbolizar la Revolución en toda la isla, e indicó, por su parte, para ese objeto, la bandera que levantaron anteriormente López y Agüero, formada por un triángulo equilátero rojo con estrella blanca de cinco puntas, tres listas azules y dos blancas. El ciudadano Antonio Lorda convino en la necesidad de establecer una sola bandera, puesto que una es la causa que todos defendemos y uno solo ya el Gobierno de toda la isla.

Siguieron después otras opiniones que objetaban la bandera de López porque no cumplía con las leyes de la heráldica, pero la discusión terminó cuando Agramonte dijo que esas leyes “no debían absolutamente tenerse en cuenta” puesto que ellas “arreglaban los blasones y los timbres de los reyes y de los nobles, y que la República podía gloriarse en desatenderlas intencionalmente”. Antonio Zambrana fue el último en hablar, afirmando “que todos debían de estar de acuerdo al levantar la bandera del cincuenta y uno porque, según había recomendado el ciudadano Agramonte, era un testimonio glorioso de que los cubanos estaban hace largo tiempo combatiendo la tiranía”.

Desde entonces no tuvieron otro emblema los que se empeñaban en la independencia de Cuba. Ella estuvo junto al cubano que moría en la manigua y junto al que moría en el destierro. Los mártires la honraron con su sacrificio, y los poetas con sus versos, y todos los cubanos buenos la honraron. Pero en el siglo XIX, mientras se decidía el destino del país, también hubo otras banderas: una para cada programa, para cada ideología, para cada interés.  

Ademas de la del separatismo, la de España representaba a la metrópoli y a muchos de los que consentían seguir como colonia; la del Club de la Habana representaba a los anexionistas; y otra al autonomismo. Conviene conocer lo que significaron esas cuatro posiciones de los cubanos en el siglo pasado porque pueden explicar algunos aspectos de la realidad actual.

Nuestra historia ha girado en torno a esas cuatro posiciones: una se origina entre los indiferentes a las necesidades de Cuba; otra, entre los que confiaban al extranjero sus intereses; la siguiente es propia de los dispuestos a transigir con el mal; la última agrupa a los cubanos que han buscado una solución radical y propia para su patria. Fueron, en la colonia, los primeros, aquéllos que defendían el sistema sin preocuparles las injusticias de España; los siguientes procuraban la intervención de los Estados Unidos para resolver los conflictos del país; los otros aceptaban la realidad y fiaron el futuro a la evolución y al acaso; los últimos lucharon por la libertad y se dispusieron a pagar su precio: eran los integristas, los anexionistas, los autonomistas y los separatistas.

Desde que empieza a perfilarse la conciencia cubana esas cuatro actitudes han estado presentes. Cada una responde a un rasgo del carácter: al egoísmo, al utilitarismo, al pesimismo conformista y al progresismo revolucionario. Hubo, es cierto, hombres generosos en el autonomismo y en el anexionismo, pero no cambian la razón de su grupo: en ambos se buscó, alguna vez, acelerar el proceso de la independencia: Félix Varela llevaba el germen del separatismo en sus momentos de diputado a Cortes. Para “El Lugareño” la anexión era una especie de cálculo, como para Narciso López, que buscaba en los Estados Unidos la fuerza que arrancara la isla a los españoles —otros no, que en el Club de la Habana muchos sólo querían protección para su riqueza esclavista. La importancia de cada uno de estos grupos siempre estuvo determinada por la de una clase o de un interés, y por el infortunio de los otros. El auge del integrismo era motivado por los fracasos independentistas, y el autonomismo subía cuando el gobierno americano repudiaba la anexión, y viceversa.

En la República no desaparecieron esas posiciones. Los egoístas aceptaban cualquier estado que sirviera su provecho; los anexionistas se refugiaron en la Enmienda Platt; los autonomistas confiaban en los malos arreglos; y los revolucionarios siguieron insistiendo en la plena independencia. Por azares de la fortuna el separatismo no pudo dirigir el país. El mundo colonial se había transformado en una estructura política que no molestaba a los descendientes del antiguo integrismo, y eran una fuerza: tenían la mejor prensa y controlaban el comercio. La Casa Blanca había abierto sucursal en la embajada de La Habana, y determinaba lo que convenía a la nación: estos hijos del anexionismo dominaban principalmente la industria y la economía. Los del autonomismo siguieron pactando con los males de la República y se acomodaban a cualquier situación: su órbita de mayor influencia estaba en la cultura y la política.

El separatismo, representado por la bandera cubana, había nacido en la conspiración del bayamés Joaquín Infante, en 1810; siguió en la de Aponte y Chacón, en tiempos del marqués de Someruelos; se desarrolló en la de los Rayos y Soles de Bolívar, en la de El Águila Negra y en las insurrecciones de esclavos de la época de Tacón y O’Donnell; continuó en los levantamientos anteriores al 10 de Octubre, en la Guerra Grande, en la intentona de Calixto García, hasta lograr su primer objetivo, la separación de España, en la gesta de 1895.

Al nacer la República el conformismo y el utilitarismo se dieron la mano en la Enmienda Platt. Los integristas, por otra parte, llevaban en el alma la nostalgia de España, y, en general, sus vicios. Siguieron intervenciones pedidas e impuestas, pactos de todas clases. Al pueblo se le acostumbró a ceder y a transar. El 10 de marzo de 1952 cayó en la conciencia del país como si de él sólo pudiera esperarse resignación. Era un estado de fuerza que los plattistas aceptaron porque los Estados Unidos simpatizaban con el golpe militar. Los que siempre andan apurados para el arreglo, los herederos del autonomismo, pactaron confiando en que el mal lo disolvería el tiempo: empleaban los mismos argumentos que sus antepasados al finalizar la Guerra de los Diez Años, de que estaban cerrados todos los caminos. Pero no había muerto el separatismo: la libertad tiene abogados tenaces en los pueblos en que se la encadena. La revolución contra Batista esgrimió el ideario del 95. Parecía renacer la fe de los mejores tiempos. Luego las fuerzas negativas que durante un siglo habían conspirado contra la independencia, se apoderaron del grupo dirigente. Eran otros nombres y etiquetas, pero la actitud era la misma. En gesto de apariencia antiimperialista, Cuba cayó en la más depravada dependencia que ha conocido su historia. Muchos pactistas pactaron. Algunas almas integristas se integraron. Otros emigraron al extranjero. Algunos de fibra separatista salieron de su patria para combatir la tiranía; los mejores se quedaron allí para dar sus vidas por derrocarla. Hoy el espíritu del más vivo separatismo está en los presos  políticos que desafían el sistema.

En los últimos veinte años ha florecido el anexionismo en dos direcciones. Los gobernantes de Cuba entregaron el destino del pueblo a la Unión Soviética: para saber los pasos que dará el país no se leen ya los periódicos de Washington, sino los editoriales de Pravda. En el exilio, mientras tanto, algunos miran al Departamento de Estado norteamericano para cuanto conviene a Cuba y, claro, sus intereses siempre se supeditan a los complejos y a veces tortuosos de los Estados Unidos. Y lo que debía hacerse no se ha hecho o se ha hecho mal, porque se llega hasta donde quieren los que no pueden sentir ni querer todo lo que nosotros queremos. ¿Y los autonomistas? Los autonomistas no han desaparecido. Esperaron, porque siempre se alimentan del cansancio; su fuerza les viene del espíritu derrotista. Han querido, como antes, llegar a un arreglo con el abuso. Ellos no creen en sueños, ni en que un día se prende fuego en el corazón de un pueblo y hace milagros. Ellos no creen en milagros. Combatieron a Céspedes, a Martí y a Maceo. Decían que eran unos ilusos, unos soñadores que pensaban que el incendio de un ingenio, un machete o una rosa blanca no podían derrotar a un imperio. Y no hemos salido de la etapa que buscan un arreglo con Castro. Si ceden las esperanzas del anexionismo, correrán de nuevo a pactar con la tiranía, como si el fin, aunque fuera bueno, justificara los medios.

Pero la bandera de Cuba está ahí, testigo mudo, ante los posibles caminos de fango, clavada en el corazón del separatismo. Mejor esperar junto a ella que traicionarla. Como a trapos de epidemia deberían quemarse las otras. Y en cada casa nuestra, de guía y doctrina, a la vista de todos, debe de estar la Bandera Cubana.