QUIÉN ERA MACEO Eugenio María de Hostos, el famoso escritor y maestro puertorriqueño que tanto hizo por la causa de la libertad de Cuba, conoció a Maceo en Santo Domingo. Al enterarse en 1896 de la muerte del cubano publicó este artículo en El Propagandista, de Caracas. (adaptación) Ha estado siempre tan presente en los campos de batalla; entró tan pronto en la guerra; organizó con tal tino el ejército de Oriente; secundó con tal brío a su gran jefe y gran amigo Máximo Gómez, en la pasmosa marcha de Oriente a Occidente; su entrada en Pinar del Río fue tan atrevida; su patente superioridad intelectual, como soldado en guerrilla y en batalla; su ímpetu en el combate; su vigilancia en el campamento; el brillo de sus virtudes de guerrero ha sido tan favorable, que la gloria militar del soldado ha eclipsado al ciudadano. Pero Maceo, antes que todo y más que todo, fue un ciudadano. A sus cualidades de patriota ciudadano debió sus cualidades de guerrero; a su patriotismo, su vehemencia; a su civismo, su constancia; a su deseo de justicia, su clemencia; a su ansia de libertad, su entusiasmo; a su ardentísimo anhelo de igualdad, el popular ejercicio que hacía de su superioridad. Antes de esta revolución, en que sólo la gloria de Máximo Gómez ha competido con su fama, estuvo Maceo en otra revolución más larga que exigió de él esfuerzos mayores. La familia de Maceo era una familia tipo. Eran ocho y ya no quedan sino los retoños; los ocho, según parece, han muerto por su patria. La madre que quedó sola al frente y al cuidado de sus hijos, es singularmente alabada y respetada de los que la conocieron: Martí, en una de las últimas páginas que escribió, habla de aquella madre que enseñaba a sus hijos a acostumbrarse a la idea de morir por su patria, y que les ponía por sí misma los arreos del combate, Martí habla de ella como de una matrona romana. En aquel hogar de patriotas, de soldados, de ciudadanos y de héroes, el patriota por excelencia, el soldado más tenaz, el ciudadano más perfecto, el héroe más brillante, es el que acaba de caer al golpe de la fatalidad.
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