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EL AMOR IDEAL DE 
IGNACIO AGRAMONTE
 

Todos los pueblos tienen sus historias de héroes y sus leyendas de amantes, seres que se distinguieron en hazañas o en amores extraordinarios. Cuba tiene los dos en la figura de Ignacio Agramonte, que hizo legendaria su actuación de soldado, y cuya pasión por Amalia Simoni es el capítulo de amor en los anales de la Guerra Grande. Lo heroico en él es su trayectoria: se asomó a la vida, la vio bella, y la entregó a la patria. Siempre es más triste la muerte del hombre feliz que la de un desgraciado. Le sobraban talento para triunfar y motivos para vivir, que había encontrado en aquella mujer, según dijo, “el ideal que su corazón anhelaba”.

Tierra de guerreros y poetas es la nuestra, pero somos más dados a admirar la epopeya que el lirismo, y aún nuestros trovadores gustan más de un combate que de una leyenda de amor. Producto de una mal entendida hombría, hay una especie de recelo ante las delicadezas del espíritu, como si al varón le estorbaran la ternura y los sentimientos. En Ignacio Agramonte se suman de manera feliz las finezas del amante y la proceridad del patriota. Hablamos de él y vienen a la mente las conocidas coplas del soldado, las que escribió aquel cubano que nació en España, Pedro Mendoza, para su Cancionero heroico:

Cuba tuvo un Agramonte,
Un hijo del Camagüey,
Que fue a combatir al monte
A los soldados del rey.

Cayó en su puesto de honor
El hijo del Camagüey,
Y el muerto causó pavor
A los soldados del rey.

Y su cadáver augusto
Quemaron en Camagüey
Porque el muerto daba susto
A los soldados del rey.

Soldado, sí, pero apenas andan en la memoria los hilos de su excepcional vida amorosa.

Era proverbial la humildad de Ignacio Agramonte. “Se sonrojaba cuando le ponderaban el mérito”, dijo Martí de él, y por eso tenía don de mando, y, por esa misma virtud, superior capacidad de afecto, que la soberbia es enemiga del amor. Él sabía de su altura, y sólo quien se siente pequeño teme ser humilde; y sus subalternos, para destacarlo sobre los otros militares de su mismo rango, con elocuencia simple y decisiva, se referían a él con el comparativo de “El Mayor”.  

Quinta del doctor José Ramón Simoni, padre de Amalia, en cuyos jardines paseaban los enamorados antes de marchar Ignacio a la guerra.

Amalia Simoni e Ignacio Agramonte se conocieron en su nativo Camagüey, siendo niños. Ya él había mojado a escondidas su pañuelo en la sangre de Joaquín de Agüero, fusilado por los españoles en 1851. Luego se fue a estudiar a Barcelona, y después a La Habana, para ejercer allí de abogado. Durante cinco años ella viajó por Europa con sus padres, para estudiar idiomas y canto. Se encontraron de nuevo en un carnaval de San Juan, en Camagüey, en el cual, como augurio de la lealtad que iba a caracterizar su vida, eligieron a Amalia “Reina de la Nobleza”. Se amaron desde el primer día como si siempre se hubieran amado: todo parecía ya hecho. Las visitas a la casa del Dr. Simoni, las excursiones al campo y la vida social les servían para confirmar las coincidencias de gustos. En la corteza de un álamo grabaron sus nombres, y miraban con envidia dos palmas abrazadas que se movían juntas al empuje del viento: él le escribirá desde La Habana: “Dime si aún la palma de la derecha sigue mustia y apesadumbrada como aquella noche que la contemplábamos desde el jardín; si la fuente no te hace recordar la vuelta de aquel pasado que jamás se borrará de mi memoria”. Y en otra carta: “Si veo dos palmas unidas que entrelazan sus pencas cariñosamente, me acuerdo de las que contemplábamos desde tu jardín. Tienen la felicidad que no disfrutamos nosotros de estar siempre unidas. Si el viento las mueve, las mueve a las dos”.

Sólo un atributo cabe sobre el más grande amor: su condición de único. Nunca se dio a otra mujer Ignacio Agramonte. En la biografía que escribió en 1928 Eugenio Betancourt Agramonte afirma que su abuelo “no conoció más amor que el de Amalia”. Todavía novios, le escribe desde La Habana: “Cuando aquí salgo al campo y tomo alguna flor me es muy triste no poder ofrecértela y contemplarla entre tus cabellos negros. Los amigos que conmigo salen también cogen flores: las suyas las traen contentos a alguna amiga; las mías son deshojadas en el camino o vienen a morir a mi mesa porque no pueden lucir en tu cabeza y no deben adornar otra”. Y meses más tarde le repite:

Nadie, Amalia, nadie ha sentido tanta felicidad porque nadie ha delirado nunca como por ti deliro. Ninguna otra persona ni otra cosa alguna pueden ejercer tan poderosa influencia en mi suerte. Una mirada tuya, una sonrisa, sería suficiente para hacerme desdeñar todo lo que fuera de ti se conjurara contra mí; y, por el contrario, si no me amaras, y si no me amaras con delirio, en vano sería que todo a mi rededor me sonriera, que el mundo me ofreciera cuantos placeres tiene para los demás. Sí, Amalia del alma, yo no encuentro dicha ni placer sino en tu amor, yo no quiero otros.

Esa fidelidad al objeto amado nunca se interrumpe: ya casados, cuando los separó la guerra, después de dos años sin noticias uno del otro, un joven oficial se burló de la castidad de Agramonte, y contaba Antonio Zambrana que el Mayor General le dijo severo al imprudente: “Mi mujer y yo nos prometimos fidelidad mutua cuando nos casamos, no me creo menos ligado que ella a ese compromiso: cuando contraigo alguno es siempre para cumplirlo rigurosamente”.  

Amalia Simoni, el amor de Ignacio Agramonte.

Como verdaderos amantes su interés siempre residía en la dicha del otro. Ella le había escrito en una carta: “Tu deber, antes que mi felicidad, es mi gusto, Ignacio mío”; y él en todas le pide que no sufra por la separación, que se distraiga. Son extraños los celos a estos amores, y Agramonte le escribe: “Me han dicho que casi todas las tardes las pasas en el jardín, y por eso van a desagradarme las palmas y la fuente. Busca distracción, y no la soledad: no quiero que estés triste”. Y poco después: “Acepto, Amalia, tu promesa de cuidarte mucho, buscar constantemente la alegría; mi amor lo necesita: quiero que seas feliz, quiero verte siempre risueña, y tú sabes que la más ligera nube en tu frente es un tormento para mí”. Y cuando al fin ella lo complace, Ignacio le escribe: “Me ha traído tu carta la grata nueva de que habías ido a un baile. Me alegra porque tenía la pena de que mientras todos se entregaban al alborozo tú habrías estado retraída y triste; únicamente siento que sólo asistieras a uno durante tantos días de fiesta...”

Antes del 10 de Octubre Agramonte estaba comprometido con los revolucionarios. Ignacio y Amalia se casaron en agosto de 1868. En noviembre él se incorporó a la guerra. Dos semanas más tarde ella lo seguía. Entre los sobresaltos y las fatigas de la campaña se veían ocasionalmente. Se amaban siempre. Antes de un año de casados; ya en un rancho pobre que tenía el simbólico nombre de “El Idilio”, les nació el primer hijo, a quien llamaba “mambisito” el padre cariñoso. Martí evocó aquella escena de amor: “Acaso no hay romance más bello que el de aquel guerrero que volvía de sus glorias a descansar, en la casa de palmas, junto a su novia y su hijo”.  

Facsímil de una carta de Agramonte a su esposa; le dice: "Amalia adorada: Te mando la media vara de crehuela y el dril que encargó Simoni a Telles. No hay novedad alguna y aun me hallaría perfectamente si no estuviera separado de ti. Vivir siempre junto a mi ángel y en Cuba independiente es mi deseo más vehemente. Item más, entretenidos nosotros con las gracias del vástago. Tuyo, tuyo siempre, Amalia mía. Ignacio".

En “El Idilio” sorprendieron los españoles a Amalia, y cuando le exigió el general Fajardo que pidiera a su marido deponer las armas, ella le contestó: “Primero me cortará usted la mano antes que escriba a mi esposo que abandone la causa de su patria”. Poco después salía para Nueva York, de nuevo embarazada, a ganarse la vida dando clases de piano y cantando en las iglesias. Por necesidades económicas se trasladó  luego a Mérida, donde recibió la última carta de Ignacio. Por falta de comunicación no se había interrumpido el diálogo; le dice:

Ángel mío adorado: Después de haber transcurrido larguísimo tiempo sin recibir carta tuya ni noticia alguna, hasta el punto de creer que todavía te hallabas en Nueva York, y de ignorar la suerte de nuestro segundo chiquito, que aún no había nacido cuando me escribiste la última (dic. del 70), he recibido con algunos renglones de mamá y mis hermanos la nueva de que te hallas en Mérida con Simoni. Para mi ansiedad en todo lo concerniente a mi esposa que adoro con todo el frenesí de que es capaz el corazón, y a nuestros hijos, Amalia mía, tales datos han debido parecerme harto insuficientes... Escríbeme, bien mío, cuéntame todas tus penas, todos tus sufrimientos, todas tus privaciones. ¡Cómo me las pinta la imaginación! Me alienta, sin embargo, la convicción de que en tu alma angelical y fuerte al propio tiempo, todo lo sobrellevarás con resignación aguardando llena de fe un porvenir de ventura, de que sin duda disfrutaremos después que hayamos acabado de cumplir los deberes que Cuba nos ha impuesto... Y tú, adorada mía, no dudes jamás que vivo pensando en ti; que mi más ardiente deseo se cifra en que volvamos a reunirnos para no separarnos nunca más, que no conozco otra ventura ni otro bien que tu amor; que sólo por él me es grata la vida, y que es inmutable la pasión, el delirio, con que te idolatra tu Ignacio.

Esa carta se la había entregado Antonio Zambrana, quien le contó a Amalia los peligros que corría Ignacio por su temeridad, y predijo que Agramonte no llegaría a ver el fin de la revolución. Enseguida le escribió ella la que también iba a ser su última carta al esposo:

Ignacio mío adorado: Cuantos vienen de Cuba libre, y cuantos de ella escriben, aseguran que te expones demasiado. Por interés a Cuba debes ser más prudente, por Cuba, Ignacio mío, por ella te ruego que te cuides... Sólo tengo como sufrimiento no verte. Cuídate más, amor mío, cuídate; yo quiero verte aún en esta vida. Recuerda que tu amor es mi bien, y tu existencia indispensable a la mía, que quiero que vivas y espero te esfuerces en complacer a tu esposa que te adora y delira incesantemente por ti.

No llegó a manos de Agramonte el ruego de Amalia: diez días después de escrita su carta, el 11 de mayo de 1873, caía el Bayardo en un potrero de Jimaguayú. Los españoles quemaron su cadáver, pero antes una mano piadosa cortó para Amalia unos cabellos del héroe, la única reliquia que conservó la viuda hasta su muerte, en 1918.

Él le había prometido amor eterno, y, quizás adivinando su aciago destino, no son infrecuentes despedidas como éstas en el epistolario: “Después de la tumba te idolatrará tu Ignacio...” “Cuenta siempre con el corazón y eterno amor de tu Ignacio...” “Tu esposo que delira por ti, apasionado compañero, esposo y eterno amante...” “Te adorará después de la muerte, tu Ignacio...”

Casi sola vivió los últimos años Amalia Simoni, en la vieja casa de sus padres, cerca del puente sobre el río Tínima. Y cuentan las antiguas camagüeyanas, que la veían pasear por los lugares que le recordaban a Ignacio, y que le sonreía a las flores, y que a veces entonaba pasajes de las canciones que a él le gustaban. Habían caído las palmas amigas, y el tiempo había borrado del álamo los nombres de los amantes. Y cuentan también las antiguas camagüeyanas, que aún durante las fiestas de San Juan, algunos han visto, sobre la fuente rota del jardín, dos palomas que volaban después muy alto hasta perderse juntas en el cielo.