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EL 20 DE MAYO La inauguración de la República de Cuba fue uno de los espectáculos más hermosos que se han producido en este continente. Después de luchar por la independencia como ningún otro pueblo de América, los cubanos celebraron el 20 de Mayo de 1902 con delirante alegría y el corazón lleno de promesas. La idea de convertirse en una nación independiente había parecido a muchos un sueño irrealizable, pero allí estaba, también como lección de lo que pueden la tenacidad y el sacrificio en una causa noble. Entre entusiasmos y lágrimas de júbilo se olvidaba la deslealtad de los que no habían querido separarse de España, y de los que pretendieron que los Estados Unidos no entregaran la isla a los cubanos. Y tampoco pudieron verse en aquella fiesta de optimismo las restricciones impuestas a la nueva República: nada estimula tanto la fe como el milagro, y aquello lo era: cuanto amenazaba el futuro sería después reducido. Por la falta de apóstoles luego escasearon en Cuba los prodigios, que también son éstos hijos de la esperanza. La víspera había sido de luto, por el aniversario de Dos Ríos, y de banderas a media asta. Fue como día de recogimiento y de oración que preparaba el espíritu para la fecha de gloria. A las doce de la noche empezaron los cañonazos, las campanas de las iglesias y los gritos del pueblo que quería disfrutar entera de la fiesta. En La Habana amanecieron las calles con arcos y guirnaldas de colores, con retratos de patriotas y letreros de las victorias en la guerra. Dicen las crónicas de la época que las más hermosas fueron las calles Muralla, Galiano y O’Reilly; y que ninguna plaza rivalizó en adornos con la del Cristo, y ningún edificio con los de la Auditoría, del Hotel Inglaterra y de la Manzana de Gómez. Pero en todas partes faltaba algo, como hornacina en espera de imagen: la gala mayor, la bandera cubana. Hasta parecía contenta la naturaleza: el 20 de Mayo de 1902 fue un día de espléndida primavera. Nadie quiso quedarse en casa, y el pueblo ansioso se agrupó en los lugares en que habría cambio de banderas: junto a los edificios públicos, las fortalezas, en el malecón, en la explanada de la Punta, y en la Plaza de Armas, frente al Palacio de Gobierno, donde se haría la transmisión de poderes. A las once y media de la mañana se estacionaron allí cinco compañías de soldados americanos, y poco después, junto a ellos, entre vivas y aplausos, llegaron tres de mambises, al mando del capitán José Martí Zayas Bazán. En el antiguo Salón del Trono esperaban militares cubanos y de las fuerzas de ocupación, figuras del nuevo gobierno, representantes diplomáticos y miembros de la prensa. A las 11:35 llegó al Palacio Tomás Estrada Palma, el presidente electo, y fue a recibirlo a la escalera el general Leonardo Wood, el gobernador militar de la isla. Ya en el salón de recepciones, al sonar la primera campanada de las doce, Wood leyó la carta del presidente Teodoro Roosevelt en la que ordenaba el traspaso del poder; explicó luego las obligaciones que contraía la nueva República y, deseándole todo tipo de venturas, concluyó: “Por la presente declaro que la ocupación de Cuba por los Estados Unidos, y el Gobierno Militar de la isla, han terminado”. Estaba en la azotea un ayudante del general Wood y, cuando desde el balcón le hicieron la seña convenida, empezó a arriar la insignia de los Estados Unidos. Un minuto después, entre clamores de alegría, ondeaba allí la bandera cubana. Desde el Morro el teniente Edward A. Steward miraba con gemelos la azotea de Palacio, y repitió la operación sobre montañas de aplausos; y siguieron en otras fortalezas y edificios con olas nuevas de estruendo. Y entre las torres asustadas volaron de sus nidos racimos de palomas. Parecía La Habana cien plazas de toros, y cada bandera al aire pase de capa arrancando gritos de fanáticos: juntas ahogaron las bandas de música, los pitos de los barcos y las salvas de los cañones. La dicha del pueblo al ver ondear su bandera sólo era comparable a la que debieron sentir los franceses con la toma de la Bastilla. Pero aquí no hubo sangre, ni esperaba su turno la venganza; las penas quedaron atrás, y el futuro se anunciaba purísimo. Estrada Palma y sus secretarios juraron los cargos, y en el mismo palacio Máximo Gómez abrazó a José Miguel Gómez, y le dijo la célebre frase: “Creo que hemos llegado”. Luego los cubanos acompañaron a Wood y su Estado Mayor hasta el muelle de la Caballería, donde una lancha los llevó hasta el acorazado Brooklyn, el buque insignia en la batalla de Santiago de Cuba. Enseguida embarcaron, también hacia el Norte, cientos de soldados que estaban en el campamento de Columbia y en la playa del Chivo. Por todas partes siguieron las fiestas, y en carroza paseó el Presidente hasta entrada la noche, que nadie quería recortar horas a la jornada del triunfo. Fue aquel 20 de Mayo día de encantamiento y de maravillas, que son el viático natural de la poesía. Hubo muchos versos testigos: poetas cultos y populares contaron la fiesta, pero con el cambio del gusto en esos recuerdos y en las normas poéticas, se hallaba su labor perdida. Con frecuencia cede en sus estrofas el acierto a la emoción, con rimas frágiles, adjetivos de cuña, medidas infieles e imágenes en aprieto, como mosaico de nuevo alarife; pero el mismo atropello del arte es aquí documento y pieza de testimonio. Terminada la guerra, cuando regresó a Cuba, Bonifacio Byrne, se quejó con razón de que en todas partes estaba la enseña americana, y dijo en sus conocidos versos:
Y en otra composición de este matancero cuyos cantos patrióticos le ganaron el título de “Poeta de la Guerra”, también por la misma fecha, dice del delirio y del convite:
Otro poeta de la emigración, Francisco Sellén, amigo admirado de Martí, dejó correr la pluma con el acontecimiento en estos alejandrinos dedicados a la inauguración de la República”.
También la mujer cubana llevó al verso los sentimientos y las emociones del día. Corina Agüero de Costales escribió esta composición “A la bandera en el 20 de Mayo”:
Y no podía faltar la décima campesina en el homenaje de la poesía. En unos “Cantos populares” que fechó el 20 de Mayo de 1902 dijo un bardo olvidado, José María Collantes:
Han pasado muchos años desde aquel 20 de Mayo. A la luz de la historia puede verse como candor de un sueño aquel arrebato de alegrías y esperanzas, y más lo ha de ver así quien no crea que son los soñadores los que hacen la historia. El calendario de Castro suprimió la fiesta: quizás ha querido matar el recuerdo de lo que significaba para Cuba ese día de libertad y de promesas. Pero allá en el cielo de primavera anda la libertad escondida, y volverán las campanas a aplaudirla, y los poetas a cantarla en su bandera. Y con el saber de las llagas, para que nadie lo envenene, no ha de dejar el cubano víboras en el nido de palomas.
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