La vida íntima y secreta de
José Martí

Carlos Ripoll

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VINDICACIÓN DE MARTÍ

REALIDAD, LECCIÓN Y FANTASÍA
EL HUÉSPED Y EL CONSPIRADOR
LA INVENCIÓN DE UNA NONAGENARIA
MARTÍ: LA ÚLTIMA PALABRA

Con la publicación hace más de dos años de ciertos datos que no se conocían sobre Manuel Mantilla, y de las explicaciones que los acompañaron, pudo pensarse que iba a morir la fábula de José Martí como padre de María. Pero, cumpliendo ya un siglo los chismes y murmurios que dieron origen a esa patraña, aún hay quien se empeña en tomarla como realidad: el libro La niña de New York; una revisión de la vida erótica de José Martí, del crítico José Miguel Oviedo, insiste en el asunto para justificar ciertas interpretaciones suyas de textos martianos, y ofrece un testimonio de César Romero en el cual el actor declara que su madre le aseguró, en 1935, que Martí no sólo había sido padrino de ella, sino que fue, "realmente", su padre.

REALIDAD, LECCIÓN Y FANTASÍA

En una nota de ese libro dice su autor: "Después de terminado el presente trabajo, Carlos Ripoll, buen conocedor de la obra de Martí, publicó en las páginas del Diario las Américas, de Miami, una serie de extensas crónicas tituladas respectivamente: (I) Martí y César Romero, (II) Martí y María Mantilla, (III) Martí: la esposa y la amante y (IV) La leyenda amorosa de José Martí"; y, en cada caso, Oviedo completa la información bibliográfica con sus fechas, y reduce a dos "las principales razones de esos trabajos": la primera, dice, "moral..., repite la vieja leyenda edificante" de un Martí incapaz de cometer ese adulterio; y, la segunda, "un poco más extraña.... es deleznable o irrelevante" porque destaca el parecido físico de César Romero con el hijo mayor de Mantilla y no con José Martí.

José Martí y Zayas Bazán y, abajo Manuelito Mantilla y César Romero.

El propósito de este comentario, por supuesto, no es el de defender aquellos trabajos, ni el de acusar a Oviedo de haberlos descrito de manera tan simple para que no lastimen las conclusiones de su libro; ni tampoco dudar que lo tuviera "terminado", como dice, cuando supo de ellos (alguna información que allí se dio por vez primera está en su texto, como la fecha de la muerte de Mantilla y la conducta de su hijo Manuelito durante la preparación de la guerra de 1895, entre otros datos), sino revisar el contenido y el método del análisis que caracteriza La niña de New York y, sobre todo, añadir alguna información no incluida antes en aquellos trabajos porque entonces no pareció necesaria o porque no se había hecho pública.

En 1986, antes de una conversación que tuvo Oviedo con Guillermo Cabrera Infante, en la que salió a relucir "la hija del poeta cubano", sus conocimientos sobre Martí parece que eran muy limitados: "Confieso que aunque mi admiración por Martí era, como la de muchos, grande antes de haber empezado a indagar este asunto... nunca me había interesado demasiado por aspectos específicos de su vida..." Dos años más tarde, sin embargo, el crítico se sintió listo para publicar esa obra en la que les reprocha a cubanos estudiosos de Martí el no haberle dado mayor importancia a su vida amorosa, y el que no hayan afirmado categóricamente lo que a él le conviene para darle validez a su análisis: que Martí fue, desde que la conoció, el amante de Carmita Mantilla y, como consecuencia, padre de María. Habla de una "conspiración de silencio" en la que incluye por varios motivos, entre otros, a Roberto Fernández Retamar, Luis García Pascual, Félix Lizaso, Jorge Mañach, Juan Marinello, Carlos Márquez Sterling, Gonzalo de Quesada y Cintio Vitier, muchos de los cuales han hecho valiosas contribuciones a la exégesis martiana.

Dice este libro: "La historia de Martí, Carmita y María ya no es un hecho desconocido (tal vez nunca lo fue) pero sigue figurando como dato marginal del que sólo pueden saber los curiosos y especialistas; además, nadie, hasta ahora, ha querido releer ciertos poemas de Martí (y todo un pasaje de su experiencia literaria y humana) a la luz de ellos..." Lo que se empeña en ignorar este autor es que, casi siempre, lo que se ha tratado como "dato marginal" en los estudios de Martí se debe: primero, a la falta de información concreta sobre su vida privada; segundo, a la resistencia de la crítica seria a sacar caprichosas conclusiones de apuntes, versos o pasajes determinados de sus obras; y, tercero, respecto al asunto de María Mantilla y de su madre, a la noble reserva que se ha tenido siempre para no imputarle a un hombre de tan singular virtud un hecho censurable del que sólo había rumores y dudosos testimonios. Hasta se vuelve en este libro a la desacreditada versión de "la penosa invalidez que sufría el marido de Carmita..." En otro lugar agrega: "Hay un elemento patético en este cuadro familiar: cuando Martí llega a vivir en la pensión, Manuel Mantilla es un hombre debilitado y muy enfermo, realmente un inválido del que Carmita tiene también que hacerse cargo. Es en estas circunstancias en las que se inicia la relación amorosa de Martí y Carmita..." Y partiendo de esa falsedad el crítico la asocia a una nota de Martí, sin fecha, de un libro que pensaba escribir con el título de "Cartas de un Inválido", pero es que en ese mismo cuaderno Martí dejó una relación de docenas de libros que tenía proyectados... Además, Mantilla no era un inválido. El mito de la invalidez de Manuel Mantilla, como se ha dicho en otro de los trabajos que forman este libro, lo propagó Blanca Zacharie de Baralt, en El Martí que yo conocí, pero ella entró en amistad con Carmita17 años mayor que ella al casarse con el primo de ésta, Luis Alejandro Baralt y Peoli, en 1886, un año después de la muerte de Mantilla, a quien nunca conoció.

El análisis en La niña de New York va por varios escritos de Martí, que escoge su autor, suponiendo parecidos, significados, intenciones, referencias y fechas, lo que lo obliga a expresiones como éstas: "Podría pensarse..."; "...quizás no sea aventurado suponer que hay en ese personaje algunos rasgos que pertenecen a Carmita..."; "Esa larva de pensamiento parece ser el núcleo del libro [Ismaelillo]..."; "Hay hilos secretos que unen este libro [Versos Sencillos] al anterior..."; "Testimonio de esa profunda inquietud que lo desgarra pueden ser estos breves apuntes..."; "Es de suponer que..."; "La muerte de Manuel Mantilla [y Sorzano] debió haber significado para éste [Martí] una mezcla de indescriptible alivio y culpa..."; "No es imposible suponer..."; "Apelar al nivel subconsciente del estado anímico que le dictó ese poema es tentador..."; "Quizás sea un homenaje velado a Carmita..."; y así por el estilo.

Por ese camino y con esos métodos concluye José Miguel Oviedo que, con su revisión de los textos de Martí, "quedan ampliamente demostrados la gazmoñería y los pudores victorianos de la bibliografía martiana en cuanto a la vida erótica del poeta..." Pero la única conclusión válida de su estudio es lo que ya desde hace mucho tiempo nadie ignora: primero, que tiempo después del matrimonio, Martí tuvo desavenencias con su mujer; segundo, que sufrió por la ausencia del hijo; y, tercero, que quiso entrañablemente a María Mantilla. Lo del adulterio y de la paternidad es inventado. Sería legítimo ese juego de crítica impresionista, y aun entretenido, si no tuviera que partir de un supuesto a todas luces indigno y hoy insostenible. Pasa en este asunto lo que advirtió Martí, que "los hombres no perdonan jamás a aquéllos a quienes se han visto obligados a admirar".

EL HUÉSPED Y EL CONSPIRADOR

Prescindiendo por un momento del aspecto moral de este asunto, se debe de tener en cuenta la posición del revolucionario Martí en 1880, su estado de ánimo, por qué fue a la casa de huéspedes de los Mantilla y qué hacía allí. Con ese fin conviene volver sobre lo más revelador de esa etapa de su vida, desde que llega a Cuba con su esposa, de Guatemala, a mediados de 1878, hasta el fracaso del levantamiento armado de 1880, en cuya preparación tanto trabajó. En La Habana, a los tres meses de llegar, le nació el hijo. Trabajaba entonces en el bufete de Miguel F. Viondi, participa en diversas actividades culturales y, como vicepresidente de un Club Revolucionario de La Habana y subdelegado del Comité Central de Nueva York, que preparaba la guerra en la isla, conspira contra el gobierno. En septiembre de 1879 es detenido y, pocos días después, sale deportado hacia España.

Martí llegó a Nueva York el 3 de enero de 1880, y el día 9, por unanimidad, el Comité Revolucionario lo nombró Vocal. Y en el más famoso discurso de aquella época, uno de sus más brillantes y conocidos, dijo: "... Seamos honrados, cueste lo que cueste... Sólo las virtudes producen en los pueblos un bienestar constante y serio... Los grandes derechos no se compran con lágrimas, sino con sangre... Si tuviéramos tiempo yo afirmaría con la mano puesta sobre la cabeza rubia de mi hijo, que creo honradamente, meditadamente, que no tienen esos perpetuos esperadores derecho alguno para fiar de la política probable la salud de la patria..." Era el 24 de enero. El día 5 del siguiente mes volvía a escribirle a Viondi: "Envío al fin para mi hijo, puesto que Carmen viene, sus chucherías de abrigo... Yo cumplo con mi deber: Dios me amparará. Aún no sé qué va a ser de mí. ¡Qué no haré yo porque tengan ella y mi pequeñuelo cuanto les sea necesario!".

A su llegada, como se ha dicho, Martí vivió unos días en casa del coronel Miguel Fernández Ledesma y Céspedes. Este patriota, nacido en Manzanillo, se había unido a las fuerzas revolucionarias de Camagüey en respuesta al Grito de Yara, del 10 de Octubre de 1868. Un año más tarde lo hicieron prisionero los españoles y lo enviaron al Presidio de La Habana, donde Martí cumplía condena. Como Fernández Ledesma tenía medios de fortuna, en la cárcel le daban una comida especial, pero Martí, sólo podía comer el mal rancho de los presos comunes. El coronel tuvo lástima del infeliz muchacho y compartió su cantina con Martí, lo que éste le agradeció toda la vida. Fernández Ledesma se había casado en Camagüey en 1857 con Angela del Castillo y Agramonte, de ilustre familia mambisa: prima del Mayor General Ignacio Agramonte y, al igual que su marido, emparentada con Carlos Manuel de Céspedes. Antes que Martí, el coronel había sido deportado a España, pero logró huir para luego establecerse en Nueva York. Los Fernández Ledesma le recomendaron a Martí, que esperaba a la esposa y al hijo y que estaba en plena labor revolucionaria, la casa de huéspedes de los Mantilla.

Era esa casa, por otra parte, el lugar más indicado para que viviera el conspirador, por ser bien conocida entre los cubanos y aparentemente segura. Pero tan conspicua era que la agencia Pinkerton, por órdenes de España, mantenía allí un espía, "E.S.", cuyos informes (que nada dicen de Mantilla enfermo ni de la menor irregularidad en las relaciones entre Martí y la dueña ) se conservan en el Archivo Histórico de Madrid. El agente de Pinkerton se llamaba Edwin Stolbin, "de 32 años, soltero, sin ocupación y nacido en Alemania", según aparece en la hoja del censo del 5 de junio de 1880, que hace algún tiempo le facilitó desde California el señor José Luis Domínguez al autor de este trabajo. En dicho documento hay una columna en la que se lee: "Is the person [on the day of the Enumerator's visit] sick or temporarily disabled, so as to be unable to attend to ordinary business or duties? If so, what is the sickness or dissability?" Y, como era de esperarse, en Mantilla, que lo describen como comerciante ("Commerce. Merchant"), el que hizo la enumeración tampoco indicó que estuviera enfermo o impedido para llevar una vida normal.

Cuando Martí ocupó la presidencia interina del Comité Central Revolucionario, en substitución de Calixto García, Carmen Zayas Bazán ya estaba en Nueva York. Tuvo que complacerle la recomendación que le hicieron a Martí de la casa de huéspedes de Mantilla: venía de familiares de ella. Según datos del genealogista David Masnata y de Quesada, Miguel Fernández Ledesma era tío de Carmen; y Angela del Castillo, también por otra rama, su tía (Rosario, la hermana del primero, estaba casada con Bernabé Varona Duque Estrada, primo, por Varona, de Francisco Zayas Bazán, el padre de Carmen. El padre de Hortensia Varona y Quesada, esposa de Miguel F. Viondi, el amigo de Martí, era primo hermano del padre de Carmen; y la madre de Hortensia, que se llamaba Julia Varona de Quesada era, a su vez, prima segunda de Angela, la esposa de Fernández Ledesma). Martí sintió siempre especial devoción por el hogar de estos amigos: a la hija de ellos Isabel Carolina ("Cocola"), le escribió el primero de abril de 1880 estos versos:

Yo no sé qué puro aroma
tiene tu hogar, que parece
que aquí la vida amanece
entre plumas de paloma.

Pero sé que cuando llego
cansado y entristecido
pidiendo a mi pecho herido
para luchar nuevo fuego,

Siento brisa generosa
que mi amargura suaviza,
y una palabra que hechiza
y una mirada sedosa.

Y fuerte para luchar,
y seguro de vencer,
siempre que te vengo a ver
salgo fiero de tu hogar. [...]

Y años más tarde, en un retrato, Martí escribió: "A Cocola, hija de un hombre generoso y de una amiga fidelísima". Y cuando murió en Nueva York ese "hombre generoso", en 1891, en la carta de pésame a la viuda y la hija, que se encontraban en Cuba, les dice: "... De rodillas, con mi mano sobre su pecho, implorando a Dios, sentí los últimos latidos de aquel corazón noble, generoso y patriota..."

Cuando se fueron a la llamada Guerra Chiquita los principales dirigentes revolucionarios, Martí se multiplicó para atender las urgentes y numerosas obligaciones del Comité Central de Nueva York. El día 6 de mayo le dice en una carta a Manuel Mercado:

Aquí estoy ahora, empujado por los sucesos, dirigiendo en esta afligida emigración nuestro nuevo movimiento revolucionario. Sólo los primeros que siegan, siegan flores. Por fortuna yo entro en esta campaña sin más gozo que el árido cumplir la tarea más útil, elevada y difícil que se ha ofrecido a mis ojos. Me siento aún con fuerzas para ella, y la he emprendido. Creo que es una deserción en la vida, penable como la de un soldado en campaña, la de consagrar, por el propio provecho, sus fuerzas a algo menos grave que aquello de lo cual somos capaces. Poseer algo no es más que el deber de emplearlo bien.

Al día siguiente de escrita esa carta, después de múltiples vicisitudes, la expedición de Calixto García llegaba a Cuba. Tres meses más tarde cayó prisionero de los españoles el general por lo que se daba por terminada aquella contienda.

Con esos antecedentes, producto de la responsabilidad, el crédito y la actuación del revolucionario, con los ojos de la emigración de Nueva York puestos en él; en medio de la ansiedad por tener a su lado a su esposa y a su hijo, ¿iba Martí a seducir a Carmen Mantilla una mujer honesta, pero que acababa de conocer, de escaso atractivo físico, de poca cultura y cinco años mayor que él exponiéndose a la vergüenza del escándalo, aun con un marido consentidor, a que de una u otra manera se enteraran del asunto sus compañeros de la conspiración, sus jefes, entre los que había figuras de gran prestigio, y sus amigos, y los familiares de Carmen Zayas Bazán, de moral austera, y su propia esposa? En una oportunidad hizo esta confesión que dejó en el silencio de sus apuntes: "Mis compatriotas son mis dueños... Les debo cuenta de mis actos: hasta de los más personales: todo hombre está obligado a honrar con su vida privada, tanto como con la pública, a la patria".

Y no eran aquellos tiempos fáciles al perdón del adulterio: la mujer se exponía al divorcio, al ostracismo social y a perder la custodia de sus hijos; y el hombre tenía que afrontar el reproche, cuando no el repudio, de cuantos lo conocían. Eran los tiempos en que aún se hablaba en Nueva York del pastor protestante Henry Ward Beecher, famoso orador en Brooklyn, respetado por las clases privilegiadas antes de cometer adulterio en 1874 con Elizabeth, la mujer de su amigo Theodore Tilton, por lo que perdió la consideración y el respeto de muchos que antes lo admiraban: lo llevaron a juicio, y el marido burlado pidió cien mil dólares por el agravio: "Con el hurto de la mujer ajena fue su proceso la befa nacional", escribió Martí, quien, sin conocer bien la figura de este Reverendo, enemigo de los pobres y de la caridad, elogiaba el mérito de su palabra; años después, en 1887, con motivo de la muerte de Beecher, añadía Martí al hacer un balance de sus actos: "... Luego bajó la cuesta de la vida, acusado de una culpa odiosa: el adulterio con la mujer de un amigo. Veinte años ha llevado la carga, jadeando como un Hércules. Jamás recobró la altura que tenía antes de su pecado, porque todo se puede fingir menos la estimación de sí propio; aunque en su pasmosa energía, o en su sincero arrepentimiento, encontró fuerzas para seguir siendo elocuente cuando ya no era honrado..."

En el libro que origina estos comentarios, su autor critica a los que presentan a Martí como "una figura sobrehumana, un titán incorruptible, un gigante de la especie a salvo de las flaquezas del común de los mortales", ya que, para ellos, agrega, "la vida de Martí es ejemplar, un trozo de mármol puro y blanco como las imágenes de su poesía, una trayectoria que no se mide con los parámetros usuales sino que es ella misma un paradigma con el cual medir a los otros..." Y concluye: "Una figura de esa talla no admite fracturas: cualquier desliz puede desnaturalizarla..." No será, por cierto, el autor de estas páginas, quien espigue en esos atributos que tanto parecen molestar al crítico peruano. Sí, el hombre tuvo sus defectos, todo el mundo lo sabe, fue de barro y cometió errores, pero eso no le quita condición "ejemplar" a su vida al menos para los que no podemos ni soñar acercarnos a la altura de su amor a la humanidad, a la justicia y a la patria; a su generosidad y a su espíritu de sacrificio; ni por nada de lo que hizo o dejó de hacer pierde mucho de lo bueno que de él ha dicho la crítica sensata. Pero aquí no se trata de simples "flaquezas" ni de un "desliz" cualquiera, ni de un adulterio fortuito en un escenario frívolo en el que se mueven personajes menudos. Para que hayan existido relaciones íntimas entre Martí y Carmen Mantilla en las seis o siete semanas que van desde que llega a la casa de huéspedes hasta fines de febrero, más o menos nueve meses antes del nacimiento de María Mantilla, Martí tuvo que ser mucho peor que el "común de los mortales"; Martí tuvo que ser un ingrato, un irresponsable, un hipócrita y un necio.

LA INVENCIÓN DE UNA NONAGENARIA

Lo más notable de esta Revisión de la vida erótica de José Martí es la entrevista de su autor con César Romero, por lo que nunca había dicho en público, de que conservaba una carta en la que su madre le decía: "Por favor, nunca vuelvas a decir que él [Martí] era mi padrino, porque tú ves, hijo querido, él fue realmente mi padre [subrayado en el libro]". Según esta declaración, María Mantilla no supo que era "hija" de Martí hasta 1935. Se lo dijo Ubaldina Barranco viuda de Guerra cuando ésta tenía "noventa y tantos años", en una visita que le hizo a los padres del actor, quien cuenta así el asunto:

En esa ocasión, mi padre, César [Julián] Romero, hizo un aparte con la vieja señora y le preguntó: "Ubaldina, ¿alguna vez Carmita te confesó que Martí era el padre de María?" Y ella respondió: "Sí. Yo estaba con Carmita cuando ella recibió la noticia de que Martí había muerto en Cuba. En medio de su dolor y su angustia, ella me lo contó". Y mi padre le dijo: "¿Por qué no vas y le dices a María eso?" Ella replicó: "¿Quieres decirme que ella no lo sabe todavía?" Mi padre contestó: "No, no lo sabe. Todavía cree que fue su padrino, nada más". Y Ubita [la hija de Ubaldina] fue donde estaba María y se lo dijo.

Ubaldina Guerra la que, según César Romero, a los "noventa y tantos años" fue quien le dijo en 1935 a María Mantilla que ella era hija de Martí.

El testimonio de Ubaldina Guerra es dudoso no sólo por sus "noventa y tantos años" sino porque según Blanca Baralt, en ese tiempo mucho más cerca de la familia de Mantilla, Carmita y sus hijas estaban en la casa de ella cuando se recibió en Nueva York esa noticia, y nada dice que allí estuviera también Ubaldina Guerra; y, por otra parte, según la única carta que se conoce en la que Carmita habló del asunto, escrita en Central Valley el 24 de julio de 1895, tampoco menciona a Ubaldina para nada al recibirse la noticia de Dos Ríos. En otro lugar se hizo referencia a las visitas que le hizo el autor de este libro a Pedro Agustín Barranco, aquel anciano que tantos detalles e impresiones le ofreció sobre Martí en Nueva York, y sobre sus contemporáneos, y que le dio amplia información sobre Carmita Mantilla, y que llegó hasta confirmar la sospecha de que su tío Benjamín, el esposo de Ubaldina Barranco, había malversado fondos del Partido Revolucionario Cubano, no le dijo una palabra sobre que María Mantilla fuera hija de Martí; y la oportunidad se presentó en varias ocasiones, y él no parecía dado a reservas de esa naturaleza.

En 1936, al año siguiente de la escena que contó César Romero, que no deja de parecer de una de las malas películas que por entonces producía Hollywood, el actor le concedió una entrevista (que se describe en el capítulo sobre "Martí y Cesar Romero") en la que afirmó que "Ella [su madre] era muy niña cuando Martí fue a vivir a casa de abuelita..." Es decir, según esa declaración, Martí ni conocía a Carmita cuando nació María Mantilla. ¿Por qué entonces no cumplió César Romero con lo que le había pedido su madre el año anterior? ("Por favor, nunca vuelvas a decir que él..." ). En 1944 Virgilio Ferrer Gutiérrez en su libro Perú en la independencia de Cuba, y otros temas americanos, publicado en La Habana por los editores de la revista Índice, como se vio en ese mismo trabajo sobre "Martí y César Romero", cuenta cómo el actor de cine, siendo niño, supo de Martí; y en una revista de La Habana el periodista reprodujo una carta del actor de cine en la que afirmaba que, efectivamente, él era "nieto" de Martí.

César Romero acompañó al actor Tyrone Power en un viaje de "buena voluntad" que los llevó a La Habana en 1946. Aquí aparecen junto al copiloto en el bimotor en que volaron por toda Hispanoamérica; con el presidente Grau San Martín; rodeados de admiradores; y anunciado una de las más elegantes sastrerías de la ciudad.

Dos años más tarde, sin embargo, la Twentieth Century-Fox le pagó un viaje de buena voluntad por Hispanoamérica al actor Tyrone Power, quien acababa de terminar la película "The Razor's Edge", y que se disponía para su próxima actuación en "The Captain of Castile", sobre la conquista de México. Además de su secretario y un copiloto, fue en ese viaje el asiduo compañero de Tyrone Power, César Romero. Después de visitar casi todos los países de Centro y Suramérica, de más de 20 mil millas de vuelo y 10 semanas de viaje llegaron a La Habana. La popularidad de Tyrone Power hizo innecesario que César Romero hablara de su "parentesco" con Martí: en audiencia especial los recibió el presidente Grau San Martín, visitaron la sastrería "El Sol", de La Habana, y en el Hotel Nacional hubo una fiesta de gala para los visitantes... Tampoco le pareció conveniente a César Romero aprovecharse del crédito de su "abuelo" cuando se iba a filmar "La rosa blanca" en 1953; se quejó, sí, porque ni lo habían considerado para el papel principal, pero nada más. ¿Por qué su madre, María Mantilla, que había estado en La Habana poco antes de la película, invitada por Batista para las fiestas del Centenario, no habló de su parentesco con Martí? ¿No le había pedido ella a su hijo hacía muchos años que dijera la verdad sobre ese asunto? Ya habían muerto su esposo, su madre, el hijo de Martí y casi todos los testigos de aquella época... Pero ella guardó silencio. Jamás María Mantilla se atrevió a decir públicamente que ella era hija de Martí.

En una entrevista que le hizo Boze Hadleigh, autor de Hollywood Gays (publicado en Nueva York en 1996, dos años después de la muerte de César Romero), su entrevistado le confesó ser homosexual, y le habló de Tyrone Power ("Ty was irresistible, not just phisically… Into my life he brought a lot of sunshine"), aún se insiste en que  César Romero "was a grandson of Cuban liberator, José Martí".

Se hizo referencia ya en este libro al desconocimiento que mostraba César Romero sobre Martí y sobre todo lo que se relacionaba con Cuba. Al hablar ahora con Oviedo para el libro La niña de New York, tiene el actor de cine la osadía de decir que la vida de Martí con su abuela y con su madre "ha sido siempre algo que se ha tratado a la ligera", cuando lo cierto es que el propio César Romero, con sus contradicciones, comentarios y silencios es quien ha tratado el asunto con la mayor ligereza. Luego, en la entrevista, dice que él convenció a su madre para que no se hiciera enterrar con los papeles de Martí que conservaba la familia: "Estas cosas", asegura haberle dicho, "son parte de la historia de Cuba. Es como enterrar testimonios de Washington o Lincoln". Pero ni eso es cierto: el Diario que Martí les dedicó a María y a su hermana se lo dio Carmita Miyares en 1910 a Manuel Sanguily, y cuando el hijo de éste quiso publicarlo, en 1925, y les pidió permiso a Carmita hija y a María, éstas le confesaron que ni sabían que quince años antes su madre se hubiera deshecho de él. Y en cuanto a las cartas que menciona, se las dio María Mantilla a Mañach para su Martí, el apóstol, a principios de la década del 30, cuando la visitó en New Jersey; por eso luego se publicaron en el tomo 67 de las Obras Completas, de la Editorial Trópico, en 1946, con una nota en que se lee: "Agradecemos muy especialmente al Dr. Jorge Mañach ésta y las demás cartas de Martí a María Mantilla, que publicamos en este volumen, y que le fueron gentilmente facilitadas por la propia María Mantilla". Años más tarde volvió a dárselas a Félix Lizaso, quien las publicó en 1950 en una edición facsimilar. Y, finalmente, ya bien conocidas, es cuando ella se las entregó a Batista en su visita a La Habana, en 1953. También dice César Romero que su abuela murió en 1926, cuando lo cierto es que murió en 1925; que ella "tuvo otro hijo (además de Manuelito, Carmita, Ernesto y María) que murió muy niño", cuando lo cierto es que Carmita Mantilla tuvo dos hijas que murieron antes de cumplir un año de nacidas: Mary of Carmel, en 1873, e Isabel Felicia, en 1874. También dice César Romero que los Mantilla no tuvieron propiamente una casa de huéspedes, "nadie extraño venía y sencillamente alquilaba allí una pieza", pero, ¿de qué otra manera puede uno explicarse cómo llegó a ser inquilino en el lugar el alemán espía de Pinkerton? Pero en esta entrevista se le hace una oportuna concesión al crítico José Miguel Oviedo: César Romero sabía muy poco de la historia relacionada con Martí, y aún mayor ignorancia debía de tener, por su desconocimiento del español, de lo literario, pero afirma coincidiendo con las teorías de su entrevistador: "El amor de Martí por ella [María] es un hecho muy importante, incluso a nivel literario. Todos saben que en 1882 publicó Ismaelillo, dedicado a su hijo legítimo. Pero nadie ha tomado en consideración los sentimientos que tenía hacia esta niña con la que vivía en New York..."

Ese poco saber de César Romero sobre el pasado de su familia, en relación con Cuba, se explicó en varios trabajos que publicó el autor de éste sobre el mismo tema: diversos acontecimientos alejaron a los Mantilla y a los Romero del mundo de sus mayores: Martí, la Guerra de Independencia y Cuba quedaron en su hogar como un brumoso telón de fondo sin contornos ni detalles precisos. Con la mayor candidez y sinceridad así me lo describió en una extensa y amable carta María Teresa Romero, hermana de César, en 1969. No tenía ella la urgencia de publicidad y de hacerse notable que los agentes de César querían para el actor de cine (sólo con la presión de ellos, a quienes no les importa ni la verdad histórica ni el crédito de Martí con tal de que crezca su cliente, puede explicarse la impertinente insistencia sobre este asunto). Preparaba yo en aquellos días, un estudio sobre Martí en Nueva York y, con la ayuda del Dr. Luis A. Baralt, amigo de mi familia y primo de los Romero, traté de visitarlos en California. Ellos se excusaron en esta carta fechada en Los Angeles el 16 de marzo de 1969, que ahora se hace pública puesto que aclara, de manera definitiva, ese aspecto de lo que aquí se trata; escribió la señorita Romero:

Please excuse my delay in answering your cordial letter of February 28. Dr. Baralt also wrote and sent me a copy of your projected study. In turn, I am sending him a carbon of this letter... It is logical that Dr. Baralt and other old time Cuban friends of my family would assume that we, the children of María Mantilla, would be a source of information with regard to that era on which my grandmother and mother were such an intimate part of the life of José Martí. There is a tendency to forget that we four Romeros are two generations removed from those years that made history in our family, and that we never knew Martí who died when my mother was still a young girl of fifteen. This is all very far away from us who were born and educated in the United States and grew up as Americans. Although my grandmother's house in New York and her summer hotel in Liberty provided, during our early years, the only Cuban environment we were to know, to us Martí was simply a great historic figure like Washington or Lincoln, and we paid little attention to anything we might have heard of a more personal nature.

After Abuelita's death some forty-five years ago, our family moved away from New York and the small group of Cuban friends with whom there had been social contact. Thus the Cuban environment faded from our lives and, from that time on, we almost always spoke English at home, even with our parents. There was little contact with such Latin-American persons as might have been interested in a discussion of Cuba's greatest patriot.

José Martí was a part of my grandmother's and my mother's life. We honor his memory and are proud of our Cuban heritage, but there was not much discussion of an intimate life at which we can only guess. Abuelita never [subrayado en el original] spoke to us of Martí in a personal way. Her past private life was kept to herself and she spoke to us only of Martí's intense dedication to Cuba and of his devotion to her children...

During the thirty-four years of residence in California and up to the death of my mother seven years ago, there were occasional but infrequent visits from Cuban friends who were passing through Los Angeles. On these occasions the name of Martí invariably came up in conversation with mother; and over the years, as we grew older and more able to appreciate the greatness of the man, my mother often spoke of him with deep love and devotion. But it was she who had the "memorias", not we. To be perfectly frank, none of us could provide such details, dates and anecdotes as you would like to have. I am the only one of the family who reads Spanishand some of it with difficulty, and in fact I always have to coach César whenever he called upon to speak any Spanish on the screen. Therefore, as you can imagine, we have not delved much into the works that have been published in that language. Our younger brother and sister do not even speak enough Spanish to hold an elementary conversation...

My brother César agrees that there really is nothing that we could tell you about those times. The figure of José Martí was always in the background of our lives, but we did not actually experience those years and, in our American-oriented lives, there was hardly opportunity for discussion of them. As you know, it is only since the advent of the Castro regime that the average American has come to hear and know the name of José Martí, or even to be even remotely interested...

MARTÍ: LA ÚLTIMA PALABRA

A principios de 1989 se publicó en Cuba, en el número 2 de la revista Patria; Cuaderno de la Cátedra Martiana de la Universidad de La Habana, el borrador de una carta inédita de Martí que viene como a responder de una vez y para siempre a los cargos que se le han hecho sobre su adulterio con la esposa de su amigo Manuel Mantilla y de haber sido el padre de María. Está dirigida a la venezolana Victoria Smith. Cuando Martí fue a Caracas, a principios de 1881, Carmita lo recomendó a sus primas Mercedes y Victoria Smith, de una familia influyente en Venezuela por descender del coronel Guillermo Smith, inglés que luchó por la independencia de la América del Sur, y que después fue, durante la presidencia del general José Antonio Páez, su ministro de finanzas y director del Banco Nacional. Por algún tiempo las hermanas vivieron en Nueva York toda vez que Mercedes estaba casada con Hamilton, quien era cónsul de Venezuela en esa ciudad.

Carta de Martí a Victoria Smith en la que, refiriéndose a sus relaciones con Carmita Mantilla, ya viuda, le advierte de manera categórica: "… Pero Ud. no tiene derecho de suponer que lo que mi cariño me obligue a hacer por la mujer de un hombre que me estimó y sus hijos huérfanos es la paga indecorosa de un favor de amor…"

La carta no tiene fecha, pero por lo que dice debió de ser escrita después de febrero de 1885, cuando enviudó Carmita, y aun de marzo, cuando cumplida su estadía de casi tres años en Nueva York, Carmen Zayas Bazán regresó con su hijo a Cuba. Como la carta en cuestión, de Martí a Victoria Smith, es de tanta importancia para lo que aquí se trata, es poco conocida y nunca ha sido comentada en el contexto que interesa ahora, se transcribe a continuación en su totalidad destacando aquellos pasajes donde están los principales descargos y quejas que en su día le sirvieron a Martí para atajar la calumnia, y que por semejante motivo, tienen aún vigencia. Con esa carta, de la infidelidad de Carmita y del adulterio de Martí en 1880, por el que se le ha creído padre de María Mantilla, quedan los dos vindicados. Para el crítico José Miguel Oviedo, que tantas ilusiones se había hecho a partir de "La niña [bastarda] de New York", puede ser desalentadora la revelación. Para César Romero puede ser un consuelo saber que su abuela fue una mujer honrada, y que por eso tanto la quiso Martí, como a María Mantilla, hija de un hogar limpio. Dice la carta:

Victoria: Carmita me ha dado conocimiento de la carta que le escribe a V., y en que se refiere a mí. Es difícil, Victoria, que una persona de su tacto y bondad, haya sabido prescindir por completo de una [sic] y de otra. De mí, perdóneme que le diga que casi no tengo que responder a V. Tengo un sentido tan exaltado e intransigente de mi propio honor, un hábito tan arraigado de posponer todo interés y goce mío al beneficio ajeno, una costumbre tan profunda de la justicia, y una seguridad tal de mí mismo, que le ruego me perdone si soy necesariamente duro, asegurándole que ni mi decoro, ni el de quien por su desdicha esté relacionado conmigo, tendrá jamás nada que temer de mí, ni requiere más vigilancia que la propia mía . Yo sé padecer por todo, Victoria, y consideraría, en llano español, una vileza, quitar por ofuscaciones amorosas el respeto público a una mujer buena y a unos pobres niños. Puedo afirmar a V., ya que su perspicacia no le ha bastado esta vez a entender mi alma, que Carmita no tiene, sean cualesquiera mis sucesos y aficiones, un amigo más seguro, y más cuidadoso de su bien parecer que yo. Además, debe V. estar cierta de que ella sabría, en caso necesario, reprimir al corazón indelicado que por satisfacer deseos o vanidades tuviese en poco el porvenir de sus hijos. En el mundo, Victoria, hay muchos dolores que merecen respeto, y grandezas calladas, dignas de admiración.

De Carmita, pues, no le digo nada, que ella sabe cuidarse. Y de mí no le puedo decir mucho ya que no tengo ni la inmodestia necesaria para referirle a V. mi vida, que he mantenido hasta ahora por encima de las pasiones y de los hombres, y tiene por esto mismo fama que no he de perder; ni tengo el derecho de escribir a V. que es dama, las palabras alborotadas que como cuando uno se ve desconocido en su mayor virtud, me vienen a la pluma.

Una observación sí me he de permitir hacerle. Leída por un extraño, como yo, la carta de V. a Carmita no parece hecha de mano amorosa, sino muy cargada de encono: ¿cómo, Victoria, si V. no es así, sin duda? No sólo tiene V. el derecho, sino el deber, de procurar que no sea Carmita desventurada; y si sospecha V. que quiere a un hombre pobre, casado y poco preparado para sacar de la vida grandes ganancias, haría V. una obra recomendable urgiéndola a salir de esta afición desventajosa. Por supuesto que si, libre de hacer en su alma, salvo el decoro de sus hijos y el propio, lo que le pareciese bien, si insistiese en esto, sería un dolor, pero un dolor respetable, puesto que no se vendía a nadie por posición social, protección o riqueza, sino que, en la fuerza de su edad y de sus gracias, a la vez que no daba a su cariño más riendas que las que no pueden ver el mundo ni sus hijos, se consagrara sin fruto y en la tristeza y el silencio a un cariño sin recompensa, y a la privación de las alegrías que de otro modo pudieran todavía esperarla. Esto, mundanamente, sería una locura, como sé yo muy bien, y le digo a cada momento, y estoy seguro de que si así fuese el caso, se le dejaría siempre inflexiblemente en la más absoluta libertad de obrar por sí, y no se impediría jamás por apariencias impremeditadas de hoy las soluciones de mañana. Pero esas penas calladas, Victoria, merecen de toda alma levantada, cuando se lleven bien, una estimación y respeto que en su carta faltan.

Ahora, de murmuraciones, ¿qué le he de decir? Ni Carmita ni yo hemos dado un solo paso que no hubiera dado ella por su parte naturalmente, a no haber vivido yo, o que en el grado de responsabilidad moral, de piedad, si V. quiere, que su situación debe inspirar a todo hombre bueno, no hubiese debido hacer un amigo íntimo de la casa, que no es hoy más que lo que fue cuando vivía el esposo de Carmita.

Yo le repito que de esto sé cuidar yo: si alguna mala persona, que a juzgar por la estimación creciente de que ella por su parte y yo por la mía vivimos rodeados, sospecha sin justificación posible y contra toda apariencia que ella recibe de mí un favor que manche, ésa, Victoria, será una de tantas maldades, mucho menos imputables y propaladas que otras, que hieren sin compasión años enteros a personas indudablemente buenas, que las soportan en calma.

Ya es tiempo de decirle adiós, Victoria. Con toda el alma, y no la tengo pequeña, aplaudo que si sospecha que Carmita intenta consagrarme su vida, desee V. apartarla de un camino donde no recogerá deshonor, porque a mi lado no es posible que lo haya, pero sí todo género de angustias y desdichas. Y si en el mundo hay para ella una salida de felicidad, dígamela y yo la ayudaré en ella. Pero V. no tiene el derecho de suponer que lo que mi cariño me obligue a hacer por la mujer de un hombre que me estimó y sus hijos huérfanos es la paga indecorosa de un favor de amor. Por acá, Victoria, en estas almas solas, vivimos a otra altura. Sea tierna, amiga mía, que es la única manera de ser bueno y de lograr lo que se quiere.

He escrito a V. tanto, más porque me apena que sea injusta con Carmita, que por mí mismo, que no me hubiera yo atrevido a molestar en mí propio su atención por tanto tiempo.

José Martí

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