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VERDAD Y DECORO EN JOSÉ MARTÍ "LA NIÑA DE NUEVA YORK" Hace tres años ahora que se terminó de publicar en el Diario las Américas, de Miami, una serie de artículos que desmentían la fábula de Martí padre de María Mantilla. Poco después la revista Patria, de la Cátedra Martiana de la Universidad de La Habana, dio a conocer el borrador de una carta desconocida de Martí con la que se confirmaba la falsedad del parentesco. Por ese motivo en otro artículo mío donde se transcribió ese borrador, se aportaron más datos sobre el asunto y se comentaba el libro La Niña de Nueva York, basado en la vieja leyenda y en el testimonio del actor de cine César Romero, el cual aún insistía en que era nieto de Martí. Hace unos meses José Miguel Oviedo, el autor del libro, defendió su tesis aportando como prueba una página de María Mantilla, de 1935, en la que afirmaba que Martí había sido su padre. Y ahora el Centro de Estudios Martianos, de La Habana, ha dicho, refiriéndose a Martí, que, efectivamente, "María Mantilla no era su hija".
Aunque interesa todo lo relacionado con Martí, con lo mucho que tiene que hacer en su patria, y en la América nuestra, y en el mundo, una figura como la suya más debe de interesar por su pensamiento que por detalles de su biografía. Pero el caso que nos ocupa no trata de un episodio trivial de su vida que puede despacharse fácilmente, sino de un acto que, de ser cierta la leyenda, y ante lo que ya hoy sabemos, lo convertiría en un mentiroso y en un cínico. De Martí dijo el crítico español Federico de Onís que "su vida fue ejemplar y dolorosa", y Gabriela Mistral lo llamó "el mejor hombre de nuestra raza", y conviene volver otra vez sobre el tema, también por la creencia de que aún puede arrojarse nueva luz sobre él, y para estar más seguros de que no quedan dudas sobre su comportamiento.
No es fácil disculparle a Oviedo que, para que tuvieran fundamento sus forzadas interpretaciones de algunos versos de Martí, hiciera del poeta lo que nunca fue. Publicado su libro por una editorial de nombre en la América Latina, el Fondo de Cultura Económica, la difamación ha llegado a muchos rincones del universo hispánico, a todos los lugares donde se venera la memoria de Martí no sólo por el hombre de letras que fue, y el pensador, sino por su virtud y por su entrega y sacrificio a las más nobles causas. La maledicencia siempre halla cómplice en la debilidad humana, y algunos críticos ingenuos, quizás confiados en el prestigio de la editorial, han contribuido a difundir la infamia. Cuando publicó La Niña de Nueva York ya sabía Oviedo que los estudiosos de la vida y la obra de Martí habían recorrido los caminos de su interés sin hacer alusión a lo que el capricho de su fantasía le iba dictando. Pero con ese atrevimiento que suele acompañar a la ignorancia, Oviedo se lanzó a la aventura esperando mostrar que él había llegado a donde otros no pudieron. Y para llamar más la atención, y para mayor escarnio, como para anunciar lo que se proponía destruir, puso en la primera página del libro, también como si fuera objeto de burla, la conocida confesión de Martí, el primero de sus Versos Sencillos: "Yo soy un hombre sincero". Todo crítico tiene la obligación de estudiar su tema, y más aún si al exponer un juicio puede reducir la honra de una persona y hasta lastimar la sensibilidad de sus lectores. Por más que Oviedo pretenda subestimar el repudio de sus conclusiones como si fuera parte de una conspiración de sustos pacatos, por más que quiera presentarse él liberado de unos principios que se resisten a ignorar una conducta liviana en quien nunca dio muestras de ella, lo que deja ver su capricho en el error no es menos que una imperdonable inconsciencia. Por pura compasión se le hubiera podido disculpar a Oviedo la ligereza de su libro, o disimularle en el silencio el disparate, pero conociendo la carta de Martí a Victoria Smith, ya viuda Carmita Mantilla, donde con toda claridad niega haber tenido relaciones amorosas con ella antes de esa fecha, y por lo tanto haber sido padre de María, que nació en 1880, no merece consideración ni respeto quien opone el débil testimonio de César Romero, o de su madre, a la palabra de José Martí. En La Niña de Nueva York, sin mayor esfuerzo Oviedo puso en duda la honradez de Martí, pero no tuvo reparos en aceptar como válido el testimonio que le facilitó Romero, parte de una carta de nueve pliegos de la que se transcriben sólo unos párrafos. Allí María Mantilla le cuenta al hijo la historia de la familia, pero resulta sospechoso que una madre, como si no tuviera importancia, le hiciera en esa forma, y en esos términos, al hijo, confesión de tal naturaleza; le dice "Do not mention that he [Martí] was my uncle, I want you to know, dear, that he was my father." ¿Y cómo, por muy torpe que fuera César Romero, ya con más de 25 años, podía haber pensado que Martí era su tío? ¿Por parte de Mantilla? ¿Y por qué no tenía ese apellido? ¿Por parte de Carmita? ¿Y por qué no se llamaba Miyares? ¿Y qué razón había para el secreto si también el viejo Romero lo sabía? Le advierte: "...but, of course, this is only for you to know, and not for publicity. It is my secret, and Father knows it..." Pero en la entrevista que publicó en su libro Oviedo, César Romero no dijo lo que aparece en ese papel; allá aseguró que la madre le había escrito: "Por favor, nunca vuelvas a decir que él era mi padrino, porque tu ves, hijo querido, él fue realmente mi padre". ¿Tío, padrino, padre?
A fines de 1958, llegó a La Habana un individuo que, igual que César Romero, decía ser nieto de Martí. Convulsionada entonces la isla por problemas políticos, pasó algo inadvertida la presencia de un tal doctor Alfredo Vicente Martí, quien había declarado a la prensa: "Soy nieto de José Martí. Mi madre, María de la Concepción, era hija natural de Conchita Sáez, que fue amante del libertador de Cuba". Traía una carta de presentación para el antiguo ministro de Justicia de la República Española, Mariano Sánchez Roca, director de la editorial Lex, que había publicado las Obras Completas de Martí, quien dijo sobre su recomendado: "Soy incapaz de afirmar que se trata de un nieto de José Martí. Lo presenté a la prensa por dos razones: primera, porque me impresionó su parecido físico con el Libertador y, segunda, porque me venía recomendado por un amigo residente en París, que es incapaz de recomendarme a un impostor..." En París había logrado este doctor Martí interesar a la Embajada de Cuba, la cual, en un cable al ministerio de Estado, en La Habana, lo llamaba "Alfredo Alberto Vicente y de Martí, nieto [del] Apóstol Martí". En general los martianos de Cuba lo consideraron un impostor. Emilio Roig de Leuchsenring, dijo: "...el caso del doctor Vicente Martí es lamentable, pues lo que sí descubre en ese presunto parentesco con el Libertador, es que tiene muy mal concepto de la moral de su abuela..." Félix Lizaso, por su parte, fue más concluyente al afirmar en una entrevista: "Para mí ese hombre es un impostor. Todo el mundo sabe en Cuba que yo opino y escribo sobre los aspectos que engrandecen a Martí. Un ejemplo de lo que digo es que, siendo amigo de María Mantilla jamás he dicho una palabra sobre ella. Ese hombre, si en realidad es nieto de Martí, ha hecho muy mal en publicar que su abuela sostuvo amores ilícitos con el Apóstol..." El único que habló con este personaje y que había conocido personalmente a Martí, fue Ernesto Mercado, hijo del íntimo amigo de Martí en México, quien trabajaba entonces en la Fragua Martiana, y observó: "Yo atendí a ese señor el día que estuvo aquí. Cuando me dijo que era nieto del Apóstol me sorprendió, y el único comentario que le hice fue que la voz se parecía mucho a la de José Martí".
Gonzalo de Quesada se interesó en el asunto e hizo estas declaraciones:
Enterada María Mantilla, en la ciudad de Los Angeles, de que había aparecido otro "nieto" de Martí, le escribió a Quesada, ofendida por el usurpador: le decía en una carta en febrero de 1959: "Yo, como usted sabe, soy la hija de Martí, y mis cuatro hijos, María Teresa, César, Graciela y Eduardo Romero, son los únicos [subrayado en el original] nietos de José Martí... Le aseguro que este asunto me ha causado mucho pesar, y realizando que no me quedan muchos años más de vida, quiero dar a conocer al mundo este secreto que guardo en el corazón con tanto orgullo y satisfacción..." Enseguida le contestó Quesada, en carta que, con la anterior, se publicó después de su muerte, y le decía:
Aunque María Mantilla le dio autorización para publicar el artículo, siempre y cuando ella lo aprobara primero, le negó el permiso para dar a conocer sus cartas "quiero evitar toda publicidad innecesaria e incriminante", le dijo. Quesada, con esas limitaciones, parece que no se sintió animado a escribir el artículo. Pasaron más de tres años y María Mantilla no volvió sobre el asunto, y en octubre de 1962 murió en la ciudad de Los Angeles... En una de sus últimas cartas Martí, desde Cabo Haitiano, le había pedido a María Mantilla: "No hagas nunca nada que me dé tristeza, o yo no quisiera que tú hicieses..." ¿Será que, al fin, no se atrevió María Mantilla a seguir jugando con la leyenda en la que tanto le iba de su decoro a Martí? Hasta sus últimos días permitió, y quiso, que otros dijeran la mentira, pero ella no se atrevió jamás a decirla públicamente. No es insólito que un artista trate de mejorar su fama inventándose un apellido, una nacionalidad o unos antepasados. Y en algunos casos se puede justificar el recurso: más fácil le fue a Rodolfo Valentino triunfar con ese nombre que con el suyo, Rudolph d'Antonguolla, y a Joan Crawford con ése que con el de su nacimiento, Lucille le Sueur; y con semejantes cambios, disfraces y afeites hicieron fortuna en Hollywood John Garfield (Julius Gartinkle) Judy Garland (Frances Gumm), Lee Cobb (Leo Jacobi), Greta Garbo (Greta Lovisa Gustafson), Tony Curtis (Bernard Schwartz) y Fred Astaire (Frederick Austerlitz), entre otros. Si los directores de cine Sternberg y Stroheim les añadieron a sus apellidos el "von" para presumir de noble ascendencia, y se convirtieron en Josef von Sternberg y Erich von Stroheim, ¿por qué no iba el pobre César Romero a querer aprovecharse de la relación de Martí con los suyos, y de los chismes que había sobre ellos, para crearse una familia ilustre y esconder la gris, para él, que le tocaba por su padre, un humilde comerciante, y por su madre, una cantadora frustrada? Para ser nieto de Martí, y más cuando Cuba empezó a sonar en el escenario internacional, ¿qué le podía importar hacer de su madre una bastarda, de su abuelo un cornudo y de su abuela una adúltera? Y menos podía importarle si la madre se prestaba a que el hijo se favoreciera con la leyenda. Y Romero nunca pudo imaginarse que le traería tanta polémica la invención, ni que con el tiempo iba a aparecer una carta del propio Martí negándole de manera categórica el parentesco, la carta a Victoria Smith, con esas palabras tan reveladoras: "Ni Carmita ni yo hemos dado un solo paso que no hubiera dado ella por su parte naturalmente, a no haber vivido yo... Usted no tiene derecho de suponer que lo que mi cariño me obligue a hacer por la mujer de un hombre que me estimó y sus hijos huérfanos es la paga indecorosa de un favor de amor..." En los otros trabajos que aquí se han reunido sobre este asunto se mencionan algunas declaraciones de César Romero que ponían en evidencia su poca familiaridad, y formalidad, con la vida de Martí, y su disposición para decir en cada momento lo que mejor le parecía. En la entrevista con Oviedo el actor destacó la frecuencia de los padecimientos del corazón en la familia de Mantilla, y, es verdad, el esposo de Carmita, murió de una "Mitral Disease of the Heart", y Manuelito de "Mitral Insuficiency". Martí, su hijo y su padre, sin embargo, padecieron de las vías respiratorias. Por las cartas de sus familiares se llega a la conclusión que don Mariano era asmático, y que quizás sufría de enfisema pulmonar. De José Martí hay muchos testimonios de que padecía de frecuentes bronquitis agudas que le hacían perder la voz y lo obligaban a guardar cama. Aparte de lo que dijeron sus contemporáneos (el Dr. Ramón Luis Miranda, Enrique Trujillo, Angel Peláez, etc.) no es difícil encontrar entre sus cartas expresiones como éstas: "Los pulmones se me quejan", "llevo el pulmón encendido y como desnudo", "No escribo porque el pulmón me quema..." Y su hijo, José Martí y Zayas Bazán tenía con frecuencia que ausentarse de Cuba para atender su dificultad en la respiración, pues padecía (quizás como su abuelo) de enfisema, y murió de una "infección pulmonar". Y César Romero, como prueba de que su madre no era descendiente de Mantilla sino de Martí, dijo en el libro de Oviedo: "... Por cierto, Manuel [Mantilla] padre murió muy temprano y del corazón. Todos los Mantilla murieron de lo mismo, era algo crónico de la familia. Pero mi madre, que era hija de Martí, nunca sufrió de ese problema". Otra vez no dice toda la verdad César Romero. Según el certificado de defunción de María Mantilla, donde él mismo informó que el nombre de la madre era "María Martí Romero", y que el padre de ella era "José Martí", aparece como causa de su muerte, el día 17 de octubre de 1962, "un infarto del miocardio", un infarto masivo ("Myocardial infart, acute")...Igual que su hermano Manolito y que su verdadero padre, Manuel Mantilla y Sorzano. La bondad de Carmita y el desamparo en que quedó por la muerte de su esposo debieron mover a Martí hacia ella, como también el gran cariño que llegó a sentir por María, a quien vio nacer, y por su hermana y su hermanito. Quien no entienda la ternura de Martí por los niños sólo se podrá explicar su particular devoción por María a través de un vínculo de sangre. No necesitaba ser su padre para quererla como la quiso: él sentía que todos los niños eran hijos suyos: En "Estrofa nueva", llama a "los niños, versos vivos"; y conviene recordar también aquí "La última página" del número final de La Edad de Oro, donde se despide de sus pequeños lectores: sin duda pensando, además de en María Mantilla, en otros huérfanos, escribió:
CARMEN: "EGOÍSTA Y VIL"; CARMITA: "UN ÁNGEL" Además de su amor por los niños, crecido por la añoranza del suyo, ¿cómo no iba a sentir lástima por la pobre Carmita Mantilla, viuda, sin fortuna ni parientes, sola, luchando en Nueva York por echar adelante a sus cuatro hijos, sin otro saber que el de alquilar habitaciones en una casa de huéspedes? Y ¿dónde podía él hallar refugio mejor que en aquella familia donde encontró la compañera que le faltaba y el amor filial que le habían robado? Y el hijo mayor de Carmita vago, tramposo y embustero fue un sufrimiento continuo para la madre: en 1895 Manuelito ya tenía 20 años, y parece que desde muy joven fue un delincuente. Para destacar la agonía de Carmita y de Martí se puede ahora añadir este otro testimonio que aparece en el Diario de soldado, de Fermín Valdés Domínguez; estaba con el general Máximo Gómez, en campaña, y escribe:
Carmen Miyares merece todo respeto, y Cuba le debe grandes servicios no sólo porque sentía la causa de la independencia de su patria, sino porque fue el más fiel y desinteresado auxiliar de Martí. La esposa, sin embargo, como cubana, no merece especial estima: con mayor educación que Carmita, y mayores luces, no supo comprender a Martí y, en particular desde 1885, se mostró como una mujer caprichosa y vengativa a quien molestaban la integridad y el patriotismo del marido, de los que se burlaba en público. Sobre este asunto cuenta en su Diario de soldado Fermín Valdés Domínguez: ...hoy también he charlado un rato en la marcha con el sobrino del Dr. [Ramón Luis] Miranda: le gusta hablar y yo gozo recordando con él a Gonzalo [de Quesada y Aróstegui] y todos los buenos de por allá [Nueva York]... Me contó que en uno de los meetings en que Gonzalo hablaba con calor de Martí [quizás en casa de Manuel F. Barranco, durante el verano de l891, cuando allí estaba la esposa], Doña Carmen Zayas Bazán se reía de las palabras elocuentes y sentidas de Gonzalo. Cuando le oía esto a Mirandita, me acordé de lo que sobre ella había escrito en el último artículo que le dediqué a Martí, y me alegré de haberla llamado necia y ridícula: más es, es infame...
Y aún otra vez hay que recurrir al testimonio de Fermín Valdés Domínguez, a su mismo Diario de soldado, para ver otros juicios que le merecía Carmen Zayas Bazán; escribe de la conversación con el general Gómez:
Este valioso recuerdo de Fermín Valdés Domínguez dice cuanto interesa aquí de los amantes y, por supuesto, nada sobre que su amigo fuera el padre de María Mantilla. No hacía falta la aclaración: tan cerca de los acontecimientos era innecesaria: a nadie se le había ocurrido el disparate. Luego se empezaron a confundir los hechos hasta que el estudio de las circunstancias en que se produjeron, y el conocimiento de la muerte de Manuel Mantilla y Sorzano, demostraron que era imposible que hubiera sucedido lo que en algún momento se pudo creer. Y al fin vino la carta de Martí a Victoria Smith a disipar todas las dudas. Martí sí fue "un hombre sincero". |
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