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PRÓLOGO La información sobre Martí que se ha podido reunir para este libro no estaba al alcance de biografías anteriores. La forman datos, testimonios y documentos que eran desconocidos o que no se analizaron con el propósito que tienen aquí. Es Vida porque, en su conjunto, estas páginas constituyen una especie de narración biográfica; es íntima porque se ocupa de la región del espíritu más reservada al conocimiento propio; y es secreta porque pertenece a esa parte del ser que con frecuencia se esconde de los demás. No ha sido fácil tarea llegar a esta nueva imagen de Martí. Por todos los medios procuró él mantener oculta su vida privada: ni fue dado a confidencias ni mantuvo esos diarios tan útiles para adentrarse en la intimidad de una persona. Su vida, llena de incomprensión y de dolor, no quiso descubrirla: "Mi pena es mi hija", dicen sus versos, "¡Mi hija/No me la han de ver jamás!"; y en otros: "¡...no tengo el impudor odioso/De enseñar mis entrañas derretidas/En estuche de verso recamado!/Viva mi nombre oscuro y en reposo..." Poco antes de su muerte, por la insistencia de Gonzalo de Quesada de que le facilitara datos para su biografía, con una rudeza no común en él, y cambiando algunos de los pronombres de primera y segunda personas en que escribía, como para más distanciarse del asunto, Martí le contesta: "Mi cariño a Gonzalo es grande, pero me sorprende que llegue, como siento ahora que llega, hasta a moverme a que le escriba, contra mi natural y mi costumbre, mis emociones personales. De ser mías, sólo, las escribiría, por el gusto de pagarle la ternura que le debo: pero en ellas habrían de ir las ajenas, y de eso no soy dueño... Martí no se cansa ni habla". Buena parte de la reserva que mantuvo sobre su vida, sin embargo, Martí la perdía al escribir, por lo que en algún momento su obra se le vuelve confesional; dijo de la poesía: "Yo te quiero, verso amigo,/Porque cuando tengo el pecho/Ya muy cansado y deshecho,/Parto la carga contigo". Y aun en otras de sus creaciones ensayos, teatro y novela, tras el artificio literario, dejó indicios de actos y sentimientos que a nadie quiso confiar. Fermín Valdés Domínguez, el amigo más cercano, recordando la resistencia de Martí a dar detalles de su vida privada, y sobre los que con él la compartieron, al referirse a sus relaciones con Carmita Mantilla, dijo: "...No olvido que hablándome él de estas cosas [confidenciales] indirectamente... ni a mí que era su hermano le parecía que debía comunicarlas..." Y se tiene la impresión de que esa reserva la impuso a cuantos estuvieron a su lado los padres, las hermanas, la esposa, las amistades y sus compañeros de lucha. Se recorren los testimonios de "los que conocieron a Martí", y casi siempre se pierde uno en esa selva de vaguedades y elogios que muy poco dicen de la interioridad del hombre. Hasta es posible dudar que alguien llegara a conocerlo íntimamente. En carta a principios de 1883, a su hermana Amelia, recién casada, le escribe: "Tú no me lo querrás creer, por estos odios míos, siempre crecientes, a poner en el papel las cosas íntimas del alma; pero el día en que supe de tus bodas, como te creí dichosa, me sentí de fiesta". Llevadas a un mínimo, entre las fuerzas que lo movieron, se destacan dos que a veces se le confunden en el mismo impulso: la patria y el amor. La patria ocupa lo público de su existencia, lo más divulgado; el amor, en su ejercicio doméstico o personal, ilumina la otra vertiente de la biografía, lo menos conocido, lo que es aquí objeto de atención preferente. A partir de lo que muestran estos trabajos no sería difícil intentar la sicobiografía de Martí, y hasta una especie de sicoanálisis. No tiene este libro ese objetivo, y, si lo tuviera, no habría de ser para reducir al héroe, sino para reducir la distancia que de él nos separa. Al verlo en ocasiones parecido a nosotros puede que parezca que se le disminuye, pero cuando después lo vemos ascender con el peso de las limitaciones que todos tenemos, aún mayores por su sensibilidad y su talento, y triunfar al fin, más grande ha de parecer la figura que cuando no se le veía toda la arcilla humana. En ningún género literario como en la biografía se distingue más el gusto del lector en inglés del de otras lenguas. Salvo la hagiografía, es notable la desproporción que existe entre lo escrito en el género para el que habla español y lo escrito para norteamericanos e ingleses. El interés de éstos por la biografía, frente al reducido favor que se nota en los otros, donde se ha de incluir también a franceses e italianos, dice mucho del carácter de los grupos. Unos parecen conformarse con las ideas mientras que el anglosajón quiere conocer también la peripecia vital que las sostiene: es la curiosidad de ir más allá de la promesa, siempre más fácil de alterar que el comportamiento del que la hace, y al tiempo de escuchar la prédica indagan sobre la vida del predicador: al "¿qué dices?" le añaden un prudente "¿quién eres?", y se salvan de caer en la trampa que puede esconder el mejor programa. Es posible así explicar la resistencia de los pueblos de habla inglesa ante los falsos apóstoles y las tiranías. La ciega conformidad con las ideas fortalece en el ser humano su natural vocación por la servidumbre, y no hay tirano sin previa cosecha de siervos. La buena biografía acostumbra a los pueblos a adentrarse en el carácter de las personas, a darle su justo valor a la conducta individual, al análisis del crédito del sujeto que la ocupa, y esa práctica, aun la ejercida sobre escritores o artistas cuya obra o actos no cambian de manera directa el destino de las naciones, ejercita al individuo, para cuando lo necesite, en el examen del reformador y del político. El déspota aborrece la biografía no sólo porque toda indagación amenaza al dogma que lo mantiene en el poder, y descubre la abyecta obediencia del vasallo, sino también porque sabe que ella será el tribunal que lo ha de juzgar. No hay verdaderas biografías junto a un tirano, sólo apologías; luego cae y se multiplican. Pero la salvación está en el análisis previo, en la diagnosis, no en la autopsia. Junto a los concursos y certámenes de poesías y novelas, como terapia, debería de haberlos, abundantes, de biografías. Los pueblos más dados al sueño y a la entelequia deben premiar de especial manera el pensamiento y la meditación. Si quiere permanecer fiel a cuanto la fundamenta, la biografía no es un género de fácil práctica. Ni el poeta ni el novelista tienen las limitaciones del biógrafo. Nacen los asuntos y los personajes en la mente de aquéllos y los manejan a capricho como demiurgos. No puede el biógrafo ser propiamente creador, sino criatura: es el biografiado quien decide por dónde ha ir, le da lo que debe mirar, y lo condiciona a un fin. Y aún más difícil tarea tiene en guardar equilibrio en lo único en que es libre: en el juicio del vivir que lo ocupa, porque al interpretarlo puede muy bien convertir la biografía en autobiografía. Es éste el mayor peligro del género, porque ya en la mera selección de datos entra la preferencia del escritor, y ella puede informar más del que escribe que del sujeto de quien se escribe. Pero una ventaja sí tiene sobre los otros el biógrafo: los medios para ejercer su oficio son siempre más amplios: al narrar una vida puede hacerlo de diversas maneras: toda la restricción a que lo somete su asunto queda anulada en cuanto se refiere a la forma de manejarlo. Con las breves estampas del Antiguo Testamento sobre Rut y Judit, y David y Tobías; y las Vidas Paralelas de Plutarco de Queronea, dando a conocer a un grupo de caudillos griegos y romanos; con los cantares de gesta que cuentan las hazañas de sus héroes, y las crónicas de los reyes que narran sus vidas; y con las historias de los "claros" o "ilustres y memorables" varones en España, y de los "worthies" en Inglaterra, se puede probar, junto al interés en el quehacer y el carácter de los personajes notables, la diversidad de formas que logran el mismo objetivo. La persistencia del género sin padecer ninguna inadecuación en el tiempo, permite pensar que tanto el biógrafo como su lector se sienten beneficiados por la contemplación de una vida, como si al conocer la intimidad de un ser ejemplar comulgaran de alguna manera con su virtud, su saber o su fama; o, si se trata de un malvado, el verle las entrañas, los pudiera librar del vicio o del castigo. El primer requisito de la biografía moderna es la objetividad, y para lograrla tiene su autor que ser honesto: no puede así desdeñar, ni por admiración, hostilidad o miedo, ningún dato que ayude al conocimiento de la vida que presenta. Lo mismo que el pintor traiciona el retrato suprimiéndole rasgos de su modelo, por incómodos o ingratos que ellos le resulten, el biógrafo tiene que llevar a su obra cuanto de relieve para el mejor entendimiento de su figura le suministre la investigación. La vida de Martí no fue un regalo, pero parece más fácil admirarlo frente a la adversidad y la pobreza que lo acechó desde la niñez que frente a las inclinaciones y debilidades de su carácter, y así se prefiere ocultarlas, como para que no salga por ellas lastimada la imagen. Pero no fue más digna de admiración la lucha de Martí contra España, o contra el egoísmo de sus compatriotas, o la incomprensión de sus familiares, que la lucha que sostuvo contra sí mismo. Con las palabras suyas que encabezan este libro, las que usó hablando de Longfellow, no fue su vida, como para el poeta de la Canción de Hiawatha, "riachuelo murmurante... cargado de flores", sino como la de los más infortunados, la de aquéllos para quienes es como "monstruo demente y bufador que los elije por jinetes, y los exalta a nubes, los sacude contra las laderas de los montes, y los esconde en abismos..." Por la libertad en la forma que tiene la biografía, se vale este libro de un grupo de trabajos que de alguna manera, y por distintos caminos, tratan de la vida de Martí. Nunca se pensó cuando fueron escritos, y publicados en su mayoría en periódicos y en folletos en las fechas indicadas al final de cada uno que iban a formar parte de una obra cuya unidad les viene sólo del tema y de la manera de tratarlo; y así se dan ahora, con pequeños cambios y adiciones, aún desnudos del aparato erudito que no aceptaba la forma original. Con el fin de hacer más fácil su entendimiento, en particular para los que no estén familiarizados con Martí, tiene este libro, al final, una breve Cronología que relaciona algunos de los momentos más importantes de su vida junto a aquéllos de mayor significación para lo que aquí interesa. Además de presentar al hombre en su más justa medida, esta Vida íntima y secreta de José Martí quiere favorecer su comprensión y destruir los infundios que por ignorancia o mala fe se han ido creando sobre él; y está dedicada a cuantos con sus trabajos le facilitaron el camino a su autor, y a todos los que con honradez estudian hoy a Martí, y lo admiran. |
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