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"Patria y mujer" es el t�tulo de unos versos de Mart� escritos a mitad de su vida, pero que reflejan el conflicto en que vivi� desde la adolescencia hasta su muerte. La patria le exigi� el mayor caudal del deber, y, despu�s de ella, el amor fue el pedazo m�s grande de su inter�s en el mundo. El Mart� patriota, su proceridad, se destaca en su bibliograf�a: se le ha llamado "santo", "ap�stol", "m�rtir", "m�stico", y es dif�cil encontrar quien haya resistido esa vertiente de admiraci�n. Como consecuencia, el otro Mart� se posterga y aun se esconde. Curioso destino: a sus contempor�neos, el hombre les ocult� el ser superior, y a nosotros, ya en el pedestal, es el ser superior quien nos oculta al hombre. Esa martiolatr�a crea una imagen que resta zonas a su ejemplaridad, pues se piensa que, por privilegiado, no sirve de regla de conducta. Es algo como lo que sucede con la hagiograf�a cristiana, que vemos hombres y mujeres tocados de la gracia, y pierden contacto con nosotros. Lo excepcional en Mart� es que no fue excepcional, que parti� de un conflicto com�n. El hecho de que salga tan crecido de la contienda entre el ideal y la vida es lo que le da tan alta dimensi�n. No vale m�s el milagro de un �guila que el milagro de una mariposa: el volar es el triunfo, pero el hombre menor no tiene pasiones de gigante, porque ser�a trampa de la naturaleza, como darle inquietudes de volc�n a una madriguera. Quien logra imponer el car�cter sobre la carga, cualquiera que �sta sea, es el vencedor, y lo notable es la victoria. No es el agonista lo ins�lito en Mart�, sino la haza�a. Cuando escribi� "Patria y mujer", la Guerra Grande de Cuba ten�a siete a�os. Mart� no acudi� a ella por la obligaci�n con sus padres y hermanas, a quienes manten�a en M�xico. Siente entonces lo que llama "El convite enamorado/De un seno de mujer", y el "dolor de patria", y ante el enfrentamiento dice en sus versos: Este cuerpo gentil rebosa vida No es del "dolor de patria" que se ocupa este cap�tulo sino de las "fatales verg�enzas" que en Mart� compet�an con su patriotismo, y que nos ayudan a comprenderlo. La mejor manera de entender a un ser humano es verlo a trav�s de sus amores. Imitando el refr�n podr�amos preguntarle a cualquiera, "Dime c�mo amas y te dir� qui�n eres". Con raz�n se quejaba Pascal de que los poetas pintaran el amor como a un ciego, creyendo fortuitas sus empresas, cuando lo cierto es que casi siempre el amor responde a la l�gica del amante. M�s que casualidades en el amor, hay complicidades, pero, sobre todo en los fracasos, es m�s f�cil declinar la culpa que asumirla. Sorprende por eso que la cr�tica preste tan poca atenci�n a la vida amorosa de los escritores y de los artistas, y m�s cuando vemos que buena parte de su quehacer est� orientado hacia el amor, o por �l, y que dieron m�s importancia a sus experiencias er�ticas que a sus creaciones. Lo que en el an�lisis literario es el estilo, en la vida es la forma de amar. Podemos descubrir en un escritor sus preferencias de gusto revisando los ep�tetos, por ejemplo, la forma en que modula la adjetivaci�n para darle al nombre peculiar significado, y as�, en una biograf�a, el amor revela la estructura espiritual del personaje. Tan incompleto es el estudio de una obra literaria sin atender al estilo, como lo es el de una vida desatendiendo su vertiente amorosa. El modelo cl�sico del conflicto entre el amor y el deber lo presenta el poema de Virgilio. En el cuarto libro de la Eneida, la pasi�n de Dido se enfrenta a la firmeza de Eneas, quien logra sustraerse del regalo amoroso por cumplir su destino. Los pintores, los m�sicos y los escritores de todos los tiempos han encontrado en esa pugna motivo de inspiraci�n porque son dos fuerzas que, en varias proporciones, reconocemos en nuestra experiencia. Pero Mart� era, al mismo tiempo, Dido y Eneas, ten�a en s� entera la pasi�n de la reina de Cartago y toda la compulsi�n por el deber del pr�ncipe troyano. La soluci�n fue f�cil en la f�bula: despu�s del idilio, cuando no pueden conjugarse los intereses opuestos, �l parte hacia Italia a cumplir su deber, y ella se clava en el pecho la espada del h�roe. El poeta latino redujo en el tiempo la aflicci�n de los personajes, pero Mart� los llev� dentro de s� casi toda su vida, y en activa faena. En m�s de una ocasi�n �l reconoci� como su �nica "flaqueza" y "enfermedad" la urgencia de sentirse amado, y la fuente preferida para aplacar su sed de ternura fue la mujer. Adem�s de error, ser�a injusticia considerar a Mart� como a un ser movido en desorden por el apetito de la carne. Como se ha dicho antes en estas p�ginas, lo que �l buscaba en la mujer era el amor, que es distinto del placer, aunque ambos tengan la misma residencia. No se puede decir que repudiaba el sexo, pero no ser�a exagerado afirmar que algunas veces fue el precio que pag� para participar del rapto amoroso. Nunca se entender�n los apremios de Mart� en el amor sin tener en cuenta la soledad a que lo llevaban sus conflictos internos. Un majadero podr�a reprocharle su queja ante alguno de sus triunfos o la suerte de su talento, que para una existencia vulgar hubieran sido m�s que suficientes, pero �l no era un hombre com�n precisamente porque sus anhelos iban m�s all� de la frugal b�squeda del com�n de los hombres. En la vida de Mart� solamente encontramos atisbos de felicidad al principio de su matrimonio, y otros de esperanza el poco tiempo que estuvo junto al hijo; no quiere esto decir que en otros momentos no tuvo compa��a, que un alma puede sentirse sola aun acompa�ada, y hasta querida. Como Mart� encontraba en el ejercicio amoroso tantos beneficios, no es extra�a su pr�ctica frecuente. Para �l, amar era a la vez el consuelo y el regalo de la vida. Por eso se pregunta: "Ni �cu�l es la fuerza de la vida y su �nica ra�z, sino el amor de la mujer? "Y en otra oportunidad dijo que amar era "sentirse el cr�neo poblado de estrellas". Ese gustar del amor lo diferencia del donjuanismo pedestre con el que a veces se le ha censurado. De acuerdo con las teor�as de Ortega y Gasset, Mart� es un buen ejemplo de lo que �l llama un "hombre interesante", que no es otro que aqu�l de quien muchas mujeres se enamoran, frente al que no lo es, cuyo inventario femenino es reducido. El inter�s del var�n en esa categor�a nada tiene que ver con su empuje er�tico, pero si a la atracci�n natural se le suma la necesidad de ser atra�do, como sucede en el caso de Mart�, aumenta la fuerza del lance amatorio. Conviene tambi�n destacar en �l la comuni�n del acto y la palabra, que despu�s, por el camino del deber, lo llevar� a practicar exacto su programa de patria. No es extra�o que los poetas canten el amor, que lo hagan el objeto de sus versos: de hecho, se tiene por la m�s acabada explicaci�n del amor la que hizo Virgilio al describir sus matices en la apasionada Dido. Pero no hay en los poetas obligado parentesco entre la invenci�n y la vida; en Mart� lo hay, y se quejaba porque sus lectores cre�an su apolog�a er�tica un puro juego, y ante las cr�ticas por su vida �ntima, dec�a: "Se me reprocha que haga en prosa lo que se me ten�a por bello cuando lo hac�a en verso". Y es que en Mart� se da la mayor legitimidad, y su poes�a es muchas veces entero el poeta. Si en su defensa del amor parece Mart� un hedonista, cuando habla del goce de los sentidos parece un moralizador. Considera que el deleite "no es concebible ni excusable sin el afecto, sin cierto g�nero de simpat�a afectuosa, sin la relaci�n espiritual"; y con imagen muy gustada por �l en este asunto, dice: "Se ama el perfume, no el �nfora nueva llena de perfume: se ama por el alma y por el cuerpo, mas no por el cuerpo si no est� como velado, aromado, embellecido, entibiado por las almas". Y tanto repugna el placer sexual por s� mismo, que dice en uno de sus escritos que "todo gozador es un traidor". Por esa actitud ante lo sensorial, Mart� no se preocupaba mucho por la belleza femenina, y es curioso observar que todas las mujeres de su vida, de que tenemos noticia e imagen, no se distinguieron por su belleza, y rara vez lo vemos elogiar, excepto cuando es reflejo del alma, la hermosura femenina: �l cre�a "desventurada la mujer en quien la belleza de las formas es la prenda mejor". Nos encontramos, pues, hasta aqu�, con un amante selectivo, buscador de una relaci�n ideal que lo complemente, donde el sexo juega un papel secundario. �Quiere esto decir que Mart� se libr� de las mujeres que podr�a haber llamado transicionales, que le sirven de puente al enamorado que busca su mujer "estrella"? Nada m�s lejos de la verdad. De que ten�a como remedio del mal de amores al amor mismo nos dan testimonio aquellas estrofas de sus Versos Sencillos, que dicen:
Y a pesar de su disgusto ante lo que califica como "il�cito amor", o "amor inmoral", tambi�n dej� en su poes�a testimonios de que no le fueron ajenos, como en este pasaje de sus Versos Libres:
En muchos aspectos Mart� se adelanta a su �poca, de ah� su vigencia, pero en algunos no se libr� de la norma de sus d�as; incluso puede calificarse, a la luz de las aspiraciones con que finaliza el siglo, de agarrado a la tradici�n. Basta recordar el juicio de Sarmiento cuando ley� las cr�nicas de Mart� censurando la libertad de la mujer americana, cuando advirti�: "Quisiera un Mart� menos latino, menos espa�ol de raza y menos americano del Sud, por un poco m�s de yanqui, el nuevo tipo de hombre moderno". En una composici�n que Mart� public� en M�xico poco antes de "Patria y mujer," dej� un resumen de lo que entonces consideraba la mujer ideal. Se trata, por supuesto, de acuerdo con las convenciones de entonces, de una virgen cuya frente no ha sido m�s que "del beso paternal sellada"; pero le advierte: "...cuando tu boca/Buscara enferma de deseo la m�a,/Con ira de mi ser te apartar�a:/Odio el amor que enciende y que provoca".
Aunque a primera vista Mart� parece tener un claro proyecto para el amor, se le enredaba la excelencia del anhelo con la imperfecci�n del camino. Mart� nunca se dio cuenta de que �l quer�a al amor m�s que a la mujer, y que el amor es una aspiraci�n que cuando se concreta, en buena parte deja de ser esa gimnasia cordial que tanto lo complace. Puede convertirse en algo muy digno y hermoso, pero concluye aquel andar con la cabeza llena de astros. Como todo ser es �l mismo y su circunstancia, tampoco es posible entender la vida sexual de Mart� fuera de su escenario, sin asomarnos a su siglo. Resulta dif�cil para nosotros imaginar aquel mundo en el que con notable frecuencia m�s se buscaba el amor desatendiendo el sexo, desde �ste siglo nuestro en el que se busca m�s el sexo desatendiendo el amor. Habr� que recordar que Mart� nace y vive dentro de la moral victoriana, de tantos pudores, que los m�dicos ten�an en la consulta una mu�eca para que las se�oras indicaran sobre ella el lugar de sus dolencias, pues se consideraba falta de recato que una mujer se se�alara ciertas partes del cuerpo. Era una �poca en la que se aceptaba a la esposa, la madre, la hija o la hermana, pero nunca a la mujer como tal, porque el menor apetito er�tico la degradaba a los ojos del hombre. Se lleg� al extremo, por esa opini�n, de considerar que los malos partos, la esterilidad y los hijos deformes se deb�an al placer femenino. Era tan estricto el c�digo moral que en las bibliotecas se ten�a por mal gusto colocar a autoras y autores juntos, porque lo que se pretend�a era mantener la mayor distancia posible entre los sexos; y tambi�n por ese motivo las habitaciones eran oscuras para impedir que se vieran demasiado los esposos; y las mujeres se vest�an con abundantes lazos y crinolinas para esconder sus encantos, al tiempo que les imped�an todo movimiento que pudiera resultar indecoroso. Hay testimonios de que la obsesi�n con el sexo lleg� a tal punto en el siglo pasado, que en algunas casas de este pa�s, como en ingl�s las patas de un mueble y las piernas de una se�ora se llaman "legs", se forraban las patas de los pianos para que no hubiera "legs" descubiertas en los hogares. Fue aquella sociedad artificial la que con raz�n inici� los movimientos feministas, y en la que m�s proliferaron los burdeles: en el Nueva York de Mart�, con poco m�s de un mill�n de habitantes, se calcula que hab�a cerca de cuarenta mil prostitutas; y cuando Mart� estaba en Madrid hab�a a�n mayor proporci�n que en Nueva York: era que el hombre part�a su vida entre la esposa y las mujeres p�blicas, quienes le supl�an la falta de sexo que �l mismo hab�a desterrado del hogar. La primera vez que Mart� habl� de las mujeres como objeto de placer, fue cuando ten�a diez y seis a�os: en carta desde el presidio le dijo a la madre: "�sta es una fea escuela, porque aunque vienen mujeres decentes, no faltan algunas que no lo son. Tan no faltan que la visita de cuatro es diaria. A Dios gracias el cuerpo de las mujeres se hizo para m� de piedra. Su alma es lo inmensamente grande, y si la tienen fea, bien pueden irse a brindar a otro lado sus hermosuras. Todo lo conseguir� la c�rcel menos hacerme variar de opini�n". Dos a�os m�s tarde, sin embargo, llega deportado a Espa�a, y ya no le parece "de piedra" el cuerpo de las mujeres: inicia en Madrid su carrera er�tica. Por algunos apuntes que dej� podemos imaginar sus actividades: con la jactancia de quien se inicia en la vida, se propone escribir un libro que va a titular "Mis mujeres. Mis conquistas. Memorias de un hombre sincero". Parece que estas aventuras fueron pagadas, pues al explicar el contenido del libro agrega: "Las conquistas amorosas de que nos envanecemos tanto, las conquistas culpables, tienen en el fondo, de parte de la mujer, la necesidad de salvarse de la miseria. Pero me resulta que, recordando con justicia, se recuerdan muchas que no tuvieron raz�n, aunque todas hubieran tenido que ir a parar a la tristeza del dinero". En sus cuatro a�os de Espa�a, seg�n confesi�n propia, Mart� tuvo un total de 14 aventuras: 6 en Madrid y 8 en Zaragoza, cantidades en las que habr� incluido a la madrile�a "M" y a la aragonesa Blanca de Montalvo. Y �c�mo podr�a explicarse ese cambio s�bito respecto a las mujeres, el paso de la indiferencia que mostr� en la c�rcel al desenfreno en Espa�a? No se le ha dado la importancia que merece a la herida que le produjo a Mart� la cadena del presidio, y ninguna se le ha prestado, al trauma sicol�gico que la herida le debi� traer. Ram�n Luis Miranda, el m�dico de Mart� en Nueva York, dijo hablando de su salud: "El mal fundamental que postraba a Mart� frecuentemente era la lesi�n inguinal producida por las cadenas que le aplicaron en presidio. Varias operaciones quir�rgicas sufri�, pero jam�s san� del mal". Y Ferm�n Vald�s Dom�nguez escribi� en su "Ofrenda de hermano": "Mart� estaba muy enfermo en julio de 1872 [cuando Vald�s Dom�nguez lleg� a Madrid]. Dos veces lo hab�an operado de un sarcocele producido por un golpe de la cadena de presidiario en las crueles faenas de la cantera. Nunca se cur� de la que fue para �l terrible dolencia, por las operaciones hechas a destiempo y en malas condiciones, y que tantas veces le oblig� a guardar cama y le imped�a andar". Y el impedimento le dur� hasta la muerte: en su Diario de soldado, el propio Vald�s Dom�nguez habla de una conversaci�n en la manigua con el general M�ximo G�mez sobre el asunto: Me dijo G�mez que Mart� ten�a un tumor en la pierna derecha que le imped�a hasta cargar el machete y el rev�lver. Pero a nadie se quej� y ten�a que obligarlo a que dejara el trabajo para que curara. En aquellos primeros d�as [de desembarcar en Cuba] no se separaba Mart� de la hamaca escribiendo todo el d�a. Me dijo tambi�n que en Santo Domingo [durante la preparaci�n del viaje] compr� un machete largo que por falta de costumbre se le met�a entre las piernas y no lo dejaba andar. Pancho le compr� este machete que yo uso y luego se lo quit�, y hasta lo tuvo que ense�ar, por su carbunclo, a llevar atado a la silla el rev�lver, y no fue el que le cogieron los espa�oles [en Dos R�os], el que trajo de Nueva York para venir con �l, era aquel rev�lver grande que Pancho mi hijo se lo cambi� por otro m�s peque�o que compr� con ese objeto. "Lesi�n inguinal", "sarcocele", "carbunclo": la descripci�n m�s cercana al accidente debe ser la m�s exacta: el "sarcocele" es un tumor del test�culo, y la herida pod�a llegarle hasta la ingle y describirse como un "carbunclo", que tambi�n es un tumor. El valor simb�lico de la herida debi� ser el de una castraci�n f�lica, lo que completar�a el cuadro sicol�gico familiar con el castigo por la agresividad del padre y la fijaci�n a la madre. El complejo de culpa ante el incesto puede explicar buena parte del culto de Mart� por el dolor, el sufrimiento y la muerte, como formas de autocastigo; y su inquietud er�tica y su necesidad obsesiva de amar y ser amado debi� ser un mecanismo de defensa ante el impulso incestuoso. La herida de Mart� del presidio, tal como la percibe su subconsciente, pudo tener similar trascendencia en su car�cter y el curso de su vida, que la bala de ca��n que en Pamplona le afect� la pierna a San Ignacio de Loyola, que tambi�n percibi� como una castraci�n, seg�n explica el jesuita W.W. Meissner en su libro sobre "la sicolog�a de un santo": el trauma movi� a San Ignacio del libertinaje al ascetismo; a Mart� de la castidad a la obsesi�n amatoria: los dos debieron sentirse humillados por la deformaci�n f�sica, y tomaron caminos distintos para superarla: uno con la renuncia, el otro con la abundancia; pero, despu�s de muchos sacrificios, los dos lograr�an la sublimaci�n de sus conflictos en el renunciamiento de sus personas y la entrega a un ideal. Tambi�n sabemos que "a los 18 a�os" Mart� estuvo tentado por un adulterio, que supo resistir, seg�n confes� hablando de su drama "Ad�ltera". �Qui�n fue aquella mujer por la que estuvo "abocado a una grave culpa"? Puesto que no se consum�, y ella con toda probabilidad nunca supo de la pasi�n de Mart�, creo poder revelar lo que me cont� F�lix Lizaso, sin decirme la fuente de su informaci�n: seg�n �l, fue Micaela Nin, la joven esposa del maestro de Mart�, Rafael Mar�a de Mendive. La �ltima vez que se vieron Micaela y Mart� fue cuando �l, entonces con l6 a�os, la acompa�aba al Castillo del Pr�ncipe, donde Mendive estaba preso, en 1869; luego, deportado a Espa�a, Mendive y la esposa se trasladaron a los Estados Unidos antes de que Mart� llegara a Madrid. Pudo, quiz�s, Mart�, para cubrir la huella de su confesi�n haber cambiado los 16 a�os que ten�a en La Habana por los 18 que ten�a en Madrid. Micaela Nin, ya anciana, hablaba de Mart� con cari�o como de "un ni�o triste" que se sentaba junto a ella a verla coser; pero no deja de llamar la atenci�n que desde que se separ� de Mendive no hablara m�s de quien fue su "padre espiritual", y esper� mucho, despu�s de su muerte, para escribir sobre el maestro. Tienta, por supuesto, imaginar la fijaci�n afectiva y un complejo de Edipo, que podr�a explicarse de la siguiente manera: Mariano Mart�, inadecuado y gris, le imped�a al joven Mart� identificarse con el padre, lo que logra a cabalidad con su maestro, culto, poeta y liberal. En las cuatro cartas que se conservan dirigidas a Mendive, en La Habana, se descubre la transferencia: en una le dice al despedirse: "Mande a su disc�pulo que lo quiere como un hijo..."; y en otra: "...a cada instante dar�a por Vd. mi vida, que es de Vd. y s�lo de Vd., y otras mil si tuviera..."; y en otra: "...si me siento con fuerzas para ser verdaderamente hombre, s�lo a Vd. se lo debo, y de Vd. y s�lo de Vd. es cuanto bueno y cari�oso tengo..."; y en la que menciona a su padre, antes citada, le dice a Mendive: "�ste me hace sufrir cada d�a m�s, y me ha llegado a lastimar tanto que confieso a Ud, con toda la franqueza ruda que Ud. me conoce que s�lo la esperanza de volver a verle me ha impedido matarme..."
En M�xico, a donde va desde Espa�a, sus amores le invaden la poes�a. Dijo en una ocasi�n: "Casi siempre despu�s de hablar con una mujer, hago versos, con una mujer distinguida, alma linda o potente, con cuerpo amable". All� sinti�, como se ha visto, una gran pasi�n por Rosario de la Pe�a, pero al no ser correspondido se puso a cortejar a Elo�sa Ag�ero. Dur� tambi�n poco la aventura, y de esas relaciones ef�meras s�lo le quedaban algunos versos y mayores soledades: de episodios semejantes dijo: "Esos amores que se encienden de s�bito y mueren de s�bito, aunque no sin poes�a, angustia y n�usea... son como esas �ltimas, fugaces, d�biles llamaradas de una buj�a que se apaga, como esos matices de la fiebre que suelen animar por instantes breves las mejillas de los moribundos". Para tener m�s exacta idea de sus actividades en M�xico, antes del matrimonio, conviene recordar una an�cdota que cont� su sobrino Ra�l Garc�a Mart�, y es la siguiente: al principio de las relaciones entre Carmen Zayas Baz�n y Mart�, un d�a que estaba enfermo, la novia fue a verlo, y durante la visita descubri� un cofre con cartas de amor. Sin que Mart� se percatara ella se lo ech� en el bolso y se fue, y cuando �l se dio cuenta, a pesar de que la madre lo encerr� en la habitaci�n para que no saliera, enfermo como estaba salt� por la ventana y corri� hasta alcanzar a Carmen, la que no quiso devolv�rselo hasta que no le prometiera dedicarse s�lo a ella. Ahora sabemos que no todas las cartas de amor que Mart� conservaba se perdieron. El matrimonio de Mart� y Carmen Zayas Baz�n es un ejemplo t�pico de esos amores que Stendhal llamaba de cristalizaci�n, en los que se proyecta sobre un ser lo que uno quisiera que fuera. Se ama entonces como a un reflejo de uno mismo que reemplaza las verdaderas cualidades del objeto amado. Dec�a el novelista franc�s en su estudio sobre el amor, que el proceso era como sumergir en agua de mar una rama en la que cristaliza la sal que luego vemos brillar a la luz; el brillo, por supuesto, no es propio de la rama y cuando desaparecen los cristales queda �sta en su pobre desnudez. Mart� hubiera necesitado para su vida una mujer distinta, que tuviera un aprecio opuesto al que tuvo la Zayas Baz�n del hombre que la amaba, sin esas exigencias dom�sticas que impiden a veces la visi�n de lo grande. Mart� habl� de esos enga�os en que resultan culpables los dos: uno por imaginar lo que no existe, y el otro por hacer la comedia de lo que no es. En un momento de reflexi�n sobre las mujeres, anot� en su Cuaderno de Apuntes: "... sin embargo, la culpa es nuestra, porque les pedimos mucho m�s de lo que pueden dar. Y suya, porque lo saben, y no nos dicen a tiempo que no poseen aquello por lo cual precisamente las amamos". Una confesi�n de Mart� se impone cuando se analizan sus ideas sobre el amor. Fue escrita hacia 1882, ya con sospechas del fracaso de su matrimonio, y llega all� a defender el amor libre puesto que el compromiso se realiza con frecuencia basado nada m�s que en la atracci�n f�sica; dice: Se da por base el amor un elemento que en el matrimonio no es capaz de sostenerlo: la simpat�a f�sica. La r�pida impresi�n externa preside, casi exclusivamente, a las vehementes expresiones y graves promesas que se han hecho condiciones indispensables del amor. Y—�hay tanta diferencia de gustarse a amarse! Debe hacerse —salvo malicia— lo que hacen ciertos indios del Estado de Veracruz: tomarse a prueba. Vivir bajo el mismo techo. Ir juntos al arroyo. Cargar juntos le�a. O�rse y conocerse. Y, si la simpat�a definitiva de las alamas no sanciona la atracci�n pasajera de los cuerpos, separarse. —Lo dem�s es jugar la vida a cara o cruz. �Sobre la mera simpat�a —esa mariposa— ha de construirse cosa tan naciza como un hogar? El hambre amorosa de Mart� se refleja en un apunte que dej� escrito, en su viaje a Guatemala, sobre la Isla de Mujeres: habla all�, con simpat�a, de la vida apacible del lugar, pero comenta: "Dicen que eso es vivir; y veo que viven. En m�, el fuego de la impaciencia, lanzar�a roto mi cr�neo al mes de aquella vida sin cielo de alma; sin l�os de mujer; sin trabajo, sin gloria y sin amor". Y no parece que Mart� logr� con facilidad apagar "el fuego de la impaciencia" que en ese pasaje descubre: en otro de sus Cuadernos aparece este juicio revelador: "Los hombres somos como la flor macho de la Valisneria Spiralis, que andamos sueltos por entre las flores hembras, sujetas, siempre a flor de agua, por un tallo amable de estira y encoge: y el polen flota buscando el pistilo..." El objeto de esta revisi�n de algunos amores de Mart�, lo que el llam� en el poema que le da nombre a este cap�tulo "fatales verg�enzas", "el convite enamorado/De un seno de mujer", no ha sido otro que presentarlo con las cargas y fatigas que le amenazaban su obra. M�s o menos activas, todos tenemos pasiones que amenazan el entendimiento y la conducta: la pasi�n de dominio, la pasi�n de la fama, la pasi�n de la avaricia, la pasi�n de la soberbia: son las que �l llamaba "pasiones bajas y feroces". Su victoria en la lucha entre el ideal y la vida, entre "Patria y Mujer", no propone la anulaci�n de las pasiones, sino su cambio de signo, hacerlas "grandiosas", que son aqu�llas de las que se deriva un bien para los dem�s, y que Mart� condens� magistralmente en su pasi�n por la patria. No es a un quietismo asustado de los peligros al que nos invita su biograf�a, sino a una participaci�n activa y generosa en todo lo que podamos ser �tiles y ayude a nuestra superaci�n. |
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