La vida íntima y secreta de
José Martí

Carlos Ripoll

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MARIANO MARTÍ

EL INMIGRANTE Y EL CELADOR
EL CIRINEO
LA MUERTE Y EL RECUERDO

"De poca inteligencia e instrucción" fueron los padres de Martí según el testimonio de Fermín Valdés Domínguez. El padre, además, tenía muy mal carácter y extremó el rigor con su hijo único cuando le descubrió la vocación literaria y el patriotismo. De él dijo Miguel Viondi, compañero de bufete de Martí, que era "un hombre de educación primitiva para quien la paternidad se entendía como facultad omnímoda para ejercer todo orden de tiranía". Y Micaela Nin, la esposa de Mendive, el maestro de Martí, describió de esta manera las relaciones entre el padre y el hijo: "... Había incompatibilidad de carácter entre los dos: el uno queriendo abarcar todo con su inteligencia y el otro un español lo más recalcitrante y rudo que pudiera haber, y las continuas luchas que tenían porque quería a todo trance sacarlo del colegio y que empezara a trabajar..."

"Entre azotes y burlas" compuso Martí sus "primeros versos", como confesó mucho después hablando de Heredia, quien había tenido la suerte de que los suyos fueran "religión y orgullo" en el hogar. Y también recordando su niñez dijo Martí en otra ocasión: "No es el menor sacrificio que a la vida se hace el sacrificio de la infancia. ¡Ay! ¡Entrar a vivir con un ramo de flores marchitas en la mano!"

EL INMIGRANTE Y EL CELADOR

Mariano Martí y Navarro nació el 31 de octubre de 1815. Su padre, Vicente, era cordelero en Valencia, y agricultor, y la madre, Manuela, tuvo once hijos, como cuenta en su Biografía familiar el nieto de don Mariano, Raúl García Martí. En su ciudad natal entró en quintas y fue ascendido a cabo. Por la época en que lo trasladaron a La Habana, España vivía en relativa calma bajo la "mano dura" del demagogo general Ramón María Narváez, que tan bien pinta Pérez Galdós en sus Episodios Nacionales. Cuba, sin embargo, acababa de pasar las insurrecciones negras e iba de las manos del déspota Federico Roncali, quien tenía por enemigos a todos los cubanos y pedía insistente a la metrópoli refuerzos militares, a las de su émulo, el odioso e inseguro Capitán General José Gutiérrez de la Concha. En el año en que llegó Mariano Martí a Cuba desembarcó Narciso López en Matanzas e hizo enarbolar en Cárdenas la que fue luego enseña nacional: el 19 de Mayo de 1850.

Micaela Nin  Colbard, la segunda esposa de Rafael María de Mendive, se hizo enterrar con el Diario de Martí en el que hablaba de su niñez, que él le había confiado.

Muy pronto debió adaptarse el valenciano a La Habana, ya de sargento primero de artillería. La ciudad era una de las más bulliciosas y alegres de América: los viajeros de la época hablan con entusiasmo de las retretas en los parques, los paseos de coches, los desfiles militares, las funciones en el teatro, las fiestas religiosas, los carnavales, las peleas de gallos y los bailes. Nada impresionaba tanto a los extranjeros que visitaban la isla como el amor de los habaneros por el baile, que, dijo la condesa de Merlín, "gustaba con pasión". Para imaginarse el ambiente que encontró don Mariano, muy aficionado a bailar, es útil volver a las páginas de Cecilia Valdés y a los comentarios de Villaverde sobre los efectos de esa "pasión" en los que frecuentaban las "casas de baile" que había en La Habana: "La danza cubana sin duda que se inventó para hacerse la corte los enamorados... [es la] aproximación de sexos en un país donde las costumbres moriscas tienden a su separación. No es aquello bailar, puesto que al son de una música gemidora y voluptuosa, es conversar íntimamente dos personas queridas, es acariciarse dos seres que se atraen mutuamente". Contó Raúl García Martí de don Mariano, a quien siempre presentó como modelo de virtudes, que "era amigo de divertirse y concurría con bastante frecuencia a los principales bailes que se celebraban", y que "era muy solicitado por el elemento femenino por lo que siempre fue innato en él: la caballerosidad, pulcritud y elegancia en el vestir... En uno de esos bailes conoció a Leonor Pérez Cabrera". Doña Leonor era natural de Santa Cruz de Tenerife, y había emigrado a Cuba con sus padres, Antonio y Rita, y con dos hermanas mayores una de ellas, según el testamento de la madre, casada con un tal Juan Martín, quizás pariente de don Mariano. A poco de llegar a La Habana la familia canaria se ganó el primer premio de la lotería, y compraron propiedades en la calle Neptuno. Después de breves relaciones, Mariano y Leonor contrajeron matrimonio en la Iglesia Parroquial de Monserrate, y se establecieron en la casa de la calle Paula número 41 hoy Leonor Pérez 314 donde al año siguiente nació José Martí.

Ya llevaba Mariano algunos años de servicio cuando en 1855 pidió licencia para retirarse, y se le concedió con el rango de subteniente graduado. No lo aceptaron en la Guardia Civil, pero al año siguiente ya era celador en el barrio del Templete. Aunque el puesto tenía cierto rango resultaba repugnante para los criollos. Valdés Domínguez describió así al padre de su amigo: "Era uno de aquellos agentes de la autoridad que, al pasar por las calles con sus dos salvaguardias detrás, dejaban el espanto de los malvados, cuando éstos no eran sus colaboradores en la persecución de algún cubano contrario al déspota". El viajero norteamericano Samuel Hazard destacó en 1871, en su libro Cuba with Pen and Pencil, la ingrata misión de espionaje que hacían los celadores siempre necesarios en todo régimen impopular y tiránico: "Families are obliged to give notice to the celador of the increase or diminution of the family, of the admission of a new inmate, or of a guest, of a change of living, and of whatever reunion or party they may celebrate in their house, thus subjecting the whole country to a complete system of espionage..."

En 1857 Mariano Martí renunció el cargo por "hallarse enfermo", dijo, y "querer pasar a curarse a la Península". No era del todo cierta esta disculpa: lo que sucedió es que al morir en ese año su suegro, Antonio Pérez Monzón, doña Leonor heredó una pequeña fortuna que les permitía el viaje a España. Pasaron por las islas Canarias y vivieron durante dos años en Valencia, donde nació María del Carmen Martí. Parece que la familia valenciana no mostró mucho interés, ni el mismo padre, por aquel pariente que había emigrado para "hacer la América", y don Mariano supo, como tantos otros españoles, que, con el tiempo, ya eran más suyas las tierras americanas que lo habían acogido que las de la península que lo vieron nacer.

La Habana que conoció Mariano Martí, desde arriba hacia la derecha, en dibujos del libro Samuel Hazard, Cuba With Pen and Pencil, 1871: Palacio del Gobierno y Plaza de Armas; la Catedral desde La Pescadería (Empedrado y Mercaderes); Paseo de Tacón (luego Carlos III); Fuente de la India (Monte y Paseo de Isabel II, luego Paseo del Prado); Calzada del Monte; Teatro Tacón (San Rafael y Prado);  calle O'Reilly; Real Cárcel (Prado y Cárcel) y Salón de Baile.

De nuevo en La Habana trabajó de policía, otra vez de celador, en el barrio de Santa Clara, donde, por su enorme bigote, le pusieron el apodo de "Boca Negra". No tenían sus superiores muy buena opinión de él: los expedientes que se conservan hablan de su honradez, pero también de su "limitada capacidad, poca aptitud y falta de buenos modales", y de su "terquedad". En una ocasión, por su culpa, "no pudo hacerse justicia" con un negro liberto que se había robado una cesta de champán; en otro incidente no quiso tomarle declaración a un cochero envenenado con atropina por el enfermero de una casa de salud; y en 1860 participó en una discusión callejera que le costó el cargo: una señora de alcurnia, Adelaida de Villalonga, iba en un quitrín desde su casa, en la calle Aguiar número 64, hacia la iglesia de la Merced. Al cruzar entre Muralla y Teniente Rey, dos carretones en dirección opuesta le impidieron el paso; nadie quiso ceder y fue necesario llamar al celador. Mariano Martí, sin que se sepa por qué, hizo retroceder el coche de la señora, la cual, ofendida, lo acusó de haberle faltado al respeto, lastimado el caballo y "despedazado la concha del carruaje".

A pesar de tan pobres antecedentes, a los ojos de las autoridades, consiguió poco después el nombramiento de capitán de partido y juez pedáneo en Hanábana, pequeño poblado entre la provincia de Matanzas y la de las Villas, entonces con unos 3,500 habitantes. Allá se llevó al hijo, de "escribiente". Otra vez tuvo problemas en el nuevo empleo, pero entonces, se ha dicho, no por torpe sino por honrado: lo dejaron cesante por no transigir con el contrabando de negros que se realizaba en aquella zona. Así decidió tentar fortuna en la parte inglesa de Honduras, donde por alguna referencia que hizo Martí, parece que tanto el padre como el hijo trabajaron en una "próspera hacienda azucarera". Al regresar a Cuba don Mariano se ensayó de comerciante en la calle Muralla, sin suerte, para entrar luego en un negocio de canteras con el dinero que sacó de las dos casas que le quedaban a doña Leonor, y perderlo (En el próximo capítulo de este libro aparece un estudio sobre el contrabando de negros en Hanábana y sobre sus actividades como comerciante).

Entre 1866 y 1868 permaneció Mariano Martí sin trabajar. Poco después del Grito de Yara lo nombraron celador de buques en Batabanó, y cuando lo trasladaron a la celaduría del barrio La Cruz Verde, en Guanabacoa, ya estaba el hijo metido en actividades subversivas: había escrito el poema "Abdala", en La Patria Libre, los sueltos en El Diablo Cojuelo y el soneto "10 de Octubre", en El Siboney: "Gracias a Dios que al fin con entereza/Rompe Cuba el dogal que la oprimía/Y altiva yergue la cabeza". Y así están, el hijo, prendido al cubanísimo Rafael María de Mendive y a sus ideas separatistas, y a las tertulias del poeta en su colegio San Pablo, a las que asistía lo más refinado de la intelectualidad de entonces en La Habana Anselmo Suárez y Romero, Victoriano Betancourt, los hermanos Sellén, el conde de Pozos Dulces, Cristóbal Madan, José Ignacio Rodríguez, y el padre, don Mariano, en su oficio de esbirro de España.

A principios de 1869 se produjeron los sucesos del teatro de Villanueva. Martí estaba cerca, en el colegio de Mendive, al que tirotearon enardecidos los españoles. Doña Leonor fue a buscarlo: corrió desde su casa, en San José entre Gervasio y Escobar, hasta Prado 88, casi esquina a Trocadero. Martí recordará el episodio en sus Versos Sencillos:

No hay bala que no taladre
El portón: y la mujer
Que llama, me ha dado el ser:
Me viene a buscar mi madre.

A la boca de la muerte,
Los valientes habaneros
Se quitaron los sombreros
Ante la matrona fuerte.

No era más difícil la situación en el país que las relaciones entre don Mariano y su hijo: Martí le escribe a su maestro:

Trabajo ahora de seis de la mañana a 8 de la noche y gano 4 onzas y media que entrego a mi padre; éste me hace sufrir cada día más, y me ha llegado a lastimar tanto que confieso a Ud. con toda la franqueza ruda, que Ud. me conoce, que sólo la esperanza de volver a verle me ha impedido matarme. La carta de Ud. de ayer me ha salvado. Algún día verá Ud. mi Diario, y en él que no era un arrebato de chiquillo sino una resolución pesada y medida.

EL CIRINEO

José Martí acababa de cumplir 16 años y no logró entender la intransigencia y los reproches de don Mariano. Luego también él fue padre, y muy cerca de la guerra, cuando por notable coincidencia su hijo Pepito acababa de cumplir 16 años, le dijo en una carta a Máximo Gómez: "El hijo que tengo, si me le falla a su país, o me lo engaña y oscurece, ni es mi hijo ni lo defiendo contra mi patria..." ¿Recordaría José Martí, al escribir estas palabras, aquel año de 1869 tan lleno de amarguras para su padre, la vergüenza que debió sentir el celador valenciano al descubrir a su hijo entre los enemigos de España, y luego la acusación de infidente y la condena a seis años de cárcel? En la carta de despedida, del 1º de abril de 1895, Martí le escribió a su hijo Pepito: "Esta noche salgo para Cuba: salgo sin ti, cuando debieras estar a mi lado... Adiós. Sé justo". También hubiera querido don Mariano, en aquel año de 1869, tener a su lado al hijo, y pudo pensar asimismo que el hijo le había fallado, oscurecido y engañado a su patria por etimología, la tierra del padre, pero ni lo negó ni dejó de defenderlo.

Martí llevó a su padre a vivir en Brooklyn, donde Carmita Mantilla tenía una casa de huéspedes, en 324 Classon Avenue, entre las calles Dekalb y Lafayette, muy cerca del puente de Brooklyn, que cruzaba para ir a trabajar en las oficinas comerciales de Carlos Carranza, en el periódico La América y en la casa editora D. Appleton, todo en la parte baja de Manhattan (vistas del puente desde el lado de Brooklyn, en 1885, y del camino de los peatones, tomadas del libro New York, 1880, publicado por Monacelli Press, New York, 1999.

El entendimiento y la comprensión entre los seres humanos sigue a veces los caminos más tortuosos: fue en el presidio, en las visitas de don Mariano, en medio del dolor, que se reconocieron. Una de las páginas más desgarradoras de Martí es la que describe ese momento en que el "padre desconsolado lloró": es del Presidio Político en Cuba, y dice así:

¡Qué día amargo aquél en que logró verme, y yo procuraba ocultarle las grietas de mi cuerpo, y él, colocarme unas almohadillas de mi madre para evitar el roce de los grillos, y vio al fin, un día después de haberme visto paseando en los salones de la cárcel, aquellas aberturas purulentas, aquellos miembros estrujados, aquella mezcla de sangre y polvo, de materia y fango, sobre que me hacían apoyar el cuerpo y correr, y correr! ¡Día amarguísimo aquél! Prendido a aquella masa informe, me miraba con espanto, envolvía a hurtadillas el vendaje, me volvía a mirar, y al fin, estrechando febrilmente la pierna triturada, rompió a llorar! Sus lágrimas caían sobre mis llagas; yo luchaba por secar su llanto; sollozos desgarradores anudaban su voz, y en esto sonó la hora del trabajo, y un brazo rudo me arrancó de allí, y él quedó de rodillas en la tierra mojada con mi sangre, y a mí me empujaba el palo hacia el montón de cajones que nos esperaba para seis horas. ¡Día amarguísimo aquél!

Las relaciones que había adquirido don Mariano en su infortunado negocio ayudaron para lograr el indulto del hijo: un catalán arrendatario de la cantera en que trabajaban los presos era amigo del Capitán General, y pudo conseguir que le conmutaran al hijo la pena por el destierro a España. El padre le pagó el pasaje. Y ya no fue más policía: hasta que se reunieron de nuevo, cinco años después, se ganó la vida como sastre de uniformes militares, primero en La Habana, luego en México. Poco le duró allí el amparo del hijo: su matrimonio y el viaje a Guatemala volvieron a separarlos, pero el vínculo entrañable no se rompió nunca: entre los "momentos supremos" de su vida, Martí incluyó "el beso de papá al salir para Guatemala".

Con la paz del Zanjón, en 1878, de nuevo están todos en La Habana. La madre y las hermanas lo acechan desde su pobreza, pero en don Mariano lo que no hacía la inteligencia lo hacía la ternura: Martí escribió en aquel año a un amigo: "Mi pobre padre, el menos penetrante de todos, es el que más justicia ha hecho a mi corazón. La verdad es que yo he cometido un gran delito: no nacer con alma de tendero..."

Martí llegó a La Habana el 31 de agosto. Tres meses después nació su hijo José Francisco. Y un año más tarde ya salía otra vez deportado para España. Pero en enero de 1879 había muerto su amigo Alfredo Torroella, y en el acto del Liceo de Guanabacoa, en el discurso en su memoria, quedaron algunas ideas sobre la paternidad: dijo en elogio del padre del poeta:

No tuvo para su hijo aquel amante padre esas rudezas de la voz, esos desvíos fingidos, esos atrevimientos de la mano, esos alardes de la fuerza que vician, merman y afean el generoso amor paterno. Puso a su hijo respeto no con el ceño airado, ni con la innoble fusta levantada; no con la áspera riña, ni con la amenaza dura, sino con ese blando consejo, plática amiga, suave regalo, tierno reproche, que deja sin arrepentimiento tardío el ánimo del padre, y llena de amoroso rubor la frente del hijo afligido por la culpa. Amigos fraternales son los padres, no implacables censores. Fusta recogerá quien siembra fusta: besos recogerá quien siembre besos; ley es única del éxito la blandura: la única ley de la autoridad es el amor.

En la sinfonía de quejas y reproches que son las cartas de doña Leonor al hijo, ya establecido en Nueva York, resalta el silencio del padre. Mucho podría decirle desde la vejez y el desamparo que se encuentra, pero calla; al final de una carta, en l882, ella le escribe: "Tu padre no se determina a decirte nada, cree decir más callando"; y en otro momento: "Tu padre dice que bastante sabes tú de él para que tenga nacesidad de decirte nada más, porque como tienen mal humor, no sabe escribir nada bueno..." Martí, sin embargo, resuelve premiarle la conformidad y el cariño, y le dice a su hermana Amelia: "Meses hace que tengo ya pensado, y dicho, lo que intento hacer. Papá vendrá a mi lado, como imagino que él lo desea, apenas cedan los fríos... Papá es sencillamente un hombre admirable. Fue honrado cuando ya nadie lo es. Y ha llevado la honradez en la médula, como lleva el perfume una flor, y la dureza una roca. Ha sido más que honrado: ha sido casto".

Mariano, el padre; José, el hijo; José Francisco, el nieto. Martí se pregunta: "¿Dónde empieza la vida? ¿De qué talleres salimos nosotros, los seres complicados y maravillosos? ¿Cómo se heredan las particularidades de la familia, los hábitos, los instintos, los defectos, las manías mismas de los padres? ¿La madre da todos los elementos conservadores de la especie; el padre, todos los elementos revolucionarios".

Llegó a Nueva York en el verano de 1884. Se hospeda en Brooklyn, donde vive Martí con la esposa y el hijo. Contento Martí le escribe a un amigo: "Papá alegra mi vida, de verlo sano de alma y puro, y al fin en reposo". Y junto a él reseña para La América un libro sobre Las leyes de herencia; está pensando también en su hijo, y se pregunta:

¿Dónde empieza la vida? ¿De qué talleres salimos nosotros, los seres complicados y maravillosos? ... La madre da todos los elementos conservadores de la especie; el padre, todos los elementos revolucionarios. La madre, los caracteres generales, fijos; el padre, la tendencia de variarlos y acrecerlos... La vida es sutil, complicada y ordenada, aunque parezca brusca, simple y desordenada al ignorante. La vida es una agrupación lenta y un encadenamiento maravilloso. La vida es un extraordinario producto artístico...

Pero ha llegado el frío a Nueva York y don Mariano le escribe a su yerno, en La Habana: "Yo hace tres meses que no salgo a la calle por la temperatura, que me hace poco favor, y la poca comida que como me hace muy mala digestión, de modo que voy rebasando como Dios quiere, y bastante disgustado, al extremo que si rebaso pienso irme a ésa a fin de septiembre de cualquier modo que sea". Ya muy enfermo y achacoso no pudo esperar y regresó a La Habana en junio de 1884, cumplido el año de la visita.

LA MUERTE Y EL RECUERDO

En la mesa de trabajo le dejó don Mariano al hijo su retrato, y Martí puso en un romance, en boca de él, buena parte de lo que era su propio programa de vida:

Viejo de la barba blanca
que contemplándome estás
desde tu marco de bronce
en mi mesa de pensar:
ya te escucho, ya te escucho:
"Hijo, más, un poco más,
piensa en mi barba de plata...
Yo sé que muriendo vas,
pero el pensar en la muerte
ya es ser cobarde; a pensar,
hijo, en el bien de los hombres,
que así no te cansarás.
El llanto a la espalda, el llanto
donde no te vean llorar:
¿Hay tanta lágrima afuera,
y vienes a darnos más?...
La barba muerta me tiembla,
hijo, de verte temblar.

Mariano Martí y Navarro murió en la madrugada del 2 de febrero de 1887. Le escribió la noticia al hijo, a Nueva York, José García. Martí le contestó al cuñado:

No hubiera querido recibir de otras manos las noticias de la muerte de mi padre. En la carta de Ud. he sentido su último calor. Si ya Ud. no fuera hermano mío, por la ternura con que me quiso a mi padre lo sería. Ud. entendió su santidad... ¡Jamás, José, una protesta contra esta austera vida mía que privó a la suya de la comodidad de la vejez! En mis horas más amargas se le veía contento de tener un hijo que supiese resistir y padecer... No es que haya muerto lo que me entristece, sino que haya muerto antes de que yo pudiera pregonar la hermosura silenciosa de su carácter, y darle pruebas públicas y grandes de mi veneración y de mi cariño.

Y en carta del 28 de febrero le da la noticia a Fermín Valdés Domínguez:

Mi padre acaba de morir, y gran parte de mí con él. Tú no sabes cómo llegué a quererlo luego que conocí, bajo su humilde exterior, toda la entereza y hermosura de su alma. Mis penas, que parecían no poder ser mayores, lo están siendo, puesto que nunca podré, como quería, amarlo y ostentarlo de manera que todos lo viesen, y le premiara, en los últimos años de su vida, aquella enérgica y soberbia virtud que yo mismo no supe estimar hasta que la mía fue puesta a prueba.

Doña Leonor, por su parte, tratando de consolar al hijo, le dice:

Tu padre bajó a la tumba sin que le faltara nada de lo necesario; y entre todos sus hijos le han dado sepultura decente, y durante 5 años tiene asegurado su pedazo de tierra; dentro de esa fecha ¿quién sabe lo que sucederá? También se le pondrá esta semana una buena cruz que José ha tenido la paciencia de hacer a ratos, le ha hecho un óvalo todo el marco grabado a pulso, de hojas de laurel y pensamientos. Los que entienden de eso dicen que tiene mérito. Dios quiera, hijo que tú puedas verlo antes de que se ponga viejo...

En los Versos Sencillos, el testamento espiritual de Martí, está, completa y breve, la amorosa presencia: otra cruz de madera, como la del buen José, pero perpetua, y también con un óvalo grabado a pulso, de hojas de laurel y pensamientos:

Si quieren que de este mundo
Lleve una memoria grata,
Llevaré, padre profundo,
Tu cabellera de plata. [...]

Rápida, como un reflejo,
Dos veces vi el alma, dos:
Cuando murió el pobre viejo,
Cuando ella me dijo adiós. [...]

Cuando me vino el honor
De la tierra generosa,
No pensé en Blanca ni en Rosa
Ni en lo grande del favor.

Pensé en el pobre artillero
Que está en la tumba, callado:
Pensé en mi padre, el soldado:
Pensé en mi padre, el obrero.

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