La vida íntima y secreta de
José Martí

Carlos Ripoll

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LA LEYENDA AMOROSA DE JOSÉ MARTÍ

EL ADULTERIO
MANUEL MANTILLA Y SORZANO

La frecuencia con la que se ha hablado de la afición de Martí por las mujeres se debe también a lo mucho que él habló del amor. Junto al amor a la patria, a los amigos y a los niños, a la humanidad y al arte, ninguna otra pasión le interesó tanto, ni ocupa lugar tan preferente en sus escritos. No podía esperarse menos de quien le concedía la mayor importancia a esa experiencia. "¿Ni cuál es la fuerza de la vida," se preguntaba, "y su única raíz, sino el amor de la mujer?" Y en otra ocasión afirmó: "En todas partes, un alma de mujer ha venido a bendecir y endulzar mi vida exhausta".

Blanca Zacherie de Baralt en el óleo de Miguel del Pino. Su libro, El Martí que yo  conocí, que se publicó en 1945 cuando ella tenía 78 años, fue lo que dio fundamento a la leyenda del adulterio de Carmita, al asegurar que Manuel Mantilla, a quien nunca ella conoció, tenía "quebrada su salud, al punto de ser casi un inválido", lo que ahora se sabe no era cierto.

Como se ha visto en algunos de los capítulos de este libro, Martí, más enamorado del amor que de la pura actividad erótica, dio con sus actos pie para diversos juicios sobre sus relaciones con las mujeres: en España con Blanca de Montalvo; en México con Rosario de la Peña; en Guatemala con María García Granados; en Nueva York con Carmita Mantilla...; y ahora con las dos que no se le conocían: la fogosa madrileña "M" y la actriz camagüeyana Eloísa Agüero. Y dejó constancia hasta de relámpagos ocasionales: la india de Centro América; la silenciosa inglesita del puerto de Southampton; las jóvenes que le tradujeron versos en los Estados Unidos: recién llegado a Nueva York, en las "Impresiones" que meses más tarde publicó en The Hour, se quejaba al no haber sentido particular atracción por ninguna mujer americana; escribió:

...Este es el único país, de todos los que he visitado, donde he permanecido una semana sin sentirme especialmente atraído y profundamente prendado de alguna mujer. Hasta en Southampton [en enero de 1875], durante una luminosa media hora, vi una dulce muchacha, nos quisimos, y nos dijimos adiós para siempre; hasta que cruzando una magnífica tierra, la costa atlántica de Guatemala [en marzo de 1877], donde, como una Venus coronada, saliendo de un río cristalino, una flexible, esbelta, pero voluptuosa mujer india se mostraba al viajero sediento en todo el encanto majestuoso de una nueva clase de impresionante y sugestiva belleza, amé y fui amado...¡Pero no he hallado en Nueva York mis dos ojos hermosos!... He pasado muchas tardes radiantes de sol entre las calles Catorce y Veintitrés; he visitado, he conversado, he comido con mujeres americanas. He conocido damas serias, jóvenes muy alegres; ellas han traducido mis versos...pero todavía estoy como un viudo inconsolable, en espera de la primera fuerte emoción...

A pesar del amplio espectro amoroso de la vida de Martí, su contacto con las mujeres con frecuencia deja ver no escondidos tintes platónicos de desinterés: más de esgrima que de duelo; más filigrana de sables que voluntad de estocar: quizás Martí podría haberse defendido con la frase de Lope de Vega cuando lo acusaban de más amoríos de los que fueron ciertos: "Yo, como los ruiseñores, tengo más voz que carne". Desde 1885, cuando tenía 15 años, Alberto Plochet estuvo en contacto con Martí, quien le elogió en 1892, por patriota, "su ancho corazón" pocos testimonios tan valiosos sobre la bondad, la entereza y la ternura que reflejaban "Los ojos de Martí" como el que con ese título publicó Plochet en la Revista Cubana, en 1932; y sobre lo que se trata aquí dejó un juicio tan breve como exacto: de él contó José. A. Portuondo en su libro Martí, escritor revolucionario:

Hace ya varios años, en una visita a Santiago de Cuba, conoció el doctor Juan Marinello al capitán Alberto Plochet y comenzaron a poco, como era de esperarse, a hablar de Martí, y al preguntarle Marinello cómo se comportaba el Apóstol en el terreno amoroso, Plochet le contestó con una frase rica de agudo sentido criollo: "Era enamorado, pero poco caminador". Es decir, el extremo opuesto del Don Juan, del villanazo y del chuchero. Enamorado como se transparenta en todos sus escritos transidos de fino amor a mujer, como todo varón normal de alma estética, persuadido de que, son sus palabras, "sin sonrisa de mujer no hay gloria completa de hombre". "Pero poco caminador", sin que maleara la fina actitud galante ningún empeño de posesión ni de conquista.

EL ADULTERIO

Por propia confesión, como se ha visto, se sabe que Martí no fue "un bailarín de virtud", y que en el amor conoció "todas las inquietudes, los tormentos todos de los hombres". Pero su concepto del deber, y los principios morales que le regían la conducta, lograron imponer cierta moderación en el amor, si no en la frecuencia, en la forma de practicarlo: jamás en su disfrute, como se ve en estos versos:

Ayer, al darme al sueño, como una nube
Venir te vi, y luego hermosa y grave
Subir en paz, como el incienso sube
Del blanco altar a la espaciosa nave.

¿Que de qué madera
Mi féretro has de hacer? Pues yo lo hiciera
De ella, de sus perlados
Brazos y sus senos perfumados.

Dibujo en el periódico Daily Graphic, de Nueva York, representando el adulterio del reverendo Henry Ward Beecher (a la derecha) con la esposa de su amigo el periodista Theodore Tilton. Al fondo se ve a la esposa, Elizabeth, arrodillada llorando sobre su hija al saberse que tenía relaciones íntimas con el pastor de su iglesia. Siempre se ha considerado el acontecimiento "the nineteenth century's biggest sex scandal". Martí calificó ese adulterio como una "culpa odiosa".

En las relaciones humanas nada condenó Martí con mayor vehemencia, que el adulterio. Y fue una constante en su vida. El repudio lo empezó a manifestar muy temprano: su drama Adúltera lo prueba; nació por una experiencia personal: de ella dijo: "A los 18 años de mi vida, estuve, por las vanidades de la edad, abocado a una grave culpa. Lo rojo brilla y seduce, y vi unos labios muy rojos en la sombra; pero interiormente iluminado por el misterioso concepto del deber, llevé la luz a la tiniebla, y vi de cerca todos sus horrores". Luego los describe, y los efectos negativos de la pasión; y censurando a los que conceden menor importancia a la afrenta, añade "Todos presentan este amor simpático: yo lo presento repugnante. Todos, contagiados del espíritu infame, lo hacen natural, y en cierto modo lógica consecuencia de pasiones atenuantes del amor de la mujer. Yo lo hago, como casi siempre es: frío, brutal y carnal. Lo desnudo de belleza porque no la tiene, ni la merece".

El argumento de Adúltera es muy sencillo: la esposa, Fleisch (carne) es seducida por Possermann (hombre vil), el amante, a pesar de los consejos que le da a ella Guttermann (hombre bueno), amigo del esposo ultrajado, Grossermann (hombre alto). En el drama hay abundancia de juicios condenatorios sobre su asunto: en una ocasión dice Guttermann: "Ciegas son del alma las mujeres que engañan a sus maridos..."; y en otra: "Las manchas de honra son tales que hasta con pensar en ellas las aumentamos... Hasta el aire es enemigo de la honra perdida, que una vez dada al aire la mancha del honor, no hay poder ya que la redima ni la recoja... La deshonra es del villano que pone manchas de deseo donde hay vida de felicidad..."; y a Fleisch, la adúltera, le dice el buen amigo: "El amor que huye de los vigilantes ojos del hogar es criminal e impuro amor... En casa de la esposa honrada hasta la sombra de un hombre mancha e infama..."; y el esposo ultrajado condena así a la adúltera: "Mujer envilecida por su voluntad, mujer manchada por el deseo, es carne, es polvo, es vil... Adúltera, no hay perdón para ti..." Al final Possermann, el amante, muere a manos de Grosserman, pero no la mata a ella, "¡Qué infamia!" dice, "¡Es mujer..., vete!" Resulta curioso observar que más de veinte años después de escrito Adúltera, Martí reproduce, con aprobación implícita de la conducta de un hombre engañado, en su Diario de Montecristi a Cabo Haitiano, un episodio semejante: camino a Santiago de los Caballeros con Máximo Gómez, descansaron las cabalgaduras en el albergue de un tal "Don Jacinto", tipo pintoresco que en cierta ocasión tuvo que huir de la justicia; de él dijo Martí con su admirable economía expresiva: "...Fue prohombre y general de fuego: dejó en su huida confiada a un compadre la mujer, y la mujer se dio al compadre: volvió él, supo, y de un tiro de carabina, a la puerta de su propia casa, le cerró los ojos al amigo infiel. ¡Y a ti, adiós!: no te mato porque eres mujer..." Igual que Grosserman con Possermann y Fleisch... Y fueron estas páginas de su Diario las que dedicó Martí a sus "niñas", Carmita y María, las hijas de la viuda de su amigo y compadre, Manuel Mantilla...

En un óleo de Garnier, de 1885, titulado "Prueba del adulterio", aparece la policía deteniendo al amante, la adúltera desnuda, su marido y un testigo. Con esa evidencia, en tiempos de Martí, se castigaba con severidad a los culpables.

Ideas semejantes sobre el adulterio aparecen en unos apuntes: al referirse a la mujer que engaña al esposo, llega a decir:

Luego de certificada la traición, no quedan en aquella mujer las condiciones que amábamos porque nos amaba: esta razón, luego del engaño, ya no existe. La amábamos, porque el espíritu humano necesita hallar, o fingirse que ha hallado, algo puro y tierno: no subsiste esta causa tampoco. Queremos en la mujer lo abnegado, lo generoso, lo blando, lo delicado: pues ya no podemos en mujer semejante querer esto... ¿Qué amaremos, pues? ¿El deleite físico? Pero éste no es concebible, ni excusable, sin el afecto, sin cierto género de viva simpatía afectuosa, sin la relación espiritual que luego del engaño no subsistirían.

En resumen, Martí entiende que no hay redención para la mujer adúltera. En un análisis del problema, en otro de sus Cuadernos, aparecen estas consideraciones, ahora desde diferente punto de vista:

Hay que estudiar dónde está la llaga: está en el relajamiento de las costumbres morales: en que el adulterio no es considerado ya sino como un delito de poca monta, y aún de cierta gracia, si no de derecho y de indispensable necesidad en la mujer, un triunfo de buen tono y como un bautismo necesario, un bautismo social, en el hombre. Cambiar de mujeres está siendo tan frecuente como prestarse libros, y aun en mentes altas la confusión en este punto ha llegado a ser sencillamente espantosa. Este es el mal. ¿Cuál es el remedio?

Y responde con estas palabras que suscribirían los más exigentes moralistas: "Faltan ideales, faltan goces verdaderos, delicados y profundos. Falta el conocimiento de sí, del que vienen alegrías supremas, dulces consagraciones y decoro. Falta confianza en la existencia futura. Faltan ciencia y cultura espiritual". Y aún en otra de sus notas, recogidas como Fragmentos, llega a decir:

El amor lícito, honradamente sentido, y decorosamente expresado, suaviza el carácter, predispone a la bondad, dota de energía la mente, acerca y acentúa toda noble fuerza. El ilícito amor, inexorable monstruo, se nutre de las entrañas que lo albergan...Pervierte y perturba. Anonada y envilece...Sólo las criaturas viles pueden hallar placer en esta clase de tremendos goces. La idea del robo perturba al poseedor...Para el hombre, la mujer culpable no es nunca una mujer estimable... El relajamiento del carácter y la debilitación de la voluntad son las inmediatas consecuencias de un amor inmoral. El hombre sincero, obligado a ocultar su amor, se convierte en hombre hipócrita... Hay una regla fija para la ventura: no hacer en la sombra todo aquello que no pueda ser aplaudido al Sol.

Y hasta sus Versos Libres llegó el tema del adulterio, con la misma condena que antes se ha visto; dice en "Bosque de rosas":

...¡Oh, gentes ruines, las que en calma gozan
De robados amores! Si es ajeno
El cariño, el placer de respetarlo
Mayor mil veces es que el de su goce;
Del buen obrar ¡qué orgullo al pecho queda
Y cómo en dulces lágrimas rebosa,
Y en extrañas palabras, que parecen
Aleteos, no voces!...

A principios de julio de 1881, cuando no llevaba cuatro meses de presidente, James A. Garfield fue baleado por un loco en la estación de ferrocarril de Washington. Durante las semanas que sobrevivió, la prensa estuvo muy atenta a la agonía de Garfield, en la que se distinguió la esposa, por su dedicación al herido. El 10 de agosto, procedente de Venezuela, había llegado a Nueva York Martí, y escribió, para La Opinión Nacional, de Caracas, un elogio de la Primera Dama, en el que deja ver sus ideas sobre lo que consideraba digno de admiración y merecedor de desprecio en las mujeres; de ella dijo:

No es esa mujer, abnegada y amante, como esas abominables figurillas que a modo de maniquíes escapados de los aparadores de las tiendas deslumbran por estas calles ricas a extranjeros incautos y a jóvenes voraces; no es esta mujer como esas criaturas frívolas y huecas, vivas sólo para la desenfrenada satisfacción de los sentidos, que afligen y espantan el espíritu sereno con su vulgar y culpable concepto de los objetos más nobles de la vida: es una compañera excelentísima apegada a su sufriente compañero, como las raíces de la tierra, y que sobre su lecho de muerte, lo enlaza y lo calienta, como esas yedras amorosas y emparrados verdes que oscurecen la entrada de los cementerios de Greenwood... No hay periódico que no celebre con palabras trémulas y agradecidas, la ingenua e inagotable solicitud, la suave y apasionada delicadeza, la enérgica y fortalecedora resignación de esta ejemplar esposa. No es mucho decir que como Washington y Lafayette y Lincoln, el casto matrimonio de Ohio tendrá de hoy más retratos colgados en las paredes de todos los hogares, y su memoria conservada en todos los corazones norteamericanos...

Entendía Martí el amor sano, y sólo él, fuente de dichas. Cuando enjuició L'Assommoir, la novela de Zola, en el análisis de las perversiones sexuales de los Macquart, dijo que solamente era "el amor casto generador de bienes". Su tragedia personal surge así cuando se le destruye el hogar, porque le resultaba difícil el amor fuera de él. Por eso defendía el matrimonio. En 1882, cuando esperaba a Carmen Zayas Bazán y a su hijo para reconstruir la vida de familia, haciendo un estudio sobre los matrimonios en Inglaterra, escribió: "La casa es como un manantial perenne de donde se sacan fuerzas diarias y nuevas, siempre frescas, y siempre poderosas, para la batalla de la vida. Juvenal predijo la caída de Roma cuando vio decaer la costumbre del matrimonio en Roma, donde durante cierto tiempo estuvo en vigor una ley que imponía mayor contribución al hombre soltero que al casado".

La grafomanía de Martí hizo que dejara en papeles huellas que ayudan a reconstruir parte de su vida íntima, y como hasta al escribir literatura de ficción, como es frecuente en los autores, ponía de sí, en ella hay algo de autobiografía. Entre los varios que escribió, este "núcleo de drama" nos acerca a sus desventuras en el hogar, base para una obra de teatro que pensaba escribir:

Él, ingenuo y grandioso, ve en el matrimonio lo que ve un poeta. Ella, ya mundana y frívola, lo que ve una mariposa que vuela sobre pantanos. Él la realización de su sueño de cielo: ella la realización de su sueño de tierra... A él lo posee una tristeza desgarradora. Y es ya un muerto, un muerto a quien nadie sacude, a quien nada reanima: que fuera del hogar legal y normal, no hay nada, aun para aquél a quien le falta todo. Un hijo. Él halla una mujer sencilla, la compañera. Pero es tarde: la primera no tiene el derecho de reclamar. Y no hay solución. Un hijo no se parte... Puesto que erramos, por nuestra propia voluntad, paguemos nuestro error. Bien pudimos no errar. Pero pagar con toda la vida un error que viene simplemente del ejercicio honrado de nuestra bondad. Ser desdichado porque se es bueno, o mientras se es, se es más desdichado. Todo queda como debe. Ella, la buena, sol. Él abrazado a su deber...

Años más tarde, después de escribir ese "núcleo de drama", ya cerca del rompimiento definitivo con la esposa, dicen sus Versos Sencillos:

Corazón que lleva roto
El ancla fiel del hogar,
Va como barca perdida
Que no sabe a dónde va.

MANUEL MANTILLA Y SORZANO

Además de recorrer pasajes menos conocidos sobre la vida privada de Martí, se ha querido demostrar aquí que, por el hecho de que existieran relaciones entre él y la viuda de Mantilla, no hay motivo para creer que fuera el padre de María. Por otra parte se ha querido también en estas páginas poner en evidencia el poco fundamento que tiene cuanto supone el parentesco entre Martí y María. Todo indica que los esfuerzos para encubrir esas relaciones, que podían dañar la causa de Cuba, el prestigio de Martí y la reputación de Carmita, dejaron ocultos o trastornados una serie de datos por lo que pudo pensarse que empezaron sus relaciones acabados de conocerse. Con la mejor intención se creó una especie de leyenda sobre esos amores, la cual, como toda leyenda, más se basaba en la tradición que en la verdad, más en lo maravilloso que en lo histórico. A la luz de los hechos, tal como se ha expuesto, habría que alterar tanto la circunstancia y desfigurar tanto a los actores que resulta imposible aceptarla. Tendría Martí que haber sido un libertino y un irresponsable para entrar en la casa de ese matrimonio y, en menos de dos meses, seducir y preñar a la dueña para después recibir allí mismo a su esposa e hijo, y vivir con ellos en el lugar del delito, con el marido engañado y la amante embarazada.

El mismo día 25 de marzo de 1895 en el que Martí firmó el Manifiesto de Montecristi, en que había escrito: "la guerra no es contra el español...", en La Habana los españoles, para desacreditarlo, como no le podía achacar otro defecto, publicaron en el periódico La Política Cómica esta caricatura en la que se divulgaba el mito de Martí mujeriego y borrachín.

No era Manuel Mantilla, como lo pintó la leyenda, y se ha dicho en estas páginas, un anciano inválido a las puertas de la muerte. Nadie se había preocupado de aclarar las circunstancias de su muerte, ni la fecha en que ocurrió, ni la edad que entonces tenía. Ahora, como se ha visto, al consultar su certificado de defunción, y con otras averiguaciones pertinentes, se sabe que tenía 37 años cuando Martí llegó a su casa, que estaba activo en su negocio y había sido padre de seis hijos a intervalos de dos o tres años, o menos, y el menor le había nacido hacía dos años.

Carmen Mantilla, además, pobre y trabajadora, era y fue siempre una mujer honrada, de familia conocida y respetable de Santiago de Cuba. No hubiera merecido, si no, el cariño y los elogios de Martí si a las pocas semanas de conocerlo se le hubiera entregado, adúltera dos veces: por él y por ella. ¿Acaso su desprecio por la adúltera le hubiera permitido convivir los últimos 10 años de su vida con quien había ultrajado al esposo y profanado su hogar? ¿Qué Martí es ése? Ese no es Martí; ése es Possermann, el "hombre vil" del drama. Para que Martí hubiera sido el padre de María Mantilla habría que inventar otro Martí. Para esa conducta hipócrita y ese acto no sirve el que fue, el que tantos cubanos desde bien cerca idolatraban; el que muchos, por sola su palabra, sacrificaron por la causa de Cuba la vida, la familia y la hacienda.

Último pliego de la carta de la hermana de César Romero, María Teresa, la que se transcribe en este trabajo. A la derecha, en una foto familiar, María Teresa Romero junto a su hermano. Abajo, sus padres.

Nublada por el respeto se creó hace un siglo la leyenda para ocultar o justificar las relaciones de los amantes, la cual como si fuera sagrada historia, nunca se sometió a escrutinio, y así se llegó hasta sancionar el adulterio y el vínculo de sangre entre Martí y María Mantilla.

Una última refutación. También se ha propuesto, en apoyo de la leyenda, el parecido de César Romero con Martí. Pero no es válido ese argumento: a quien se parece físicamente César Romero no es a Martí sino a su tío Manuelito Mantilla: compárese la figura de éste en la foto junto a Martí, en Cayo Hueso, en 1894, con la del actor César Romero, cuando joven, y se verá lo dicho. Los tres Martí, Mantilla y Romero tienen, por supuesto, parecida estampa: pelo y ojos muy negros, cutis de trigueño y bigote poblado, al igual que el hijo de Martí. Pero hay diferencias notables: las cejas de los Martí son menos arqueadas que las de los Mantilla; las orejas de éstos son menos abiertas que las de los otros; el pelo es más liso y menos abundante en Martí y su hijo, como don Mariano, en comparación al más ondulado y profuso de Manuelito Mantilla y de su sobrino; la frente de los Martí es abultada, convexa, la de los otros lisa; la curva del cuero cabelludo sobre la frente, las entradas, presentan formas distintas en cada familia. Martí, su padre y su hijo tienen los rasgos comunes del hombre mediterráneo del sur de Europa; César Romero y Manuelito Mantilla, los del mestizo andino, por los abuelos de éste, por parte de padre, ambos naturales de Colombia; y del Caribe, por sus otros abuelos, de Venezuela y las Antillas. A la confusión del parecido entre Martí y Romero contribuyeron, en parte los pintores y los escultores, los cuales, convencidos del inventado parentesco, o influidos por él, movieron sus creyones y cinceles, porque estaba cerca, más que hacia el héroe hacia el actor de cine.

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