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LA LEYENDA AMOROSA DE JOSÉ MARTÍ EL ADULTERIO
Como se ha visto en algunos de los capítulos de este libro, Martí, más enamorado del amor que de la pura actividad erótica, dio con sus actos pie para diversos juicios sobre sus relaciones con las mujeres: en España con Blanca de Montalvo; en México con Rosario de la Peña; en Guatemala con María García Granados; en Nueva York con Carmita Mantilla...; y ahora con las dos que no se le conocían: la fogosa madrileña "M" y la actriz camagüeyana Eloísa Agüero. Y dejó constancia hasta de relámpagos ocasionales: la india de Centro América; la silenciosa inglesita del puerto de Southampton; las jóvenes que le tradujeron versos en los Estados Unidos: recién llegado a Nueva York, en las "Impresiones" que meses más tarde publicó en The Hour, se quejaba al no haber sentido particular atracción por ninguna mujer americana; escribió:
A pesar del amplio espectro amoroso de la vida de Martí, su contacto con las mujeres con frecuencia deja ver no escondidos tintes platónicos de desinterés: más de esgrima que de duelo; más filigrana de sables que voluntad de estocar: quizás Martí podría haberse defendido con la frase de Lope de Vega cuando lo acusaban de más amoríos de los que fueron ciertos: "Yo, como los ruiseñores, tengo más voz que carne". Desde 1885, cuando tenía 15 años, Alberto Plochet estuvo en contacto con Martí, quien le elogió en 1892, por patriota, "su ancho corazón" pocos testimonios tan valiosos sobre la bondad, la entereza y la ternura que reflejaban "Los ojos de Martí" como el que con ese título publicó Plochet en la Revista Cubana, en 1932; y sobre lo que se trata aquí dejó un juicio tan breve como exacto: de él contó José. A. Portuondo en su libro Martí, escritor revolucionario: Hace ya varios años, en una visita a Santiago de Cuba, conoció el doctor Juan Marinello al capitán Alberto Plochet y comenzaron a poco, como era de esperarse, a hablar de Martí, y al preguntarle Marinello cómo se comportaba el Apóstol en el terreno amoroso, Plochet le contestó con una frase rica de agudo sentido criollo: "Era enamorado, pero poco caminador". Es decir, el extremo opuesto del Don Juan, del villanazo y del chuchero. Enamorado como se transparenta en todos sus escritos transidos de fino amor a mujer, como todo varón normal de alma estética, persuadido de que, son sus palabras, "sin sonrisa de mujer no hay gloria completa de hombre". "Pero poco caminador", sin que maleara la fina actitud galante ningún empeño de posesión ni de conquista. Por propia confesión, como se ha visto, se sabe que Martí no fue "un bailarín de virtud", y que en el amor conoció "todas las inquietudes, los tormentos todos de los hombres". Pero su concepto del deber, y los principios morales que le regían la conducta, lograron imponer cierta moderación en el amor, si no en la frecuencia, en la forma de practicarlo: jamás en su disfrute, como se ve en estos versos:
En las relaciones humanas nada condenó Martí con mayor vehemencia, que el adulterio. Y fue una constante en su vida. El repudio lo empezó a manifestar muy temprano: su drama Adúltera lo prueba; nació por una experiencia personal: de ella dijo: "A los 18 años de mi vida, estuve, por las vanidades de la edad, abocado a una grave culpa. Lo rojo brilla y seduce, y vi unos labios muy rojos en la sombra; pero interiormente iluminado por el misterioso concepto del deber, llevé la luz a la tiniebla, y vi de cerca todos sus horrores". Luego los describe, y los efectos negativos de la pasión; y censurando a los que conceden menor importancia a la afrenta, añade "Todos presentan este amor simpático: yo lo presento repugnante. Todos, contagiados del espíritu infame, lo hacen natural, y en cierto modo lógica consecuencia de pasiones atenuantes del amor de la mujer. Yo lo hago, como casi siempre es: frío, brutal y carnal. Lo desnudo de belleza porque no la tiene, ni la merece". El argumento de Adúltera es muy sencillo: la esposa, Fleisch (carne) es seducida por Possermann (hombre vil), el amante, a pesar de los consejos que le da a ella Guttermann (hombre bueno), amigo del esposo ultrajado, Grossermann (hombre alto). En el drama hay abundancia de juicios condenatorios sobre su asunto: en una ocasión dice Guttermann: "Ciegas son del alma las mujeres que engañan a sus maridos..."; y en otra: "Las manchas de honra son tales que hasta con pensar en ellas las aumentamos... Hasta el aire es enemigo de la honra perdida, que una vez dada al aire la mancha del honor, no hay poder ya que la redima ni la recoja... La deshonra es del villano que pone manchas de deseo donde hay vida de felicidad..."; y a Fleisch, la adúltera, le dice el buen amigo: "El amor que huye de los vigilantes ojos del hogar es criminal e impuro amor... En casa de la esposa honrada hasta la sombra de un hombre mancha e infama..."; y el esposo ultrajado condena así a la adúltera: "Mujer envilecida por su voluntad, mujer manchada por el deseo, es carne, es polvo, es vil... Adúltera, no hay perdón para ti..." Al final Possermann, el amante, muere a manos de Grosserman, pero no la mata a ella, "¡Qué infamia!" dice, "¡Es mujer..., vete!" Resulta curioso observar que más de veinte años después de escrito Adúltera, Martí reproduce, con aprobación implícita de la conducta de un hombre engañado, en su Diario de Montecristi a Cabo Haitiano, un episodio semejante: camino a Santiago de los Caballeros con Máximo Gómez, descansaron las cabalgaduras en el albergue de un tal "Don Jacinto", tipo pintoresco que en cierta ocasión tuvo que huir de la justicia; de él dijo Martí con su admirable economía expresiva: "...Fue prohombre y general de fuego: dejó en su huida confiada a un compadre la mujer, y la mujer se dio al compadre: volvió él, supo, y de un tiro de carabina, a la puerta de su propia casa, le cerró los ojos al amigo infiel. ¡Y a ti, adiós!: no te mato porque eres mujer..." Igual que Grosserman con Possermann y Fleisch... Y fueron estas páginas de su Diario las que dedicó Martí a sus "niñas", Carmita y María, las hijas de la viuda de su amigo y compadre, Manuel Mantilla...
Ideas semejantes sobre el adulterio aparecen en unos apuntes: al referirse a la mujer que engaña al esposo, llega a decir:
En resumen, Martí entiende que no hay redención para la mujer adúltera. En un análisis del problema, en otro de sus Cuadernos, aparecen estas consideraciones, ahora desde diferente punto de vista:
Y responde con estas palabras que suscribirían los más exigentes moralistas: "Faltan ideales, faltan goces verdaderos, delicados y profundos. Falta el conocimiento de sí, del que vienen alegrías supremas, dulces consagraciones y decoro. Falta confianza en la existencia futura. Faltan ciencia y cultura espiritual". Y aún en otra de sus notas, recogidas como Fragmentos, llega a decir:
Y hasta sus Versos Libres llegó el tema del adulterio, con la misma condena que antes se ha visto; dice en "Bosque de rosas":
A principios de julio de 1881, cuando no llevaba cuatro meses de presidente, James A. Garfield fue baleado por un loco en la estación de ferrocarril de Washington. Durante las semanas que sobrevivió, la prensa estuvo muy atenta a la agonía de Garfield, en la que se distinguió la esposa, por su dedicación al herido. El 10 de agosto, procedente de Venezuela, había llegado a Nueva York Martí, y escribió, para La Opinión Nacional, de Caracas, un elogio de la Primera Dama, en el que deja ver sus ideas sobre lo que consideraba digno de admiración y merecedor de desprecio en las mujeres; de ella dijo:
Entendía Martí el amor sano, y sólo él, fuente de dichas. Cuando enjuició L'Assommoir, la novela de Zola, en el análisis de las perversiones sexuales de los Macquart, dijo que solamente era "el amor casto generador de bienes". Su tragedia personal surge así cuando se le destruye el hogar, porque le resultaba difícil el amor fuera de él. Por eso defendía el matrimonio. En 1882, cuando esperaba a Carmen Zayas Bazán y a su hijo para reconstruir la vida de familia, haciendo un estudio sobre los matrimonios en Inglaterra, escribió: "La casa es como un manantial perenne de donde se sacan fuerzas diarias y nuevas, siempre frescas, y siempre poderosas, para la batalla de la vida. Juvenal predijo la caída de Roma cuando vio decaer la costumbre del matrimonio en Roma, donde durante cierto tiempo estuvo en vigor una ley que imponía mayor contribución al hombre soltero que al casado". La grafomanía de Martí hizo que dejara en papeles huellas que ayudan a reconstruir parte de su vida íntima, y como hasta al escribir literatura de ficción, como es frecuente en los autores, ponía de sí, en ella hay algo de autobiografía. Entre los varios que escribió, este "núcleo de drama" nos acerca a sus desventuras en el hogar, base para una obra de teatro que pensaba escribir:
Años más tarde, después de escribir ese "núcleo de drama", ya cerca del rompimiento definitivo con la esposa, dicen sus Versos Sencillos:
Además de recorrer pasajes menos conocidos sobre la vida privada de Martí, se ha querido demostrar aquí que, por el hecho de que existieran relaciones entre él y la viuda de Mantilla, no hay motivo para creer que fuera el padre de María. Por otra parte se ha querido también en estas páginas poner en evidencia el poco fundamento que tiene cuanto supone el parentesco entre Martí y María. Todo indica que los esfuerzos para encubrir esas relaciones, que podían dañar la causa de Cuba, el prestigio de Martí y la reputación de Carmita, dejaron ocultos o trastornados una serie de datos por lo que pudo pensarse que empezaron sus relaciones acabados de conocerse. Con la mejor intención se creó una especie de leyenda sobre esos amores, la cual, como toda leyenda, más se basaba en la tradición que en la verdad, más en lo maravilloso que en lo histórico. A la luz de los hechos, tal como se ha expuesto, habría que alterar tanto la circunstancia y desfigurar tanto a los actores que resulta imposible aceptarla. Tendría Martí que haber sido un libertino y un irresponsable para entrar en la casa de ese matrimonio y, en menos de dos meses, seducir y preñar a la dueña para después recibir allí mismo a su esposa e hijo, y vivir con ellos en el lugar del delito, con el marido engañado y la amante embarazada.
No era Manuel Mantilla, como lo pintó la leyenda, y se ha dicho en estas páginas, un anciano inválido a las puertas de la muerte. Nadie se había preocupado de aclarar las circunstancias de su muerte, ni la fecha en que ocurrió, ni la edad que entonces tenía. Ahora, como se ha visto, al consultar su certificado de defunción, y con otras averiguaciones pertinentes, se sabe que tenía 37 años cuando Martí llegó a su casa, que estaba activo en su negocio y había sido padre de seis hijos a intervalos de dos o tres años, o menos, y el menor le había nacido hacía dos años. Carmen Mantilla, además, pobre y trabajadora, era y fue siempre una mujer honrada, de familia conocida y respetable de Santiago de Cuba. No hubiera merecido, si no, el cariño y los elogios de Martí si a las pocas semanas de conocerlo se le hubiera entregado, adúltera dos veces: por él y por ella. ¿Acaso su desprecio por la adúltera le hubiera permitido convivir los últimos 10 años de su vida con quien había ultrajado al esposo y profanado su hogar? ¿Qué Martí es ése? Ese no es Martí; ése es Possermann, el "hombre vil" del drama. Para que Martí hubiera sido el padre de María Mantilla habría que inventar otro Martí. Para esa conducta hipócrita y ese acto no sirve el que fue, el que tantos cubanos desde bien cerca idolatraban; el que muchos, por sola su palabra, sacrificaron por la causa de Cuba la vida, la familia y la hacienda.
Nublada por el respeto se creó hace un siglo la leyenda para ocultar o justificar las relaciones de los amantes, la cual como si fuera sagrada historia, nunca se sometió a escrutinio, y así se llegó hasta sancionar el adulterio y el vínculo de sangre entre Martí y María Mantilla. Una última refutación. También se ha propuesto, en apoyo de la leyenda, el parecido de César Romero con Martí. Pero no es válido ese argumento: a quien se parece físicamente César Romero no es a Martí sino a su tío Manuelito Mantilla: compárese la figura de éste en la foto junto a Martí, en Cayo Hueso, en 1894, con la del actor César Romero, cuando joven, y se verá lo dicho. Los tres Martí, Mantilla y Romero tienen, por supuesto, parecida estampa: pelo y ojos muy negros, cutis de trigueño y bigote poblado, al igual que el hijo de Martí. Pero hay diferencias notables: las cejas de los Martí son menos arqueadas que las de los Mantilla; las orejas de éstos son menos abiertas que las de los otros; el pelo es más liso y menos abundante en Martí y su hijo, como don Mariano, en comparación al más ondulado y profuso de Manuelito Mantilla y de su sobrino; la frente de los Martí es abultada, convexa, la de los otros lisa; la curva del cuero cabelludo sobre la frente, las entradas, presentan formas distintas en cada familia. Martí, su padre y su hijo tienen los rasgos comunes del hombre mediterráneo del sur de Europa; César Romero y Manuelito Mantilla, los del mestizo andino, por los abuelos de éste, por parte de padre, ambos naturales de Colombia; y del Caribe, por sus otros abuelos, de Venezuela y las Antillas. A la confusión del parecido entre Martí y Romero contribuyeron, en parte los pintores y los escultores, los cuales, convencidos del inventado parentesco, o influidos por él, movieron sus creyones y cinceles, porque estaba cerca, más que hacia el héroe hacia el actor de cine. |
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