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EPÍLOGO En sus últimos años, entregado a la causa de la independencia, dijo Martí: "Trabajo para poner en vías de felicidad a los hombres que hoy viven sin ella"; y en una nota dejó esta confesión: "Yo vivo para el estricto cumplimiento de mis deberes. Cada uno de ellos me trae en sí un séquito de males, provenientes del tremendo conflicto entre el deber puro y la naturaleza humana". Con la ayuda de los documentos y datos que se reunieron para este libro, se ha podido ver una parte del "tremendo conflicto" entre lo que llamaba "el deber puro" y "la naturaleza humana". Por ésta, en el disfrute de la sensualidad, y por su embrujo, pudo decir a una mujer, en sus versos: "No me avergüenzo, no, de que me encuentren/Clavado el corazón con tu peineta". A muy distinta muerte lo llevó el camino de Dos Ríos: también "clavado el corazón", sí, pero al "deber puro". No podría entenderse la luz en ausencia de la sombra, y al ver el asedio, y hasta el ocasional triunfo, del cuerpo sobre el espíritu en Martí, como se prometió en el Prólogo de este libro, no decrece en estatura. Lo humano iguala al genio el hombre común; y el héroe no es más que el resultado de someter el instinto a un ideal; y lo que le da categoría superior al hombre virtuoso no es vivir ajeno a la tentación, sino su capacidad de resistirla. Ha sido ése también motivo para el estudio de la vida íntima y secreta de Martí, asistir al torneo y conocer mejor a uno de los contendientes, "la naturaleza humana", al fin en derrota. Él había advertido que "el gran deber, como una nube, desvanece la persona", y así, como se ha visto, sucedió en su vida, a menos que el espectador sólo alcance a "la persona" para inventariarle defectos, y hasta para fabricárselos, que es el oficio natural de cuantos tienen "alma baja", los que "no pueden comprender la virtud", porque, como dijo en otra ocasión, "un topo no ha podido jamás concebir un águila". |
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