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EL CULTO AL DOLOR Y A LA MUERTE EN MARTÍ La seducción de la muerte aparece muy temprano en la biografía de Martí: al final del poema dramático que escribió a los quince años, dice el protagonista, Abdala: "¡Oh, qué dulce es morir cuando se muere/Luchando audaz por defender la patria!". Ahí ya está su programa: junto al cumplimiento del deber, la muerte como regalo de una vida noble. Nunca abandona esa idea: dirá con el correr del tiempo: "La muerte de un justo es una fiesta"; "La muerte es una victoria cuando se ha vivido bien"; "La tumba no tiene espantos para quien ha pasado con decoro la vida"; "La muerte no aflige ni asusta a quien ha vivido noblemente". Y en la soledad de su Cuaderno de Apuntes se preguntaba "¿Hay mayor ventura que morir?" y respondía con elogio llevado por el estilo de los clásicos del idioma: "Morir es deleitísimo premio, ansiado punto, sabroso puerto, estación nueva en el viaje largo; objeto de amor al alma poética, braceo feliz del náufrago, aligeramiento del peso carnal..." Martí mimó la muerte mientras la evocaba. Dispersos en sus escritos se hallan locuciones y atributos con los que se puede formar una rica letanía: "Muerte gentil"; "Gran reveladora"; "Claridad natural"; "Madre invisible"; "Muerte generosa"; "Seno colosal"; "Nuncio de libertad"; "Redentora de los tristes"; "Madre inmensa"; "Salvadora de los hombres"; "Muerte amiga". Por eso, por sentirla así, dijo en el discurso que se conoce como "Los pinos nuevos", en el Liceo Cubano, de Tampa, recordando a los estudiantes de medicina fusilados en La Habana en l871: "Otros lamenten la muerte necesaria; yo creo en ella como la almohada, y la levadura y el triunfo de la vida". El culto a la muerte en Martí se explica también por una vertiente de su pensamiento; había dicho: "La pelea del mundo viene a ser la de la dualidad hindú: bien contra mal". Reducido el universo a esa dicotomía, se acerca su interpretación a la del maniqueísmo persa, en cuanto que entiende la realidad en función de esos términos irreductibles. El sentido dramático del vivir se produce entonces por el enfrentamiento de dichos contrarios. Según la herejía francesa de los albigenses, en el siglo XII, derivado del dualismo moral de las religiones orientales, Dios (la Luz) creó un mundo espiritual perfecto, en el cual no había más que el bien. El ángel rebelde, Lucifer, no se resignó a esa inmutable continuidad pensando que en el mundo material se podía participar tanto del bien como del mal. Con ese propósito tentó a los ángeles mostrándoles a una mujer de deslumbrante belleza que generó en ellos el deseo de lo material (las tinieblas). De esa manera quedaron los espíritus encerrados en el cuerpo humano, y sólo castigando los sentidos, o al llegar a su destrucción por la muerte, vuelve el alma a su estado de original perfección. Entendida así, la muerte es la gran liberadora, lo único que redime del pecado de nacer; por eso Martí, además de no temerla, como los estoicos, la anhela, como los místicos. Y el vivir austero que él recomendaba se convierte en algo como la práctica de un paulatino morir menor, también con poderes de redención. "Morir", dirá, "es el adelgazamiento de la veste corpórea en beneficio de la esencia"; y en otra oportunidad: "Morir es volver lo finito a lo infinito".
Muy metido en su siglo, desde Chateaubriand a Dostoyevsky, el aprecio del dolor en Martí se explica puesto que, en grado menor que la muerte, reduce las limitaciones de la existencia y prepara el espíritu para las más altas empresas. Recordando su niñez escribió: "Mi maestro Rafael Mendive ha dicho que por el dolor se entra a la vida: por la poesía se sale de ella. Se olvidan las culebras y se piensa en las águilas y los leones". Y así razonaba con su temprano saber desde El presidio político en Cuba; allí se lee: "Sufrir es morir para la torpe vida por nosotros creada y nacer para la vida de lo bueno, única vida verdadera... Sufrir es más que gozar: es verdaderamente vivir". En uno de los Apuntes de sus días españoles, sobre el mismo tema, declara: "Para pensar altamente, me hace falta sufrir. Primero caigo, tambaleando y muriendo. Y me levanto, con el cerebro en hervor y el alma ágil. Brotan mis pensamientos como chispas. Parece como que el puñal que me entra en el cerebro echa hacia adelante mis ideas". Y repite estos juicios en su poema "Marzo":
Con ese aprecio del sufrimiento y de la muerte se acercó Martí a la guerra. Su correspondencia desde 1894 hasta el 19 de Mayo del siguiente año, revela cierta indecisión respecto al futuro. El empeño en que anda es arriesgado y no puede predecir el desenlace, y hay un querer y no querer morir en sus últimos tiempos que nace del deber que lo obliga y la muerte que lo tienta "No hay descanso hasta que toda la tarea esté cumplida". Además, al crecer la labor revolucionaria se le hace más ingrato vivir: lo asedian ingratitudes, sospechas, envidias y ambiciones: un año antes de Dos Ríos le escribe a José María Izaguirre: "Yo voy a morir, si es que me queda mucho de vivo. Me matarán de bala o de maldades... No sé decirle adiós. Sírvame como si nunca más debiera volverme a ver". Viene luego el fracaso de Fernandina, cuando en ese puerto al norte de Jacksonville las autoridades americanas le ocuparon las armas que iban a transportar los barcos que había contratado. Todo se le vino al suelo: Máximo Gómez esperaba quejoso e impaciente en Santo Domingo; los Maceo, en Costa Rica; en Cayo Hueso, Serafín Sánchez y Carlos Roloff. Atormentado le escribe a Estrada Palma: "¿Volveré? Ni lo deseo ni lo espero...; y ya junto a Gómez, desde Santiago de los Caballeros, repite la pregunta en carta a Gonzalo de Quesada: "¿Lo volveré a ver? Vamos de frente y acaso no vuelva"; y poco después le escribe al dominicano Federico Henríquez y Carvajal: "Yo alzaré el mundo. Pero mi único deseo sería pegarme allí al último peleador: morir callado. Para mí ya es hora..." En La Mejorana se produce el choque entre su proyecto civil y el plan de los militares. En 1884 habían discutido el mismo asunto, en Nueva York. Martí entonces se separó disgustado de los generales, y Gómez lo calificó de cobarde y ambicioso: dijo que era "uno de esos átomos que nada influyen en los destinos de los pueblos"; y Maceo le achacó "doblez y falsía" en su trato y dijo que se había retraído del movimiento revolucionario por sus "retrógradas tendencias". Martí sabía lo importante que eran sus ideas para el porvenir de la república, pero comprendió que, mientras estuviera vivo, no iban a ser aceptadas la muerte avala la prédica del apóstol. Mucho se ha hablado sobre las páginas que le arrancaron a su Diario, y no se supo si enjuiciaban con severidad a Gómez o a Maceo. Una nota allí, del 14 de mayo, revela la agonía: "Escribo poco y mal porque estoy pensando con zozobra y amargura. ¿Hasta qué punto será útil mi desistimiento? Y debo desistir, en cuanto llegase la hora propia, para tener libertad de aconsejar, y poder moral para resistir el peligro que de años atrás preveo..." El mismo 19 de Mayo le había escrito a Manuel Mercado: "Sé desaparecer, pero no desaparecería mi pensamiento ni me agriaría mi oscuridad". Y así fue: la Constitución de Jimaguayú, aprobada en setiembre de ese año, se basó en su plan político: el gobierno de la república en armas residiría en un Consejo Supremo y, sometidos a él, quedaban el General en Jefe y su segundo en el mando, el Lugarteniente General.
En su estudio sobre "El general Sheridan" había dicho Martí: "El valor crece a caballo. En el caballo hay gloria. ¡Oh Dios! morir sin haber caído sobre los tiranos en una buena carga de caballería". A María Mantilla le escribió poco antes de llegar a Cuba: "Tengo la vida a un lado de la mesa, y la muerte en otro, y mi pueblo a las espaldas", y en el mediodía lluvioso del 19 de Mayo, a galope por la riba del Contramaestre, en "Baconao", el caballo de crin rubia que le había regalado el general José Maceo en Arroyo Hondo, bajo el fuego de la fusilería española, tuvo también quizás en la memoria los versos de su "Canción de Otoño":
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