Escritos Desconocidos de
José Martí
Escenas norteamericanas
Carlos Ripoll

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XXII

[Lo que mandó Martí de este escrito a La Nación fue fechado en Nueva York el 9 de enero de 1890; lo publicaron el 20 de febrero, y se encuentra en las Obras Completas en el tomo 12, página 371.

Lo no conocido, que apareció solamente en El Partido Liberal los días 25 y 28 de 1890, se reproduce después de la siguiente presentación:

Con el título "José Martí: un artículo olvidado" este Escrito Desconocido lo publicó los días 22 y el 29 de junio de 1997 el Diario las Américas, de Miami, Florida. Lo acompañaba un estudio sobre la época en la que Martí lo escribió, su asunto, las variantes respecto a lo publicado en La Nación y sobre las erratas que aparecían en El Partido Liberal. Por ser ese estudio de interés para cuanto importa al presente libro, como si fuera su epílogo, antecede a éste, el último Escrito Desconocido de la colección.

[...] El año 1889 en Martí

Conviene recordar la época en que Martí escribió esta crónica para mejor apreciar su significado: sus problemas personales, sus esperanzas y reservas ante los Estados Unidos, su temor de que Cuba no pudiera lograr la independencia, su repudio de la violencia para resolver los problemas sociales, su fe en la democracia y en los derechos humanos, y la insensibilidad de Latinoamérica ante el expansionismo norte-americano.

Había sido 1889 para Martí un año de contratiempos y disgustos: en el mes de marzo le escribió a Mercado, quejoso porque la esposa le retenía en Cuba al hijo: "Vivo con el corazón clavado de puñales desde hace muchos años, hay veces en que me parece que no puedo levantarme de la pena..." En abril tuvo que salirle al paso a la injuria de un periódico de Filadelfia en el que se denigraba a los cubanos: al protestar resumió su posición ante los Estados Unidos: "Amamos la patria de Lincoln tanto como tememos la patria de Cutting" se refería al arrogante periodista de Texas cuya prisión en Chihuahua estuvo cerca de provocar una guerra entre México y los Estados Unidos. En agosto le asaltaba la preocupación por el Congreso Internacional Americano, que pronto se iba a reunir en Washington, en el que adivinó el peligro que significaba para Cuba: en carta a su amigo Serafín Bello le dirá sobre las delegaciones que representaban los diversos países: "Por grande e increíble desventura, son tal vez más las que se disponen a ayudar al gobierno de los Estados Unidos a apoderarse de Cuba, que las que comprenden que les va su tranquilidad y acaso lo real de su independencia, en consentir que se quede la llave de la otra América en estas manos extrañas". En octubre se vio obligado a suspender la publicación de su revista infantil, La Edad de Oro, en la que había puesto tantas esperanzas: le confiesa a Mercado que "por creencia o por miedo de comercio, quería el editor que... hablase del "temor de Dios", y que el nombre de Dios, y no la tolerancia y el espíritu divino, estuvieran en todos los artículos e historias". En su discurso del 10 de Octubre tuvo que fustigar a los cubanos anexionistas y autonomistas, opuestos a la guerra para lograr la independencia de la isla; dijo de los primeros: "... desechemos, como funesta e indigna de hombres, la libertad ficticia y alevosa que pudiera venirnos, por arreglos y ventas, del comerciante extranjero..."; y de los otros: "el miedo no ha resuelto una situación que sólo podía resolver el valor. El amo insolente ha empleado en fortificarse los años que el siervo tímido empleaba en desunir sus huestes y en destruir sus fortalezas. Una jefatura de policía es nuestra patria, con un sargento atrevido a la cabeza".

En diciembre llegaron de visita a Nueva York los delegados del Congreso, y le oyeron su discurso "Madre América": "¡Donde no se olvida, y donde no hay muerte, llevamos a nuestra América, como luz y como hostia; y ni el interés corruptor, ni ciertas modas nuevas de fanatismo, podrán arrancárnosla de allí!"; y le escribe a Mercado sobre sus palabras: "Era mi objeto, porque veo y sé, dejar oír en esta tierra, harta de lisonjas que desprecia, y no merece, una voz que no tiembla ni pide... Nadie me lo ve tal vez, ni me lo recompensa; pero tengo gozo en ver que mi vigilancia, tenaz y prudente, no está siendo perdida".

En general los delegados se mostraban demasiado complacientes con los Estados Unidos; baste un ejemplo: al terminar la semana de visita en Nueva York, en la despedida que le dieron las autoridades de la ciudad a los delegados, Matías Romero, embajador de México en Washington, a quien Martí entonces no veía con buenos ojos por su estrecha amistad con los norteamericanos, olvidando los atropellos que había sufrido su patria, llegó a decir en su discurso: "... Tocó en suerte a México ser el vecino más próximo de los Estados Unidos..." Luego Martí, al recordar esos días en el prólogo de sus Versos Sencillos, escribió: "Fue aquel invierno de angustia, en que por ignorancia o por fe fanática, o por miedo, o por cortesía, se reunieron en Washington, bajo el águila temible, los pueblos hispanoamericanos..."

Norteamérica en 1889

Un breve recorrido por los escritos de Martí en ese año muestra algunos de sus intereses, preocupaciones y pensamientos: el 9 de enero dice que el país está conmovido "por el odio del blanco al negro, por el recelo del Norte para el Sur, por la podredumbre de la empleomanía, por la liga de los capitalistas y por el malestar de la masa obrera"; el 7 del siguiente mes, que "en un continente donde bregan a la par, con todas las beldades y cambios de la naturaleza, todas las razas del hombre, [se] ha de crear una expresión digna del combate intenso, en que batallan juntos los gusanos y las águilas"; el 13 de junio, que "los americanos puros" no creen que "el brazo que ha crecido con la salud de la libertad deba, matricida, volverse contra ella"; y el 30 habla en un artículo para La Opinión Pública, de Montevideo, del "derecho magnifico del hombre a pensar con honradez lo que le parezca bien sobre las cosas del mundo", y añade, influido por el programa reformista que expuso en 1879 Henry George, en su libro Progress and Poverty: "En Boston se juntan los pensadores a meditar sobre los males públicos, y una reunión de gente rica y aristocrática declara que las relaciones actuales entre los hombres son bárbaras y temibles, y que es preciso que los ricos de Boston estudien el modo de distribuir mejor la riqueza nacional, porque sobre pilas de votos comprados va mal la república, [que] ha de acabar por levantar aquí los dos montes que se han ido haciendo en todos los pueblos, uno de oro, y otro de cólera. Es necesario, dicen en Boston, que lo que es de todos por la naturaleza no pase a ser propiedad particular de unos cuantos"; y el 30 de ese mes escribe para La Nación, con su inquietud ante los pujos imperialistas de los Estados Unidos: "Está muerto acá en política el que ose decir que no debe cubrir el mundo la sombra del águila"; y en una crónica de las que aparecieron en El Partido Liberal, del 21 de noviembre, recogida en el libro antes mencionado, Nuevas Cartas de Nueva York, opina: "La política está, y no hay otra política, en administrar los bienes nacionales con la equidad que por sí sola, sin más sistemas ni panaceas, hace a los pueblos libres y felices... Unos luchan, con la complicidad de todos los fuertes, por retener en sus manos, en una forma u otra, los dominios públicos; y el hombre no ha de parar hasta poner a los sistemas y a los credos el nombre verdadero de disfraces, y equilibrar las posesiones de naturaleza nacional, de modo que no haya causa para vivir en zozobra y acecho, como fieras arremetiendo los unos con la rabia del desheredado, y escudando los otros con nombres complacientes, y en la red de las clases, la propiedad mal hallada".

En 1889 fue la inauguración del presidente Benjamin Harrison, quien se vio obligado a servir los intereses de su partido republicano haciendo concesiones a los mineros de la plata, y con la subida de los derechos de importación para beneficiar a los industriales; se admitieron en la Unión las dos Dakotas, Montana y Washington; se iniciaron en varios Estados las leyes contra los monopolios; se repartieron en Oklahoma las tierras que se le habían asignado a los indios; se celebró en Nueva York el centenario de la presidencia de George Washington; junto a los representantes de los Estados Unidos, con las delegaciones de doce países de la América Latina, se inició el Congreso Internacional Americano; en Nueva York se empezó la construcción del edificio más alto del mundo, el World, de Joseph Pulitzer... Theodore Roosevelt, quien tenía un alto cargo en la administración de Harrison, describió en su autobiografía, en 1913, esta época como una en la que "el credo del materialismo dominaba la política y los negocios..." y en la que esa "avalancha de materialismo individualista, a los efectos prácticos, la libertad, llegó a ser libertad del fuerte para atropellar al débil... El poder de los grandes barones industriales creció en forma gigantesca mientras que los controles del gobierno resultaban arcaicos y, por lo tanto, prácticamente inoperantes".

Pero Martí tenía aún fe en los Estados Unidos y creía que el progreso mismo de la sociedad norteamericana la iba a llevar a un estado de equilibrio y de justicia no ajeno al que prometía la novela de Edward Bellamy, publicada en 1888, Looking Backward: 2000-1887. En esa obra que tuvo gran resonancia en los Estados Unidos, un joven de Boston se duerme por hipnosis y despierta en el año 2000: la sociedad había cambiado de manera radical: existía la mayor voluntad de cooperación entre todos, y esas mejoras se lograron sin violencia, sin lucha de clases, sólo por el desarrollo natural del sistema en el que vivía el protagonista de la novela: era como el paraíso de una humanidad nueva. Los que creyeron en aquella utopía se llamaron "nacionalistas" puesto que la producción y la distribución de bienes había sido nacionalizada. En diciembre de 1889 Martí escribió un artículo que publicaron poco después La Nación y El Partido Liberal, en el que elogia la organización que se estaba formando basada en las teorías de Bellamy, a la que pertenecían, dijo, "lo más sesudo del país, con reverendos, con novelistas, con filántropos", y que abogaba, "sin más diferencia que la que va del obrero hambriento al apóstol acomodado, por la reforma plena, y de raíz, del orden industrial..." Y de nuevo, a mediados de 1890, en otro escrito para esos periódicos, escribe: "Todo Texas anda con el libro de Bellamy bajo el brazo, leyendo el capítulo donde cuenta cómo serán los ferrocarriles de aquí a cien años, cuando los hombres estén ya a la mitad del alfabeto y bajen y suban del ferrocarril sin pagar, como entran y salen ahora por las calles..."

Las erratas

Ante este escrito desconocido uno comprende mejor las quejas de Martí por las erratas con que salían sus trabajos en El Partido Liberal. En carta a Mercado, conmovido, le pregunta en enero de 1887: "¿No le da lástima ver que todo mi afán por encajar con arte ideas esenciales y útiles se pierde por increíbles descuidos del caballero encargado de la corrección?" Muchos amigos intelectuales tenía Martí en México, que lo admiraban como escritor, y que lo leían en ese periódico (entre otros, Gutiérrez Nájera, Justo Sierra, Guillermo Prieto, Juan de Dios Peza, Peón Contreras), y en octubre de ese año vuelve a Mercado sobre el asunto: "Ud. me habla de las erratas de El Partido. Por poca que sea mi vanidad, que me confieso con gusto que no es mucha, llegan a desesperarme de veras los errores esenciales e imperdonables con que aparecen mis cartas, a tal punto que los párrafos que impresos con cuidado fijarían tal vez la atención por el cuidado de su pensamiento, resultan, por el cambio de una o más palabras capitales, una jerga ininteligible. Esto me apena, porque, como yo escribo lo que veo, y lo veo todo con sus adjuntos, antecedentes y ramazones, cuando escribo resulta fácilmente enmarañado y confuso si no me respeta el caballero cajista las palabras que puedan parecerle nuevas, y la puntuación propia que enriquece y realza los pensamientos". Y a fines de ese año le advierte al mismo corresponsal: "En Cuba leen y buscan El Partido, y los émulos se regocijan cuando un error serio de prensa permite achacarlo a extravagancia u oscuridad mía". Y cuando le manda un artículo después de que El Partido Liberal le publicó el que trataba de las pinturas del ruso Vereschagin, el 14 de febrero de 1889, le escribe: "Mi hermano querido. Sólo un momento me queda para rogarle, como buen egoísta, que me mire esa correspondencia con ojos de padre, de modo que salga sin errores, ya que espero interese por el asunto, y me devuelva a la buena fama que han debido quitarme las rarezas con que han salido alguna de mis anteriores. Al acabar de leer la infortunadísima sobre Vereschagin, se me salieron de los labios estos versos... «¿Por qué, corrector, te cebas/ En mí, si el Sumo Hacedor/ Hizo hermanos al autor/ Y al que corrige las pruebas?»" Y al enviarle su correspondencia sobre Oklahoma, la cual también había mandado a La Opinión Pública, de Montevideo, le escribe reconociendo la dificultad de la lectura del manuscrito, pues era copia corregida del original que probablemente había ido al otro periódico; le dice: "Estas líneas no son más que para acompañar esa carta, que los copistas han puesto más confusa que si hubiera ido de mi letra, y para rogarle, por mi buena fama, y para que se vea bien la escena del desierto, que me recomiende a la buena voluntad del corrector, porque esta vez es necesario de veras". Y en el resto de su correspondencia de esa época a Mercado aparecen ruegos como éstos: "... que me cuiden especialmente las comas"; "que esa carta me la corrijan con esmero"; "que salga de modo que se entienda"; y aún más versos: "Al noble corrector mi hermano invite/ A que nada le ponga ni le quite..."

Las quejas de Martí estaban justificadas. Como ejemplo, y sólo en la primera parte del artículo que ahora nos ocupa, vale destacar las siguientes erratas: a Mark Twain lo ponen como "Mark Tivain"; a Thomas A. Janvier, "Thomas Jamrer"; a David Hill, el gobernador de Nueva York, como "Kill"; y a su competidor John F. Ahearn como "Elrelans"; y escriben la palabra anexión como "anección..." Y aún mayores son otras al final de su escrito: por citar aquí sólo un caso, escriben que con la llegada de "los puritanos de La Flor de Mayo nació el mundo y la república del Brasil..."

Los cambios

Pero no todas las "variantes" entre los dos periódicos, como se ha dicho, son erratas de los tipógrafos, sino adiciones, cambios y supresiones. En algunos casos lo distinto, lo que no se conocía, aclara y precisa sus ideas. Las que aparecen en esta crónica lo evidencian: al comentar, por ejemplo, la obra de Mark Twain, en defensa de A Connecticut Yankee in King Arthur''s Court, en lo que envió para La Nación, que es lo que se conocía, pregunta para demostrar que la crítica social que defiende proviene de un norteamericano, y que no es importada: "¿Es de afuera nuestro Mark Twain, que levanta la piel con la pintura de las baronías de antes, que resultan ser la de las minas de carbón y covachas de ferrocarril de las baronías de ahora, de los dominios del sonriente y pizpireto Carnegie, el que a fuerza de tijeras optimistas, quitándole el borde de luto a los datos estadísticos, compuso o dio a componer a un autor alquilón La Democracia Triunfante donde todo es felicidad y torres de oro y paz de bodas?" Y el mismo pasaje, como se verá, salió así en El Partido Liberal: "¿Es de afuera nuestro Mark Twain, que saca sangre con la pintura de las baronías de antes, de los siervos del rey y la iglesia en la época de Arturo, porque con ser copia exacta de los tiempos de la Tabla Redonda, resulta ser la pintura de los mineros y peones de las baronías yankees de ahora, de las minas y ferrerías de Carnegie, el de la Democracia Triunfante, de las covachas hambrientas, sin pan y sin zapatos, del Noroeste y de Pittsburg? ¡Rómpase un diamante, de esos que llevan los traga-hombres en la pechera insolente, y se verá que está hecho de lágrimas!"

Este escrito no llevó tan crudo, a la Argentina, el comentario de Martí. Pero en México, donde encontraban quizás más erratas sus escritos, no había, como en Buenos Aires, censores para su crítica de los Estados Unidos; conviene recordar el regaño de Bartolomé Mitre, el director de La Nación, cuando Martí empezó a enviarle sus tranbajos; le escribió el 26 de setiembre de 1882: "La supresión de una parte de su primera carta, al darla a la publicidad, ha respondido a la necesidad de conservar al diario la consecuencia de sus ideas, en lo relativo a ciertos puntos y detalles de la organización política y social y de la marcha de ese país... La parte suprimida de su carta, encerrando verdades innegables, podía inducir en el error de creer que se abría una campaña de denunciation contra los Estados Unidos como cuerpo político, como entidad social, como centro económico, con prescindencia de las grandes lecciones que da diariamente a la humanidad esa inmensa agrupación de hombres..." Reflejan estas palabras la ciega admiración que predominaba en Hispanoamérica por todo lo del Norte: tres meses antes parecidas objeciones le había hecho Fausto Teodoro Aldrey, director de La Opinión Nacional, de Caracas; le advirtió: "... procure en sus juicios críticos no tocar con acerbos conceptos a los vicios y costumbres de ese pueblo, porque esto no gusta aquí, y me perjudicaría..." Debió ser por ese motivo que, entre las otras "variantes" del párrafo citado, Martí no envió a Buenos Aires la expresiva metáfora que llegó a México: "¡Rómpase un diamante, de esos que llevan los traga-hombres en la pechera insolente, y se verá que está hecho de lágrimas!".

Otros pasajes fueron a La Nación distintos de los de El Partido Liberal: en vez del conocido dictamen: "Cada pueblo se cura conforme a su naturaleza, que pide diversos grados de medicina, según falte éste u otro factor en el mal, o medicina diferente. Ni Saint-Simon, ni Karl Marx, ni Marlo, ni Bakunin. Las reformas que nos vengan al cuerpo...", en El Partido Liberal aparece lo siguiente: "Aquí [en los Estados Unidos] como los [peregrinos] de La Flor [de Mayo], resolvemos con nuestra cabeza los problemas que nos salen en el cuerpo. A opresión, emancipación"; y en vez de los cuatro pensadores inútiles para los problemas americanos, que citó en el otro diario, aquí los reduce, y simplemente dice: "Ni Fourrier, ni Karl Marx. Las reformas que nos vengan al taller". ¿Por qué en su repudio de los programas importados a fin de salvar lo nacional excluyó en México el socialismo místico de Saint Simon, la utopía de Marlo y el anarquismo de Bakunin para condenar nada más que los falansterios de Fourrier y el materialismo dialéctico de Marx? Y también sólo vieron la luz en El Partido Liberal estos conceptos que abundan en la posición reformista de Martí, negado a la revolución social y a toda especie de dictadura: "Elbienestar es santo y justo, pero no a costa del malestar ajeno. Ni guerra de arriba a abajo, ni de abajo a arriba. Ni el general de la casaca mal puesta, ni el que se refocila sobre los restos humeantes... No hemos de levantar una nueva especie de esclavitud para mantener el imperio malamente creado con el crédito que ganamos derribando otra".

El cotejo entre lo que salió en los dos periódicos, permite suponer que Martí escribió esta crónica primero para La Nación y, sobre lo escrito hizo cambios antes de enviarla a México. Las diferencias siempre arrojan luz en el mensaje, pero hay como una voluntad de hacer más fácil la lectura en lo que iba para México, dejando la más elaborada expresión para lo de Buenos Aires; véanse estos ejemplos: En La Nación habla de la "energía bondadosa y ágil" de Grady; de que "peroraba"; de que buscaba la paz "a cambio de un trato decoroso" para el Sur; el cual "construye sobre sus ruinas"; de lo que le dijo al Norte, "de modo que no le ofendiera", qué debía hacer "para salir de la culpa"; y del "taquígrafo que solía ir con él en sus peregrinaciones"; y en El Partido Liberal, cambia lo anterior a la "energía bondadosa y magnífica" de Grady; que "hablaba" (en vez de "peroraba"); de que buscaba la paz "a cambio del respeto" para el Sur (en vez "de un trato decoroso"); el cual "levanta sobre sus ruinas" (en vez de "construye"); de lo que le dijo al Norte, "de modo que no le ofendiese, y que viese por sí mismo el camino para salir de la culpa. Su «¡ve lo que ofendes!» era «¡considera lo que puede venir en tu ofensa!»"; y en vez del "taquígrafo que solía ir con él en sus peregrinaciones", en México lo simplifica al hablar "del taquígrafo que iba siempre con él de compañero". En La Nación dice que Grady "estaba semanas enteras sin abrazarse con la mesa de escribir" lo que debió parecerle una metáfora algo complicada, y para México escribió que Grady "estaba semanas enteras sin saber del taquígrafo"; la alternativa para el Sur era la de elegir: "o trabajadores o lacayos", pero decidió ampliar la frase y se lee en El Partido Liberal: "o trabajadores todos o esclavos para siempre, trabajadores o mendigos"; y "la rapacidad e injusticia" del Norte, y su "predominio constante" queda en "insolencia e injusticia" y predomino "constante e injusto"; y Grady habló "en el seno de sus enemigos", y en México, "en medio de sus enemigos..."

Correspondencia Particular para "El Partido Liberal"

SUMARIO. Los problemas en los Estados Unidos. Relación de sus partidos políticos y sus cuestiones sociales. El partido de la victoria. El socialismo norteamericano. El Sur. El Catolicismo. Liga de autoridades. El banquete de los puritanos. El Sur, y el carácter ejemplar de Grady. Un orador.

New York, 9 de enero de 1890

Sr. Director de El Partido Liberal

Pascuas caritativas, comidas filosóficas, año nuevo bailarín, negros oteados, acorralados, muertos. De dos mujeres hablan los diarios: una, de espejuelos y canas, viene de Egipto, de descifrar los jeroglíficos de Ramsés, -otra, la que de cinco balazos derribó a su seductor, muere en las Tumbas de tisis, recitando la oración de su niñez, colgada del cuello de su madre. Dos comisiones trabajan con ahínco: la de ricos de Nueva York, que ha ido a Washington a abogar porque sea en New York la Exposición, y la de Medios y Arbitrios del Congreso, que un día oye a los que quieren materiales libres y tarifa baja, y otro día a los que quieren derechos más altos, tarifa prohibitiva. Dos libros dan qué decir entre los muchos de fin de año: el "Yankee" del humorista Mark Twain, que echa danzando por el aire con la sandalia en la nariz a la iglesia mofletuda y ambiciosa, el admirable "Yankee en la Corte del Rey Arturo" que es poco menos que Quijote nuevo que hace a la vez reír y llorar, y "El Tesoro Azteca", que publica en partes Thomas Janvier en el "Harper", en el que se cuenta de un secreto que un capitán indio puso en manos del narrador, y de un carta por donde vino a saber el moreliano Fray Antonio, de una ciudad india a que jamás llegó la cruz: de los indios muertos que dejan los expedicionarios en el camino del tesoro, de los indios que defendían con heroica bravura su tierra natal y de sus altares últimos, dice, que "se los dejaron a los coyotes".

Con fuego de estío se agitan las políticas republicanas y demócratas. Entre los demócratas, lo feo del partido lucha, con el gobernador Hill de Nueva York a la cabeza, por quitar autoridad a Cleveland que cada día la tiene mayor, y ahora está de abogado fervoroso de la reforma del modo de votar: en un banquete quedó Cleveland por las alturas, con el discurso poderoso en que se declaró mantenedor del sistema de ascenso en los empleos, como medio de limpiar la política, y del voto secreto, como medio de impedir que, por falta de sus vías naturales, se echen las cóleras públicas por caminos violentos; y a los pocos días, con motivo del aniversario de Jackson, componen otro banquete los amigos de Hill, que prosperan con el favor de las cervecerías y los tratos ocultos con los republicanos, pero lo que en la fiesta sucedió fue que Hill no osó asistir a ella, porque un demócrata laureado y canoso había de convidarlo, y lo convidó, a salir del partido que a mansalva y "desde la sombra acuchillaba con sus traiciones". Entre los republicanos, se habla de "armarle a la república la cintura", de "echarse sobre los de afuera, que nos tienen ahogados, antes de que se nos echen los de afuera sobre nosotros, de subir, no sólo de mantener los derechos de entrada de todo lo extranjero, "de aprovecharse de la oportunidad, y extender nuestra área", de poner coto a la inmigración, "que ya no es, como antes, la prueba gloriosa de la superioridad de la república, madre de los desgraciados, sino la arribada de dinamitistas, y otra gente criminal, que no vive sino para refocilarse, en sus sueños sangrientos, con los restos de una sociedad asesinada y humeante"; se habla de negar la ciudadanía a los extranjeros que no pueden servir lealmente a la nación cuando por su creencia religiosa tienen que obedecer, en las cosas nacionales, a un poder de afuera, que tienen por superior al de la nación a que se aplican. Gladstone aconseja desde Inglaterra, con su libertad de corbatín, que se levante pronto la catedral donde han de oficiar juntas todas las sectas de la iglesia libre; sin ver que, en la pelea de clases, todas las autoridades se ponen de lado, como se ve aquí, que coquetean y se besan la mejilla protestantes y católicos, porque notan que se les escapa el mundo, necesitado ya de templo mayor, y que los sacerdocios se han de unir, los de sotana al calcañal y los de sotana a la rodilla para que el mundo no les deje sin óbolos el plato del templo.[...]

Ésas son las cuestiones vigentes. En el Sur ¿permitirá el blanco que el negro se le siente al lado y goce de los mismos derechos que su amo de ayer, que se los niega sin curarse de ley ni ordenanza, y lo intima a que abandone la tierra en que nació, que se vaya a los Estados nuevos del Sudoeste, donde el blanco no ha sido su amo ni él el siervo del blanco, o a que se vuelva al África, como quiere el senador Morgan, en los barcos que le ponga el gobierno?

¿Triunfará Hill sobre Ahearnes, entre los demócratas, contra todo lo que aparece, y vencerán entre los republicanos los mineros del Oeste, que quieren ahogar en pesos de plata al país, sobre la gente del Este, que quiere los dos metales, como que comercia con las tierras de afuera, y moneda de papel que fluctúa menos que la plata?

¿Cederá, o mostrará cuerpo la América del Sur, ahora que "la ocasión es tan favorable, que tenemos a Guatemala levantada contra México; a Nicaragua, recelosa de Guatemala, con el canal delante de los ojos; a Costa-Rica con su levadura de anexión, a un lado del canal de Panamá; a Colombia de amiga del alma, por los canales que espera de nosotros; a Cuba al garete, sin ánimo y sin amigos; a Haití comprometido a cedernos la punta de San Nicolás; a Santo Domingo trabajando para que eche de la silla al presidente «negrito» que no nos quiere dar la bahía; a Venezuela echa una miel por la esperanza de que le saquemos a Inglaterra de la Guayana?; en el Perú tenemos puesta la mano, porque suponen que le vamos a quitar a los chilenos, para dárselas a ellos, las provincias en rehenes; y Bolivia nos tiene fe, y cree que la vamos a llenar de factorías y de ferrocarriles".

¿Imperará por fin el catolicismo, por el apoyo franco o secreto de las clases autoritarias, por el poder que le dan el miedo de los políticos, el óbolo fanático de los pobres, el tributo interesado de los ricos, en la república fundada para sacarse de la frente el yugo católico, para vivir en mutuo respeto, sin señoría ni servidumbres, cuál oyendo misa, cuál propagando a Brown, cuál cantando himnos?[...]

[¿Es de afuera nuestro Mark Twain, que saca sangre con la pintura de los siervos del rey y la iglesia en la época de Arturo, porque con ser copia exacta de los tiempos de la Tabla Redonda] resulta ser la pintura de los mineros y peones de las baronías yanquees de ahora, de las minas y ferrerías de Carnegie, el de la Democracia Triunfante, de las covachas hambrientas sin pan y sin zapatos, del Noroeste y de Pittsburg? ¡Rómpase un diamante, de esos que llevan los traga-hombres en la pechera insolentes, y se verá que está hecho de lágrimas![...]

[¿Y Horacio Greely, a quien le vamos a poner estatua, y los asociacionistas yanquis de los falansterios de 1840?...]  ¿Y la Federación de Trabajadores, que es toda de norteamericanos socialistas? Aquí, como los de la Flor, resolvemos con nuestra cabeza los problemas que nos salen en el cuerpo. A opresión, emancipación. Ni Fourrier, ni Karl Marx. Las reformas que nos vengan al taller. [El dinerismo nos pudre y nos amenaza, y guerreamos contra el dinerismo.] El bienestar es santo y justo, pero no a costa del malestar ajeno. Ni guerra de arriba abajo, ni de abajo a arriba. Ni el general de la casaca mal puesta ni el que se refocila sobre los restos humeantes. ["Ya vendrá", dice un comendador, "quien dé con el modo de echar abajo sin violencia este sistema de acumulaciones inmorales e injustas, sin cortrariar la naturaleza activa e individual, y aun los defectos inevitables, y por tanto necesarios, del carácter del hombre.] No hemos de levantar una nueva especie de esclavitud para mantener el imperio malamente creado con el crédito que ganamos derribando otra".[...]

["El dinero fácil nos quebrantará la espina" ¡atrás el dinero fácil!] Nos comprarán a nuestros próceres hambrientos, nos corromperán a nuestros jóvenes ambiciosos, con sus ferrocarriles, con sus acciones, con sus empresas. El Sur vivirá en harapos, o cambiará por vestidos su independencia y su honor.

¡A trabajar! No necesitamos minas: la mina es la tierra.[...]

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